Los juegos han de ser en la buena sociedad objeto de esparcimiento y
honesto recreo, sin que en ellos se busque la ganancia o el lucro,
pues entonces la ventaja propia redunda en pérdida para otros, y la
distracción y solaz que las reuniones proporcionan se convierten en
perjuicio, y en vez de salir de ellos con impresión agradable, se
queda bajo el peso del disgusto. Por lo mismo que ha de excluirse
todo lo que signifique afán de ganancia en los juegos de sociedad,
ha de deferirse a las puestas que indique la dueña de la casa, que
procurará sean tan insignificantes, que en ellas solo se vea un
nuevo aliciente, pero jamás esperanza de lucro o peligro de pérdida.
En el juego y en viaje es donde se aquilata la buena educación,
porque el egoísmo pone con frecuencia en el riesgo de olvidarla; y
por lo mismo es cuando se ha de dar mayor muestra de cortesía. Ni la
pérdida debe trocar nuestro humor, ni la ganancia excitar nuestro
contento, porque en uno y otro caso se demuestra que no se busca en
el juego pasatiempo, sino lucro; y si con gesto huraño, porque el
juego nos es contrario, revelamos sentimientos interesados, con la
alegría producida por la ganancia, aumentamos la contrariedad que
sufren los que pierden.
El hombre tiende a hacer prevalecer su propia opinión, tendencia que
imposibilitaría la vida social si la educación no la contuviera. En
las reuniones, en particular cuando se trata de señoras, el propio
deseo ha de prescindirse para deferir al de los demás sin entrar
en discusiones, pues el tiempo que en ellas se pierde se quita el
recreo. En los juegos de sociedad hay que mostrar mucha discreción
y no dejarse llevar por la intimidad y confianza, pues como son
muchos los que en ellos toman parte y los presencian, lo que no
tiene importancia entre dos personas muy unidas por los lazos de la
amistad, puede convertirse en mortificación cuando son varios los que
de ello se enteran. Por esto en las penitencias, en las preguntas y
en las respuestas, en las charadas, en los juegos de prendas, ha de
procederse con el más exquisito tacto, teniendo siempre en cuenta el
conjunto de la reunión y prescindiendo de los individuos aisladamente.
La susceptibilidad suele amargar los más agradables pasatiempos, y
por esto se ha de poner mucho cuidado en no herir la de nadie, aunque
sea mortificando la propia.