nadador, y ni el intenso frío ni la fuerza de la corriente tuvieron
mucho poder para impedir mi avance hacia donde estaba el cuerpo de la
inconsciente niña. Después que la tomé, sin embargo, tuve que luchar
terriblemente para evitar que me arrastrara hacia la curva, donde yo
sabía que el río, unido a otro su afluente, se ensanchaba, y donde las
probabilidades de efectuar el salvamento hubieran sido muy débiles.
Durante algunos minutos luché con todas mis fuerzas para conseguir
mantener sobre la superficie la cabeza de la pobre niña inconsciente,
sin embargo, era tan poderosa la corriente, con sus masas de hielo
flotante, que toda resistencia parecía imposible, y ambos fuimos
arrastrados cierta distancia río abajo, hasta que al fin, llamando en mi
auxilio mis últimas fuerzas, conseguí salir del peligro con mi
insensible carga y llegar a un banco de arena, donde pude sosteniendo
una fiera lucha, saltar a tierra y arrastrar a la pobre niña sobre la
orilla helada.
Muchos años antes había asistido por un tiempo a un curso de primeros
auxilios, y recordé en aquel momento las instrucciones que había
recibido entonces y me puse en el acto a trabajar para producir una
respiración artificial. Era un trabajo pesado para hacerlo solo, con mis
ropas mojadas adheridas a mi cuerpo, heladas y duras por el frío
terrible; pero perseveré sin embargo, decidido, si posible era, a
volverla a la vida, y esto lo conseguí felizmente media hora después.
Al principio no pudo pronunciar una palabra, y yo no la interrogué. Me
bastaba saber que todavía estaba viva, porque cuando la traje a tierra
creí que ya era inútil todo auxilio humano, y que el cobarde atentado de
su vulgar amante había tenido éxito. Tiritaba y se estremecía de la
cabeza a los pies, pues el viento de la noche cortaba como un cuchillo,
y, al fin, por indicación mía, se puso de pie y, apoyándose pesadamente
sobre mi brazo trató de caminar. La tentativa fue muy débil primero,
pero luego aceleró algo el paso, y, sin mencionar ninguno de los dos lo
que había sucedido, la conduje por la larga avenida hasta la casa. Una
vez dentro, me manifestó que era innecesario llamar a la señora Gibbons,
y en voz muy baja me imploró que callase todo lo que había presenciado.
Tomó mi mano entre las suyas y la retuvo.
--Quiero que olvide usted, si es su voluntad hacerlo, todo lo que ha
pasado--exclamó, profundamente ansiosa.--Ya que me siguió usted y oyó lo
sucedido entre nosotros, quiero que considere que esas palabras no han
sido jamás pronunciadas. Quiero que... que...--tartamudeó, y luego se
calló sin concluir la frase.
--¿Qué es lo que desea que haga?--le pregunté después de un breve
momento de penoso silencio.
--Quiero que me mire usted todavía con alguna estimación, como siempre
lo ha hecho--murmuró, bañada en lágrimas,--porque no me gusta pensar que
haya descendido en su aprecio. Recuerde que soy una mujer... y los
impulsos e indiscreciones de una mujer pueden perdonarse.
--Usted no ha perdido absolutamente nada de mi estimación, Mabel--le
aseguré.--Lo único que siento es que ese bribón haya cometido con usted
ese terrible y ultrajante atentado. Pero ha sido una felicidad que la
haya seguido, aun cuando creo que debo disculparme por haber asumido el
carácter de espía.
--Me ha salvado la vida--contestó en un murmullo, al estrecharme la mano
con afecto como dándome las gracias. Luego se deslizó veloz y
silenciosamente por la gran escalera y perdiose de vista.
A la mañana siguiente se presentó en el comedor a la hora del almuerzo,
sin que al parecer se notaran casi los estragos producidos por su
peligrosa escapada de la muerte, siendo tal vez las únicas huellas
visibles dos negros y grandes círculos alrededor de sus ojos, que daban
a conocer su terrible ansiedad y su insomnio. Pero sin embargo charló
alegremente, como si no hubiera tenido ninguna preocupación en el mundo
por qué afligirse. Mientras Gibbons estuvo sirviéndonos, no pudo hablar
con confianza, pero cuando sus ojos se fijaban en mi, su mirada estaba
llena de expresión significativa.
