--No--contestó, en un tono duro y decisivo.--No tengo permiso para decir

nada. El ha muerto, dejemos descansar su memoria.

--¿Pero por qué?--inquirí.--En estas circunstancias de graves sospechas,

y en que el secreto, que por derecho me pertenece, ha sido robado, es

deber de usted seguramente explicar lo que sabe, con el fin de que

podamos obtener un hilo que nos guíe. Recuerde también que el porvenir

de su hija depende del descubrimiento de la verdad.

--No puedo decirle nada--repitió.--Mis labios están sellados por mucho

que lo sienta.

--¿Por qué?

--Por un juramento que hice hace años, antes de entrar en la orden de

capuchinos--respondió. Luego, después de una pausa, añadió, con un

suspiro:--Todo es muy extraño... mucho más extraño de lo que ningún

hombre ha soñado, tal vez... pero no puedo decirle nada, señor

Greenwood, absolutamente nada.

Me quedé silencioso. Sus palabras habían sido demasiado mortificantes y

enigmáticas, como también decepcionantes. Todavía no había podido saber

si en realidad era mi enemigo o amigo.

En ciertos momentos parecía sencillo, franco y sincero, como lo son

todos los de su orden religiosa; pero en otros parecía haber dentro de

él esa notable astucia, hábil diplomacia y penetrante doble vista del

jesuita.

El hecho mismo de que Burton Blair, habiéndome ocultado su amistad--si

es que existía amistad--con este vigoroso monje, de cara bronceada y

arrugada, me hacía abrigar contra él una especie de vaga desconfianza.

Y, sin embargo, cuando recordaba el tono de la carta que le había

escrito a Blair, ¿cómo podía dudar de que su amistad, aun cuando

secreta, no fuese real y sincera? No obstante, volvían a mi memoria

aquellas palabras que le había alcanzado a oír en la plaza Leicester,

las cuales renovaban en mí las dudas y cavilaciones.

Caminaba al lado de este hombre, sin preocuparme adonde nos dirigíamos.

Estábamos ya en medio de la campiña. La inmovilidad de todo, el silencio

que reinaba y el brillo luminoso de los últimos tintes de aquella puesta

de sol de invierno, comunicaban cierta melancolía a los grises montes

toscanos cubiertos de olivos. Esa tranquilidad, ese sosiego inmenso que

se expandía sobre todo, esa inalterable calma de la atmósfera, esas

luces inmóviles y esas grandes sombras, producían en uno la impresión

de una pausa en el movimiento vertiginoso de siglos, de una espera

intensa, de un momento de reflexión, o más bien quizá, una mirada de

melancolía hacia el lejano pasado, cuando los astros, seres humanos,

razas y religiones no existían.

Delante de nosotros, al dar vuelta una curva del camino, vi elevarse en

alto sobre la ladera de una colina, medio oculto por los verdes y grises

árboles, un enorme y blanco monasterio antiguo.

Era el Convento de los Capuchinos, su hogar, me dijo fray Antonio.

Me paré un momento, y contemplé el blanco edificio, casi sin ventanas,

quemado por el calor y los rayos solares de trescientos veranos,

levantándose como un baluarte--como en un tiempo lo fue--contra el fondo

de los purpúreos Apeninos. Escuché el sonido de la vieja campana que

emitía sus llamamientos con la misma nota antigua, con la misma voz

vieja de los siglos pasados. Fue entonces, en ese momento, cuando el

encanto de Lucca y sus hermosos alrededores se grabaron en mi espíritu.

Sentí, por la primera vez, que brotaba de todas partes una atmósfera de

soledad y separación del resto del mundo; un ambiente de misterio,

esencia viviente de lo que es aquel lugar, fácil de destruir ¡ay! pero

que todas las cosas la exhalan aún porque están impregnadas de él:

ciertamente, es el alma agonizante de la en un tiempo brillante Toscana.

Y allí, a mi lado, aplastando todos mis pensamientos, como la sombra de

una esfinge gigante se expande y alarga sobre las arenas del desierto,

estaba de pie ese corpulento monje, de tez bronceada, pies descalzos,

hábito de un carmesí desteñido, su cintura ajustada por un cordel de

cáñamo, y con un semblante de misterio, mientras dentro de su corazón se

encerraba el gran secreto que había sido legado a mí y que ocultaba el

origen de la fortuna de Burton.

