fracasaría, y su presencia aquí me llena de sorpresa. Aparentemente ha
vencido todos los obstáculos que se le han presentado, y hoy viene a
reclamar de mí lo que por derecho es suyo, sin duda alguna.
Parecía hablar con sinceridad, pero debo confesar que yo no tenía
confianza en él y que todavía abrigaba recelos.
--Antes de que pasemos adelante, sin embargo--continuó, de pie, con sus
manos metidas dentro de las anchas mangas de su hábito,--voy a
preguntarle si tiene usted la intención de observar los mismos métodos
que puso en práctica el señor Blair, el cual adjudicaba una octava parte
del dinero derivado del secreto a nuestra orden de capuchinos.
--Ciertamente que sí--repliqué, algo sorprendido.--Mi deseo es respetar
en todos conceptos las obligaciones de mi difunto amigo.
--Esa es una promesa que hace usted--dijo con cierta ansiedad.--Es
preciso que la haga solemnemente... vamos, que jure. ¿Quiere repetirla?
¡Levante su mano--Y señaló el gran crucifijo que había en la blanca
pared.
Levanté mi mano y exclamé:
--Juro proceder como Burton Blair ha procedido.
--Muy bien--replicó el monje, al parecer satisfecho de que era un hombre
de honor.--Supongo entonces que ha llegado el momento de revelarle el
secreto, aunque no dudo que le causará indecible sorpresa. Piense,
señor, que es usted todavía un hombre relativamente pobre, pero que
dentro de media hora será más rico de lo que se ha forjado en sus más
extravagantes sueños... que tendrá millones, como sucedió con Burton
Blair.
Le atendía atónito, dando apenas crédito a lo que mis oídos escuchaban.
Sin embargo, ¿para qué me servía poseer riquezas fabulosas, ahora que
había perdido a mi amor?
De una pequeña alacena sacó una vieja linterna herrumbrosa, y la
encendió cuidadosamente, mientras nosotros dos la mirábamos llenos de
interés y faltos de aliento. Después echó llave a la puerta y la aseguró
con una barra de hierro, cerró los postigos de la ventana, y quedamos en
tinieblas.
¿Iríamos a ver acaso alguna ilusión sobrenatural? Quedamos de pie
esperando, ávidos y extáticos, sin darnos cuenta ni adivinar lo que iba
a suceder.
Un momento después corrió su pesada cama, retirándola del rincón donde
estaba, y vimos en el suelo, hábilmente oculta, una especie de puerta,
que al abrirla dejó al descubierto un pozo profundo y obscuro.
--Tengan cuidado--nos advirtió,--porque los escalones son algo
escabrosos y difíciles en ciertas partes,--y sosteniendo la linterna en
alto, desapareció pronto de la vista, dejándonos detrás para que lo
siguiéramos por esos toscos escalones hechos en la piedra viva y luego
en la sólida roca, escalones húmedos y pegajosos donde el agua se
filtraba y caía en sonoras gotas.
--¡Agáchense!--ordenó nuestro guía, y vimos el débil bulto de su luz
iluminando nuestro camino a lo largo de una senda estrecha y tortuosa,
que se extendía hasta el mismo corazón del enorme peñasco. Por ciertos
puntos cruzábamos entre lodazales de barro y moho pegajoso, mientras el
aire allí detenido despedía un olor desagradable, sucio y malsano.
De pronto salimos a un gran espacio abierto cuyas dimensiones no pudimos
calcular a la débil luz de aquella pobre linterna.
--Estas cavernas se dilatan millas--explicó el monje.--Las galerías
corren en todas direcciones y van directamente a parar debajo de la
ciudad de Lucca y hacia el Arno. Jamás han sido exploradas. ¡Escuchen!
En medio de la extraña obscuridad oímos el distante rugido de lejanas
aguas que caían estrepitosamente.
--Ese es el río subterráneo, el río que separa el secreto de todos los
hombres, a excepción de usted--dijo.--Después siguió adelante, siempre
a lo largo de un costado de la gigantesca caverna que cruzábamos, y
nosotros lo seguimos, acercándonos cada vez más a esas ruidosas aguas,
hasta que al fin nos ordenó pasar, y se puso a examinar las toscas y
escabrosas murallas sobre las cuales resplandecían grandes estalactitas
brillantes. Por fin encontró una gran señal blanca, igual a la letra E
que había grabada en la roca a un lado de la entrada del enorme peñasco,
y puso en el suelo su linterna.
