quiere dejar registrado, y entonces arregla las treinta y dos cartas en
el orden que desea. Después escribe las primeras treinta y dos letras de
su registro, recuerdo, o lo que sea, en el anverso o reverso de las
treinta y dos cartas, una letra en cada una consecutivamente, empezando
por la primera columna, y siguiendo luego por las columnas segunda y
tercera, por su orden, hasta que pone la última letra de la cifra. Se
suelen también colocar en el lugar de los espacios ciertas letras, y
algunas veces el enigma se hace todavía más difícil de descifrar para el
que por casualidad encuentra las cartas, cuando se las baraja de una
manera especialmente arreglada al llegar a la mitad de lo que se está
escribiendo.
--¡Muy ingenioso!--observé, completamente confundido por la
extraordinaria complicación del secreto de Burton Blair.--¡Y, sin
embargo, las letras están escritas con tanta claridad!
--Así es--rió el profesor.--A simple vista parece el más sencillo de
todos los métodos de cifras, y, no obstante, es completamente
ininteligible, salvo que se conozca la fórmula exacta en que está
escrita. Cuando se consigue eso, la solución es fácil. Se arreglan las
cartas en el orden que estuvieron cuando fueron escritas, y tomando una
letra de cada carta sucesiva, se deletrea el enigma, leyendo hasta abajo
una columna tras otra y pasando por alto las letras colocadas en el
lugar de los espacios.
--¡Ah!--exclamé ansiosamente.--¡Cuánto deseo conocer la clave!
--¿Entonces es un secreto muy importante?--preguntó Bayle.
--Sumamente importante--respondí.--Es un asunto reservado que ha sido
puesto en mis manos, y que estoy obligado a resolver.
--Me temo que nunca pueda conseguirlo, salvo que exista la clave, como
ya le he dicho. Es demasiado difícil para que yo trate de hacerlo. Las
complicaciones, que parecen de construcción tan sencilla, protegen
eficazmente el secreto de toda solución posible y lo garanten de
cualquier peligro. Por lo tanto, todos los esfuerzos que se hagan para
descifrarlo sin conocer el orden en que estuvieron las cartas, será
necesariamente inútil.
Volvió a colocarlas dentro del sobre y me las entregó, sintiendo no
poderme ayudar en nada.
--Podrá intentar descifrarlo todos los días durante años y
años--declaró,--y no conseguirá aproximarse a la verdadera solución.
Está demasiado bien protegido para poderlo resolver por casualidad, y
es, en verdad, la cifra más ingeniosa y segura que haya ideado el
ingenio de un hombre.
Me quedé un rato más y tomé una taza de té con él; pero a las cuatro y
media entraba en el expreso y partía para Londres, decepcionado de mi
viaje completamente estéril. Dado lo que me había explicado, el secreto
se hacía más impenetrable e inescrutable que nunca.
XV
CIERTAS COSAS QUE DESCUBRIMOS EN MAYVILL
--La señorita Blair, señor--me anunció Glave al día siguiente, un poco
antes de las doce. Me encontraba solo en mi pieza particular, fumando y
completamente confundido en la empresa de resolver el problema de las
cartas del muerto.
De un salto me puse en pie para recibir a Mabel, que estaba encantadora
y muy elegante con sus ricas y abrigadas pieles.
--Supongo que si la señora Percival supiera que he venido sola aquí, me
daría una grave conferencia sobre la impropiedad de venir a visitar a un
hombre en sus habitaciones--me dijo riendo, después que la saludé y
cerré la puerta.
--Casi se puede decir que es la primera vez que me ha honrado con una
visita, ¿no es así? Y me parece que no necesita inquietarse mucho por lo
que piense la señora Percival.
--¡Oh! cada día está más rígida--refunfuñó Mabel.--No debo ir aquí, ni
tampoco allá; se asusta de que hable con este hombre o con aquel otro, y
así todo por el mismo estilo. Verdaderamente, me voy cansando de esto,
le aseguro--declaró, sentándose en la silla que yo acababa de desocupar,
desprendiendo el cuello de su pesada capa de pieles y acercando su
precioso pie al fuego de la chimenea.
--Pero ha sido para usted una amiga muy buena--le argumenté.--Según lo
que yo he podido ver, ha sido la más cómoda de las damas de compañía.
