¿Cómo va esa salud? Por Clarita y el chiquitín no le pregunto porque sé
que están buenos. Nanín me lo ha dicho esta tarde.
--¿Qué Nanín?--preguntó Aldama por cuyos ojos pasó una nube.
--¿Qué Nanín ha de ser? El marquesito del Lago. Me ha dicho que los ha
visto en su casa y que había sentido mucho no encontrarle a usted.
La impresión que Tristán sintió con estas palabras fue tan violenta, que
un golpe en la cabeza no le hubiera dejado más aturdido y paralizado.
Sólo pudo exclamar con forzada y estúpida sonrisa:--«¡Ah!»
--Bueno--siguió Barragán viendo que Tristán no decía más--. He venido a
buscar a aquel amigo que me ha citado aquí y voy a hablar un rato con
él. Es maestro cortador de _La Confianza_, esa gran sastrería de la
calle Mayor; un hombre instruidísimo, Tristanito, un verdadero filósofo.
Conoce la historia de España al dedillo. Le dice a usted todos los reyes
godos de memoria sin faltar uno, ¡es que sin faltar uno, Tristanito,
créalo usted! En Calatayud, que es su pueblo, ha publicado unos
artículos contra el celibato eclesiástico que levantaron roncha en el
clero. Ahora está escribiendo un folleto contra Moisés, ¡una verdadera
hermosura!
En aquel momento el sujeto en cuestión acercaba su nariz escarlata a una
copa de cognac, haciendo concebir la sospecha de que su rencor contra el
caudillo de los israelitas quizá naciese por no haber logrado entrar en
la tierra de Canaan y disfrutar de sus famosos viñedos.
Mientras duró esta breve conversación los amigos de Tristán se burlaban
de lo lindo, aunque en voz baja, del paisano. «¡Guardias,
socorro!»--exclamaba uno--. «Tome usted la cartera. ¡No me haga usted
daño por Dios!»--decía otro llevando la mano al bolsillo--. «Pues habla
en diminutivo con mucha dulzura.»--«Será un bandido generoso como Diego
Corrientes.»--«Mirad qué pálido se ha quedado Aldama.»
En efecto, Tristán se había quedado tan descompuesto que apenas podía
articular una palabra. Sin embargo, hizo un esfuerzo heroico sobre si
mismo y sonrió balbuciendo que aquel amigo de tan fea catadura era una
persona honrada e inofensiva.--«¡Ya, ya, bien inofensivo te dé
Dios!--Pues tú buen susto has llevado. Estás más yerto que Hamlet viendo
el espectro de su padre.» Hizo cuanto le fue posible por mostrarse
tranquilo; pero a los pocos instantes, con no poca sorpresa de los
tertulios, se levantó bruscamente y sin despedirse se dirigió con paso
rápido al sitio que ocupaba Barragán.
--Amigo Barragán--le dijo en el tono más indiferente que pudo--, ¿sabe
usted en qué hotel para el marqués del Lago?
--No está en ningún hotel. Vive, según me ha dicho, en casa de su primo
el marqués de Henares... Un hermano de éste creo que se casa ahora con
la hija de Roda...
--Ya. ¿Y dónde vive el marqués de Henares?
--Eso sí que no puedo decirle, Tristanito. Mañana puede usted
averiguarlo en el Congreso, porque es diputado.
Sin dirigir siquiera una mirada a la mesa donde se hallaban sus amigos
salió apresuradamente del café. Una vez en la calle, quedó un instante
inmóvil. La cabeza le ardía y el corazón le palpitaba fuertemente. Al
cabo emprendió a paso largo el camino de su casa. Se acercó a la
portería donde los porteros formaban tertulia en torno de una mesa con
algunos amigos. Llamó con los dedos en los cristales.
--Diga usted, Juan, ¿esta tarde ha venido algún caballero a verme?
El portero vaciló un momento sin acordarse, pero su mujer respondió en
voz alta:
--Sí, hombre, ¿no te acuerdas de un señorito joven que preguntó por los
señores de Aldama?
--¡Ah! sí, un señorito alto, grueso, de pelo rubio. Le dije que no
estaba el señorito. Me contestó que era igual y subió...
--Bien; ése ya sé quién es porque ha entrado en casa--respondió para
disimular--. ¿No ha venido ningún otro a preguntar por mí?
--Me parece que no señor.