--¡El pobre Blair ha muerto!--repetía incesantemente, como si todavía

hubiera dudado de que su amigo no existía ya y le fuera imposible

creerlo. Sin embargo, yo tardaba en convencerme de su sinceridad, porque

bien podía estarme engañando, después de todo.

Como me invitara, lo acompañé a subir el tortuoso y escarpado camino

hasta que llegamos a la pesada puerta del monasterio, a la cual llamó.

Resonó un fuerte y solemne campanazo, y unos segundos después se abrió

la pequeña ventana de reja, apareciendo detrás la cara del hermano

portero, de blanca barba, que nos hizo entrar en el acto.

Me condujo a lo largo del silencioso claustro, en medio del cual había

un maravilloso pozo medioeval de hierro forjado, y después por

interminables corredores de piedra, cada uno alumbrado por una sola

lámpara de kerosene, lo que hacía parecer más sombría y melancólica la

casa.

De la capilla, que estaba en el extremo del gran edificio, llegaba el

murmullo del canto que en voz baja entonaban los monjes; pero más allá

reinaba el silencio de una tumba. Figuras obscuras y espectrales pasaban

sin hacer ruido por junto de nosotros y parecían desaparecer era la

obscuridad; la puerta del refectorio estaba abierta, y a la luz opaca

que proyectaban dos o tres lámparas, pude distinguir magníficas

esculturas, espléndidas pinturas al fresco y las dos largas filas de

bancos de roble, ennegrecidos por el tiempo, en que se sientan a comer

los hermanos capuchinos.

De pronto mi guía se paró delante de una puerta, la que abrió con su

llave, y me encontré dentro de una diminuta y desnuda celda, sin

alfombra, cuyo mobiliario se componía de una cama de ruedas, una silla,

una mesa-escritorio y un estante de libros bien provisto. En la pared

había un gran crucifijo de madera, delante del cual se persignó al

entrar.

--Esta es mi casa--explicó en inglés.--No muy lujosa, es cierto, pero no

la cambiaría por ningún palacio del mundo. Aquí todos somos hermanos, y

el superior es nuestro padre que provee a todas nuestras necesidades

humanas, incluyendo el rapé que consumimos. Aquí no hay celos, no hay

rivalidades, no hay calumnias ni disputas. Todos somos iguales, todos

estamos perfectamente contentos, porque todos hemos aprendido esa

dificilísima lección de amor fraternal.

Y acercó la única silla que había para que me sentara, pues estaba

sudoroso y cansado después de esa larga caminata y escarpada ascensión

desde la ciudad al convento.

--Es una vida muy dura, ciertamente--observé.

--Al principio, sí. Tiene uno que ser fuerte de mente y de cuerpo, para

poder pasar con éxito el período de prueba--respondió.

Pero después la vida del capuchino es indudablemente una de las más

deliciosas de la tierra, unidos como estamos para hacer el bien y

ejercer la caridad en nombre de San Antonio. Pero--añadió, con una

sonrisa,--yo no lo he traído aquí, señor, para tratar de convertirlo de

su fe protestante a la nuestra. Le pedí que me acompañara, porque me ha

comunicado usted un hecho que encierra un profundo y notable misterio.

Me ha puesto en conocimiento de la muerte de Burton Blair, el hombre que

fue mi amigo, y que por propio interés debía venir a verme esta noche en

San Frediano. Existían razones particulares, las razones más poderosas

que un hombre puede tener, para que hubiera cumplido su promesa y

hubiese acudido a la cita. Pero no lo ha hecho. ¡Sus enemigos se lo han

impedido, y le han robado su secreto!

Mientras hablaba, anduvo buscando algo en un cajoncito de la pequeña

mesa-escritorio, y por fin sacó un objeto, añadiendo con profunda

solemnidad:

--Usted conocía a Blair íntimamente, más íntimamente que yo, tal vez, en

estos últimos años. Conocía a sus enemigos como también a sus amigos.

Dígame, ¿ha tenido oportunidad de ver alguna vez el original de cada uno

de estos hombres?

Y me puso ante los ojos dos retratos.

Uno de ellos me era completamente desconocido, pero el otro lo reconocí

en el acto.

--Este es mi viejo amigo Reginaldo Seton--exclamé,--que también era

amigo de Blair.

--No--declaró el monje, en un tono duro y significativo,--no su amigo,

señor... su más terrible enemigo.