--La verdaderamente modelo es aquella que desaparece por completo cinco
minutos después que ha entrado en la habitación--manifestó Mabel.--Y es
justo que le conceda a la señora Percival lo que le corresponde, porque
ella nunca se ha prendido de mí en los bailes y reuniones, siempre me ha
dejado en libertad, y si me ha encontrado sentada en algún punto
retirado y obscuro, ha tenido a mano un pretexto para dirigirme a otra
parte. Sí--suspiró,--supongo que no debo quejarme cuando recuerdo esas
viejas regañonas en cuyo poder están otras niñas. Por ejemplo, lady
Anetta Gordon y Violeta Drummond, dos preciosas niñas que se han
estrenado en esta última _season_, sufren verdaderas torturas con esas
viejas brujas que las acompañan a todas partes. Ambas me han contado que
no pueden levantar los ojos para mirar a un hombre, sin que al día
siguiente tengan que soportar una dura conferencia sobre las maneras
corteses y la modestia propia de una niña.
--En verdad, no creo tenga, hasta ahora, muchos motivos por qué
lamentarse. Su pobre padre era muy indulgente con usted, y estoy seguro
de que la señora Percival, aun cuando algunas veces pueda parecer un
poco rígida, sólo lo hace por su bien--le dije con toda franqueza, de
pie sobre el tapiz de la estufa y contemplando su hermosa figura.
--¡Oh! ya sé que en su concepto soy una niña muy voluntariosa--exclamó,
con una sonrisa.--Siempre solía usted decir eso cuando estaba en el
colegio.
--Lo era, hablándole con sinceridad--contesté abiertamente.
--Por cierto. Ustedes los hombres nunca tienen indulgencia con una niña,
ni le conceden nada. Son dueños de su libertad cuando visten por primera
vez sus pantalones largos, mientras que a nosotras, las pobres niñas, no
nos dejan solas ni libres un segundo, ni dentro ni fuera de la casa. No
importa que seamos tan feas como una bruja o tan bellas como Venus,
tenemos que estar amarradas a alguna mujer de edad, que muy
frecuentemente sucede que es tan aficionada a un «flirteo» moderado como
la ingenua joven que está a su cargo. Discúlpeme, señor Greenwood, que
le hable tan cándidamente, pero mi opinión es que los métodos modernos
de la sociedad son todos fingidos y engañadores.
--Parece que hoy no está usted con muy buen humor--observé, sin poder
dejar de sonreírme.
--No, no lo estoy--confesó.--La señora Percival está haciéndose muy
pesada. Deseo ir esta tarde a Mayvill, y ella no me quiere dejar ir
sola.
--¿Por qué desea, con tanto empeño, ir sola?
Se sonrojó ligeramente, y por un momento pareció desconcertada.
--¡Oh! no tengo tanto empeño en ir sola--replicó tratando de
convencerme.--Lo que yo objeto es la necedad de quererme impedir que
viaje sola como cualquiera otra joven lo hace. Si una doncella tiene la
libertad de hacer sola un viaje por ferrocarril, ¿por qué no puedo yo
hacerlo también?
--Porque usted tiene que respetar las conveniencias de sociedad, y una
sirvienta no necesita eso.
--Pues entonces prefiero el lote que le ha tocado a ésta en
suerte--declaró de una manera que me hizo comprender que algo la debía
haber incomodado.
Yo, por mi parte, hubiera sentido muchísimo que la señora Percival le
hubiera consentido ir sola a Herefordshire, pero era evidente que tenía
alguna razón secreta para no querer que su respetable compañera fuera
con ella.
--¿Qué podría ser?--cavilaba yo.
Le pregunté la razón que tenía para desear ir a Mayvill hasta sin una
doncella, pero se excusó diciendo que quería ver si estaban bien
cuidados los otros cuatro caballos de caza por el encargado del stud,
como también para hacer un registro completo en el estudio de su padre,
por si quedaban allí papeles importantes o íntimos. Ella tenía las
llaves en su poder, y deseaba hacer esto antes de que ese hombre odioso
ocupase su puesto.
