Blair, en posesión de este notable secreto, tenía un terror mortal a

Dick, que podía declarar, como ya lo había hecho, que se le había robado

al moribundo. Sabía muy bien que Dawson era un marino sin escrúpulos,

del peor tipo que puede haber; por lo tanto, consideró muy prudente,

supongo yo, entrar en sociedad con él y que le ayudase a explotar el

secreto. Pero el pobre Blair debe haber estado siempre en las manos de

Dawson, aun cuando es evidente que sus ganancias fueron enormes. Las de

Dick no han sido menores, a pesar de que éste ha vivido, al parecer, en

el más absoluto retiro y obscuridad.

--Dawson tenía miedo de venir a Inglaterra--observó Reginaldo.

--Sí--contestó el anciano.--Hace algunos años que hubo en Liverpool un

feo incidente, y esa es la razón que ha tenido.

--¿Pero no existe ninguna prueba negativa de que el bandido reformado no

le haya regalado el paquete de naipes a Blair?--pregunté enérgicamente.

--Ninguna. Por mi parte creo que Poldo se lo debió dar a Blair y

recomendarle que volviera a tierra y me buscase, porque él había sido

bueno y había tenido para con él muchas pequeñas finezas durante

repetidas enfermedades. Poldo, al abandonar sus malas hazañas, se había

hecho muy religioso y solía asistir a las misiones para los hombres de

mar cuando estaba en tierra, como también Blair era, según ustedes

saben, un hombre muy temeroso de Dios para ser marino. Cuando recuerdo

todas las circunstancias, pienso que era muy natural que Poldo entregase

el secreto del Cardenal, muerto, en manos de su mejor amigo.

--El lugar indicado es cerca de Lucca, en Toscana--observé.--Usted dice

que el tal Poldo Pensi ha estado allí y ha hecho averiguaciones. ¿Qué

fue lo que encontró?

--Lo que el Cardenal le había dicho que encontraría. Pero jamás me

explicó lo que era. Todo lo que llegó a manifestarme era que el secreto

convertiría a su dueño en un hombre muy rico, lo que ciertamente ha

sucedido en el caso de Blair.

--La conexión que parece existir entre el difunto Cardenal Sannini y

fray Antonio, el capuchino de Lucca, es extraña--observé.--¿Estará el

monje en posesión del secreto? cavilo yo. No hay duda de que él tiene

algo que ver con este asunto, como lo demuestran sus constantes

consultas con Dawson.

--Es indudable--dijo Reginaldo, dando vuelta a las cartas sin

objeto.--Ahora tenemos que descubrir la posición exacta de estos dos

hombres, y, al mismo tiempo, impedir que el tal Dawson consiga tomar

demasiada posesión de la fortuna de Mabel Blair.

--Eso déjemelo a mí--exclamé reservadamente.--Por ahora nuestra línea de

conducta es bien clara. Debemos investigar el paraje que queda a orillas

del Serchio y descubrir lo que está allí escondido.--Después,

volviéndose a Hales, añadió:--En el registro he notado que ordena

claramente: «Buscad primero al anciano que vive en la casa de las

Encrucijadas.» ¿Qué significa esto? ¿Por qué se indica esa dirección?

--Porque creo que cuando el registro fue estampado en estas

cartas--contestó,--yo era la única persona que sabía algo respecto al

secreto del Cardenal; la única, fuera del interesado, que poseía la

clave de la cifra.

--Pero al principio aparentó usted no conocerla--observé yo, mirando

todavía con cierto recelo al anciano.

--Porque no estaba seguro de si procedían ustedes de buena fe--dijo

riéndose con toda franqueza.--Me tomaron de sorpresa, y no tenía

intención de expandirme prematuramente.

--¿Pero nos ha referido usted todo lo que sabe realmente?--exclamó

Reginaldo.

--Sí, no sé nada más--replicó.--En cuanto a lo que hay en el punto que

indica el registro, lo ignoro por completo. Recuerden que Blair me pagó

lo justo, y aun más de lo estipulado; pero, como ustedes lo saben bien,

era un hombre sumamente reservado en todo lo concerniente a sus asuntos,

y me dejó sin saber nada.

--¿Y no puede darnos más informes sobre este tuerto que parece que ha

sido socio de Blair en la extraordinaria empresa misteriosa?

