con sus tiernas manecitas las orejas del Fidel. Eran los grandes
placeres de la gentil hermana de Reynoso, casi puede decirse los únicos.
Desde el grave disgusto que aquél había sufrido y su marcha repentina,
apenas había vuelto al teatro por temor de encontrarse con Elena; no
asistía a ninguna tertulia, ni había tomado en manos la escopeta para
cazar. El verano lo habían pasado en Santander. Además, a pesar de las
instancias de Tristán, que no veía ya la necesidad, persistía en
amamantar a su hijo y se empeñaba en hacerlo hasta que cumpliese los
veinte meses. Esto la sujetaba mucho a la casa, pero nada le costaba.
Sentía tal voluptuosidad penetrante teniendo a su hijo colgado a sus
pechos, mirándola con ojos graves, acariciándole la cara con su manecita
mientras saciaba ávidamente el apetito, que no cambiaría aquellos
momentos por todos los goces de la tierra. ¿Por ventura se refugiaría la
joven esposa en el amor maternal con tanto ímpetu para consolarse de
algunas decepciones conyugales? No es fácil decirlo. Seguía tan
enamorada de su marido como el primer día de casada; pero Tristán no
había respondido a sus anhelos de dicha y amor. No es que se mostrase
con ella despegado; al contrario, ordinariamente más que marido era un
amante fogoso y rendido, pero las desigualdades y suspicacias de su
genio la hacían sufrir bastante. No había instante seguro con él. En
medio de una expansión placentera, cuando fluían de la boca de ambos
alegres carcajadas, de pronto aparecía una arruga en su frente, quedaba
repentinamente grave, luego sombrío y comenzaba a pensar y hablar de las
desgracias que en pos de tales alegrías le podía aportar el Destino. ¡Si
se muriese aquel niño! ¡Si Clara se quedase ciega como Visita! ¡Si él se
arruinase y quedasen en la miseria sujetos a pedir limosna! ¡Si
cualquiera de los dos enfermase y se viese obligado a permanecer en la
cama paralítico como tal o cual persona de su conocimiento! La vida
nunca trae consigo más que sorpresas desagradables. La vida es
esencialmente instabilidad y dolor. ¿Cómo es posible pensar en la
alegría y la paz aquí donde nada permanece, donde todo está sujeto a un
cambio irresistible? Y se lanzaba inmediatamente al análisis y a la
exposición de los dolores del mundo dejando a la pobre Clara con el
corazón apretado y ganas de llorar. La pobre mujer estaba harta ya de
las verdades santas del budhismo, de la verdad santa sobre el dolor. «El
nacimiento es dolor, la vejez es dolor, la enfermedad es dolor, la
muerte es dolor, la unión con lo que no se ama es dolor, la separación
de lo que se ama es dolor», etc.
«Pero Tristán--le decía ella cuando ya no podía más--, el temor de las
desgracias multiplica nuestro sufrimiento. Yo creo que ese temor nos
hace padecer aún más que la misma desgracia cuando llega. En la vida hay
muchos disgustos, es cierto, pero entre unos y otros Dios nos concede
algún respiro y si lo aprovechásemos para ser felices, para vivir
alegres, acaso las calamidades nos hallaran más fuertes y pudiéramos
soportarlas mejor y sabríamos cuando llega la ocasión mostrarnos
valerosos como mi hermano, que no ha sido ante su desgracia ni un
cobarde ni una fiera.»
Clara estaba orgullosa de su hermano. Este orgullo inspiraba celos a
Tristán, que se sentía humillado. Aunque tenía la consideración de no
contradecir estas expansiones del cariño fraternal guardaba, cuando
estallaban, un silencio desdeñoso, y este silencio hería a su vez a
Clara.
Se hallaba, pues, ésta jugando con su niño como se ha dicho cuando
apareció el criado anunciándole que había a la puerta un caballero que
deseaba visitar a los señores.
--¿No le has dicho que el señorito ha salido?
--Sí señora, pero me ha dicho que estando la señora es igual.
--¿No te ha dado su tarjeta?
--No señora.
Clara vaciló un instante, pero al cabo dijo alzando los hombros:
--Está bien; pásalo al salón.
Y entregando su hijo a la niñera fuese a ver quién era el visitante.
Cuando puso el pie en el salón una ola de rubor subió a sus mejillas. En
medio de él, grande, colosal, más colosal aún que antes, se hallaba el
marquesito del Lago. Este se puso también fuertemente colorado al verla.
Se saludaron afectuosamente, pero ambos extremadamente embarazados.
Clara pensaba en los celos tan infundados, tan pueriles que Tristán
sentía de aquel chico. El marquesito no podía menos de recordar la
escena del día de la boda, cuando un poco ebrio había soltado algunas
palabras inconvenientes delante de un corro de señoras. Sin embargo, no
tardaron en recobrar su aplomo. Nanín era el mismo niño grande, un poco
más grande, un poco más moreno. Su mamá le había tenido cerrado aquellos
dos años en una finca enorme, solitaria, de la provincia de Badajoz, sin
salir más que una que otra vez a la capital en tiempo de ferias o
cuando algún negocio lo requería. Pero al fin le había dejado venir a
Madrid para asistir al matrimonio de un primo hermano suyo y aquí estaba
desde hacía cuatro días.
--No se habrá usted aburrido mucho, sin embargo, porque me han dicho que
por allí hay caza abundante.
¡Oh, Dios mío! ¿Caza? Cuanta se quería y de todas clases, mayor y menor.
