un poco de compasión. Ya sé que no la merezco, pero hay momentos en que
una gota de compasión puede detener a la muerte, puede salvar un alma
del infierno... Yo te lo pido, Clara, yo te lo imploro por la memoria de
tu madre.
Clara se acercó más a ella, volvió a entregarle su mano, que Elena besó
repetidas veces con transporte, y le dijo con dulzura:
--Sosiégate y habla sin desconfianza. No temas que ninguna palabra
ofensiva ni aun dura salga de mis labios. ¿A qué has venido hasta aquí?
¿Sabías que yo estaba?
--No; venía a suplicar a Visita que me dijese dónde se halla mi... dónde
se halla tu hermano.
Clara guardó silencio y quedó unos instantes pensativa, mientras que su
cuñada permanecía sentada con la cabeza inclinada al suelo y el pañuelo
en los ojos.
--Ni Visita ni yo podemos decírtelo. Estamos obligadas, si no por
juramento, al menos con promesa sagrada a guardar el secreto de su
retiro. Ya comprenderás que el revelártelo sería hacerle traición,
añadir un clavo más a su cruz.
--¡Lo comprendo, Clara, lo comprendo!--replicó la pobre mujer
sollozando--¡pero si supieras...! ¡si supieras...! Demasiado entiendo
que por la ley de Dios no merezco ser su esposa y por la de los hombres
no debo serlo ya... Sólo quería llegar hasta él y decirle ¡perdóname,
Germán! y morir a sus pies...
Clara la miró largamente con infinita tristeza y murmuró:
--¡Desgraciada Elena!
--¡Mucho más de lo que puedas figurarte! Mira mi semblante, Clara, mira
mi cuerpo deshecho; acuérdate de aquella Elena que jugaba y corría
contigo en el Sotillo cuya alegría decíais que era comunicativa,
acuérdate de aquella mujercita mimosa de quien tanto os burlabais que os
hacía rabiar y os hacía reír a un mismo tiempo. ¡Mírala ahora bien rota,
bien hundida en el fango! Acuérdate también, Clara mía, de lo que la has
querido. ¿Cómo es posible que me odies a mí que te quiero tanto, a mí
que te miro y te he mirado siempre como un ángel bajado del cielo?
--Yo no te odio, Elena... pero amo a mi hermano como hermano y como
padre.
--Tienes razón. Despreciadme, maldecidme. Hice traición al mejor de los
hombres. No merezco pisar la tierra que vosotros pisáis... Adiós,
Clara--añadió levantándose--. No tengo más que un medio de pagaros la
ofensa que os he hecho... ¡Rogad a Dios por mí!
Y dio precipitadamente algunos pasos hacia la puerta. Clara corrió a
ella y la detuvo por la mano.
--¿Adónde vas, criatura?
La arrastró de nuevo hasta la butaca y volvió a sentarla. Luego
permaneció frente a ella inmóvil como una estatua, sumida en profunda
meditación. Elena, sin levantar los ojos, sentía sin embargo su mirada,
adivinaba los contrarios pensamientos que luchaban en su mente y su
corazón latía dentro del pecho hasta dejarse oír.
--Está bien--dijo al cabo la hermana de Reynoso con voz grave--. Mi
conciencia me dice que por encima de todas las consideraciones y de
todas las promesas está la ley de la caridad. Yo no puedo consentir que
realices lo que me has dejado adivinar. Sabrás dónde está tu marido.
Elena dio un salto y se arrojó sobre ella estrechándola, estrujándola
mejor dicho contra su pecho como si quisiera asfixiarla, cubriéndola al
mismo tiempo el rostro de sonoros besos. Luego se dejó caer de rodillas
e intentó besarle los pies, pero Clara la alzó entre sus brazos
vigorosos y la sentó a la fuerza de nuevo. Después cogiendo una silla
vino a sentarse a su lado, y tomándole una mano le dijo con voz que
temblaba ligeramente:
--No eres tú sola desgraciada, Elena. Yo también lo soy.
--¿Tú?--exclamó aquélla alzando la cabeza y mirándola con estupor.
--Sí, hace dos días que me encuentro en esta casa porque me he visto
obligada a huir de mi marido.
Y le narró con sencillez y concisión su vida desdichada en los últimos
tiempos y el suceso increíble que había dado origen a la separación.
Elena volvió a besarla con transporte y alzando los ojos al cielo
exclamó:
--¡Oh, Dios! Los malos merecemos ser desgraciados, pero los buenos ¿por
qué también lo son?
