severa lección recibida no le había hecho concebir el menor horror hacia
aquella hidra de cien encantadoras cabezas. Una de sus primeras visitas
fue para el templo donde brillaba la señorita Victorina Tompain. ¡Allí
sí que se le tributó un recibimiento entusiasta! ¡Con qué amistosa
curiosidad corrió todo el mundo a su encuentro! ¡Qué dulcísimos
dictados! ¡qué apretones de manos tan cordiales! ¡Cuántos labios
hechiceros se alargaron hacia él, en forma de tentador hocico, para
recibir un beso amistoso, sin la menor consecuencia! El notario estaba
radiante. Todos sus amigos de los días pares, todos los altos
dignatarios de la francmasonería del placer, le dieron la enhorabuena
por su curación milagrosa. Reinó durante todo un entreacto en aquel
reino envidiable. Le hicieron referir su aventura y explicar el
tratamiento del doctor Bernier, admirando todos la habilidad con que
estaban dados los puntos de sutura, que apenas se conocían.
--Imaginaos que ese excelente Bernier ha completado mi persona con la
piel de un auvernés. ¡Y qué auvernés, Dios mío! ¡El más estúpido y sucio
de la Auvernia! Nadie lo diría al ver el trozo de piel que me ha
vendido. ¡Qué horas tan desagradables me ha hecho pasar el muy burro!...
Los mozos de cordel que veis por las esquinas son petimetres al lado
suyo. Pero, gracias al cielo, ya me veo libre de él. El día en que le
pagué sus servicios y lo puse de patitas en la calle, se me quitó de
encima un peso inmenso. Se llama Romagné, ¡bonito nombre! Jamás lo
pronunciéis en mi presencia. ¡Si queréis que viva largos años, no me
habléis jamás de Romagné!
La señorita Victorina Tompain no fue, por cierto, la última en
cumplimentar al héroe. Ayvaz-Bey la había abandonado indignamente,
dejándole cuatro veces más dinero del que valía ella. El magnánimo
L'Ambert hubo de mostrarse con ella dulce y clemente.
--No os guardo rencor--le dijo,--ni a ese bravo turco tampoco. Sólo
tengo un enemigo en el mundo: un auvernés llamado Romagné.
Y pronunciaba su nombre con una entonación cómica que hizo gracia a todo
el mundo. Creo que aun hoy día la mayor parte de aquellas señoritas
dicen: «Mi Romagné, cuando hablan de su aguador.»
De esta suerte transcurrieron los tres meses de estío. La estación fue
deliciosa y casi todas las familias se ausentaron de París. La Opera
viose invadida por provincianos y extranjeros. M. L'Ambert frecuentola
bastante menos que otras veces.
Casi todos los días, al sonar las seis de la tarde, despojábase de la
gravedad del notario y partía para Maisons-Lafitte, donde había
alquilado un chalet, y adonde acudían a verle sus amigos y hasta sus
amiguitas. Jugaban en el jardín a toda clase de juegos campestres, y os
garantizo que el columpio nunca holgaba.
Uno de los más asiduos y animados concurrentes era el agente de cambios,
M. Steimbourg. La aventura de Parthenay habíale ligado a L'Ambert con
lazos más estrechos. M. Steimbourg pertenecía a una buena familia de
israelitas convertidos; su cargo valía dos millones y poseía una fortuna
de medio millón, de suerte que ya se podía trabar amistad con él. Las
amantes de los dos amigos se llevaban bastante bien, lo cual equivale a
decir que sólo se peleaban una vez por semana. ¡Qué bello es contemplar
cuatro corazones que laten al unísono! Los hombres montaban a caballo,
leían el _Fígaro_, o comentaban los chismes de la ciudad; las damas se
echaban mutuamente las cartas, con gracia sin igual: ¡una edad de oro en
miniatura!
