fácil definir. No se le ocultaba que el lance había sido provocado por
Tristán a causa de sus ridículos celos, y aunque amaba ciegamente a su
marido su conciencia no podía menos de sublevarse contra tal barbarie,
contra una injusticia tan notoria. Aquel desenlace trágico la llenaba de
confusión y de terror. ¿Qué hombre era éste que por una estúpida
aprensión llegaba a dar muerte a un chico inocente? La entrevista con
Tristán en casa de Escudero se resintió de tal confusión de ideas, de
este choque de sentimientos tan diversos. Hubo instantes de emoción
intensa, de demostraciones de cariño frenético; pero los hubo también de
visible y extraña frialdad. Tristán, turbado por las emociones de la
tarde, aturdido por las consecuencias fatales que sus celos habían
ocasionado, no pudo advertir la singularidad de la conducta de su
esposa. Pasaron allí la noche. Clara no quiso acostarse y se estuvo
hasta las primeras horas de la madrugada con su tía Eugenia, que dormía
poco y vivía cada vez más miserable bajo un constante terror de todas
las calamidades posibles e imaginables; unas veces de los grandes
agentes físicos, el aire, el fuego, el agua, otras de los organismos
microscópicos, bacilos, microbios, etc. Escudero había aconsejado a su
sobrino que saliese unos días de Madrid. Aquel desafío seguramente iba a
levantar mucho ruido, los periódicos hablarían, las autoridades acaso
hicieran averiguaciones: nada más oportuno que mantenerse alejado hasta
que la marejada se calmase. Por la mañana salieron, pues, los esposos en
el gran familiar de su tío, acompañados solamente de la niñera y la
cocinera, para una finca que aquél poseía en los límites de la provincia
de Toledo. Allí permanecieron aproximadamente quince días. Durante este
tiempo, la influencia del campo, la vida más íntima y sobre todo la
necesidad de acallar el grito de su conciencia, hicieron a Tristán más
cariñoso y atento con su esposa. Apartado de la vida de café y de
círculo y de las rivalidades de la vida literaria, el lazo del amor
conyugal se estrechó. Clara por su parte hacía esfuerzos extraordinarios
por apartar de su imaginación aquel desafío fatal. Alguna vez, sentada
al lado de su marido al pie de una fuente o caminando emparejada con él
por el monte, llevando ambos colgada del hombro la escopeta, se sintió
feliz. Hubiera permanecido allí toda la vida.
Cuando volvieron a Madrid la casa se le cayó encima. Adiós ilusiones de
paz y de amor, adiós aire puro, adiós gratas correrías, adiós sueño
tranquilo. Otra vez a la soledad de su casa, a las tristes alternativas
de un humor suspicaz y sombrío. En la tarde del mismo día en que
regresaron se hallaban los esposos en el despacho de Tristán. Clara
sentada en un diván tenía al niño en sus brazos mientras aquél a su lado
se esforzaba en hacer reír al pequeñuelo retozando con él. El criado se
presentó.
--Una señora pregunta por los señoritos.
--¿Quién es? ¿Ha dado su nombre?
--No, señor. Ha dicho que es de confianza y quiere darles una sorpresa.
Tristán quedó un momento vacilante. Clara se puso repentinamente seria
como si un presentimiento triste atravesase su corazón.
--Bien; haz que pase.
El criado se retiró y a los pocos instantes apareció en la puerta la
marquesa viuda del Lago. Clara sintió que toda la sangre de sus venas
fluía al corazón. Tristán se alzó del asiento como movido por un
resorte. La marquesa, alta, delgada, vestida con un manto negro hasta
los pies, parecía un fantasma.
--¿No me esperaban ustedes, verdad?--dijo con voz enronquecida, extraña,
que jamás le habían oído--. Sin embargo, yo les aguardaba a ustedes
desde hace muchos días; les aguardaba con impaciencia. Los vecinos de la
calle pueden dar testimonio de ello. Ellos me habrán visto pasear día y
noche bajo el sol y bajo la lluvia sin perder de vista los balcones de
esta casa que con ansia deseaba ver abiertos. Allí ha dormido, me decía
mirando hacia acá, allí ha dormido tranquilo mucho tiempo, pero no
dormirá más el asesino de mi hijo...
--¡Señora! ¿qué está usted diciendo?--profirió Tristán con ímpetu dando
un paso adelante.
