--En realidad--exclamó,--el mundo es una gran trapisonda, ¡bendigamos

por ello al Creador! Con mis doscientos mil francos de renta, me quedaré

para el resto de mi vida tan chato como una calavera; en tanto que mi

portero, que no tiene jamás en el bolsillo diez escudos, lucirá la nariz

de un Apolo de Beldevere. ¡La Suprema Sabiduría, que tantas cosas ha

previsto, no acertó a prever que un turco me cortaría la cabeza por

saludar a la señorita Victorina Tompain! Hay en Francia tres millones de

pordioseros, todos los cuales juntos no valen medio franco, ¡y no puedo

yo comprar a peso de oro la nariz de cualquiera de esos miserables!...

Y, después de todo, ¿por qué?

Su rostro iluminose por un rayo de esperanza, y añadió, con tono más

dulce:

--Mi anciano tío de Poitiers, en su última enfermedad, se hizo inyectar

cien gramos de sangre bretona en la vena cefálica mediana: un antiguo

servidor prestose a suministrársela. Mi bella tía Giromagny, cuando aún

conservaba su belleza, hizo arrancar un incisivo a una de sus doncellas

más hermosas para reemplazar un diente que acababa de perder. Este

expediente dio un resultado magnífico, y no costó arriba de tres luises.

Doctor, vos me habéis dicho que, a no ser por la trastada de ese maldito

gato, hubierais podido colocarme nuevamente la nariz en su sitio,

cosiéndomela con cuidado. ¿Me lo habéis dicho, o no?

--Sin duda, y os lo repito.

--Y si lograse comprar la nariz de algún pobre diablo, ¿podríais también

colocármela en reemplazo de la mía?

--Claro está que podría...

--¡Oh, magnífico!

--Pero no me prestaría a hacerlo, ni ninguno de mis colegas tampoco.

--¿Y por qué, queréis decirme?

--Porque mutilar a un hombre sano es un crimen, por muy estúpido que

sea, o muy hambriento que se halle el paciente para consentir en ello.

--A la verdad, doctor, que confundís mis nociones relativas a lo justo y

a lo injusto. Yo me hice reemplazar, cuando fui llamado a filas,

mediante un centenar de luises, por una especie de alsaciano, de pelo

alazán tostado. A mi hombre (porque era bien mío) hubo de llevarle la

cabeza una bala de cañón, el 30 de abril de 1849. Y como dicha bala me

estaba destinada a mí por la suerte, puedo decir con verdad que el

alsaciano en cuestión vendiome su cabeza y toda su persona entera por un

centenar de luises, o algo más. El Estado no sólo toleró, sino que

aprobó esta combinación; vos tampoco tendréis nada que objetar; es muy

posible que vos mismo hayáis comprado también al mismo precio un hombre

entero, que se haya matado por vos. ¡Y sois capaz de escandalizaros

porque ofrezco doble precio, al primer bribón que se presente, por sólo

la punta de la nariz!

El doctor detúvose un momento a meditar una respuesta lógica. Pero, como

no la encontrase, dijo al señorito L'Ambert:

--Si bien no permite mi conciencia desfigurar a otro hombre en beneficio

vuestro, creo que podría, sin escrúpulo, cortar del brazo de cualquier

perillán los pocos centímetros cuadrados de piel que os hacen falta.

--¡Vaya, doctor! ¡tomadlos de dónde mejor os plazca, con tal de que

reparéis este estúpido accidente! Busquemos en seguida un hombre de

buena voluntad, y ¡viva el método italiano!

--Os prevengo de nuevo, sin embargo, que tendréis que permanecer un mes

entero en una situación bien molesta.

--¡Qué me importan todas las molestias del mundo, si al cabo de ese mes

puedo presentarme de nuevo en el _foyer_ de la Opera!

--Convenido. ¿Habéis pensado ya en alguien? ¿Acaso ese portero de quien

ahora poco hablabais...?

--¡Me parece muy bien! Será fácil comprarlo, con su mujer y sus hijos,

por un centenar de escudos. Cuando Barberau, su antecesor, se retiró no

sé adónde, para vivir de sus rentas, un cliente recomendome a este, que

se estaba literalmente muriendo de hambre.

Llamó M. L'Ambert, y ordenó al ayuda de cámara, que se presentó al

instante, que hiciera subir a Singuet, el nuevo portero.