M. Steimbourg creyó un deber presentar a su amigo a su familia.
Condújole a Bieville, donde su padre se había hecho construir un chalet.
M. L'Ambert fue recibido en él por un viejo muy verde, una señora de
cincuenta años, que no había abdicado aún, y dos jovencitas
extremadamente coquetas; y a primera vista advirtió que no entraba en
una casa de fósiles. Por el contrario: tratábase de una familia moderna
y perfeccionada. Padre e hijo eran dos buenos compañeros que se daban
mutuas bromas acerca de sus calaveradas. Las muchachas habían visto
cuanto se representaba en el teatro, y leído cuanto se ha escrito. Pocas
personas conocían mejor que ellas la crónica elegante de París; les
habían sido mostradas, en el teatro y en el bosque de Boloña, las más
celebradas bellezas de todas las clases sociales; las habían llevado a
presenciar las ventas de los mobiliarios más ricos, y disertaban de la
manera más agradable sobre las esmeraldas de la señorita X... y las
perlas de la señorita Z... La mayor, la señorita Irma Steimbourg,
copiaba con verdadera pasión los trajes y sombreros de la señorita
Fargueil; la menor, había enviado a uno de sus amigos a casa de la
señorita Figeac para que le pidiese la dirección de su modista. Una y
otra eran ricas y poseían buena dote. Irma le gustó más a L'Ambert. El
apuesto notario pensaba de vez en cuando que medio millón de dote y una
mujer que sabe llevar un traje no son cosas despreciables. Viéronse con
frecuencia, casi una vez por semana, hasta que llegaron las primeras
heladas de noviembre.
Tras un otoño dulce y brillante, cayó como una teja el invierno. Es un
hecho bastante conocido en nuestros climas, pero la nariz de L'Ambert
dio pruebas, en esta ocasión, de una sensibilidad extraordinaria.
Enrojeciose un poco al principio, después mucho; fuese hinchando por
grados hasta tornarse deforme. Después de una partida de caza alegrada
por el viento Norte, experimentó el notario intolerable comezón. Mirose
en el espejo de un mesón, y desagradole en extremo el color de su nariz.
A decir verdad, parecía un sabañón mal colocado.
Consolose pensando que un buen fuego le devolvería su figura natural, y,
en efecto, el calor se la descongestionó y rebajó su color durante
algunos momentos. Pero, al siguiente día, la comezón presentose
nuevamente, los tejidos se inflamaron mucho más, y presentose de nuevo
la coloración rojiza, acompañada de ciertos tintes violáceos. Ocho días
sin salir de su casa, sentado delante del hogar, borraron tan fatales
matices; pero reaparecieron, a pesar de las pieles de zorra azul, a la
primera salida.
Muerto de susto L'Ambert, envió a buscar en seguida al doctor Bernier.
Este acudió a toda prisa; diagnosticó una ligera inflamación y
prescribió unas compresas de agua helada. Sin embargo, la nariz no tuvo
alivio, a pesar de la refrigeración, y el doctor no salía de su asombro
al ver la persistencia del mal.
--Tal vez tenga razón Dieffembach--dijo al notario,--al asegurar que la
piel puede morir por un exceso de sangre, y recomendar que se le
apliquen sanguijuelas. ¡Ensayemos!
Aplicose a L'Ambert una sanguijuela en la punta de la nariz, y, cuando
se desprendió, harta de sangre, reemplazósela por otra, y así
sucesivamente, dos días y dos noches. La hinchazón y la coloración
desaparecieron por algún tiempo; mas sus efectos no fueron de larga
duración. Fue preciso recurrir a otro expediente. Pidió M. Bernier
veinticuatro horas para reflexionar, y se tomó cuarenta y ocho.
Cuando volvió al hotel de M. L'Ambert, estaba preocupado y daba muestras
de una timidez excesiva, y tuvo que realizar sobre sí mismo un gran
esfuerzo para decidirse a hablar.