--Nada más tengo que decir, salvo que es una relación muy poco

apetecible. Fue Poldo quien le puso el apodo de «el Ceco».

--¿Y el monje que se llama fray Antonio?

--Jamás he oído hablar de esa persona; nada sé de él.

En la punta de la lengua tuve la pregunta de si tenía un hijo y si su

nombre era Herberto, recordando aquella trágica escena nocturna en el

parque de la mansión de Mayvill. Sin embargo, supe, por fortuna,

contenerme y guardar silencio, prefiriendo ocultar lo que sabía y

esperar el desenvolvimiento de los hechos y de aquella extraordinaria

situación.

Sin embargo, mi corazón rebosaba de indignación y unos feroces y locos

celos lo roían. Mabel, la dulce y bondadosa niña que yo tanto amaba, y

cuyo porvenir había sido depositado en mis manos, había cometido el

grave y triste error, como otras tantas niñas, de enamorarse de un

hombre vulgar, torpe y muy inferior a ella. El amor en una cabaña, sobre

el que tanto oímos, es muy bueno en teoría, como lo es el engaño de que

se puede tener el corazón alegre aun cuando el bolsillo esté vacío; pero

en estos tiempos modernos la mujer habituada a las comodidades y al lujo

no puede nunca ser feliz en la modesta casa de cuatro piezas, así como

no lo es el hombre que se casa valientemente por amor y renuncia a su

herencia.

No. Cada vez que recordaba las amenazas y menosprecios de ese joven

rufián, su arrogancia y su estallido final de pasión criminal, que tan

cerca había estado de terminar con la vida de mi bien amada, mi sangre

hervía de ira y se encendía mi cólera. El bribón había escapado, pero

dentro de mi ser juraba que no quedaría impune.

Y, sin embargo, cuando rememoraba bien toda la escena, parecía que Mabel

estaba completa e irresistiblemente bajo el poder de ese hombre, a pesar

que había intentado desafiarlo.

Permanecimos con Hales y su esposa una hora más, aun cuando pocos datos

nuevos obtuvimos, a excepción de algunas palabras que la anciana dejó

escapar. Me cercioré de que tenían en efecto un hijo y que se llamaba

Herberto, pero que no era de muy buena conducta.

--Estaba ocupado en las caballerizas de Belvoir--explicó su madre cuando

yo la interrogué sobre él.--Pero hace como dos años que salió de allí, y

desde entonces no lo hemos vuelto a ver. Algunas veces nos escribe de

diferentes puntos y parece que prospera.

El tal individuo era, por lo tanto, como yo lo había supuesto por su

aspecto, un cuidador de caballos, un caballerizo o algo por el estilo.

Eran casi las siete y media cuando llegamos de vuelta a King's Cross, y

después de una ligera comida en un pequeño restaurant italiano que había

enfrente de la estación, tomamos un coche y nos encaminamos a la plaza

Grosvenor, con el objeto de comunicarle a Mabel nuestro éxito en la

solución del enigma.

Carter, que fue quien nos hizo entrar, nos conocía tan bien, que no hizo

más que conducirnos directamente arriba y hacernos pasar al salón, tan

artísticamente iluminado con sus luces eléctricas sombreadas con la

mayor delicadeza y hábilmente colocadas en todos los rincones

imaginables. Sobre la mesa había una gran ponchera antigua, llena de

espléndidas rosas Gloise de Dijón, que el jefe de los jardineros enviaba

todos los días, junto con la fruta, de la posesión de Mayvill. Su

arreglo se debía, como yo bien lo sabía, a las delicadas manos de la

mujer que durante años había aprendido a admirar y a amar secretamente.

Encima de una mesa lateral había una hermosa fotografía del pobre Burton

Blair colocada en un pesado marco de plata, y en una esquina su hija

había prendido un moñito de crespón como homenaje a la memoria del

muerto. La gran casa estaba llena de esos delicados rasgos femeninos que

revelaban la dulce simpatía de su carácter y la plácida tranquilidad de

su vida.

De pronto la puerta se abrió, y ambos nos pusimos de pie; pero en vez de

la linda joven chispeante y de corazón noble, con voz musical y

semblante alegre y franco, entró el hombre barbudo, de anteojos, arcos

de oro, que en un tiempo había sido contramaestre del buque _Annie

Curtis_, de Liverpool, y después el socio secreto de Burton Blair.