--¡No dormirá más, no!--prosiguió la marquesa sin hacer caso de la
interrupción--. Yo me encargaré de envenenar su sueño, de tener abiertos
sus ojos hasta que apunte la aurora. No quiero que para él haya ya
aurora ni luz, quiero que se agite entre las sábanas como entre
envolturas de llamas, que le persiga el fantasma del inocente que ha
sacrificado, que mil demonios le taladren sin cesar el corazón...
--¡Vea usted lo que dice!--gritó Tristán rojo de cólera--. Si hago
llamar para que escuchen estas palabras dará usted cuenta de ellas ante
la justicia.
--Llame usted a sus criados, llame usted a los vecinos, llame usted a
todo el mundo para que se enteren de que ha provocado usted a un
desgraciado joven para matarle no como hacen los caballeros, con riesgo
igual de su vida, sino como los traidores y cobardes, buscando la
ventaja para hurtar el cuerpo. Lo mismo usted que los amigos que le han
apadrinado sabían que mi hijo marchaba como un cordero al sacrificio,
porque su infernal habilidad en el arma que había elegido le daba sobre
él una superioridad indudable.
--¿Quería usted que habiendo sido abofeteado le diese a elegir el arma
que más le conviniese?--replicó Aldama con más humildad.
--Pero ¿quién ha ido a provocarlo? ¿Quién fue a sacarle de su palco para
injuriarlo? ¿Quién es el que fríamente concierta las condiciones de un
desafío en que sin remedio había de perecer un pobre joven, casi un
niño? Únicamente el que no tiene ni nobleza, ni valor, ni sentimientos
honrados en el corazón... ¡Ah, mi pobre hijo! ¡hijo de mis entrañas!
¡Cómo has caído en el lazo que te tendieron los traidores...! No estaba
aquí tu desgraciada madre para prevenirte, la madre que te ha tenido
colgado de sus pechos, la que besaba los rizos dorados de tu pelo al
acostarte y volvía a besarlos cuando te despertabas. Ya no existes,
pobre hijo mío... Una bala traidora ha agujereado tu pecho, y cuando
empezabas a vivir, cuando todo el mundo te sonreía y tu madre vivía
pendiente de tu sonrisa, tú tan noble, tan hermoso, tan valiente, ya no
eres más que ceniza... Dios que estás en los cielos, ¿por qué me dejas
vivir sin mi Nanín...?
La voz de la marquesa sollozaba al pronunciar estas palabras. Tristán,
presa de honda emoción, no supo más que balbucir:
--Señora, para mí ha sido también una desgracia irreparable...
--¡Miente usted!--exclamó revolviéndose furiosa con los ojos
llameantes--. Es usted incapaz de sentir lo que ha hecho, porque en
usted no hay más que envidia y vanidad.
--En el estado en que usted se halla sus palabras no tienen valor
alguno. Créalo usted o no lo crea, su dolor de madre conmueve hasta lo
profundo de mi alma, y daría con gusto en este momento mi vida por
devolverle la de su hijo...
--¡No me hable usted con dulzura! No quiero de usted la compasión.
Prefiero el odio. Ya que odiaba usted a mi hijo, ódieme también a mí.
Máteme usted como le ha matado a él. Acaso fuera el único bien que usted
puede hacer en este mundo... ¡Oh, mi Nanín! ¡oh, hijo de mi corazón...!
Venganza del cielo, ¿no caerás sobre la cabeza de su verdugo? Sí, sí...
caerá... Dios es justo. ¡Jamás vivirá tranquilo el que ha matado a un
ángel...! ¡Maldición, maldición sobre él!
La marquesa avanzó un paso todavía. Sus ojos brillaban como ascuas
debajo de sus cabellos blancos; todo su cuerpo temblaba de odio y de
cólera como el de una fatal euménida.
--¡Maldito sea usted y quien le ha engendrado! ¡Maldita sea la hora en
que ha nacido! ¡Permita Dios que su esposa vea siempre esas manos
teñidas de sangre! ¡Maldita sea ella también! ¡Maldita la leche que ese
niño está mamando...! ¡Malditos seáis todos, malditos, malditos,
malditos...!
Clara cayó sobre la alfombra con el niño entre los brazos. Tristán
acudió a socorrerlos. Cuando volvió la cabeza, la marquesa había ya
desaparecido.
