Ciertamente, su posición era extraña, casi inconcebible: una linda

joven, con una fortuna de más de dos millones de libras depositada en

poder de sus banqueros, y sin embargo perseguida, rondada por sus

crueles enemigos que buscaban su ruina, degradación y muerte.

La revelación de su casamiento me había dado un golpe terrible, como

para hacerme tambalear. Ya no podía ser para ella más que un simple

amigo como cualquier otro hombre; todos los pensamientos de amor estaban

excluidos, toda esperanza de felicidad abandonada. Jamás la había yo

pretendido por su fortuna, eso puedo confesarlo honradamente. La había

amado sólo por lo que ella valía en sí, porque era dulce y pura, porque

conocía que su corazón era leal y sincero; que en carácter, fuerza de

voluntad, gracia y belleza, era incomparable.

Durante un largo rato retuve su mano entre las mías, sintiendo cierta

satisfacción, supongo, en repetir de esta manera lo que tantas veces

había hecho en otro tiempo, ahora que ya tenía que despedirme para

siempre de todas mis esperanzas y aspiraciones.

Ella permanecía sentada en silencio, dejando escapar profundos suspiros

de dolor mientras yo hablaba, refiriéndole esa extraña aventura nocturna

de las calles de Kensington, y cuán cerca había estado de la muerte.

--Entonces, sabiendo que ha conseguido usted leer el secreto escrito en

esas cartas, han intentado sellar sus labios para siempre--exclamó al

fin, en una voz dura y mecánica, casi como si hubiera estado hablando

consigo misma.--¡Ah! ¿no se lo previne en mi carta? ¿no le he dicho que

el secreto está tan bien e ingeniosamente guardado, que no conseguirá

nunca saberlo o sacar provecho de él?

--Pero tengo la intención de perseverar en la solución del misterio de

la fortuna de su padre--declaré, siempre, con su mano entre las mías,

dándole mi adiós triste y amargo.--El me dejó su secreto, y yo he

decidido partir mañana para Italia, a buscar el punto indicado y conocer

la verdad.

--Entonces, es mejor que se economice esa molestia, señor--exclamó una

voz de hombre vulgar y sin ninguna educación, que al oírla me sobresaltó

y, al darme vuelta rápidamente, vi que la puerta se había abierto sin

ruido, y en el dintel, contemplándonos con aparente satisfacción, estaba

de pie el hombre que se interponía entre mi bien amado y yo: ¡el

campesino rústico y brutal que la reclamaba con el derecho de darle el

nombre sagrado de esposa!

XXVI

FRENTE A FRENTE

--¿Me gustaría saber qué tiene usted que hacer aquí?--preguntome aquel

vulgar individuo, de facciones groseras, cuyo chato sombrero gris y

calzones cortos le daban un aspecto marcadamente de mozo de cuadra. Y se

quedó de pie en el umbral de la puerta, cruzando los brazos

desafiadoramente y mirándome a la cara.

--El asunto que me ha traído aquí, sólo a mí atañe--contesté, haciéndole

frente con repugnancia.

--Si le incumbe a mi esposa, yo tengo derecho de saberlo--insistió.

--¡Su esposa!--grité, avanzando hacia él y dominando con dificultad el

poderoso impulso que sentía de golpear y arrojar al suelo a ese joven

rufián.--¡No la llame su esposa, hombre! ¡Llámela por su verdadero

nombre: su víctima!

--¿Me dice usted eso como insulto?--dijo rápidamente, poniéndose blanca

su cara de súbita ira. Mabel, al ver su actitud amenazadora, de un salto

se interpuso entre nosotros y me suplicó que conservara mi calma.

--Hay algunos hombres para quienes no pueden ser insulto las palabras,

por duras que sean--contesté violentándome,--y usted es uno de ellos.

--¿Qué quiere usted decir?--gritó.--¿Desea usted pelear?--y avanzó con

los puños cerrados.

--No deseo pelear--fue mi rápida respuesta.--Lo único que le ordeno es

que deje en paz a esta dama. Puede legalmente ser su esposa, pero yo

asumiré el papel de su protector.

--¡Oh!--exclamó, encogiendo el labio con burla.--¿Querría saber con qué

derecho interviene usted entre nosotros?