Al fin, cuando terminamos, y juntos atravesamos el gran hall para volver
a la biblioteca, le dije:
--¿Va a permitir que el desgraciado incidente de anoche pase
inadvertido? Si lo hace, me temo que ese hombre pueda cometer otro
atentado contra su vida. Será ciertamente mucho mejor que sepa, una vez
por todas, que yo he sido testigo de su infame cobardía.
--No--respondió en voz baja y dolorida.--Le ruego que no discutamos eso.
Debe pasar inadvertido.
--¿Por qué?
--Porque, si yo tratara de hacerlo castigar, él podría declarar algo...
algo que deseo que permanezca siendo un secreto.
Yo sabía eso, y recordé cada palabra de aquella acalorada conversación
nocturna. El bribón conocía algún secreto suyo, el cual temía ella que
fuera revelado, pues debía ser deprimente y perjudicial.
¡Desde el principio hasta el fin era ciertamente un enigma de lo más
notable y extraño! Desde la noche de invierno cuando la encontré caída a
la orilla del camino real en Helpstone, hasta este mismo momento, se
habían ido sucediendo y amontonando misterios sobre misterios, secretos
sobre secretos, hasta que, con la muerte de Blair y el paquete de
pequeñas cartas que tan curiosamente me había legado, el problema había
asumido gigantescas proporciones.
--Ese hombre la hubiera asesinado, Mabel--exclamé.--¿Le tiene miedo?
--Sí, le tengo--contestó sencillamente, con su mirada fija a través del
prado y del lejano parque, y suspiró.
--¿Pero no debería usted ahora asumir la defensiva en vista de que ese
hombre ha intentado deliberadamente quitarle la vida?--le
argumenté.--¡Su villana acción de anoche ha sido verdaderamente
criminal!
--Lo ha sido--dijo con una voz hueca y confusa, volviendo sus ojos hacia
mí.--No tenía la menor idea de su intención. Confieso que he venido
aquí, porque me obligó a que viniera a tener una entrevista con él. Ha
sabido la muerte de mi padre y comprende ahora que puede obtener dinero
de mí; que tendré por fuerza que ceder a sus exigencias.
--Pero creo que me podrá decir su nombre, por lo menos--exclamé.
--Herberto Hales--contestó, no sin alguna vacilación. Después
añadió:--Pero deseo, señor Greenwood, que me haga el favor de no
mencionar otra vez este penoso asunto. ¿Usted no sabe cómo me trastorna
cuanto depende del silencio de este hombre?
Se lo prometí, aun cuando antes hice los mayores esfuerzos para tratar
de inducirla a que me diera algún indicio sobre la naturaleza del
secreto que poseía este grosero campesino. Pero fue inflexible y se negó
a decirme nada.
Que el secreto era algo que la afectaba a ella o a su honor, parecía
evidente, porque cada vez que yo le indicaba que sería bueno obligar a
ese hombre a que se enfrentara cara a cara con ella, se estremecía de
terror a la sola idea de la espantosa revelación que en venganza podía
hacer.
Cavilaba si ese documento, dedicado a ella solamente, escrito por el que
no existía ya, y que había destruido la noche anterior, no tendría
alguna conexión con el secreto de Herberto Hales. En verdad, cualquiera
que fuese la índole de lo que ese hombre sabía, el hecho es que era tan
poderoso su secreto, que la obligaba a venir de Londres para arreglar
con él, si era posible, las condiciones.
Felizmente, empero, todos los moradores de Mayvill ignoraban por
completo los acontecimientos de la noche anterior, y cuando a mediodía
abandonamos la mansión, de regreso para Londres, Gibbons y su esposa nos
despidieron en la puerta y nos desearon feliz viaje.
El mayordomo y su esposa creían, por cierto, que el objeto de nuestra
rápida visita había sido registrar los efectos del muerto, y con la
curiosidad natural de los sirvientes, ambos estaban deseosos de saber si
habíamos descubierto algo de interés, aunque no podían interrogarnos
directamente. La curiosidad aumenta cuanto mayor es la fidelidad y
confianza que se tiene en un sirviente, hasta que este servidor, fiel y
reservado generalmente, sabe tanto y conoce tan bien los asuntos de su
amo o ama como ellos mismos. Burton Blair había tenido particular
predilección por el matrimonio Gibbons, y casi parecía que éstos se
consideraban menospreciados porque no se les informaba de todas las
disposiciones del testamento de su difunto amo.
