Despertó a M. Bernier, y le refirió, con la consabida che, cuanto le

había ocurrido aquella noche.

--Mucho ruido y pocas nueces--le contestó el doctor, riendo de buena

gana.

--Romagné es inocente; la culpa es toda vuestra. Permanecisteis con la

cabeza descubierta a la salida de los Italianos: de ahí procede todo el

mal. Padecéis un fuerte ataque de coriza, y habláis por la nariz: por

eso os expresáis en auvernés. Esto es muy lógico. Volved a vuestra casa,

aspirad bastante acónito, conservad los pies calientes y la cabeza

abrigada y, en lo sucesivo, adoptad toda clase de precauciones contra

los constipados, pues ya sabéis cuáles han de ser para vos sus

consecuencias.

El desdichado notario regresó a su hotel maldiciendo como un condenado.

--De manera--pensaba;--que mis precauciones resultan infructuosas. Por

mucho que me esmere en mantener y vigilar a ese bellaco de aguador, me

jugará constantes trastadas, y seré siempre su víctima, sin poderle

acusar nunca de nada; ¿a qué entonces, tantos gastos? Se acabó: ya estoy

cansado: economizaré su pensión.

Y dicho y hecho. Al día siguiente, cuando el pobre Romagné vino, todavía

aturdido, a cobrar la pensión de la semana, lo echó a la calle Singuet,

y anunciole que no harían nada por él en lo sucesivo. Encogiose de

hombros el auvernés, a fuer de hombre que, sin haber leído las epístolas

de Horacio, practica el _Nil admirari_ por instinto. Singuet, que lo

quería bien, preguntole a qué pensaba dedicarse, contestándole él que

buscaría trabajo. Al fin y al cabo, aquella forzada ociosidad le aburría

demasiado.

M. L'Ambert sanó de su coriza y alegrose de haber borrado de su

presupuesto la partida correspondiente a Romagné. Ningún otro accidente

vino a interrumpir después el curso de su dicha. Hizo las paces con el

marqués de Villemaurin y con toda su clientela del faubourg, a la que

había escandalizado bastante. Libre de toda inquietud, pudo abandonarse,

feliz, por la dulce pendiente que le conducía, sobre rosas, hacia la

dote de la señorita Steimbourg. ¡Afortunado L'Ambert! le abrió su

corazón de par en par, y mostrole los sentimientos legítimos y puros que

lo llenaban por completo. La bella y avisada muchacha tendiole la mano a

la inglesa, y le dijo con desparpajo:

--Negocio concluido. Mis padres están de acuerdo conmigo; ya os daré mis

instrucciones para la canastilla de boda. Procuremos abreviar todas las

formalidades para poder marcharnos a Italia antes de que termine el

invierno.

El amor prestole sus alas. Compró, sin regatear, la canastilla,

encomendó a los tapiceros la tarea de alhajar el cuarto de su señora,

encargó un coche nuevo, eligió dos caballos alazanes de la más rara

belleza, y aligeró la publicación de las amonestaciones. El banquete de

despedida de soltero que ofreció a sus camaradas, inscrito está con

letras de oro en los fastos del Café Inglés. Sus amantes recibieron su

postrer adiós, y sus correspondientes brazaletes, con mal contenida

emoción.

Los partes de casamiento anunciaban que la bendición nupcial tendría

efecto el día 3 de marzo, a la una en punto, en la iglesia de Santo

Tomás de Aquino. Inútil parece advertir que se había colgado el altar y

se había engalanado el templo como en las bodas de primera categoría.

El día 3 de marzo, a las ocho de la mañana, despertose espontáncamente

L'Ambert, sonrió satisfecho a los primeros rayos del sol que penetraron

alegres por su entreabierta ventana, tomó el pañuelo de debajo de la

almohada, y se lo llevó a la nariz a fin de esclarecer sus ideas. Pero

el pañuelo de batista sólo encontró el vacío: la nariz ya no existía.

El notario fue de un salto a mirarse en el espejo. ¡Horror y maldición!

como dicen en las novelas de la antigua escuela. Se vio tan desfigurado

como el día que volvió de Parthenay. Correr a su lecho, registrar

cobertores y sábanas, mirar por detrás de la cama, sondar los colchones

y el somier, sacudir los muebles próximos, y poner patas arriba cuanta

cosa había en el cuarto, fue obra de pocos instantes.

¡Pero nada! ¡nada! ¡nada!

Colgose del cordón de la campanilla, pidió auxilio a sus criados y juró

echarlos a todos, como a perros, si no encontraban la nariz. ¡Inútil

amenaza! La nariz era más imposible de encontrar que la Cámara de 1816.

Dos horas transcurrieron en medio de la agitación, el desorden y el

ruido.