--La medicina--dijo al fin,--no explica satisfactoriamente todos los
fenómenos naturales, y vengo a someteros una teoría que carece de todo
fundamento científico. Mis colegas se burlarían de mí si les dijese que
un pedazo de piel arrancada del cuerpo de un hombre puede permanecer
sometida a la influencia de su primitivo poseedor. No cabe duda alguna
de que es vuestra propia sangre, puesta en circulación por vuestro
corazón, bajo la acción del cerebro, la que afluye a vuestra nariz; y,
sin embargo, tentado estoy de creer que ese imbécil de auvernés no es
extraño a estos sucesos.
M. L'Ambert lanzó una exclamación de disgusto y de sorpresa. ¡Decir que
un vil mercenario, a quien había religiosamente pagado su servicio,
podía ejercer una influencia oculta sobre la nariz de un funcionario
público, era una impertinencia!
--Es mucho peor aun--replicó el doctor,--es un absurdo. Y, sin embargo,
os pido autorización para buscar a Romagné. Tengo necesidad de verle hoy
mismo, aunque no sea más que para convencerme de mi error. ¿Habéis
conservado sus señas?
--¡No lo permita Dios!
--Pues bien, yo trataré de averiguarlas. Tened paciencia, no salgáis
para nada de vuestra habitación, y suspended entre tanto toda
medicación.
Buscó en vano durante quince días. Recurrió a la policía, que le tuvo
despistado por espacio de tres semanas. Un agente sutil y lleno de
experiencia descubrió todos los Romagnés de París, excepto el que se
buscaba. Encontró un inválido, un tratante en pieles de conejo, un
abogado, un ladrón, un corredor del ramo de mercería, un gendarme y un
millonario, todos de este mismo apellido. M. L'Ambert se abrasaba de
impaciencia al lado del hogar, y contemplaba con desesperación su nariz
color de escarlata. Por fin se dio con el domicilio del aguador, pero
éste ya no vivía en él. Los vecinos refirieron que había hecho fortuna y
vendido su tonel para gozar de la vida.
M. Bernier dio una terrible batida por las tabernas y demás lugares de
placer, en tanto que su enfermo permanecía sumido en la mayor
melancolía.
El 2 de febrero, a las diez de la mañana, el atildado notario
calentábase tristemente los pies y contemplaba horrorizado aquella
peonía florida en medio de su rostro, cuando un alegre tumulto conmovió
toda la casa. Abriéronse las puertas con estrépito, de los pechos de
todos los criados escapáronse gritos de alegría, y se vio aparecer al
doctor, trayendo de la mano a Romagné.
Era el verdadero Romagné; pero, ¡cuán cambiado estaba! Sucio,
embrutecido, feo, con la mirada apagada, el aliento mal oliente,
apestando a vino y tabaco, rojo de la cabeza a los pies como un cangrejo
cocido, era el prototipo del erisipelatoso.
--¡Monstruo!--le dijo M. Bernier,--se te debería caer la cara de
vergüenza. Has descendido a un nivel más bajo que el de los brutos.
Conservas todavía la cara del hombre, pero no su color. ¡En qué has
empleado la fortunita que te proporcionamos? Te has revolcado en el
cieno de todos los vicios, y te he encontrado en las afueras de París,
tirado como un cerdo en el suelo de la taberna más inmunda.
El auvernés elevó hasta el doctor su mirada, y le dijo con su amable
acento, embellecido con este dejo propio del pueblo bajo parisiense:
--¡Y bien, qué! Que he empinado un poco el codo. ¿Es acaso una razón
para decirme esa sarta de necedades?
--¿A qué llamas necedades, majadero? Te reprocho tus torpezas. ¿Por qué
no colocaste tu dinero a interés en vez de bebértelo?
--¡Fue el señor quien me dijo que me divirtiese!
