El misterio aumentaba. ¿Por qué Blair deseaba emplear personas que

supieran guardar silencio? ¿De qué índole era el trabajo que necesitaba

tanto secreto?

Evidentemente, Blair tomaba todas las precauciones posibles para recibir

las cartas del italiano, indicándole que se las dirigiese, bajo

diferentes nombres, a los hoteles adonde iba por una noche, y allí las

reclamaba.

Mabel habíame hablado a menudo de las frecuentes ausencias de su padre,

ausencias que duraban algunas veces una, dos y hasta tres semanas, y en

que no se sabía su destino ni dejaba su dirección. Ahora habían quedado

aclarados sus extraños viajes errantes.

Consumido por la mayor ansiedad, esperé día tras día, pasando horas

enteras tratando de descifrar el enigma enloquecedor de la carta de

juego que tenía en mi poder, hasta que, en la mañana del 6 de marzo, en

presencia de que Carlini no tenía éxito en Florencia, me fui con él a la

vieja ciudad de Lucca, adonde llegamos por la vía de Pistoya, a las dos

de la tarde.

En el hotel Universo me dieron, para alojarme, ese inmenso dormitorio

con esas maravillosas pinturas al fresco, que fue ocupado por Ruskin

durante tanto tiempo, y antes que el Ave María resonara a través de las

colinas y planicies, me separé de Babbo y encamineme, como turista, a la

magnífica iglesia medioeval, cuya obscuridad sólo la atenuaban las velas

que ardían en los altares laterales y delante de la imagen de Nuestra

Señora.

Cuando entré, estaban en el momento de las vísperas, y el silencio de

muerte que reinaba en el inmenso interior del templo, era sólo

interrumpido por el murmullo bajo del reverente sacerdote.

Había una docena de personas en la iglesia, todas mujeres, salvo uno--un

hombre que, de pie detrás de una de las columnas circulares, esperaba

allí, pacientemente, mientras las demás estaban de rodillas.

Diose vuelta rápidamente luego que oyó resonar sobre el mármol mis pasos

ligeros, y entonces pude verlo cara a cara.

Contuve la respiración, y luego quedé como clavado en el sitio,

completamente azorado y pálido.

El misterio era enormemente más profundo de lo que yo me había

imaginado. La realidad que se me presentaba ahora, era como para atontar

y hacer vacilar.

VIII

EN EL QUE SE HABLA LA VERDAD

La hermosa iglesia antigua, con sus pesados dorados, sus altares

relucientes y sus magníficas pinturas al fresco, estaba tan en

tinieblas, que, al principio, recién entrado de la calle, no pude

distinguir nada bien, pero así que mis ojos se fueron acostumbrando a la

sombría luz, vi, a unas pocas yardas de donde yo estaba, un rostro que

me era familiar, una cara que me hizo quedar con la respiración en

suspenso y me llenó de inquietud.

De pie allí, detrás de esas pocas mujeres arrodilladas, con la débil luz

oscilante de las velas de los altares iluminando suficientemente su

rostro, estaba aquel hombre con su cabeza inclinada reverentemente, y,

sin embargo, sus obscuros ojos como cuentas parecían lanzar miradas

escudriñadoras a todos lados.

Por sus facciones, facciones duras, más bien siniestras, y su barba

canosa y enmarañada que conocía por haberla visto una vez en Inglaterra,

comprendí que ese era el hombre con quien Burton Blair debía haber

celebrado la entrevista secreta; pero, contrario a lo que yo esperaba,

me hallé que vestía el tosco hábito carmesí y el grueso cordón del monje

capuchino, presentando una figura triste y silenciosa en su actitud de

pie y con los brazos cruzados, mientras el sacerdote, en su espléndida

vestidura, murmuraba las oraciones.

En medio de aquella silenciosa semiobscuridad sentí caer sobre mis

hombros un frío helado, sepulcral. El suave perfume del incienso parecía

aumentar, con ese ambiente de increíble magnificencia, de melancólica

soledad encantada, de opulencia extrañamente desproporcionada con la

pobreza y suciedad que reinaba en la plaza exterior. Más allá de donde

estaba el silencioso monje, cuyos penetrantes ojos misteriosos estaban

fijos en mí de una manera tan inquisitiva, se veían lejanos puntos

obscuros, atravesados de trecho en trecho por rayos de luces

multicolores que penetraban por alguna gran ventana, y mucho más allá

colgaba del alto y abovedado techo la roja luz tenue de la lámpara del

santuario.