Acudió el hombre, y lanzó un grito de espanto al contemplar el rostro de

su amo.

Era el verdadero tipo del pobre diablo parisiense, que es el más pobre

de todos los diablos: un hombrecillo de treinta y cinco años de edad, al

cual todos le hubieran echado sesenta, a juzgar por su aspecto flaco,

amarillo y desmirriado.

M. Bernier examinolo atentamente y le mandó volver otra vez a la

portería.

--La piel de este hombre--dijo--no sirve para nada. Acordaos que los

jardineros toman las varas, para efectuar sus injertos, de los árboles

más sanos y rollizos. Elegidme a un mozo fuerte y rebosando salud entre

vuestra servidumbre; de sobra los tendréis.

--Sí, pero no será empresa fácil convencerlos. Mis criados son todos

caballeros, que poseen capitales y valores en cartera, y especulan al

alza y a la baja, como todos los criados de casa grande. No creo que

haya ninguno entre ellos que quiera comprar con el precio de su sangre

un dinero que se gana tan fácilmente en la Bolsa.

--Pero tal vez halléis alguno que por abnegación y cariño...

--¿Abnegación y cariño entre estas gentes? ¡Creo que os burláis, doctor!

Nuestros padres tenían servidores abnegados: nosotros sólo poseemos unos

grandísimos pillos que medran a nuestra costa, y, en el fondo, tal vez

salgamos ganando. Nuestros padres, que se veían amados por estas

gentes, creíanse obligados a pagarles en la misma moneda. Sufrían sus

defectos, asistíanlos en sus enfermedades, alimentábanlos en su vejez:

esto era insoportable. Yo pago a mis criados para que me sirvan bien, y,

cuando no estoy satisfecho de ellos, los despido, sin meterme a

averiguar si es falta de voluntad, vejez o indisposición lo que motiva

su mal comportamiento.

--Entonces no encontraremos en vuestra casa el hombre que precisamos.

¿Tenéis alguno a la vista?

--¿Yo? Ninguno. Pero es igual; el primer advenedizo, el mozo de cordel

de la esquina, el aguador que grita en este momento en la calle.

Sacó del bolsillo las gafas, levantó ligeramente la cortina, examinó, a

través de aquéllas, la calle de Beaune, y dijo al doctor:

--He ahí a un muchacho que no tiene mala cara. Tened la bondad de

hacerle señas, porque yo no me atrevo a mostrar a los transeúntes mi

rostro.

M. Bernier abrió la ventana en el momento en que la víctima elegida

gritaba a plenos pulmones:

--¡Agua muy fresca!

--¡Muchacho!--gritole el doctor,--dejad vuestro tonel y subid por la

calle de Verneuil, si queréis ganar un buen puñado de luises.

IV

CHEBACHTIÁN ROMAGNÉ

Llamábase Romagné, por su padre. Sus padrinos le habían puesto, al

bautizarle, Sebastián; pero, como era natural de Frognac-les-Mauriac,

departamento de Cantal, invocaba a su patrón bajo el nombre de _Chan

Chebachtián_. Todo hace presumir que había escrito su nombre con _ch_;

pero, afortunadamente, no sabía escribir. Este hijo de la Auvernia

contaba veinticuatro o veinticinco años de edad, y poseía la

constitución de un verdadero Hércules: alto, grueso, rechoncho,

colorado; fuerte como un buey de labor, dulce y fácil de conducir como

un corderillo blanco. Imaginaos un hombre fabricado de la pasta mejor,

al par que la más grosera.

Era el mayor de diez hijos, entre mujercitas y varones, que tragaban y

bullían bajo el techo paternal. Su padre poseía una cabaña, un pedazo de

tierra, algunos castaños en el monte, media docena de cerdos, y dos

brazos para cavar el terreno. La madre hilaba cáñamo; los varones

ayudaban al padre; las mujercitas arreglaban la casa y se cuidaban las

unas a las otras, haciendo la mayor de niñera de la más pequeña, y así

todas las otras, hasta terminar la escala.