--¡Tunante!--exclamó el notario,--¿fui yo quien te aconsejó que te
fueses a emborrachar fuera de las fortificaciones, con aguardiente y
vino tinto?
--Cada uno se divierte como puede... He estado con mis camaradas.
--¡Vaya unos camaradas!--dijo el médico, no pudiendo reprimir un
movimiento de cólera.--¿De manera, truhán, que llevo a cabo una cura
maravillosa, que me llena de gloria y esparce por París mi bien ganada
fama, y que acabará por abrirme las puertas del Instituto, y tú, en
unión de unos cuantos borrachos de tu misma calaña, vais a hacer
zozobrar la más divina de mi obras? ¡Si sólo se tratase de ti,
grandísimo bellaco, te dejaríamos obrar como quisieses! Es un verdadero
suicidio físico y moral; pero un auvernés más o menos poco importa a la
sociedad. ¡Pero se trata de un hombre de mundo, de un rico, de tu
bienhechor, de mi cliente! Tú lo has comprometido, desfigurado,
asesinado con tu mala conducta. ¡Mira bien en qué estado lamentable has
puesto al señor el rostro! El infeliz contempló la nariz que había
contribuido a formar, y rompió en amargo llanto.
--Es una verdadera desgracia, señor Bernier; pero pongo a Dios por
testigo de que no he tenido yo la culpa. Esa nariz se ha deteriorado
ella sola. Yo soy un hombre honrado, y os juro que no he puesto mi mano
en ella.
--¡Imbécil!--tronó M. L'Ambert,--jamás comprendes las cosas... por más
que, en realidad, no es menester que comprendas. Se trata únicamente de
que digas sin rodeos si quieres cambiar de conducta y renunciar a esa
vida de crápula que me mata de rechazo. Te prevengo que tengo el brazo
muy largo, y que, si persistes en tus vicios, sabré ponerte pronto a
buen recaudo.
--¿Preso?
--Preso.
--¿Preso entre los criminales? ¡Gracias, señor L'Ambert! ¡Eso sería la
deshonra de mi familia!
--¡Seguirás bebiendo, o no?
--¡Ah, Dios mío! ¿cómo beber cuando no se tiene dinero? Todo lo he
gastado ya, señor L'Ambert. Me he bebido los dos mil francos íntegros;
me he bebido mi tonel y cuánto poseía, y no hay un alma en la tierra que
ya quiera abrirme crédito.
--Me alegro, perillán; hacen todos muy bien.
--Tendré que ser juicioso a la fuerza. La miseria me amenaza, señor
L'Ambert.
--¡Te repito que me alegro!
--¡Señor L'Ambert!
--¿Qué?
--Si tuvieseis la bondad de comprarme un tonel nuevo para ganarme la
vida honradamente, os juro que volvería a ser un buen sujeto.
--¡Buena fuera! Lo venderías al día siguiente para emborracharte.
--No, señor L'Ambert, ¡os lo juro por mi honor!--Esos son juramentos de
borracho.
--¿Queréis entonces que me muera de hambre y sed? ¡Un centener de
francos, mi buen señor L'Ambert!
--¡Ni un solo céntimo! La Providencia te puso en mi camino para devolver
a mi rostro su aspecto natural. Bebe agua, come pan seco, prívate de lo
más necesario, muérete de hambre, si puedes; sólo a ese precio podré
recobrar mis facciones y volveré a ser el mismo.
Romagné inclinó la cabeza y retirose arrastrando los pies y saludando a
los presentes.
El notario recuperó su alegría y el médico sus ensueños de gloria.
--No quiero alabarme a mí mismo--decía modestamente M. Bernier,--pero
Leverrier descubriendo un planeta por la fuerza del cálculo, no ha
realizado un milagro tan grande como yo. Adivinar, por el aspecto de
vuestra nariz, que un auvernés ausente y perdido en la baraúnda de un
París, se halla entregado a la crápula, es remontarse desde el efecto a
la causa por caminos que la audacia del hombre no había intentado aún.