Inmediatamente se trasladó a una librería de la Carrera de San Jerónimo
que aún estaba abierta, pidió la _Guía de Madrid_ y se enteró dónde
vivía el marqués de Henares. Era en una calle del barrio de Argüelles.
Tomó un coche en la Puerta del Sol y dio las señas. Pocos minutos
después se bajaba delante del hotel que ocupaba el marqués. Preguntó al
portero. El señor y la señora habían salido hacía ya una hora con su
primo el marqués del Lago y una señorita.
--¿No sabe usted dónde han ido?
--No, señor..., pero aguarde usted un momento.
Tomó la bocina del tubo acústico y llamó.
--María Luisa, ¿sabes dónde han ido los señores esta noche?
El portero escuchó lo que le respondían y colgando la boquilla dijo:
--Los señores tenían tomado un palco en el teatro de Apolo. Allí deben
de estar.
Tristán subió de nuevo al coche dando estas señas. Cuando cruzaba por la
Puerta del Sol sonaban en el reloj del ministerio de la Gobernación las
diez. Se apeó delante del teatro y despidió el coche, y usando de su
privilegio de autor entró sin detenerse en la taquilla. Había comenzado
ya el acto segundo. Se acercó a la puerta central de las butacas, la
entreabrió y echó una rápida mirada a los palcos. En seguida le vio.
Había dos señoras en primer término y él con otro caballero detrás de
ellas. Se cercioró bien del número del palco y subió hasta colocarse
detrás de la puertecita, y por un movimiento irreflexivo llamó con los
nudillos de los dedos sobre ella. El mismo marquesito se levantó para
abrir. Su semblante se dilató con una franca y cordial sonrisa.
--¡Amigo Aldama, usted por aquí! Pase usted. ¡Cuántos deseos...!
Pero la frase expiró en sus labios. La sonrisa que contraía el rostro de
Tristán era tan extraña y su rostro se hallaba tan descompuesto, que el
marquesito quedó paralizado.
--¿Tendría usted la amabilidad de escucharme dos palabras?
--Con mucho gusto... ¿Pero no quiere usted pasar?
--No señor, gracias.
--¿Es tan urgente el asunto?
--Lo es.
Nanín quedó un instante suspenso.
--Bien, bien--dijo al cabo--. Será como usted guste. Y dirigiéndose a
sus primos añadió:--Soy con vosotros al instante. Necesito hablar unas
palabras con este amigo.
Salió y cerró la puerta del palco.
--Estoy a su disposición--dijo ya con semblante grave para acomodarse al
de Tristán.
Este echó a andar hacia la escalera y Nanín le siguió al vestíbulo que
se hallaba solitario. Sólo los encargados de recibir los billetes de
entrada charlaban a la puerta.
--Acabo de saber que ha estado usted en mi casa.
--Efectivamente, esta tarde he tenido el gusto de ver a Clara...
--¿Y no hubiera usted hecho mejor en haberse privado de ese gusto?--dijo
Tristán, a quien la frase del marqués calentó aún más la sangre.
Nanín le miró estupefacto.
--No comprendo...
--Quiero decir que visitar a las señoras jóvenes en ausencia de sus
maridos no siempre es oportuno. Generalmente esta confianza se la
autorizan los amigos de mucha intimidad... Y francamente, por ahora no
puedo contarle a usted entre ellos.
El marquesito, cada vez más sorprendido, balbuceó:
--No pensé que eso tenía nada de particular... Con Clara y con su
hermano siempre hemos mantenido relaciones muy íntimas.
--Pero conmigo muy superficiales... y yo soy ahora el amo de la casa y
quien puede autorizar o desautorizar las visitas de mi mujer.
Nanín avergonzado y queriendo sacudir el embarazo que sentía replicó:
--¿Y para una tontería como ésta me hace usted salir del palco? ¡Hombre,
no merecía la pena!
--Permítame usted que le diga--profirió Tristán con reconcentrada
ira--que jamás he concedido ni pienso conceder a nadie el derecho de
calificar de tonterías mis actos. Y si alguien es bastante atrevido para
tomarse esa libertad se expone a sufrir las consecuencias.
--Pero ¿qué motivo hay para enfadarse de ese modo?--exclamó el
marquesito--. Que a usted no le gusta que vaya a su casa, ni quiere ser
mi amigo... Bueno; para eso no tenía usted necesidad de venir con esos
humos a llamarme estando con señoras. Bastaba con haberme enviado una
carta.