Y entretanto, el señor de Steimbourg se vestía su levita gris con

botones de oro; la señora de Steimbourg, en traje de gran gala, dirigía

a dos doncellas y tres modistas, que iban y venían y giraban sin cesar

en torno de la bella Irma. La blanca novia, embadurnada en polvos de

arroz, como un pez antes de ser introducido en la sartén, temblaba de

impaciencia y maltrataba a todo el mundo con admirable imparcialidad. Y

el alcalde del distrito décimo, con su faja reglamentaria, paseábase por

un gran salón vacío preparando una improvisación. Y los mendigos

privilegiados de Santo Tomás de Aquino expulsaban a cajas destempladas a

dos o tres intrigantes, llegados de no sé dónde, con objeto de

disputarles sus limosnas. Y M. Enrique Steimbourg, que mascaba un

cigarro, hacía ya media hora, en el fumador de su padre, extrañábase de

que su querido Alfredo no hubiese llegado aún.

Por fin perdió la paciencia, corrió a la calle de Sartine, y encontró a

su futuro cuñado lleno de desesperación y de lágrimas. ¿Qué podía

decirle, para consolarle, de semejante desgracia? Paseose largo rato en

torno suyo, repitiendo sin cesar:

--¡Demonio! ¡demonio! ¡demonio!

Se hizo referir dos veces el fatal acontecimiento, e intercaló en la

conversación algunas sentencias filosóficas.

¡Y el maldito cirujano sin venir! Habían ido a avisarle con urgencia, a

su casa, al hospital, a todas partes. Llegó por fin, y comprendió a

primera vista que Romagné había muerto.

--Lo sospechaba--exclamó el notario, llorando con mayor amargura, si es

posible.--¡Bestia de Romagné! ¡Criminal!

Esta fue la oración fúnebre del desdichado auvernés.

--Y ahora, doctor, ¿qué haremos?

--Buscar otro Romagné, y repetir la operación; pero ya habéis

experimentado los inconvenientes de este sistema, y, si queréis creerme,

será mucho mejor que recurramos al método indio.

--¿A cortarme la piel de la frente? ¡eso jamás! Prefiero mandarme hacer

una nariz de plata.

--Hoy día se fabrican bien elegantes, por cierto--dijo el doctor.

--Resta saber si la señorita Irma consentiría en dar su mano a un

inválido con la nariz de plata. Enrique, amigo mío, ¿qué os parece?

Agachó Enrique Steimbourg la cabeza, y nada respondió. Fuese a comunicar

la noticia a su familia y a recibir órdenes de su hermana. Irma adoptó

un gesto heroico al saber la desgracia de su prometido.

--¿Os imagináis--exclamó,--que me caso con el notario por su cara? ¡Para

eso me hubiera casado con mi primo Rodrigo, que, aunque menos rico, es

mucho más guapo que él! Doy mi mano a M. L'Ambert porque es un hombre

galante, que ocupa una posición envidiable en el gran mundo; por su

carácter, sus caballos, su hotel, su talento, su sastre; todo en él me

agrada y me encanta. Por otra parte, ya estoy vestida de novia, y, de no

verificarse el matrimonio, padecería mi reputación. Corramos a su casa,

madre mía; ¡lo aceptaré tal cual es!

Pero cuando se halló presencia del mutilado, cesaron sus entusiasmos.

Desplomose desmayada, y, cuando recobró el conocimiento, rompió a llorar

copiosamente.

En medio de sus sollozos, oyose un grito que parecía partir de lo más

profundo del alma:

--¡Oh, Rodrigo!--exclamó,--¡que injusta he sido contigo!

M. L'Ambert permaneció soltero. Hízose fabricar una nariz de plata

esmaltada, cedió su bufete a su oficial mayor, y compró una casita, de

modesta apariencia, cerca de los Inválidos. Algunos buenos amigos

alegraron su morada. Proveyose de una bodega abundante y bien surtida, y

se consoló como pudo. Las botellas más preciadas de Château-Yquen, y las

mejores cosechas de la hacienda Vougeot son para él.

--Poseo un privilegio sobre todos los demás hombres--suele decir a

veces, bromeando;--¡puedo beber cuanto me venga en gana sin que se me

enrojezca la nariz!

Ha permanecido fiel siempre a sus principios políticos: lee los buenos

periódicos, y hace votos por el triunfo de Chiavone; pero no le envía

dinero. El placer de amontonar luises le produce una dicha incalculable.

Vive entre dos vinos y entre dos millones.

Una noche de la semana pasada, en que caminaba despacio, con el bastón

en la mano, por una de las aceras de la calle de Eblé, lanzó

inopinadamente un grito de sorpresa. ¡La sombra de Romagné, vestido de

pana azul, habíase erguido ante él!

¿Era realmente su sombra? Las sombras no llevan nada, y ésta llevaba una

cesta en la extremidad de un palo.

--¡Romagné!--gritole el notario.

El otro levantó la mirada, y respondió con su voz reposada y tranquila:

--¡Buenach nochech, cheñor L'Ambert!

--¡Hablas, luego vives!--dijo éste.

--Chiertamente que vivo.

--¡Miserable!... ¿qué has hecho de mi nariz?

Y, mientras se expresaba de este modo, habíale agarrado por el cuello, y

lo sacudía bruscamente.

El auvernés desasiose con trabajo, y le dijo:

--¡Dejadme, por piedad, que no puedo defenderme! ¿No obchervaich que

choy manco? Cuando me chuprimichteich la penchión, coloquéme en el

taller de un mecánico, y hube de dejarme el brazo tomado en un

engranaje!

FIN

La nariz de un notario · 第 6 / 6 段