Bournemouth a verme, y me dijo en confianza que su dorado sueño de
poseer una gran fortuna estaba próximo a realizarse. Había resuelto el
problema, y dentro de una o dos semanas esperaba tener abundantes
recursos. Casi inmediatamente después de esto desapareció, y estuvo
ausente un mes, como usted recordará. Al cabo de ese tiempo volvió rico;
tan rico, que usted y el señor Seton se quedaron enteramente
confundidos. ¿No recuerda usted esa noche que estábamos en Helpstone,
cuando salí por una semana de la escuela para estar con mi padre, porque
acababa de volver de su viaje? Nos habíamos reunido todos después de la
comida y mi pobre padre recordó la vez aquella en que también allí mismo
nos habíamos congregado con otro objeto, cuando me enfermé en el camino
y fui traída a la casa de ustedes. ¿Y no recuerda que el señor Seton
pareció poner en duda la afirmación de mi padre, que declaró tener ya
una fortuna de cincuenta mil libras?
--Lo recuerdo--repliqué, al encontrarse sus hermosos ojos puros con los
míos.--Recuerdo bien cómo su padre nos dejó completamente confundidos
cuando bajó y trajo su libro de cuentas de un banquero, que probaba
tener un balance a su favor de cincuenta y cuatro mil libras esterlinas.
Después de esto fue para nosotros un misterio más grande que nunca. Pero
dígame--añadí en voz baja y ansiosa,--qué ha sido lo que ha descubierto
esta noche que tanto la ha impresionado?
--Casi he encontrado la prueba de un hecho que durante años he temido
que fuera cierto; un hecho que no sólo afecta la memoria de mi pobre
padre, sino que también me afecta a mí. Estoy en peligro... sí, en
peligro personal.
--¿Cómo?--le pregunté rápidamente, sin comprender el significado de sus
palabras.--Recuerde que yo le prometí a su padre ser su protector.
--Lo sé, lo sé. Es mucha bondad la suya--dijo, mirándome agradecida con
esos maravillosos ojos que siempre me habían tenido fascinado por el
hechizo de su belleza.--Pero--añadió, sacudiendo tristemente su
cabeza,--me temo que en esto sea usted impotente. Si el golpe cae, como
tiene que suceder más tarde o más temprano, seré aplastada y quedaré
perdida. No hay poder que pueda entonces salvarme; ni aun su fiel y
noble amistad me servirá.
--Ciertamente, Mabel, que habla usted de una manera muy extraña. No la
entiendo.
--Así lo creo--fue su contestación breve.--Usted no lo sabe todo. Si lo
supiera, comprendería cuán arriesgada es mi posición y qué grande es el
peligro que me amenaza.
Estaba de pie, inmóvil como una estatua, su mano apoyada en un ángulo
del escritorio y sus ojos fijos en el alegre fuego.
--Si el peligro es tan grande y verdadero, creo que debo saberlo. ¡Estar
prevenido es estar preparado!--le observé decisivamente.
--Es bien real y grande, pero como la confesión de mi padre ha sido sólo
para mí, no puedo revelarla. Su secreto es mío.
--Ciertamente--respondí, aceptando su resolución, la cual era natural,
dadas las circunstancias. No podía revelar las confidencias de su
difunto padre.
Sin embargo, si lo hubiera hecho, ¡cuán diferente hubiese sido el curso
de los acontecimientos! Indudablemente, la historia de Burton Blair era
una de las más extrañas y románticas que había sido dado a un hombre
referir, y las extrañas circunstancias que ocurrieron después de su
muerte, fueron, ciertamente, más notables y enigmáticas aún. Todo el
asunto, desde el principio hasta el fin, era un enigma completo.
Más tarde, cuando Mabel se hubo tranquilizado algo más, concluimos
nuestro trabajo de investigación, pero descubrimos muy poca cosa de
interés fuera de varias cartas en italiano, sin fecha ni firma, a pesar
de que eran, evidentemente, de puño y letra de Dick Dawson, el amigo...
o enemigo, del millonario. Leyéndolas, encontré que era la
correspondencia de una relación íntima, que participaba de la fortuna de
Blair y le ayudaba secretamente en la adquisición de sus riquezas. Se
mencionaba mucho en ellas «el secreto», y descubrí también repetidas
advertencias sobre que no debía revelar nada del particular a Reginaldo
ni a mí.
