verdadera palabra. Felizmente, todo lo tengo previsto. He aquí un frasco
de agua hemostática, preparada según la fórmula de Brocchieri; yo la
prefiero a la de Lechelle.
Y se dirigió, con el frasco en la mano, hacia M. L'Ambert, que se había
sentado al pie de un árbol y sangraba con tristeza.
--Caballero--le dijo entre profundas reverencias,--podéis creerme que
lamento sinceramente el no haber tenido el honor de conoceros con
ocasión de un acontecimiento menos desagradable que este.
Levantó melancólicamente la cabeza el señorito L'Ambert, y contestole
con acento dolorido:
--Doctor, ¿perderé la nariz?
--No, señor, no la perderéis. ¡Válgame Dios, caballero! ¿cómo podríais
perderla de nuevo, si la habéis perdido ya?
Y mientras se expresaba de esta suerte, vertía el agua de Brocchieri
sobre una compresa.
--¡Cielos!--exclamó de repente,--tengo una idea, caballero. Puedo
responderos del órgano tan útil como agradable que acabáis de perder.
--¡Hablad pronto, por favor! Mi fortuna será entera para vos. ¡Ah,
doctor! antes que vivir desfigurado de esta suerte, es preferible morir.
--Eso suele decirse... ¡pero vamos a ver! ¿dónde está el trozo de nariz
que os han cortado? No soy yo un cirujano de los vuelos de M. Velpeau, o
de M. Huguier; pero trataré de hacer volver las cosas a su primitivo
estado.
El señorito L'Ambert levantose precipitadamente, y corrió al lugar de la
lucha, seguido del marqués y de M. Steimbourg. Los turcos, que se
paseaban juntos y cariacontecidos, porque el fuego de Ayvaz-Bey habíase
extinguido en un segundo, aproximáronse también a sus antiguos
enemigos. Hallose sin trabajo el lugar donde los combatientes habían
pisoteado la fresca y naciente hierba; recuperáronse las gafas de oro,
pero las narices del notario no hubo forma de encontrarlas. En cambio,
vieron un gato, el horrible gato blanco con manchas rojizas, que se
relamía con placer los labios ensangrentados.
--¡Maldición!--exclamó el marqués, señalando al animal.
Todo el mundo comprendió el gesto y la exclamación.
--¿Será tiempo todavía?--preguntó el notario.
--Tal vez--contestó el médico.
Y todos corrieron hacia el gato. Pero el astuto animal no estaba por
dejarse cazar, y corrió a su vez como alma que lleva el diablo a sus
talones.
Jamás había visto el pequeño bosque de Parthenay, ni volverá a ver
tampoco, una caza semejante. Un marqués, un agente de cambio, tres
diplomáticos, un médico de aldea, un lacayo con gran librea y un notario
sangrando en su pañuelo, lanzáronse a carrera abierta tras un miserable
gato. Corriendo, gritando, arrojándole piedras, ramas secas, y cuantos
objetos encontraban al alcance de sus manos, atravesaron los caminos y
los claros, y se internaron, bajando la cabeza, en los sitios más
espesos del bosque. Ya agrupados, ya dispersos; unas veces escalonados
sobre una línea recta, y otras formando círculo alrededor de la bestia;
apaleando las malezas, sacudiendo los arbustos, trepando a los árboles,
destrozándose el calzado con las raíces y troncos, y dejándose jirones
de ropa entre las ramas de los arbustos, arrollábanlo todo como una
tempestad; pero el gato endiablado corría más que el viento. En dos
ocasiones lograron encerrarlo en un círculo, y otras tantas logró
escapar, forzando el cerco. Un momento pareció como rendido de fatiga y
de dolor, al caer de costado por querer saltar de un árbol a otro,
siguiendo el camino de las ardillas. El lacayo de M. L'Ambert lanzose
veloz sobre él, alcanzolo en pocos saltos y lo agarró por la cola. Pero
el tigre en miniatura conquistó su libertad mediante un terrible
zarpazo, y escapó fuera del bosque.
Entonces comenzó la persecución a través de la llanura. Si largo era el
camino que llevaban ya recorrido, inmensa era la planicie que, en forma
de tablero de ajedrez, se extendía delante de los cazadores y de su
codiciada presa.
El calor era sofocante; gruesos nubarrones negros se amontonaban por
occidente; el sudor corría copioso por todas las frentes; pero nada fue
capaz de detener el furor de aquellos ocho hombres.
