--¡Ah! mi estimado señor, eso no lo descubrirá nunca, fíjese bien, aun

cuando llegue a vivir hasta los cien años. Burton Blair se cuidó bien de

ocultar eso a todo el mundo.

--Y estuvo muy bien ayudado por hombres como usted--le dije, con un

tanto de impertinencia,--me temo.

--Tal vez, tal vez, sí--replicó rápidamente, con su cara enrojecida.--Le

prometí guardar silencio y he cumplido mi promesa, porque la posición

desahogada y confortable de que gozo ahora, la debo únicamente a su

generosidad.

--Un millonario puede hacer cualquier cosa, ciertamente. Su dinero le

asegura sus amigos.

--Amigos, sí--respondió el anciano, gravemente;--pero no felicidad. El

pobre Burton Blair era uno de los hombres más desgraciados, estoy bien

seguro de eso.

Yo sabía que hablaba la verdad. El millonario me había confesado muchas

veces, en confianza, que había sido mucho más feliz en sus días de

penurias y atolondradas aventuras allende los mares, que ahora que era

propietario de la gran mansión de West End y de la primera posesión

rural del condado de Herefordshire.

--Atención--exclamó Hales, de pronto, paseando su mirada penetrante de

Reginaldo a mí y sucesivamente,--voy a hacerles una advertencia--y bajó

la voz hasta convertirse casi en un débil murmullo.--Ustedes dicen que

Dick Dawson ha vuelto. ¡Tengan cuidado con él! ¡Pueden apostar su

cabeza, seguros de que ese hombre tiene malas intenciones! ¡Tengan,

también, mucho cuidado de su hija; ella sabe más de lo que ustedes

piensan.

--Nosotros abrigamos una ligera sospecha de que Blair no ha muerto de

causas naturales--observé.

--¿Tienen ustedes recelos?--exclamó, sobresaltado.--¿Por qué creen eso?

--Las circunstancias han sido tan notables, que nos han hecho entrar en

dudas--repliqué, y entonces pasé a explicarle el trágico fin de nuestro

amigo y todo lo sucedido, como ya he tenido ocasión de referirlo.

--¿No sospechan ustedes nada de Dick Dawson?--preguntó ansiosamente el

anciano.

--¿Por qué? ¿Tenía algún motivo para desear verse libre de nuestro

amigo?

--¡Ah! Yo no sé. Dick es un cliente muy entretenido. Siempre lo tuvo

bajo su dominio a Blair. Formaban una pareja muy notable; el uno

surgiendo como millonario, y el otro viviendo en el extranjero, creo que

en Italia, en el mayor secreto y retiro.

--Dawson debía tener algún motivo muy poderoso para permanecer tan

oculto--observé.

--Porque se veía obligado a estarlo--contestó Hales, con un movimiento

misterioso de cabeza.--Existían razones para que él no asomase a la luz

su rostro. Yo mismo me quedo asombrado de ver cómo se ha atrevido ahora

a mostrarse.

--¡Qué!--grité ansiosamente,--¿acaso lo necesita la policía?

--Me imagino que no recibiría con agrado la visita de cualquiera de esos

caballeros escudriñadores de la Scotland Yard--contestó el anciano,

después de cierta vacilación.--Recuerden ustedes que yo no hago ninguna

acusación, absolutamente ninguna. Sin embargo, si intenta cometer alguna

mala acción, pueden ustedes mencionarle, como de paso, que Enrique Hales

vive todavía, y está pensando en venir a Londres para hacerle una visita

matinal. Observen entonces el efecto que estas palabras producirán en

él--y el anciano se rió, añadiendo:--¡Ah! señor Pájaro Dawson, me

imagino que todavía tiene que arreglar sus cuentas conmigo.

--¿Entonces nos ayudará usted?--exclamé con vehemencia.--¿Puede usted

salvar a Mabel Blair si quiere?

--Haré todo lo que pueda--fue la respuesta de Hales,--porque reconozco

que se está tramando por alguna parte una ingeniosísima

conspiración.--Luego, después de una corta pausa, durante la cual

rellenó de tabaco su pipa, y con sus ojos fijos en mí pensativamente,

añadió:--Hace un momento que ha dicho usted que Blair le ha legado su

secreto, pero no me ha explicado los términos exactos de su testamento.

¿No decía nada sobre eso?