--Si a usted le parece que vengo con humos debe tener presente que donde
sale humo es que hay fuego. Ni para enfadarme ni para desenfadarme le
pido a usted permiso... Por lo demás, me acomoda mejor hacerle a usted
esa advertencia de palabra. No quiero que usted ponga los pies en mi
casa. ¿Se ha enterado usted?
El marquesito alzó los hombros con desdén.
--Lo mismo usted que su casa me tienen sin cuidado.
--Y a mí menos que mis palabras le desagraden--respondió Tristán
dirigiéndole una mirada provocativa.
El marquesito le miró a su vez en silencio unos momentos y volviendo al
cabo la espalda con un gesto desdeñoso murmuró:
--Razón tienen en decir que está usted loco.
--Más razón tienen en decir que es usted un imbécil.
Nanín se volvió rojo, exasperado, y avanzando hasta acercar su cara a la
de Aldama exclamó con furor:
--¿Qué decía usted?
Tristán, sin retroceder poco ni mucho, respondió con igual fiereza:
--Lo que todo el mundo sabe: que es usted un imbécil.
El marquesito alzó la mano y Aldama rodó por el suelo. Los dependientes
de la puerta y un caballero que cruzaba a la sazón y se había detenido
al oír la disputa acudieron a levantarle. Mientras esta operación se
realizaba Nanín pálido y con los ojos extraviados parecía decidido a
repetir la suerte. Tristán por su parte, una vez en pie, también quiso
arrojarse sobre él. Ambas cosas fueron impedidas por los porteros y el
caballero que les auxiliaba.
--¡Déjenme ustedes!--exclamaba Tristán--. ¿No ven ustedes que me ha
abofeteado?
Nanín guardaba silencio. Al fin volvió de nuevo la espalda y con
tranquilo paso se dirigió a la escalera para subir al palco. Tristán,
sujeto por las manos de los dependientes, le gritó:
--¡Pronto tendrá usted noticias mías!
El marquesito siguió caminando con desdeñosa indiferencia.
Tristán corrió al café. Tenía la mejilla roja y un poco inflamada.
Cuando se acercó a la tertulia de sus amigos, éstos le acogieron con las
alegres chanzas de siempre, pero al verle tan descompuesto y al observar
que se dirigía a un joven capitán, único militar de la reunión, y a otro
amigo que tenía fama de tirador de armas y duelista, entendieron de lo
que se trataba y se callaron con respeto. Tristán llevó a otra mesa a
sus dos amigos y conferenció con ellos brevemente.
--Tengo, sin ninguna clase de duda, la elección de armas, porque he sido
abofeteado delante de varias personas. Elegid la pistola en las
condiciones más graves que podáis.
Los amigos se dirigieron al Teatro de Apolo. El marquesito, que ya había
contado a su primo el de Henares la aventura y esperaba la visita,
eligió por padrinos por indicación de éste a González de la Riva, un
hombre político muy conocido que se hallaba a la sazón en el teatro, y a
un joven teniente de artillería. Como el teatro no era sitio a propósito
para ventilar aquel asunto, se dirigieron los cuatro al Círculo de la
Peña y conferenciaron en un saloncito completamente solos. González de
la Riva, acostumbrado a las transacciones de la política y a los
cabildeos del salón de conferencias del Congreso, quiso desde luego
arreglar pacíficamente el asunto y empleó para ello aquella facundia
persuasiva que todo el mundo le reconocía. Sus frases aliñadas, todas
sus habilidades parlamentarias se estrellaron contra la resuelta y
arrogante decisión de los padrinos de Aldama.
--No queremos acta, porque el acta que propusiéramos no la aceptaría
ningún hombre de honor, y no tenemos intención de ofender al marqués del
Lago.
Luego, al tratar de las armas, hubo también su poquito de discusión. Se
reconocía el derecho de Aldama a elegir, pero los padrinos del marqués,
sobre todo González de la Riva, expresaron su deseo de quitar gravedad
al duelo. Con igual firmeza los de Aldama rechazaron este deseo e
impusieron sus condiciones. Dos disparos simultáneos a treinta pasos:
inmediatamente otros dos a veinte avanzando cinco cada uno. Cuando
salían del saloncito después de haberlas convenido llegaba Narciso Luna,
aquel joven-viejo o viejo-joven amante de la condesa de Peñarrubia.