Esta indicación, inventada evidentemente como excusa, me pareció que
debía efectuarse sin más demora; pero era tan claro que deseaba ir sola,
que al principio vacilé ofrecerle mi compañía. Nuestra amistad era de un
carácter tan íntimo y estrecho, que podía, por cierto, hacerle esa
proposición sin salirme de los limites propios; sin embargo, resolví
tratar de saber primero el motivo tan poderoso que tenía para desear
viajar sola.
Pero Mabel era una mujer inteligente, y no tenía intención de decírmelo.
Se conocía que la dominaba un deseo secreto de ir sola a esa espléndida
mansión de campo que era ahora de su propiedad, y que no quería que la
señora Percival la acompañase.
--Si va a registrar la biblioteca, ¿no sería mejor, Mabel, que yo la
acompañase y ayudara?--le indiqué al fin.--Esto es, por cierto, si usted
me lo permite--añadí disculpándome.
Quedó silenciosa un momento, como quien está ideando un medio de
resolver un dilema; después me respondió:
--Si quiere usted venir, para mí será un verdadero placer. Sí, debe
ayudarme, porque puede ser que descubramos la clave del enigma cifrado
de las cartas. Mi pobre padre, medio mes antes de morir, estuvo allí
unos tres días.
--¿Y cuándo partiremos?
--A las tres y media, de la estación Paddington. ¿Será cómodo para
usted? Vendrá conmigo y será mi huésped.
Y se rió picarescamente al ver cómo se rompían las conveniencias, y no
se tenía en cuenta el probable disgusto que le causaría a la señora
Percival.
--Muy bien--asentí; y diez minutos después la acompañaba hasta abajo y
le hacía subir, sonriendo dulcemente, en su elegante victoria, cuyo
cochero y lacayo vestían ahora de luto.
¿No es verdad que suponen ustedes que estaba jugando una peligrosísima
partida? Y era así, en efecto, como después tendrán ocasión de verlo.
A la hora señalada me reuní con Mabel en Paddington, y dejando a un lado
sus tristes meditaciones y desgracia, emprendimos el viaje hasta la
estación Dunmore, más allá de Hereford. Una vez aquí, subimos al coche
que nos esperaba, y después de andar casi tres millas, bajamos delante
de la espléndida mansión antigua que dos años antes había comprado
Burton Blair, porque el paraje se prestaba admirablemente para las
partidas de caza y para la pesca con caña.
Irguiéndose en medio de su hermoso parque, a mitad de camino entre
King's Pyon y Dilwyn, Mayvill Court era, y lo es todavía, uno de los
puntos de campo dignos de verse. Era una mansión ideal hereditaria. La
gran casa antigua, con sus elevadas torres cuadradas, su entrada estilo
rey Jacobo, su puerta cochera, los hermosos bojs de fantásticas formas y
el reloj de sol de su primoroso jardín anticuado, poseía un delicioso
encanto de que pocas mansiones antiguas podían jactarse; y, además, en
su perfecto estado de conservación, sin ninguna alteración ni en sus más
pequeños detalles, se encerraba otro interesante rasgo de su atracción.
Por espacio de casi trescientos años había estado en poder de sus
primitivos dueños, los Baddesley, hasta que Blair la había comprado,
incluyendo el mobiliario, las pinturas, armaduras, y, en fin, todo lo
que en ella había.
Eran ya cerca de las nueve cuando la señora Gibbons, la anciana ama de
llaves, nos recibió, con los ojos llenos de lágrimas por la muerte de su
señor, y entramos en el gran hall revestido con entrepaños de roble, en
el cual se veían la espada y el retrato del valeroso caballero, capitán
Enrique Baddesley, de quien todavía se recordaba allí una romántica
historia.
Habiendo escapado difícilmente con vida del campo de batalla, el capitán
espoleó su corcel y se encaminó a su hogar, seguido muy de cerca por
algunos soldados de Cromwell. Su esposa, dama de gran valor, tuvo apenas
tiempo de esconderlo en la cámara secreta antes de que llegara el
enemigo a registrar la casa. Sin acobardarse mucho, ella misma les ayudó
y personalmente los guió por toda la mansión. Como sucedía en muchos
otros casos, había que pasar por el dormitorio principal para poder
entrar en la pieza secreta, y cuando los soldados penetraron en el
primero para inspeccionarlo, sus sospechas se despertaron. Por lo tanto,
decidieron quedarse allí a pasar la noche.