--No avancen un paso más--exclamó.--Entonces hizo salir de un hueco,
donde parecía estar bien escondido, un largo y tosco puente, que
consistía en un solo tablón, con débiles barandillas a ambos lados. Lo
empujó hacia adelante mientras yo sostenía en alto la luz, hasta que
llegó al borde del profundo abismo, y lo atravesó, para que pudiéramos
pasar.
Cuando estuvimos en medio de él, levantó más la linterna, y nos
estremecimos al ver, allá en el fondo, como a cien pies de nosotros, una
especie de cañada, por la cual corrían impetuosas masas de agua negra,
rugiendo furibundas al perderse en las entrañas de la tierra, y formando
una terrible trampa para aquellos que se aventuraran a explorar aquel
extraño, curioso y húmedo lugar.
Después que pasamos el puente, volvimos a orillar una nueva muralla
rocallosa que había a la derecha, atravesamos luego un túnel largo y
angosto, y al fin salimos a otro espacio abierto, cuyas dimensiones
tampoco nos fue posible calcular.
El monje colocó entonces su linterna en un nicho, en cuyo seno había
varias velas puestas sobre toscas tablas y aseguradas entre tres
clavos. Cuando las encendió y nuestros ojos se acostumbraron a la luz,
vimos que estábamos en una especie de pieza, no muy grande, pero sí
larga, angosta y más seca que las otras partes de la caverna.
--¡Mire!--exclamó el capuchino, haciendo un movimiento con la
mano.--Aquí está todo, señor Greenwood, y todo es suyo.
Entonces comprendí, azorado y atónito, que alrededor de las murallas de
esa pieza había, formando altas pilas, unos sobre otros, una inmensidad
de sacos de cuero llenos hasta casi reventar. Toqué una pila que había
al alcance de mi mano, y vi que lo que dentro se encerraba, era duro y
angular y no cedía a la presión. También había varios cofres pequeños y
anticuados, que, por su seguro aspecto, con sus fajas de hierro
herrumbroso y tachonados de clavos, debían contener, pensé yo, las
misteriosas riquezas que habían convertido en millonario a Burton Blair,
cuando pocos días antes era un pobre caminante sin hogar.
--¡Qué!--grité azorado;--¡este es un inmenso tesoro escondido!
--Sí--contestó fray Antonio en su voz baja, profunda.--El tesoro
escondido del Vaticano. Vea--añadió,--todo está aquí, a excepción de la
parte que sacó el señor Blair,--y abriendo uno de los macizos cofres,
sostuvo en alto la linterna y desplegó ante mis ojos una colección tan
variada de cálices, patenas y custodias de oro, vestiduras recubiertas
de joyas y pedrería y magníficas alhajas, como nunca antes había visto
igual.
Reginaldo y yo nos habíamos quedado completamente confundidos y mudos en
presencia de aquello. Al principio creí que estaba viviendo en un mundo
encantado de leyendas y romances, pero cuando un momento después el
áspero capuchino me recordó lo pasado, mi asombro fue ilimitado.
¡El secreto de Burton Blair estaba descubierto... y era mío!
--¡Ah!--exclamó el monje, riendo;--esta revelación lo ha dejado
ofuscado, no hay duda. Pero ¿no le prometí que dentro de media hora
sería usted varias veces millonario?
--Sí, pero refiérame la historia de toda esta gran riqueza--le dije con
instancia, porque había cortado uno o dos de los sacos de cuero y
descubierto que cada uno de ellos rebosaba de oro y piedras preciosas,
incrustadas en su mayoría en crucifijos y ornamentos eclesiásticos.
XXIX
EN EL QUE SE REFIERE UNA HISTORIA EXTRAÑA
--Creo justo que conozca ahora la verdad, aun cuando se han hecho los
mayores esfuerzos para ocultársela--observó el monje, como hablando
consigo mismo.--Bien, hela aquí. Usted, como protestante, tal vez sabe
que los tesoros encerrados en el Vaticano, en Roma, son los más grandes
del mundo, y también que cada Papa, con motivo de su jubileo o de algún
otro notable aniversario, recibe un enorme número de regalos, mientras
la iglesia de San Pedro, por su parte, constantemente recibe numerosos
ornamentos y joyas como ofertas votivas. Todo esto se guarda en el
tesoro del Vaticano, y constituye una colección de riquezas no igualadas
por todos los millones de los modernos millonarios.
