así sobre mis pasos, y tomé en dirección a la calle High, pero el
misterioso individuo me seguía con igual persistencia. Confieso que
experimenté cierta inquietud, viéndome en medio de esa espesa neblina,
que en esa parte habíase puesto tan densa hasta el grado de obscurecer
completamente los faroles.
De pronto, al dar vuelta a la esquina para penetrar en los jardines de
Lexham, en un punto donde la neblina había cubierto todo con su negro
manto, sentí que alguien me asaltaba repentinamente, y, al mismo tiempo,
una aguda sensación penetrante detrás del hombro derecho.
El ataque fue tan recio, que lancé un grito, dándome vuelta en el acto
para enfrentarme con mi asaltante, pero tan ágil había sido éste, que
antes que pudiera hacerlo, me esquivó el cuerpo y huyó.
Oí sus pasos al retroceder corriendo por el camino de Earl's Court, y
entonces grité llamando a la policía. Pero nadie me respondió. El dolor
de mi hombro se hacía a cada momento más incómodo y mortificante. El
desconocido me había herido con un cuchillo, y la sangre brotaba, porque
la sentía, húmeda y pegajosa, caer sobre mi mano.
Volví a gritar: ¡Policía, policía! hasta que, por fin, oí una voz que me
respondió en medio de la neblina y me encaminé en su dirección. Después
de algunos otros gritos descubrí al vigilante y le referí mi extraña
aventura.
Acercó a mi espalda su linterna sorda y exclamó:
--¡Es indudable, señor; le han dado una puñalada! ¿Qué clase de hombre
era?
--No lo pude ver bien ninguna vez--fue mi torpe contestación.--Se
mantuvo siempre a buena distancia, y únicamente se aproximó en un punto
demasiado obscuro para poder distinguir sus facciones.
--No he visto a nadie, a excepción de un clérigo que encontré hace un
momento por el camino de Earl's Court; por lo menos, si no era clérigo,
vi que llevaba un sombrero de anchas alas parecido a los que éstos usan.
Pero no pude verle la cara.
--¡Un clérigo!--exclamé tartamudeando.--¿Cree usted que podrá haber sido
algún sacerdote católico?--porque mis pensamientos se habían concentrado
en ese instante en fray Antonio, que era, evidentemente, el guardián del
secreto del Cardenal.
--¡Ah! no puedo afirmarlo. No pude ver sus facciones. Sólo noté su
sombrero.
--Me siento muy débil--le dije, al apoderarse de mí un fuerte
desvanecimiento y languidez.--Desearía que me trajera un coche. Piense
que lo mejor que puedo hacer es irme directamente a mi casa, que está en
la calle Great Russell.
--Es un viaje muy largo. ¿No sería más conveniente que fuera primero al
Hospital West London?--indicó el vigilante.
--No--repliqué decidido.--Quiero irme a casa y llamar a mi médico.
Luego, me senté en el umbral de una puerta que quedaba al terminar los
jardines de Lexham y esperé la llegada del vehículo, pues el vigilante
había ido al camino Old Brompton en busca de un _hanson_.
--¿Había sido atacado por algún maniático homicida que me había seguido
todo el trayecto andado, o difícilmente había escapado de ser víctima de
un infame asesinato? Tales eran mis cavilaciones mientras permanecía
allí sentado aguardando. La última suposición era, para mí,
decididamente, la más factible. Existía una razón poderosa para que se
deseara mi muerte. Blair me había legado el gran secreto y yo acababa de
conseguir descifrar el enigma que encerraban las cartas.
Este hecho debía haber llegado, probablemente, a conocimiento de
nuestros enemigos; de ahí este cobarde atentado contra mi vida.
Sin embargo, semejante contingencia era aterradora, porque, si realmente
era sabido que había descifrado el registro, entonces nuestros enemigos
darían, ciertamente, todos los pasos necesarios en Italia para impedir
que descubriéramos el secreto que yacía en ese punto de las orillas del
tortuoso, agreste y desierto río Serchio.
Al fin llegó el _hanson_, y, deslizando una buena propina en la mano del
policía, entré en aquél y partimos, lentamente, a través de la niebla,
casi al paso, tal era la dificultad de poder marchar. Había colocado
sobre el lado derecho de la espalda mi bufanda de seda, para restañar la
sangre que manaba de mi herida.
