--Me hizo notar marcadamente--continuó,--cómo Dawson, el más íntimo

amigo de mi padre, había sido testigo del crimen, y me encontré tan

completamente perdida en sus poco escrupulosas manos, como también vi

comprometida la reputación del autor de mis días, que, después de una

semana de inútil resistencia, me vi obligada a aceptar las condiciones

impuestas y consentir en ese odioso casamiento. Desde ese momento, aun

cuando en el acto que concluyó la ceremonia nupcial, me volví a casa,

quedé completamente bajo su poder, y a cada nueva exigencia tenía que

darle dinero, dinero que arrancaba por medio de amenazas. Después que

consiguió asegurarme como su víctima, se revelaron casi instantáneamente

sus verdaderos instintos, que eran los de un hombre que vive a fuerza de

sus infamias y para quien el corazón de una mujer no tiene valor alguno,

y desde entonces hasta ahora, aunque el mundo creía que era soltera, y

asistía como niña a todas las fiestas y reuniones del más brillante

círculo de Londres, he vivido, sin embargo, constantemente presa de un

terror pánico del hombre que por la ley era mi esposo.

Se calló para poder respirar y tomar aliento, y noté que hasta sus

labios estaban blancos y temblaba de pies a cabeza.

--Felizmente--continuó al fin,--pudo usted salvarme; de otro modo, el

complot habría tenido éxito en todos conceptos.

Hasta ayer ignoraba por completo el verdadero móvil que había existido

para obligarme a este casamiento, pero, ahora que lo he descubierto, veo

cuán hábil y astuta ha sido la mente que lo ingenió. Herberto me buscó

desde un principio, según parece, porque había oído al anciano señor

Hales hacer una observación casual sobre la misteriosa y gran fortuna de

mi padre. Como era un aventurero, calculó que podía contraer enlace

conmigo, teniendo en cuenta que era la única heredera de esas grandes

riquezas.

Hacía un mes que nos conocíamos, cuando, inesperadamente, llegó Dawson

de Italia, parando con nosotros en Mayvill, durante unos pocos días, y

una tarde que andaba cazando pichones silvestres, nos vio paseando

juntos por la orilla del bosque que rodea el parque.

En el acto que nos vio, trazó su diabólico plan, y al día siguiente se

entregó a hacer investigaciones sobre Hales, y cuando se hubo cerciorado

del carácter y condiciones del individuo, se vio con él e hizo un

curioso pacto, dando por resultado que, si Dawson arreglaba los asuntos

de tal manera que se efectuara un casamiento secreto entre Hales y yo,

recibiría, en caso de la muerte de mi padre la suma de dos mil libras al

año, en lugar de presentarse reclamando derechos en los bienes dejados a

favor de su esposa.

Le hizo notar a Hales que por medio del casamiento secreto conmigo,

tendría una fuente de constantes recursos, como que yo no me negaría a

satisfacer sus exigencias de dinero, porque, si yo revelaba el secreto

de nuestra unión para acabar de una vez con sus exigencias, él,

entonces, podría ocupar en el acto su lugar verdadero como esposo legal

de la hija del millonario.

Después de combinado este plan, le refirió a Hales muchos hechos ciertos

sobre la vida de mi padre en el mar, con el fin de confundirme y

engañarme mejor, pero agregó esa acusación falsa que yo, al verla

corroborada por él, tuve la desgracia de creer, es decir, que mi padre

había cometido un asesinato para obtener ese pequeño paquete de cartas

con el secreto cifrado. Dawson, que rápidamente conoció la clase de

hombre que era Hales, le ayudó ocultamente a tenerme bajo su poder, cosa

que yo ignoraba por cierto. El móvil que tuvo para hacer este

casamiento, en tan terribles circunstancias para mí, fue de largo

alcance y previsión. Comprendió que, si me unía al hombre que amaba, mi

esposo, a la muerte de mi padre, se preocuparía de asegurar mis derechos

como heredera y cuidar de mis intereses, mientras que, siendo la esposa

de Hales, yo me aterraría a la sola idea de que se pudiera saber mi

_mésalliance_ matrimonial, y, como a su vez lo tenía completamente

dominado por este convenio, él obtendría, al fin, el objeto que

perseguía: la posesión de toda la fortuna de mi padre.

