misterioso Paolo Melandrini permanecía aún sin descubrirse. El principal
objeto que me había traído a Italia no había sido llenado, pero, sin
embargo, estaba satisfecho de haber descubierto al fin a dos de los más
íntimos y a la vez secretos amigos del pobre Blair.
Pero ¿por qué este misterio? Cuando recordaba cuán estrecha había sido
nuestra amistad, me quedaba sorprendido, y hasta un poco disgustado, de
ver que me había ocultado la existencia de estos dos hombres. Por mucho
que sintiera tener que pensar mal de un amigo muerto, no podía evitar
que me asaltara la sospecha de que su relación con estos individuos
formaba parte de su secreto, y que este último era algo deshonroso.
Poco después de mediodía, guardé mis cosas dentro de mi valija, e
impelido por un poderoso deseo de regresar para poder defender los
intereses de Mabel Blair, abandoné Lucca, partiendo para Londres. Babbo
me acompañó hasta Pisa, donde cambiamos de trenes; él para retornar a
Florencia y yo para tomar el coche-dormitorio del expreso que corre de
Roma a Calais.
Mientras estaba parado en la plataforma de la estación de Pisa, el viejo
harapiento, que hacía más de media hora que se había puesto pensativo,
exclamó de pronto:
--Se me ha ocurrido una idea extraña, señor. Usted recordará que supe en
la vía San Cristófano que el señor Malandrini usaba anteojos con arcos
de oro. ¿No será, acaso probable, que los use en Florencia para ocultar
el defecto que tiene en la vista?
--¡Yo también creo lo mismo!--respondí.--¡Me parece que ha adivinado!
Pero, por otro lado, ni su sirvienta ni sus vecinos sospechan que sea
extranjero.
--Habla muy bien el italiano--convino el viejo,--pero dicen que tiene un
leve acento.
--Vuelva en el acto a la vía San Cristófano--le dije, excitado por su
última teoría--y haga mayores averiguaciones sobre la vista y los
anteojos de este misterioso individuo. La anciana que está al cargo de
sus habitaciones lo ha de haber visto sin anteojos, no hay duda, y le
podrá decir lo que hay de verdad.
--Sí, señor--me contestó. Y luego yo le di escrita mi dirección en
Londres, adonde debía despacharme un telegrama, si sus sospechas se
confirmaban.
Diez minutos después, el ruidoso expreso de Calais a Roma, el limitado
tren compuesto de tres vagones-cama, coche-restaurant y coche de
equipajes, entraba en la gran estación abovedada, y, despidiéndome del
ridículo viejo Babbo, subía al tren y me era señalado mi compartimiento
hasta Calais.
Describir el largo y tedioso viaje de vuelta del Mediterráneo al Canal,
oyendo siempre el crujido de las ruedas, y con la misma monotonía,
interrumpida únicamente por el anuncio de que la comida estaba servida,
es inútil. Todos aquellos que lean esta extraña historia del secreto de
un hombre, que hayan viajado de ida y vuelta por ese camino de hierro
que va a Roma, saben bien qué molesto y pesado se hace cuando uno se
transforma en constante viajero entre Inglaterra e Italia.
Basta decir que treinta y seis horas después de haber subido al expreso
en Pisa, atravesaba la plataforma de la estación Charing Cross, entraba
en un _hansom_ y partía para la calle Great Russell. Reginaldo no había
vuelto aún de su negocio, pero, sobre mi mesa, entre una cantidad de
cartas, encontré un telegrama de Babbo, en italiano, que decía:
«Melandrini tiene echado a perder el ojo izquierdo. Es el mismo hombre;
no hay duda ninguna sobre eso.--_Carlini_.»
El individuo que estaba destinado a ser el secretario y consejero de
Mabel Blair, era el enemigo más terrible de su difunto padre, el inglés,
Dick Dawson.
Permanecí de pie mirando el telegrama, completamente azorado.
La extraña copla que el muerto había dejado escrita en su testamento,
recomendándome que la recordase, latía incesantemente en mi cabeza:
_King Henry the Eighth was a knave to his queens,_
_He'd one short of seven--and nine or ten scenes!_
¿Qué significado oculto podía encerrar? Los hechos históricos de los
casamientos y divorcios del Rey Enrique VIII, eran tan conocidos para mí
como lo son para todo niño inglés del Reino Unido que haya llegado al
cuarto grado. Sin embargo, algún motivo debía haber tenido Blair,
ciertamente, para haber puesto esta extraña rima en su testamento; tal
vez era la clave de algo, ¿pero de qué sería?