Ambas guardaron silencio.
--¿Le amas todavía?--preguntole dulcemente al oído.
--No--respondió Clara secamente--. Ese hombre ha ido arrancando una a
una las raíces que tenía en mi corazón. El último tirón le ha separado
por completo.
--Entonces, huye.
--Sí, hoy mismo pienso marchar a reunirme con mi hermano. Mañana irás
tú. Yo prepararé su ánimo para recibirte.
Elena guardó silencio y una arruga dolorosa surcó su frentecita de
estatua.
--Perdona, Clara--dijo al fin tímidamente--. Si debiese mi perdón a tus
súplicas nunca podría creer en él y mi existencia sería un continuo
tormento.
--Tienes razón--respondió aquélla quedando un momento perpleja--. Marcha
tú esta tarde. Mañana saldré yo.
Después le dio cuenta del sitio donde se hallaba su hermano. Don Germán
Reynoso habitaba en aquel momento una aldea de Guipúzcoa llamada
Anzuola, próxima a Zumárraga. Saliendo aquella misma noche, por la
mañana temprano llegaría a este punto y de allí podría trasladarse a
Anzuola rápidamente. Era necesario preguntar por don Ricardo Vázquez, su
segundo nombre de pila y su segundo apellido, pues así se hacía llamar
desde que había salido de Madrid. Cuando hubieron convenido el asunto
del viaje, Clara salió un instante a prevenir a Visita de lo que
ocurría. No tardó en presentarse de nuevo con ésta. La ciega echó los
brazos al cuello a Elena y la besó con la misma efusión que antes.
Después, en las horas que siguieron hasta la de la partida, se mostró
tan jovial, tan charlatana, que en más de una ocasión logró que la
frente de Elena se desarrugase y una sonrisa contrajese sus labios. En
fin, hasta les cantó los _couplets_ de los _Pajaritos fritos_ y tocó el
_tango_ de las _Cacerolas_. Pero Elena no podía dominar un sentimiento
de vergüenza que se leía claramente en sus ojos. Particularmente cuando
se presentó Cirilo su confusión fue tan grande que Clara, advirtiéndola,
se apresuró a sacarla de la estancia y llevarla a su gabinete y allí la
dejó entretenida con el niño.
Se pasó recado al hotel de la Castellana para que enviasen el coche con
el equipaje y, después que hubieron comido, las tres mujeres se
dirigieron a la estación. Al despedirse de Cirilo le dijo Elena:
--Hazme el favor de pagar a los criados y cerrar la casa.
--¿Cerrar la casa?--exclamó aquél.
--Sí--replicó Elena rompiendo a llorar--. Yo no volveré ya más, suceda
lo que suceda.
Y se apresuró a montar en el coche. En el trayecto a la estación Visita
la besaba cariñosamente y le decía al oído:
--¡Ánimo, Elena! El corazón me dice que volverás a ser feliz.
En el momento de partir el tren Clara se abrazó a ella.
--¡Que Dios te proteja! Hasta pasado mañana.
--¡Hasta nunca, quizá!--murmuró Elena sepultándose en su berlina.
Se detuvo en Zumárraga toda la mañana, pues el tren no partía para
Anzuola hasta las tres de la tarde. Pasó aquellas horas en el
abatimiento y la indecisión. Cuando llegó el momento, sin embargo, salió
como un autómata de la fonda y subió al tren que en pocos minutos la
trasladó al fin de su viaje. La estación de Anzuola se halla bastante
alta en la falda de la montaña. Para bajar al pueblo hay un hermoso
camino, y Elena lo salvó con paso rápido. Es un lindo pueblecito situado
en el fondo de un valle, rodeado por todas partes de verdes montañas y
de árboles. Cuando llegó a las primeras casas, se encontraba tan
fatigada que se detuvo un instante para reposar. La primera tienda que
vio abierta era un estanquillo. Entró resueltamente, y dirigiéndose a
una mujer que cosía detrás del mostrador le preguntó:
--¿Conoce usted a don Ricardo Vázquez?
La mujer levantó la cabeza con sorpresa.
--¡Oh señora! Aquí todos conocen, sí, todos conocen bien a ese señor.
--¿Dónde vive?