--En la cláusula en que me hace la donación, hay una extraña copla que

dice:

_King Henry the Eighth_

_was a Knave to his queens,_

_He'd one short of seven_

_and nine or ten scenes!_

e insiste también en que oculte el secreto a todos los hombres,

exactamente como él lo ha hecho. Pero, estando cifrado el

secreto--añadí,--me será imposible conocerlo.

--¿Y no tiene la clave?--sonrió el viejo marino, de rostro endurecido

por las inclemencias del mar.

--¡Ninguna... salvo que la clave esté oculta dentro de esa

rima!--exclamé, ocurriéndoseme, por primera vez, este extraño y rápido

pensamiento. Y de nuevo repetí en alta voz la copla. Sí, todas las

cartas de juego que hay en ese paquete de naipes, están mencionadas en

ella:

_King (rey), eight (ocho), Knave (sota),_

_Queen (reina), seven (siete),_

_nine (nueve), ten (diez)._

Mi corazón dio un salto. ¿Sería posible que arreglando las cartas en el

orden siguiente pudiera leerse el registro?

¡Si era eso así, entonces el extraño secreto de Burton Blair era mío al

fin!

Manifesté mi sorprendente y súbita idea, y la cara tostada del anciano

se iluminó con una sonrisa triunfante, exclamando:

--Arregle las cartas y haga la prueba.

XX

LA LECTURA DEL REGISTRO

El sobre que encerraba en su seno las treinta y dos cartas, estaba en mi

bolsillo, junto con la fotografía pegada al lienzo; por lo tanto,

despejé la cuadrada y vieja mesa de roble, las saqué ansiosamente y las

coloqué encima de ella, mientras Reginaldo y el anciano me miraban

faltos de aliento.

--El primero mencionado en la rima es el rey--dije.--Pongamos los cuatro

reyes juntos.

Una vez arreglados, coloqué los cuatro ochos, las cuatro sotas, las

reinas, ases, nueves y dieces, en el orden que llevaban en la poesía.

Reginaldo fue más rápido que yo en leer la primera columna y declaró que

era un enredo enteramente ininteligible. Luego leí yo, y, profundamente

decepcionado, me vi obligado a confesar que, después de todo, allí no se

encontraba la clave.

Sin embargo, recordé lo que mi amigo de Leicester me había explicado,

advirtiendo cómo podía encontrarse en la primera letra de cada carta,

leyendo consecutivamente una tras otra en todo el paquete, y traté,

repetidas veces, de arreglarlas de una manera inteligible, pero no tuve

ningún éxito. La cifra seguía tan confusa y enigmática como siempre.

Noches enteras había pasado con Reginaldo, tratando, en vano, de

descubrir algo, pero siempre había sido inútil, pues no habíamos podido

nunca descifrar ni una sola palabra.

Cambié las letras de arriba a abajo, pero el resultado fue el mismo.

--No--observó el anciano Hales,--todavía no ha conseguido encontrar lo

que buscaba; pero estoy seguro, sin embargo, de que anda cerca. Esa

copla da la clave, usted me lo ha hecho notar.

--Sinceramente creo que es así, pero la cuestión es descubrir el arreglo

conveniente de las cartas--declaré agitado y sin aliento.

--Justamente--observó Reginaldo con tristeza.--En eso está la

ingeniosidad de la cifra. Es tan sencilla, y, sin embargo, tan

extraordinariamente complicada a su vez, que las posibles combinaciones

que pueden hacerse con ella ascienden a millones. ¡Piensa en ello!

--Pero tenemos la rima, la cual, distintamente, nos indica su

arreglo.--Y volví a repetir la copla.--Es bastante claro, y debíamos

haberlo visto desde un principio--respondí.

--Entonces, pruebe con el rey de un palo, con el ocho de otro, la sota

de otro... y así con los demás--indicó Hales, agachándose con vivo

interés sobre las pequeñas cartas.

Sin pérdida de tiempo seguí su consejo, y cuidadosamente volví a

colocarlas de la manera que había dicho. Pero de nuevo el resultado fue

ininteligible, pues no fue más que un grupo de letras enigmáticas

engañadoras y decepcionantes.

Recordé lo que mi amigo, perito en la materia, me había dicho, y mi

corazón se abatió profundamente.

--¿No conoce usted, en efecto, los medios por los que puede resolverse

el problema?--le pregunté al anciano señor Hales, pues se había

apoderado de mí en ese momento la sospecha de que él los conocía bien.