Después de hacerme una rápida _toilette_ y cepillarme bien, porque
estaba muy sucio y fatigado por el largo viaje, tomé un coche y me
dirigí a la plaza Grosvenor, donde encontré a Mabel vestida
delicadamente de negro, sentada leyendo en su confortable y bonita
habitación particular, que su padre, dos años antes, la había hecho
decorar y amueblar lujosamente y con todo gusto como su _boudoir_.
Se puso de pie en el acto que me vio, y me saludó con apresuramiento
cuando el sirviente anunció mi presencia.
--Otra vez está de vuelta, señor Greenwood--exclamó.--¡Oh, cuánto me
alegro! He extrañado mucho no haber sabido nada de usted. ¿Dónde ha
estado?
--En Italia--repliqué, sacándome el sobretodo por indicación de ella, y
sentándome después a su lado en un silla baja.--He estado haciendo
ciertas averiguaciones.
--¿Y qué ha descubierto?
--Varios datos que tienden más bien a aumentar que a aclarar el misterio
que rodeaba a su pobre padre.
Noté que su rostro estaba más pálido que cuando me había ausentado de
Londres, y que parecía enervada y extrañamente ansiosa. Le pregunté por
qué no había ido a pasar una temporada en Brighton o en algún otro
punto de la costa Sud, como le había indicado antes, pero me replicó que
había preferido quedarse en su casa, y que, hablando francamente, había
estado esperando con impaciencia mi llegada.
Le expliqué, en breves palabras, lo que había descubierto en Italia,
refiriéndole mi encuentro con el monje capuchino y nuestra curiosa
conversación.
--Jamás le oí hablar de él a mi padre--me dijo.--¿Qué clase de hombre
es?
Se lo describí lo mejor que pude, y le conté cómo lo había conocido en
una comida dada en su casa, durante su ausencia en Escocia con la señora
Percival.
--Yo pensaba que un monje, una vez que entraba en una orden religiosa,
no podía volver a usar el traje de la vida seglar--observó.
--No puede hacerlo, ciertamente--respondí.--Ese mismo hecho aumenta las
sospechas que abrigo contra él, unido a las palabras que le alcancé a
oír fuera del teatro Imperio.
Y entonces le referí el incidente, exactamente como lo he hecho en un
capítulo anterior.
Permaneció un momento silenciosa, con su delicada barba fina apoyada
sobre la palma de su mano, contemplando pensativamente el fuego. Luego,
por fin, me preguntó:
--¿Y qué ha sabido respecto a este misterioso italiano en cuyas manos me
ha dejado mi padre? ¿Lo ha conocido usted?
--No, no lo he visto, Mabel--contesté.--Pero he descubierto que es un
inglés de regular edad y no italiano, como habíamos pensado. Creo que no
me pondré celoso por las atenciones que tenga con usted, pues adolece de
un defecto físico. Sólo tiene un ojo.
--¡Sólo tiene un ojo!--repitió tartamudeando, cubriéndose su rostro de
una instantánea palidez mortal, al ponerse de un salto en pie:--¡Un
hombre que sólo tiene un ojo... e inglés! ¿Usted no quiere referirse,
ciertamente--gritó--a ese individuo que se llama Dawson, Dick Dawson?
--Paolo Melandrini y Dick Dawson son una misma y sola persona--respondí
con franqueza, completamente azorado al ver el efecto aterrador que
habían tenido sobre ella mis palabras.
--Pero no es posible que mi padre me haya dejado en las manos de ese
demonio, de ese individuo cuyo solo nombre es sinónimo de todo lo que
implica brutalidad, astucia y maldad. ¡No puede ser cierto... debe haber
algún error, señor Greenwood... debe haberlo! ¡Ah! usted no conoce como
yo la reputación de ese inglés tuerto, porque si la conociera,
preferiría antes verme muerta que asociada a él. ¡Debe salvarme!--gritó
aterrorizada, estallando en un torrente de lágrimas.--Usted ha prometido
ser mi amigo. Debe salvarme, debe salvarme de ese hombre... sí, de ese
hombre cuyo simple contacto esparce la muerte!