La mujer se levantó de la silla, vino a la puerta y extendiendo el
brazo:
--¿No ve usted aquella casa donde hay un establecimiento de comestibles,
de donde sale aquel hombre ahora mismo? Pues allí es donde él está de
huésped... Pero si usted quiere verle no tardará en pasar por
aquí--añadió volviendo a su sitio--. Todas estas tardes va a ensayar a
los niños a la iglesia para la fiesta de la Virgen.
--¡Ah!
--Sí; mi chico, que también canta, se ha ido ya hace un rato y estará
jugando con los otros delante de la iglesia. Don Ricardo ha sido quien
le enseñó la música como a todos los demás.
--¿Es maestro de música?
--¡Oh, no señora!--exclamó la estanquera con un poco de enfado--. Don
Ricardo es un gran caballero. Si enseña la música a los niños es por
favor, por caridad como otras muchas caridades que hace. También ha
formado aquí eso que llaman _orfeón_. El pueblo ha cambiado mucho desde
que vino ese señor. Antes los hombres pasaban la noche en la taberna
malgastando su jornal y hablando cosas feas. Ahora se van después de
cenar al local de las Escuelas y allí se están cantando como unos
benditos toda la noche. Cuando los ve cansados don Ricardo les da un
cigarro, les entretiene un rato charlando y ya los tiene usted tan
contentos. ¡Oh, señora, qué bien cantan ya! Parece que está uno en el
cielo oyéndoles. Si usted se queda aquí, para el día de la Virgen los
oirá porque han de cantar por la tarde en la plaza.
Elena dijo que sí que se quedaría, pero temiendo que pasase por allí su
marido y que la estanquera le llamase se despidió de ésta. Iba hacia la
iglesia para ver el ensayo y hablar a don Ricardo cuando terminase. La
buena mujer le indicó el camino que había de seguir.
Delante del templo jugaba un enjambre de niños y niñas con ruidosa
algazara. Elena fue a sentarse algo más lejos en un banco de piedra,
procurando que un árbol la ocultase. Antes de un cuarto de hora de
espera vio llegar a su marido. El corazón le dio un terrible vuelco. Su
estatura elevada, su cuerpo fornido y la boina que le cubría la cabeza
le daban un aspecto completamente vasco. Elena observó con sorpresa que
no había envejecido poco ni mucho; ni una cana más; la misma o mayor
frescura en la tez; igual marcha decidida y ligera. ¡Qué diferencia con
ella, tan flaca, tan estropeada! En cuanto los chicos le divisaron
corrieron a rodearle como un bando de gorriones alborotadores. Don
Germán se sentó a descansar en uno de los bancos de piedra, charlando,
riendo con ellos. Sus carcajadas llegaban alegres, sonoras, como en otro
tiempo a los oídos de Elena, pero ahora sin saber por qué ¡ay! le
partían el corazón. Una zagalita de trece a catorce años de puro perfil
virginal y el moño de la cabeza apretado por un pañolito azul al estilo
del país se acercó a Reynoso y apoyó el brazo en su hombro con
encantadora familiaridad. Elena sintió la mordedura de los celos y le
clavó una mirada fulgurante capaz de reducirla a ceniza.
--Vamos, vamos, hijos, que ya se hace tarde--dijo el caballero
levantándose y entrando en la iglesia.
Poco después los siguió Elena, pero ya no vio a nadie. Sólo oía sus
voces allá en el coro. Paseó una mirada de angustia por el ámbito del
templo y, divisando en un altar una imagen de la Virgen, dio algunos
pasos y se prosternó delante de ella y oró con fervor.
--¿Estamos ya?--dijo Reynoso en voz alta.
Inmediatamente se dejó oír en el órgano el preludio de Bach que suele
servir de acompañamiento al _Ave María_ de Gounod. Y el coro de niños
entonó este canto admirable de amor y de dolor, de angustia y esperanza
al mismo tiempo.
--¡Suave, hijos míos! Dulcemente... ¡como un murmullo!--se oía decir a
Reynoso.
El obscuro recinto del templo se estremeció. Una ola de armonía celeste
llenó instantáneamente todo su ámbito llegando hasta los más tenebrosos
rincones. Elena se sintió enajenada. Se acordó de los días puros de su
infancia, se acordó de aquellas oraciones fervorosas que dirigía a la
Virgen antes de acostarse y volvió a murmurarlas con los labios
trémulos. ¡Oh! ¿por qué no había muerto entonces? ¡Pero morir ahora, con
el alma ennegrecida, después de haber engañado vilmente al ser que más
la había querido en este mundo! ¡No, no, por Dios!
