justamente en el punto por donde es más seguro ver pasar, a esa hora, a
las figuras políticas más prominentes del día, ya para sus diferentes
oficinas, o ya en camino al parlamento, donde iba a abrirse la sesión.
En rápida sucesión pasaron hacia la puerta Storey un ministro del
gabinete, dos pares del partido liberal, un conservador y un
subsecretario.
Reginaldo, que tanto interés tomaba en la política, y a menudo había
ocupado un asiento en la galería de las cámaras, me mostraba los
políticos que iban pasando; pero mis pensamientos estaban en otra parte,
habían volado hacia donde se hallaba mi amor perdido. Ahora que la
señora Percival me había revelado cuáles eran los verdaderos
sentimientos de Mabel, comprendía qué necio había sido en tratar de
fingir indiferencia hacia ella, aparentando todo lo contrario de lo que
en realidad existía en mi corazón. Había sido un gran tonto, y lo estaba
pagando cruelmente.
Durante las semanas que había estado confinado en mi dormitorio, había
conseguido hacerme de un buen número de libros, y descubierto ciertos
hechos y datos concernientes al difunto cardenal que en cambio de su
libertad había tenido que revelar su secreto.
Andrea Sannini, según parece, era natural de Perugia, llegó a arzobispo
de Bolonia, y luego se le otorgó el capelo cardenalicio. Pío IX, de
quien era gran favorito, lo designó para varias misiones delicadas ante
diferentes potencias, y como demostró en su calidad de diplomático
poseer una notable penetración y viveza, el Papa lo hizo tesorero
general, como también director de los museos y galerías de fama
universal del Vaticano. Fue una de las figuras más distinguidas y
poderosas del Colegio de cardenales, según parece, y con motivo de la
entrada de las tropas italianas en la Ciudad eterna el año 1870,
adquirió una extraordinaria prominencia por la parte que tomó en ella. A
la muerte de Pío IX, ocho años después, se creyó que sería designado
como su sucesor, pero la elección recayó en su colega, el cardenal
Pecci, que pasó a ser el Papa León XIII.
Estaba preocupado en todos estos datos que había conseguido después de
muchísimo trabajo y pesada lectura, cuando Reginaldo exclamó de pronto,
en voz baja:
--¡Mira, allí viene la hija de Dawson acompañada por un hombre!
Miré rápidamente en la dirección indicada y vi, cruzando el puente que
atraviesa el lago y aproximándose hacia donde nosotros estábamos, una
figura de mujer bien vestida, con una chaqueta elegante de pieles y una
preciosa cofia, y a su lado un hombre alto y delgado, de traje negro.
Dolly Dawson caminaba tranquilamente, conversando y riendo, mientras él
de cuando en cuando se inclinaba a su oído y le hacía algunas
observaciones. Al levantar la cabeza y extender la mirada a través del
lago, vi asomar sobre su sobretodo un cuello clerical y un pedacito de
tela púrpura. Aquel hombre era evidentemente algún canónigo u otra
dignidad de la iglesia católica.
Sería como de unos cincuenta y cinco años, de cabellos grises, bien
afeitado y llevaba puesto un sombrero de copa de una forma algo
eclesiástica; era en conjunto un hombre de aspecto más bien agradable, a
pesar de sus delgados labios sensitivos y de su cara de una palidez
ascética.
En el acto se me ocurrió que debían haberse reunido clandestinamente y
andaban por allí para evitar que en la calle los pudieran reconocer. El
sacerdote parecía tratarla con estudiada cortesía, y noté sus ligeras
gesticulaciones al hablar, lo cual me hizo creer que era extranjero.
Le transmití mi pensamiento a Reginaldo, y éste me contestó:
--Hay que vigilarlos, viejo. No nos deben ver aquí. Desearía que se
dirigiesen por el lado contrario.
Los seguimos con la vista durante un momento, temerosos de que, habiendo
cruzado el puente, se dieran vuelta hacia donde nosotros estábamos, pero
felizmente no lo hicieron, pues tomaron a la derecha costeando la orilla
del lago.
--Si ese sacerdote es italiano, entonces debe haber venido expresamente
de Italia para entrevistarse con ella--observé.--Porque desde el momento
que había hablado con fray Antonio, parecía existir una curiosa conexión
entre el secreto del cardenal fallecido y la iglesia de Roma.