Apenas hubo pronunciado estas palabras, vaciló, tendió aturdidamente sus
finas manos blancas, y hubiera caído al suelo sin sentido, si yo no
hubiese dado un salto adelante y la hubiera tomado en mis brazos.
--¿Quién podía ser este Dick Dawson--cavilaba yo--para que tanto terror
y odio le produjera; este hombre tuerto que evidentemente estaba ligado
con el misterioso pasado de su padre?
XII
EL SEÑOR RICARDO DAWSON
Confieso que deseaba con ansias ver aparecer a este inglés tuerto, a
quien Mabel Blair tenía un terror pánico, para poder juzgarlo.
Lo que hasta entonces había conseguido saber sobre él no era muy
satisfactorio. Parecía evidente que, en combinación con el monje, poseía
el secreto del pasado del muerto, y quizá Mabel temía alguna
desagradable revelación que se relacionara con los actos de su padre y
con el origen de su fortuna. Este fue el pensamiento que se me ocurrió
cuando estaba ayudando a aplicar algunos remedios y reconfortantes a la
insensible niña, pues había dado la voz de alarma al verla caer
desmayada, acudiendo, en el acto, su fiel compañera, la señora Percival.
Mientras permaneció sin conocimiento, con su cabeza recostada sobre un
almohadón de seda lila, la señora Percival estuvo arrodillada a su lado,
y pienso que me miraba con considerable recelo, pues, ignorando lo
sucedido, creía que yo era el causante. Me inquirió con cierta dureza
por el motivo de aquel inesperado desmayo de Mabel, pero yo le contesté
sencillamente que había sido una descomposición repentina, y que la
atribuía al calor sofocante de la habitación. Cuando volvió en sí, le
pidió a la señora Percival y a Bowers, su doncella, que nos dejaran
solos, y, cuando la puerta se cerró, me preguntó, pálida y ansiosa:
--¿Cuándo va a venir aquí ese hombre?
--Cuando el señor Leighton ponga en su conocimiento la cláusula
consignada en el testamento de su papá.
--El podrá venir--dijo con toda firmeza,--pero antes que cruce este
umbral, yo habré abandonado la casa. El puede proceder como le parezca
bien, pero yo no residiré bajo el mismo techo que él, ni tendré
comunicación alguna con él, sea lo que fuere.
--Comprendo sus sentimientos, Mabel--exclamé,--¿pero cree usted que es
prudente seguir esa línea de conducta? ¿No será mejor esperar a vigilar
los movimientos del individuo?
--¡Ah! ¡pero usted no lo conoce!--gritó.--¡Usted no sospecha lo que yo
sé que es la verdad fiel!
--¿Y qué es eso?
--No--respondió en una voz baja y ronca,--no puedo decírselo. No pasará
mucho tiempo sin que la descubra, y entonces, no se sorprenderá de que
yo aborrezca hasta el nombre de ese sujeto.
--¿Pero qué motivo ha podido tener su papá para insertar semejante
cláusula en su testamento?
--Porque se ha visto obligado--replicó enronquecida.--No pudo evitarlo.
--Y si se hubiera negado... si se hubiera negado a dejarla en las manos
de semejante persona... ¿qué habría sucedido entonces?
--Su ruina hubiese sido inevitable--contestó.--Todo lo sospeché en el
momento que supe que un hombre misterioso y desconocido había sido
designado secretario y administrador de todos mis asuntos.
Sus descubrimientos en Italia han venido a confirmar mis recelos.
--Pero usted va a seguir mí consejo, Mabel. Al principio, por lo menos,
debe armarse de paciencia y sufrirlo--insistí, cavilando, entretanto, si
su odio se debería a que tal vez sabía que era el asesino de su padre.
Su antipatía contra él era violenta, pero no pude descubrir qué razón
tenía para ello.
Sacudió la cabeza al oír mi argumento, y me dijo:
--Siento no ser suficientemente diplomática para poder ocultar de ese
modo mi antipatía. Nosotras las mujeres somos hábiles en muchas cosas,
pero siempre damos a conocer irremediablemente lo que nos disgusta.