Nosotros sólo les participamos el legado de doscientas libras para cada
uno que les había hecho Blair, lo cual les causó el más profundo placer.
Después de dejar a Mabel en la plaza Grosvenor y de despedirme de ella,
me volví inmediatamente a la calle Great Russell, y me hallé con que
Reginaldo acababa de volver de su negocio de la calle Cannon.
Procediendo en conformidad a la súplica de mi dulce y encantadora
amiguita, no le dije nada sobre el desagradable y excitante incidente de
la noche anterior. Todo lo que le conté fue el examen que habíamos hecho
del escritorio de Blair y lo que habíamos descubierto en él.
--Debemos ir y ver esa casa de las Encrucijadas, creo yo--exclamó cuando
hubo visto la fotografía.--De King's Cross a Doncaster es un viaje
rápido; podemos ir y volver mañana mismo. Me interesa conocer la casa
que anduvo Blair buscando por toda Inglaterra y por cuyo motivo, vagó
meses y años hasta descubrirla. Esta fotografía debió venir a su
poder--añadió entregándomela,--sin ningún nombre o indicio de su
ubicación.
Estuve conforme con que debíamos ir y ver por nuestros propios ojos la
misteriosa casa; por lo tanto, después de pasar una noche tranquila y
agradable en el Devonshire, partimos al día siguiente para Yorkshire en
el primer tren matinal. Cuando llegamos a la estación de Doncaster, a la
cual nos dirigimos desde Londres sin parar, tomamos una volanta y nos
encaminamos por el ancho camino real, cubierto de nieve, que atraviesa
por Benttey, recorriendo unas seis millas o más, hasta que, después de
orillar el parque de Owston, nos encontramos de pronto sobre las
Encrucijadas, donde se levantaba la solitaria y vieja casa, tal como la
fotografía la representaba.
Era un edificio antiguo y extraño, parecido a esas viejas casas de
portazgo que se ven en los grabados de la antigüedad, sólo que le
faltaba la vieja barra de hierro. Sin embargo, se conservaban todavía
los postes del portón, y como durante la noche había caído una sábana de
nieve, el aspecto que presentaba el paraje, era verdaderamente invernal
y pintoresco. La vieja casa, con sus anchas chimeneas despidiendo humo,
parecía que había sido ensanchada después de sacada la fotografía,
porque en el ángulo derecho se levantaba una nueva ala de ladrillo
colorado, que la transformaba en una morada confortable.
No obstante, al aproximarnos más a ella, viéndola surgir de la blanca
planicie cubierta de nieve, sentimos que respiraba silenciosamente el
ambiente de esa época olvidada, cuando las mensajerías de York y Londres
pasaban por allí, los enmascarados caballeros de los caminos estaban
escondidos en el bosque sombrío de abetos que se extendía más allá de
los abiertos terrenos comunales de Kirkhouse Green, y los postillones no
se cansaban de alabar aquellos maravillosos y célebres quesos en la
vieja posada Bell, en Stilton.
Nuestro cochero pasó de largo, y como a un cuarto de milla del punto le
hicimos parar, bajamos y retrocedimos a pie, ordenándole que nos
esperara.
Llamamos a la puerta y nos abrió una anciana con gorra y adornos de
cintas. Reginaldo, que asumió la parte de interlocutor, pidiole disculpa
y le manifestó que habíamos ido pasando; pero que, habiendo notado por
su exterior que era evidentemente una antigua casa de portazgo, no
habíamos podido resistir al deseo de llamar y pedir que se nos
permitiera verla por dentro.
--Sean ustedes bien venidos, caballeros--contestó la mujer, en su
grosero dialecto de Yorkshire.--Es una casa vieja y les aseguro que han
venido muchas personas a visitarla en los años que llevo de estar en
ella.
A través de la pieza se veían las negras y viejas vigas con dos siglos
de existencia, mientras en un rincón estaba la anticuada chimenea que
presentaba un aspecto confortable y atrayente con su asiento de roble
bien lustrado, y la gran olla hirviendo sobre el alegre fuego. El
mobiliario había cambiado poco del que existía en aquella antigua época
de los coches y mensajerías, pero el ambiente general que reinaba, era
de abundancia y comodidad.