Al recobrar el conocimiento y después de haberle prodigado los cuidados
necesarios se hizo venir al médico. Este, teniendo en cuenta el estado
de la madre y el tiempo que ya contaba el niño, ordenó que se le
destetase. Se dispuso, pues, que durmiese en un cuarto separado con la
niñera. Clara pasó el resto de la tarde llorando. Tristán salió un
momento después de comer y quiso distraerse en el café, pero no pudo
lograrlo. Se hallaba tan melancólico, tan abatido que muy presto se
restituyó a su casa. Clara se disponía a acostarse, pero no en la alcoba
del gabinete donde dormía el matrimonio, sino en otra habitación
alejada. Al presentarse Tristán y mostrar en los ojos su sorpresa le
dijo balbuciendo:
--Dispénsame, Tristán, me encuentro muy débil, me duele mucho la cabeza
y temo que me molesten allí los ruidos de la mañana... Ya ves, está tan
próxima a la puerta... Aquí hay más silencio...
--Está bien--dijo Tristán fingiendo creer la disculpa--. No te levantes
mañana. Yo encargaré a todos que no hagan ruido.
Hablaron unos momentos de cosas indiferentes, procurando ocultarse su
emoción y el abatimiento que los dominaba. Pero cuando Tristán al
despedirse quiso darla un beso, Clara se echó hacia atrás con un
movimiento de terror gritando: «¡No!»--Después se puso roja y bajó los
ojos. Tristán la miró largamente en silencio. Luego girando sobre los
talones salió de la estancia. Por la mañana saliendo de su despacho se
encontró en el corredor con ella. Estaba pálida. Se acercó a él y cayó
en sus brazos. Tristán la estrechó contra su pecho. Lloraron en silencio
largo rato. Ambos sentían que su felicidad estaba rota, que algo
siniestro se cernía sobre ellos y que no les dejaría hasta secar el amor
en su corazón.
Clara luchó denodadamente en los días sucesivos contra sus negros
presentimientos, contra sus terrores, contra la sangrienta visión que
las palabras de la marquesa habían dejado en su mente. Se mostró con su
marido cariñosa y solícita hasta el exceso, procurando envolverle en una
red de atenciones. Este cuidado alejaba de ella otros pensamientos, pero
era demasiado exagerado para que no se advirtiese el esfuerzo. Tristán
lo adivinaba y se sentía más herido en su orgullo que en su amor.
Hubiera podido, hubiera debido dar explicaciones, rebatir la terrible
acusación de la marquesa; los ojos de Clara se las demandaban con
insistencia; pero la innata y fiera altivez de su naturaleza le cerraba
los labios. Suponer que él era capaz de dejarse abofetear con el objeto
de tener facultad para elegir armas era una injuria que su esposa no
tenía derecho siquiera a imaginar. Este silencio fue fatal para ambos.
Clara al cabo de algún tiempo sintió desfallecer su fe. Cuando un alma
pura pierde la fe, la desesperación se apodera de ella. Amaba a su
marido porque creía en él, porque creía tanto en la nobleza de su
corazón como en su talento. Al filtrarse la duda en su mente todo lo vio
negro, todo lo vio horrible y le acometieron deseos de huir o de morir.
Se fatigó de aquellas calurosas expresiones de amor que no encontraban
la debida correspondencia. Tristán cada día más frío, más serio, más
encerrado en sí mismo, detenía sus caricias y congelaba sus expansiones.
El malestar fue creciendo y el alejamiento de los esposos haciéndose más
ostensible. Y ¡caso estraño! este alejamiento, provocado principalmente
por su actitud, hirió a Tristán tan cruelmente que le volvió loco de
ira. Era frío y altivo; comenzó a mostrarse grosero. Su carácter,
inclinado al despotismo, se agrió todavía más, particularmente con los
criados. Con Clara un cierto respeto, que aún no había perdido, le
detuvo durante algún tiempo. Pero también llegó a perderlo. Por
cualquier negligencia promovía en la casa un fuerte disturbio, se
exasperaba, gritaba como un loco. Nadie le entendía, nadie le daba
gusto. Habiendo sorprendido una sonrisa de inteligencia entre el criado
y la doncella le bastó esto para imaginar que en la casa se conspiraba
contra él, que todos estaban de acuerdo para vejarle y Clara la primera.