--¡Fuerte, fuerte, hijos míos! ¡Echad vuestra alma por la boca!
¡Morir ahora con la maldición de Dios y la de su marido! ¿Quién iría a
poner una flor sobre su tumba? ¿Quién no miraría con horror la tumba de
una pérfida mujer, de una suicida?
--¡María! ¡María!--clamaba el coro angélico haciendo vibrar el aire con
aquel grito anhelante.
--¡Madre, madre, sálvame...! ¡Madre, escúchame!--sollozaba Elena con la
frente apoyada en el altar de la Virgen, mientras apretaba con mano
crispada el pomo fatal que guardaba en el pecho.
El templo quedó otra vez en silencio. Cuando Elena volvió de su éxtasis
observó que el pelotón de niños salía por la puerta rodeando como antes
a su marido. También ella salió, pero no podía andar; los pies le
pesaban como si fuesen de plomo. Dejose caer sobre uno de los bancos del
pórtico y allí aguardó un rato. Estaba ya obscureciendo. Levantose al
fin y con paso vacilante se dirigió por la única calle del pueblo hasta
la casa que le habían designado. La tienda estaba iluminada por una
menguada lámpara de petróleo. Una mujer de media edad, gruesa, de
fisonomía simpática, vestida de negro y ataviada la cabeza con el
característico pañuelo de seda, escribía en un libro viejo de comercio
sobre el mostrador.
--¿Don Ricardo Vázquez?
La mujer alzó la frente y clavó en Elena una larga mirada escrutadora.
--Aquí vive, si señora--respondió con esa gravedad peculiar de la raza
vasca.
--Desearía verle.
La mujer volvió a mirar con insistencia desconcertante a la viajera y
después de una pausa dijo:
--Bueno... iré a prevenirle... ¿A quién debo anunciar?
--No anuncie usted a nadie: quiero darle una sorpresa.
Entonces el semblante de la tendera reflejó la sorpresa, la duda y la
alegría al mismo tiempo.
--¿Sería usted por ventura, señorita, su hermana, la hermana de quien
tantas veces nos habla?
Elena vaciló un instante, pero respondió al fin:
--Sí; yo soy.
--¡Oh señorita!--exclamó la buena mujer viniendo hacia ella con el
rostro iluminado de placer--. ¡Cuánto se va a alegrar! No sabe usted lo
que la quiere. Siempre la tiene en los labios y yo creo que la tiene a
usted más guardada todavía en el corazón... Si es usted tan buenaza como
él, todos daremos gracias a Dios de verla por aquí. En el pueblo no hay
nadie que no le quiera ya, porque es un caballero de lo mejor, llano,
caritativo, amigo de los pobres... Al principio de venir, como no se le
conocía, corrieron algunas voces sobre si era esto o lo otro...
habladurías de gente necia, ¿sabe usted, señorita? Pero el señor vicario
nos dijo que cuidado con hablar una palabra de este señor porque era un
santo...
--¡Sí que lo es!--murmuró Elena con voz temblorosa.
--Se le puede tener por la mitad del dinero que a otro. Nunca se queja,
a nadie causa molestia: a veces por no llamar él mismo viene abajo a
buscar a la cocina lo que le hace falta. En fin, no se le siente en la
casa y por lo mismo todos andamos de coronilla para servirle.
--Estará triste, ¿verdad...? Ha tenido algunas pérdidas de fortuna...
--¿Triste? En los diez meses que lleva en esta casa todavía no le hemos
visto un día triste. Cuando no está arriba tocando el piano, está aquí
jugando con los niños. No se conoce, no, señorita, que haya tenido
pérdidas.
Elena sintió que flaqueaba su valor.
--Con permiso de usted voy a subir... ¿Dónde está la escalera?
La buena mujer la condujo hasta el primer peldaño de una escalerita
estrecha y obscura. Subió casi a tientas por ella. Cuando ya estaba a la
mitad llegaron a sus oídos los acordes solemnes, penetrantes, de la
_novena sinfonía_. Se agarró con ambas manos a la barandilla para no
caer. Al fin hizo un esfuerzo supremo y subió los últimos peldaños.
Entró en una salita modestísimamente amueblada. El piano sonaba más allá
en un gabinete cuya puerta estaba entreabierta. Atravesó la sala y miró
por la rendija. Su marido tocaba vuelto de espaldas a la puerta. Elena
permaneció inmóvil algunos instantes y sintiendo que sus piernas
flaqueaban y que iba a caer, apretó convulsivamente el frasco que
llevaba y se aventuró a decir:
--¡Germán!