--Será muy sensible--le observé--tratarlo con manifiesta hostilidad,
porque puede hacer fracasar todas nuestras futuras oportunidades de
éxito para descubrir la verdad respecto a la muerte de su papá y del
robo de su secreto. El mejor consejo que puedo darle es que guarde
absoluto silencio, aparente indiferencia, pero esté siempre en guardia y
alerta. Más tarde o más temprano, este hombre, si, en efecto, es su
enemigo, se descubrirá él mismo. Entonces será tiempo suficiente para
que nosotros procedamos firmemente, y, al fin, usted triunfará. Por mi
parte, considero que cuanto más pronto le avise Leighton a este
individuo su nombramiento, será mejor.
--¿Pero no hay medio de poder evitar esto?--gritó, aterrada.--¡La muerte
de mi pobre padre es, ciertamente, demasiado dolorosa sin necesidad de
que venga esta segunda desgracia a aumentar la aflicción!
Me hablaba con la misma franqueza que lo hubiera hecho con un hermano, y
comprendí, por su modo vehemente, ahora que sus sospechas se habían
confirmado, cuán grande y completa era su desesperación. En medio de
todo el lujo y esplendor de aquella regia mansión, ella surgía como una
figura pálida y abandonada, con su tierno corazón juvenil destrozado por
la pena de la muerte de su padre y por un terror que no se atrevía a
declarar.
Un antiguo proverbio, repetido con harta frecuencia, dice que la fortuna
no trae felicidad, y, ciertamente, que a menudo hay más tranquilidad de
ánimo y goce puro de la vida en una cabaña que en un palacio. El pobre
tiene inclinación a mirar con envidia al rico; sin embargo, debe
recordarse que muchos hombres y mujeres que van cómodamente arrellanados
en sus lujosos carruajes y servidos por sirvientes de librea, contemplan
con anhelo a esos humildes trabajadores de las calles, bien convencidos
de que esos millones de seres que ellos designan con el término de «las
masas», son, en verdad, mucho más felices que ellos. Muchas mujeres de
título, decepcionadas y cansadas del mundo, a menudo jóvenes y bellas,
cambiarían contentas sus posiciones con las hijas del pueblo, cuya
existencia, aun cuando de duro trabajo, está, sin embargo, llena de
inocentes placeres y de tanta felicidad como es posible obtener en
nuestro mundo de lucha. Esta afirmación podrá parecer extraña, pero
declaro que es verdadera. La posición del oro puede dar lujo y fama;
puede poner a los hombres y mujeres en condiciones de eclipsar a sus
semejantes, como también puede conquistarles honores, estimación y hasta
popularidad. ¿Pero de qué sirve todo esto? Pedidle la opinión al gran
propietario, al rico y al millonario, y, si hablan con sinceridad, os
dirán, en confianza, que no son tan felices como parecen, ni gozan tanto
de la vida como el modesto hombre de recursos independientes, que se ve
sometido a una diminución por el impuesto sobre la renta.
Mientras estaba allí sentado con la hija del muerto, esforzándome en
convencerla de que recibiera sin marcada hostilidad al misterioso
individuo, no podía dejar de notar el vívido contraste entre el lujo de
todo lo que la rodeaba y la pesada carga de tribulaciones de su corazón.
Apuntó la idea de vender la casa, y retirarse a Mayvill, para vivir allí
en el campo tranquilamente con la señora Percival, pero yo insistí en
que esperara, al menos por ahora. Daba lástima pensar que las
espléndidas colecciones de pinturas pertenecientes a Burton Blair, todas
ellas obras notables de los maestros antiguos, las hermosas tapicerías
que hacía pocos años había comprado en España y la incomparable
colección de mayólicas, cayeran bajo el martillo de un rematador. Entre
los diferentes tesoros que había en el comedor, se ostentaba el cuadro
de la Sagrada Familia, de Andrea del Sarto, el cual había costado a
Blair dieciséis mil quinientas libras esterlinas en casa de Christie, y
que era considerado como uno de los más bellos originales de ese gran
maestro. Además, el mobiliario estilo Renacimiento italiano, la vajilla
de porcelana antigua de Montelupo y Sayona y de magnífica plata vieja
inglesa, constituían una fortuna, y seguirían siendo propiedad de Mabel,
con gran satisfacción para mí, como que todo le había sido legado a
ella.