Tan pronto casi como penetré en el _hanson_ sentí fuertes vahídos y una
extraña sensación de entorpecimiento que me subía por las piernas. Al
mismo tiempo se apoderó de mí una curiosa repugnancia, y, aun cuando
felizmente pude detener el derrame de sangre, lo que tendía a demostrar
que la herida no era, después de todo, tan seria, mis manos empezaron a
encogerse de una manera extraña, a la vez que mis carrillos se vieron
atacados de un dolor peculiar, muy semejante al que se sufre cuando
empieza un ataque de neuralgia.
Me sentía terriblemente enfermo y sin fuerzas. El cochero, que había
sido informado de mi herida por el vigilante, abrió la puertecita de la
cubierta para preguntarme cómo estaba, pero yo apenas pude articular
unas pocas palabras. Si la herida era sólo superficial, ciertamente el
efecto que producía en mí era extraño.
De las muchas luces nebulosas que vi en la esquina de Hyde Park, tengo
un recuerdo claro; pero después de eso mis sentidos parecieron quedar
atontados por la neblina y por el dolor que sufría, y no recuerdo nada
más de lo que sucedió, hasta que de nuevo abrí penosamente los ojos y me
encontré en mi cama, brillando a través de la ventana la hermosa luz del
día, y vi a mi lado a Reginaldo y a nuestro antiguo amigo Tomás Walker,
cirujano de la calle Reina Ana, de pie, observándome con profunda
gravedad, que en aquel momento me pareció humorística.
Sin embargo, debo confesar que había muy poca gracia en la situación.
XXIII
QUE ES EN MUCHOS CONCEPTOS ASOMBROSO
Walker estaba confundido, verdaderamente confundido. Mientras había
estado yo inconsciente, él me había curado la herida, después de haberla
examinado, supongo, e inyectado varios antisépticos. Había mandado
llamar también, para consultar, a sir Carlos Hoare, el muy distinguido
cirujano del Hospital de Charing Cross, y ambos habían estado
grandemente confundidos en presencia de mis síntomas.
Cuando, una hora después, me sentí suficientemente fuerte para poder
hablar, Walker me tomó la muñeca y me preguntó lo que me había sucedido.
Después que le hube explicado, todo lo mejor que pude, me dijo:
--Lo único que puedo decirle, mi querido amigo, es que ha estado tan
cerca de la muerte como ninguna otra persona que yo haya asistido. Ha
sido el suyo un caso de los más expuestos que pueden darse. Cuando
Seton me llamó la primera vez y lo vi, creí que todo había terminado. Su
herida es bien pequeña, más bien dicho, superficial, y, sin embargo, su
estado de decaimiento y postración ha sido de los más extraordinarios;
además, hay ciertos síntomas tan misteriosos, que a sir Carlos y a mí
nos han llenado de confusión.
--¿Qué arma ha usado ese hombre? No ha sido un puñal común, ciertamente.
Ha sido, no hay duda, una daga de hoja larga y delgada, un estilete, muy
probablemente. He encontrado en la parte exterior de la herida, sobre la
tela de su sobretodo, algo así como grasa, o, más bien dicho, gordura
animal. Voy a hacer analizar un poco, ¿y sabe lo que espero encontrar en
ella?
--No; ¿qué?
--Veneno--fue su contestación.--Sir Carlos está conforme con mi
suposición de que usted ha sido herido con uno de esos pequeños y
antiguos puñales con hojas perforadas, que tanto se usaron en Italia
durante el siglo XV.
--¡En Italia!--grité, despertando en mí al solo nombre de ese país la
sospecha de que el atentado debía haber sido cometido por Dawson o por
su íntimo amigo, el monje de Lucca.
--Sí; sir Carlos, que, como probablemente usted lo sabe, posee una gran
colección de armas antiguas, me ha dicho que en la Florencia medioeval
acostumbraban impregnar la gordura animal con algún veneno muy poderoso
y luego frotaban con esa mezcla la hoja perforada. Al herir a la víctima
y retirar después el arma de la herida, quedaba en su seno una parte de
la materia grasa envenenada, la cual producía un resultado fatal.
--Pero usted, ciertamente, no anticipa que estoy envenenado--exclamé
tartamudeando.