Sabía muy bien, por cierto, que siendo uno de los conocedores del

secreto, el cual sabemos hoy que lo constituye el tesoro del Vaticano,

era indispensable que mi padre dejara en sus manos la administración de

mis bienes, y, por lo tanto, tomó todas las precauciones para asegurar,

a su muerte, la completa posesión de ellos. La manera ingeniosa de que

se valió para informar secretamente a Hales de ciertos datos que creía

que sólo mi padre y yo conocíamos, el modo perspicaz y sutil cómo

corroboró su propia invención, afirmando que mi padre era culpable de un

crimen, y la reserva y sigilo con que ayudó a Hales para que se casara

conmigo ejerciendo presión en mi ánimo, han sido verdaderas maravillas,

según veo ahora, de una hábil conspiración infame. Yo temía, no, estaba

convencida de que el terrible secreto de mi padre que conocía Hales, era

una espantosa verdad, y sólo anteayer he conseguido, con la ayuda del

anciano señor Hales, descubrir, en una calle del bajo de Grimsby, a un

hombre de apellido Palmer, exmarinero del buque «Annie Curtis», el cual

estuvo presente cuando murió el italiano. Me ha dicho que la acusación

contra mi padre es absolutamente falsa; que, al contrario, fue el más

bondadoso y mejor amigo de ese hombre, y que, en reconocimiento de esto,

el italiano le regaló la pequeña bolsita de gamuza con las cartas

cifradas. Mis recelos y temores de que el secreto había sido obtenido

por medios infames, han quedado, al fin, enteramente disipados; y la

mancha que pesaba sobre la memoria de mi pobre padre ha desaparecido.

--¿Y el misterio de su muerte?--le dije, asombrado de esta notable

revelación de estratagemas y de engaños.

--¡Ah!--suspiró,--he cambiado de opinión. Murió de causas naturales,

pero justamente en el momento en que se iba a llevar a cabo un atentado

secreto contra su vida. Herberto Hales, a quien mi padre no conoció, y

Dawson, se embarcaron en el mismo tren en que él partió para Manchester,

y no tengo la menor duda de que tenían intención, si la oportunidad se

les presentaba, de herirlo con el mismo cuchillo fatal con que más tarde

se llevó a cabo el atentado contra usted. La muerte, sin embargo, les

arrebató su víctima.

--Pero, ¿qué es de ese bribón que la cruel suerte le deparó como esposo?

--El Juicio Divino lo ha juzgado--fue su contestación casi mecánica.

--¡Qué!--balbucí lleno de ansiedad.--¿Ha muerto?

--La noche que usted partió de Londres tuvo una cuestión con Dawson, y

otra vez el tuerto demostró su notable astucia, porque, con el fin de

librarse de Hales y hacer desaparecer los hechos deshonrosos que éste

conocía, parece que informó confidencialmente a la policía de un robo

cometido después de las carreras en Kempton Park, hace cerca de un año y

que dio por resultado la muerte del damnificado, pues para robarle una

gran suma de dinero que llevaba consigo, fue gravemente herido. Dos

detectives se trasladaron a las habitaciones de Hales, en la calle Lomer

Seymour, como a las dos de la mañana, pero él, comprendiendo que Dawson

había cumplido su amenaza, se encerró y aseguró bien las puertas.

Cuando, al fin, consiguieron echar una abajo, lo encontraron tendido en

el suelo, completamente muerto, con un revólver a un lado.

--¡Entonces, es usted libre, Mabel, libre para casarse conmigo!--grité,

casi fuera de mí de alegría.

Ella bajó la cabeza y contestó, en una voz apenas perceptible:

--No, Gilberto, no lo merezco; soy indigna de eso. Lo he engañado.

--Lo pasado ha pasado, y está todo olvidado--exclamé, tomando su mano y

agachándome hasta que mis ardientes y apasionados labios tocaron los

suyos.--¡Es usted mía... sólo mía, Mabel!--grité.--Esto es, por cierto,

si se atreve a depositar su porvenir en mis manos.

--¡Si me atrevo!--repitió, sonriéndose a través de las lágrimas, que

llenaban sus ojos.--¿No he confiado en usted en estos cinco años? ¿No ha

sido usted, acaso, mi mejor amigo desde la noche en que por primera vez

nos conocimos, hasta este momento?

--¿Pero siente usted por mí, queridísima Mabel, suficiente

estimación?--le pregunté, profundamente conmovido por sus

palabras.--Quiero decir, ¿me ama?

--Sí, Gilberto, le amo--balbució, bajando los ojos modestamente.--Es al

único hombre que he amado en toda mi vida.

Entonces la estreché contra mi pecho, y en esos momentos de éxtasis le

repetí a mi amada la vieja historia de amor tantas veces referida, y que

todo hombre en el mundo repite a la elegida de su corazón, a la mujer

ante quien se postra en adoración.

