joven, con una fortuna de más de dos millones de libras depositada en
poder de sus banqueros, y sin embargo perseguida, rondada por sus
crueles enemigos que buscaban su ruina, degradación y muerte.
La revelación de su casamiento me había dado un golpe terrible, como
para hacerme tambalear. Ya no podía ser para ella más que un simple
amigo como cualquier otro hombre; todos los pensamientos de amor estaban
excluidos, toda esperanza de felicidad abandonada. Jamás la había yo
pretendido por su fortuna, eso puedo confesarlo honradamente. La había
amado sólo por lo que ella valía en sí, porque era dulce y pura, porque
conocía que su corazón era leal y sincero; que en carácter, fuerza de
voluntad, gracia y belleza, era incomparable.
Durante un largo rato retuve su mano entre las mías, sintiendo cierta
satisfacción, supongo, en repetir de esta manera lo que tantas veces
había hecho en otro tiempo, ahora que ya tenía que despedirme para
siempre de todas mis esperanzas y aspiraciones.
Ella permanecía sentada en silencio, dejando escapar profundos suspiros
de dolor mientras yo hablaba, refiriéndole esa extraña aventura nocturna
de las calles de Kensington, y cuán cerca había estado de la muerte.
--Entonces, sabiendo que ha conseguido usted leer el secreto escrito en
esas cartas, han intentado sellar sus labios para siempre--exclamó al
fin, en una voz dura y mecánica, casi como si hubiera estado hablando
consigo misma.--¡Ah! ¿no se lo previne en mi carta? ¿no le he dicho que
el secreto está tan bien e ingeniosamente guardado, que no conseguirá
nunca saberlo o sacar provecho de él?
--Pero tengo la intención de perseverar en la solución del misterio de
la fortuna de su padre--declaré, siempre, con su mano entre las mías,
dándole mi adiós triste y amargo.--El me dejó su secreto, y yo he
decidido partir mañana para Italia, a buscar el punto indicado y conocer
la verdad.
--Entonces, es mejor que se economice esa molestia, señor--exclamó una
voz de hombre vulgar y sin ninguna educación, que al oírla me sobresaltó
y, al darme vuelta rápidamente, vi que la puerta se había abierto sin
ruido, y en el dintel, contemplándonos con aparente satisfacción, estaba
de pie el hombre que se interponía entre mi bien amado y yo: ¡el
campesino rústico y brutal que la reclamaba con el derecho de darle el
nombre sagrado de esposa!
XXVI
FRENTE A FRENTE
--¿Me gustaría saber qué tiene usted que hacer aquí?--preguntome aquel
vulgar individuo, de facciones groseras, cuyo chato sombrero gris y
calzones cortos le daban un aspecto marcadamente de mozo de cuadra. Y se
quedó de pie en el umbral de la puerta, cruzando los brazos
desafiadoramente y mirándome a la cara.
--El asunto que me ha traído aquí, sólo a mí atañe--contesté, haciéndole
frente con repugnancia.
--Si le incumbe a mi esposa, yo tengo derecho de saberlo--insistió.
--¡Su esposa!--grité, avanzando hacia él y dominando con dificultad el
poderoso impulso que sentía de golpear y arrojar al suelo a ese joven
rufián.--¡No la llame su esposa, hombre! ¡Llámela por su verdadero
nombre: su víctima!
--¿Me dice usted eso como insulto?--dijo rápidamente, poniéndose blanca
su cara de súbita ira. Mabel, al ver su actitud amenazadora, de un salto
se interpuso entre nosotros y me suplicó que conservara mi calma.
--Hay algunos hombres para quienes no pueden ser insulto las palabras,
por duras que sean--contesté violentándome,--y usted es uno de ellos.
--¿Qué quiere usted decir?--gritó.--¿Desea usted pelear?--y avanzó con
los puños cerrados.
--No deseo pelear--fue mi rápida respuesta.--Lo único que le ordeno es
que deje en paz a esta dama. Puede legalmente ser su esposa, pero yo
asumiré el papel de su protector.
--¡Oh!--exclamó, encogiendo el labio con burla.--¿Querría saber con qué
derecho interviene usted entre nosotros?