X

EL HOMBRE DE LOS SECRETOS

--No comprendo lo que quiere usted decir--le dije,--resentido de ver la

acusación que hacía a mi más íntimo amigo.--Seton ha sido mejor amigo

que yo para con el pobre Blair.

Fray Antonio se sonrió de un modo extraño y misterioso, como sólo el

sutil italiano puede hacerlo. Pareció compadecerse de mi ignorancia, y

tuvo deseos de burlarse de mi fe en la sinceridad de Seton.

--Yo sé--rió;--yo sé casi tanto como usted por una parte, mientras que

por la otra mis conocimientos se extienden algo más allá que los suyos.

Todo lo que puedo decirle, es que he observado, y, por lo tanto, he

sacado mis conclusiones.

--¿De que Seton no era su amigo?

--Sí, de que Seton no era su amigo--repitió lenta y muy claramente.

--Pero por cierto que usted no le hace una acusación

directa--exclamé.--Seguramente, usted no cree que él es el responsable

de esta tragedia, si es que ha habido una tragedia en esta muerte, ¿no?

--Yo no formulo una acusación directa--fue su ambigua respuesta.

El tiempo revelará la verdad, no hay duda.

Ansiaba poderle preguntar abiertamente si algunas veces no se hacía

pasar con el nombre de Paolo Melandrini; sin embargo, temía hacerlo, por

recelo de despertar sus indebidas sospechas.

--El tiempo será el único que podrá revelar que Reginaldo Seton fue uno

de los mejores amigos del muerto--dije pensativamente.

--Al parecer, sí--fue la dudosa contestación del capuchino.

--¿Un enemigo tan mortal como el Ceco?--le interrogué, mirándole a la

cara mientras tanto.

--¡El Ceco!--tartamudeó, lleno de sorpresa por mi audaz

pregunta.--¿Quién le ha hablado de él? ¿Qué sabe usted respecto a ese

hombre?

El monje se había olvidado evidentemente de lo que le había escrito en

la carta a Blair.

--Sé que está en Londres--repliqué, tomando por guía sus propias

palabras.

La niña le acompaña--añadí,--a pesar de serme completamente desconocida

la identidad de la persona a que me refería.

--¿Y bien?--preguntome.

--Y si están en Londres, no es seguramente con buenas intenciones.

--¡Ah!--exclamó.--¿Blair le ha dicho a usted algo... le ha manifestado

sus recelos?

--Ahora, al último, se había apoderado de él el temor de que lo

asesinaran secretamente el día menos pensado--contesté.--Sin duda

alguna, le temía al Ceco.

--Y ciertamente que tenía razón de temerle--exclamó fray Antonio, con

sus obscuros ojos brillantes, vueltos hacia los míos en medio de la

semiobscuridad.--El Ceco no es un individuo fácil de manejar.

--Pero ¿con qué fin ha ido a Londres?--le pregunté.--¿Acaso ha ido con

malas intenciones?

--El corpulento monje se encogió de hombros, y respondió:

--Dick Dawson no ha sido nunca hombre de muy buen genio. Evidentemente

algo debe haber descubierto, y ha jurado vengarse.

Sus observaciones me habían dado a conocer un dato importantísimo: que

el hombre conocido en Italia con el sobrenombre de «el ciego», era un

inglés llamado Dick Dawson, un aventurero, muy probablemente.

--¿Entonces, sospecha usted que haya sido cómplice en el robo del

secreto?--le indiqué.

--Como la pequeña bolsita de gamuza ha desaparecido, me inclino a pensar

que debe haber pasado a sus manos.

--¿Y la niña?

--Dolly, su hija, lo ayudará en todo, eso es seguro. Es tan astuta como

su padre, y posee una notable habilidad femenina; es una joven

peligrosa, por no decir otra cosa. Yo previne a Blair de que tuviera

cuidado de los dos--añadió,--recordando de pronto, según parece, su

carta.--Pero me alegro que haya usted reconocido a uno de estos dos

individuos cuyas fotografías le he mostrado. Ha dicho usted que se llama

Seton, ¿no es así? Bien entonces, si es su amigo, le aconsejo que esté

siempre alerta. ¿Está usted seguro de que no ha visto jamás a este otro

hombre? ¿qué no conoce a este amigo de Seton?--me interrogó muy

encarecidamente.