A principios del año 1870 el Papa Pío IX recibió, por medio de las
maravillosas vías diplomáticas que posee nuestra Santa Iglesia, informes
secretos anunciándole que las tropas italianas tenían la intención de
bombardear y entrar a Roma, como también saquear el palacio del
Vaticano. Su Santidad confió sus temores al gran cardenal Sannini, su
favorito, que era entonces el tesorero general. Este sabía que existía
aquí un seguro escondite, pues había vivido en este distrito siendo
joven campesino; por lo tanto consiguió, en los meses de junio, julio y
agosto de 1870, trasladar secretamente una gran cantidad del tesoro del
Vaticano y guardarlo en este lugar, con el fin de salvarlo de las manos
del enemigo.
Conforme a los temores de Su Santidad, el 20 de septiembre las tropas
italianas, después de cinco días de bombardeo, entraron a Roma, pero,
felizmente, no llevaron un recio ataque al Vaticano. Desde entonces
permanece aquí el tesoro arrancado de su seno. El cardenal Sannini fue,
según parece, traidor a la Iglesia, pues aun cuando indujo a Pío IX a
que permitiera sacar el tesoro secretamente, jamás le dijo el punto
exacto donde estaba oculto; y es extraño que los dos guardias suizos que
le ayudaron en su obra al cardenal, y que, fuera de él, eran los únicos
poseedores del secreto, desaparecieran tan completamente. Es muy
probable, pienso yo, que hayan sido precipitados al fondo de ese río
subterráneo que acabamos de cruzar. La pequeña entrada a estas galerías
estaba antes oculta por sólo malezas y zarzas, pero después que el
tesoro quedó guardado aquí, Su Eminencia descubrió que el paraje era muy
adaptable para construir una ermita, e hizo construir esta pequeña choza
que han visto ustedes sobre la pequeña abertura de la roca, al costado
del enorme peñasco, con el objeto de ocultarla. Para que los albañiles
no descubrieran la entrada, cerró primero, con sus propias manos, el
agujero.
Por espacio de varios meses, durante la lucha entre el Gobierno italiano
y la Santa Sede, abandonó su vestidura purpúrea y llevó una vida de
ermitaño en esta celda, pero no tuvo otro objeto al hacer esto que
cuidar el enorme tesoro tan hábilmente asegurado. Como usted sabe, fue,
en cierta ocasión capturado por el terrible Poldo Pensi, tan temido en
la Calabria, y obligado, con el fin de salvar su vida y reputación, a
descubrir la existencia de su tesoro. Pensi, en vista de esto, vino aquí
secretamente, vio el tesoro, pero como era en extremo supersticioso,
cual lo son todos los de su condición, no se atrevió a tocar ni un solo
objeto. Buscó un hombre que en un tiempo había formado parte de su
partida y que después entró, arrepentido, en nuestro Monasterio, un tal
fray Horacio, y le entregó la ermita para que la cuidara, pero sin
decirle nada sobre el túnel secreto y sus cavernas subterráneas. Sannini
y el Papa murieron, mientras fray Horacio, ignorando por completo el
hecho de que residía sobre una verdadera mina de fabulosa riqueza,
continuó viviendo aquí por espacio de dieciséis años, hasta que murió, y
yo le sucedí en la ocupación de la celda, donde paso casi seis meses
todos los años en meditación y orando.
Mientras tanto, el secreto de Su Eminencia, inscripto en la cifra
secreta usada por el Vaticano en el siglo XVII, pasó, según parece, de
las manos de Poldo Pensi a las de Burton Blair, su compañero de mar e
íntimo amigo.
Hace unos cinco años, más o menos, que yo supe esto por primera vez. Mi
tranquilidad se vio turbada un día por la visita de dos ingleses, Blair
y Dawson, los cuales me contaron una historia extraña sobre el secreto
que les había sido dado, pero al principio yo no quise creer que hubiera
nada de cierto en este cuento del tesoro escondido. Sin embargo,
investigamos, y después de una exploración muy larga, difícil y
peligrosa, conseguimos descubrir la realidad.