--Con el derecho que todo hombre tiene de proteger a una mujer
desamparada y perseguida--contesté con toda firmeza.--Le conozco, y
estoy bien al tanto de su ignominioso pasado. Ya que se atreve a
desafiarme, ¿tendré acaso que recordarle un incidente que parece haber
olvidado muy cómodamente? ¿No recuerda de cierta noche, no muy lejana,
en el parque de Mayvill, cuando intentó usted cometer un crimen infame y
brutal, no recuerda?
Dio un salto sobresaltado, luego me miró iracundo, brillando en sus ojos
el fuego del odio criminal.
--¡Ella se lo ha dicho! ¡Maldita sea! ¡Me ha vendido!--exclamó lanzando
a su temblorosa y aterrada mujer una mirada de profundo desdén.
--No, ella no me lo ha dicho--respondí.--Por casualidad me tocó ser
testigo de su cobarde atentado. Yo fui quien la sacó con vida del río
helado, adonde usted la arrojó criminalmente. Por ese acto que cometió
entonces, va a responderme ahora.
--¿Qué es lo que quiere usted significar?--preguntó, y por las líneas de
su semblante conocí que mi actitud y palabras le habían producido una
inmensa inquietud.
--Quiero significar que no es a usted a quien le toca atreverse a
desafiar, teniendo en vista el hecho de que, si no hubiera sido por la
feliz circunstancia de haberme encontrado presente esa noche en el
parque, hoy sería usted un asesino convicto.
Al oír las últimas palabras, se contrajo aterrado. Como todos los de su
clase, era arrogante y tirano con el débil, pero tan fácil de dominar
con firmeza como un perro que se somete a la voz de su amo.
--Y ahora--continué,--puedo añadir también que esa misma noche en que
casi mató a esta pobre niña que es su víctima, oí sus exigencias. Es
usted un vil explotador, el tipo más despreciable y ruin del criminal, y
parece haber olvidado que para delitos como los suyos hay leyes severas
que castigan.
Usted exige dinero valiéndose de amenaza, y en presencia de una negativa
comete un atentado desesperado contra la vida de su esposa. Las pruebas
que yo podría presentar contra usted en el tribunal de Asises, lo harían
condenar a trabajos forzados por un término de años, ¿me comprende? Voy,
por lo tanto, a hacer un convenio con usted: si me promete no molestar
más a su esposa, yo guardaré silencio.
--¡Y me hace el favor de decirme quién demonios es usted para que me
hable de esta manera... vamos, como un capellán de cárcel en su visita
semanal a las celdas!
--Mejor es que sepa contener su lengua, hombre, y reflexione bien en mis
palabras,--le dije.--No soy persona de entrar en argumentos. Procedo.
--Pues, proceda como mejor le plazca. Yo haré lo que crea más
conveniente, ¿me oye?
--¿Y desafiará el peligro? ¿Se expondrá a todo? Muy
bien--repliqué.--Usted conoce lo peor: el presidio.
--Y usted no--rió.--Si así no fuera, no hablaría como un verdadero
idiota. Mabel es mi esposa, y nada tiene usted que hacer en el asunto,
de manera que ya con esto es suficiente--añadió insolentemente.--En vez
de tratar de amenazarme, soy yo quien tiene derecho de preguntarle por
qué le encuentro a usted aquí... con ella.
--¡Voy a decírselo!--grité encolerizado, ardiéndome las manos de deseo
de darle a ese imprudente bribón una buena y merecida lección.--Estoy
aquí para protegerla, porque temo por su vida. Y permaneceré aquí hasta
que usted se vaya.
--Pero yo soy su marido, y por consiguiente me quedaré--exclamó el
individuo, completamente inalterable.
--Entonces ella se irá conmigo--exclamé con decisión.
--Yo no permitiré eso.
--Usted procederá como yo lo crea conveniente--le dije. Después,
volviéndome a Mabel, que había permanecido callada, temblando y pálida,
por temor de que nos fuéramos a las manos, añadí:--Póngase su saco y
sombrero en el acto, porque se debe volver a Londres, conmigo.
--¡No lo hará!--gritó, sin ceder.--Si mis maldiciones y juramentos
consiguen irritarla, los tendrá gruesos y en abundancia.
--Mabel--le dije, sin poner atención en las palabras del rufián, pero
retrocediendo para permitirle que pasara,--póngase su saco, hágame el
favor. Afuera me espera una volanta.