M. L'Ambert, lleno todo de sangre, no cesaba de animar a sus compañeros
con el gesto y con la voz. Los que nunca han visto a un notario
corriendo tras sus narices no podrán hacerse cargo de su ardor. ¡Adiós
frambuesas y fresas! Por dondequiera que pasaba el alud, quedaba la
cosecha apabullada, destruida, aniquilada; todo eran flores mustias,
brotes rotos, ramas tronchadas, tallos pisoteados. Sorprendidos los
campesinos por la invasión de aquel azote nunca visto, arrojaban las
regaderas, llamaban a sus vecinos, reclamaban el auxilio de los guardias
rurales, exigían que les indemnizasen los daños y perjuicios, y
lanzábanse en persecución de los cazadores.
¡Victoria! ¡el gato ya está preso! Hase arrojado a un pozo. ¡Cubos!
¡cuerdas! ¡escalas! Todos abrigan la esperanza, la casi seguridad de
recuperar las narices del señorito L'Ambert intactas o poco menos. Mas
¡ay! que este pozo no es un pozo como todos los demás. Es la boca de una
cantera abandonada cuyas galerías forman una vasta red de más de diez
leguas, y se extienden en todas direcciones, hallándose en comunicación
con las catacumbas de París.
Se pagan sus honorarios a M. Triquet; se abonan a los campesinos las
indemnizaciones que exigen, y se emprende el regreso a Parthenay, bajo
una lluvia torrencial.
Antes de subir al carruaje, Ayvaz-Bey, mojado como un pato, y ya
recuperada la calma por completo, vino a ofrecer su mano a M. L'Ambert.
--Caballero--le dijo,--lamento sinceramente que mi obstinación haya
llevado las cosas hasta este extremo. La Tompain no vale una gota
siquiera de la sangre vertida por su culpa, y hoy mismo rompo con ella,
pues no podría verla sin pensar en la desgracia que ha causado. Sois
testigo de que he hecho cuanto me ha sido posible, como asimismo estos
señores, por devolveros lo perdido. Ahora, permitidme esperar que este
accidente no sea del todo irreparable. El médico de esta aldea nos ha
recordado que existen en París cirujanos más hábiles que él; creo haber
oído decir que la cirugía moderna poseía secretos infalibles para
restaurar las partes del cuerpo humano mutiladas o perdidas. M. L'Ambert
aceptó, con el humor que pueda suponerse cualquiera, la mano que le
tendía su rival, y se hizo conducir al faubourg Saint-Germain en
compañía de sus dos amigos.
III
DONDE DEFIENDE EL NOTARIO SU PELLEJO CON MÁS ÉXITO
El cochero de Ayvaz-Bey era un hombre dichoso si los hay. Aquel bribón
empedernido fue menos sensible a la propina de cincuenta francos que al
placer de haber conducido a su cliente a la victoria.
--¡En verdad que me agrada la manera que tenéis de arreglar a las
personas!--le dijo al bueno de Ayvaz.--Bueno es saber cómo las gastáis.
Si alguna vez os piso un pie, me apresuraré a pediros mil perdones en
el acto. Ese pobre señor se verá negro si quiere tomar rapé. ¡Vamos,
vamos! si alguien vuelve alguna vez a sostener ante mí que los turcos
son unos torpes, ya sabré qué responderle. ¿No os dije que os daría
buena suerte? Eso me sucede siempre. Conozco, en cambio, un viejo que le
ocurre lo contrario: da siempre la mala pata a sus clientes. Ni por
casualidad conduce una vez sola al terreno del honor a nadie que salga
ileso... ¡Arre, pajarita! ¡vamos, que conduces a un héroe! ¡Hoy te
envidiarían los caballos de los césares de Roma!
Estas burlas crueles no lograron desarrugar el entrecejo de los turcos,
y el cochero, en vista de que sus palabras no hacían gracia, adoptó el
prudente partido de callarse.
En otro carruaje infinitamente más elegante y mucho mejor entroncado,
lamentábase el notario en presencia de sus dos amigos.
--Todo concluyó para mí--les decía;--soy hombre muerto; no me queda otro
recurso que saltarme la tapa de los sesos. ¿Cómo presentarme de nuevo en
sociedad, en la Opera, ni en ningún otro teatro? ¿Queréis que comparezca
ante el mundo con esta cara grotesca y lamentable, que excitará en unos
la risa y en otros la compasión?