--Con el derecho que todo hombre tiene de proteger a una mujer

desamparada y perseguida--contesté con toda firmeza.--Le conozco, y

estoy bien al tanto de su ignominioso pasado. Ya que se atreve a

desafiarme, ¿tendré acaso que recordarle un incidente que parece haber

olvidado muy cómodamente? ¿No recuerda de cierta noche, no muy lejana,

en el parque de Mayvill, cuando intentó usted cometer un crimen infame y

brutal, no recuerda?

Dio un salto sobresaltado, luego me miró iracundo, brillando en sus ojos

el fuego del odio criminal.

--¡Ella se lo ha dicho! ¡Maldita sea! ¡Me ha vendido!--exclamó lanzando

a su temblorosa y aterrada mujer una mirada de profundo desdén.

--No, ella no me lo ha dicho--respondí.--Por casualidad me tocó ser

testigo de su cobarde atentado. Yo fui quien la sacó con vida del río

helado, adonde usted la arrojó criminalmente. Por ese acto que cometió

entonces, va a responderme ahora.

--¿Qué es lo que quiere usted significar?--preguntó, y por las líneas de

su semblante conocí que mi actitud y palabras le habían producido una

inmensa inquietud.

--Quiero significar que no es a usted a quien le toca atreverse a

desafiar, teniendo en vista el hecho de que, si no hubiera sido por la

feliz circunstancia de haberme encontrado presente esa noche en el

parque, hoy sería usted un asesino convicto.

Al oír las últimas palabras, se contrajo aterrado. Como todos los de su

clase, era arrogante y tirano con el débil, pero tan fácil de dominar

con firmeza como un perro que se somete a la voz de su amo.

--Y ahora--continué,--puedo añadir también que esa misma noche en que

casi mató a esta pobre niña que es su víctima, oí sus exigencias. Es

usted un vil explotador, el tipo más despreciable y ruin del criminal, y

parece haber olvidado que para delitos como los suyos hay leyes severas

que castigan.

Usted exige dinero valiéndose de amenaza, y en presencia de una negativa

comete un atentado desesperado contra la vida de su esposa. Las pruebas

que yo podría presentar contra usted en el tribunal de Asises, lo harían

condenar a trabajos forzados por un término de años, ¿me comprende? Voy,

por lo tanto, a hacer un convenio con usted: si me promete no molestar

más a su esposa, yo guardaré silencio.

--¡Y me hace el favor de decirme quién demonios es usted para que me

hable de esta manera... vamos, como un capellán de cárcel en su visita

semanal a las celdas!

--Mejor es que sepa contener su lengua, hombre, y reflexione bien en mis

palabras,--le dije.--No soy persona de entrar en argumentos. Procedo.

--Pues, proceda como mejor le plazca. Yo haré lo que crea más

conveniente, ¿me oye?

--¿Y desafiará el peligro? ¿Se expondrá a todo? Muy

bien--repliqué.--Usted conoce lo peor: el presidio.

--Y usted no--rió.--Si así no fuera, no hablaría como un verdadero

idiota. Mabel es mi esposa, y nada tiene usted que hacer en el asunto,

de manera que ya con esto es suficiente--añadió insolentemente.--En vez

de tratar de amenazarme, soy yo quien tiene derecho de preguntarle por

qué le encuentro a usted aquí... con ella.

--¡Voy a decírselo!--grité encolerizado, ardiéndome las manos de deseo

de darle a ese imprudente bribón una buena y merecida lección.--Estoy

aquí para protegerla, porque temo por su vida. Y permaneceré aquí hasta

que usted se vaya.

--Pero yo soy su marido, y por consiguiente me quedaré--exclamó el

individuo, completamente inalterable.

--Entonces ella se irá conmigo--exclamé con decisión.

--Yo no permitiré eso.

--Usted procederá como yo lo crea conveniente--le dije. Después,

volviéndome a Mabel, que había permanecido callada, temblando y pálida,

por temor de que nos fuéramos a las manos, añadí:--Póngase su saco y

sombrero en el acto, porque se debe volver a Londres, conmigo.

--¡No lo hará!--gritó, sin ceder.--Si mis maldiciones y juramentos

consiguen irritarla, los tendrá gruesos y en abundancia.

--Mabel--le dije, sin poner atención en las palabras del rufián, pero

retrocediendo para permitirle que pasara,--póngase su saco, hágame el

favor. Afuera me espera una volanta.