Las columnas, junto de una de las cuales estaba yo de pie, se elevaban

hasta arriba, apiñadas como altos árboles del bosque, dando pruebas del

paciente trabajo de toda una generación de hombres; todas ellas talladas

en la piedra viva, infinitamente durables, a pesar de la delicadeza de

la obra, y transmitidas a nosotros a través de lejanos siglos de

existencia.

El monje, ese hombre cuya cara barbuda había visto en Inglaterra una

vez, se había arrodillado, y estaba murmurando sus oraciones y pasando

las cuentas del enorme rosario que colgaba de su cintura.

Una mujer vestida de negro, con la cabeza cubierta con la _santuzza_

negra que usan las mujeres de Lucca, había entrado sin hacer ruido, y

estaba arrodillada a unos pocos pasos de mí. Oprimía contra su pecho a

una miserable criatura de pocos meses, en cuya carita arrugada la muerte

ya había impreso su marca. Rezaba con fervor por ella, mientras los

cirios iban gastándose gradualmente, los pobres cirios que esta

desgraciada mujer había colocado delante de la humilde imagen de San

Antonio. El contraste entre la prodigiosa opulencia del templo y los

harapos de la pobre suplicante; entre la persistente durabilidad de

aquellos miles de santos con vestiduras de oro, y la fragilidad de ese

pequeño ser sin esperanza, era cruel y aplastador.

La mujer seguía arrodillada, repitiendo en vano y obstinadamente sus

oraciones. Me miró, con sus ojos llenos de aflicción, adivinando la

compasión que había despertado en mí; luego volvió su mirada hacia el

capuchino, hacia ese hombre de cara dura y barba canosa que poseía la

clave del secreto de Burton Blair.

Yo permanecía de pie detrás de la pesada columna, inclinado

reverentemente, pero alerta. La pobre mujer, después de una rápida

mirada por todo aquel esplendor que la rodeaba, volvió, con mayor

ansiedad que antes, sus ojos hacia mí... sí, hacia mí, que era un

extranjero desconocido. Y pensé: ¿le escucharán sus plegarias esas

magníficas imágenes divinas? ¡Ah! no lo sabía.

Yo, en su lugar, habría preferido llevar a la pobre criatura a uno de

esos nichos que hay en los caminos, donde reina soberana la Virgen de

los Contadini. Las madonnas y santos de Ghirlandago, Civitali y Della

Quérica, que moran en esa espléndida iglesia antigua, parecen seres

ceremoniosos, insensibilizados por la pompa secular. Por extraño que

parezca, yo no podía creer que se ocuparían de esa pobre mujer, o de su

hijo deforme y moribundo.

Las vísperas terminaron. Las figuras obscuras que habían estado en

oración, se levantaron, atravesaron el piso de mármol hasta la puerta y

desaparecieron, mientras las luces eran rápidamente apagadas. La mujer,

con su hijo agonizante, quedó perdida en medio de las tinieblas.

Deseando que el capuchino pasase por junto a mí, con el objeto de

poderlo ver mejor, me dejé estar en la iglesia. ¿Le hablaría, o

permanecería silencioso y haría que Babbo lo vigilase?

Se aproximó lentamente hacia mí, con sus grandes manos metidas en sus

anchas mangas de su hábito carmesí, vestidura que sólo una vez cada diez

años la renuevan los de su orden, y que usan constantemente, estén en

pie o en cama.

Me había parado delante de la antigua tumba de Santa Tita, la patrona de

Lucca, a la cual menciona el Dante en su _Infierno_. En la pequeña

capilla ardía una sola luz en una gran lámpara antigua de oro, puesta

allí por los orgullosos hijos de la ciudad tres siglos atrás, cuando

temieron la invasión de la peste negra. Al darme vuelta, vi que, aun

cuando me observaba atentamente, parecía estar esperando todavía al

hombre que ¡ay! ya no existía.

Ahora que con mejor luz podía ver bien sus facciones, no vacilé en

confirmar mi anterior sospecha: era el mismo hombre que un año antes

había conocido en la mesa de Burton Blair, en su mansión de la plaza

Grosvenor.