--Sí, ya sé--respondió al oír mis argumentos.--Todo es mío salvo esa
bolsita que encierra el secreto, la cual es suya, y que,
desgraciadamente, se ha perdido.
--Usted debe ayudarme a recuperarla--insistí.--Está en nuestros mutuos
intereses hacerlo así.
--Por cierto que le ayudaré en todo lo que me sea posible, señor
Greenwood--respondió.--Después que partió usted para Italia, yo hice
registrar la casa de arriba abajo, y yo misma examiné los cajones donde
guardaba mi padre su correspondencia, sus otras dos cajas de hierro y
ciertos puntos donde algunas veces solía ocultar sus papeles privados,
con el fin de descubrir si, temiendo alguna tentativa que pudieran haber
efectuado para robar la bolsita, la había dejado en casa. Pero todo ha
sido en vano. Ciertamente, en esta casa no está.
Le agradecí sus esfuerzos, sabiendo que había procedido con toda
energía en beneficio mío; pero, convencido de que era inútil todo
registro que se hiciera dentro de la casa, y que si el secreto se
recuperaba alguna vez, sería descubriéndolo en las manos de uno u otro
de los enemigos de Blair.
Permanecimos juntos largo rato discutiendo la situación. La razón de su
odio a Dawson no quería decirla, pero esto no me causaba sorpresa
alguna, porque en su actitud veía el deseo de ocultar algún secreto del
pasado de su padre. Empero, después de mucha persuasión, conseguí que
consintiera en que se le avisara al hombre misterioso el puesto que
debía ocupar, y que lo recibiera sin dar a conocer el menor signo de
disgusto o antipatía.
Esto lo consideré un triunfo de mi habilidad diplomática, porque, hasta
cierto punto, poseía sobre ella una completa influencia, como que había
sido su mejor amigo durante esos días tristes y penosos de sus años
pasados. Pero cuando ya se trataba de un asunto que envolvía el honor de
su padre, era enteramente impotente y nada conseguía. Era una niña de
firme individualidad propia, y, como todas las que poseen esta cualidad,
tenía el don de rápida penetración, y peculiarmente expuesta a los
prejuicios, debido a su alto sentimiento del honor.
Halagó mi amor propio declarando que ella habría deseado que yo hubiera
sido nombrado su secretario, a lo cual le contesté agradeciendo su
cumplido, pero afirmando que semejante cosa no hubiese sido nunca
posible.
--¿Por qué?--me interrogó.
--Porque usted me ha dicho que el tal Dawson viene aquí a ocupar ese
puesto por derecho propio. Su padre se vio obligado, bajo coacción, a
poner esa desgraciada cláusula en su testamento, lo cual significa que
le temía.
--Si--suspiró en voz baja.--Usted tiene razón, señor Greenwood. Está
absolutamente en lo justo. Ese hombre tenía en sus manos la vida de mi
padre.
Esta última observación me pareció muy extraña. ¿Habría sido culpable
Burton Blair de algún crimen desconocido, que le hacía tener miedo a
este misterioso inglés tuerto? Tal vez sí. Quizá Dick Dawson, que
durante años había residido en la Italia rural haciéndose pasar como
italiano, era el único testigo sobreviviente de algún acto deshonroso
que Blair había cometido, y que, en la época de su prosperidad, habría
deseado borrar, con cuyo fin hubiera dado contento un millón de oro. Tal
fue, en verdad, una de las muchas ideas que surgieron en mi mente,
viendo el misterio que rodeaba ese terror que producía en Mabel el solo
nombre de Dawson. Sin embargo, cuando recordaba la bondadosa y firme
honestidad de Burton Blair, su sinceridad, sus elevados pensamientos y
sus actos anónimos de beneficencia por puro amor a la caridad, hacía a
un lado todas esas sospechas y resolvía respetar la memoria del muerto.
A la noche siguiente, antes de las nueve, mientras Reginaldo y yo
estábamos tomando el café y conversando en nuestro confortable
comedorcito de la calle Great Russell, Glave, nuestro sirviente llamó a
la puerta, entró y me entregó una tarjeta.
Salté de mi asiento, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
--Esto sí que es gracioso, viejo--grité, volviéndome a mi amigo.--Aquí
tenemos a Dawson en persona.