El bribón intentó hacer un movimiento para impedirle salir de la
habitación, pero en el acto mi mano cayó pesadamente sobre su hombro, y
en mi cara leyó mi determinación.
--¡Usted se arrepentirá de esto!--silbó amenazadoramente, pronunciando
entre dientes una maldición.--Ya sé lo que anda usted buscando...
pero--y se rió,--pero jamás obtendrá el secreto que le dio los millones
a Blair. Usted cree tener en su mano el hilo que le descubrirá el
misterio, pero pronto se dará cuenta de su error.
--¿Y cuál es mi error?
--No asociarse a mí, en vez de insultarme.
--No tengo necesidad de la ayuda de un hombre que atenta contra la vida
de una pobre mujer desamparada--le respondí.--Tenga presente que en
adelante debe permanecer alejado de ella, o ¡por Job! le aseguro que sin
más acá ni más allá, pediré la cooperación de la policía, y su historia
pasada demostrará la perversidad de su carácter.
--Haga lo que guste--rió de nuevo desafiadoramente.--Entregándome a la
policía le hará a ella el peor de los males. Si duda de lo que digo,
pregúnteselo. Tenga cuidado de cómo procede antes de ponerse en ridículo
y hacerla víctima a ella.
Y con esta vana y áspera insolencia se dejó caer en el sillón y colocó
sus pies sobre el enrejado de la chimenea, asumiendo una actitud
indolente y encendiendo tranquilamente un cigarro ordinario y de
desagradable olor.
--No tema, será uno solo el que saldrá perdiendo--respondí
significativamente.--Y ese será usted.
--Está bien--exclamó,--ya veremos.
Salí de la pieza y me reuní a Mabel, que me esperaba vestida en el
vestíbulo. Después de despedirse rápidamente de Isabel Wood, su antigua
condiscípula, la saqué de allí, la hice subir a la volanta y con ella me
volví a Chipping Norton.
Aun cuando, reflexionando con espíritu más sereno, no podía comprender
la posición exacta que ocupaba este joven rufián que se llamaba Herberto
Hales, o el significado verdadero de sus ominosas palabras finales de
franco desafío, había conseguido, por lo pronto, arrebatar a mi amada de
las garras de ese impudente, descorazonado y arrogante bruto y
explotador, pero no me atrevía a prever por cuánto tiempo sería. Mi
posición era insegura e incierta, como que no podía afrontar
abiertamente la situación. Amaba a Mabel, pero no tenía derecho a
hacerlo. Era, desgraciadamente, la esposa, ¡ay! la víctima, mejor dicho,
de un hombre de tipo vulgar e instintos criminales.
Nuestro viaje hasta la estación de Paddington fue sin novedad, y en el
más completo silencio casi. Nuestros corazones, que palpitaban
tristemente, rebosaban de pena y dolor, sin alientos para poder
pronunciar las más simples palabras. Una barrera insuperable se había
interpuesto entre nosotros; ambos estábamos abatidos y enfermos de
pesar. El pasado, lleno de esperanzas, había terminado; teníamos por
delante el porvenir sombrío, melancólico y desesperante.
Cuando llegamos a Londres, me manifestó el deseo de ver a la señora
Percival, y como se negara a volver a vivir bajo el mismo techo con
Dawson, la conduje al York Hotel, en la calle Albemarle; después, en el
mismo coche, me encaminé a la plaza Grosvenor, informando a la señora
Percival dónde estaba mi amada.
La viuda no perdió un minuto en ir a su lado, y, a media noche,
acompañado por Reginaldo, fui otra vez al hotel, porque quería darle
ciertas instrucciones sobre su esposo, recomendándole que se negara a
verlo, si llegaba a encontrarla, y también despedirme de ella, pues a
las nueve de la mañana siguiente partíamos de Charing Cross, con rumbo a
Italia.
Había resuelto, con Reginaldo, que no debíamos perder un momento más de
tiempo, ahora que me sentía suficientemente mejorado y fuerte para
viajar, y que era preciso marchar para Toscana, con el fin de averiguar
la realidad de aquel misterioso registro cifrado.
Se despidió cariñosamente de los dos, e insistió en que no nos
afligiéramos más por ella, a pesar de lo cual no pudimos dejar de notar
cuán grande era su ansiedad respecto al resultado de mi desafío a su
infame marido. Nos deseó buena suerte, rapidez en la peligrosa empresa
que íbamos a emprender, éxito completo y pronto y feliz retorno a la
patria.