--Está envenenado, no hay duda. Su herida no corresponde a su prolongada
insensibilidad ni tampoco a esas extrañas y lívidas manchas que tiene en
el cuerpo. ¡Mire el revés de sus manos!
Hice lo que me decía y me quedé horrorizado de encontrar en las dos unas
manchas pequeñas, obscuras, color cobre, que se extendían también por
las muñecas y los brazos.
--No se alarme mucho, Greenwood--rió el amable y buen doctor;--ya he
conseguido dar vuelta a la peligrosa curva, y todavía no le ha llegado
el tiempo de morirse. La escapada ha sido casi un milagro, porque el
arma era de lo más mortífero que pueda imaginarse; pero, felizmente,
llevaba usted puesto un grueso sobretodo, además de otras piezas de ropa
pesadas, todas las cuales le chuparon la mayor parte de la sustancia
venenosa antes de que pudiese penetrar a la carne. Y le aseguro que ha
sido una suerte para usted, porque, si este ataque hubiese tenido lugar
en verano, cuando las ropas son ligeras, no habría habido la menor
esperanza de salvación.
--Pero ¿quién ha sido el autor de este atentado?--exclamé, enloquecido,
con mis ojos clavados en esas feas manchas que cubrían mi piel, prueba
evidente de que dentro de mi naturaleza se había introducido un veneno
terrible.
--Alguien que le tendrá un odio implacable, me imagino--rió el
cirujano, que era mi amigo desde hacía varios años y que tenía por
costumbre asistir algunas veces a las partidas de caza con los
Fitzwilliams.--Pero, vamos, viejo compañero, alégrese; uno o dos días
tendrá que pasar con leche y caldo, dejar curarse la herida y permanecer
muy tranquilo. Ya verá cómo pronto vuelve a recuperar su salud.
--Todo eso está muy bueno--respondí impacientemente,--pero yo tenía un
mundo de cosas que hacer, y algunos asuntos privados que atender.
--Tendrá que dejarlos descansar por un día o dos, ciertamente.
--Sí--insistió Reginaldo;--debes estar tranquilo, Gilberto. Estoy
demasiado contento de que no haya sido tan grave como al principio
creímos. Cuando el cochero te trajo a casa y Glave corrió a buscar a
Walker, yo me imaginé que morirías antes de que llegase. No sentía
palpitar tu corazón, y estabas completamente helado.
--¡No adivino quién puede ser el infame que me ha herido!--grité.--¡Por
Jacob! que si lo pillo, me parece que allí mismo le retuerzo su precioso
cuello.
--¿Con qué fin te incomodas, cuando pronto vas a mejorar?--preguntó
Reginaldo filosóficamente.
Pero yo permanecí callado, reflexionando en la opinión de sir Carlos
Hoare, de que la daga empleada para el crimen frustrado, había sido una
vieja arma florentina, envenenada. Este mismo hecho me hacía sospechar
que el cobarde atentado llevado contra mi persona, había sido obra de
mis enemigos.
Nosotros, por cierto, no le dijimos nada a Walker sobre nuestra curiosa
investigación, porque considerábamos en ese momento que el asunto era
estrictamente confidencial. El hablaba de mi herida de un modo jocoso,
declarando que muy pronto recuperaría mi salud, si es que tenía un poco
de paciencia.
Después que se retiró, poco antes de mediodía, Reginaldo se sentó al
lado de mi cama, y gravemente nos pusimos a discutir la situación. Las
dos cuestiones más apremiantes en ese momento eran, primero, descubrir
el paradero de mi bien amada, y, segundo, ir a Italia a investigar el
secreto del Cardenal.
Los días iban transcurriendo pesados, largos y cansados, días sombríos
de principios de primavera, durante los cuales me revolvía en la cama,
impaciente, desesperado e impotente. Ansiaba poderme levantar y actuar
con actividad, pero Walker me lo prohibía. En cambio me traía libros y
diarios, y ordenaba tranquilidad y absoluto descanso.
Aunque Reginaldo y yo teníamos siempre nuestro pequeño pabellón de caza
en Helpstone, después de la muerte de Blair no habíamos ido ni una sola
vez. Además, aquella estación había sido de extraordinario movimiento en
el comercio de encajes, y Reginaldo parecía más esclavo que nunca de su
casa de negocio.