En una carta hallé este párrafo en italiano:
«Su hija se está transformando en una verdadera dama. Espero que algún
día será condesa, o tal vez duquesa. Sé, por su parte, que Mabel, a su
vez, está convirtiéndose en una muy linda joven; y pienso que usted
debería, dados su posición y nombre, hacerle contraer un buen enlace.
Pero conozco cuán anticuadas son sus ideas al respecto, pues es usted de
los que creen que una mujer debe casarse sólo por amor.»
La lectura de estas cartas dejó impreso vívidamente en mí un hecho
decisivo, y fue: que si el tal Dawson participaba secretamente de la
fortuna de Blair, no tenía necesidad ciertamente de obtener su secreto
por medios infames, puesto que lo conocía.
El reloj de la caballeriza dio las doce antes que Mabel llamara a la
señora Gibbons, y el esposo de ésta viniese también en seguida,
trayéndome un reconfortante whisky y un poco de agua caliente.
Mi pequeña y linda compañera me estrechó alegremente la mano, deseándome
buenas noches, y después se retiró, acompañada por el ama de llaves,
mientras Gibbons se quedó mezclando mi bebida.
--Triste cosa, señor, lo que le ha sucedido a nuestro pobre amo--se
arriesgó a decir el bien enseñado servidor, que toda su vida la había
pasado al servicio de los anteriores propietarios.--Me temo que la pobre
y joven señorita sienta demasiado el peso de su desgracia.
--Lo siente demasiado, Gibbons--respondí, tomando un cigarrillo y
quedándome de pie con la espalda hacia el fuego.--Era una hija muy
amante y dedicada a su padre.
--Ahora es la dueña de todo, según nos ha dicho el señor Ford cuando
estuvo aquí, hace unos tres días.
--Sí, todo es de ella--le dije;--y espero que usted y su esposa la
servirán tan fielmente y tan bien como lo han hecho con su padre.
--Trataremos de hacerlo, señor--fue la respuesta del grave servidor, de
cabello gris.--Todos la quieren mucho a la señorita, que es hoy nuestra
joven ama. Es muy buena con todos los sirvientes.
Luego, como yo permaneciera silencioso, colocó preparada sobre la mesa
mi luz, me hizo un saludo y diome las buenas noches.
Cerró la puerta al salir, y entonces quedé solo en esa gran pieza
antigua y silenciosa, donde las movibles llamas proyectaban extrañas
sombras y luces en los puntos obscuros, y el viejo y alto reloj
Chippendale marchaba tan solemnemente como lo había hecho durante un
siglo.
Después de tomar mi bebida caliente, me acerqué de nuevo al escritorio
de mi amigo muerto, y lo examiné cuidadosamente para ver si tenía
algunos cajones secretos. Lo sometí a un registro metódico, pero como no
pude encontrar ninguna cavidad insospechada o botón oculto, después de
echar una última mirada a esa fotografía que había hecho andar a Blair
vagando extenuado durante meses y años para identificarla, apagué las
lámparas y cruzando el gran hall antiguo, con sus armaduras de pie que
parecían conjurar visiones de caballeros espectrales, subí a mi pieza.
El brillante fuego le daba a la vieja estancia, con sus colgaduras
fúnebres, un aspecto alegre y confortable que contrastaba con la fuerte
helada exterior, y no teniendo deseos de dormir todavía, me eché en una
silla de brazos y senteme a reflexionar profundamente.
De nuevo el reloj de la caballeriza dio la hora, la media, y creo que
después debí dormitar un rato, porque me desperté súbitamente al sentir
unos leves pasos furtivos sobre el bruñido piso de roble delante de mi
puerta. Escuché, y oí distintamente que alguien se deslizaba suavemente
y bajaba por la gran escalera, que crujía muy despacio.
El extraño aspecto de aquella vieja mansión y sus muchas históricas
tradiciones produjeron en mí algunos recelos, según parece, pues me
encontré pensando en robos, ladrones y visitantes nocturnos. Otra vez me
puse a escuchar con toda atención. ¡Quizá no era más que un sirviente,
después de todo! Sin embargo, cuando miré mi cronómetro y vi que faltaba
un cuarto para las dos, en el acto quedó descartada de mi mente la idea
de que los sirvientes no estuvieran ya descansando.
De pronto, en la pieza que quedaba debajo de la mía, oí claramente un
ruido lento, áspero y desapacible. Luego, todo volvió a quedar en
silencio.
Sin embargo, como unos tres minutos después, me pareció oír un vago
murmullo de voces, y entonces, apagando rápidamente la luz, corrí una de
las pesadas cortinas de mi habitación, y miré hacia afuera, viendo, con
gran sorpresa, dos figuras que cruzaban el prado dirigiéndose hacia el
bosque de arbustos.