--Le aseguro que no puedo decirle nada--fue su rápida réplica,--porque

no los conozco. Sin embargo, a mí me parece que esa copla forma, de

alguna manera, la clave. Intente otro arreglo de las cartas.

--¿Cuál? ¿Qué otro puedo probar?--pregunté confundido, pero él sólo

sacudió la cabeza.

Reginaldo, con papel y lápiz en la mano, estaba tratando de descifrar y

hacer comprensibles las letras por medios que varias veces había

intentado yo, a saber: substituyendo la A por la B, la C por la D, y así

todas las demás. Después probó añadir dos letras, luego tres, y más aún,

con el fin de descubrir la clave, pero, como ya me había sucedido antes

a mí, su trabajo fue enteramente perdido.

Mientras tanto, el anciano, que parecía manejar las cartas con

demasiado interés, estaba, lo vi, tratando de volverlas a arreglar él

solo, colocando su dedo sobre una, luego sobre otra y después sobre una

tercera, como si hubiera sabido el arreglo concreto de ellas, y leyendo

para sí el registro.

¡Tal vez era posible que estuviera en posesión de la clave del problema

que teníamos allí desplegado, y que se estuviese enterando del secreto

de Burton Blair, mientras nosotros permanecíamos ignorándolo!

De pronto, el anciano y enjuto marino se enderezó, y, mirándome,

exclamó, con una sonrisa de triunfo:

--Mire, señor Greenwood; aquí hay cuatro palos, ¿no es verdad? Haga la

prueba por orden alfabético: los bastos, copas, espadas y oros. Primero

tome todos los bastos y arréglelos así: rey, ocho, sota, reina, as,

siete, nueve, diez; luego las copas, y después los otros dos palos. Una

vez terminado el arreglo vea lo que puede sacar de eso.

Ayudado por Reginaldo, procedí de nuevo a colocar sobre la mesa las

cartas como me había indicado, y las arreglé, según la extraña rima, en

cuatro columnas de ocho cartas cada una, por orden alfabético.

--¡Al fin!--gritó Reginaldo, casi fuera de sí de gozo.--¡Al fin! ¡Ya la

tenemos, viejo! ¡Mira! Lee la primera letra de cada carta hasta abajo,

una columna después de otra. ¿Qué es lo que deletreas?

Los tres estábamos sin poder respirar, y aparentemente el más agitado de

todos era el viejo Hales, o, tal vez, nos había estado extraviando y

fingiendo ignorancia. Había arreglado solo la primera fila, la de

bastos, pero ya se leía lo siguiente:

Rey BONTDRNNCROAUIT

Ocho EITYGOJTAENNWNH

Sota TNHJENTYNDJOIDE

Reina WTESJTHFDTOLLTC

As EWJIWHEOEHNDLHR

Siete EHLXHEFUFEEEFEO

Nueve NEEPEFIRERWOIOS

Diez TRFARIFJNEINNLS

--La primera columna empieza con la palabra _Between_ (¡Entre!)--grité,

contemplando atónito lo primero comprensible que había descubierto.

--¡Sí, y yo veo otras palabras en las demás columnas!--exclamó

Reginaldo, arrebatándome, lleno de agitación, algunas de las cartas que

yo tenía, y ayudándome a arreglar las otras filas.

Aquellos instantes han sido los más agitados, nerviosos y solemnes de mi

vida. El gran secreto que había producido toda su fabulosa riqueza a

Burton Blair, iba a quedar revelado para nosotros.

¡Podía convertirme en un millonario, como había sucedido con su difunto

dueño!

Una vez arregladas todas las cartas en el orden correspondiente: las

ocho de copas, las ocho de espadas y las ocho de oros debajo de las ocho

de bastos, tomé un lápiz y escribí la primera letra de cada carta.

--¡Sí!--grité, casi fuera de mi razón y presa de la mayor

excitación,--el arreglo es perfecto. ¡El secreto de Burton Blair está

descubierto!

--¡Es una especie de registro!--exclamó Reginaldo.

Y empieza con las palabras: Entre el _Ponte del Diávolo_... ¡Este nombre

es italiano, y supongo que querrá decir: ¡Puente del Diablo!

--El Puente del Diablo es un antiguo puente medioeval que hay cerca de

Lucca--expliqué rápidamente, y luego recordé la cara grave del monje

capuchino, que vivía en el silencioso monasterio próximo a dicho paraje.