XXVII
LAS INSTRUCCIONES DE SU EMINENCIA
El verde y tortuoso valle de Serchio presentaba su más alegre y bello
aspecto en el mes de mayo, la época de las flores en la vieja Italia.
Alejado, bien alejado, de las grandes rutas por donde en invierno cruzan
los numerosos turistas ingleses, americanos y alemanes, solitario e
inexplorado, visitado sólo por los sencillos _contadini_ de las
montañas, el rumoroso río serpentea formando tortuosas curvas y
caprichosos recodos, alrededor de ángulos puntiagudos, y bajo inmensos
árboles con sus copas inclinadas, en torno de grandes peñascos y piedras
enormes, gastadas y suavizadas por la acción del agua a través de los
siglos.
En estos parajes solitarios del río, cuando se lanza impetuosamente
desde los gigantescos Apeninos hacia el mar, moran, tranquilos y
contentos, sin que el ser humano perturbe su plácida existencia, el
brillante martín pescador y la majestuosa garza, sintiéndose dueños
absolutos de él.
Cuando echamos a andar, habiendo dejado el coche que nos había llevado
de Lucca al extraño puente medioeval llamado Puente del Diablo, la
pintoresca, serena y solitaria belleza campestre del paisaje nos
impresionó. El silencio era profundo, no se oía el menor ruido, a
excepción del zumbido de los millares de insectos que pululaban al sol,
y el suave rumor musical del agua, que en ese paraje se desliza
tranquila sobre su lecho rocalloso.
Mi primer impulso cuando llegamos al Universo, en Lucca, fue subir al
Monasterio y visitar a fray Antonio. Sin embargo, me parecía tan íntima
su relación con el socio de Blair, el excontramaestre Dawson, que
resolvimos explorar primero el punto señalado y hacer algunas
observaciones. Por lo tanto, a las ocho de esa mañana subimos a uno de
esos viejos y polvorientos coches toscanos de camino, cuyos caballos
llevan de adorno ruidosas campanillas, y cerca del mediodía nos
encontramos en la orilla izquierda del río, contando los cuatrocientos
cincuenta y seis pasos, como indicaba el registro secreto inscripto en
las cartas.
Le ordenamos a nuestro conductor que se volviera a esperarnos en la
pequeña posada, o bodegón, que había junto al camino y por delante del
cual acabábamos de pasar; y para evitar que nos observara de lejos,
porque sabíamos que trataría de espiar furtivamente nuestros
movimientos, nos vimos obligados, en vista de no haber una senda, a dar
una vuelta por el centro de un bosquecillo, saliendo de nuevo a la
orilla del río un poco más arriba.
Cuando estuvimos junto al agua, de pie en medio de los altos matorrales
que crecían sobre las márgenes, sólo pudimos volver la mirada hacia el
puente y calcular que estábamos como a unos cien pasos de él.
Después, marchando adelante en fila, nos abrimos camino con dificultad a
través de las altas malezas, pastizales, gigantes helechos y enmarañadas
trepadoras, avanzando lentamente hacia el puente señalado. En ciertos
parajes los árboles entrelazaban sus copas, y el brillante sol penetraba
por entre el follaje, yendo a reflejarse sus rayos sobre las rumorosas y
agitadas aguas, produciendo un lindo efecto.
Según el registro, el lugar debía quedar en campo abierto, puesto que el
sol brillaba sobre él durante una hora del mediodía, el cinco de abril y
dos horas el cinco de mayo. Estábamos en ese momento a diecinueve de
mayo, y, por lo tanto, la duración del sol sería, calculando
aproximadamente, como de un cuarto de hora más.
En ciertos sitios el río quedaba despejado y libre para recibir el sol,
mientras en otros la luz no debía poder penetrar nunca allí, pues sus
orillas eran tan altas y encajonadas que lo impedían. De las grietas de
las rocas surgían pinos de montaña y otros árboles que habían echado
raíces y crecido enormemente, doblándose sobre el río hasta casi tocar
el agua con sus ramas; de consiguiente, nuestro avance era cada vez más
lento y difícil, por las escabrosidades de la ribera, la enmarañada
vegetación silvestre y los pastizales.