--Buenas noches, caballeros--exclamó, saludando con ese aparente y

forzado barniz de cortesía que adoptaba algunas veces.--Tengo mucho

placer en agasajar a ustedes en la casa de mi difunto amigo. Como

notarán ustedes, he establecido mi residencia aquí en conformidad a los

términos del testamento del pobre Blair, y aprovecho con agrado esta

nueva oportunidad que se me presenta, de volver a encontrarme con

ustedes.

La fina impudencia de este hombre nos tomó de sorpresa. Parecía estar

sumamente confiado y seguro de que su posición era inatacable e

invencible.

--Hemos venido a ver a la señorita Blair--expliqué.--No sabíamos que iba

usted a fijar tan pronto su residencia aquí.

--¡Oh! es mejor--afirmó.--Los grandes intereses de Blair requieren

inmediata atención, pues hay muchos asuntos ligados estrechamente con

ellos que no se pueden abandonar--y mientras hablaba, la puerta se abrió

de nuevo y penetró una joven de unos veintiséis años, de cabellos

obscuros y estatura regular, vestida con un traje negro escotado, algo

ostentoso, pero cuyo rostro era más bien vulgar, aun cuando un tanto

imponente.

--Mi hija Dolly--explicó el tuerto Dawson.--Permítanme ustedes que los

presente,--y ambos le hicimos un saludo frío, porque nos chocaba

sobremanera el modo de los dos, pues parecía que se habían establecido

allí y tomado en sus manos el manejo de la casa.

--Supongo que la señora Percival todavía permanece aquí, ¿no es

verdad?--inquirí después de un momento, al recuperar mi calma y

tranquilizarme de la impresión que me había hecho el encontrar al

aventurero y a su hija en posesión completa de esa espléndida mansión

que medio Londres admiraba y la otra mitad envidiaba; la mansión que

había aparecido tantas veces descripta y fotografiada en los _magazines_

y periódicos de las damas.

--Sí, la señora Percival está en su gabinete privado. Hace cinco minutos

que la dejó allí. Mabel, según parece, salió esta mañana a las once y

aun no ha vuelto.

--¡No ha vuelto!--exclamé azorado.--¿Por qué?

--La señora Percival parece que está trastornada. Creo que abriga

temores de que la haya sucedido alguna cosa.

Sin pronunciar ni escuchar una palabra más, bajé corriendo la ancha

escalera con su balaustrada de cristal, llamé a la puerta de la pieza

que había sido reservada para la señora Percival, dime a conocer, y en

el acto fui recibido.

Apenas me vio la respetable y repulida viuda, se puso de pie y exclamó

terriblemente angustiada:

--¡Oh, señor Greenwood, señor Greenwood! ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo vamos

a tratar a esta gente detestable? La pobre Mabel salió esta mañana y se

dirigió en el _bróugham_ a la estación Euston. Allí le entregó esta

carta a Peters, dirigida para usted, y luego despachó el carruaje. ¿Qué

significará todo esto?

Tomé la misiva que me entregaba, y temblando la abrí, encontrando,

escritas apresuradamente con lápiz sobre una hoja de papel de esquela,

estas pocas líneas:

«Estimado señor Greenwood: Indudablemente le causará a usted inmensa

sorpresa saber que he abandonado para siempre mi casa. Bien sé que

usted abriga por mí tan alta consideración y estima como yo por usted;

pero, como mi secreto al fin va a ser conocido, no puedo permanecer

haciendo acto de presencia y verme obligada a enfrentarme con usted, que

es de todos los hombres al que menos me atrevo a encarar.

»Esa gente me perseguirá hasta la muerte; por lo tanto, prefiero vivir

oculta lejos del alcance de sus burlas y de su venganza, antes que

quedarme para ser el blanco de sus desprecios y tengan así la

oportunidad de señalarme con su dedo burlón y desdeñoso.

»El secreto de mi padre jamás podrá ser suyo, porque sus enemigos son

demasiado ingeniosos y astutos. Han tomado toda clase de precauciones

para tenerlo bien asegurado contra sus esfuerzos y empeños. De

consiguiente, le aconsejo, como verdadera amiga, que es inútil trate de

luchar contra la tempestad. ¡Todo es en vano!