Recordaba muy bien la ocasión. Era en junio, en el período álgido de la

_season_ londinense, y Blair me había invitado, en compañía de varios

amigos solteros, a comer en su casa y después a ir al teatro Imperio. El

hombre que había encontrado vestido de religioso, con sandalias usadas,

se había presentado entonces de una manera muy diferente, como un

verdadero hombre de mundo, en situación próspera, con un hermoso

diamante en la pechera de su camisa y en traje de comida, de corte

especialmente elegante. Burton nos lo había presentado como el señor

Salvi, el renombrado ingeniero, y se había sentado en la mesa enfrente

de mí, conversando en excelente inglés con todos.

Me impresionó como un hombre que había viajado mucho, especialmente por

el Extremo Oriente, y, por ciertos conceptos que emitió, saqué la

conclusión de que, como Burton Blair, había pasado varios años en el

mar, y que era un amigo de los antiguos tiempos, anteriores al gran

secreto que tan provechoso le había sido. Los demás convidados eran

todos conocidos y de mi relación; dos de ellos financistas de la City,

cuyos nombres eran bien familiares entre los _habitués_ del Stock

Exchange; el tercero, heredero de un condado, del cual ya está en

posesión, y el cuarto, sir Carlos Webb, un elegante joven, de tipo

moderno, perteneciente al Cuerpo de Guardias.

Después de gozar con la exquisita comida que se nos sirvió, preparada

por el famoso _chef_ francés de Burton Blair, partimos en coche al

teatro Imperio, y después de pasar un par de horas en el Grosvenor Club,

concluimos la noche en el de Bachelors (solteros), del cual era miembro

sir Carlos.

Mientras estaba allí parado en la penumbra silenciosa de la majestuosa

iglesia, mirando aquella obscura figura misteriosa que se paseaba

pacientemente a lo largo de la nave, esperando al que no vendría nunca

más, recordé lo que en esa lejana noche, había despertado en mí un

extraño sentimiento de disgusto contra él. En breves palabras referiré

el incidente.

Después de salir del Imperio, nos paramos en la plaza Leicester para

subir a los coches que habíamos tomado, cuando oí al italiano que le

decía a Blair en su idioma: «No me gusta ese amigo vuestro, ese que se

llama Greenwood. Es demasiado curioso e inquisitivo.» Mi amigo se rió al

oír esto, y le contestó: «Ah, caro mío, no lo conocéis. Es mi mejor

amigo.» El italiano replicó gruñendo: «Me ha estado haciendo preguntas

de importancia toda la noche, y le he tenido que mentir.» De nuevo Blair

se rió, murmurando: «No es la primera vez que habéis tenido que cometer

ese pecado.» «No, replicó el otro en voz baja, con la intención de que

yo no lo oyera, pero, si me presentáis a vuestros amigos, tened cuidado

de que no sean tan astutos o tan inquisitivos como este Greenwood. Podrá

ser un buen sujeto, pero, aun cuando lo sea, no debe conocer,

ciertamente, nuestro secreto. ¡Si lo llegase a saber, eso puede

significar la ruina para nosotros, recordad!»

Y luego, antes de que Blair pudiera contestarle, subió a un _hansom_ que

en ese mismo momento habíase aproximado y detenido junto de la acera.

Desde entonces había alimentado una manifiesta antipatía contra ese

hombre que me había sido presentado con el nombre de Salvi, no porque yo

mire con recelo y prevención a todo extranjero, como lo hacen algunos

ingleses que participan tan neciamente de ese prejuicio insular, sino

porque se había esforzado en prevenir a Blair contra mí. Sin embargo, al

cabo de una semana el incidente habíase borrado de mi memoria y no me

había vuelto a acordar más de él, hasta que este inesperado y extraño

encuentro lo había renovado.

¿Sería posible que este monje, de cara bronceada por el sol, fuera el

mismo hombre que tenía alquilado ese pequeño departamento en Florencia,

y cuyas apariciones eran tan misteriosas y subrepticias? Tal vez sí,

porque todo ese secreto de que rodeaba su domicilio, podía atribuirse al

hecho de que a un capuchino no le es permitido poseer casa alguna fuera

de su convento.

Esas visitas a Florencia, de tarde en tarde, era probable que las

hiciera cuando lo mandaban a recorrer la campiña para recoger las

donaciones y limosnas de los _contadini_, que se destinan para los

pobres de la ciudad.