Por consiguiente, permanecía solo la mayor parte del día, teniendo a
Glave para que cuidase y supliese mis necesidades. De cuando en cuando
venían a verme algunos amigos, conversando y fumando un rato conmigo.
Así pasó el mes de marzo, siendo mi convalecencia mucho más lenta de lo
que Walker había pensado al principio. En el análisis se había
descubierto un dañosísimo veneno irritante mezclado con la grasa, y
parece que mi naturaleza había absorbido más de lo que en un principio
se creyó, de aquí mi tardío restablecimiento.
La señora Percival, que, debido a nuestro insistente consejo, todavía
residía en la mansión de la plaza Grosvenor, me visitaba algunas veces,
trayéndome frutas y flores de los invernáculos de Mayvill, pero nada
sabía sobre Mabel. Esta última había desaparecido tan completamente como
si la tierra se hubiera abierto y tragádola. Deseaba con ansia abandonar
la casa de Blair, ahora que estaba ocupada por los usurpadores, pero
nosotros la habíamos llenado de halagos, con el fin de que permaneciese
y pudiese moderar algo los actos de Dawson y su hija. A Ford le habían
causado tanta exasperación las maneras de aquel hombre, que, al quinto
día del nuevo _régimen_, había protestado, lo cual dio por resultado que
Dawson, tranquilamente, colocara dentro de un sobre el importe de un año
de sueldo, y en el acto lo dispensara de sus servicios para en adelante,
cosa que había tenido intención de hacer desde un principio, no hay
duda.
Sin embargo, el exsecretario privado nos ayudaba, y en ese momento
estaba empeñado en hacer toda clase de averiguaciones para cerciorarse
dónde estaba su joven ama.
--La casa está completamente al revés, todo en ella está
trastornado--declaró un día la señora Percival, mientras me
visitaba.--Los sirvientes se hallan rebelados, y la pobre Noble, el ama
de llaves, pasa, le aseguro, por momentos terribles. Carter y ocho
sirvientes más le han notificado ayer que se retiran de la casa. Este
tal Dawson es el tipo más acabado de la mala educación y pésimos
modales; sin embargo, le he alcanzado a oír que le decía a su hija, hace
dos días, que estaba pensando seriamente en manifestarse a favor de la
reforma y entrar en el Parlamento. ¡Ah! ¿qué diría la pobre Mabel si
supiese semejante cosa? La hija, Dolly, como él la llama, esa muchacha
vulgar, se ha establecido en el _boudoir_ de Mabel, y está por hacerle
renovar la decoración, pues quiere que sea de color amarillo, para que
venga bien a su tez, según creo. Dado lo que dice el señor Leighton,
parece que la fortuna del pobre señor Blair debe pasar enteramente a ser
manejada por este individuo.
--¡Es una vergüenza, una abominable vergüenza!--grité
encolerizado.--Sabemos que este hombre es un aventurero, y, sin embargo,
somos completamente impotentes para poder proceder--añadí con amargura.
--¡Pobre Mabel!--suspiró la viuda, que realmente era muy apegada a
ella.--Sabe, señor Greenwood--dijo, con un inesperado tono de
confianza,--que más de una vez, después de la muerte de su padre, he
pensado que ella está en posesión de la verdad; que conoce la razón de
este extraño lazo de amistad que unía al señor Blair con este hombre sin
conciencia, a quien tanto poder sobre ella y su fortuna le ha sido
otorgado. Muchas confesiones reservadas me ha hecho, y creo que, si
ahora quisiera manifestarnos la realidad, podríamos vernos libres de
este demonio. ¿Por qué no lo hace... para salvarse?
--Porque actualmente le teme--contestó en voz dura, desesperado.--Posee
cierto secreto que la hace vivir en constante terror. Ese es el motivo,
creo yo, de su súbita desaparición y del abandono de su propio hogar. Ha
dejado a ese hombre en posesión completa e incontestable de todo.
No había olvidado la arrogancia y la confianza en sí mismo, de que había
hecho gala esa noche que por primera vez fue a vernos.
--Pero, señor Greenwood, ¿tendrá usted, ahora, la bondad de disculparme
por lo que voy a decirle?--preguntó la señora Percival, después de una
breve pausa y mirándome fijamente a la cara.--Tal vez no tenga derecho
de mezclarme de este modo en sus asuntos más íntimos, pero confío que
usted me perdonará cuando reflexione que si me atrevo a hacerlo, es por
ella, por esa pobre niña.