En cuanto al tratamiento de vuestra enfermedad, se halla indicado por
las circunstancias. La dieta aplicada a Romagné es el único remedio que
puede curaros. La suerte ha venido a servirnos de un modo maravilloso,
puesto que este animal se ha comido hasta su último céntimo. Habéis
hecho perfectamente en negarle el socorro que os pedía: todos los
esfuerzos del arte serán vanos mientras tenga que beber ese hombre.
--Pero, doctor--le interrumpió L'Ambert,--¿y si no fuera ese el origen
de mi mal? ¿y si sólo se tratase de una coincidencia fortuita? ¿No
habéis dicho vos mismo que a veces la teoría...?
--He dicho, y lo repito, que en el estado actual de los conocimientos
humanos, vuestro caso no admite ninguna explicación lógica. Es un hecho
cuya ley se desconoce. La relación que hoy hallamos entre vuestra nariz
y la conducta de este auvernés, nos abre una perspectiva, engañosa tal
vez, mas, sin duda alguna, inmensa. Esperemos algunos días: si vuestra
nariz se cura a medida que Romagné se enmienda, se verá reforzada mi
teoría por una nueva probabilidad. No respondo de nada; pero presiento
una ley fisiológica, hasta aquí desconocida, y que me consideraré muy
feliz si puedo formularla. El mundo de las ciencias se halla lleno de
fenómenos visibles producidos por causas desconocidas. ¿Por qué la
señora de L..., a quien conocéis como yo, tiene en el hombro izquierdo
una cereza perfectamente pintada? ¿Es, acaso, como dicen, porque,
hallándose encinta su madre, sintió ésta grandes deseos, que no pudo
satisfacer, de comerse una cesta de cerezas expuestas en el escaparate
de Chevet? ¿Qué artista invisible ha dibujado esta fruta sobre el cuerpo
de un feto de seis semanas, del tamaño de un langostino mediano? ¿Cómo
explicar esta acción especial de lo moral sobre lo físico? ¿Y por qué
la cereza de la señora de L... adquiere cierta tumefacción y
sensibilidad en el mes de abril de cada año, cuando están flor los
cerezos? He aquí unos hechos ciertos, evidentes, palpables, y tan
inexplicables como la hinchazón y rubicundez de vuestra nariz. ¡Pero
tengamos paciencia!
Dos días después la hinchazón la nariz del notario cedía de un modo
visible, pero su color rojo persistía. Al final de la semana, su volumen
habíase reducido más de una tercera parte. Al cabo de quince días,
perdió por completo la piel, crió seguida otra nueva, y recuperó su
forma y color primitivos.
El triunfo del doctor era evidente.
--Mi único sentimiento--decía,--es que no hayamos guardado a Romagné en
una jaula, para observar en él, al mismo tiempo que en vos, los efectos
del tratamiento. Estoy seguro que ha estado, durante siete u ocho días,
cubierto de escamas como un pez.
--¡Que el diablo cargue con él!--observó cristianamente el notario.
Este, a partir de aquel día reanudó su vida ordinaria: salió carruaje, a
caballo, a pie; danzó los bailes del faubourg, y embelleció con su
presencia el _foyer_ de la Opera. Todas las mujeres lo acogieron
perfectamente, en el mundo y fuera de él. Una de las que más tiernamente
le felicitaron por su curación fue la hermana mayor de su amigo
Steimbourg.
Esta amabilísima joven, que tenía costumbre de mirar a los hombres cara
a cara, observó que M. L'Ambert había salido de la última crisis más
hermoso que nunca. Y en realidad, parecía como si aquellos dos o tres
meses de enfermedad hubiesen dado a su rostro un no sé qué de perfecto.
La nariz, sobre todo, aquella nariz recta, que acababa de recuperar sus
ordinarias dimensiones después de una dilatación excesiva, parecía más
fina, más blanca y más aristocrática que nunca.