Tomé en mi mano el retrato y me acerqué adonde estaba la opaca lámpara

de kerosene. Lo examiné muy atentamente y me fijé en todos sus detalles.

Era un hombre de cara larga, calvo, barba entera, cuello muy alto,

levita negra y un elegante moño de corbata. El adorno que tenía sobre la

pechera de su camisa, era un tanto peculiar, pues parecía una pequeña

cruz de alguna orden extranjera de caballería, y producía más bien un

efecto delicado y novedoso. Los ojos eran los de un hombre astuto, vivo

y penetrante, mientras las mejillas hundidas daban a su rostro un

aspecto notable y ligeramente macilento.

Era una fisonomía que, según mis recuerdos, no la había visto nunca,

pero, sin embargo, sus peculiaridades eran tales, que en el acto se

grabó indeleblemente en mi memoria.

Le manifesté que me era imposible saber quién era, a lo cual replicó él,

insistiendo:

--Cuando regrese, vigile los movimientos de su titulado amigo Seton, y

entonces puede ser que tenga oportunidad de conocer a su amigo, cuyo

retrato le he mostrado. Una vez que esto suceda, escríbame, y déjemelo a

mi cargo.

Guardó de nuevo la fotografía en el cajoncito de su mesa, pero, al

hacerlo, mis ojos alcanzaron a distinguir dentro una carta de juego, el

siete de bastos, con algunas letras escritas en ella de la misma manera

o muy similares a las que había en la carta que yo tenía guardada en mi

bolsillo. Le hice alusión, pero se sonrió simplemente y cerró en el acto

el cajón.

Sin embargo, el hecho de encontrarse el enigma cifrado en su poder, era

ciertamente algo más que extraño.

--¿Suele usted ausentarse de su casa?--le pregunté al fin, recordando

cómo lo había conocido en la mesa de Blair, con motivo de la comida en

su casa de la plaza Grosvenor, pero no muy satisfecho del descubrimiento

de la carta con las curiosas inscripciones enigmáticas.

--Rara vez... muy rara vez--respondió.--Es sumamente difícil conseguir

permiso, y cuando se obtiene, es con el fin único de visitar a la

familia.

Si hay algún monasterio cerca del lugar adonde nos trasladamos, debemos

pedir que se nos conceda una cama en él, antes que permanecer en una

casa particular. Las reglas le parecen duras--añadió sonriendo;--pero le

aseguro que para nosotros no lo son, ni sufrimos absolutamente nada.

Todas ellas son benéficas para la felicidad y el bienestar del hombre.

De nuevo traté de hacer recaer la conversación en lo que me interesaba,

esforzándome en conseguir algunos datos sobre el secreto misterioso del

muerto, que estaba convencido de que le era conocido. Pero fue inútil.

No quería decirme nada.

Todo lo que me manifestó fue que la razón de esa entrevista que debía

haber tenido lugar esa noche en Lucca, era muy poderosa, y que si el

millonario no hubiera muerto, indudablemente habría acudido a ella.

--Tenía por costumbre verse conmigo de tiempo en tiempo, ya en la

iglesia de San Frediano, o en otros puntos de Lucca, como también en

Pescia o Pistoya--añadió el monje.--De cuando en cuando, variábamos el

sitio de reunión.

--Y esto explica, por cierto, sus misteriosas ausencias--observé yo,

recordando que sus movimientos habían sido con frecuencia muy errantes,

de modo que hasta Mabel había ignorado su dirección. Se suponía

generalmente que había partido a Escocia o al norte de Inglaterra; pues

nadie se imaginó nunca que sus repentinos viajes fueran tan lejanos, y

que se encontrara, cuando menos se pensaba, en la Italia central.

Los informes del monje demostraban también que Blair había tenido algún

motivo muy poderoso para celebrar estas secretas entrevistas. Fray

Antonio, su amigo ignorado, había sido indudablemente el más íntimo y de

mayor confianza.

--¿Por qué razón nos había ocultado a todos, hasta a la misma Mabel,

esta extraña y misteriosa amistad?

Miré fijamente la severa cara del monje italiano, tostada por el sol, y

traté de penetrar el misterio escrito en ella, pero fue en vano. No hay

hombre en el mundo que sepa guardar tan bien un secreto como el

sacerdote confesor, o el humilde fraile, cuya morada es su pobre celda.

--¿Y cuál es su intención, después de lo que ha sucedido con el pobre

Blair?--le pregunté al fin.