El bribón intentó hacer un movimiento para impedirle salir de la

habitación, pero en el acto mi mano cayó pesadamente sobre su hombro, y

en mi cara leyó mi determinación.

--¡Usted se arrepentirá de esto!--silbó amenazadoramente, pronunciando

entre dientes una maldición.--Ya sé lo que anda usted buscando...

pero--y se rió,--pero jamás obtendrá el secreto que le dio los millones

a Blair. Usted cree tener en su mano el hilo que le descubrirá el

misterio, pero pronto se dará cuenta de su error.

--¿Y cuál es mi error?

--No asociarse a mí, en vez de insultarme.

--No tengo necesidad de la ayuda de un hombre que atenta contra la vida

de una pobre mujer desamparada--le respondí.--Tenga presente que en

adelante debe permanecer alejado de ella, o ¡por Job! le aseguro que sin

más acá ni más allá, pediré la cooperación de la policía, y su historia

pasada demostrará la perversidad de su carácter.

--Haga lo que guste--rió de nuevo desafiadoramente.--Entregándome a la

policía le hará a ella el peor de los males. Si duda de lo que digo,

pregúnteselo. Tenga cuidado de cómo procede antes de ponerse en ridículo

y hacerla víctima a ella.

Y con esta vana y áspera insolencia se dejó caer en el sillón y colocó

sus pies sobre el enrejado de la chimenea, asumiendo una actitud

indolente y encendiendo tranquilamente un cigarro ordinario y de

desagradable olor.

--No tema, será uno solo el que saldrá perdiendo--respondí

significativamente.--Y ese será usted.

--Está bien--exclamó,--ya veremos.

Salí de la pieza y me reuní a Mabel, que me esperaba vestida en el

vestíbulo. Después de despedirse rápidamente de Isabel Wood, su antigua

condiscípula, la saqué de allí, la hice subir a la volanta y con ella me

volví a Chipping Norton.

Aun cuando, reflexionando con espíritu más sereno, no podía comprender

la posición exacta que ocupaba este joven rufián que se llamaba Herberto

Hales, o el significado verdadero de sus ominosas palabras finales de

franco desafío, había conseguido, por lo pronto, arrebatar a mi amada de

las garras de ese impudente, descorazonado y arrogante bruto y

explotador, pero no me atrevía a prever por cuánto tiempo sería. Mi

posición era insegura e incierta, como que no podía afrontar

abiertamente la situación. Amaba a Mabel, pero no tenía derecho a

hacerlo. Era, desgraciadamente, la esposa, ¡ay! la víctima, mejor dicho,

de un hombre de tipo vulgar e instintos criminales.

Nuestro viaje hasta la estación de Paddington fue sin novedad, y en el

más completo silencio casi. Nuestros corazones, que palpitaban

tristemente, rebosaban de pena y dolor, sin alientos para poder

pronunciar las más simples palabras. Una barrera insuperable se había

interpuesto entre nosotros; ambos estábamos abatidos y enfermos de

pesar. El pasado, lleno de esperanzas, había terminado; teníamos por

delante el porvenir sombrío, melancólico y desesperante.

Cuando llegamos a Londres, me manifestó el deseo de ver a la señora

Percival, y como se negara a volver a vivir bajo el mismo techo con

Dawson, la conduje al York Hotel, en la calle Albemarle; después, en el

mismo coche, me encaminé a la plaza Grosvenor, informando a la señora

Percival dónde estaba mi amada.

La viuda no perdió un minuto en ir a su lado, y, a media noche,

acompañado por Reginaldo, fui otra vez al hotel, porque quería darle

ciertas instrucciones sobre su esposo, recomendándole que se negara a

verlo, si llegaba a encontrarla, y también despedirme de ella, pues a

las nueve de la mañana siguiente partíamos de Charing Cross, con rumbo a

Italia.

Había resuelto, con Reginaldo, que no debíamos perder un momento más de

tiempo, ahora que me sentía suficientemente mejorado y fuerte para

viajar, y que era preciso marchar para Toscana, con el fin de averiguar

la realidad de aquel misterioso registro cifrado.

Se despidió cariñosamente de los dos, e insistió en que no nos

afligiéramos más por ella, a pesar de lo cual no pudimos dejar de notar

cuán grande era su ansiedad respecto al resultado de mi desafío a su

infame marido. Nos deseó buena suerte, rapidez en la peligrosa empresa

que íbamos a emprender, éxito completo y pronto y feliz retorno a la

patria.