»¡Exponerme a la situación es peor para mí que la muerte! Créame que

sólo la desesperación ha podido arrastrarme a dar este paso, porque los

cobardes enemigos de mi padre y míos han triunfado.

»Le pido al mismo tiempo olvide completamente que ha existido en el

mundo una persona del nombre de la desesperada, afligida e

infortunada--_Mabel Blair_».

Quedé parado, con la carta abierta en la mano, manchada en lágrimas,

absolutamente mudo y desconsolado.

XXII

EL MISTERIO DE UNA AVENTURA NOCTURNA

--Exponerme a la situación es peor para mí que la muerte--decía en su

carta.--¿Qué podría significar eso?

La señora Percival adivinó por la expresión de mi semblante la gravedad

de aquella carta, y, poniéndose rápidamente de pie, acercose a mí,

colocó su mano con cariño sobre mi hombro, y me preguntó:

--¿Qué sucede, señor Greenwood, no puedo saberlo?

En contestación le di la carta. La leyó velozmente, y después dejó

escapar un grito de espanto, comprendiendo que la hija de Burton Blair

había huido del hogar. Era evidente que ella le temía a Dawson,

habiéndose dejado dominar por la creencia aterradora de que su secreto,

sea lo que fuere, se haría público ahora, y había huido, según parece,

por no volver a encontrarse frente a frente conmigo. ¿Pero por qué? ¿De

qué naturaleza podría ser su secreto para que tanto la avergonzara y la

obligara a esconderse?

La señora Percival hizo llamar a Crump, el cochero, que había llevado en

el _bróugham_ a su joven ama hasta la estación de Euston, y lo

interrogó.

--La señorita Mabel ordenó el cupé, señora, unos momentos antes de las

once--contestó el hombre, saludando.--Llevó su valija de cocodrilo,

pero, anoche despachó por Carter Patterson un gran baúl lleno de ropa

usada, así le dijo la señorita a su doncella. Yo la llevé a Euston, allí

bajó y entró en la boletería. Me hizo esperar como cinco minutos,

apareciendo después con un mozo de cordel que tomó su valija, y luego

ella me entregó la carta dirigida al señor Greenwood para que se la

diera a usted, ordenándome que me retirara. Entonces me volví a casa,

señora.

--No hay duda, ha partido para el Norte--observé cuando Crump se retiró

y la puerta se cerró detrás de él.--Casi parece que su huida hubiese

sido premeditada. Anoche mandó su equipaje.

Pensaba en ese momento en el arrogante y atrevido caballerizo, en ese

impudente joven Hales, y cavilaba si sus renovadas amenazas no habrían

conseguido que ella accediera a tener otra entrevista con él. Si eso era

así, entonces el peligro era terriblemente extraordinario.

--La debemos encontrar--dijo con toda resolución la señora

Percival.--¡Ah!--suspiró,--no sé, realmente, lo que irá a suceder,

porque la casa está ahora en poder de este hombre odioso y de su hija, y

él es un tipo de lo más grosero y mal educado. Se dirige a los

sirvientes con toda familiaridad, exactamente como si fuesen sus

iguales; ¡y hace un momento que cumplimentó a una de las mucamas por su

buena presencia! Esto es terrible, señor Greenwood, terrible--exclamó la

viuda, inmensamente chocada.--¡Es la exhibición más vergonzosa de su

mala educación! Yo no puedo permanecer más tiempo aquí, ciertamente,

ahora que Mabel ha creído conveniente abandonar la casa sin siquiera

consultarme. Esta tarde vino lady Rainham, pero yo tuve que aparentar

que no estaba. ¿Qué puedo decirles a las gentes en estas circunstancias

tan angustiosas?

Comprendí cuán escandalizada estaba la estimable compañera de Mabel,

porque era una viuda sumamente estricta, cuya misma existencia dependía

de la etiqueta rigurosa y de las tradiciones de su honorable familia.

Cordial y afable con sus iguales, era, sin embargo, muy fría e

inflexible con sus inferiores teniendo el hábito de mirarlos a través de

sus anteojos cuadrados de arcos de oro, y examinarlos como si hubiesen

sido extraños seres de diferente carne y sangre. Era esta última

idiosincrasia lo que siempre molestaba a Mabel, la cual profesaba esa

creencia, tan femenina, de que uno debe ser bondadoso con los inferiores

y sólo frío y duro con los enemigos. Sin embargo, bajo el ala protectora

y la altiva tutoría de la señora Percival, Mabel había penetrado en el

mejor y más elegante círculo social, cuyas puertas están siempre

abiertas para la hija del millonario, y había dejado bien sentada su

reputación como una de las debutantes más encantadoras de su _season_.