--¡Y bien!--exclamé, algo sorprendido de su inesperado cambio.
Generalmente era en extremo altiva y fría, crítica terrible que tenía en
la punta de los dedos los nombres de las primas, tías y sobrinos de todo
el mundo.
--La verdad es ésta--prosiguió.--Usted podría inducirla a que nos
manifestase la realidad, tal es mi creencia, porque es la única persona
que tiene alguna influencia sobre ella ahora que su padre no existe, y,
permítame que se lo diga, tengo razones para saber que ella siente por
usted una estimación muy grande.
--Sí--observé, no pudiendo contener un suspiro,--somos amigos... buenos
amigos.
--Más que eso--declaró la señora Percival.--Mabel lo ama a usted.
--¡Me ama!--grité, dando un salto y sosteniéndome sobre un codo.--No,
pienso que debe estar usted en error. Ella me considera más bien como un
hermano que como un amante, y ha aprendido, según creo, desde el primer
día que nos conocimos en tan románticas condiciones, a mirarme como una
especie de protector.--No--añadí, moviendo la cabeza,--existen ciertos
obstáculos que deben impedirle poder amarme, la diferencia de nuestras
edades, de posición y todo lo demás.
--¡Ah! está usted completamente equivocado--exclamó la viuda, con toda
franqueza.--Su padre le dejó a usted su secreto, según tuve ocasión de
saber, para que sacase todo el mayor provecho posible, como él lo había
hecho, y porque adivinaba la dirección que iba tomando el camino de
Mabel.
--¿Cómo sabe usted esto, señora Percival?--la pregunté, medio inclinado
a dudar de ella.
--Porque el señor Blair, antes de hacer su testamento, se confió en mí y
me preguntó con franqueza si alguna vez su hija me había hablado de
usted de alguna manera significativa que me hubiese hecho sospechar
algo. Le confesé la verdad de lo que al respecto sabía, exactamente
como acabo de referírselo a usted. Mabel lo ama... Lo ama tiernamente.
--Entonces le debo a usted en gran parte el que el pobre Blair me haya
legado su secreto--observé, añadiendo algunas palabras de agradecimiento
y embargándome luego en profunda meditación sobre lo que acababa de
revelarme.
--No hice más que cumplir con mi deber para con ambos ustedes--fue su
respuesta.--Ella lo ama, como ya se lo he dicho, y, por lo tanto, estoy
convencida de que con poca persuasión usted podría conseguir que nos
dijese la verdad respecto a Dawson. Ella ha huido, es cierto, pero más
por temor de lo que pueda usted pensar de ella cuando su secreto se
divulgue, que por horror a este hombre. Recuerde--añadió,--que Mabel lo
ama apasionadamente, como muchas veces me lo ha confesado, pero por
alguna razón extraordinaria, que permanece siendo un misterio, ella se
esfuerza en reprimir su cariño. Teme, creo yo, que de su parte sólo haya
amistad, que sea usted un soltero decidido, demasiado recalcitrante,
para que pueda abrigar por ella ningún pensamiento de cariño.
--¡Oh, señora Percival!--exclamé, dominado por un súbito estallido de
pasión--le aseguro... le confieso que siempre he amado a Mabel... que
ahora la amo tierna, apasionadamente, con todo ese vehemente ardor que
un hombre sólo siente una vez en su vida. Ella me ha juzgado mal. He
sido yo el culpable, porque he estado ciego, he procedido neciamente y
jamás he leído el secreto de su corazón.
--Entonces es preciso que ella sepa esto inmediatamente--contestó llena
de simpatía la respetable señora.--Debemos, cueste lo que cueste,
encontrarla, y decirle todo. Sí, hay que tener una reunión, y ella, por
su parte, debe confesarle a usted sus sentimientos. Sé muy bien cuán
profundamente lo ama--añadió,--sé cuánto lo admira y cómo, en la soledad
de su habitación, ha llorado muchas veces amarga y largamente, porque
creía que era usted indiferente y ciego a la ardiente pasión de su
noble, sincero e inocente corazón.