--Mi intención, como la suya, es descubrir la verdad--replicó.--Será una

cosa difícil, no hay duda, pero tengo confianza de que al fin

triunfaremos, y que usted recuperará el secreto perdido.

--Pero ¿no podrán utilizarlo mientras tanto los enemigos de

Blair?--interrogué.

--¡Ah! eso no podremos impedirlo, por cierto--contestó fray

Antonio.--Nosotros debemos preocuparnos del porvenir, y dejar que el

presente se cuide solo. Usted, en Londres, hará todo lo que sea posible

para descubrir si Blair fue víctima de una infamia y quiénes fueron los

autores de ella, mientras yo, aquí en Italia, trataré de saber si ha

existido, fuera del robo del secreto, algún otro móvil.

--Pero si la bolsita de gamuza hubiera sido robada, ¿no cree usted que

Blair la habría extrañado? Estuvo completamente consciente durante

varias horas antes de morir.

--Se podía haber olvidado de ella. La memoria de los hombres decae a

menudo en las últimas horas que preceden a la muerte.

* * * * *

La noche había extendido su negro manto antes que la campana con su gran

badajo de madera, la misma que servía para despertar a los monjes a las

dos de la mañana, hora en que se levantan a orar, resonase a lo largo

del claustro, como recordándome que debía retirarme de aquella

silenciosa morada, donde era un extraño.

Fray Antonio se levantó, encendió una gran linterna vieja de bronce, y

me guió a través de los solitarios y tranquilos corredores, de la

pequeña plaza y de la ladera de la colina hasta el camino real, que en

medio de la obscuridad resaltaba blanco y recto.

Luego, después de haberme encaminado, tomó mi mano entre sus grandes

palmas ásperas y encallecidas, debido al duro trabajo en su pedazo de

jardín, y me dijo:

--Confíe en mí, que yo haré todo lo que me sea posible. Yo conocía al

pobre Blair; sí, lo conocía mejor que usted, señor Greenwood. También

conocía algo de su notable secreto, sé cuan extraño es lo sucedido, y

qué misteriosas son todas las circunstancias. Mientras usted vuelve a

Londres y prosigue sus investigaciones, yo trabajaré aquí, haciendo las

mías. Voy a hacerle una indicación, sin embargo, y es la siguiente: si

llega a conocer a Dick Dawson, haga amistad con él y con Dolly. Son una

pareja extraña, el padre y la hija, pero la amistad con ambos puede

serle de provecho.

--¡Qué!--exclamé.--¿Amistad con el hombre que ha confesado usted que es

uno de los más crueles enemigos que tuvo Blair?

--¿Y por qué no? ¿No es un rasgo de diplomacia ser bien recibido en el

campo enemigo? Recuerde que es usted el que más arriesga en este asunto,

pues en él se juega el secreto que le ha sido legado--¡el secreto de los

millones de Burton Blair!

--Y tengo la intención de recuperarlo--declaré con firmeza.

--Yo espero que lo conseguirá, señor--exclamó en una voz que me pareció

llena de doble significado.--Espero que lo conseguirá--replicó de nuevo.

Despidiéndose luego con un _Adio, e buona fortuna_, fray Antonio, el

hombre de los secretos, se dio vuelta y se alejó, dejándome parado en el

obscuro camino real.

No había avanzado unas cincuenta yardas, cuando de en medio de la sombra

de algunos arbustos que había a un lado, apareció una pequeña figura

negra, y por la voz que me saludó, conocí que era el viejo Babbo, a

quien no esperaba, pues había creído que se hubiera cansado de

aguardarme. Pero comprendí que nos había seguido y que al vernos entrar

en el monasterio, se había puesto a esperar mi vuelta con toda

paciencia.

--¿Ha descubierto el señor lo que deseaba?--me preguntó el viejo

italiano, prontamente.

--Algo, no todo--fue mi réplica.--¿Ha visto a ese monje con quien he

estado?

--Sí. Mientras usted estaba en el convento, yo he hecho algunas

averiguaciones, y he sabido que el capuchino más popular de todo Lucca,

es fray Antonio, y que sus actos de caridad son bien conocidos. Es él

quien anda mendigando de puerta en puerta, por toda la ciudad, para

conseguir los céntimos y las liras que hacen que los pobres tengan

diariamente su ropa y pan. Es fama que era muy rico, y que al entrar en

el convento de los capuchinos donó a la orden sus riquezas. También se

sabe que tiene un amigo que quiere mucho, un inglés conocido por la

gente de la ciudad, con el sobrenombre de el Ceco, porque tiene un ojo

casi perdido.