--Es preciso averigüemos y sepamos lo que hay de verdad--observó
Reginaldo.--Pero tú no debes permanecer más tiempo aquí. Se está
poniendo demasiado frío para ti--añadió, poniéndose de pie de un
salto.--Mientras tú te vuelves a casa, yo los seguiré.
--No--le dije.--Caminaré un poco contigo. Estoy interesado en este
juego,--y levantándome también, introduje mi brazo en el suyo y emprendí
la marcha apoyado en mi bastón.
Caminaban muy juntos, embargados en una animada conversación. Por las
rápidas gesticulaciones del sacerdote, la manera cómo sacudía, primero,
sus dedos apretados, y luego alzaba su mano abierta y tocaba su
antebrazo izquierdo, podría haber afirmado que estaba hablando de algún
secreto, cuyo poseedor había desaparecido. Si uno conoce bien el
italiano, puede seguir hasta cierto punto el tema de la conversación por
los gestos, pues cada uno de éstos tiene su significado particular.
Andando con la mayor rapidez que me fue posible, conseguimos poco a poco
acercarnos, porque habían acortado el paso e iban con relativa lentitud.
El sacerdote llevaba la palabra y hablaba con vehemencia, como tratando
de persuadir a la hija del contramaestre del «Annie Curtis», para que
procediese en el sentido que le indicaba.
Ella parecía pensativa, silenciosa e indecisa. Una vez se encogió de
hombros, y se retiró de él, dándose vuelta como en actitud de desafío,
pero en el acto el astuto sacerdote fue todo sonrisas y disculpas.
Hablaban, no había duda, en italiano, para que así los transeúntes no
pudieran entender su conversación. Noté que sus ropas eran de corte
marcadamente extranjero y que sus zapatos eran bajos, aun cuando les
había quitado las brillantes hebillas de acero.
En el momento que aparecieron cruzando el puente, ella venía riéndose
alegremente de alguna observación de su compañero, pero ahora toda su
alegría parecía haber desaparecido por completo y haberse dado cuenta
del verdadero objeto de la misión de aquel extranjero. La senda que
habían seguido conducía a la Horse Guard's Parade, y comprendiendo un
momento después que mi debilidad no me permitiría caminar más, me vi
obligado a volverme hacia las gradas de la columna de York, dejando solo
a Reginaldo para que observase todo cuanto pudiese.
Volví a casa completamente exhausto y helado, pues, a pesar de haber
llevado puesto mi gran sobretodo de lana, que usaba para los paseos en
coche cuando estaba en Helpstone, no había podido evitar que se colara
el viento frío y cortante. Permanecí dos horas completas sentado junto
al fuego para reparar lo perdido, hasta que al fin volvió mi amigo.
--Los he seguido por todas partes--explicó, dejándose caer en un sillón
que había enfrente de mí.--Es evidente que él la ha amenazado, y ella le
tiene miedo. Cuando llegaron a Horse Guard's Parade, doblaron otra vez
por Birdcage Walk y luego cruzaron el parque Green. Después la ha
acompañado en coche a una de las tiendas de Fuller en la calle Regent.
Parece que el sacerdote tiene un terror pánico a ser conocido, y antes
de abandonar el parque Green, levantó el cuello de su sobretodo, para
ocultar ese pedacito de púrpura que asomaba.
--¿Has descubierto su nombre?
--Lo seguí hasta el Saboya, que es donde para. Allí ha registrado su
nombre como monsignore Galli, de Rimini.
Nuestras informaciones al respecto acababan aquí. Bastaban, sin embargo,
para demostrar que el sacerdote estaba en Londres con un propósito fijo,
probablemente para persuadir a la hija de el Ceco de que le diera
ciertos informes que deseaba conocer vehementemente, y que tenía la
intención de obtener por medio de ciertos datos importantes que poseía.
Pasaron varios días lluviosos y sombríos, y Bloomsbury presentaba su
aspecto más melancólico. No había podido descubrir la menor huella de mi
amor desaparecido, ni conseguir ningún otro dato de monsignore, el
sacerdote de blancos cabellos. Parece que éste había abandonado el
Saboya a la tarde siguiente, retornando, no hay duda, al Continente,
pero ignorábamos si había tenido o no éxito en su misión.