Un hecho estaba demostrado: hacía mucho que nadie se había aproximado al
punto indicado, porque no encontramos la menor huella que diera a
conocer que las plantas de algunos intrusos hubiesen hollado una hoja o
destruido una sola varita.
Al fin, después que subimos a lo largo de un escarpado peñasco que
descendía abruptamente al agua, y hubimos calculado que nos hallábamos a
cuatrocientos veinte pasos del viejo puente, dimos vuelta de pronto a un
recodo del río y salimos a un espacio en donde éste se ensanchaba, aun
cuando siempre se deslizaba a cien pies o más de profundidad, de modo
que corría despejado con un ancho de cuarenta yardas, por lo menos,
mirando hacia el firmamento.
--¡Aquí debe ser!--grité con ansiosa anticipación, parándome e
inspeccionando rápidamente el paraje.--En las instrucciones dice que hay
que bajar veinticuatro escalones. Supongo que debe querer significar
escalones hechos en la roca; es preciso que los encontremos.
Y ambos empezamos a buscarlos con todo interés, pero no pudimos
descubrir ninguna huella en medio de aquella enmarañada vegetación.
--El registro dice que hay que descender hasta el punto detrás del cual
un hombre puede defenderse de cuatrocientos--exclamó Reginaldo, leyendo
una copia del original que sacó del bolsillo.--Esto parece indicar que
la entrada está en alguna estrecha grieta entre dos rocas. ¿No ves tú
algo parecido?
Miré con ansiedad en derredor, pero me vi obligado a confesar que no
distinguía nada que coincidiera con la descripción.
Tan abrupto era el obscuro peñasco de piedra caliza que bajaba hasta el
agua, que me aproximé a su borde con gran precaución, y después,
echándome de bruces, me arrastré y miré por sobre su peligrosa orilla.
Al hacerlo, se aflojó un enorme pedazo de roca y cayó al río con gran
estrépito.
Observé todo con mucho cuidado, pero no pude ver nada, absolutamente
nada, que estuviera en conformidad con lo que el antiguo bandido Poldo
Pensi había dejado registrado.
Durante media hora larga anduvimos escudriñando en vano, hasta que
comprendimos, alarmados, que, como no habíamos medido con exactitud los
pasos señalados desde el Puente del Diablo, no estábamos en el punto
preciso. Retrocedimos el camino andado, lenta y trabajosamente,
volviendo a tener que pasar por entre las malezas casi impenetrables,
desgarrando nuestras ropas e hiriéndonos, y una vez que llegamos al
puente, que era el punto de partida, emprendimos de nuevo la marcha.
Tan equivocado había sido nuestro cálculo, que a los trescientos ochenta
y siete pasos de la segunda exploración pasamos por el lugar que con
tanta minuciosidad habíamos escudriñado momentos antes, y continuando
nuestro camino, siempre adelante, nos paramos al llegar a los
cuatrocientos cincuenta y seis pasos, sobre la cima de un alto campo muy
similar al otro, aun cuando más agreste y todavía más inaccesible.
--Aquí no parece haber nada--observó Reginaldo, cuya cara estaba toda
lastimada por las malezas espinosas y chorreaba sangre.
Miré en contorno y tuve, con disgusto, que ratificar sus palabras. Los
árboles eran grandes y sombríos donde estábamos parados, inclinándose
algunos de ellos sobre la profunda quebrada por donde el río
serpenteaba. Cautelosamente nos arrastramos de bruces hasta el borde de
la roca, usando esta precaución, porque no sabíamos si la orilla estaba
podrida, e inspeccionamos el punto con mirada penetrante.
--¡Mira!--gritó mi amigo señalando un lugar que había hacia el fondo del
peñasco, a mitad de camino del profundo río, después que daba la abrupta
vuelta,--allí hay unos escalones y una senda estrecha que conduce más
abajo. ¿Y qué es aquello?
XXVIII
DESCRIPCIÓN DE UN DESCUBRIMIENTO ASOMBROSO
Miré y vi, sobre una especie de plataforma natural hecha en la roca, una
pequeña choza de piedra, cuyo obscuro techo de teja contemplábamos desde
la altura.
--Sí--exclamé,--allí están los veinticuatro escalones de que habla el
registro, no hay duda. ¿Vivirá alguien dentro de esa choza?