En toda la provincia de Toscana, ya sea en la choza del pobre, ya en el

palacio de un príncipe, el paciente, humilde y caritativo fraile

capuchino es bien acogido; en la casa de todo _contadino_ está siempre

preparado para él un pedazo de pan y una botella de vino, y en las

villas y palacios de los ricos encuentran siempre un lugar en la sala de

los sirvientes. Sería imposible calcular cuántos italianos pobres se

salvan anualmente de perecer de hambre por la sopa y el pan que todos

los días reciben en la puerta de todo monasterio capuchino. Basta decir

que esta orden de hábito carmesí y de casquete negro es la más grande y

sincera amiga que tiene la clase más necesitada y pobre.

Indudablemente, Babbo Carlini me debía estar esperando afuera, sentado

en las gradas de la iglesia. ¿Reconocería en este monje, reflexionaba

yo, la descripción que había conseguido de Paolo Melandrini, el

desconocido que debía ocupar el puesto de secretario y consejero de

Mabel Blair?

Las últimas personas que habían quedado rezando en la antigua capilla

del Santísimo Sacramento, se habían ido, resonando sus pisadas sobre las

baldosas hasta que hubieron desaparecido, y yo me encontré solo con la

figura silenciosa y casi extática del hombre a cuyo lado, un año antes,

había estado de pie en el Grand Circle del teatro Imperio, mirando y

criticando una danza.

¿Me dirigiría a él y le recordaría nuestro conocimiento? Su abierta

manifestación contra mí me hacía vacilar. Era evidente que había

abrigado dudas sobre mi persona aquella noche de la comida en la plaza

Grosvenor; por lo tanto, en las actuales circunstancias sus sospechas

aumentarían, no había duda. ¿Lo encararía audazmente y de este modo le

demostraría mi intrepidez, como también le haría saber que estaba al

tanto de sus subterfugios? ¿O me retiraría y vigilaría sus movimientos?

Decidí al fin hacer lo primero, por dos razones. En primer lugar, porque

tenía confianza de que me hubiera reconocido como amigo de Burton; y en

segundo lugar, porque, teniendo que habérselas con un hombre de esa

clase, es siempre más ventajoso y da mejor resultado proceder de una

manera franca y declarar el conocimiento de las cosas, que ocultar

cuidadosamente hechos como los que yo sabía. Si le establecía

vigilancia, sus sospechas serían mayores, mientras si procedía

abiertamente, podía conseguir desarmarlo.

Girando sobre mis talones, me dirigí directamente adonde se había parado

a esperar pacientemente la llegada de Blair, según parecía.

--Perdone, _signore_--exclamé en italiano,--pero creo, si no estoy en un

error, que nos hemos conocido... en Londres, hace un año... ¿no es

verdad?

--¡Ah!--replicó, dulcificando su cara con una sonrisa al tenderme su

mano grande y endurecida,--he estado cavilando todo este tiempo, señor

Greenwood, si me reconocería en este traje. Me alegro mucho, muy mucho,

de poder renovar nuestra relación.

Y dio mayor énfasis a sus palabras, significativas o fingidas, con un

fuerte y estrecho apretón de manos.

Le expresé la sorpresa que me causaba encontrar al hombre de mundo y

viajero, convertido en un monje morador de un claustro, a lo que

respetuosamente me respondió en voz baja, pues estábamos dentro de un

recinto sagrado:

--Después le diré a usted todo. No es tan notable ni sorprendente como

sin duda le parece a usted. Le aseguro, en mi condición de capuchino,

que mi vida tranquila y meditativa es mucho más preferible que la del

hombre de mundo que, como usted, se ve obligado a llevar la existencia

febricitante de la época moderna, en que se aprecia como meritorio al

afortunado sin conciencia ni escrúpulos y se consideran el más grande

pecado las desgracias de la vida de uno cuando llegan a descubrirse.

--Sí, comprendo bien lo que usted me dice--repliqué, sorprendido sin

embargo de su afirmación y cavilando si, después de todo, no estaría

tratando simplemente de engañarme.--La vida del claustro debe ser de

infinita calma y dulzura. Pero si no me equivoco--añadí,--está usted

aquí en espera de nuestro común amigo, Burton Blair, con quien tenía

concertada una entrevista.

Levantó ligeramente sus negras cejas, y podría haber jurado que mis

palabras lo sobresaltaron; pero, sin embargo, ocultó con el mayor

cuidado la sorpresa que le causaron, y me respondió en un tono natural y

tranquilo:

--Así es. Estoy aquí para verlo.