¡Cómo ha cambiado la sociedad en estos últimos diez años! En la

actualidad, la llave de oro es el ábrete sésamo de las puertas de la

sangre más azul de Inglaterra.

Ya no existen los viejos círculos exclusivistas, o, si hay algunos, han

quedado obscurecidos y no tienen importancia. Las damas asisten a los

salones-conciertos y se jactan de concurrir a los clubs nocturnos. Las

comidas en los restaurants, que antes eran consideradas como un motivo

de rebajamiento, son hoy un gran atractivo. Hace una generación que una

dama de alta alcurnia objetaba razonablemente diciendo que no sabía al

lado de quién podía sentarse; pero, en la actualidad, como sucedía en el

teatro antes de la época de Garrick, la fama poco honorable de una parte

de los concurrentes constituye un incentivo. Cuanto más flagrante es el

escándalo respecto a alguna «impropiedad» bien dorada, mayor es el

aliciente de comer en su compañía, y, si es posible, a su lado. ¡Tal es

hoy la tendencia y el modo de ser de la sociedad de Londres!

Por espacio de un cuarto de hora, mientras Reginaldo estaba ocupado con

los Dawson, _père et fille_, permanecí en consulta con la viuda,

tratando de ver si conseguía algún indicio sobre el paradero de Mabel.

La señora Percival pensaba que, más pronto de lo que creíamos, nos haría

saber dónde estaba oculta; pero yo, conociendo tan bien la firmeza de su

carácter, no participaba de su opinión. Su carta era la de una mujer que

había tomado una resolución y estaba dispuesta a sostenerla, costara lo

que costara. Temía enfrentarse conmigo, y por esa razón, no hay duda,

ocultaría su resistencia. En casa de Cottus tenía a su nombre cuenta

separada, así es que por falta de fondos no se vería obligada a revelar

su actual paradero.

Ford, el secretario del muerto, hombre joven, como de treinta años,

alto, atlético, completamente afeitado, asomó la cabeza, pero como nos

encontrara conversando, se retiró en el acto. La señora Percival ya lo

había interrogado, pero ignoraba completamente para dónde había partido

Mabel.

El tal Dawson había usurpado en la casa la posición de Ford, y este

último, lleno de resentimiento, estaba en constante acecho de sus actos

y movimientos y dominado de los mayores recelos, como todos lo

estábamos.

Reginaldo vino por fin a reunirse conmigo, y entró exclamando: «Este

hombre es un tipo de lo más original que puede darse, por no decir otra

cosa. ¡Conque a mí me ha invitado a tomar whisky con soda... en la casa

de Blair! Considera la huida de Mabel como una broma, habla de ella en

tono de chanza, asegurando que pronto estará de vuelta, pues no puede

permanecer mucho tiempo ausente, y que él la hará volver en el momento

que lo quiera o que necesite su presencia aquí. En una palabra, habla

ese tipo como si Mabel fuera de cera en sus manos, y él pudiera hacer lo

que le plazca con ella.»

--Financieramente la puede arruinar, eso es cierto--observé

suspirando.--Pero lee esto, viejo--y le di la extraña carta de Mabel.

--¡Buen Dios!--tartamudeó cuando la hubo leído,--tiene un terror mortal

a esta gente, no puede dudarse. Para escapar de ellos y de ti, ha

huido... a Liverpool, para luego embarcarse con rumbo a América, quizá.

Recuerda que en su niñez ha viajado mucho, y, por lo tanto, conoce las

rutas.

--La debemos encontrar, Reginaldo--declaré decisivamente.

--Pero lo peor es que ha resuelto dar este paso por escapar de ti--me

contestó.--Parece que tiene alguna razón poderosa para proceder así.