Había tenido noticia de lo que se trataba y venía desde el billar
jadeante, trémulo, como si se tratase realmente del desafío de un
hermano. Se dirigió con voz alterada a los padrinos diciéndoles que
aquel lance no podía efectuarse, que era necesario arreglarlo y que él
estaba dispuesto a hacer cuanto fuese necesario para ello dejando el
honor de ambos a salvo. Los padrinos del marqués (con el cual ni su
misma hermana la condesa de Peñarrubia se trataba ya) hicieron
comprender cortésmente a aquel cuñado _sui generis_ que no debía
mezclarse para nada en el asunto que les estaba confiado. Los de Aldama
ni siquiera se dignaron contestarle pasando fríos y arrogantes por
delante de él. Cuando se hallaban ya a alguna distancia uno de ellos
dejó escapar en voz bastante alta una frase sangrienta que Narciso Luna
no oyó o no quiso recoger.
Tristán les esperaba en el café impaciente. En cuanto llegaron y le
dieron cuenta de las condiciones convenidas quedó repentinamente
tranquilo y satisfecho. Se puso a charlar y bromear con sus amigos con
una alegría y serenidad que éstos admiraron. Poco después se despidió no
sin haber convenido con sus testigos la hora y el sitio en que debían
verse. Para evitar sospechas en las familias se concertó el lance por la
tarde en una finca situada en Leganés. El marquesito debía salir del
Veloz-Club con sus amigos a las dos en punto y Tristán de la Peña a la
misma hora con los suyos. Cuando se vio en la calle y solo, una arruga
profunda se marcó en su frente: desapareció súbitamente la alegría, un
poco forzada, que a última hora había mostrado. Un problema negro,
pavoroso se alzó delante de él. Clara. ¿Por qué había recibido la visita
del marquesito? ¿Por qué se la había ocultado? Mucho menos que esto
necesitaba su espíritu caviloso para lanzarse a todas las sospechas, a
las hipótesis más graves. El corazón comenzó a palpitarle fuertemente,
las sienes le latían como si su cabeza fuese a estallar: emprendió la
carrera hacia su casa. Cuando llegó, Clara aún estaba vestida
esperándole aunque era ya más tarde que de costumbre. Al ver la
descomposición de su rostro, al sentir sobre sí la mirada fulgurante de
su marido comprendió que éste tenía conocimiento de la visita del
marqués. La escena que se desarrolló fue violentísima: gritos, lágrimas,
recriminaciones, protestas. Sin embargo, la verdad vibraba tan elocuente
en la voz de la joven esposa, resplandecía en sus ojos tan nobles, tan
sinceros que Tristán no pudo menos de rendirse en el fondo de su corazón
a la evidencia. La visita había sido inevitable porque el criado no dijo
el nombre del marqués, se había hecho en presencia de la niñera y sólo
por el temor de aumentar su desazón había aplazado darle conocimiento
hasta verle más tranquilo. Tristán se rindió en el fondo a estas
verdades, pero no en la apariencia. Cuando después de un rato de
silencio Clara fue a darle un beso la rechazó y levantándose bruscamente
se fue a dormir a otro cuarto dejándola bañada en lágrimas.
Clara era inocente, así lo comprendió; mas por una de esas misteriosas
depravaciones que experimenta el espíritu de los hombres preocupados
por una idea fija, aferrados tenazmente a una abstracción, casi se
sentía molesto de que lo fuese. Quisiera poder gritar con furor «¡ah!
¡la vida!» y maldecir como siempre de la creación. Sufrir, morir, tal es
el destino del hombre. Todo amor, aun el más tierno, aun el más santo,
no es más que el instinto sexual disfrazado. El matrimonio es un lazo
que la naturaleza nos tiende, etc.; todos los pensamientos en fin de que
estaba atiborrado su cerebro y que buscaban el más mínimo pretexto para
exhalarse. Aquello de haber encontrado un ser tan noble, tan puro, tan
exento de egoísmo como su esposa constituía para él una verdadera
decepción. Pero ya que por este lado no podía refocilarse en sus ideas
negras, desesperadas, halló manera adecuada de darles satisfacción
pensando en el marquesito. No le cabía duda que aquel majadero insistía
en pretender a su mujer, que la visita a solas había sido calculada, y
aun llegaban sus sospechas a imaginar que había estado espiando su
salida para entrar, sabiéndole ausente. Por esto, por la profunda
antipatía que desde luego le inspiraba y sobre todo por la afrenta que
de él acababa de recibir, su sangre hervía de odio y ansias de vengarse.