--¡Bah!--respondiole el marqués,--la gente se acostumbra a todo. Y, en
último caso, si el mundo nos causa espanto, permanecemos en casa.
--¡Permanecer siempre en casa! ¡bonito porvenir! ¿Imagináis, por
ventura, que han de venir las mujeres a buscarme a domicilio, en el
estado en que me encuentro?
--¡Os casaréis! He conocido a un teniente de coraceros que había
perdido un brazo, una pierna y un ojo. Cierto que no era el terror de
los maridos, ni el ídolo de las mujeres; pero se casó con una buena
muchacha, ni fea ni bonita, que lo quiso con toda su alma, y lo hizo
dichoso por completo.
No debió de parecerle al notario demasiado consoladora semejante
perspectiva, porque exclamó con acento desesperado:
--¡Oh, las mujeres! ¡las mujeres! ¡las mujeres!
--¡Demontre!--exclamó el marqués,--¡qué importancia concedéis a las
mujeres! ¡Ni que ellas lo fuesen todo! Hay en el mundo otras cosas
agradables. ¡Se dedica uno a mirar por su salud, qué diablo! A
encarrilar su alma, a cultivar su espíritu, a hacer bien a su prójimo, a
llenar los deberes de su estado. ¡No es preciso poseer una nariz
prominente para ser buen cristiano, buen padre de familia y buen
notario!
--¡Notario!--replicó él con amargura poco disimulada,--¡notario! En
efecto, eso aun lo soy. Ayer era un hombre de mundo, un verdadero
_gentleman_, y, hasta puedo decirlo prescindiendo de falsas modestias,
un caballero cuyo trato se disputaban todos. Hoy sólo soy un notario. ¿Y
quién sabe si lo seguiré siendo mañana? Una indiscreción del lacayo
bastaría para divulgar esta estúpida aventura. Con dos palabras que diga
cualquier periódico, la justicia se verá obligada a perseguir a mi
adversario, y a sus testigos, y a vosotros mismos, señores. Y heme
entonces aquí conducido ante el tribunal correccional, y teniéndole que
referir dónde, cuándo y por qué he perseguido a la señorita Victorina
Tompain. Suponed un escándalo semejante, y decidme si el notario podrá
sobrevivirle.
--Amigo mío--le dijo el marqués,--os asustáis de peligros imaginarios.
Las gentes de nuestro mundo, de este mundo a que vos pertenecéis
también, poseen el derecho de rebanarse el cuello impunemente. El
ministerio público cierra los ojos cuando se trata de nuestras
querellas, y no hay justicia que valga. Comprendo que se metan un poco
con los periodistas, los artistas y otros seres de condición inferior
cuando se permiten tirar de la espada: conviene recordar a esas gentes
que tienen puños para batirse, y que basta con creces esta arma para
vengar la clase de honor que poseen. Pero porque un caballero se
conduzca y proceda como tal, la justicia no tiene nada que decir, y nada
dice. Yo he tenido unos quince o veinte lances desde que dejé el
servicio, y algunos, en verdad, bien desgraciados para mis adversarios;
y, sin embargo, ¿habéis leído mi nombre alguna vez en la _Gaceta de los
Tribunales_?
M. Steimbourg hallábase menos ligado con M. L'Ambert que el marqués de
Villemaurin; no tenía, como éste, todos sus títulos de propiedad en el
estudio de la calle de Varneuil desde hacía cuatro o cinco generaciones.
No conocía a aquellos dos caballeros más que del círculo y de la partida
de _whist_, y tal vez también por algunos corretajes que le habían hecho
ganar. Pero era un buen muchacho y hombre de bastante talento, e hizo, a
su vez, algunos razonamientos acertados al notario, para consolarle en
su aflicción. A su entender, M. de Villemaurin ponía las cosas peor de
lo que ya estaban: existían otros recursos. Decir a M. L'Ambert que
quedaría desfigurado para toda su vida, era desesperar demasiado pronto
de la ciencia.