XXVII

LAS INSTRUCCIONES DE SU EMINENCIA

El verde y tortuoso valle de Serchio presentaba su más alegre y bello

aspecto en el mes de mayo, la época de las flores en la vieja Italia.

Alejado, bien alejado, de las grandes rutas por donde en invierno cruzan

los numerosos turistas ingleses, americanos y alemanes, solitario e

inexplorado, visitado sólo por los sencillos _contadini_ de las

montañas, el rumoroso río serpentea formando tortuosas curvas y

caprichosos recodos, alrededor de ángulos puntiagudos, y bajo inmensos

árboles con sus copas inclinadas, en torno de grandes peñascos y piedras

enormes, gastadas y suavizadas por la acción del agua a través de los

siglos.

En estos parajes solitarios del río, cuando se lanza impetuosamente

desde los gigantescos Apeninos hacia el mar, moran, tranquilos y

contentos, sin que el ser humano perturbe su plácida existencia, el

brillante martín pescador y la majestuosa garza, sintiéndose dueños

absolutos de él.

Cuando echamos a andar, habiendo dejado el coche que nos había llevado

de Lucca al extraño puente medioeval llamado Puente del Diablo, la

pintoresca, serena y solitaria belleza campestre del paisaje nos

impresionó. El silencio era profundo, no se oía el menor ruido, a

excepción del zumbido de los millares de insectos que pululaban al sol,

y el suave rumor musical del agua, que en ese paraje se desliza

tranquila sobre su lecho rocalloso.

Mi primer impulso cuando llegamos al Universo, en Lucca, fue subir al

Monasterio y visitar a fray Antonio. Sin embargo, me parecía tan íntima

su relación con el socio de Blair, el excontramaestre Dawson, que

resolvimos explorar primero el punto señalado y hacer algunas

observaciones. Por lo tanto, a las ocho de esa mañana subimos a uno de

esos viejos y polvorientos coches toscanos de camino, cuyos caballos

llevan de adorno ruidosas campanillas, y cerca del mediodía nos

encontramos en la orilla izquierda del río, contando los cuatrocientos

cincuenta y seis pasos, como indicaba el registro secreto inscripto en

las cartas.

Le ordenamos a nuestro conductor que se volviera a esperarnos en la

pequeña posada, o bodegón, que había junto al camino y por delante del

cual acabábamos de pasar; y para evitar que nos observara de lejos,

porque sabíamos que trataría de espiar furtivamente nuestros

movimientos, nos vimos obligados, en vista de no haber una senda, a dar

una vuelta por el centro de un bosquecillo, saliendo de nuevo a la

orilla del río un poco más arriba.

Cuando estuvimos junto al agua, de pie en medio de los altos matorrales

que crecían sobre las márgenes, sólo pudimos volver la mirada hacia el

puente y calcular que estábamos como a unos cien pasos de él.

Después, marchando adelante en fila, nos abrimos camino con dificultad a

través de las altas malezas, pastizales, gigantes helechos y enmarañadas

trepadoras, avanzando lentamente hacia el puente señalado. En ciertos

parajes los árboles entrelazaban sus copas, y el brillante sol penetraba

por entre el follaje, yendo a reflejarse sus rayos sobre las rumorosas y

agitadas aguas, produciendo un lindo efecto.

Según el registro, el lugar debía quedar en campo abierto, puesto que el

sol brillaba sobre él durante una hora del mediodía, el cinco de abril y

dos horas el cinco de mayo. Estábamos en ese momento a diecinueve de

mayo, y, por lo tanto, la duración del sol sería, calculando

aproximadamente, como de un cuarto de hora más.

En ciertos sitios el río quedaba despejado y libre para recibir el sol,

mientras en otros la luz no debía poder penetrar nunca allí, pues sus

orillas eran tan altas y encajonadas que lo impedían. De las grietas de

las rocas surgían pinos de montaña y otros árboles que habían echado

raíces y crecido enormemente, doblándose sobre el río hasta casi tocar

el agua con sus ramas; de consiguiente, nuestro avance era cada vez más

lento y difícil, por las escabrosidades de la ribera, la enmarañada

vegetación silvestre y los pastizales.

Un hecho estaba demostrado: hacía mucho que nadie se había aproximado al

punto indicado, porque no encontramos la menor huella que diera a

conocer que las plantas de algunos intrusos hubiesen hollado una hoja o

destruido una sola varita.