Esta era también la opinión del acicalado notario, que se contemplaba en
todos los espejos con una creciente admiración de su persona. ¡Había que
verlo frente a frente de su imagen, sonriendo, endiosado, a su propia
nariz!
Pero a la vuelta de la primavera, en la segunda quincena de marzo,
mientras la generosa savia hacía retoñar las lilas, llegó a creer M.
L'Ambert que sólo a su nariz le eran negados los beneficios de la
estación y las bondades de la naturaleza. En medio del renacimiento
general de todas las cosas, palidecía como una hoja de otoño. Sus alas,
adelgazadas y como desecadas por el viento del desierto, adosábanse cada
vez más a su tabique central.
--¡Demontre!--decía el notario, haciéndole una mueca al espejo,--la
distinción es cosa bella, lo mismo que la virtud; pero esto ya es
demasiado. Mi nariz va adquiriendo una elegancia inquietante, y, si no
trato de darle alguna fuerza y color, muy pronto no será que una sombra.
Diose en ella un poco de colorete; pero sólo logró hacer resaltar más
aun finura increíble de aquella línea recta y sin espesor que dividía su
rostro en dos mitades. La fantástica nariz del desesperado notario hacía
recordar la varilla de hierro que proyecta su cortante sombra sobre la
esfera de los relojes de sol.
En vano sometiose a un régimen más alimenticio el indignado millonario
de la calle de Verneuil. Considerando que una buena alimentación,
digerida por un estómago sólido, aprovecha por igual a todas las partes
del cuerpo, se impuso la dulce ley de embaularse sendas tazas de caldo,
sendos tajos de carne ensangrentada, regados con los más generosos
vinos. Decir que estos manjares elegidos no le hicieron efecto, sería
negar la evidencia y blasfemar de las comidas regaladas. M. L'Ambert
adquirió en poco tiempo hermosos mofletes rojos, un pescuezo muy digno
de cualquier ternero apoplético y una respetable panza. Pero la nariz
parecía una especie de socio negligente o desinteresado, que no se ocupa
en cobrar sus dividendos.
Cuando un enfermo no puede comer ni beber, se le sostiene a veces por
medio de baños alimenticios, que penetran a través de los poros de la
piel hasta los centros vitales. M. L'Ambert trató a su nariz como a un
enfermo a quien es preciso alimentar por separado a cualquier precio.
Adquirió una bañera de plata sobredorada, y, seis veces al día,
introducíala en ella y la mantenía pacientemente sumergida en sendos
baños de leche, de vino de Borgoña, de caldo substancioso y hasta de
salsa de tomates. ¡Trabajo perdido! la enferma salía del baño tan pálida
y delgada y en estado tan deplorable como estaba antes de entrar.
Todas las esperanzas parecían ya perdidas, cuando un día M. Bernier
diose un golpe en la frente y exclamó:
--¡Pero si hemos cometido una falta imperdonable! ¡un error digno de
colegiales! ¡y he sido yo! ¡yo mismo, cuando este hecho constituye una
confirmación aplastante de mi teoría...! No lo dudéis, caballero: el
auvernés está enfermo, y es preciso curarle a él para que sanéis vos.
El desdichado L'Ambert mesose los cabellos. ¡Cuánto se arrepintió de
haber plantado a Romagné de patitas a la calle, y de haberse negado a
socorrerle, y olvidado el quedarse con sus señas! Representábase al
pobre diablo consumiéndose sobre un camastro, sin pan, sin rosbif y sin
vino de Châteaux-Margaux. Esta idea destrozaba su corazón. Asociábase a
los dolores del infeliz mercenario. Por primera vez en su vida
compadeciose de los sufrimientos del prójimo.
--¡Doctor, querido doctor!--exclamó, estrechando la mano de
Bernier,--¡daría toda mi fortuna por salvar a ese valiente muchacho!