Entonces comenzó para ésta una vida bien miserable. Tristán apenas le
hablaba: algunas veces se sentaban a la mesa y se levantaban sin haber
despegado los labios. Sólo se dirigía a ella alguna vez cuando
necesitaba desahogar su mal humor para reprenderla ásperamente, para
injuriarla también en ocasiones. La joven contestaba a estas violencias
con lágrimas y sollozos. Llegó un momento, sin embargo, en que su
corazón herido, deshecho, ya no pudo más. Se secaron las lágrimas
repentinamente y un día en que su marido enloquecido se desbordaba en
palabras ultrajantes le clavó una mirada larga, fría, despreciativa que
le dejó paralizado. «Mi mujer me odia», se dijo estremecido. Y desde
entonces aquella idea no se apartó de su mente. Se puso a observarla con
ansiedad queriendo sorprender en sus ojos, en sus ademanes aquel odio
que él mismo había trabajado por despertar. No era verdad, sin embargo.
Clara no le odiaba, le despreciaba. Armada de este desdén como de una
coraza que la naturaleza piadosa colocara en su corazón escuchaba los
insultos de su marido sin pestañear y seguía ejecutando lo que tenía
entre manos con la misma calma que si oyese el ruido de la mar.
Tristán comenzó a padecer del estómago. Sus digestiones se hicieron
penosas, contribuyendo esto a exacerbar aún más su mal humor. No
resignándose a pensar que fuese una enfermedad enviada por la naturaleza
espontáneamente, se puso a imaginar que tenía la culpa la cocinera, que
los alimentos eran de mala calidad, que se los servían unas veces
crudos, otras salados o picantes, etc. Por reflejo, Clara tenía la culpa
de todo. Se despidió a la cocinera; vino otra y pasó lo mismo. A veces
se marchaba a comer al restaurant, y entonces llegaba triunfante a casa
y decía en alta voz que aquel día se sentía admirablemente aunque no
fuese verdad. Un día le preguntó a un amigo médico en el café:
--Dime, ¿es verdad que existen venenos lentos?
--Cualquier sustancia nociva es un veneno lento si se administra a la
continua--le respondió.
Aquel día estuvo doblemente preocupado y caviloso. Desde entonces
comenzó a observar con intensa atención los movimientos de su esposa, a
reconocer a hurtadillas todos los cacharros que había en el aparador, a
dirigir rápidas y penetrantes miradas a aquélla cada vez que gustaba los
alimentos. Cierta noche, después de comer, no sintiéndose con ganas de
salir, se acomodó en una butaca y pidió que le hiciesen te. Al oír los
pasos del criado que se lo traía, Clara que estaba bordando debajo de
la lámpara, se alzó precipitadamente de la silla, reconoció la azucarera
donde sospechaba que ya no quedaba azúcar, y viendo confirmada su
presunción, corrió al encuentro del criado y le hizo volver a la cocina.
Mandó sacar azúcar de la despensa, le echó los tres terrones que su
marido necesitaba siempre, y ella misma vino a servírselo. Mientras
tanto Tristán, que había seguido la maniobra de su esposa con vivo
recelo, esperaba anhelante acometido de una terrible inquietud que se
revelaba en su respiración y en sus ojos. Tomó con mano temblorosa la
taza que le presentaban, y después de vacilar un instante, se decidió a
llevarla a los labios. Fuese aprensión o que en realidad el te estuviese
mal hecho, lo cierto es que percibió un extraño y desagradable sabor.
Dejó caer la taza al suelo, y sujetando a su esposa por la muñeca con
fuerza le preguntó furiosamente:
--¿Qué has echado en este te?
--¿Cómo...? ¿Qué dices?--respondió Clara aterrada al ver los ojos de su
marido, pero sin comprender todavía.
--¡Te pregunto qué es lo que me has echado en el te!--gritó con más
furor sacudiéndole el brazo y soltándolo después con un movimiento de
repulsa que la hizo tambalearse.
Clara comprendió al fin y llevándose las manos a los ojos exclamó con
espanto:
--¡Dios mío, qué horror!
Después como si fuese acometida súbitamente por un rapto de locura se
puso a gritar a la niñera:
--¡Juana! ¡Juana...! ¡El niño! ¿Dónde está el niño? ¡Traerme el niño...!
--¿Qué haces? ¿Qué quieres?--preguntó a su vez sorprendido Aldama.
--¡El niño! ¡El niño!--seguía gritando Clara sin hacer caso.
Corrió a su habitación, se echó un abrigo encima de los hombros y
tomando al niño que le presentaba ya Juana se dirigió a la puerta de la
calle. Tristán le interceptó el paso.
--¿Adónde vas?
--Adonde no te vea--replicó resueltamente la joven.