El joven Sebastián jamás brilló por su inteligencia, ni por su memoria,

ni por ningún don intelectual; pero, en cambio, poseía un corazón

excelente. Le habían enseñado algunos capítulos del catecismo como se

enseña a los mirlos a silbar cualquier tonadilla; pero siempre profesó

los sentimientos más cristianos. Jamás abusó de sus fuerzas contra las

personas ni contra los animales; evitaba las querellas y recibía con

frecuencia coscorrones, sin devolverlos jamás. Si el subprefecto de

Mauriac hubiese querido conceder una medalla de plata, no hubiera tenido

más que escribir a París, porque Sebastián había salvado a muchas

personas, con grave exposición de su propia vida, y en especial a dos

gendarmes que estaban a punto de ahogarse, con sus caballos, en el

torrente del Saumaise. Pero a todo el mundo le parecían sus actos

meritorios la cosa más natural, ya que los ejecutaba por instinto, y a

nadie se le ocurría concederle una recompensa, considerándolo casi como

a un perro de Terranova.

A la edad de veinte años entró en quintas y obtuvo un número alto,

gracias a una novena que hizo, en unión de su familia. Después de esto,

resolvió marcharse a París, siguiendo los usos y costumbres de la

Auvernia, para ahorrar algunos centenares de francos, y volver después a

ayudar a sus padres. Le dieron un traje de pana y veinte francos, que en

Mauriac constituyen una cantidad importante, y aprovechó la ocasión de

marchar un camarada que conocía el camino de la capital. Hizo el camino

a pie, invirtiendo en él diez jornadas, y llegó fresco y dispuesto a

trabajar, con catorce francos y medio en el bolsillo, y los zapatos sin

estrenar, en la mano.

Dos días más tarde, rodaba un tonel por el faubourg de Saint-Germain, en

compañía de otro camarada que no podía ya subir las escaleras, porque

se había relajado. En pago de sus servicios, recibió alojamiento, cama,

manutención y ropa limpia, a razón de una camisa cada mes, sin contar el

franco y medio semanal que le daba su patrón para sus gastos de soltero.

Con sus economías, compró, al cabo del año, un tonel de lance, y se

estableció por su cuenta.

El éxito que obtuvo fue asombroso, y superior a cuanto pudo esperarse.

Su ingenua cortesía, su incansable amabilidad y su intachable honradez,

captáronle la simpatía y protección de todo el barrio. De dos mil

escalones que solía subir al principio, llegó a siete mil gradualmente.

Por eso enviaba hasta sesenta francos mensuales a las buenas gentes de

Frognac. La familia bendecía su nombre y lo encomendaba a Dios con

fervor, mañana y tarde, en sus plegarias; sus hermanos menores tenían

pantalones nuevos, y se pensaba nada menos que enviar a los dos más

pequeños a la escuela.

Su vida, sin embargo, a pesar de soplarle la fortuna, en nada había

cambiado: acostábase al lado de su tonel, en un mal bodegón, y renovaba

la paja de su lecho sólo dos veces al mes. Su traje de pana estaba más

remendado que el vestido de un arlequín. La verdad es que en vestir

habría gastado bien poco, a no ser por los malditos zapatos que

consumían cada mes un kilogramo de clavos. En el comer era donde no

escatimaba lo más mínimo. Adquiría, sin regatear, diariamente cuatro

libras de pan, y hasta, a veces, solía regalarse el estómago con un

trozo de queso o de cebolla, o con media docena de manzanas, compradas

en el puente nuevo. Los domingos y días festivos permitíase el lujo de

comer sopa y carne, y el resto de la semana se chupaba los dedos

recordándolo. Pero era demasiado buen hijo y buen hermano para

permitirse jamás el despilfarro de tomar un vaso de vino. «El vino, el

amor y el tabaco» eran para él artículos fabulosos, que sólo conocía de

oídas. Con mucha mayor razón ignoraba los placeres del teatro, tan caros

para los obreros de París. Nuestro hombre prefería acostarse a las

siete, sin que le costara un céntimo, a aplaudir a M. Dumaine por medio

franco.

Tal era, en lo moral y en lo físico, el hombre a quien M. Bernier llamó,

en la calle de Beaune, para que cediese un buen trozo de su piel a M.

L'Ambert.

Advertidos los criados, hiciéronle pasar en seguida.

Avanzó tímidamente, con el sombrero en la mano, levantando los pies

cuanto podía, y no atreviéndose a sentarlos sobre la alfombra. La

tormenta de aquella mañana lo había salpicado de lodo hasta las axilas.

--Si me llaman para que suministre agua a la casa--dijo saludando al

doctor, y convirtiendo en ches cuantas eses tenía que pronunciar,--le...