--¿Hace mucho tiempo que vive usted aquí?--preguntó Reginaldo, después
que examinamos lo que nos rodeaba y vimos la ventanita triangular en el
rincón de la chimenea, desde donde el guardián del portazgo podía
antiguamente dominar con la vista muchas millas a lo largo del camino
carretero que se extendía a través de los brezales.
--El próximo día de San Miguel hará veintitrés años que estoy aquí.
--¿Y su esposo?
--¡Oh! aquí está--rió la mujer, llamándolo luego:
--Ven, Enrique, ¿dónde estás?--y después añadió:--No se ha ausentado ni
un día de aquí, desde que volvió a la patria hace dieciocho años y dejó
el mar. Ambos somos muy apegados a esta vieja morada. Un poco solitario,
podría decir la gente refiriéndose al paraje, pero a sólo una milla está
Burghwallis.
Cuando le oímos mencionar que su esposo había vuelto del mar, los dos
pusimos toda atención a sus palabras. Aquí era donde residía,
evidentemente, el hombre que Burton Blair había buscado de una punta a
la otra de Inglaterra.
XIX
EN EL QUE SE ENCUENTRA UN RASTRO
Se abrió una puerta y avanzó un hombre alto, flaco, viejo, de blancos
cabellos y barba gris puntiaguda. Se conocía que se había retirado al
llegar nosotros para cambiarse el saco, porque traía puesta una chaqueta
azul plegada que tenía muy poco uso, pero cuyo cuello estaba torcido,
demostrando que acababa en ese momento de ponérsela.
Su cara veíase surcada profundamente de grandes y rectas arrugas a
través de su frente; era la fisonomía de un hombre que durante años
había estado expuesto a los rigores e inclemencias del viento y del
tiempo de diferentes climas.
Después de saludarnos, se rió alegremente cuando le explicamos nuestra
admiración por las casas viejas. Les dijimos que éramos de Londres, y
que las casas de portazgos, por su relación con el antiguo medio de
locomoción en lo pasado, siempre nos encantaban.
--Sí, eran días muy agitados aquéllos--dijo en una voz más bien fina
para aquel aspecto tan tosco.--Hoy el automóvil ha ocupado el lugar de
la pintoresca diligencia y sus parejas de caballos, y pasan por aquí
bebiéndose los vientos a toda hora del día y de la noche, haciendo
resonar sus cornetas. Imaginarse semejante cosa en el mismo punto donde
Claudio Duval[*] paró al Duque de Northumberland y galantemente escoltó
después a lady María Percy hasta Selby.
[*Célebre salteador de caminos, de nacionalidad francesa, pero que fue
joven a Inglaterra.]
El viejo parecía deplorar la desaparición de la buena época pasada,
porque era uno de esos hombres que son conocidos como «de la vieja
escuela», lleno de estrechos prejuicios contra toda nueva idea, ya fuera
de medicina, religión o política, y declaró que, cuando él era joven,
los hombres eran hombres y sabían sostener lo suyo con éxito en
competencia con el extranjero, ya fuese en la paz del comercio o en el
choque de las armas.
Nos dijo que su apellido era Hales, lo cual me produjo la mayor
sorpresa, pues era el mismo del novio secreto de Mabel, y en el correr
de la conversación supimos que había estado un buen número de años en el
mar, principalmente en viajes comerciales por el Atlántico y por el
Mediterráneo.
--Pero ahora parece que está usted muy confortable--observé,
sonriendo;--tiene una casa cómoda y atrayente, una buena esposa y todo
lo que puede hacerlo feliz.
--Dice usted bien--contestó, tomando una larga pipa de arcilla de sobre
el morillo de la abierta chimenea.--Un hombre no necesita nada más.
Estoy demasiado contento y desearía que todo el mundo en Yorkshire
estuviera tan confortable como yo en este tiempo tan duro.
La anciana pareja parecía sentirse halagada por nuestra visita, y nos
ofrecieron bondadosamente un vaso de cerveza fuerte.
--Es cerveza casera--declaró la señora Hales.--Las personas como
nosotros no pueden darse el lujo de tener vino, pero pruébenla
ustedes--insistió, y como nos vimos instados, tuvimos el gusto de
encontrar una excusa para prolongar nuestra visita.
La anciana se fue a la cocina para traer vasos, y aprovechando esta
circunstancia, Reginaldo se puso de pie, cerró rápidamente la puerta, y,
volviéndose a Hales, le dijo en voz baja:
--Queremos conversar reservadamente con usted unos cinco minutos.