--Entonces, siento tenerle que decir que no lo volverá a ver nunca

más--le dije en voz baja y con toda gravedad.

--¿Por qué?--tartamudeó, abriendo desmesuradamente sus negros ojos

llenos de estupor.

--Porque--contesté,--porque el pobre Burton Blair ha muerto... y su

secreto ha sido robado.

--¡Qué!--gritó, con una mirada de terror y una voz tan fuerte, que su

exclamación repercutió bajo el alto y abovedado techo.--¡Blair muerto...

y el secreto robado! ¡Dios! ¡es imposible... imposible!

IX

LA CASA DEL SILENCIO

El efecto de mis palabras sobre el corpulento capuchino, cuya figura

parecía casi gigantesca, debido al grosor de su poco artístico hábito,

fue tan curioso como inesperado.

El anuncio de la muerte de Blair pareció dejarlo totalmente enervado.

Parecía que había estado allí esperando, en cumplimiento al compromiso

hecho, completamente ignorante del fin prematuro cabido en suerte al

hombre con quien lo había ligado tan íntima y secreta amistad.

--Cuénteme... cuénteme cómo ha sido--tartamudeó en italiano,--y su metal

de voz era casi un murmullo, como si hubiese temido que algún curioso

pudiera estar escondido en aquella soledad tenebrosa.

En pocas palabras le expliqué lo sucedido, y él me escuchó en silencio.

Luego que hube terminado, murmuró algo, se persignó, y, como nos

despertaron los pasos que se aproximaban del sacristán, salimos afuera y

nos dirigimos hacia la ancha plaza, que ya estaba envuelta en una

semiobscuridad.

El viejo Carlini, que estaba sentado en un banco acabando de fumar un

cigarro, nos vio en el acto que aparecimos, y yo noté que abrió los ojos

llenos de asombro, pero, fuera de eso, no manifestó sospecha ni hizo el

menor movimiento.

--_¡Poverino! ¡Poverino!_--repetía el monje al caminar lentamente

costeando las viejas murallas de la en un tiempo orgullosa

ciudad.--¡Pensar que nuestro pobre amigo Burton ha muerto tan

repentinamente... y sin decir una palabra!

--No exactamente una palabra--le dije:--Antes de morir dio varias

instrucciones y dejó algunos encargos, entre los cuales está el haber

puesto a su hija Mabel bajo mi cuidado.

--Ah, la pequeña Mabel--suspiró.--Ya hace ciertamente diez años desde

que la vi en Manchester. Era entonces una criatura como de once años,

alta, de cabellos negros, bonita, muy parecida a su madre... ¡pobre

mujer!

--¿Conoció usted a su madre?--le pregunté con cierta sorpresa.

Movió afirmativamente la cabeza, pero se negó a dar mayores informes.

Cuando nos encaminábamos hacia el Ponto Santa María, la puerta de la

ciudad, donde los empleados de uniforme del _dazio_ estaban sin hacer

nada pero listos para cobrar el impuesto sobre todo artículo de consumo,

aun cuando fuese bien insignificante, que entrara por allí, se volvió de

pronto a mí y me inquirió:

--¿Cómo ha sabido que yo tenía combinada una cita para esta noche con

nuestro amigo?

--Por la carta que le escribió usted, y que se encontró en su valija

después de su muerte--respondí con franqueza.

Lanzó un gruñido de evidente satisfacción. Yo supuse, en verdad, que

debía estar receloso de que Burton antes de morir me hubiera dado a

conocer algunos detalles de su vida. Recordé en ese momento el curioso

enigma cifrado que se encerraba en la carta de juego, pero no hice la

menor alusión sobre ello.

--¡Ah! ¡ya veo!--exclamó al punto.

Pero si esa pequeña bolsita, o lo que fuera, que siempre llevaba

consigo, oculta entre sus ropas o suspendida alrededor de su cuello, se

ha perdido, ¿no significa que ha habido en esto una tragedia, es decir,

un robo y un asesinato?

--Hay marcadas sospechas--contesté,--aun cuando, según los médicos, ha

muerto debido a causas puramente naturales.

--¡Ah! ¡no creo!--exclamó el monje, cerrando los puños fieramente. Uno

de ellos ha conseguido al fin robar esa bolsita que él guardó siempre

con tanto cuidado, y estoy convencido de que se ha cometido el asesinato

para ocultar el robo.