--¡Dawson!--tartamudeó el hombre contra quien me había prevenido el
monje.--Hagámosle entrar. Pero, ¡por Job! debemos tener cuidado de lo
que digamos, porque, si todo lo que se dice de él es cierto, debe ser
extraordinariamente perspicaz.
--Déjamele a mí--le dije. Y luego añadí, volviéndome a Glave:
--Haga pasar adelante a ese caballero.
Y ambos quedamos en anhelante expectativa aguardando la aparición del
hombre que conocía la verdad del bien oculto pasado de Burton Blair, y
el cual, por alguna razón misteriosa, se había encubierto durante largo
tiempo bajo el disfraz de italiano.
Un momento después fue introducido a nuestra presencia, y, saludándonos,
exclamó, con una sonrisa:
--Supongo, caballeros, que tengo que presentarme yo mismo. Me llamo
Dawson, Ricardo Dawson.
--Y yo soy Gilberto Greenwood--dije con cierta frialdad.--Mi amigo, aquí
presente, se llama Reginaldo Seton.
--De ambos oí hablar a nuestro mutuo amigo, Burton Blair, hoy, por
desgracia, fallecido--exclamó; y lentamente se sentó en la gran silla de
brazos de mi abuelo, mientras yo quedeme de pie sobre el tapiz de la
chimenea, dando la espalda al fuego para poder verlo mejor.
Vestía un traje de tarde bien hecho y un sobretodo negro, pero en su
tipo no había ningún rasgo que indicara que era un hombre de carácter.
De mediana estatura, de una edad regular, como de cincuenta años, a mi
juicio, con anteojos redondos, arcos de oro y grueso cristal de roca, a
través de los cuales parecía guiñarnos como un profesor alemán, su
aspecto general era el de un hombre serio y observador.
Bajo una masa de cabellos griscastaños aparecía su arrugada frente y un
par de ojos azules hundidos, uno de los cuales contemplaba el mundo con
especulativo asombro, mientras el otro era opaco, nebuloso y sin vista.
Sus extrañas cejas venían a juntarse sobre su nariz algo carnosa, y su
barba y bigote tenían ya un color gris. De las mangas de su sobretodo
salían sus manos de dedos pequeños y morenos, que retorcían y golpeaban
con nerviosa persistencia, y de un modo que indicaba la alta tensión de
aquel hombre, los brazos tapizados de la silla en que estaba sentado
delante de nosotros.
--La razón que he tenido para venir a molestarlos a esta hora--dijo como
disculpándose, pero con una misteriosa sonrisa en sus gruesos
labios,--es que he llegado a Londres esta misma noche, y acabo de saber
que, por su testamento, mi amigo Burton Blair ha dejado en mis manos la
administración de los asuntos de su hija.
--¡Oh!--exclamé fingiendo sorpresa, como si aquello hubiera sido nuevo
para mí.--¿Y quién ha dicho eso?
--Tengo informaciones privadas--repuso evasivamente.--Pero antes de
entrar a proceder, he pensado que era mejor que viniera a verme con
ustedes, para que nos podamos entender bien desde el principio.
Sé que ustedes dos han sido amigos muy buenos e íntimos de Blair,
mientras yo, debido a ciertas circunstancias curiosas, me he visto
obligado, hasta hoy, a permanecer enteramente en el fondo del escenario,
como su amigo secreto. También estoy bien al tanto de las circunstancias
en que se conocieron y de la bondad y caridad de ustedes para con mi
amigo muerto y su hija; en una palabra, él me lo contó todo, porque no
tenía secretos para mí. Sin embargo, ustedes, por su parte--continuó,
mirándonos con su solo ojo azul,--deben haber considerado su repentina
fortuna como un completo misterio.
--Así ha sido, ciertamente--observé.
--¡Ah!--exclamó con rapidez en un tono de mal oculta
satisfacción.--¡Entonces él no les ha revelado nada!
En el acto comprendí que, inadvertidamente, le había dicho a aquel
hombre lo que justamente más deseaba saber.
XIII
SE REVELA EL SECRETO DE BURTON BLAIR
--Cualquier cosa que Burton Blair me haya dicho ha sido en la más
estricta confianza--exclamé, ofendido por el entrometimiento de aquel
individuo, pero, sin embargo, contento interiormente de haber tenido la
oportunidad de conocerlo y poder tratar de cerciorarme de sus
intenciones.