Dolly Dawson, con quien Reginaldo había entablado una especie de
agradable amistad, más con el propósito de poderla observar e interrogar
que por otra cosa, vino a vernos para informarse de mi salud y saber si
habíamos conseguido alguna noticia sobre el paradero de Mabel. Su
padre--nos dijo,--habíase ausentado por varios días de Londres, y ella
iba a partir para Brighton, a visitar una tía.
¿Sería posible que Dawson, habiendo tenido conocimiento de mi buen
resultado en la solución del enigma cifrado, hubiera partido para Italia
con el fin de salvar el secreto del cardenal y arrebatárnoslo? Hora por
hora anhelaba recuperar todas mis fuerzas para poder partir hacia el
sitio señalado a orillas del Serchio, pero me encontraba detenido dentro
de aquellas estrechas habitaciones por mi terrible debilidad.
Pasaron cuatro largas y espantosas semanas de martirio, hasta que llegó
mediados de mayo, y pude tener suficientes fuerzas para salir solo a
caminar y dar unos cortos paseos por la calle Oxford y sus alrededores.
El testamento de Burton Blair había sido ya aprobado, y Leighton nos
manifestó, en las varias veces que nos visitó, el descuido, e
indiferencia con que el tal Dawson manejaba los bienes.
Que el aventurero estaba en comunicación secreta con Mabel lo probaba el
hecho de que ciertos cheques firmados por ella habían pasado por sus
manos para ir al Banco; sin embargo, aun cuando parezca muy extraño,
aparentaba completa ignorancia al respecto y declaraba no saber dónde se
encontraba.
Dawson estaba ya de vuelta en la mansión de la plaza Grosvenor, cuando
un día, a eso de las doce, Glave hizo pasar a mi presencia a Carter.
Conocí por su semblante la agitación que lo dominaba, y apenas entró,
después de saludarme respetuosamente, exclamó:
--¡He conseguido descubrir la dirección de la señorita Mabel, señor!
Desde que ella abandonó la casa no he perdido de vista las cartas
enviadas al correo, como el señor Ford me había indicado que lo hiciera;
pero el señor Dawson no le ha escrito nunca hasta esta mañana, que por
casualidad, creo yo, envió una carta al correo dirigida a ella, entre un
número de otras que entregó al mensajero. Está en Mill House, Church
Enstone, cerca de Chipping Norton.
Lleno de alegría, di un salto y me puse en pie; le agradecí la noticia,
ordené a Glave que le diera de beber y partí de Londres para Owfordshire
por el tren de la una y media.
Antes de las cinco hallé a Mill House, casa sombría y anticuada, que
quedaba detrás de un alto seto de bojes que había en la calle de la
aldea en Church Enstone, sobre el camino real de Aylesburg a Stratford.
Delante de la casa se extendía un pequeño prado, alegre y brillante con
sus canteras de tulipanes y fragantes narcisos.
Una criada de burdo lenguaje me abrió la puerta e hízome pasar a una
pieza baja, pequeña y anticuada, donde sorprendí a mi amada sentada en
una gran silla de brazos, en actitud triste, leyendo.
--¡Señor Greenwood!--tartamudeó, levantándose rápidamente, pálida y sin
aliento--¡usted! ¡usted aquí!
--Sí--contesté, cuando la sirvienta hubo cerrado la puerta y quedamos
solos.--¡Al fin la he encontrado, Mabel... al fin!--Y, avanzando, tomé
tiernamente sus dos manecitas entre las mías. Después, dominado por el
éxtasis de aquel momento de placer, la miré de fijo a los ojos,
exclamando:--Ha tratado de huir de mí, pero hoy la he vuelto a
encontrar. He venido, Mabel, a confesarle con franqueza, a decirle... a
decirle, mi queridísima Mabel, que... que la amo!
--¡Que me ama!--gritó, espantada, dando un salto atrás, y apartándome de
su lado con sus dos blancas y pequeñas manos.--¡No! ¡No!--gimió.--Usted
no debe... no puede amarme. ¡Es imposible!
--¿Por qué?--le pregunté rápidamente.--La he amado desde aquella primera
noche que nos conocimos. Ciertamente que usted debe haber descubierto
hace mucho tiempo el secreto de mi corazón.
--Sí--tartamudeó,--lo he conocido. Pero ¡ay! ¡es demasiado tarde...
demasiado tarde!
--¿Demasiado tarde?--exclamé.--¿Por qué?