Su habilidad suprema en el manejo de la pistola le ponía en condiciones
de saciar este deseo, pero al mismo tiempo despertaba en su conciencia
ciertos leves escrúpulos que procuraba sofocar por medio de reflexiones
más o menos fundadas. «Nanín es un gran cazador--se decía--. Conoce
admirablemente el manejo de la carabina. ¿Por qué no ha de tirar también
la pistola?»
A la mañana siguiente hizo la vida de siempre. Después de desayunar en
compañía de su esposa, estuvo leyendo o trabajando en su despacho. Con
aquélla, aunque todavía serio, se mostró dulce y afectuoso. Clara,
sorprendida, fue tan dichosa, que antes de encerrarse le besó con
transporte y luego lloró de felicidad a solas. Las vagas sospechas de
que Tristán pudiese provocar al marqués se disiparon. Almorzaron con
tranquilidad, y después de haber pasado un rato jugando con el niño
mientras fumaba un cigarro, tomó el sombrero y salió como de costumbre.
Se hallaba perfectamente tranquilo. Sin embargo, cuando Clara, que
salía siempre a despedirle, cerró la puerta, cuando bajó los primeros
escalones, un pensamiento lúgubre atravesó su cerebro: «¡Si ese chico me
matase!» Quedó un instante inmóvil y tuvo intenciones de volverse y
besar a su hijo y a su esposa con más efusión de lo que lo había hecho.
Pero se arrepintió inmediatamente comprendiendo el efecto que esto
causaría a Clara. Se trasladó a pie hasta la Peña.
Ya le esperaban allí sus testigos. Con ellos iba un amigo médico.
Subieron al carruaje al sonar las dos y cuando montaban vieron que
arrancaba también del _Veloz_ otro carruaje donde debía de ir el
marqués. Mientras duró el trayecto tanto él como sus amigos afectaron
alegría. El médico, que era aragonés, les fue contando una serie de
chascarrillos baturros y el capitán, nacido en Málaga, correspondió con
buen golpe de _timos_ andaluces. Al llegar a la posesión la gran puerta
enrejada de hierro estaba abierta y un criado al pie de ella
esperándoles. Les dijo que los otros señores ya estaban dentro. Hechos
los saludos de rúbrica los testigos conferenciaron brevemente. Luego uno
después de otro hicieron entrar a sus apadrinados en la casa y escribir
sobre una mesa de comedor una carta dirigida al juez, la consabida carta
del suicida. Salieron de nuevo todos, caminaron largo trecho por la
posesión hasta salir de ella y buscar un sitio retirado detrás de sus
tapias. El dueño de la finca se había negado a que el duelo se realizase
dentro aunque les facilitó todos los medios para que no tuviesen
necesidad de hacerlo.
Se cargaron las pistolas, se eligió terreno, se midió, se sortearon los
sitios. Por fin se le puso a cada uno una pistola en la mano. Mientras
duraron todas estas operaciones Tristán estaba más que grave, ceñudo. El
marquesito sonreía. Cuando le entregaron la pistola y le invitaron a
ponerse en guardia todavía se dibujó una sonrisa en sus labios, pero
aquella sonrisa expresaba una mezcla de sorpresa y confusión. En
realidad Nanín se sentía sorprendido y avergonzado de hallarse en una
situación que dado su carácter pacífico y bondadoso ni remotamente pudo
prever.
--¡Prevenidos!--gritó uno de los testigos. Y dio tres palmadas...
Los dos tiros sonaron casi simultáneamente sin hacer blanco. Tristán no
pudo reprimir un imperceptible gesto de sorpresa. Ya contaba con que las
pistolas no estarían montadas al pelo, pero no sospechó que estuvieran
tan duras, y _dio gatillazo_ como dicen los tiradores. Se cargaron
nuevamente, tomó cada uno la suya y el mismo testigo gritó:
--¡Avanzar!