M. Bernier cortole la palabra.

--No, amigo mío; no se trata de nada relacionado con vuestro comercio.

--¿De qué se trata, pues?

--De otra cosa completamente distinta. Al señor le han cortado la nariz

esta mañana.

--¡Ah, demontre! ¡pobre hombre! ¿Quién ha hecho esa villanía?

--Un turco; pero esto es lo de menos.

--¡Un salvaje! Sabía ya de referencia que los turcos eran salvajes; pero

no creí que les dejasen venir a París. Esperad un momento, que voy a

avisar a un gendarme.

M. Bernier contuvo este alarde de celo del buen auvernés, y explicóle,

en pocas palabras, la clase de servicio que se pretendía que prestase.

Creyó, al principio, que se burlaban de él, porque se puede ser un

excelente aguador sin tener la más pequeña noción de rinoplastia. Hízole

comprender el doctor que se deseaba tenerle embargado durante un mes, y

comprarle unos ciento cincuenta centímetros cuadrados de su piel.

--La operación no es nada en sí--le dijo,--y os garantizo que os hará

sufrir bien poco; pero os advierto, en cambio, que tendréis que tener

una paciencia enorme para permanecer un mes inmóvil, con el brazo cosido

a la nariz del señor.

--Paciencia no me falta--respondió nuestro hombre;--para algo soy

auvernés. Pero para que yo pase un mes en esta casa prestando a este

señor un importante servicio, será necesario que me abonen los jornales

de esos días.

--Desde luego. ¿Cuánto exigís? Sebastián meditó unos instantes.

--En conciencia--dijo al fin,--ese trabajo bien vale cuatro francos

diarios.

--No, amigo mío--respondiole el notario;--ese trabajo vale mil francos

al mes, o sea, treinta y tres francos diarios.

--No--replicó el doctor, con acento autoritario;--eso vale dos mil

francos.

L'Ambert inclinó la cabeza, y no se atrevió a objetar.

Romagné pidió permiso para terminar aquel día su trabajo, dejar en el

bodegón su tonel y buscar quien le reemplazase durante el mes.

--Por otra parte--dijo,--no vale la pena de comenzar hoy mismo, para

sólo medio día.

Demostráronle que el caso era urgente, y tomó, en vista de ello, sus

medidas. Mandaron a buscar a uno de sus amigos, el cual prometió

reemplazarle por espacio de un mes.

--Tú me traerás el pan todas las noches--le dijo Romagné.

Pero se apresuraron a decirle que la precaución era inútil, pues le

darían de comer en la casa.

--Eso dependerá de lo que me cueste--observó él.

--M. L'Ambert os dará de comer gratis.

--¡Gratis! eso ya es distinto. He aquí mi piel. Cortadmela cuanto antes.

Romagné soportó la operación como un valiente, sin pestañear siquiera.

--Esto es un placer--decía.--Me han contado de un auvernés de mi país

que se hacía petrificar en una fuente mediante un franco por hora.

Prefiero dejarme cortar a pedazos. No es tan molesto, y produce mucho

más.

M. Bernier cosiole el brazo izquierdo al rostro del notario, y ambos

hombres permanecieron, por espacio de un mes, encadenados uno al otro.

Los dos hermanos siameses que excitaron un día la curiosidad de toda

Europa no estaban tan indisolublemente unidos. Pero aquéllos eran

hermanos, acostumbrados a soportarse mutuamente desde la más tierna

infancia, y habían recibido la misma educación. Si uno hubiese sido

aguador y el otro notario, tal vez no hubiesen dado el espectáculo de

una amistad tan fraternal.

Romagné jamás se quejaba de nada, por muy extraña que la nueva

situación le pareciese. Obedecía como un esclavo, o, por mejor decir,

como un buen cristiano, todos los mandatos del hombre que le comprara su

piel. Se levantaba, se sentaba, se acostaba, se volvía hacia la derecha

o la izquierda, según el capricho de su señor. No obedece con tanta

sumisión al Polo Norte la aguja imantada, como Romagné a M. L'Ambert.

Esta heroica mansedumbre enterneció el corazón del notario, que, a decir

verdad, nada tenía de blando. Sintió por espacio de tres días una

especie de gratitud por los buenos cuidados que le prodigaba su víctima;

mas no tardó en cobrarle antipatía y hasta horror.