Pero la voz no salió apenas de su garganta. Reynoso no la oyó. Entonces
atacada de súbita energía abrió de par en par la puerta y volvió a decir
reciamente:
--¡Germán!
Reynoso dio un salto en su taburete y quedó en pie frente a ella. Una
intensa palidez cubrió su rostro; pero inmediatamente brilló en él la
cordial, la amable sonrisa de siempre y dio algunos pasos hacia ella
con las manos extendidas.
--¡Bien venida seas, Elena, bien venida, bien venida!
La esposa infiel dio un grito y desplomándose cayó a sus pies sin
sentido. Aquel recibimiento inesperado la hirió como un rayo. Don Germán
se apresuró a levantarla, la colocó sobre un sofá y con una toalla
mojada roció sus sienes. Luego le hizo oler un frasco de esencia. Elena
tardó poco en abrir los ojos. Se apoderó de las manos de su marido y
exclamó con voz apenas perceptible:
--¡Jamás, jamás le he querido...! ¡Jamás, jamás he dejado de quererte a
ti...! Un capricho infame...
--¡Calla, Elena! En ti no caben los caprichos infames porque estás
amasada con la pasta de los ángeles... Sintieron que tu corazón era
inexpugnable y atacaron tu cerebro, que es más débil, pobre Elena...
--Gracias... bendito seas... ¡bendito seas por toda la eternidad...! ¿Me
perdonas?
--Si no te hubiera perdonado, hace ya mucho tiempo que estaría muerto.
¿Cómo es posible vivir con un odio en el corazón?
--¡Ya no quiero, ya no pido más!--exclamó la infeliz mujer
incorporándose y secándose los ojos--. Déjame marchar. Ahora ya puedo
morir tranquila en cualquier rincón del mundo. Déjame marchar. Mi
presencia te deshonra.
Al decir esto se puso en pie, pero Reynoso la retuvo por una mano y la
obligó a sentarse.
--No, no marcharás. Una mano invisible y todopoderosa te ha traído de
nuevo a mis brazos. Acepto ese don como los acepto todos. Hoy era feliz;
mañana lo seré también porque ¡nadie, nadie en este mundo puede hacerme
ya desgraciado! Nunca te ha dejado mi corazón, Elena. Mi mente te ha
hecho vivir siempre conmigo tal como eres realmente en el fondo del
alma, como serías también en la apariencia si no te hubieran arrastrado
en un momento de desmayo las fuerzas infernales y misteriosas que aún
palpitan en los obscuros rincones de nuestra naturaleza... Escucha:
Allá, lejos, muy lejos, en el fondo de América, detrás de los Andes,
conozco un valle tibio y risueño como un nido de amor. Un cielo siempre
azul se extiende sobre él. El soplo de la brisa que llega del mar
inclina la copa de los árboles y levanta un rumor más grato que ninguna
música humana; los pájaros cantan; las flores exhalan de sus cálices
perfumes embriagadores; el espíritu de Dios flota sobre el ambiente. En
aquel valle la planta soberbia del hombre aún no ha dejado mucha huella.
Allí correremos a refugiar nuestra dicha, lejos de este mundo que se
llama cristiano y cubre de ignominia al que perdona. Allí viviremos el
uno para el otro. Si no quieres ser mi esposa serás mi hija, serás mi
hermana...
--¡Tu esposa hasta la muerte y más allá de la muerte!--exclamó Elena
echándole los brazos al cuello anegada en llanto.
--Allí comenzaremos de nuevo la vida. Alzaremos una casita blanca con
ventanas verdes. Vivirás rodeada de flores y yo de pájaros. Por la
mañana te llevaré hasta la playa y revolverás sus arenas y recogerás
preciosas conchas. Nos sentaremos sobre una roca y contemplaremos
silenciosos aquellas olas azules que llegarán de lejos a mirarse en tus
ojos y a besar tus pies. Al pie de una fuente clara tu cabeza reposará
por las tardes sobre mi hombro, y el aire de la montaña, cargado de
aromas, jugará otra vez con esos bucles de oro...
--¡Calla, calla...! Es demasiada felicidad. ¡Yo me ahogo!
--Aún quedan para ti días de sol en la vida, Elena mía. Para mí nunca ha
dejado de lucir, porque lo llevo en el corazón. Huyamos, huyamos hacia
la dicha.