La luna estaba algo oculta por las nubes, pero a la luz opaca y nebulosa
que esparcía, pude distinguir que aquellas dos figuras eran un hombre y
una mujer. A él me fue imposible reconocerlo de espaldas; pero el porte
y el modo de caminar de su compañera, al encaminarse con paso apresurado
hacia el sombrío círculo de obscuros y desnudos árboles, me eran muy
familiares.
Aquella era Mabel Blair. El secreto estaba descubierto. Su repentino
deseo de venir a Mayvill había sido con el fin de celebrar una
entrevista a media noche.
XVII
QUE SE REFIERE PURAMENTE A UN DESCONOCIDO
Sin un momento de vacilación me puse mi sobretodo, cubrí mi cabeza con
un gorro de golf y bajé a la pieza que quedaba debajo de la mía, donde
encontré abierta una de las grandes ventanas, y por ella salí
rápidamente al enarenado camino.
Tenía la intención de descubrir el motivo de esta entrevista nocturna y
la identidad de su compañero, que debía ser evidentemente algún novio
secreto cuya existencia nos había ocultado a todos. Pero, seguirla
derecho a través del prado iluminado por los rayos de la luna, era
hacerse descubrir en el acto. Por lo tanto, me vi obligado a dar una
vuelta circular y tortuosa, buscando siempre el amparo de las sombras,
hasta que al fin llegué al bosque de arbustos, donde me paré y me puse a
escuchar ansiosamente.
Allí no se oía más que el suave crujido de las ramas y el triste gemido
del viento. Un lejano tren cruzaba el valle, y en algún lugar de la
aldea próxima ladraba un perro. No pude, sin embargo, distinguir voces
humanas. Lentamente me abrí paso a través de las hojas caídas hasta que
hube orillado todo el bosque, y entonces saqué la consecuencia de que
debían haberlo cruzado por alguna senda extraviada y luego haber
penetrado en el parque.
Mi marcha se hacía más difícil, porque la luna no estaba lo
suficientemente cubierta por las nubes para que mis movimientos hubieran
quedado protegidos por las sombras, y temía dar a conocer mi presencia
si salía a campo abierto.
Pero el proceder de Mabel de venir aquí a verse con este hombre, fuera
quien fuera, me llenaba de confusión y embarazo. ¿Por qué no se veía en
Londres con él?--cavilaba yo.--¿Sería tan poco presentable este novio,
que su aparición en Londres fuese cosa imposible? No es raro ni tampoco
una novedad que una niña de buena cuna se enamore del hijo de un
labrador, como no lo es que un caballero ame a una campesina.
Muchas niñas bonitas de Londres sienten en la actualidad una secreta
admiración por algún joven gañán o un caballerizo buen mozo de la
posesión de su padre, encerrándose la gravedad de este amor no declarado
en la completa imposibilidad de su realización.
Siendo todo ojos y oídos, continué mi marcha, sacando la mayor ventaja
posible de la sombra, pero parecía que había tomado una dirección
diferente de la que yo había creído, dado que habían partido casi cinco
minutos antes que yo.
Al fin conseguí llegar a la relativa obscuridad que proyectaba la vieja
avenida de hayas que conducía directamente a la casa del guarda sobre
el camino de Dilwyn, y proseguí a lo largo de ella como cerca de media
milla, cuando de pronto mi corazón saltó de alegría, porque delante de
mí distinguí a los dos que iban a la par conversando animadamente.
Mis celos e ira se despertaron en el acto al ver aquello, y temiendo que
pudieran oír mis pasos sobre el camino cubierto de dura nieve, me
deslicé detrás de los árboles y tomé por encima del césped del parque,
consiguiendo pronto aproximarme casi a la par de ellos sin hacer ruido
ni atraer su atención.
Cuando llegaron al viejo puente de piedra a través del río, que formaba
la salida del lago, se pararon, y yo, ocultándome detrás de un árbol,
pude entonces, a la luz de la luna, que felizmente había adquirido mayor
brillo, ver bien las facciones del misterioso compañero de Mabel. Juzgué
que debía tener alrededor de veintiocho años, y me pareció un hombre
vulgar, mal educado, de nariz chata y ancha y cabellos amarillos, cuya
figura pesada, apoyado como estaba contra el bajo parapeto, era
indudablemente la de un agricultor. Su cara era de facciones duras y
prematuramente curtida, mientras el corte de su traje era de ese tipo
marcado de «confección» hecha en la sastrería-emporio de las ciudades
provincianas. El sombrero duro de fieltro lo tenía un poco inclinado a
un lado, como acostumbran llevarlo en sus paseos de domingo los dandys
de barrio y los mozos campesinos.