Un hombre joven, activo y lleno de salud, no se acostumbra nunca, sin

trabajo, a la inmovilidad absoluta. ¿Qué no será cuando se trate de

permanecer inmóvil al lado mismo de un ser inferior, sucio y sin

educación? Pero lo había querido así la suerte. Era preciso vivir sin

nariz o soportar al auvernés con todas sus consecuencias: comer con él,

dormir con él, llenar al lado suyo, y en la situación más incómoda,

todas las funciones de la vida animal.

Era Romagné un digno y excelente joven; pero roncaba como un órgano.

Adoraba a su familia y amaba a su prójimo; pero jamás se había bañado en

su vida por temor de malgastar el agua, objeto de su comercio. Poseía

los sentimientos más delicados del mundo; pero no sabía imponerse los

sacrificios más elementales que la civilización recomienda. ¡Pobre M.

L'Ambert! ¡y pobre Romagné asimismo! ¡qué noches y qué días! ¡qué lluvia

de puntapiés! Inútil es decir que Romagné los recibía sin quejarse,

temeroso de que un falso movimiento diese al traste con el experimento

del doctor Bernier.

El notario recibía buen número de visitas. Vinieron a verle todos sus

compañeros de aventuras, que se burlaban del auvernés. Enseñáronle a

fumar cigarrillos, y a beber vino y aguardiente. El pobre diablo se

entregaba a estos placeres con la ingenuidad de un piel roja. Lo

emborracharon, lo ahitaron de manjares, le hicieron descender todos los

escalones que separan al hombre de la bestia. Era preciso educarle

nuevamente, y aquellos buenos señores acometieron esta difícil tarea con

placer mefistofélico. ¿No era, por ventura, una cosa divertida y

agradable la empresa de desmoralizar al auvernés?

Cierto día le preguntaron en qué pensaba emplear los cien luises de M.

L'Ambert cuando acabase de ganarlos.

--Los emplearé en papel del cinco por ciento, y me producirán cien

francos de renta--contestoles.

--¿Y después?--preguntole un emperejilado millonario de veinticinco años

de edad.--¿Serás más rico con eso? ¿serás más dichoso acaso? ¡Tendrás

treinta céntimos de renta diaria! Si te casas, lo cual es inevitable,

pues eres de la madera de que se fabrican los imbéciles, tendrás doce

hijos al menos.

--¡Es posible!--replicó el auvernés, riendo de buena gana.

--Y, en virtud del Código civil, linda invención del Imperio, le dejarás

a cada uno de ellos un par de céntimos al día. En tanto que, con dos mil

francos, puedes vivir un mes lo menos como un rico, conocer los

placeres de la vida y elevarte muy por encima de tus semejantes.

Romagné se defendía como un gato panza arriba contra estas tentativas de

corrupción; pero hubieron de descargar tantos golpes sobre su espeso

cráneo, que acabaron por abrir en él un pequeño orificio por donde

penetraron las ideas falsas, y se fueron apoderando de su cerebro.

También acudieron las damas, de las cuales conocía L'Ambert muchísimas

en todas las capas sociales. Romagné presenció las escenas más diversas;

escuchó numerosas protestas de amor y fidelidad que carecían de

verosimilitud. M. L'Ambert no sólo no se recataba de mentir como un

bellaco en su presencia, sino que, en ocasiones, se complacía, en la

intimidad, en mostrarle todas las falsedades que forman, por decirlo

así, el cañamazo donde se borda la vida elegante.

¡Y el mundo de los negocios! Romagné creyó descubrirlo, como Cristóbal

Colón, porque no tenía de él noción alguna. Los clientes del notario no

se recataban de él para tratar las mayores enormidades: hablaban en su

presencia como pudieran hacerlo delante de una docena de ostras. Vio

padres de familia que buscaban el modo de despojar a sus hijos en

provecho de una amante o de alguna obra piadosa; jóvenes que estudiaban

la manera de robar la dote a su futura esposa por medio de un contrato;

prestamistas que exigen el diez por ciento sobre primeras hipotecas y

prestatarios que hipotecaban fincas imaginarias.

Carecía de talento y su inteligencia no era muy superior a la de

cualquier perro de aguas; pero su conciencia se le reveló.

--Vos no poseéis mi estima--le dijo un día al notario, creyendo hacerle

un gran bien.

Y la repugnancia que L'Ambert sentía por él trocose en odio mortal.