--¿De qué nos serviría haber nacido en el siglo XIX, si el menor
accidente hubiera de ser, como antaño, un mal irreparable? ¿Qué
superioridad tendríamos entonces sobre los hombres de la Edad de Oro? No
blasfememos del nombre sacrosanto del progreso. La cirugía operatoria se
halla, gracias a Dios, más floreciente que nunca en la patria de
Ambrosio Paré. El buen doctor de Parthenay nos ha citado los nombres de
ciertos ilustres maestros que descuellan por la habilidad con que
reparan con éxito las injurias que sufre el cuerpo humano. Ya estamos a
las puertas de París; enviaremos a preguntar a la farmacia más próxima,
y en ella nos darán la dirección de Velpeau o de Huguier; vuestro lacayo
irá a buscar en seguida a cualquiera de estas dos eminencias, y os lo
traerá a vuestra casa. Tengo la seguridad de haber oído decir que los
cirujanos rehacen un labio, un párpado o una oreja: ¿es acaso más
difícil restaurar una nariz?
Por muy vaga que fuese esta esperanza, reanimó, sin embargo, al infeliz
notario, que había dejado de sangrar hacía ya media hora. La idea de
volver a ser lo que era y de reanudar el curso normal de su vida,
prodújole una especie de delirio. ¡Qué verdad es que nadie sabe apreciar
la dicha de estar completo hasta que no la ha perdido!
--¡Ah, amigos míos!--exclamó frotándose las manos de esperanza,--mi
fortuna pertenece al hombre que me cure. Por grandes que sean los
tormentos que me esperen, los sufriré gustoso si me garantizan el
éxito. ¡Ni el dolor ni los gastos me harán retroceder!
Animado de estos sentimientos llegó el notario a su casa de la calle de
Verneuil, mientras buscaba su lacayo la dirección de los cirujanos más
célebres. El marqués y Steimbourg le condujeron a su cuarto, y se
despidieron de él, el uno para ir a tranquilizar a su mujer y a sus
hijas, que no le habían vuelto a ver desde la víspera, y el otro para
correr a la Bolsa.
Solo consigo mismo, ante un espejo de Venecia que le mostraba sin piedad
su nueva imagen, cayó Alfredo L'Ambert en un abatimiento profundo. Aquel
hombre fuerte, que no lloraba jamás en el teatro por ser cosa propia de
las gentes del pueblo; aquel _gentleman_ de frente bronceada, que había
enterrado a sus padres con la impasibilidad más serena, lloró la
mutilación de su bella persona, y se bañó en lágrimas de egoísmo.
Su lacayo vino a arrancarle de su amargo dolor prometiéndole la visita
de M. Bernier, cirujano del Hospital, miembro de la Sociedad de Cirugía
y de la Academia de Medicina, profesor de clínica, etc., etc. El criado
había ido a buscar al más próximo, y no anduvo desacertado, porque M.
Bernier, si bien no estaba a la altura de los Velpeau, los Manee y los
Huguier, ocupaba un lugar muy honroso inmediatamente después de ellos.
--¡Que venga!--exclamó M. L'Ambert.--¿Por qué no está aquí ya? ¿Creen,
por ventura, que me encuentro en situación de esperar?
Y se echó a llorar de nuevo. ¡Llorar en presencia de sus domésticos! ¿Es
posible que un sablazo modifique en tales términos las costumbres de un
hombre? Seguramente era preciso que el arma del buen Ayvaz, al cortar
el canal nasal, hubiese conmovido el saco lagrimal y los tubérculos
mismos.
Enjugose el notario los ojos para leer un grueso volumen en 12º, que le
habían traído con urgencia de parte de M. Steimbourg. Era la _Cirugía
operatoria_, de Ringuet, excelente manual enriquecido con unos
trescientos grabados. M. Steimbourg había comprado el libro, al
dirigirse a la Bolsa, y se lo enviaba a su cliente para tranquilizarle
sin duda.
Pero el efecto que le produjo su lectura fue muy otro de lo que se había
supuesto. Cuando hubo hojeado el notario las primeras doscientas
páginas, y visto desfilar ante sus ojos la serie lamentable de
ligaduras, amputaciones, resecciones y cauterizaciones, dejó caer el
libro y se echó en una butaca, apretando los ojos con horror. Mas esta
precaución no evitole seguir viendo pieles seccionadas, músculos
separados por pinzas, miembros seccionados a grandes tajos, huesos
aserrados por manos de operadores invisibles. Los rostros de los
operados que se ven en los dibujos anatómicos, parecíanle tranquilos,
resignados, insensibles al dolor, y preguntábase si tal dosis de valor
podía ser compatible con la naturaleza de las almas humanas. Seguía
viendo, sobre todo, al cirujano de la página 89, todo vestido de negro,
con un cuello de terciopelo en su levita. Este fantástico ser tiene la
cabeza redonda y algo grande, la frente despejada, y asierra con esmero
y seriedad los dos huesos de una pierna viva.