--¡Sí, sí, huyamos!--exclamó Elena apretando sus labios con frenesí
contra los de su esposo.
Pero repentinamente quedó inmóvil con los ojos extáticos.
--¿Y Clara que llega mañana?
--¿Clara?--preguntó Reynoso en el colmo de la sorpresa.
Entonces su esposa le dio cuenta de la desgracia que sobre aquélla
pesaba y de la firme resolución que había manifestado de alejarse para
siempre de su marido. Reynoso nada sabía de sus disgustos domésticos,
porque jamás le hablaba de ellos en sus cartas. Sólo tenía conocimiento
de la muerte desastrosa del marquesito del Lago. Quedose pensativo y una
lágrima silenciosa rodó por sus tostadas mejillas.
--¡Pobre Clara!--murmuró--. Merecía ser feliz. Un destino fatal encadenó
su vida a la de ese desdichado, víctima de su temperamento, víctima
también de su egoísmo y de su orgullo... Está bien--añadió al cabo
serenándose--. Mañana llega Clara, pasado saldremos todos para el Havre
y dentro de tres días navegaremos en alta mar respirando el aire de la
libertad y de la dicha. Dios, al devolverme una esposa y una hermana, me
da también un niño a quien amar, un niño que será hijo de los tres y que
endulzará nuestras horas con sus juegos y su risa. Aún pueden lucir para
Clara también días de sol si sabe resignarse... la más alta sabiduría
que podemos alcanzar los mortales sobre la tierra.
--Los tres te deberemos nuestra felicidad. Donde tú respiras, la
atmósfera se llena de nobles y puros sentimientos. Eres, esposo mío, la
imagen de Dios sobre la tierra, todo bondad, todo misericordia.
Guardaron ambos silencio y se miraron largamente a los ojos paladeando
la dicha intensa de los primeros días de su matrimonio. Después de una
pausa prolongada Elena sacó el frasco de veneno que llevaba en el pecho
y sonriendo ruborizada:
--Mira--le dijo--. Si me hubieras arrojado de aquí, cuando salieses
encontrarías detrás de esa puerta un cadáver.
--¡Eso nunca!--exclamó Reynoso apoderándose vivamente del pomo y
arrojándolo al suelo--. ¿Me he suicidado yo cuando vi el cielo
desplomarse sobre mí? El cielo se desplomó sobre mí, es cierto, pero yo
me abracé a él y... ya lo ves, me he salvado.
FIN
* * *
OBRAS DE PALACIO VALDÉS
4 PESETAS TOMO
EL SEÑORITO OCTAVIO, un tomo.
MARTA Y MARÍA, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco, al
ruso y al tcheque.
EL IDILIO DE UN ENFERMO, un tomo. Traducido al francés y al tcheque.
AGUAS FUERTES (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francés, al
inglés, al alemán, al holandés, al sueco y al tcheque. Edición española
con notas y vocabulario en inglés.
JOSÉ, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés,
al sueco, al tcheque y al portugués. Edición española con notas en
inglés para el estudio del español en Inglaterra y E. U. A.
RIVERITA, un tomo. Traducida al francés.
MAXIMINA (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al inglés.
EL CUARTO PODER, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al holandés.
LA HERMANA SAN SULPICIO, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al
holandés, al ruso, al sueco y al italiano.
LA ESPUMA, un tomo. Traducida al inglés.
LA FE, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al alemán.
EL MAESTRANTE, un tomo. Traducida al francés y al inglés.
EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO, un tomo. Traducida al francés y al inglés.
LOS MAJOS DE CÁDIZ, un tomo. Traducida al francés y al holandés.
LA ALEGRÍA DEL CAPITÁN RIBOT, un tomo. Traducida al francés, al inglés,
al sueco y al holandés. Edición española con notas y vocabulario en inglés.
LA ALDEA PERDIDA, un tomo.
TRISTÁN O EL PESIMISMO, un tomo. Traducida al inglés.
SEMBLANZAS LITERARIAS _(Los oradores del Ateneo, Los novelistas
españoles, Nuevo viaje al Parnaso),_ un tomo.
PAPELES DEL DOCTOR ANGÉLICO, un tomo. Traducidos al alemán.
AÑOS DE JUVENTUD DEL DOCTOR ANGÉLICO, un tomo.
LA NOVELA DE UN NOVELISTA. Un tomo, 5 pesetas.
End of Project Gutenberg's Tristán o el pesimismo, by Armando Palacio Valdés