Quedó callada. Su semblante cubriose de una repentina palidez mortal y
hasta sus labios se pusieron blancos: luego la vi temblar de pies a
cabeza.
Repetí mi pregunta gravemente, con mis ojos fijos en ella.
--Porque--contestó al fin lentamente, en una voz trémula y tan baja, que
apenas pude oír las fatales palabras que pronunció--¡porque ya estoy
casada!
--¡Casada!--exclamé tartamudeando y quedándome rígido.--¡Y su esposo!
¿Cómo se llama?
--¿No adivina usted?--me preguntó.--¿No lo sospecha? El hombre que ya ha
tenido oportunidad de conocer: Herberto Hales.
Sus ojos estaban bajos como avergonzados, mientras su barba fina
descansaba abatida sobre su pecho jadeante.
XXV
EL NOMBRE SAGRADO
¿Qué podía yo decir? ¿Qué habrían dicho ustedes?
Me quedé silencioso. No supe qué palabras emitir. ¡Ese joven
caballerizo, ese bribón, hijo del respetable y anciano marino que pasaba
las tardes de sus plácidos días sentado a la puerta de su casa de las
Encrucijadas, era, en efecto, el esposo de la hija del millonario!
Parecía completamente increíble, sin embargo, al recordar aquella escena
de media noche en el parque de Mayvill; en el acto reconocí cuán
impotente y desamparada se hallaba en las manos de ese vulgar y
arrogante gañán, de ese infame campesino, que, en un momento de loco
frenesí, había cometido aquel desesperado y furioso atentado contra la
vida de Mabel.
Reconocí también que hacía mucho tiempo que el amor, si es que existió
alguna vez, había desaparecido entre ellos, y que la única idea que
dominaba en el pensamiento de ese hombre, era sacar provecho de su unión
con ella, abusar y explotarla vilmente, como tantas mujeres ricas y de
elevada posición son en este mismo momento víctimas de iguales
infortunios en Inglaterra. Como un relámpago acudió a mi mente el
recuerdo de su negativa de perseguir y castigar a este hombre infame
por el cobarde atentado contra su vida, y la razón se manifestó entonces
clara y concluyente.
¡Era su esposa!
El solo pensamiento me produjo un espasmo de celos, dolor y odio, porque
la amaba con toda la pasión sincera y honrada de que es capaz un hombre
de bien. Desde que la señora Percival me había revelado la realidad,
sólo había vivido para ella, pensando en volverla a encontrar y
declararle francamente mi amor.
--¿Es esto cierto?--le pregunté al fin en una voz cuya aspereza no pude
reprimir. Tomé su mano fría e inerte entre las mías y contemplé su
hermosa cabeza caída.
--¡Ay de mí! desgraciadamente lo es--fue su débil contestación.--Es mi
esposo; por consiguiente, todo amor entre nosotros está
excluido--añadió.--Ha sido usted siempre mi amigo, señor Greenwood, pero
ahora que me ha obligado a confesarle la realidad, nuestra amistad ha
terminado.
--¿Y su esposo está aquí con usted?
--Ha estado--respondió,--pero se ha ido.
--Supongo que abandonó usted Londres secretamente para reunirse a él,
¿no es así?--observé con amargura y acritud.
--Porque me lo pidió. Deseaba verme.
--¿Para obtener dinero a fuerza de amenazas, como intentó hacerlo esa
noche memorable en Mayvill?
La pálida y abatida niña movió afirmativamente la cabeza.
--He venido a vivir en esta casa, pero pagando--explicó.--Isabel Wood,
una antigua condiscípula, vive aquí con su madre. Las dos creen que he
hecho un casamiento secreto, contrariando a los míos, para lo cual he
tenido que fugarme del hogar, y en estos dos últimos años han sido
extraordinariamente bondadosas conmigo.
--¡Entonces hace dos años que está usted casada!--exclamé lleno de
sorpresa y confusión, verdaderamente asombrado de ver la manera cómo
había sido engañado.
--Sí, hace casi dos años. Nos casamos en Wymondham, en el condado de
Norfolk.
--Cuénteme toda la historia, Mabel--la insté, después de una pausa
prolongada, esforzándome por conservar una fingida calma exterior, que
no coincidía ciertamente con mis sentimientos más íntimos y profundos.