--¿Uno de cuáles?--pregunté ansiosamente.

--Uno de sus enemigos.

--¿Pero sabía usted lo que contenía esa bolsita?

--Jamás me lo quiso decir--fue la respuesta del capuchino, mirándome de

lleno a la cara.--Sólo me dijo que su secreto estaba encerrado dentro de

ella... y tengo motivos para creer que así era.

--¿Pero usted conocía su secreto?--le interrogué, con los ojos fijos en

él.

Noté por el cambio que se produjo en su semblante, moreno, cuánto lo

había alarmado mi pregunta.

Ya no podía negar completamente su ignorancia, pero, no había duda,

estaba buscando algún medio de engañarme.

--Sólo sé lo que me explicó de suyo--respondió.--Y no fue mucho, porque,

como usted lo sabe, era un hombre muy reticente. Me refirió, hace mucho

tiempo, sin embargo, las circunstancias un tanto románticas en que lo

conoció a usted, qué buen amigo fue con él antes que la suerte le

sonriera, y cómo usted y su amigo (he olvidado su nombre) pusieron a

Mabel en el colegio en Bournemouth, arrancándola de esa vida de fatiga y

caminatas errantes que Burton había emprendido.

--Pero ¿por qué andaba vagando de esa manera por los caminos?--le

pregunté.--Para mí ha sido siempre un enigma.

--Y para mí también. Creo que se ocupaba en buscar la clave del secreto

que llevaba consigo, el secreto que le ha legado a usted, según me ha

dicho.

--¿No le recordó a usted nada más?--inquirí, recordando que este hombre

debía haber sido amigo antiguo de Blair, por las observaciones que había

hecho sobre Mabel, cuando era niña.

--Nada más. Su secreto le perteneció siempre, y no lo reveló a nadie,

pues temía ser traicionado.

--Pero ahora que está en otras manos, ¿qué es lo que usted

presupone?--le dije, caminando siempre a su lado, porque ya habíamos

salido de la ciudad e íbamos por ese ancho camino sucio que conduce al

puente Mariano y continúa ascendiendo hacia las montañas, en una

extensión de quince millas, hasta ese frondoso y bastante alegre punto

de verano, bien conocido de todos los italianos y algunos ingleses, que

se llama los Baños de Lucca.

--Por lo que supe en Londres cuando tuvimos ocasión de

conocernos--contestó mi compañero, muy gravemente,--presupongo que el

secreto del pobre Blair ha sido robado de una manera muy ingeniosa, y

que la persona en cuyo poder está ahora, sabrá sacar buen provecho de

él.

--¿En perjuicio de su hija Mabel?

--Ciertamente. Ella deberá ser la principal víctima, la que tenga más

que perder--contestó, con una especie de suspiro.

--¡Ah, si él hubiera confiado a alguien sus asuntos, podría, conociendo

la verdad, combatir esa astuta conspiración! Pero parece que todos, como

en efecto sucede, estamos en la más completa obscuridad. ¡Aun sus

abogados nada saben!

--¡Y usted, a quién el secreto ha sido legado, lo ha

perdido!--añadió.--Sí, señor, la situación es, ciertamente, muy crítica.

--En este asunto señor Salvi--le dije,--como amigos del pobre Blair,

debemos esforzarnos en hacer todo lo que podamos para descubrir y

castigar a sus enemigos. Dígame, por lo tanto ¿conoce usted el origen de

la vasta fortuna de nuestro desgraciado amigo?

--Aquí no soy el señor Salvi--fue la réplica tranquila del monje.--Me

conocen como fray Antonio de Arezzó, o, más breve, fray Antonio. El

nombre de Salvi me lo dio el pobre Blair, que no quiso introducir entre

sus amigos mundanos a un monje capuchino. En cuanto al origen de su

fortuna, creo que conozco la verdad.

--Entonces ¡dígamela, dígamela!--grité lleno de ansiedad.--Puede ser que

nos dé el hilo para saber quiénes son esas personas que han conspirado

con tanto éxito contra él.

De nuevo el monje volvió hacia mí sus penetrantes ojos obscuros, esos

ojos que en las tenues tinieblas de San Frediano parecían tan llenos de

fuego y también de misterio.

El tesoro misterioso · 第 4 / 17 段