Por lo que pude observar, me pareció que la trataba con extraordinario
desdén y gran familiaridad, hablándole de «tú» y encendiendo en su
presencia un cigarrillo ordinario, mientras ella, por su parte, no
parecía estar muy tranquila, como si hubiera asistido, más bien
obligada, que por su gusto.
Se había abrigado confortablemente con una gruesa capa de lana y una
bien ajustada gorra con visera, la cual, traída sobre la frente y los
ojos, medio ocultaba sus facciones.
--Realmente, Herberto, no puedo comprender el objeto que persigues--la
oí argumentarle.--¿De qué beneficio posible te puede ser semejante
acción?
--De mucho--contestó el hombre, añadiendo en una voz grosera y ruda, que
llevaba impresa la inenarrable marca del lenguaje inculto del
paisano.--Lo que digo lo haré. Tú sabes bien eso, ¿no es así?
--Por cierto--contestó.--Pero ¿por qué me tratas de esta manera? Piensa
en el peligro a que me expongo viniendo a verte aquí de noche. ¿Qué
pensaría la gente si lo supiera?
--¡Qué me importa a mí de lo que pueda pensar la gente!--exclamó con
indiferencia.--Tú has conseguido, no hay duda, guardar las
apariencias... pero yo no, felizmente.
--Pero ¿no es verdad que no harás lo que dices en tono de amenaza?--le
preguntó, en una voz de verdadero tenor.--Recuerda que nuestros secretos
son mutuos. Yo jamás te he descubierto... ni poco ni mucho.
--No lo has hecho, porque sabías cuál sería el resultado, en ese
caso--rió con desprecio.--Nunca he confiado en la palabra de una
mujer... aseguro que nunca. Ahora que ha muerto el viejo, eres rica, y
yo quiero dinero--añadió decisivamente.
--Pero todavía no tengo nada--replicó.
--¿Y cuándo vas a tenerlo?
--No sé. Antes hay que cumplir con todas las formalidades legales; así
me lo ha dicho el señor Greenwood.
--¡Oh! ¡maldito sea Greenwood!--estalló el sujeto.--Dicen que siempre
está en Londres contigo; pídele a él, entonces, que te haga dar por los
abogados un poco de dinero. Puedes manifestarle que estás apurada, pues
tienes que pagar unas cuentas, o alguna otra cosa por el estilo.
Cualquier mentira será buena para él.
--Imposible, Herberto--contestó, tratando de mantenerse serena.--Debes
tener paciencia y esperar.
--¡Oh, sí, ya sé!--gritó.--Dime que soy bueno y fiel como un perro y
todas esas cosas; pero debes saber que para mí no es esa clase de
juego... ¿me entiendes? No tengo dinero, y debo... mejor dicho, preciso
alguno ahora... en el acto... esta misma noche.
--Te digo que no tengo nada--declaró.
--Pero tienes una buena cantidad de joyas, vajilla de plata y otras
chucherías. Dame algo de eso, que yo mañana puedo venderlo fácilmente en
Hereford. ¿Dónde tienes ese brazalete de diamantes, el que me mostrate,
que te regaló el viejo en tu último cumpleaños?
--Aquí--replicó, y, alzando su muñeca, mostró la hermosa joya de
diamantes y zafires que su padre le había obsequiado, de un valor, por
lo muy bajo, de doscientas libras esterlinas.
--Dame esto, entonces--exclamó.--Me durará un día o dos hasta que me
consigas dinero.
Ella vaciló, dando a conocer que no estaba dispuesta a acceder a
semejante petición, y más especialmente cuando el brazalete era el
regalo último que le había hecho su padre. Sin embargo, al repetir aquel
hombre su exigencia en un tono más amenazador, quedó de manifiesto que
su influencia era suprema, y que en sus manos sin escrúpulos se veía tan
desamparada como una pobre criatura.
La situación fue para mí una verdadera revelación. Sólo pude sospechar
que era el resultado de un inocente «flirteo» antes de que la fortuna la
hubiera sonreído, lo cual había hecho que se desarrollara en aquel
hombre vulgar una gran arrogancia, tratando de imponerse sobre su buen
natural; y después, viendo que era generosa y tierna, había asumido esta
actitud de dominio sobre sus actos. Es muy difícil poder seguir el curso
de los pensamientos y modo de ser del campesino.