--¡El Ceco!--grité.--¿Qué ha descubierto respecto de éste?

--La dueña de una pequeña quesería que hay junto de la puerta por donde

salimos de la ciudad, es muy comunicativa. Como todas las de su clase,

parece que admira grandemente a nuestro amigo el capuchino. Me ha

hablado de las frecuentes visitas de este inglés tuerto, que ha residido

tanto tiempo en Italia, que puede casi pasar por italiano. Parece que el

Ceco, tiene la costumbre de parar en la vieja posada de la Croce di

Malta, viniendo acompañado algunas veces de su hija, una joven muy

linda.

--¿De dónde suelen venir?

--¡Oh! todavía no he podido averiguar eso--contestó Babbo.--Sin embargo,

parece que las constantes visitas de el Ceco al monasterio capuchino,

han despertado el interés público. La gente dice que ahora fray Antonio

no es tan activo como antes para buscar dinero para los pobres, pues

está demasiado ocupado con su amigo inglés.

--¿Y la niña?

--Debe ser de una belleza notable, porque tiene fama hasta en Lucca, que

es una ciudad de niñas bonitas--contestó el viejo, haciendo una

mueca.--Habla el toscano perfectamente, y puede hacerse pasar con

facilidad por italiana, así dicen. Su espalda no es tiesa como la de

esos otros ingleses que uno ve en la vía Tornabuoni, si el señor me

perdona la crítica--añadió disculpándose.

Estos informes que probaban que Dick Dawson, contra quien el monje había

puesto en guardia a Burton Blair, era en efecto el amigo del capuchino,

hacían que la situación fuera más enigmática y complicada.

Reconocí que en esas frecuentes visitas y conferencias debía haberse

tramado el complot secreto contra mi pobre amigo, conspiración que había

sido llevada a cabo con éxito, según parecía.

La joven Dolly nunca había ido al monasterio, pero era evidente que

había estado en Lucca, como cómplice de la trama para obtener el valioso

secreto de Burton Blair, el secreto que hoy me pertenecía por la ley.

En vista de esto, resolvimos hacer algunas averiguaciones en la Croce di

Malta, esa antigua y vieja posada situada en una estrecha calle lateral,

peculiarmente italiana, y que prefiere que se la designe aún con el

nombre de _albergo_, en vez del moderno de hotel.

Dick Dawson, conocido como el Ceco, se encontraba indudablemente en

Londres, pero contando con la ayuda y connivencia del ingenioso y astuto

hombre de los secretos, que tan hábilmente había tratado de entablar

conmigo una falsa amistad.

--¿Sería, en efecto, este hombre, que bajo el pobrísimo hábito de

religioso encubría sus malos actos, responsable de la muerte del

desgraciado Blair y de la misteriosa desaparición de ese pequeño y

extraño objeto, que era su más preciado tesoro?

No sé por qué, tenía el convencimiento de que esta sospecha era una

realidad.

XI

EN EL QUE SE EXPLICA EL PELIGRO DE MABEL BLAIR

De las averiguaciones que a la mañana siguiente hizo el viejo Babbo en

la Cruz de Malta, resultó evidente que el señor Ricardo Dawson, fuese

quien fuese, venía a Lucca constantemente, y siempre con el fin de

visitar y consultar al popular monje capuchino.

Algunas veces el inglés tuerto que hablaba el italiano tan bien, iba al

monasterio y permanecía allí varias horas, y otras fray Antonio venía a

la posada y se encerraba con el huésped en el mayor secreto.

El «ceco», así llamado por su ojo defectuoso, aparentemente era un

hombre de recursos, porque sus propinas a los mozos y mucamas eran

siempre generosas, y cuando estaban allí hospedados, tanto él como su

hija, ordenaban lo mejor que podía procurarse. Venían de Florencia,

pensaba el _padrone_, pero de esto no estaba seguro. Las cartas y

telegramas que solía recibir, pidiéndole que les reservara habitaciones,

llegaban fechadas en diferentes ciudades de Francia o Italia, lo cual

parecía demostrar que constantemente viajaban.

El tesoro misterioso · 第 5 / 17 段