Pero en ese momento toda mi atención estaba dedicada a aclarar el

enigma, y no tenía tiempo para reflexionar. La letra Y estaba colocada

en algunos puntos en lugar del espacio, con el fin aparentemente de

confundir, y así ocultar el secreto de cualquiera solución probable o

casual.

Al fin, después de un cuarto de hora casi, porque algunas de las letras

estaban bastante borradas, descubrí que el registro cifrado que había

estado escribiendo era un extraño documento que contenía lo siguiente:

«Entre el Puente del Diablo y la punta donde el Serchio se une al Lima,

sobre la orilla izquierda, a cuatrocientos cincuenta y seis pasos desde

la base del puente donde el sol brilla sólo una hora el cinco de abril y

dos horas el cinco de mayo, a mediodía, descended veinticuatro

escalones, detrás de los cuales puede un hombre defenderse de

cuatrocientos. Hay dos grandes rocas, una a cada lado. En una de ellas

se encontrará grabada una vieja E. Bajad a la mano derecha y hallaréis

lo que buscáis. Pero primero encontrad al anciano que vive en la casa de

las Encrucijadas.»

--¿Qué significará todo esto?--observó Reginaldo, y, volviéndose al

señor Hales, añadió:--La última parte se refiere a usted.--El anciano se

rió intencionalmente, y comprendimos que sabía más de los asuntos de

Blair, que lo que quería confesar.

--Significa que en ese estrecho y romántico valle de Serchio se halla

escondido algún secreto, y estas son las instrucciones para

descubrirlo--dije.--Conozco el tortuoso río y el punto exacto donde, a

través de los siglos, el agua ha conseguido abrirse paso sobre un lecho

rocalloso y profundo lleno de peñascos gigantescos, saltos torrentosos y

hondas lagunas. Sobre este puente se cuentan muchas extrañas historias

del diablo, asegurándose que fue él en persona quien lo construyó, con

la condición de tomar para sí el primer ser viviente que pasase por él,

y que fue un perro. En realidad--añadí,--el paraje es uno de los más

agrestes y románticos de toda la campiña toscana. Es extraño, también,

que a sólo tres millas del lugar indicado viva en el monasterio

capuchino fray Antonio.

--¿Quién es fray Antonio?--preguntó Hales, quien contemplaba aún las

cartas con toda atención.

Le expliqué, y el anciano se sonrió, pero yo conocí que en la

descripción del monje había reconocido a uno de los amigos de Blair, de

los años pasados.

--¿Quién habrá escrito este registro?--le interrogué.--Blair no ha sido,

eso es evidente.

--No--fue su contestación.--Ahora que legalmente le pertenece, por

donación de nuestro amigo, y que ha conseguido descifrarlo, puedo,

también, contarle algo más sobre eso.

--Sí, hágalo--gritamos ansiosamente los dos.

--Bien entonces; voy a referir cómo fue--explicó el enjuto anciano,

apresando el tabaco en su larga pipa.--Hace varios años que era yo

primer piloto del buque «Annie Curtis», de la matrícula de Liverpool,

ocupado en el comercio de frutas del Mediterráneo y que regularmente

hacía sus viajes entre Nápoles, Esmirna, Barcelona, Argelia y Liverpool.

Nuestra tripulación era mixta, pues se componía de ingleses, españoles e

italianos, y entre estos últimos había un viejo llamado Bruno. Era un

individuo misterioso, originario de la Calabria, y entre los demás

tripulantes se susurraba que había sido el jefe de una célebre partida

de bandidos, que había sembrado el terror en la parte más al Sud de

Italia, la cual había sido recientemente exterminada por los

carabineros. Los otros italianos lo conocían por el sobrenombre de

Baffitone, que, según creo, quiere decir Bigotudo.

Era muy trabajador, casi no bebía, y, al parecer, era bastante educado,

porque hablaba y escribía bien el inglés, y, además, siempre estaba

atormentando a los demás para que le hicieran enigmas y cifras, a cuya

solución se dedicaba en sus momentos de ocio. Un día, que era la

conmemoración de una fiesta religiosa, lo cual fue motivo de excusa

para los italianos, pues lo aprovecharon como festivo, lo encontré en el

castillo de proa escribiendo algo en un pequeño paquete de cartas. Trató

de ocultarme lo que estaba haciendo; pero, despertada mi curiosidad,

noté en el acto cómo las había arreglado, y ese hecho mismo me demostró

qué cifra tan notablemente ingeniosa había descubierto.