En la Inglaterra rural de hoy en día existe muy poca gratitud sincera de
los pobres hacia los ricos, y llega a tal grado, que en los distritos de
campo, casi no se aprecia el don de la caridad, mientras la gente rica
se va cansando de sus esfuerzos por agradar o mejorar la condición del
pueblo. El campesino moderno, aun cuando muy honrado en sus tratos
y negocios con los de su clase, no puede resistir a la tentación de ser
inmoral cuando vende sus productos o su trabajo al hombre de fortuna.
Parece que forma parte de su religión sacar, sea por medios lícitos o
ilícitos, todo lo que pueda, del caballero, y luego injuriarlo en la
cervecería de la aldea y burlarse de él, presentándolo como un tonto que
se deja engañar de esa manera. Por mucho que sienta tener que
declararlo, sin embargo, todo esto es una amarga y evidente verdad, pues
la inmoralidad y el engaño son en la actualidad los dos rasgos más
notables de la vida en las aldeas inglesas.
Estaba parado, inmóvil y atónito, escuchando esa extraña conversación
entre la hija del millonario y su amante secreto.
La arrogancia de aquel hombre me hacía hervir la sangre. Más de una
docena de veces, cuando la despreciaba insultándola, o luego la adulaba,
para después amenazarla, y por fin aparentaba un afecto repelente, me
sentí impelido por el deseo de abalanzarme sobre él y darle una buena y
sana lección. Pero contuve mi mano, debido a que reconocí que en este
asunto, en vista de su gravedad, sólo podría ayudar a Mabel
permaneciendo escondido y utilizando lo que sabía en favor de ella.
Sin duda Mabel se había creído, en su inexperiencia juvenil, enamorada
de ese hombre, pero ahora el horror de la situación se le presentaba en
toda su vívida realidad y se veía envuelta y pillada sin esperanza.
Probablemente había acudido a la cita alimentando la vana ilusión de ver
si podía desembarazarse de su peligrosa posición; pero el hombre a quien
llamaba Herberto descubrió pronto que él era el dueño de todos los
honores en la partida empeñada.
--Vamos--le dijo al fin, en su grosero lenguaje,--si es verdad que no
tienes dinero, dame el brazalete y asunto concluido. No creo que
queramos pasar aquí toda la noche esperando, pues tengo que estar mañana
temprano en Hereford. Cuanto menos se hable, será mejor.
La vi temblar de terror, blanca hasta los labios, encogiéndose como para
evitar su contacto.
--¡Ah! Herberto, es demasiada crueldad la tuya--dijo
llorando,--demasiada crueldad... después de todo lo que he hecho para
ayudarte. ¿No tienes lástima, no tienes... compasión?
--No, no tengo ninguna--aulló.--Quiero dinero, y debo obtenerlo. Me
tienes que pagar mil libras en el término de una semana... ¿has oído?
--¿Pero cómo puedo hacer eso? Espera y más tarde te daré esa suma, te lo
prometo.
--Te digo que no voy a dejarme engañar más--gritó furioso.--He
manifestado que quiero el dinero, porque de otro modo, voy a hacer
público todo. ¿Entonces adonde vas a ir a parar, eh?--Y se rió de una
manera dura y triunfante, mientras ella retrocedía pálida, aterrada y
sin aliento.
Apreté los puños de ira, y hasta hoy me asombro cómo pude dominarme para
no saltar de mi escondite y arrojar por el suelo a ese impudente
campesino. Hubiera sido capaz en aquel momento de dejarlo muerto en el
sitio.
--¡Ah!--gritó ella, con sus manos juntas, tendidas hacia él en actitud
de súplica,--seguramente que no tienes la intención de hacer lo que
dices, no es posible que pienses en semejante cosa, no; ¡no puedes
hacerlo! Me librarás, me ahorrarás ese sufrimiento, ¿no es cierto?
¡Prométemelo!
--No, no te lo ahorraré, salvo que me pagues bien--fue su brutal
respuesta.
--Lo haré, sí, lo haré--le aseguró en voz enronquecida, en una voz de
una mujer eminentemente desesperada, aterrorizada, temerosa de ver
descubierto algún terrible secreto suyo.