En los últimos ocho días de su forzada intimidad sucediéronse las

tempestades casi sin interrupción.

Al fin adquirió Bernier la plena convicción de que el trozo de piel

había arraigado en la cara del notario, a pesar de los innumerables

tirones que sufriera. Desunió a los dos enemigos, y modeló una nariz a

L'Ambert con el trozo de piel que había cesado ya de pertenecer al

auvernés. Y el acicalado millonario de la calle de Verneuil, arrojó dos

billetes de a mil francos al rostro de su esclavo, diciéndole:

--¡Toma, infame! El dinero es lo de menos; pero me has hecho gastar lo

menos cien mil escudos de paciencia. Vete ahora mismo de aquí; sal de

mi casa para siempre, y haz de modo que nunca jamás, en mi vida, vuelva

a oír pronunciar tu nombre.

Romagné diole las gracias, con gesto no desprovisto de altivez, se bebió

una botella de vino en la cocina, tomó un par de copitas con Singuet, y

marchó tambaleándose hacia su antiguo domicilio.

V

GRANDEZA Y DECADENCIA

M. L'Ambert volvió a entrar en el mundo con éxito; casi podría decirse

que con gloria. Sus testigos le hicieron la más estricta justicia

diciendo que se había batido como un león. Los viejos notarios sentíanse

rejuvenecidos por su valor.

--¡Ved ahí--decían,--lo que somos cuando se nos pone en ciertos trances!

¡Los notarios son tan hombres como cualquier otro! La suerte de las

armas hizo traición a maese L'Ambert; pero supo adoptar al caer un bello

gesto: ha sido un Waterloo. ¡Aunque digan lo que quieran, somos gentes

decididas!

De esta manera se expresaban el respetable maese Clopineau, y el digno

maese Labrique, y el untuoso maese Bontoux, y todos los nestores del

notariado. Los jóvenes hablaban en parecidos términos, con ciertas

variantes inspiradas por los celos.

--No queremos renegar--decían,--de maese L'Ambert: ciertamente que nos

honra, aun cuando nos compromete un poco; pero cada uno de nosotros

hubiera procedido con el mismo valor, y quién sabe si con menos torpeza.

Un funcionario público no debe dar estos escándalos. No se debiera ir

nunca al terreno del honor más que por causas confesables. Si yo fuese

padre de familia, preferiría confiar mis asuntos a un hombre prudente, y

no a un héroe de aventuras dudosas, etc., etc.

Pero la opinión del bello sexo, que es la que prevalece, habíase

declarado en favor del héroe de Parthenay. Tal vez no hubiera contado

con tan rara unanimidad si se hubiese conocido el episodio del gato;

quizás también ese sexo tan encantador como injusto habría condenado a

L'Ambert si hubiese tenido la avilantez de reaparecer ante el mundo sin

nariz. Pero todos los testigos habían guardado la mayor discreción

acerca del ridículo incidente del gato, y M. L'Ambert, lejos de estar

desfigurado, parecía haber ganado en el cambio.

Una baronesa observó que su fisonomía era más dulce desde que llevaba la

nariz recta. Una vieja canonesa, dechado de malicia, preguntó al

príncipe de B... si no haría bien en buscarle querella al turco. El

aguileño príncipe gozaba de una reputación hiperbólica.

Alguno preguntará cómo las damas del gran mundo podían interesarse en

peligros que no habían sido corridos por ellas. Los hábitos de maese

L'Ambert eran bien conocidos, y se sabía que una gran parte de su

corazón y de su tiempo los empleaba en la Opera. Pero el mundo perdona

fácilmente estas distracciones a los hombres que no se entregan a ellas

por completo. Representa el papel del fuego, y se contenta con lo poco

que le dan. Se agradecía a M. L'Ambert que no estuviese perdido más que

a medias, cuando tantos, a su edad, están perdidos del todo. No dejaba

de frecuentar las casas honradas, conversaba con las viudas, bailaba con

las solteras y tocaba en ocasiones el piano de una manera aceptable; no

hablaba, en fin, de caballos a la moda. Estos méritos, bastante raros

por cierto entre los jóvenes millonarios del faubourg, le concillaban

la benevolencia de las damas. Una linda devota, la señora de L...,

habíale demostrado durante tres meses que los placeres más vivos no

consisten en la disipación y el escándalo.

La nariz de un notario · 第 3 / 6 段