Su pecho se levantaba y bajaba jadeante debajo de sus encajes y
chiffons, sus grandes ojos maravillosos brillaban llenos de lágrimas.
Durante largos cinco minutos permaneció dominada por la emoción y sin
poder articular una palabra. Al fin, en una voz baja, enronquecida,
dijo:
--No sé lo que pensará usted de mí, señor Greenwood. Estoy avergonzada
de mí misma, y de la manera cómo lo he engañado. Mi única disculpa puede
concentrarse en estas dos palabras: era imperativo. Me casé obligada por
una terrible cadena de circunstancias, que usted sólo comprenderá cuando
la luz se haga, cuando conozca toda la verdad.--Y volvió a quedar
callada.
--¿Pero no me la dirá usted ahora?--insistí.--Como su mejor amigo, como
el hombre que la ha amado sinceramente, creo que tengo derecho a
conocerla.
Movió la cabeza con amarga tristeza, y, mirándome a través de sus
lágrimas, respondió brevemente:
--Ya se la he dicho. Estoy casada. Sólo puedo pedirle perdón por haberlo
engañado y manifestarle que me he visto obligada a hacerlo.
--¿Quiere usted decir que se ha visto precisada a casarse con él?
¿obligada por quién?
--Por él--tartamudeó.--Hace dos años que una mañana salí sola de Londres
y me reuní con él en Wymondham, donde previamente había estado parando
por espacio de quince días, mientras mi padre estaba pescando. Herberto
me recibió en la estación, y nos casamos secretamente, actuando como
padrinos dos hombres desconocidos, elegidos a la ventura. Después de
celebrada la ceremonia, nos separamos. Me saqué el anillo y volvime
a casa. Esa noche dábamos una comida, y entre los comensales estaba
usted, lord Newborough y lady Rainham; después concurrimos al Haymarket.
¿No lo recuerda? Cuando estábamos sentados en el palco, me preguntó por
qué me encontraba tan triste y pensativa, y yo me disculpé diciéndole
que tenía un fuerte dolor de cabeza. ¡Ah! ¡si hubiera usted sabido!
--Recuerdo esa noche perfectamente--le dije, compadeciéndola.--¿Fue
aquélla entonces la noche de su casamiento? Pero ¿cómo la obligó a que
se casara con él? Las razones que lo impulsaron, son demasiado claras,
por cierto. Quería sacar ventaja, no hay duda, ya fuera por el hecho de
que usted no podría consentir que se supiera que era la esposa de un
hombre vulgar, de un cuidador de caballos, o ya porque tenía la
intención de entrar en posesión de su dinero a la muerte de su padre.
Ciertamente que no es el suyo el primer casamiento de esta clase que se
ha celebrado--añadí, con un sentimiento de espanto y confusión.
En el mismo momento en que mis esperanzas habían llegado al más alto
grado y parecían próximas a ver realizados sus ensueños, debido a la
declaración de la señora Percival, había caído el golpe terrible sobre
ellas, y comprendí en el acto que era imposible todo amor entre
nosotros. Mabel, la mujer a quien había amado con tanta pasión y
ternura, era la esposa de un rústico campesino bruto que con sus
amenazas la martirizaba hasta la locura, y que, como ya lo había
demostrado, no vacilaría ante nada con el fin de conseguir sus
despreciables fines.
El estado de mi ánimo y sentimientos era indescriptible. No tengo
palabras para poder dar una idea adecuada de las emociones encontradas
que destrozaban mi corazón, ni cómo lo torturaban cruelmente. Hasta ese
momento había estado bajo mi protección, pero, ahora que ya sabía que
era la esposa de otro, no tenía derecho para ejercer contralor sobre sus
actos, no tenía derecho para admirarla, ni tampoco lo tenía para amarla.
¡Ah! si alguna vez se ha sentido un hombre desesperado, abatido y
desengañado; si ha comprendido cuán inútil y sin objeto ha sido su vida
triste y solitaria, ese hombre he sido yo.
Intenté persuadirla de que me contara cómo ese rústico campesino la
había obligado a que se casara con él, pero las palabras se anudaron en
mi garganta y la emoción me ahogó. Las lágrimas debieron agolparse en
mis ojos, supongo, porque con un impulso de súbita simpatía, una
explosión de ternura femenina que vibraba tan fuertemente dentro de su
noble ser, colocó su mano cariñosamente sobre mi hombro y dijo, en una
voz tranquila, serena y baja:
--No podemos revocar lo pasado, ¿para qué entonces pensar en ello?