--¡Ah!--exclamó con desprecio, encogiendo el labio,--una vez me trataste
con desdén, porque te considerabas una gran dama, pero yo voy ahora a
vengarme, como vas a verlo. Eres en este momento dueña de una gran
fortuna, y te declaro abiertamente que tengo intención de que la
repartas conmigo. Procede como te parezca mejor, pero recuerda lo que
significará para ti el negarte a hacerlo: ¡la exposición!
--¡Ah!--gritó ella desesperadamente,--¡esta noche te has revelado bajo
tu verdadera faz! ¡Bruto! ¡me perderías, sin el menor remordimiento!
--Porque, querida niña, no me estás jugando limpio--fue su contestación
arrogante y fría.--Has pensado que te habías librado para siempre de mí
muy ingeniosamente, hasta que esta noche me he vuelto a presentar aquí,
como ves, pronto, vamos... dispuesto a ser pensionado, ¿le llamaremos
así? No creas que tengo el ánimo de permitir que me engañes esta vez;
por lo tanto, dame el brazalete como primer pago, y no hablemos más. Y
le tiró un manotón al brazo, que ella evitó, haciendo un rápido
movimiento.
--No acepto--exclamó con una repentina y feroz determinación.--¡Ahora te
conozco! Eres brutal e inhumano, sin una pizca de amor o estimación...
un hombre de esos que por conseguir dinero es capaz de arrastrar al
suicidio a una pobre mujer. Ahora que has salido libre de la cárcel
tienes intención de vivir sobre mí: tu carta con esa proposición es
suficiente prueba. Pero esta noche te declaro aquí que no conseguirás de
mí ni un penique más de la suma que se te paga ahora todos los meses.
--Para sellar mis labios--interrumpió.--Y vi en sus negros ojos un
relámpago maligno, criminal.
--No necesitas tenerlos sellados más tiempo--replicó de un modo
abiertamente desafiador.--Yo misma voy a manifestar la verdad, y poner
así fin a este brillante plan tuyo de chantaje. De consiguiente, creo
que me has entendido ahora--añadió firmemente, con un valor que era
admirable.
Reinó silencio entre ellos durante un momento, interrumpido sólo por el
extraño grito de una lechuza.
--¿Entonces, esta es absolutamente tu decisión?--preguntó en voz dura, y
noté que su rostro estaba blanco de ira y disgusto al reconocer que, si
ella manifestaba la verdad y hacía frente a las consecuencias de su
propia exposición, fuera ella lo que fuese, su poder sobre la joven
quedaría destruido.
--Mi resolución está tomada. No temo ninguna revelación que puedas hacer
concerniente a mí.
--De todos modos, dame ese brazalete--exigió salvajemente, apretando
los dientes, agarrándola por un brazo y tratando a la fuerza de
desprender el broche de la joya.
--¡Suéltame!--gritó.--¡Bruto! ¡Suéltame! ¿Vas a robarme, después de
haberme insultado?
--¡Robarte!--murmuró, con una perversa expresión de odio desenfrenado en
su grosera cara pálida.--¡Robarte!--silbó pronunciando un sucio
juramento,--¡más que eso voy a hacer! ¡Voy a ponerte donde tu maldita
lengua no vuelva a moverse más, y donde no podrás decir la verdad!
Y desgraciadamente, antes que yo pudiera conocer sus designios la tomó
por las muñecas y, con un movimiento rápido, la obligó a retroceder tan
violentamente contra el bajo parapeto del puente, que durante un momento
estuvieron unidos en un abrazo de muerte.
Mabel gritó aterrada, al darse cuenta de sus intenciones, pero un
instante después, con una vil imprecación, arrojola de espaldas por
sobre la muralla, cayendo ruidosamente y desamparada al fondo de las
profundas y obscuras aguas.
En el acto me abalancé a salvarla, mientras el criminal huía, pero ¡ay!
era demasiado tarde, porque vi espantado, al escudriñar ansiosamente la
obscuridad de aquel abismo, que la masa flotante de hielo la había
cubierto, y había desaparecido completamente de la vista.
XVIII
LAS ENCRUCIJADAS DE OWSTON
El ruido de los pasos rápidos del asesino, al escapar por la sombría
avenida en dirección al camino, sacome del desaliento en que estaba y me
produjo una viva sensación de mi responsabilidad en presencia de
aquello, y en el acto me quité el sobretodo y el saco, parándome después
a mirar lleno de ansiedad la negra obscuridad de debajo del puente.
Aquellos segundos me parecieron horas, hasta que de pronto alcancé a ver
en medio del río un bulto blanco, y sin un momento de vacilación me
lancé al agua en su busca.