Entonces en el cerebro de Aldama brilló un rayo de luz; tuvo por un
instante la visión clara de su injusticia, de su increíble necedad, y
cayó de rodillas.
--¡Clara, perdón! ¡No te vayas!
--¡Aparta, aparta, miserable! Ya he sufrido bastante. ¡Mi corazón no
puede más!
Y como Tristán tratase de retenerla, le dio con su brazo vigoroso un
empujón que le hizo caer de espaldas.
Cuando se levantó, su esposa bajaban ya la escalera con el niño y Juana
detrás de ella.
Se puso en pie. La vergüenza y la cólera ardían al mismo tiempo en su
pecho. Escuchó unos instantes, hasta que el ruido de los pasos dejó de
percibirse, y cerró la puerta, que había quedado abierta. Luego se
dirigió al salón, encendió las luces y comenzó a pasearse de una esquina
a otra con las manos en los bolsillos. Un frío cortante como una espada
entraba en su corazón. Veíase solo, y con profundo estupor se daba
cuenta de que todo había concluido para él. Se hallaba en la situación
de un jugador que acaba de arriesgar su fortuna a una carta y la pierde.
Al cabo de un rato llamaron con suavidad en la puerta de la estancia.
--¡Adelante!--dijo parándose.
Entró la doncella, cuya adoración por Clara era conocida.
--Señorito--manifestó con resolución--, habiéndose ido la señorita yo no
puedo quedar en esta casa. Si tuviese la bondad de darme la cuenta...
--Ahora mismo--replicó Tristán cuya frente se frunció terriblemente.
Fue al despacho, le pagó y se vino de nuevo al salón. Pero a los pocos
instantes se presentó el criado balbuciente, ruborizado. Él también
quería irse, no porque estuviese descontento del señorito, pero era
novio de la doncella... pensaba casarse en abril... Lucila se lo había
exigido...
--Basta--dijo Aldama secamente.
Y sin pronunciar otra palabra fue al despacho y le entregó su cuenta.
Sintió después el ruido que hacían al arrastrar sus baúles, oyó abrirse
la puerta, oyó la voz de unos hombres que debían de ser los mozos de
cuerda, y luego se cerró la puerta y todo quedó en silencio. Pero
inmediatamente se presentó la cocinera. Era una mujer de más de cuarenta
años y de tan fea catadura que inspiraba risa.
--Aunque hace poco tiempo que estoy en la casa ya cogí ley al señorito,
porque es simpático y amable... y tiene ángel... ¡vamos porque sí,
porque me gusta! Pero ya el señorito puede comprender que una joven sola
en una casa con un caballero no parece bien... La gente es muy mala y se
agarra a cualquier cosa para hacer daño... Necesito mirar por mi honra.
Tristán la contempló fijamente con curiosidad burlona. Le dio por
completo la razón. Nada, nada, los jóvenes de distinto sexo no estaban
bien solos bajo un mismo techo. Le pagó y la pudorosa doméstica se
despidió hecha una jalea diciendo que al día siguiente vendría a buscar
el baúl.
Entonces Tristán quedó solo en la casa. Una tristeza inmensa, infinita,
pesaba sobre su alma. Sentía deseos de sollozar. Acaso esto hubiera
aliviado su corazón, pero el orgullo dominaba sus lágrimas, las obligaba
a volverse atrás cuando querían salir.
Largo rato paseó por la estancia sin detenerse, con el rostro pálido,
los ojos secos y febriles, la frente dolorosamente fruncida. A la puerta
oyó los leves aullidos del perro que quería entrar. Fue a abrirle. El
Fidel comenzó a recorrer el salón con la cola agitada, oliendo en todas
partes: luego salió como un torbellino, recorriendo los pasillos,
entrando en las habitaciones, buscando, olfateando. Entró de nuevo, miró
a Tristán, dejando escapar quejidos lastimeros, se fue a la puerta de la
calle, volvió y repitió varias veces esta maniobra. El pobre animal
buscaba a su ama.
Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Aldama.
--¿Tú también quieres irte? ¡Anda, anda, marcha cuando quieras!
Se dirigió a la puerta y la abrió. El perro se precipitó raudo por la
escalera. Tristán volvió al salón y entonces, sí, quedó enteramente
solo.
XXII
HACIA OTRO MUNDO
Cuando Elena quedó sola, después que Núñez hubo marchado, se dirigió al
salón donde se hallaba un magnífico retrato de su marido pintado por
Pradilla.