--¿Y qué más necesito decir? Una deliciosa sensación de placer hacía

palpitar mi corazón. ¡Era mía, mía para siempre! Estaba convencido de

que durante todos los terribles sufrimientos por que había pasado, me

había sido siempre sincera y leal. Ella, ¡pobrecita! había sido, como su

padre, la inocente víctima del ingenioso aventurero Dawson y del joven

bribón y sin escrúpulos que había sido su instrumento, los cuales la

habían persuadido, por medio de engaños y de amenazas, a que consintiera

en ese fatal casamiento, con el fin de poseer, después, toda la enorme

fortuna de Blair.

La suerte, sin embargo, les fue adversa, y en vez de triunfar, su propia

avaricia e ingenio les dio por resultado verse derrotados, y, al mismo

tiempo, me colocó a mí en la posición que ellos habían tenido la

intención de ocupar.

CONCLUSIÓN

Mabel y yo estamos ya casados, y no hay, ciertamente, en todo Londres,

una pareja tan verdaderamente feliz como nosotros.

Después de las tempestades y embates de la vida nos ha sido concedida

una tranquilidad plácida y dichosa. El fiel Ford ha vuelto a nuestro

lado, como mi secretario, y frecuentemente nos burlamos de Reginaldo,

que ha vendido su negocio de encajes, por su profunda admiración por

Dolly Dawson, la que, a pesar de ser hija de un aventurero, es una niña

muy encantadora y modesta, me veo obligado a confesarlo, y estoy seguro

de que será una excelente compañera para mi antiguo condiscípulo y viejo

amigo.

El otro día le preguntó, con la mayor reserva, a la señora Percival, que

reside con nosotros en Mayvill, si creía que Mabel tomaría a mal que él

se declarara a Dolly. Se ve, pues, que sus pensamientos se encaminan,

evidentemente, a las sendas matrimoniales.

El anciano Hales vive siempre en las Encrucijadas de Owston, y hace

poco que vino a Londres, acompañado de su esposa, a hacernos una larga

visita.

En cuanto al secreto del cardenal, hasta hoy no se ha traslucido nada,

el público no lo conoce, pues está demasiado bien guardado por nosotros.

Delante de la entrada del gran depósito de las fabulosas riquezas vive

aún el grave monje de barba negra, hábito desteñido y usado, fray

Antonio, el amigo de los pobres de Lucca, dividiendo su vida solitaria

entre la meditación y atender las necesidades de los desamparados de la

fortuna de esa populosa ciudad que se levanta en el verde valle toscano.

La iglesia de Roma tiene buena memoria. Durante años ha dado toda clase

de pasos, según parece, para ver de descubrir y recuperar el gran tesoro

que Pío IX le dio a Sannini, su favorito. La presencia de monseñor

Galli, de Rimini, su entrevista clandestina con Dolly, fue, como hemos

sabido después por propia confesión de ella, para ver de cerciorarse de

algunos datos concernientes a los últimos actos y movimientos de su

padre, pues se había sabido que pocos meses antes había vendido en

París, a un comerciante en el ramo, el histórico crucifijo de piedras

preciosas usado por Clemente VIII, que fue depositado en el tesoro del

Vaticano después de su muerte, el año 1665.

Muchos hombres de la City están al tanto de la gran fortuna que ha

venido a mis manos, y es probable que muchos de los que lean esta

historia conozcan también la blanca fachada de una de las grandes

mansiones de la plaza Grosvenor; pero, ciertamente, nadie conoce los

extraños hechos que por primera vez he estampado en letras de molde.

Hace como un mes que me hallaba sentado en la silenciosa y pequeña celda

que tan hábilmente oculta la vasta riqueza de la cual soy hoy el único

dueño y que me ha colocado entre los millonarios de Inglaterra,

relatándole a fray Antonio los detalles de la trágica historia de Mabel

y cuán cruelmente había sido víctima de tanta infamia, y al hacerlo, di

rienda suelta a mis pensamientos, expresándome con franqueza sobre la

acción cobarde del hombre que se había hundido en las profundidades del

río subterráneo; pero el bondadoso monje, de rostro curtido y arrugado,

levantó su mano, y, señalándome el gran crucifijo que había colgado en

la pared me dijo con su voz tranquila:

--No, no, señor Greenwood. El odio ni la malicia no deben albergarse en

el corazón del hombre honrado. Recordemos más bien esas palabras

divinas: «Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a

nuestros deudores.» ¡Cómo nosotros perdonamos! Por lo tanto, perdonemos

al inglés tuerto, al hombre que tanto mal hizo, pero que ya no existe.

FIN

End of Project Gutenberg's El tesoro misterioso, by William Tufnell Le Queux

El tesoro misterioso · 第 17 / 17 段