--¿Pero cómo era posible hacer eso ahora? El paradero de mi bien amada
era un misterio para todos nosotros, nadie lo conocía. Había
desaparecido completamente, con el objeto de eludir la terrible
revelación que tanto horror le causaba y que ella temía ver divulgada de
un momento a otro.
Mientras yo seguía débil e imposibilitado, Ford y Reginaldo en los días
subsiguientes se ocuparon con toda actividad de sus investigaciones,
pero todo fue en vano. Apelé a Leighton, el abogado, y le pedí su
opinión, pero lo único que se le ocurrió fue insertar avisos; sin
embargo, ambos estuvimos conformes en que ese medio no era conveniente
ni adaptable para ella.
Aun cuando pueda parecer extraña, Dorotea Dawson, o Dolly, como la
llamaba su padre, la joven de cara morena, manifestaba también la más
viva ansiedad por Mabel. Su madre había sido italiana, y ella hablaba el
inglés con un leve acento extranjero, como que había vivido siempre en
Italia, según decía. Vino a visitarme una vez, para expresarme su
sentimiento por mi enfermedad. Su aparente aspecto vulgar se debía
únicamente a su nacionalidad mixta, y aun cuando era una joven muy
astuta, que poseía toda la sutil perspicacia del italiano, Reginaldo
había descubierto que era una compañera viva y entretenida.
Sin embargo, todos mis pensamientos estaban concentrados en un dulce
amor perdido, y en ese arrogante y vulgar individuo que, con sus
amenazas y desprecios, la tenía sometida a su irresistible y oculto
poder.
¿Por qué había huido aterrorizada de mí? ¿Por qué se había cometido ese
cobarde e ingenioso atentado contra mi vida?
Había resuelto el secreto del enigma cifrado sólo para hundirme más
profundamente todavía en un hondo abismo de dudas, desesperación y
misterio, pues lo que me reservaba el libro cerrado del porvenir era,
como lo verán ustedes, enloquecedor y pasmoso.
Cuando la luz se hizo, resultó la realidad de una manera terrible, dura
e incontestable, pero, sin embargo, fue tan asombrosa y extraña, que la
fe en ella vaciló y la duda pareció ocupar su lugar.
XXIV
TERRIBLE REVELACIÓN
Transcurrieron varias semanas tristes y pesadas antes que me sintiese
suficientemente mejorado para salir, y al fin, acompañado por Reginaldo,
hice mi primer paseo en coche.
Estábamos a mediados de abril, el tiempo era todavía bastante frío, y el
brillante mundo londinense no había vuelto aún de pasar el invierno en
Monte Carlo, Cairo o Roma.
Cada año la sociedad se convierte en golondrina, volando hacia el Sud en
el primer día frío de otoño, para volver más tarde a la ciudad, y cada
_season_ de Londres parece más prolongada que la anterior.
Por Piccadilly nos encaminamos a la esquina de Hyde Park, y luego, dando
vueltas a Constitution Hill, tomamos por la Pall Mall. Una vez aquí,
apoderose de mí el vehemente deseo de descansar un rato y gozar del aire
de St. James Park; por lo tanto bajamos del coche, pagamos el pasaje al
conductor, y apoyado en el brazo de Reginaldo, lentamente emprendimos
la marcha por las enarenadas sendas del paseo hasta que encontramos un
asiento conveniente.
El esplendor y la belleza de St. James Park, aun en un día de abril,
constituyen siempre un goce para los verdaderos londinenses. Muchas
veces me he asombrado de ver qué poca gente aprovecha de sus ventajas.
Los maravillosos árboles, el delicioso lago con su sábana de agua
plateada, todos los encantos y bellezas de los paisajes rurales
ingleses, y luego esa sensación que se experimenta al darse cuenta de
que lo rodean los grandes palacios, departamentos y oficinas del
gobierno de nuestro gran imperio; o, en otras palabras, ese silencio de
que se goza en su seno entremezclado con la vida exterior febril y
tumultuosa, hacen que el parque de St. James sea uno de los más
encantadores retiros de Inglaterra.
Reginaldo y yo nos repetimos varias veces esto mismo, y después, bajo la
deliciosa influencia de aquel medio ambiente, llegó el momento de las
reflexiones y reminiscencias, hasta que por último se sucedieron esos
grandes silencios que se producen entre los amigos, y que son los
mejores símbolos de su completa armonía de sentimiento e ideas.