¿Reconoce usted ésto?--añadió, sacando la fotografía y poniéndosela por
delante al anciano.
--¡Es mi casa!--exclamó sorprendido.--¿Pero qué hay con eso?
--Nada, salvo que debe usted contestar a mis preguntas. Son de la mayor
importancia, y el objeto real de nuestra venida ha sido para poder
hacérselas. Primero, ¿ha conocido usted un hombre llamado Blair, Burton
Blair?
--¿Burton Blair?--repitió el anciano, apoyando sus manos en los brazos
de su silla al inclinarse hacia adelante ansiosamente.--Sí; ¿por qué?
--Ese hombre descubrió un secreto, ¿verdad?
--Sí, por mi intermedio... e hizo millones debido a eso, según dicen.
--¿Cuándo fue la última vez que lo vio?
--Hará cinco o seis años.
--¿Cuándo al fin descubrió que vivía usted aquí?
--Eso es. Anduvo recorriendo todos los caminos de Inglaterra para
encontrarme.
--¿Fue usted quien le dio esta fotografía?
--No, creo que la debió robar.
--¿Dónde lo conoció usted por primera vez?
--A bordo del Mary Clowle, en el puerto de Amberes. Era marino, como yo.
¿Pero por qué quiere usted saber todo esto?
--Porque--contestó Reginaldo,--Burton Blair ha muerto, y su secreto ha
sido legado a mi amigo, el señor Gilberto Greenwood, aquí presente.
--¡Burton Blair ha muerto!--exclamó, poniéndose de un salto en pie, como
si hubiera recibido una descarga eléctrica.--¡Burton ha muerto! ¿Lo sabe
Dick Dawson?
--Sí, y está en Londres--repliqué.
--¡Ah!--exclamó con impaciencia, como si todos sus planes se hubieran
trastornado por el conocimiento anticipado que tenía Dawson de la
noticia.--¿Quién se lo ha dicho? ¿Cómo demonios lo ha sabido?
Tuve que confesar mi ignorancia al respecto, pero, en contestación a su
pregunta, deploré el fin trágico e imprevisto de nuestro amigo, y le
manifesté cómo había quedado en posesión del paquete de naipes, en los
cuales estaba escrito el enigma cifrado.
--¿Tiene usted una idea de lo que en realidad era su secreto?--preguntó
el viejo enjuto.--Quiero decir, ¿sabe usted de dónde provenía su gran
fortuna?
--Nada sé, absolutamente nada. Tal vez usted pueda decirnos algo, ¿no es
verdad?
--No--dijo,--no puedo. De pronto se hizo rico, aun cuando un mes o dos
antes había andado vagando y muriéndose de necesidad. Me encontró, y yo
le di ciertos informes, los cuales me recompensó muy bien después.
Fueron estos informes, según me dijo, los que formaron la clave para el
secreto.
--¿Nada tenían que ver con este paquete de cartas y la cifra?--le
interrogué impacientemente.
--No sé, pues jamás he visto las cartas de que usted hace mención.
Cuando llegó aquí una noche fría, estaba exhausto, muerto de hambre y
completamente abatido. Le hice comer, le di una cama para que descansara
y le dije todo lo que quería saber. A la mañana siguiente, con dinero
que yo le presté, tomó el tren para Londres, y cuando volví a saber algo
de él, fue por una carta en que me comunicaba que había pagado a mi
orden al Banco del condado, en York, mil libras esterlinas, como
habíamos convenido que sería la suma que me pagaría por mis informes. Y
les aseguro, caballeros, que nadie se quedó más sorprendido que yo,
cuando al día siguiente recibí una carta del Banco confirmando la de él.
Después depositó en el mismo Banco todos los años, el primero de enero,
una suma igual, como un pequeño regalo, según él decía.
--¿Entonces, usted no lo volvió a ver más después de esa noche en que
consiguió al fin encontrarlo?
--No, ni una sola vez--contestó Hales, dirigiéndose luego a su esposa
que acababa de entrar, para decirle que estaba ocupado con nosotros en
una conversación reservada y pedirle que nos dejara solos, lo cual hizo
inmediatamente.--Burton Blair era un hombre de carácter
original--continuó, volviéndose a mí,--y siempre lo fue. No hubo nunca
mejor marino que comiera carne de buey salada, que él. Era un espléndido
navegante y verdaderamente intrépido. Conocía tan bien el Mediterráneo
como otros hombres conocen la calle Cable, en Whitechaple, y su vida
había estado llena de aventuras. Pero en tierra era un loco atolondrado.