El anciano se calló un momento, como si vacilara referirnos toda la

verdad del asunto. Al fin, después de encender su pipa con una astilla,

reanudó su relación, diciendo:

--Abandoné el mar, volví aquí al lado de mi esposa y pasaron seis años

sin que supiera nada del italiano, hasta que un día, con aspecto de un

hombre de recursos y vestido con un traje nuevo y sombrero duro, también

nuevo, se presentó a verme. Todavía estaba en el «Annie Curtis», pero

como la barca se hallaba en dique seco, él, según me dijo, había querido

bajar a tierra para andar de jarana. Permaneció aquí dos días, y con su

pequeña máquina fotográfica, adquisición muy reciente, evidentemente,

anduvo sacando toda clase de vistas, incluyendo la de esta casa.

Antes de ausentarse me hizo depositario de sus secretos y me declaró que

lo que a bordo de la barca se había sospechado era cierto, pues no era

otro que el célebre Poldo Pensi, el bandido cuya osadía y ferocidad

habían sido años antes narradas en verso y prosa en Italia. Sin embargo,

desde que su partida había sido totalmente destruida, habíase reformado,

y en vez de sacar provecho de ciertos datos que había adquirido durante

su vida de bandolero, trabajaba para ganarse su subsistencia a bordo de

un buque inglés. Los datos, según me dijo, los había obtenido de un

cierto Cardenal Sannini, del Vaticano, a quien él tuvo secuestrado para

conseguir un buen rescate, y eran de una índole tal, que podía

convertirse en hombre de fortuna el día que quisiera serlo; pero, dado

que el Gobierno de su país había ofrecido un gran premio por su captura,

había resuelto ocultar su identidad y recorrer los mares. También me

manifestó la noche antes de irse, aquí en esta pieza, donde estábamos

sentados fumando, que el secreto estaba archivado en forma de registro

cifrado, pero de una naturaleza tal, que ninguno que lo descubriera

podría leerlo sin poseer la clave de la cifra.

--¡Entonces fue aquí, en estas cartas, donde le dejó estampado el

secreto!--grité, interrumpiéndolo.

--Justamente. El secreto del Cardenal Sannini, obtenido por el famoso

bandido Poldo Pensi, cuya terrible partida de bandoleros devastó media

Italia hace veinticinco años, y que obligó al mismo Papa Pío IX a

pagarle tributo, está escrito aquí, como usted lo acaba de descifrar.

--¿Y Pensi ha muerto?--pregunté.

--¡Oh! sí. Murió y fue enterrado en el mar, cerca del puerto de Lisboa,

antes de que Burton Blair tomara posesión de las cartas. El secreto,

según mis seguros informes, le fue arrancado a la fuerza al Cardenal

Sannini, que, al atravesar la desierta e inhospitalaria región entre

Reggio y Gerace, fue preso por Pensi y su gavilla, llevado a su

baluarte, pequeña aldea de la montaña, como a tres millas de Micastro,

y allí retenido prisionero, para exigir un gran rescate a la Santa Sede.

Por ciertas razones ignoradas, parece que el astuto y anciano Cardenal

no deseaba que el Vaticano tuviera conocimiento de su captura; por lo

tanto, impuso como condición de su libertad que revelaría un secreto

notabilísimo, el secreto escrito en estas cartas, lo cual hizo, y Pensi

lo puso entonces en libertad, cumpliendo el compromiso.

--Pero Sannini era uno de los cardenales más altamente colocados en

Roma--exclamé.--A la muerte de Pío IX se creyó que sería nombrado su

sucesor en el Pontificado.

--Es cierto--observó el anciano, que parecía muy versado en toda la

historia moderna de San Pedro, en Roma.--El secreto divulgado por el

Cardenal, es, indudablemente, de inmenso valor, y si procedió así, fue

para salvar su reputación, según creo, por lo que me dijo el bandido

italiano, pues ellos habían descubierto que se encontraba en el extremo

Sud de la península, contrariando las órdenes del Papa, que lo había

mandado en opuesta dirección, y el objeto de éstos había sido promover

una agitación religiosa, mal intencionada, contra Pío IX. De aquí que

Sannini, en quien tanto confiaba Su Santidad, viose obligado a todo

costo a ocultar la noticia de su captura, la cual debía permanecer

absolutamente ignorada. Pensi me refirió cómo, antes de soltar al

Cardenal, se trasladó, con el mayor sigilo, a cierto paraje de la

provincia toscana y se cercioró de que el secreto que había revelado el

gran eclesiástico era una realidad. Después de eso fue puesto en

libertad, y, con una escolta que lo garantiera, marchó hasta Cosenza,

donde tomó el tren para Roma.