--Bajemos e investiguemos--indicó Reginaldo ansiosamente, y pocos
minutos después descubríamos una estrecha huella que conducía del bosque
de castaños directamente a los toscos escalones, los cuales bajaban
hasta una angosta abertura entre dos rocas. Sobre la que quedaba a la
derecha vimos, profundamente grabada en la piedra, una anticuada E
mayúscula, como de un pie de largo, y pasando por junto de ella, nos
encontramos con un cangilón peligroso y lleno de escabrosidades, que,
haciendo ziszases, conducía a la pequeña choza. La puerta cerrada y la
ventanita de hierro de aquella solitaria cabaña despertaron nuestra
curiosidad.
Un momento después, sin embargo, el misterio quedó descubierto. El
frente de la choza era ojival, y sobre la clave había una pequeña cruz
de piedra.
Era una celda de ermitaño, como tantos otros sitios antiguos de retiro y
contemplación que hay en la vieja Italia, y acto continuo, al pasar por
delante de las rocas y descender cautelosamente por la senda, abriose la
puerta, y salió de la ermita un monje, en el que reconocí, con gran
sorpresa mía, al corpulento y barbudo capuchino, fray Antonio.
--Caballeros--exclamó en italiano, saludándonos,--éste es un inesperado
encuentro, ciertamente.--y nos señaló el banco de piedra que había fuera
de la pequeña y baja choza, el cual noté que estaba hábilmente oculto
por los grandes árboles, cuyas copas se inclinaban sobre el río, de
manera que quedaba invisible de ambas márgenes del Serchio.
Cuando nos sentamos aceptando su invitación, él recogió su desteñido
hábito carmesí y se sentó a nuestro lado.
Le manifesté la sorpresa que me causaba encontrarlo allí, pero él se
sonrió, y dijo:
--¿Está usted decepcionado por no haber descubierto otra cosa?
--Esperamos conocer el secreto del cardenal Sannini--fue mi franca
respuesta, sabiendo bien que él estaba en posesión de la verdad, y
sospechando que, junto con el inglés tuerto, había sido también socio de
Blair.
Las facciones, toscas y tostadas por el sol, del monje asumieron una
expresión enigmática y confusa, porque comprendió que algo habíamos
conseguido saber, pero sin embargo vaciló interrogarnos por temor de
descubrirse a sí mismo. Los capuchinos, como los jesuitas, son
admirables diplomáticos. Indudablemente la fascinación personal que
ejercía el monje, se debía en parte a su espléndida presencia. Su cara
era hermosa, despejada, con facciones bien delineadas y enérgicas,
dulcificadas por unos ojos en que parecía brillar la luz de la perpetua
juventud, con una cándida expresión modesta.
--Entonces ha recuperado usted el registro--observó al fin, mirándome
fijamente a la cara.
--Sí, y como lo he leído--contesté,--he venido aquí a investigarlo y
reclamar el secreto que me ha sido legado.
Respiró con fuerza, nos miró un momento a los dos, y sus negras cejas
cargadas se contrajeron. Hacía calor donde estábamos sentados, porque el
brillante sol italiano caía de plano sobre nosotros; por lo tanto, sin
responderme, se levantó y nos invitó a entrar en su pequeña celda
fresca, pieza cuadrada y desnuda, con piso de tabla, cuyo mobiliario se
componía de una cama de madera, baja y anticuada, con un pedazo de una
vieja colcha obscura por cobertor, un _priedieu_ Renacimiento, de roble
antiguo tallado, ennegrecido por el uso y el tiempo, una silla, una
lámpara de colgar, y en la pared un gran crucifijo.
--¿Y el señor Dawson?--preguntó al fin, cuando Reginaldo se hubo sentado
en la orilla de la cama y yo en la silla.--¿Qué es lo que él dice?
--No tengo necesidad de pedirle su opinión--repliqué rápidamente.--Por
la ley el secreto del cardenal es mío, y nadie puede disputármelo.
--Salvo su actual poseedor--fue su tranquila observación.
--Su actual poseedor no tiene derecho sobre él. Burton Blair me lo ha
regalado, y por consiguiente es mío--declaré.
--Yo no disputo eso--contestó el monje.--Pero como guardián del secreto
del cardenal, tengo derecho de saber cómo ha venido a sus manos el
registro inscripto en las cartas, y cómo ha conseguido usted la clave de
la cifra.
Le referí exactamente todo lo que deseaba saber, y cuando se hubo
cerciorado, exclamó: