--Por cierto--respondió Dawson con una sonrisa, mientras su único ojo me

miraba parpadeando a través de sus anteojos, arcos de oro.--Pero su

amistad y gratitud nunca hicieron que llegase al grado de revelarle su

secreto. No. Si usted me disculpa y permite, señor Greenwood, le diré

que pienso que es inútil estemos combatiendo de esta manera, teniendo en

vista que yo sé mucho más de Burton Blair y de su vida pasada, que lo

que usted sabe.

--Aceptado--le dije.--Blair fue siempre muy reticente. Se consagró a

resolver un misterio y consiguió su objeto.

--Y con eso ganó una fortuna de más de dos millones de libras

esterlinas, que todavía las gentes consideran un misterio. Sin embargo,

no hay misterio en esos montones de cauciones que están depositadas en

sus Bancos, como no lo hubo en el dinero con que las compró--rió.--Fue

en buenos billetes del Banco de Inglaterra y en sólidas monedas de oro

del reino. Pero ya el pobre no existe; todo ha acabado--añadió con un

aire algo pensativo.

--Pero su secreto existe aún--observó Reginaldo.--El lo ha legado a mi

amigo.

--¡Qué!--estalló el tuerto, dándose vuelta hacia mí con verdadero

espanto.--¿Le ha dejado a usted su secreto?

Parecía completamente trastornado por las palabras de Reginaldo, y noté

el brillo perverso de su mirada.

--Me lo ha dejado. El secreto es mío ahora--repuse, aun cuando no le

dije que la misteriosa bolsita de gamuza se había extraviado.

--¿Pero no sabe usted, hombre, lo que eso implica?--gritó, poniéndose de

pie delante de mí y entrelazando y retorciendo sus delgados dedos

nerviosa y agitadamente.

--No, no lo sé--contesté riendo, pues trataba de aparentar que tomaba

sus palabras con ligereza.--Me ha dejado como legado la bolsita que

llevaba siempre consigo, junto con ciertas instrucciones interesantes

que me esforzaré en cumplir.

--Muy bien--gruñó.--Proceda como le parezca más conveniente; pero

prefiero que haya usted quedado dueño del secreto y no yo, eso es todo.

Su disgusto y terror aparentemente no conocían límites. Luchó por

ocultar sus sentimientos, pero todo esfuerzo fue en vano. Era evidente

que existía alguna razón muy poderosa para tratar de impedir que el

secreto viniera a mis manos; pero su creencia de que la bolsita ya

estaba en mi poder destruía mi sospecha de que este misterioso hombre

estaba ligado a la muerte extraña de Burton Blair.

--Créame, señor Dawson--le dije, con la mayor calma,--no abrigo temor

alguno del resultado de la bondadosa generosidad de mi amigo. En verdad,

no veo qué motivo pueda haber para abrigar ningún recelo. Blair

descubrió un misterio que, a fuerza de paciencia y esfuerzos casi

sobrehumanos, consiguió resolver, y presumo que, guiado, probablemente,

por un sentimiento de gratitud por la pequeña ayuda que mi amigo y yo

pudimos hacerle, ha dejado su secreto bajo mi custodia.

El hombre permaneció silencioso durante unos minutos con su único ojo

fijo en mí, inmóvil e irritado.

--¡Ah!--exclamó al fin con impaciencia.--Veo que lo ignora usted todo

completamente. Tal vez es mejor que siga así.--Luego añadió:--Hablemos

ahora de otro asunto, del porvenir.

--¿Y qué tiene el porvenir?--le interrogué.

--He sido nombrado secretario de Mabel Blair y administrador de sus

bienes.

--Y yo le prometí en su lecho de muerte a Burton Blair defender y

proteger los intereses de su hija--le dije, en una voz tranquila y fría.

--¿Puedo, entonces, preguntarle, ya que tratamos el asunto, si abriga

usted intenciones matrimoniales respecto a ella?

--No, no debe usted preguntarme nada de eso--grité enfurecido.--Su

pregunta es una injuriosa impertinencia, señor.

--Vamos, vamos, Gilberto--interrumpió Reginaldo.--No hay necesidad de

promover una disputa.

--No, por cierto--declaró con aire imperioso el señor Ricardo

Dawson.--La pregunta es bien sencilla, y como futuro administrador de la

fortuna de la joven, tengo perfecto derecho de hacerla.

Entiendo--añadió,--que se ha convertido en una niña muy atrayente y

amable.

--Me niego a responder a su pregunta--manifesté con vehemencia.--Yo

también podría preguntarle por qué razón ha estado usted todos estos

años pasados viviendo ocultamente en Italia o por qué recibía su

correspondencia dirigida a una casa de una calle secundaria de

Florencia.

Su rostro perdió sus bríos, sus cejas se contrajeron ligeramente, y noté

que mi observación le había causado cierto recelo.

--¡Oh! ¿Y cómo sabe usted que he vivido en Italia?

Pero con el fin de extraviarlo y confundirlo, me sonreí misteriosamente

y respondí:

--El hombre que posee el secreto de Burton Blair también conoce ciertos

secretos concernientes a sus amigos.--Luego añadí intencionadamente:--El

Ceco es bien conocido en Florencia y en Lucca.

Su cara se puso blanca, sus delgados dedos nervudos se agitaron de nuevo

y la contorsión que estremeció las comisuras de su boca, demostraron

cuán profunda e intensa había sido la impresión que le había producido

la mención de su sobrenombre.

--¡Ah!--exclamó.--Blair me ha traicionado, entonces me ha jurado en

falso, después de todo. ¿Eso les dijo a ustedes, eh? ¡Muy bien!--Y se

rió con la extraña risa hueca del hombre que contempla la venganza.--Muy

bien, caballeros. Veo que en este asunto, mi posición es la de un

intruso.

--Hablándole con franqueza, señor, le diré que justamente es

así--intervino Reginaldo.--Era usted desconocido hasta que se leyó el

testamento del muerto, y no creo anticiparme en afirmar que la señorita

Blair tendrá cierta inquietud de verse obligada a ocupar a un extraño.

--¡Un extraño!--rió con altanero sarcasmo.--¡Dick Dawson un extraño! No,

señor, usted verá que para ella no soy un extraño. Por otra parte,

pienso que también tendrá oportunidad de saber que la joven acogerá bien

mi intención en vez de desagradarle. Esperen y verán--añadió, con un

tono sumamente confiado.--Mañana tengo intención de ir a la oficina del

señor Leighton, y hacerme cargo de mis obligaciones como secretario de

la hija del difunto millonario Burton Blair--y acentuando las últimas

palabras, se rió de nuevo en nuestras caras desafiadoramente.

No era un caballero. En el momento en que entró en la pieza lo conocí.

Su aspecto externo era el de un hombre que ha tenido contacto con gente

respetable, pero era sólo un barniz superficial, pues cuando perdía la

calma y se agitaba, demostraba que era tan rudo como el tosco hombre de

mar que tan repentinamente había expirado. Su acento era

pronunciadamente londinense, a pesar de que se decía que, como había

residido tantos años en Italia, se había convertido casi en un italiano.

Un hijo verdaderamente de Londres no puede nunca ocultar sus _enes_

nasales aun cuando haya pasado su vida en el más lejano confín del

mundo. Ambos nos habíamos dado cuenta rápidamente de que el desconocido,

aun cuando de contextura más bien delgada, era extraordinariamente

muscular. Y este era el hombre que celebraba esas frecuentes entrevistas

secretas con Fray Antonio, el grave monje capuchino.

Había demostrado que no nos tenía miedo, por la manera audaz con que

había venido a vernos, y la franqueza con que nos había hablado. Se

conoció que tenía plena confianza en su posición, y que interiormente se

reía de nuestra ignorancia.

--Hablan ustedes de mí, caballeros, como de un extraño y

desconocido--exclamó, abotonándose su sobretodo después de una corta

pausa y tomando su bastón.--Supongo que lo seré esta noche... pero

mañana no lo seré ya. Espero que muy pronto aprenderemos a conocernos

mejor; entonces es posible que confíen en mí un poco más de lo que han

hecho esta noche. Recuerden que durante muchos años he sido el amigo más

íntimo del muerto.

En la punta de la lengua tuve la observación de que el motivo que había

tenido el pobre Burton para poner en su testamento esa extraña cláusula,

era el temor que él le inspiraba, y que la había insertado bajo

coacción; pero felizmente me dominé, y con cierta cortesía le dije

«buenas noches».

--Que me ahorquen, Gilberto--gritó Reginaldo, cuando el tuerto se hubo

retirado.--La situación a cada momento se hace más interesante y

complicada. Es evidente que Leighton va a tener que habérselas con un

cliente duro.

--Sí--suspiré.--El tiene la mejor parte de todos nosotros, porque se ve

claro que Blair lo tenía al tanto de todo, pues era de su completa

confianza.

--¡Es mi opinión, Greenwood, que Blair nos ha tratado

ruinmente!--estalló mi amigo, eligiendo un nuevo cigarro, y mordiéndole

la punta con enojo.

--Recuerda que me ha dejado su secreto.

--Puede ser que lo haya destruido después de haber hecho el

testamento--apuntó Reginaldo.

--No; o debe estar escondido, o ha sido robado, eso es lo que no ha

podido aclararse. Por mi parte, considero que gradualmente va

disipándose la idea que abrigamos de que se había cometido un asesinato.

Si él hubiese sospechado que había sido víctima de una infamia,

seguramente nos habría indicado algo antes de morir. De eso estoy

completamente convencido.

--Es muy probable--observó con cierta duda, sin embargo.--Pero lo que

tenemos ahora que descubrir es si existe aún esa bolsita que él siempre

llevaba consigo.

--Es evidente que el tal Dawson se encontraba en Inglaterra antes de la

muerte del pobre Blair. Puede ser que haya pasado a su poder--indiqué

yo.

--De todos modos, es muy probable que trate de apoderarse de

ella--convino Reginaldo.--Debemos saber con fijeza dónde estaba y qué

hizo el día en que Blair perdió tan misteriosamente el conocimiento en

el tren. No me gusta el individuo, aparte de su _alias_ y secreta

amistad con Blair. Su intención es mala, viejo, bien mala. La he visto

brillar en el único ojo que tiene. Recuerda lo que dijo sobre que Blair

lo había traicionado. Me parece que abriga la idea de vengarse en la

pobre Mabel.

--Mejor es que no trate de ofenderla--exclamó ferozmente.--Tengo que

cumplir la promesa que le hice al pobre Burton, y la cumpliré. ¡Sí, juro

por Dios que lo haré! al pie de la letra. Buen cuidado tendré de que no

caiga en las manos de ese aventurero.

--Ella le teme anticipadamente. ¿Por qué será?

--Por desgracia, no quiere decírmelo. Es posible que este hombre esté en

posesión de algún secreto deshonroso del muerto, cuyo conocimiento, si

se hiciera público, podría dar por resultado el descrédito de Mabel y su

expulsión de la buena sociedad.

Seton gruñó, se recostó en el respaldo de su silla y quedó contemplando

el fuego pensativamente.

--¡Por Job!--exclamó, después de una breve pausa.--¿Si será eso así?

A la mañana siguiente, mientras estábamos almorzando, llegó un muchacho

mensajero con una tarjeta de Mabel, en la que me pedía que fuese en el

acto a su casa. Sin perder un minuto, por lo tanto, tomé de un sorbo mi

café, me puse apresuradamente el sobretodo y un cuarto de hora después

entraba en la alegre sala de mañana de la mansión de la plaza Grosvenor,

donde la hija del muerto, con su cara encendida por la agitación, me

esperaba.

--¿Qué es lo que hay?--le pregunté al tomarle la mano, temeroso de que

el hombre que ella detestaba hubiese venido ya a verla.

--Nada grave--me contestó riendo.--Es que tengo una nueva muy buena para

usted.

--¿Para mí? ¿qué es?

Sin contestarme, colocó sobre la mesa una pequeña y lisa cigarrera de

plata, que en un ángulo de la tapa tenía las iniciales B. B., monograma

que se veía grabado en toda la vajilla de Blair, en sus carruajes,

arneses y demás objetos propios.

--Vea lo que hay dentro de ella--exclamó, señalándome la caja que tenía

por delante, y sonriendo dulcemente con profunda satisfacción.

La tomé ansiosamente, levanté la tapa y miré lo que había en su seno.

--¡Qué!--grité, casi fuera de mí de alegría.--¡No puede ser cierto!

--Sí--rió ella.--Lo es.

Y después con dedos temblorosos, saqué del interior de la caja el

precioso objeto que me había sido legado, la pequeña bolsita usada de

gamuza del tamaño de la palma de la mano de un hombre, a la cual estaba

unida una delgada pero muy fuerte cadena de oro para poderla colgar del

cuello.

--La encontré esta mañana por casualidad, exactamente como está, en un

cajoncito secreto de un viejo escritorio que hay en la pieza de vestir

de mi padre--explicó.--El que la debió colocar allí por precaución antes

de partir para Escocia.

La conservaba en mi mano completamente atónito, pero, no obstante, con

el más profundo deleite.

¿El hecho de que Blair se hubiera separado de ella, dejándola guardada

en esa caja, antes que arriesgarse a llevarla consigo durante ese viaje

al Norte, no probaba que había temido ser víctima de un ataque para

conseguir su posesión? Sin embargo, el pequeño y curioso objeto, que en

tan extrañas condiciones me había sido legado, estaba ahora en mi mano,

y era una bolsita plana, cuidadosamente cosida, de piel de gamuza,

ennegrecida por el uso y el tiempo, como de media pulgada de grueso, y

que encerraba algo duro y liso.

Dentro de ella se ocultaba el gran secreto, cuyo conocimiento había

transformado en millonario a Burton Blair, el pobre marino sin hogar. Lo

que era, ni Mabel ni yo pudimos ni por un momento imaginarnos.

Ambos estábamos sin aliento, igualmente ansiosos de cerciorarnos de la

realidad. No hay duda, jamás hombre alguno se vio en su vida delante de

un problema más interesante o enigmático.

En silencio tomó un par de pequeñas tijeras de hacer ojales de encima de

la mesita-escritorio que había junto de la ventana, y me las entregó.

Luego, temblándome la mano de agitación, introduje la punta en el

extremo de la bolsita y la corté largo a largo, pero lo que cayó sobre

la alfombra un momento después nos arrancó dos fuertes exclamaciones de

sorpresa.

La posesión más valiosa de Burton Blair, el gran secreto que durante

todos esos años pasados y en sus viajes errantes había llevado siempre

consigo, al fin descubierto, resultó ser verdaderamente pasmoso.

XIV

LA OPINIÓN DE UN PERITO

Sobre la alfombra, a nuestros pies, yacía desparramado un paquete de muy

pequeñas cartas de juego, más bien sucias, que había caído de la

bolsita, y el cual contemplábamos los dos de pie con sorpresa y

desengaño.

Por mi parte, yo había esperado encontrar dentro de esa bolsa-tesoro de

gamuza algo de más valor que esos pedazos de cartón duro, manoseados y

bastante gastados, pero nuestra curiosidad se despertó instantáneamente

cuando me agaché, alcé una de ellas y descubrí ciertas letras escritas

con tinta obscura medio borrada, similares a las que había en la carta

que tenía ya en mi poder.

Resultó ser un diez de oros, y con el fin de que los lectores puedan

darse una idea clara de cómo estaban arregladas las letras, reproduzco

una copia de ella enfrente.

--¡Qué extraño!--exclamó Mabel, tomando la carta y examinándola

atentamente.--Debe ser algún enigma cifrado, igual al otro que encontré

dentro de un sobre sellado en la caja de hierro.

--No hay duda--dije yo, al notar, mientras estaba agachado, recogiendo

el resto del paquete,--que todas ellas, tanto por el anverso como por el

reverso, tenían catorce o quince letras escritas, en tres columnas,

todas, por cierto, enteramente ininteligibles.

Las conté. Formaban un paquete de treinta y una cartas, faltando el as

de copas, que habíamos encontrado antes. Debido a haberlas llevado

siempre consigo, el roce constante y durante tanto tiempo, había gastado

las puntas y los filos, mientras el lustre había desaparecido hacía ya

mucho.

+-------------------------+

| /\ /\ |

| / \ / \ |

| / \ / \ |

| \ O / /\ \ T / |

| \ / / \ \ / |

| \/ / \ \/ |

| \ S / |

| /\ \ / /\ |

| / \ \/ / \ |

| / \ / \ |

| \ C / P \ O / |

| \ / \ / |

| \/ J \/ |

| |

| E |

| /\ /\ |

| / \ L / \ |

| / \ / \ |

| \ O / /\ \ L / |

| \ / / \ \ / |

| \/ / \ \/ |

| \ O / |

| /\ \ / /\ |

| / \ \/ / \ |

| / \ / \ |

| \ J / N \ N / |

| \ / \ / |

| \/ \/ |

+-------------------------+

Ayudado por Mabel, las extendí todas sobre la mesa, verdaderamente

atontado por aquellas columnas de letras que demostraban que algún

profundo secreto encerraban, pero que nos fue completamente imposible

descifrar.

En el anverso del as de bastos había tres columnas paralelas, de cinco

letras cada una, colocadas en esta forma:

E H N

W E D

T O L

I E H

W H R

Luego, di vuelta al rey de espadas, y en el reverso encontré sólo estas

catorce letras:

Q W F

T S W

J H U

O F E

Y E

--¿Qué significará todo esto?--exclamé, examinando cuidadosamente, a la

luz, los caracteres escritos. Las letras eran mayúsculas, y tan torpe e

inseguramente trazadas como las del as de copas; no hay duda, debían

haber sido hechas por una mano sin educación. Las A denotaban una forma

de letra extranjera más que inglesa, y el hecho de que algunas cartas

estaban escritas por el anverso y otras por el reverso, parecía indicar

que había algún significado oculto. Fuese lo que fuese, aquello se

presentaba como un problema enigmático e intrincado.

--Es muy curioso, ciertamente--observó Mabel, después de haber estado un

rato tratando en vano de juntar algunas palabras inteligibles con las

letras en columnas, valiéndose del método fácil de cálculo.--No tenía la

menor idea de que mi padre hubiese llevado oculto de este modo su

secreto.

--Sí--dije,--es verdaderamente asombroso. No hay duda, su secreto está

escrito aquí, y lo sabríamos, si poseyéramos la clave. Pero es probable

que sus enemigos conozcan su existencia, o si no, él no lo hubiese

dejado guardado aquí al partir para Manchester. Puede ser que Dawson lo

sepa.

--Es muy probable--contestó ella.--Era el hombre de relación más íntima

de mi padre.

--Su amigo, dice él que era.

--¡Amigo!--gritó ofendida.--No, su enemigo.

--Y, por lo tanto, su papá le temía, ¿no es así? Fue esa razón la que lo

indujo a insertar en su testamento esa imprudente cláusula.

Entonces le referí la visita que la noche anterior nos había hecho

Dawson, todo lo que nos había dicho y la atrevida actitud desafiadora

que había adoptado con nosotros.

Suspiró, pero no pronunció una sola palabra. Noté que mientras yo

hablaba su semblante se había puesto algo más pálido, pero permaneció

callada, como si hubiese temido hablar, por recelo de que

inadvertidamente fuese a manifestar lo que tenía intención de que

permaneciese siendo un secreto.

Mi pensamiento absorbente en aquel momento era, sin embargo, la

aclaración del problema que se encontraba oculto dentro de esas treinta

y dos cartas, bien manoseadas, que estaban delante de mí. El secreto de

Burton Blair, cuyo conocimiento le había producido su fortuna de

millones, se encerraba allí, y ahora que por legado me pertenecía,

estaba en mis intereses hacer toda clase de esfuerzos para conseguir

descubrir la verdad exacta. Recordé el inmenso cuidado que había tenido

con esa bolsita que yacía vacía sobre la mesa, y la negligente confianza

con que me la había mostrado esa noche en que no era más que un

vagabundo sin hogar que andaba recorriendo los caminos en busca de los

molinetes.

Mientras la tenía en su mano mostrándomela, había visto brillar sus ojos

con una luz viva de esperanza y anticipación. Algún día sería un hombre

rico, me había profetizado, y yo, en mi ignorancia, había creído

entonces que era un soñador, un iluso. Pero al mirar en torno de esa

pieza en que estaba ahora de pie y ver ostentándose obras de Murillo y

del Tintoretto, que cada una de ellas constituía una pequeña fortuna, me

vi obligado a confesar que había cometido un error y que mi desconfianza

había sido injusta.

¡Y ahora el secreto escrito sobre ese pequeño paquete de cartas, de

aspecto tan insignificante, era mío... con tal que pudiera descifrarlo!

Era imposible que pudiese haber una situación más enigmática y

mortificante para un pobre hombre como yo. El hombre a quien en un

tiempo había podido proteger, me había dejado, como prueba de

reconocimiento, el secreto del origen de su enorme riqueza, pero tan

bien oculto, que ni Mabel ni yo podíamos descifrarlo.

--¿Qué va a hacer?--me interrogó al fin, después de haber permanecido

diez minutos en silencio examinando las cartas.--¿No habrá en Londres

algún perito que pueda encontrar la clave? Es probable que esas personas

que se dedican al arte de la criptografía puedan ayudarnos.

--No hay duda--respondí,--pero en ese caso, si consiguieran hacerlo,

descubrirían el secreto para ellos.

--¡Ah, no había pensado en eso!

--Las instrucciones que ha dejado su papá en el testamento, son muy

explícitas y terminantes, recomienda la mayor reserva en el asunto.

--Pero la posesión de estas cartas sin la clave no es, ciertamente, de

mucho beneficio--arguyó.--¿No podría consultar a alguna persona experta,

y cerciorarse por qué medios sería posible descifrar esta clave de

enigmas?

--Podré hacer averiguaciones en un sentido general--repliqué,--pero

colocar ciegamente el paquete de cartas en las manos de un perito,

sería, me temo, entregar a otros la posesión más reservada de su papá.

Puede ser que haya aquí escrito algún dato que no sea conveniente ni

agradable que el mundo lo sepa.

--¡Ah!--exclamó, alzando rápidamente la vista y mirándome.--Algunos

datos concernientes a su pasado, quiere usted decir. Sí. Tiene razón,

señor Greenwood. Debemos ser muy prudentes y saber guardar bien el

secreto de estas cartas, especialmente si, como usted lo ha indicado,

Dawson conoce los medios de poder hacer inteligible este enigma.

--El secreto me ha sido legado, y, por lo tanto, voy a tomar posesión de

ellas--le dije.--Haré, también, algunas averiguaciones, y me cercioraré

por qué medios se pueden poner estas cifras en un inglés comprensible.

Pensé en ese momento en un señor Bayle, profesor de un colegio

preparatorio situado en Leicester, que era un verdadero perito en estas

cuestiones de cifras, claves y anagramas, y resolví no perder tiempo en

ir allí y conocer su opinión.

A mediodía tomé el tren en St. Pancras, y a eso de las dos y media me

encontraba sentado con él en su pieza particular del colegio. Era un

hombre de regular edad, completamente afeitado y de rápida inteligencia,

que con frecuencia había ganado premios en los varios certámenes de

competencia ofrecidos por diferentes periódicos; hombre que parecía

haber aprendido de memoria el _Diccionario de citas familiares_, de

Bartlett, y cuyo ingenio y habilidad para descifrar enigmas era

incomparable. Mientras fumábamos, le expliqué el punto sobre el cual

deseaba me diese su opinión.

--¿Puedo ver las cartas?--me preguntó, sacando la pipa de su boca y

mirándome con cierta sorpresa, según me pareció.

Mi primer impulso fue negarme a mostrárselas, pero después recordé que

era uno de los más grandes peritos que había en estas materias, y, por

consecuencia, saqué el pequeño paquete del sobre en que lo había

puesto.

--¡Ah!--exclamó en el momento que las tuvo en su mano y las recorrió

rápidamente.--Este es el más complicado y difícil de los enigmas

cifrados, señor Greenwood. Estuvo en boga durante el siglo XVII en

España e Italia, y después en Inglaterra, pero en los últimos cien años,

o más, parece que ha caído en desuso, debido, probablemente, a su gran

dificultad.

Con el mayor cuidado colocó en filas sobre la mesa todas las cartas, y

se entregó a largos y complicados cálculos entre las pesadas bocanadas

de humo que despedía su pipa.

--¡No!--exclamó al fin.--No es lo que yo esperaba. Por medio del sistema

de deducciones no conseguirá nunca la solución. Podrá tratar de

descifrarlo durante cien años, pero será en vano, sí no descubre la

clave. Hay, en verdad, tanto ingenio en esta clase de cifra, que un

escritor del siglo pasado calculó que en un paquete de cartas cifradas

como éstas, existen, por lo menos, cincuenta y dos millones de posibles

arreglos y combinaciones.

--¿Pero cómo está escrita la cifra?--pregunté muy interesado, aun cuando

abatido al ver que no podía ayudarme.

El tesoro misterioso · 第 7 / 17 段