Recuerdo con cuánta dificultad escapamos una vez con vida de una pequeña
ciudad de la costa de Argelia. Movido por un impulso travieso, le
levantó el velo a una niña árabe que encontramos en el camino, y cuando
ella gritó pidiendo auxilio, nosotros apenas tuvimos tiempo de escapar
corriendo velozmente, les aseguro--y se rió con ganas al recordar sus
travesuras en tierra.--Pero los dos pasamos momentos duros en Camarones
y en los Andes. Yo era mayor que él y cuando lo conocí por primera vez
no pude menos de reírme de lo que creía era ignorancia suya. Pero pronto
me di cuenta que él había sacado doble provecho que yo de sus viajes y
aventuras en el corto tiempo que llevaba de navegación, pues tenía una
hábil destreza para desertar e internarse en los puntos que deseaba,
siempre que se le ofrecía una oportunidad. Peleó en media docena de
revoluciones en los países de Centro y Sud América y solía decirnos
que, en cierta ocasión, los rebeldes de Guatemala lo habían elegido su
ministro de comercio.
--Sí--confirmé yo--era un hombre muy notable en muchos conceptos con una
historia muy notable también. Desde el principio hasta el fin su vida
era un misterio, y es ese misterio el que trato ahora, después de su
muerte, de descubrir.
--¡Ah! Pero temo que sea una tarea muy difícil la suya--respondió su
viejo amigo, sacudiendo la cabeza.--Blair era en todo sumamente
reservado. No permitió jamás que su mano derecha supiera lo que su
izquierda hacía. Nunca podrá usted conseguir conocer a fondo toda su
viveza e ingenio, o sus motivos. ¿Y no puede usted adivinar la razón que
ha tenido para dejarle su secreto?--añadió, como si hubiese sido un
pensamiento repentino.
--Lo ha hecho sólo por gratitud. Pude en cierta ocasión prestarle una
pequeña ayuda.
--Lo sé. Me contó todo lo sucedido, diciéndome cómo ustedes dos habían
puesto en el colegio a su hija para que terminara su educación.
Pero--continuó,--Blair ha tenido algún motivo para dejarle a usted esa
cifra ininteligible; puede estar seguro. El sabía muy bien que jamás
obtendría solo su solución.
--¿Por qué?
--Porque otros, antes que usted, lo han intentado y fracasaron.
--¿Quiénes son ellos?--inquirí, con gran sorpresa.
--Uno es Dick Dawson. Si lo hubiera conseguido, habría ocupado el lugar
de Blair, transformándose en millonario. Lo que hay es que no ha sido
perspicaz, y el secreto pasó a nuestro amigo.
--Entonces, ¿usted no cree que yo pueda descubrir alguna vez la solución
del enigma cifrado?
--No--contestó el anciano, con mucha franqueza,--no lo creo, ni se lo
predigo tampoco. ¿Y qué es de su hija?--añadió.--Me parece que se
llamaba Mabel, ¿no es así?
--Está en Londres y ha heredado toda la fortuna--respondí. Al oír esto,
la cara arrugada del viejo se iluminó con una severa sonrisa, y observó:
--No hay duda, hará una espléndida conquista matrimonial. ¡Ah! si usted
pudiera conseguir que le dijera todo lo que sabe, lo pondría en posesión
del secreto de su padre.
--¡Qué! ¿acaso ella lo conoce?--exclamé.--¿Está usted seguro de eso?
--Lo estoy; ella sabe la verdad. Pregúnteselo.
--Lo haré--declaré yo.--¿Pero no puede usted decirnos qué clase de
informes le dio a Blair esa noche que al fin lo volvió a encontrar?--le
pregunté persuasivamente.
--No--replicó en un tono decisivo,--fue un asunto reservado, y debe
seguir siéndolo. Mis servicios fueron recompensados, y en cuanto a mí me
concierne, yo me he lavado las manos y nada tengo que hacer de él.
--Pero usted puede decirme algo respecto a esta extraña pesquisa de
Blair; algo, quiero decir, que pueda ponerme en la senda de la solución
del secreto.
--El secreto de cómo obtuvo su fortuna, dice usted, ¿eh?
--Por cierto.