Al fin, después que subimos a lo largo de un escarpado peñasco que

descendía abruptamente al agua, y hubimos calculado que nos hallábamos a

cuatrocientos veinte pasos del viejo puente, dimos vuelta de pronto a un

recodo del río y salimos a un espacio en donde éste se ensanchaba, aun

cuando siempre se deslizaba a cien pies o más de profundidad, de modo

que corría despejado con un ancho de cuarenta yardas, por lo menos,

mirando hacia el firmamento.

--¡Aquí debe ser!--grité con ansiosa anticipación, parándome e

inspeccionando rápidamente el paraje.--En las instrucciones dice que hay

que bajar veinticuatro escalones. Supongo que debe querer significar

escalones hechos en la roca; es preciso que los encontremos.

Y ambos empezamos a buscarlos con todo interés, pero no pudimos

descubrir ninguna huella en medio de aquella enmarañada vegetación.

--El registro dice que hay que descender hasta el punto detrás del cual

un hombre puede defenderse de cuatrocientos--exclamó Reginaldo, leyendo

una copia del original que sacó del bolsillo.--Esto parece indicar que

la entrada está en alguna estrecha grieta entre dos rocas. ¿No ves tú

algo parecido?

Miré con ansiedad en derredor, pero me vi obligado a confesar que no

distinguía nada que coincidiera con la descripción.

Tan abrupto era el obscuro peñasco de piedra caliza que bajaba hasta el

agua, que me aproximé a su borde con gran precaución, y después,

echándome de bruces, me arrastré y miré por sobre su peligrosa orilla.

Al hacerlo, se aflojó un enorme pedazo de roca y cayó al río con gran

estrépito.

Observé todo con mucho cuidado, pero no pude ver nada, absolutamente

nada, que estuviera en conformidad con lo que el antiguo bandido Poldo

Pensi había dejado registrado.

Durante media hora larga anduvimos escudriñando en vano, hasta que

comprendimos, alarmados, que, como no habíamos medido con exactitud los

pasos señalados desde el Puente del Diablo, no estábamos en el punto

preciso. Retrocedimos el camino andado, lenta y trabajosamente,

volviendo a tener que pasar por entre las malezas casi impenetrables,

desgarrando nuestras ropas e hiriéndonos, y una vez que llegamos al

puente, que era el punto de partida, emprendimos de nuevo la marcha.

Tan equivocado había sido nuestro cálculo, que a los trescientos ochenta

y siete pasos de la segunda exploración pasamos por el lugar que con

tanta minuciosidad habíamos escudriñado momentos antes, y continuando

nuestro camino, siempre adelante, nos paramos al llegar a los

cuatrocientos cincuenta y seis pasos, sobre la cima de un alto campo muy

similar al otro, aun cuando más agreste y todavía más inaccesible.

--Aquí no parece haber nada--observó Reginaldo, cuya cara estaba toda

lastimada por las malezas espinosas y chorreaba sangre.

Miré en contorno y tuve, con disgusto, que ratificar sus palabras. Los

árboles eran grandes y sombríos donde estábamos parados, inclinándose

algunos de ellos sobre la profunda quebrada por donde el río

serpenteaba. Cautelosamente nos arrastramos de bruces hasta el borde de

la roca, usando esta precaución, porque no sabíamos si la orilla estaba

podrida, e inspeccionamos el punto con mirada penetrante.

--¡Mira!--gritó mi amigo señalando un lugar que había hacia el fondo del

peñasco, a mitad de camino del profundo río, después que daba la abrupta

vuelta,--allí hay unos escalones y una senda estrecha que conduce más

abajo. ¿Y qué es aquello?

XXVIII

DESCRIPCIÓN DE UN DESCUBRIMIENTO ASOMBROSO

Miré y vi, sobre una especie de plataforma natural hecha en la roca, una

pequeña choza de piedra, cuyo obscuro techo de teja contemplábamos desde

la altura.

--Sí--exclamé,--allí están los veinticuatro escalones de que habla el

registro, no hay duda. ¿Vivirá alguien dentro de esa choza?