Proceda como le pedí en mi carta que lo hiciera. Perdóneme y olvide.
Déjeme con mis penas. Ahora sé que me ha amado, pero es...
No pudo terminar la frase, porque se bañó en lágrimas.
--Sé lo que quiere usted decir--le dije confundido.--Demasiado tarde...
sí, demasiado tarde. Nuestras dos existencias han sido destruidas por mi
necedad... porque le oculté lo que como hombre sincero y honrado debía
habérselo dicho hace ya mucho tiempo.
--No, no, Gilberto--gritó, llamándome por mi nombre por la primera
vez,--no digo eso. La culpa no es suya, sino mía... mía--y se cubrió la
cara con las manos y sollozó fuerte y melancólicamente.
--¿Dónde está su marido... o más bien dicho, ese hombre que intentó
matarla?--le pregunté fieramente pocos minutos después.
--En algún punto del Norte, según creo.
--¿Y cuándo estuvo aquí con usted?
--Hace una semana que vino y permaneció un par de horas.
--¡Pero no es posible que siga abusando de usted de este modo! ¡Si no
puedo seguir siendo su amante, puedo, sin embargo, ser siempre su
campeón, Mabel!--grité lleno de decisión.--En adelante tendrá que
arreglárselas conmigo.
--¡Ah, no!--tartamudeó, volviéndose hacia mí con recelo y temor.--No
debe usted hacer nada. De otra manera podría él...
--¿Qué podría él hacer?
Quedó callada, contemplando por la abierta ventana, sin objeto ni
interés, los anchos prados que se extendían delante de su vista,
nebulosos y silenciosos en medio de la obscuridad del crepúsculo.
--¡Puede--dijo en voz baja y cortada,--puede decir al mundo la verdad!
--¿Qué verdad?
--La que él sabe... por medio de la cual me obligó a ser su esposa,--y
se llevó la mano al pecho, como para detener los terribles latidos de su
tierno corazón.
Intenté persuadirla de que me revelara el secreto, que confiara en mí
sus cuitas, dado que era su más fiel y sincero amigo, pero se negó.
--No--exclamó en voz cortada,--no me lo pregunte, Gilberto, ahora que
puedo permitirme llamarle así, pues de todos los hombres es a usted al
que no puedo decírselo. A mí sólo me resta callar... y sufrir.
Su cara estaba pálida, muy pálida, y por la expresión de ella conocí
que su resolución era irrevocable.
A pesar de la confianza y estimación que me tenía, comprendí que no
habría poder en el mundo que la indujera a revelarme esa terrible
verdad.
--Pero usted sabe la razón que tuvo su padre para designar a su amigo
Dawson administrador de su fortuna--le dije.--Tenía confianza en que con
una palabra suya se conseguiría hacerle retirarse del puesto que hoy
ocupa. No es posible que aparente usted ignorar el misterioso motivo que
tuvo su padre para proceder así.
--Ya se lo he dicho. Mi pobre padre también procedió bajo presión. El
señor Leighton lo sabe también.
--¿Y conoce usted la razón?
Movió la cabeza afirmativamente.
--¿Entonces puede usted contrarrestar los planes de ese hombre?
--Sí, podría--contestó lentamente,--si me atreviera a hacerlo.
--¿Qué teme?
--Temo lo que mi padre temía--respondió.
--¿Y qué era eso?
--Que cumpliera cierta amenaza que muchas veces había hecho a mi padre,
y más tarde a mí. El día que abandoné mi hogar me amenazó también...
desafiándome a que pronunciara una sola palabra.
Sí, ese tuerto tenía sobre ella un poder absoluto, como se había jactado
delante de la señora Percival. También conocía ese hombre el secreto del
cardenal, mientras yo lo ignoraba.
Permanecimos sentados en esa pequeña y anticuada habitación hasta que el
crepúsculo se convirtió en noche profunda, y ella se levantó penosamente
y encendió la lámpara. A la luz noté, sobresaltado, cómo había cambiado
su dulce rostro. Sus mejillas estaban pálidas y marchitas, sus ojos
hinchados y enrojecidos, y todo su semblante denotaba una ansiedad
profunda, terrible, ardiente, un terror pánico de lo desconocido que el
porvenir le reservaba.