--Lo hecho ya no tiene remedio, Germán... ¡Pero sabré pagar con la vida
lo que he hecho!--dijo en voz alta hablando con la efigie como con un
ser vivo.
Una resolución sombría, inquebrantable, animó sus ojos desde entonces.
Después que le sirvieron el almuerzo, que apenas tocó, vistiose
apresuradamente y dio orden de que engancharan la berlina y que la
condujesen a la estación. Una vez allí despidió el coche y subió a pie
por la carretera hasta el pueblo. Se fue dando rodeos para no ser vista
hasta la farmacia de su primo, cuyas costumbres conocía. Después de
comer solía pasar éste un par de horas en el casino jugando al dominó.
Sin embargo, cruzó rápidamente por delante de la botica para
cerciorarse.
--Don Manuel, ¿no está?--preguntó al dependiente, un chico de quince a
diez y seis años.
--No, señora; hasta las cuatro no suele venir.
Elena hizo un gesto de contrariedad y manifestó que no podía aguardar
tanto tiempo. Necesitaba encargarle con urgencia una medicina que ya le
había preparado otras veces. El chico insinuó que estaba en el casino,
que subiría para que la muchacha fuese a avisarle. Elena se opuso. Como
la distancia era corta, le suplicó que él mismo fuese y mientras tanto
ella quedaría al cuidado de la botica. El muchacho, que no podía tener
desconfianza viendo una señora elegantemente vestida, salió corriendo a
evacuar el recado. Inmediatamente Elena, que había pasado los primeros
años de su vida en aquella farmacia y la conocía tan bien como su primo,
se dirigió con presteza a la trastienda, abrió la _cordialera_, buscó el
tarro del _curare_ y sacando del pecho un frasquito que llevaba echó en
él unos pedazos de este veneno. Después lo guardó de nuevo y se sentó a
esperar tranquilamente a su primo. No tardó en llegar.
--¡Elena! Pero ¿eres tú?
El primo Vilches la saludó con efusión un poco embarazada. La conducta
de Elena había disgustado a toda la familia. Desde hacía ya tiempo el
farmacéutico, que iba con frecuencia a Madrid, no había puesto los pies
en su casa. Elena, también confusa, le explicó que había llegado hacía
pocos días para reponerse de una ligera fiebre que había padecido y le
suplicó que le preparase una poción calmante para dormir que en otro
tiempo, cuando vivía en el Escorial, le había probado muy bien. Vilches
se apresuró a complacerla. Mientras duró la confección charlaron.
Vilches tenía niños y se habló de ellos y de otros asuntos, pero se
abstuvo de preguntar por Reynoso y lo mismo de invitarla a subir a ver a
su esposa. Esto último hirió profundamente a Elena, que al despedirse
apenas se atrevió a decir: «Recuerdos a Rosa.»
Aquella misma tarde regresó a Madrid. Al día siguiente a la hora en que
Cirilo salía de casa para la Bolsa se fue a la plaza de Oriente y dio
orden al cochero de que se detuviese en las proximidades. Desde el coche
estuvo vigilando hasta que vio asomar al paralítico apoyado en su
bastón. El portero salió a llamar un coche de punto y le ayudó a subir a
él. Elena bajó del suyo, entró en la casa y llamó en la puerta de Visita
al tiempo que cruzaba por el pasillo una persona, la cual, así que sonó
el timbre, tiró del pestillo y abrió. Elena se encontró frente a frente
con su cuñada Clara. La estupefacción de ambas fue inmensa. Elena pensó
que allí mismo iba a morir. Clara muy pálida y con el entrecejo
fruncido le preguntó al cabo secamente:
--¿Qué deseaba usted?
Pero Elena sin responder clavó en ella una mirada de angustia y de dolor
tan intensos que traspasó el corazón de su cuñada. Dio ésta un paso
hacia ella y tomándola por la mano y cerrando después la puerta le dijo
gravemente:
--Ven conmigo.
Y así la llevó hasta la habitación que ocupaba y la obligó a sentarse en
una butaca. Elena estaba más muerta que viva: hizo algunos esfuerzos
para hablar, pero la voz no salía de su garganta. Clara, que estaba en
pie frente a ella, le dijo observándolo:
--No hables todavía. Voy a mandar que te hagan una taza de tila.
Elena se apoderó de una de sus manos y la besó. Clara la retiró
velozmente.