--Razón que sólo ella conoce--observé con melancolía.--Es, ciertamente,

un contratiempo que Mabel haya desaparecido, por su propia voluntad, de

esta manera, justamente cuando habíamos conseguido conocer con exactitud

el secreto del Cardenal, origen de la fortuna de Blair. Recuerda todo lo

que tenemos en juego y arriesgamos. No conocemos quiénes son nuestros

amigos o nuestros enemigos. Tenemos que ir los dos a Italia y descubrir

el punto indicado en ese registro cifrado, porque, si no lo hacemos,

otros se anticiparán, y puede ser que lleguemos demasiado tarde.

Convino conmigo en que, perteneciéndome el secreto por haberme sido

legado, debía dar inmediatamente los pasos necesarios para hacer valer

mis derechos. No pudimos dejar de comprender que Dawson, como socio de

Blair y partícipe de su enorme riqueza, debía conocer muy bien el

secreto y haber dado ya los pasos convenientes para ocultarme a mí, su

legítimo dueño, la verdad. Había que tenerlo muy en cuenta, pues era un

hombre siniestro, poseedor de la astucia más insidiosa y del ingenio más

diabólico en el arte de los subterfugios. Los informes recogidos en

todas partes sobre él, demostraban que éste era su carácter. Poseía esa

manera tranquila y fría del hombre que ha vivido a fuerza de aguzar su

ingenio, y en este asunto parecía que su ingeniosidad, aguzada aún más

por su vida aventurera, iba a tener que enfrentarse y luchar con la mía.

La inesperada resolución y repentina desaparición de Mabel eran de

enloquecer, y el misterio de su carta, inescrutable. Si, en realidad,

temía que pudiera ser revelado algún hecho vergonzoso y desagradable,

debía haber tenido suficiente confianza en mí y haberme hecho su

confidente. Yo la amaba, aun cuando jamás le había declarado mi pasión;

por consiguiente, ignorando la realidad, ella me había tratado como

amigo sincero, según había sido mi deseo. Sin embargo, ¿por qué no había

buscado mi ayuda? ¡Las mujeres son seres tan extraños, después de

todo!--reflexionaba yo.--¡Tal vez amaba a ese rústico hombre!

Pasó una semana ansiosa, febril, y Mabel no daba señales de vida. Una

noche dejé a Reginaldo en el Devonshire, a eso de las once y media, y me

encaminé a través de las calles húmedas y nebulosas de Londres hasta que

llegué adonde el bullicio del tráfico cesaba, los coches arrastrábanse

lentamente y sólo pasaban de cuando en cuando, y las húmedas y fangosas

calzadas y aceras quedaron a disposición del policía y del pobre y

tembloroso vagabundo sin hogar.

En medio de la densa neblina anduve embargado en profunda meditación, y

cada vez más y más preocupado por aquel notable encadenamiento de

circunstancias que hora por hora parecía enredarse más.

Había caminado siempre adelante, sin parar ni ocuparme en qué dirección

me llevaban mis pies, pasando a lo largo de Knightsbridge, orillando el

Parque y los jardines de Kensington, y cruzaba en ese momento la esquina

del camino de Earl's Court, cuando una feliz circunstancia me despertó

de mi profundo sueño, y por la primera vez tuve conocimiento de que era

seguido. Sí, sentía distintamente pasos detrás de mí, que se apresuraban

cuando yo me apresuraba, y aflojaban cuando yo aflojaba. Crucé el

camino, y delante de la elevada y larga muralla del Holland Park, me

paré y di vuelta.

Mi perseguidor avanzó unos pocos pasos, pero se detuvo súbitamente, y

sólo pude distinguir, a la luz del débil farol que penetraba a través de

la neblina londinense, una figura alta y descompuesta por la niebla

enceguecedora.

Sin embargo, no fue bastante densa para impedirme encontrar mi camino,

porque conocía muy bien esa parte de Londres. No era muy agradable,

ciertamente, verse seguido con tanta persistencia a semejante hora.

Sospeché que algún vagabundo o ladrón que había pasado junto a mí, había

notado mi distracción y olvido de lo que me rodeaba, y se había vuelto

para seguirme con mala intención.

Seguí de nuevo adelante, sin retroceder, pero apenas lo hice, sentí los

pasos ligeros y suaves, como un eco de los míos, que furtivamente

resonaban detrás de mí. Había oído contar curiosas historias sobre

locos que rondan de noche las calles de Londres y siguen, sin objeto, a

los transeúntes, siendo ésta una de las diferentes clases de insanidad

bien conocida por los alienistas.

El tesoro misterioso · 第 12 / 17 段