--¡Monstruo!--exclamó, sin poder contenerse, M. L'Ambert.
Y en aquel mismo instante, vio entrar al monstruo en persona, y el
criado anunció a M. Bernier.
El notario retrocedió, reculando, hasta el rincón más oscuro de su
cuarto, con los ojos desmesuradamente abiertos, la mirada extraviada, y
extendiendo hacia adelante los brazos, como para rechazar a un enemigo.
Castañeteando los dientes, murmuró con voz sofocada, como en las novelas
de Javier de Montepin:
--¡Él! ¡él! ¡él!
--Caballero--dijo el doctor,--siento haberos hecho aguardar, y os
suplico que os calméis. Ya conozco el accidente de que acabáis de ser
víctima, y me atrevo a esperar que el mal tenga remedio. Pero nada
podremos hacer si tenéis miedo de mí.
La palabra miedo tiene siempre un sonido desagradable para los oídos
franceses. M. L'Ambert descargó con el pie un fuerte golpe sobre el
suelo, avanzó decididamente hacia el doctor, y le dijo con una risita
demasiado nerviosa para ser natural.
--¡Vamos, doctor! tenéis, al parecer, ganas de broma. ¿Tengo cara, por
ventura, de cobarde? Si lo fuese, no me hubiera puesto en el trance esta
mañana de que me descompletasen mi pobre humanidad. Pero, mientras os
estaba esperando, he hojeado un libro de cirugía, y acababa en este
momento de ver en él la figura de un cirujano que tiene cierto parecido
con vos, cuando, al entrar, me habéis hecho el efecto de un aparecido.
Añadid a esta sorpresa las emociones sufridas esta mañana, y quién sabe
si acaso también algún movimiento febril, y me perdonaréis lo que de
raro hayáis notado en la acogida que os hice.
--¡En hora buena!--dijo M. Bernier, recogiendo el libro del suelo.--¡Ah!
¡leíais a Ringuet! Es muy amigo mío. Recuerdo, efectivamente, que me
hizo representar en un grabado, con arreglo a un croquis de Leveillé.
Pero sentaos, por favor.
Calmose un poco el notario y refirió al doctor los acontecimientos de la
jornada, sin echar en olvido el incidente del gato que, por decirlo así,
habíale hecho perder por segunda vez su tan llorada nariz.
--Es una gran desgracia--observó el cirujano,--pero es posible repararla
en el término de un mes. Supuesto que tenéis en vuestro poder el libro
de Ringuet, poseeréis seguramente algunas nociones de cirugía.
M. L'Ambert confesó que no había llegado aún a ese capítulo.
--Pues bien--replicó M. Bernier,--voy a condensároslo en cuatro
palabras. La rinoplastia es el arte de rehacer la nariz a los
imprudentes que la han perdido.
--¿Pero es de veras, doctor?... ¿es posible ese milagro?... ¿Ha
encontrado la cirugía la manera de...?
--Ha encontrado tres sistemas nada menos. Descartemos el método francés,
pues no lo considero aplicable al caso vuestro. Si la pérdida de
sustancia fuese menos considerable, podría despegar los bordes de la
herida, avivarlos, ponerlos en contacto y unirlos de primera intención.
Mas no hay que pensar en esto.
--De lo que me alegro infinito--contestole el notario.--No podéis
imaginaros, doctor, hasta qué punto la idea de heridas avivadas y de
bordes suturados me descomponen los nervios. ¡Examinemos otros medios
más suaves, yo os lo ruego!
--La cirugía raramente procede con dulzura; pero, en fin, os queda la
elección entre el sistema indio y el italiano. El primero consiste en
cortar en la piel de vuestra frente una especie de triángulo, con el
vértice hacia abajo y la base hacia arriba, con el cual se fabrica la
nueva nariz. Se despega este trozo de piel en toda su extensión, salvo
el vértice inferior que debe permanecer adherido. Se le hace girar sobre
este vértice, a fin de que me quede siempre hacia fuera la epidermis, se
le rebate hacia abajo y se cosen sus bordes a los de la herida. En otros
términos, puedo haceros otra nariz bastante presentable a expensas de
vuestra frente. El éxito de la operación es casi cierto; pero siempre
conservaréis en la frente una extensa cicatriz.