La esposa del perseguido les mandó una abundante cena y un poco de vino,
mezclado convenientemente con una buena dosis de droga, que dio por
resultado que los desagradables huéspedes se durmieran profundamente, y
que el valiente capitán, antes de que hubiesen desaparecido los efectos
del vino, se encontrase muy lejos de su alcance.
Desde aquel día la vieja mansión había permanecido absolutamente como
era, sin sufrir la menor alteración, con su hilera de obscuros y
envejecidos retratos de familia en el gran hall, su amueblado estilo rey
Jacobo y sus antiguos yelmos y lanzas que habían sufrido los golpes y
choques de la batalla de Naseby. La noche era terriblemente fría. En la
gran chimenea abierta ardían enormes trozos de leña, y mientras
estábamos de pie delante del fuego, calentándonos después del viaje, la
señora Gibbons, que había sido informada de nuestra visita por un
telegrama despachado con tiempo, nos anunció que había preparado para
nosotros una buena cena, por que sabía que no íbamos a poder llegar a la
hora de la comida.
Ella y su esposo le manifestaron a Mabel su más profundo pesar por su
reciente desgracia.
Después de quitarnos nuestros abrigos, pasamos al pequeño comedor, donde
Gibbons y un sirviente, de librea, nos atendieron y sirvieron la cena,
con toda esa majestad antigua característica en aquella espléndida
mansión que tantos siglos contaba de existencia.
Gibbons y su esposa, viejos servidores de los antiguos dueños, estaban
algo sorprendidos, según me pareció, de ver que yo solo había venido en
compañía de su joven ama, a pesar de que Mabel les había explicado que
deseaba hacer un examen de todos los objetos pertenecientes a su padre
que había en la biblioteca, y que por esa razón me había invitado para
que la acompañara.
Sin embargo, debo, por mi parte, confesar que yo no había sacado aún
ninguna conclusión respecto al móvil verdadero de aquella visita; a
pesar de que estaba convencido de que había en ello algún motivo
ulterior, que no podía, empero, ni sospechar.
Después de cenar, la señora Gibbons condujo a mi linda compañera a su
pieza, mientras Gibbons me mostró la que había preparado para mí. Era
una gran habitación situada en el primer piso, cuyas ventanas daban
amplia vista sobre los ondulados prados que se extendían hasta Wormsley
Hill y Sarnesfield. Ya en varias ocasiones anteriores había ocupado esta
misma pieza, y la conocía bien, con su gran cama antigua, tallada, de
cuatro pilares, sus anticuados tapices y colgaduras, cómodas y
guardarropas de estilo rey Jacobo y su cielo raso de roble bruñido.
Después de hacerme una ligera _toilette_, volví a reunirme en la
biblioteca con mi elegante y delicada joven huéspeda. Era una gran pieza
larga y antigua, donde ardía un brillante fuego, y las lámparas estaban
suavemente sombreadas con pantallas de seda amarilla. De un extremo a
otro se veían las hileras de libros con sus lomos grises, los que
probablemente hacía medio siglo que no habían sido tocados.
Después que Mabel me permitió fumar un cigarrillo y le dijo a Gibbons
que deseaba que nadie la viniese a molestar durante una hora o más, se
levantó y cerró con llave la puerta, para que pudiéramos emprender el
trabajo de investigación sin que sufriéramos interrupción alguna.
--No sé si descubriremos algo que sea de interés--dijo, volviendo sus
hermosos ojos hacia mí, dominada por una agitación que no pudo reprimir
al dirigirse al gran escritorio y sacar de su bolsillo las llaves de su
padre.--Supongo que esta tarea le incumbe al señor
Leighton--añadió,--pero prefiero que usted y yo echemos una mirada a los
asuntos de mi padre, antes que venga el abogado a examinarlos con sus
ojos escudriñadores.
Parecía que abrigaba cierta esperanza de encontrar algo que deseaba
ocultar al abogado.
El escritorio del muerto era un pesado mueble anticuado, de roble
tallado, y al abrir ella el primer cajón y sacar lo que contenía,
acerqué dos sillas y me puse a ayudarle, con el fin de hacer un examen
metódico y completo. Los papeles eran, en su mayoría, cartas de amigos y
correspondencia con abogados y comisionistas de la City, que le hablaban
sobre sus diferentes inversiones de dinero. Pude darme cuenta, por
algunas que leí, de cuán enormes habían sido los beneficios que había
obtenido de ciertas negociaciones verificadas en Sud Africa, mientras en
otras se hacían alusiones a asuntos que para mí eran sumamente
enigmáticos.
La ansiosa actitud de Mabel era la de una persona que busca un documento
que cree que allí está. Apenas se tomaba el trabajo de leer las cartas;
no hacía más que examinarlas rápidamente y ponerlas a un lado. Así
fuimos registrando un cajón tras otro hasta que vi en su mano un gran
sobre azul, sellado con lacre negro, y que tenía el siguiente letrero,
escrito por su padre:
«Para que sea abierto por Mabel después de mi muerte.--_Burton Blair._»
--¡Ah!--murmuró casi sin resuello,--¿qué contendrá esto?--E
impacientemente, rompió los sellos y sacó una gran hoja de papel escrita
con letra muy junta, a la cual estaban ligados con un broche varios
otros papeles.
También cayó algo más del sobre, que yo recogí, y con gran sorpresa me
encontré con que era una instantánea muy gastada y rajada, pero que se
conservaba por estar adherida a un pedazo de lienzo. Representaba un
paisaje de encrucijadas en una región campestre llana y más bien
desolada, con una casita solitaria, que probablemente había sido en un
tiempo una casa de portazgo, de altas chimeneas, situada sobre la orilla
del camino real, teniendo al costado un pequeño jardincillo rodeado de
reja. Delante de la puerta se veía un pórtico rústico cubierto de rosas
trepadoras, y fuera, sobre un lado del camino, un viejo sillón Windsor,
que parecía que acababa de quedar desocupado.
Mientras examinaba la fotografía junto de la luz, la hija del muerto
leía rápidamente el documento que su padre había escrito.
De pronto lanzó un grito de espanto, como horrorizada por algún
descubrimiento que había hecho, y, sobresaltado, me di vuelta para
mirarla. Su rostro había cambiado completamente; hasta los labios tenía
blancos.
--¡No!--tartamudeó enronquecida.--¡No... no puedo creerlo... no quiero
creerlo!
Otra vez miró el papel que tenía en la mano para releer esas fatídicas
líneas.
--¿Qué es lo que hay?--inquirí ansiosamente.--¿Puedo saberlo?--Y me
acerqué adonde ella estaba.
--No--respondió con firmeza, colocando el documento detrás.--¡No! ¡Ni
usted debe conocer esto!--Y con una rapidez pasmosa lo hizo pedazos,
arrojando los fragmentos al fuego antes que yo pudiera salvarlos.
Las llamas se elevaron, y un momento después, la confesión del muerto,
si tal cosa era, quedó consumida por ellas y desapareció para siempre,
mientras su hija estaba de pie, macilenta, rígida y pálida como una
muerta.
XVI
EN EL QUE SE CONFIRMAN DOS HECHOS CURIOSOS
Aquella acción súbita e inesperada de Mabel me sorprendió y disgustó,
porque yo había creído que nuestra amistad era de una naturaleza tan
íntima y estrecha, que me hubiera permitido, por lo menos, dar una
mirada a lo que había escrito su padre.
Sin embargo, cuando reflexioné un momento después que el sobre había
sido especialmente dirigido a ella, comprendí que su contenido había
sido destinado expresamente para que sólo sus ojos lo vieran.
--¿Ha descubierto algo que la ha trastornado?--le pregunté, mirando
fijamente su cara pálida y arrugada.--Espero que no sea nada muy
desconcertador.
Contuvo la respiración un momento, con su mano puesta instintivamente
sobre su pecho, como si hubiera querido tranquilizar los fuertes y
violentos latidos de su corazón.
--¡Ah! desgraciadamente lo es--replicó.--Ahora conozco la verdad, la
verdad terrible... espantosa.
Y, sin añadir una palabra más, se cubrió el rostro con sus manos y
estalló en un mar de lágrimas.