Cinco días después, el mal había avanzado más aun. La nariz no era más
que una película flexible, que se plegaba bajo el peso de las gafas,
cuando M. Bernier vino a decirle que había encontrado al auvernés.
--¡Victoria!--exclamó entusiasmado el notario.
El cirujano encogiose de hombros y contestó que la victoria parecíale
dudosa por lo menos.
--Mi teoría--añadió,--está plenamente confirmada, y, como fisiólogo,
tengo que declararme satisfecho; pero, como médico, quisiera ante todo
curaros, y el estado en que he visto a ese infeliz no me inspira
demasiadas esperanzas.
--¡Vos le salvaréis, doctor!
--Por lo pronto, no me pertenece actualmente: se encuentra al servicio
de un colega mío que le estudia con cierta curiosidad.
--Ya lograréis que os lo ceda. ¡Lo compraremos, si es preciso!
--¡No soñéis siquiera en eso! Un médico no vende nunca a sus enfermos.
Los mata algunas veces, en interés de la ciencia, para ver qué tienen
dentro; pero traficar con ellos... ¡jamás! Mi amigo Fogatier me cederá,
tal vez, vuestro auvernés; pero el pobre está muy enfermo, y, para colmo
de desgracia, se halla tan aburrido de la vida, que quiere a todo trance
morirse. Rechaza las medicinas, y, en cuanto a los alimentos, tan pronto
se queja de no tener suficiente, y reclama a grandes voces su ración
entera, como rechaza cuanto le dan, y trata de matarse por hambre.
--¡Pero eso es un crimen! ¡Yo le hablaré! ¡yo le haré oír el lenguaje de
la religión y la moral! ¿Dónde se encuentra?
--En el hospital, sala de San Pablo, número 10.
--¿Tenéis vuestro carruaje a la puerta?
--Sí.
--Pues partamos. ¡Ah, infame! ¡quiere morirse! ¿Ignora por ventura que
todos los hombres son hermanos?
VI
HISTORIA DE UNAS GAFAS Y CONSECUENCIAS DE UN CATARRO NASAL
Jamás predicador alguno, jamás Bossuet ni Fenelón, jamás Massillon ni
Fléchier, jamás el mismo Mermilliod, desplegaron desde su sagrada
cátedra una elocuencia más persuasiva y untuosa que la empleada por M.
Alfredo L'Ambert ante el lecho de Romagné. Dirigiose primero a la razón,
después a la conciencia, y por último al corazón del enfermo. Recurrió a
lo profano y lo sagrado, citó textos de filósofos y santos. Mostrose
fuerte y benigno, severo y paternal, lógico, acariciador y hasta
complaciente. Demostrole que el suicidio es el más bochornoso de los
crímenes, y que era menester ser bien cobarde para afrontar
voluntariamente la muerte. Hasta se atrevió a emplear una metáfora tan
nueva como atrevida, comparando el suicida, al desertor que abandona su
puesto sin permiso de su cabo.
El auvernés, que no había tomado nada en las últimas veinticuatro horas,
parecía bien aferrado a su idea. Permanecía inmóvil y terco ante la
muerte, como un asno ante un puente. A los argumentos más hábiles,
respondía con impasible dolor:
--No vale la pena, señor L'Ambert; hay demasiada miseria en este mundo.
--¡Bah, amigo mío! la miseria fue instituida por Dios, que la creó para
excitar la caridad de los ricos y la resignación de los pobres.
--¿Los ricos? He pedido trabajo a todo el mundo, y me ha sido negado en
todas partes. ¡He pedido limosna y me han amenazado con la policía!
--¿Por qué no os dirigisteis a vuestros amigos? ¡A mí, por ejemplo! ¡a
mí, que tanto os debo! ¡a mí, que tan agradecido os estoy! ¡a mí, que
por mis venas corre vuestra propia sangre!