--No quiero cicatrices, doctor; no las quiero a ningún precio. Os digo
más, doctor (y perdonadme esta debilidad), desearía que, a ser posible,
no me hicieseis ninguna operación. Acabo de sufrir una hace poco, de
manos de ese turco condenado, y, para prueba, ya basta. Se me hiela la
sangre al recordar la sensación solamente. Tengo tanto valor como
cualquier otro hombre, mas tengo nervios también. La muerte no me
asusta, pero el sufrimiento me aterra. Matadme, si queréis, pero, ¡por
Dios no me cortéis más nada!
--Caballero--replicole el doctor, con cierto dejo de ironía,--si tal
prevención sentís contra las operaciones, hubierais debido llamar a un
médico homeópata en vez de hacer venir a un cirujano.
--No os burléis de mí, doctor. No he sabido reprimirme ante la idea de
la operación india. Los indios son salvajes y tienen una cirugía digna
de ellos. ¿No habéis hablado también de un sistema italiano? No me
agradan los italianos por su política. Son un pueblo ingrato, que ha
observado la conducta más negra con sus legítimos amos; pero, en materia
de ciencia, no siento ninguna prevención contra esos bribones.
--Muy bien--respondió el doctor,--optad, si os place, por el método
italiano. Da a veces resultados excelentes, pero exige una inmovilidad y
paciencia de la que tal vez no seáis capaz.
--Si sólo se trata de inmovilidad y paciencia, os respondo en absoluto
de mí.
--¿Sois capaz de permanecer, por espacio de treinta días, en una
posición extremadamente molesta?
--Sí.
--¿Con la nariz cosida al brazo derecho?
--Sí.
--En ese caso, os cortaré del brazo un trozo triangular de piel, de
quince o diez y seis centímetros de longitud, por diez u once de
anchura...
--¿Que me cortaréis a mí ese trozo de piel?
--Sin duda.
--¡Pero eso es espantoso, doctor! ¡desollarme vivo! ¡sacarme el pellejo
a tiras! ¡eso es bárbaro, inhumano, propio de la Edad Media, digno sólo
de Shiloock, el judío de Venecia!
--Lo de menos es la herida del brazo. Lo difícil es permanecer cosido a
sí mismo por espacio de treinta días.
--A mí sólo me horroriza el corte del escalpelo. Cuando se ha sentido ya
el frío de la hoja de acero al penetrar en la carne viva, se horripila
uno al pensarlo. Una vez, y nada más, mi querido doctor.
--Siendo así, caballero, no hay nada que aquí exija mi presencia: Os
quedaréis sin nariz para toda vuestra vida.
Esta especie de condena sumió al pobre notario en profunda
consternación, que le hizo recorrer la estancia a grandes pasos,
mesándose los cabellos de su hermosa y rubia cabellera como un loco.
--¡Mutilado!--exclamaba, llorando;--¡mutilado para siempre! ¡No hay
remedio para mí! ¡Si existiese alguna droga, algún tópico misterioso
cuya virtud devolviera la nariz a los que la han perdido, lo compraría a
peso de oro! ¡Lo enviaría a buscar al fin del mundo! Hasta sería capaz
de fletar para ello un buque si no hubiera otro remedio. ¡Pero nada! ¿de
qué me sirve ser rico? ¿de qué sirve que seáis un cirujano ilustre, si
toda vuestra habilidad y todos mis sacrificios no sirven absolutamente
para nada? ¡Riqueza, ciencia! ¡he aquí dos palabras hueras!
Pero M. Bernier le respondía de vez en cuando, con imperturbable calma:
--Permitidme que os corte un trozo de piel del brazo, y os reconstruiré
la nariz.
M. L'Ambert pareció decidirse un instante. Quitose la levita y
arremangose la manga de la camisa; pero cuando vio abierto el estuche
del cirujano, y brillaron ante sus aterrados ojos las hojas relumbrantes
de treinta instrumentos de suplicio, palideció intensamente y se
desplomó, desmayado, sobre una butaca. Algunas gotas de agua con vinagre
le devolvieron el conocimiento, mas no la resolución.
--No pensemos más en esto--dijo recuperando la calma.--Nuestra
generación posee toda clase de valores, mas se arredra ante el dolor. Es
culpa de nuestros padres que nos han criado envueltos entre nubes de
algodón en rama.
Pocos instantes después, aquel joven, que profesaba los más religiosos
principios, púsose a blasfemar de la Providencia.