--Bajemos e investiguemos--indicó Reginaldo ansiosamente, y pocos

minutos después descubríamos una estrecha huella que conducía del bosque

de castaños directamente a los toscos escalones, los cuales bajaban

hasta una angosta abertura entre dos rocas. Sobre la que quedaba a la

derecha vimos, profundamente grabada en la piedra, una anticuada E

mayúscula, como de un pie de largo, y pasando por junto de ella, nos

encontramos con un cangilón peligroso y lleno de escabrosidades, que,

haciendo ziszases, conducía a la pequeña choza. La puerta cerrada y la

ventanita de hierro de aquella solitaria cabaña despertaron nuestra

curiosidad.

Un momento después, sin embargo, el misterio quedó descubierto. El

frente de la choza era ojival, y sobre la clave había una pequeña cruz

de piedra.

Era una celda de ermitaño, como tantos otros sitios antiguos de retiro y

contemplación que hay en la vieja Italia, y acto continuo, al pasar por

delante de las rocas y descender cautelosamente por la senda, abriose la

puerta, y salió de la ermita un monje, en el que reconocí, con gran

sorpresa mía, al corpulento y barbudo capuchino, fray Antonio.

--Caballeros--exclamó en italiano, saludándonos,--éste es un inesperado

encuentro, ciertamente.--y nos señaló el banco de piedra que había fuera

de la pequeña y baja choza, el cual noté que estaba hábilmente oculto

por los grandes árboles, cuyas copas se inclinaban sobre el río, de

manera que quedaba invisible de ambas márgenes del Serchio.

Cuando nos sentamos aceptando su invitación, él recogió su desteñido

hábito carmesí y se sentó a nuestro lado.

Le manifesté la sorpresa que me causaba encontrarlo allí, pero él se

sonrió, y dijo:

--¿Está usted decepcionado por no haber descubierto otra cosa?

--Esperamos conocer el secreto del cardenal Sannini--fue mi franca

respuesta, sabiendo bien que él estaba en posesión de la verdad, y

sospechando que, junto con el inglés tuerto, había sido también socio de

Blair.

Las facciones, toscas y tostadas por el sol, del monje asumieron una

expresión enigmática y confusa, porque comprendió que algo habíamos

conseguido saber, pero sin embargo vaciló interrogarnos por temor de

descubrirse a sí mismo. Los capuchinos, como los jesuitas, son

admirables diplomáticos. Indudablemente la fascinación personal que

ejercía el monje, se debía en parte a su espléndida presencia. Su cara

era hermosa, despejada, con facciones bien delineadas y enérgicas,

dulcificadas por unos ojos en que parecía brillar la luz de la perpetua

juventud, con una cándida expresión modesta.

--Entonces ha recuperado usted el registro--observó al fin, mirándome

fijamente a la cara.

--Sí, y como lo he leído--contesté,--he venido aquí a investigarlo y

reclamar el secreto que me ha sido legado.

Respiró con fuerza, nos miró un momento a los dos, y sus negras cejas

cargadas se contrajeron. Hacía calor donde estábamos sentados, porque el

brillante sol italiano caía de plano sobre nosotros; por lo tanto, sin

responderme, se levantó y nos invitó a entrar en su pequeña celda

fresca, pieza cuadrada y desnuda, con piso de tabla, cuyo mobiliario se

componía de una cama de madera, baja y anticuada, con un pedazo de una

vieja colcha obscura por cobertor, un _priedieu_ Renacimiento, de roble

antiguo tallado, ennegrecido por el uso y el tiempo, una silla, una

lámpara de colgar, y en la pared un gran crucifijo.

--¿Y el señor Dawson?--preguntó al fin, cuando Reginaldo se hubo sentado

en la orilla de la cama y yo en la silla.--¿Qué es lo que él dice?

--No tengo necesidad de pedirle su opinión--repliqué rápidamente.--Por

la ley el secreto del cardenal es mío, y nadie puede disputármelo.

--Salvo su actual poseedor--fue su tranquila observación.

--Su actual poseedor no tiene derecho sobre él. Burton Blair me lo ha

regalado, y por consiguiente es mío--declaré.

--Yo no disputo eso--contestó el monje.--Pero como guardián del secreto

del cardenal, tengo derecho de saber cómo ha venido a sus manos el

registro inscripto en las cartas, y cómo ha conseguido usted la clave de

la cifra.

Le referí exactamente todo lo que deseaba saber, y cuando se hubo

cerciorado, exclamó:

El tesoro misterioso · 第 15 / 17 段