Pero antes de hacerlo González de la Riva se acercó velozmente a la
línea de los combatientes y dijo con su voz recia de orador tribunicio:
--Señores: Sean cuales fueren los motivos que a este penoso trance han
conducido a los caballeros que tenemos la honra de apadrinar ya no puede
ofrecer la menor duda que el honor de ambos ha quedado plenamente
satisfecho, limpio de toda mácula, puro y diáfano como un día
esplendoroso de sol. El valor, la serenidad, la perfecta hidalguía de
que han dado gallarda muestra lo atestiguan mejor que pueden hacerlo mis
humildes palabras. Inútil y temerario y contrario a todas las leyes de
humanidad sería que prosiguiesen dando iguales pruebas. Nada añadiría ya
a su acabada caballerosidad, quitando mucho a su prudencia y a sus
sentimientos humanitarios. ¡Ah señores! el hombre no es una fiera de los
bosques a quien enardece en vez de calmar la sangre de su enemigo y
lucha con él hasta destrozarlo y no queda satisfecha hasta que le
arranca sus entrañas palpitantes. El sol de la inteligencia resplandece
en nuestro cerebro, el rayo del amor penetra en nuestro corazón. Somos
hombres, estamos sellados por la naturaleza como reyes de la creación y
nuestros actos deben responder a esta sagrada rúbrica. ¿Queréis por una
triste y mentida susceptibilidad arrancaros de la cabeza la corona
insignia de vuestra majestad, despojaros del manto de púrpura que señala
vuestra grandeza? ¿Queréis que habiendo nacido hombres envidiemos la
condición de las fieras? Lejos de mi ánimo el suponerlo. Yo sé que
vuestro corazón es demasiado noble para albergar los instintos
sanguinarios de la bestia feroz, yo sé que este mismo corazón os dice en
este mismo momento que habiéndoos portado como valientes es hora de
mostraros generosos... ¡Basta ya, señores! ¡basta ya! Dad la
satisfacción a vuestros amigos de depositar en el suelo esas armas y
estrecharos la mano como lo que sois, como hombres de honor, como claros
y perfectos caballeros.
Hablaba acompañándose con la acción desenvuelta y elegante del orador
encanecido en las lides parlamentarias, ahuecando la voz y haciéndola
temblar por momentos lo mismo que cuando trataba de hacer pasar un
proyecto de ley que la mayoría se obstinaba en rechazar.
Cuando terminó, Tristán, que le escuchaba sin pestañear, volvió la
cabeza con desdeñosa indiferencia y avanzó los cinco pasos que le habían
señalado. Nanín hizo lo mismo. El testigo volvió a dar las palmadas
convenidas. Los dos tiros partieron. Entonces se vio al marquesito
soltar la pistola, llevarse ambas manos al pecho, sonreír de un modo
doloroso y dando media vuelta desplomarse de bruces sobre la tierra con
un ruido sordo que heló la sangre de los circunstantes.
Los dos médicos se precipitaron a su socorro. Desgraciadamente se
cercioraron en seguida de que estaba muerto. Con una intensa emoción
pintada en los semblantes cambiáronse algunas palabras y Tristán,
acompañado de sus amigos, entró apresuradamente en la finca y volvió a
salir por la puerta enrejada, subiendo al coche que les aguardaba.
XXI
LA MALDICIÓN
Poco antes de la hora de comer Clara recibió una carta suya
previniéndole que no le esperase, que comía con unos amigos y no
volvería a casa hasta la hora de costumbre. No le sorprendió porque
alguna vez lo había hecho, aunque muy rara. Pero sí quedó admirada de
que hallándose aún en el comedor se presentase Escudero. Después de los
saludos y de algunas palabras indiferentes, el tío de Tristán le
manifestó, con emoción mal disimulada, que su sobrino había tenido un
lance de honor aquella tarde y que había herido a su adversario. Para
evitarse molestias y para sustraerse a la curiosidad de sus amigos había
resuelto dormir aquella noche en casa de sus tíos, adonde podía ir ella
también si gustaba.
Clara quedó yerta y preguntó sabiendo ya de antemano la respuesta:
--¿Con quién fue el lance?
--Con el marqués del Lago.
Se puso pálida y permaneció un instante pensativa.
--No le ha herido, le ha matado, ¿verdad?
Don Ramón bajó la cabeza sin contestar.
Ambos quedaron silenciosos. Al cabo Clara, alzando la frente, dijo con
resolución:
--Vamos allá. Voy a ponerme otra ropa y a prevenir a la niñera.