--¿Pero cómo vino el secreto a poder de Burton Blair?--preguntó

ansiosamente.

--¡Ah!--observó el viejo, mostrando las palmas de sus manos morenas y

endurecidas,--esa es la cuestión. Sobre esas mismas cartas que usted

tiene, sé que Poldo Pensi, el exbandido de Calabria, inscribió en inglés

las instrucciones del Cardenal. En efecto, notará usted que la redacción

revela que su autor ha sido un extranjero. Esas letras mayúsculas, casi

borradas, fueron trazadas por él a bordo del «Annie Curtis», y conservó

seguro su secreto hasta su muerte. Lo que él me refirió

confidencialmente, no lo manifesté jamás a nadie hasta... vamos, hasta

que Burton Blair me obligó a hacerlo esa noche en que reconoció esta

casa por la fotografía sacada por Poldo, y me encontró de nuevo.

--¡Lo obligó!--exclamó Reginaldo.--¿Cómo?

XXI

PEOR QUE LA MUERTE

El alto y enjuto anciano me miró con sus ojos pardos y movió la cabeza.

--Burton Blair sabía demasiado--contestó evasivamente.--Según parece,

después que yo me retiré llegó a ocupar el puesto de primer piloto, y

Poldo, el hombre que había tenido en sus manos, para conseguir buenos

rescates, a duques, cardenales y otros grandes hombres, trabajó a sus

órdenes pacientemente. Algún tiempo después, Poldo cayó enfermo de un

grave ataque de fiebre y murió, pero, aun cuando es bastante extraño, le

dejó, así lo aseguraba Blair, el paquete de cartas con el secreto.

Dick Dawson, sin embargo, que estaba también en el buque como

contramaestre, y que la mitad de su vida la ha pasado en bergantines

italianos, en el Adriático, declara que esta historia es falsa, y que

Blair robó la bolsita que encerraba las cartas de debajo de la almohada

de Poldo, media hora antes de que éste muriera.

Sea esto verdad o mentira, sin embargo, los hechos quedan en pie, y

son: que Poldo debió dejar escapar en medio del delirio de la fiebre

parte de su secreto, y que Blair vino a ser el dueño de las pequeñas

cartas. Tres semanas después de la muerte del italiano, Blair, al

desembarcar en Liverpool, llevando consigo las cartas y la instantánea,

emprendió ese larguísimo y fatigoso viaje por todos los caminos de

Inglaterra, con el fin de encontrarme y conocer por mi intermedio la

clave del secreto del famoso bandido, la cual yo poseía.

--Y cuándo consiguió encontrarlo, ¿qué sucedió?

--Afirmó solemnemente que Bruno se las había dado como un regalo de

moribundo, y que la razón que tenía para buscarme era porque el viejo

bandido, antes de morir, pidió ver la fotografía que estaba en su cofre

de a bordo, y contemplándola un largo rato, le dijo en italiano,

reflexivamente: «En esta casa vive el único hombre que conoce mi

secreto.»

Esa fue la razón que evidentemente tuvo Blair para posesionarse de la

fotografía, después de la muerte del italiano.

Cuando llegó aquí, me mostró el paquete de cartas, y me prometió mil

libras esterlinas si le revelaba las confidencias del italiano. Como

éste había fallecido, no hallé razón por qué negarme, y en cambio de la

promesa del pago de dicha suma, le dije lo que quería saber, y entre

otras cosas, le expliqué el arreglo de las cartas, de modo que pudo

descifrarlas. La clave de la cifra la había descubierto ese día de

fiesta que encontré a Poldo en el castillo de proa escribiendo un

mensaje sobre las cartas, evidentemente dedicado para el Cardenal

residente en Roma, porque después he sabido que el bandido y el

eclesiástico, antes de la muerte de este último, mantenían frecuente

pero secreta comunicación.

--Pero el tal Dawson debe haber sacado enorme beneficio de la revelación

hecha por Blair--observé.--Parece que han sido amigos muy íntimos.

--Por cierto que ha sacado provecho--respondió Hales.

El tesoro misterioso · 第 11 / 17 段