--¿Entonces Dawson participó del secreto, como también de los
beneficios?--observé atónito ante la asombrosa verdad.
--Sí, nosotros tres éramos los únicos que conocíamos el secreto, y
entonces convinimos en que Blair tendría la mayor parte, dado que el
exbandido se lo había regalado a él, mientras Dawson, a quien Pensi,
según parece, dio a conocer algunos datos concernientes al tesoro, antes
de morir, participaría de una cuarta parte del producto anual, y yo,
nombrado guardián de la casa del tesoro, de una octava, o, mejor dicho,
mi comunidad, para cuyo beneficio era. No se me pagaría directamente a
mí, porque eso habría despertado sospechas, sino al vicario general de
la Orden de Capuchinos, residente en Roma, siendo los encargados de esta
misión los banqueros de Blair, de Londres.
Este convenio ha sido cumplido durante cinco años. Una vez cada seis
meses entrábamos en este sitio todos juntos y elegíamos una cierta
cantidad de joyas y otros artículos de valor, los cuales eran enviados,
por diferentes vías, a los puntos convenientes: las joyas a Amsterdam,
para ser vendidas, y los demás artículos a las grandes casas de remates
de París, Bruselas y Londres, mientras otros objetos iban a parar a las
manos de famosos comerciantes y coleccionistas de antigüedades.
Como puede usted ver, esta colección de joyas es inacabable. Tres rubíes
solamente produjeron, el año pasado, en París, la cantidad de sesenta y
cinco mil libras esterlinas, mientras que algunas de las esmeraldas se
han vendido por sumas enormes. Sin embargo, tan ingeniosamente
arreglaron los señores Dawson y Blair las diferentes vías por las cuales
colocaban las alhajas en el mercado universal, que nadie abrigó jamás la
menor sospecha.
--Pero todo esto, hablando con honradez, pertenece a la Iglesia de
Roma--observó Reginaldo.
--No--contestó el gran monje, hablando en inglés;--según el cardenal
Sannini, Su Santidad, después de la paz con Italia, se lo regaló como
prueba de consideración, y teniendo en cuenta también que, con la
ocupación de Roma por las tropas italianas, sería difícil, sin excitar
grandes sospechas, volver a traer al tesoro del Vaticano la gran
colección de joyas.
--¡Entonces todo esto es mío!--exclamé no pudiendo todavía dar completo
crédito a la verdad.
--Todo--respondió el capuchino,--salvo la parte mía, o, más bien dicho,
de mi Orden, para distribuirla entre los pobres, como pago de su misión
protectora aquí, y la del señor Dawson, también, junto... con alguna
concesión de recompensa,--y se dio vuelta hacia Reginaldo--a vuestro
amigo, aquí presente. Por lo menos, es lo que yo supongo. En cierta
ocasión lo puse en guardia contra él--añadió,--pero fue debido a lo que
me dijo Dawson, que no eran sino mentiras.
--Ya he jurado proceder con vuestra Orden como lo hizo Burton Blair. En
cuanto a lo que se refiere a Dawson, ese es otro asunto distinto; pero
mi amigo Seton no será, tenedlo por seguro, olvidado, ni vos tampoco
personalmente, como fiel poseedor del secreto.
--Toda recompensa o regalo que se me pueda hacer es para mi Orden--fue
la tranquila respuesta del varonil monje.--A nosotros nos está prohibido
poseer dinero, pues nuestras pequeñas necesidades personales son
suplidas por el padre superior, y de las riquezas de este mundo nada
deseamos, salvo aquello necesario para socorrer a los pobres y aliviar a
los afligidos.
--No tema usted--le dije riendo,--tendrá una suma para ese objeto.
Después, como el aire, agotado por las luces, parecía ponerse cada vez
más impuro, decidimos volvernos a la celda tan hábilmente construida en
la entrada de la estrecha galería exterior.
Habíamos llegado a la orilla de ese terrible abismo, donde en lo
profundo rugía el agua en impetuosa corriente, y ya había yo cruzado el
estrecho puente y pisado la orilla opuesta, cuando, inesperadamente, un
par de brazos férreos me oprimieron en la obscuridad, y casi antes de
que pudiera lanzar un grito, fui empujado con violencia hacia el borde
del espantoso precipicio.