Estuve en el acto a su lado tratando de consolarla, pero pronto me di
cuenta de la impresión profunda de horror y espanto que habían producido
en ella esas palabras escritas por su padre. Su dolor era inmenso; todo
su ser estaba embargado por una pena inconsolable.
El silencio que reinaba en aquella pieza larga y anticuada, era
interrumpido sólo por sus amargos sollozos y por el solemne tic-tac del
gran reloj antiguo que había en el extremo más lejano de la habitación.
Mi mano se apoyaba tiernamente sobre el hombro de la pobre niña, pero
transcurrió un largo rato antes de que pudiera conseguir que enjugase
sus lágrimas.
Cuando lo hizo, vi por su semblante, que había cambiado y era otra
mujer.
Volvió junto a la mesa-escritorio y alzó el sobre, leyendo por segunda
vez la inscripción que Blair había escrito sobre él, y luego sus ojos se
fijaron en la fotografía de la casa solitaria situada cerca de las
encrucijadas.
--¡Qué!--exclamó, sobresaltada,--¿dónde ha encontrado esto?
Le expliqué que había caído del sobre; entonces la tomó y la miró un
largo rato. Después, dándola vuelta, descubrió algo que yo no había
notado: escritas débilmente con lápiz y medio borradas, se leían las
siguientes palabras: «Encrucijadas de Owston, 9 millas más allá de
Doncaster, sobre el camino Selby.--_B. B._»
--¿Sabe usted lo que es esto?
--No, no tengo la menor idea--respondí.--Debe ser algo que su papá
cuidaba mucho. Parece muy gastada, como si alguien la hubiera llevado
guardada en el bolsillo.
--Bien, entonces yo se lo diré--me dijo.--No tenía idea de que aún la
conservara, pero creo que la ha guardado como un recuerdo de esos
fatigosos viajes a pie del lejano pasado. Esta fotografía representa el
sitio que andaba buscando por toda Inglaterra--añadió, conservándola
todavía en su mano.--No tenía más que esta instantánea por guía, y, por
lo tanto, nos vimos obligados a recorrer de arriba abajo todos los
caminos reales del país, con el fin de encontrar el punto buscado. No
fue hasta casi un año después que usted y el señor Seton tuvieron la
generosidad de ponerme en la escuela, en Bournemouth, cuando mi padre
consiguió descubrir lo que había andado buscando durante tres largos
años, pues él siguió solo sus fatigosas excursiones. Una noche de verano
consiguió, por fin, identificar las encrucijadas de Owston, y encontró
viviendo en la casa a la persona que había buscado tan empeñosamente y
con tanto sacrificio.
--Es curioso--exclamé yo.--Cuénteme más al respecto.
--Nada más hay que contar, salvo que, debido al descubrimiento de la
casa, obtuvo la clave del secreto; a lo menos, eso es lo que yo le he
entendido siempre que ha hablado de esto--contestó.--¡Ah! recuerdo bien
aquellas interminables y cansadoras caminatas cuando niña; cómo
recorríamos esos largos, blancos e inacabables caminos, con sol y con
lluvia, envidiando a la gente que iba en coches y en carros, a hombres y
mujeres que andaban en bicicletas, y, sin embargo, mi valor se sostenía
siempre con las palabras de aliento de mi padre y su declaración de que
algún día habíamos de poseer una gran fortuna. Esta fotografía la
llevaba constantemente consigo, y en casi todas las encrucijadas la
sacaba, examinaba el paisaje y lo comparaba, sin saber, por cierto, si
la vieja casa había sido derribada después de sacada la instantánea.
--¿No le dijo nunca la razón que tenía para desear tan empeñosamente
visitar esa casa?
--Solía decirme que el sujeto que vivía en ella, el mismo que tenía por
costumbre sentarse en las tardes de verano en la silla colocada en el
exterior de la casa, era su amigo, aun cuando hacía mucho tiempo que no
se veían y éste ignoraba si mi padre vivía aún. Creo que habían sido
amigos en el extranjero, cuando mi padre había andado navegando.
--¿Y la razón que tenía su papá para estos constantes viajes errantes
era identificar dicho paraje?--exclamé, contento de haber aclarado al
fin un punto, que, durante cinco años o más, había sido un verdadero
misterio.