Las manos que me habían aprisionado apretábanme con dedos de acero en la
garganta y brazo, y tan repentino fue el ataque, que al principio creí
que era una broma de Reginaldo, pues era éste muy amigo de chanzas
cuando estaba de buen humor.
--¡Dios mío!--le oí gritar un segundo después, al iluminar la oscilante
luz de la linterna el rostro de mi asaltante.--¡Es Dawson!
La conciencia de la terrible realidad y el sentirme aferrado por mi peor
enemigo, el cual, no hay duda, nos había seguido, pues conocía bien el
paraje, despertó en mí una fuerza sobrehumana, y me empeñé en una
terrible lucha de muerte con mi adversario. Antes que mis dos compañeros
pudieran acudir en mi auxilio, los dos nos debatíamos, cuerpo a cuerpo,
en medio de la profunda obscuridad, sobre el mismo borde del abismo, a
cuyo seno era su intención arrojarme para que pereciera como los dos
guardias suizos, los cuales debieron ser impelidos al fondo del
precipicio por el astuto cardenal.
Comprendí su criminal designio, pero no tan pronto que no tuviera él
tiempo de murmurar jadeante, lanzando un terrible juramento:
--¡Esta vez no se escapará! El golpe que le di en medio de la neblina no
produjo el efecto deseado; pero aquí, una vez caído abajo, no podrá
volver a meterse en mis asuntos. ¡Abajo con usted!
Sentí disminuirse mis fuerzas al hacerme retroceder unos pocos pasos
más, dándonos el abrazo de muerte. En las tinieblas sentime asido
por uno de mis compañeros y salvado, pero en ese mismo momento había
recurrido a una vieja treta escolar, y girando súbitamente, de modo que
mi adversario viniera a quedar en mi lugar, lo empujé hacia atrás,
soltándome, al mismo tiempo, de sus garras.
Fue todo obra de un segundo. A la luz oscilante de la lámpara lo vi
vacilar, quererse asir enloquecido del vacío, y con un espantoso grito
de ira y desesperación, caer al fondo de aquel negro abismo, donde las
impetuosas aguas lo arrastraran hacia regiones subterráneas,
desconocidas e inexploradas.
Sin duda alguna, mi escapada de la muerte ha sido la más difícil y
terrible que haya un hombre conocido, y después de aquel esfuerzo
violento quedé allí parado, sin aliento, jadeante y atontado, hasta que
Reginaldo me tomó de un brazo y me sacó de aquella obscura caverna, en
medio de un silencio más impresionante que todas las palabras.
XXX
EL MÓVIL Y LA MORAL
A la noche siguiente nos despedimos del vigoroso monje capuchino en la
plataforma de la estación de Lucca, y subimos al tren, en el cual
debíamos recorrer la primera parte de nuestro viaje de vuelta a
Inglaterra. El tenía que retornar en el acto a su celda de ermitaño,
situada sobre el tortuoso Serchio, y seguir siendo, como lo había sido
antes, el guardián silencioso del gran secreto que, de haber sido
revelado, hubiera asombrado al mundo.
La ansiedad nos consumía, pues no sabíamos lo que le habría sucedido a
Mabel. Sin embargo, con la conciencia de que la maligna y venenosa
influencia del aventurero Dawson había desaparecido, volvimos a la
patria algo más tranquilos.
Era tan rico como no lo había soñado nunca, pues en medio de mis más
locas fantasías no me había imaginado semejante prodigio; sin embargo,
la esperanza de que Mabel llegara a ser mi esposa, ilusión que había
sido mi ideal, el verdadero deseo de mi existencia, había quedado
destruida, y durante esas largas horas de viaje, melancólicas y
silenciosas, mientras el coche-dormitorio del expreso avanzaba hacia el
Norte atravesando las planicies de la Lombardía y luego la Suiza y la
Francia, mis desesperados pensamientos estaban concentrados en ella y en
su porvenir.
Un coche nos llevó directamente de Charing Cross a la calle Great
Russell, donde encontré una esquela de Mabel fechada en la mansión de la
plaza Grosvenor, pidiéndome fuera allí en el acto que volviéramos de
nuestro viaje. Apenas me lavé y arreglé un poco, lo hice, y Carter me
condujo, sin ceremonia alguna e inmediatamente, al gran salón blanco y
oro que tan familiar me era.
Un momento después entró ella, encantadora y bella en su traje de luto,
con una dulce sonrisa en sus labios y su mano tendida hacia mí, llena de
gusto y placer al volverme a ver. Su cara me pareció que expresaba una
viva ansiedad, y la palidez de sus mejillas demostraba cuán cruelmente
había sido destrozado su corazón por el terror y las penas.
--Sí, Mabel, otra vez estamos de vuelta--le dije, estrechando su mano
entre las mías y mirándola a los ojos.--¡He descubierto el secreto de su
padre!
--¿Qué?--gritó con ansiosa sorpresa,--¿lo ha descubierto? Dígame lo que
es... dígamelo--insistió sin aliento.
Primero obtuve de ella la promesa de guardar el más absoluto silencio
sobre lo que le revelase, y luego le referí nuestra visita a la celda
del ermitaño, el recibimiento que nos había hecho fray Antonio y
nuestros descubrimientos.
Ella escuchó, con el más grande asombro, toda la historia del tesoro
oculto del Vaticano, hasta que llegó el momento de describirle el
atentado de Dawson contra mi vida y su trágico fin; entonces exclamó con
vehemencia:
--¡Si ese hombre está muerto... realmente muerto... yo, entonces, estoy
libre!
--¿Cómo? ¡Explíquese!--le dije.
--Ahora que las circunstancias se han combinado para libertarme de este
modo, voy a confesarle todo--respondió después de una breve pausa. Su
cara habíase puesto carmesí, y, mirando hacia la puerta, se cercioró
primero de que estaba cerrada. Luego, en una voz profunda e intensa,
fijando en mí sus maravillosos ojos, empezó:
--He sido víctima de un complot infame y vil, y usted podrá juzgar,
cuando conozca toda la verdad, cuánto he sufrido, y si no he procedido
guiada por un alto sentimiento de deber y de rectitud. Como usted verá,
la conspiración fraguada contra mí no tiene igual por lo ingeniosa y
realmente astuta.
Acabo de conseguir descubrir la verdad y conocer el móvil profundamente
escondido detrás de todo ello.
Mi primer encuentro con Herberto Hales fue aparentemente casual y tuvo
lugar en la calle Widemarsh, en Hereford. Era entonces una niña de
colegio que estaba terminando mis estudios, y tan llena de ideas
románticas sobre los hombres como les sucede a todas las niñas en esa
edad. Lo veía a menudo, y aun cuando sabía que llevaba una vida
precaria cuidando caballos de carrera, le dejé que me festejara. Al
principio, lo confieso, me enamoré de él, cosa que no pasó inadvertida
para Herberto Hales, y durante ese verano en Mayvill, al caer la noche,
tuve muchas entrevistas secretas con él en el parque.
Hacía ya como tres meses que nos conocíamos, cuando una noche me indicó
que debíamos casarnos; pero, como yo había descubierto, entretanto, que
su amor por mí era sólo fingido, me negué. Noche tras noche nos seguimos
viendo, pero yo firmemente rehusaba casarme con él, hasta que, en una de
ellas, se dio a conocer bajo su verdadera faz, diciéndome, con gran
espanto mío, que él estaba bien al tanto de la historia de la vida de mi
padre, y después hizo alusión a la existencia de un hecho deshonroso en
que, según él, había tomado parte. Me refirió que mi padre, con el fin
de posesionarse del secreto que le dio luego la fortuna, había asesinado
al marinero italiano Pensi, a bordo del «Annie Curtis», cuando se
alejaron de la costa de España. Yo me negué a escuchar tan terrible
acusación, pero mi sorpresa fue grande al ver que me hizo tener una
entrevista con el amigo de mi padre, el tal Dawson, en la que éste
declaró que él había sido testigo del hecho.
Cuando nos quedamos solos esa misma noche y nos paseábamos por una senda
extraviada del parque, me manifestó claramente sus intenciones, y me
impuso la obligación de aceptarlo como esposo, obligándome a que me
casara secretamente, sin que mi padre lo supiera. Me amenazaba con
poner en conocimiento de la policía el pretendido crimen, si no aceptaba
sus condiciones.
--¡Bribón! ¡Infame!--grité indignado.