Inmediatamente el marquesito, puesto ya en el disparadero, se lanzó a
una serie interminable de descripciones cinegéticas, de aventuras
maravillosas, de lucha espantable con los jabalíes. En todo cazador por
honrado que sea dormita siempre un embustero. Cuando despierta cuesta
trabajo dormirle. Clara lo sabía, pero así y todo se hallaba arrobada
escuchándole. La boca se le hacía agua viendo desfilar por delante de su
vista aquellas legiones de perdices, aquellos ejércitos innumerables de
conejos, aquellos venados corredores y jabalíes feroces. ¡Ay! ella no
había tenido el gusto de tirar a un jabalí. ¡Cuánto apetecía encontrarse
frente a uno!
--¿Sí? Pues no tiene usted más que venirse a pasar unos días con
nosotros y yo le haré matar una docena de ellos. ¡Poco gusto que le
daría a mamá verles a ustedes por allá!
--¿Pero, Nanín, no sabe usted que tengo un niño y que le estoy
criando?--exclamó ella riendo.
--¿Y eso qué importa? Se lleva al niño y la servidumbre que ustedes
necesiten. Tenemos casa para alojar dos familias numerosas... ¿Y dónde
está ese niño? Quiero verle--añadió con su franqueza y aturdimiento
habituales.
Clara hizo traer a su hijo. El marquesito le alzó entre sus manos de
gigante y le zarandeó un rato con no poca alegría del infante, que
soltaba carcajadas y se agarraba a sus orejas con igual confianza que a
las de Fidel. Entre aquellos dos niños el uno grande y el otro chico
nació súbitamente una tierna simpatía. Cuando la niñera quiso tomarle de
nuevo en brazos Paquito se resistió fuertemente, persistiendo en
agarrarse al cuello del marqués, que entusiasmado con tal preferencia
no cesaba de acariciarle y divertirle con todo el repertorio de sus
payasadas.
--Este niño tiene que ser un gran cazador. ¡Mire usted qué manos, Clara!
Verá usted... es capaz de alzar una silla en peso.
Y le hacía coger con sus manecitas una silla y le alzaba con ella sin
que el chico la soltase.
--¿No lo decía yo? Bastaba ver estas muñecas. ¡Tan fuerte como su mamá!
En cuanto pueda coger una escopeta me lo llevo a la dehesa. Ya verá
usted qué buena cuenta da de las perdices.
--¡No, no, me lo va usted a fatigar demasiado!--respondió riendo la
mamá, entusiasmada por la perspectiva de ver a su hijo hecho un hombre y
en traje de cazador.
--¡Qué se ha de cansar! Le montaremos a caballo. Además allí no se
necesita andar mucho para hallar las perdices. Desde el balcón de mi
cuarto las veo muchas mañanas.
--¡Oh, qué gusto! ¡Qué bien estaría yo allí!
--Si viviera usted allí, mientras el niño echaba un sueñecito podía
disparar media docena de tiros y traerse en el morral otras tantas
perdices.
El marquesito seguía fantaseando, pero esto le hacía gozar. Clara
también hallaba deleite en aquellas exageraciones convenidas ya entre
cazadores. Así se estuvo un largo rato de visita, alternando las
narraciones cinegéticas con los juegos de Paquito que a cada instante
hallaba más de su gusto el nuevo camarada que le había salido. Al cabo
se despidió con no poco pesar del chiquillo, a quien dejó llorando.
Clara también había pasado un rato agradable. Hacía ya tiempo que nadie
le hablaba de caza y sintió renacer dentro de sí aquella antigua afición
que la dominaba. Pero cuando el criado cerró la puerta, cuando oyó al
marquesito gritar aún desde la escalera: «Muchos recuerdos a Tristán:
dígale usted que ya le veré uno de estos días», entonces nació
repentinamente en su alma una inquietud. ¿Cómo tomaría su marido aquella
visita? Dados sus celos rabiosos por aquel chico que tantos disgustos
le habían costado, no podía menos de producirle un efecto desagradable.
Entonces le pesó fuertemente de haberlo recibido. Pasó toda la tarde
preocupada. A medida que el tiempo transcurría y se acercaba la hora en
que Tristán solía regresar a casa su inquietud fue en aumento. No era
una mujer nerviosa y fantástica, pero conocía ya bastante bien y a sus
expensas el temperamento de su marido, para quien los granos de arena
eran montañas y los céfiros violentos huracanes. Recordaba con terror su
triste noche de novios y temblaba ante la idea de que se repitiesen
aquellas escenas de desesperación y de lágrimas. Felizmente, hacía ya
tiempo que Tristán no se mostraba celoso sino por fugaces intervalos. Si
en la calle, en los tranvías o en los teatros la miraba demasiado algún
hombre solía disgustarse y aun enfurecerse, pero todo aquello pasaba
pronto con la ocasión que lo producía. Su vida retirada, el poco o
ningún trato que últimamente tenían y sobre todo el carácter de Clara
serio, tranquilo, sin asomo de coquetería habían concluido por
infundirle sosiego sobre este asunto. Además, otros celos eran los que
desde hacía tiempo embargaban su espíritu, los celos del oficio. Cada
día se sumergía más y más en esa llamada vida literaria que consiste en
maldecir de sus compañeros y vivir constantemente preocupado de lo que
hacen. Las rivalidades, las intrigas, las minucias y ruindades de esta
vida mantenían su espíritu en un estado de tensión dolorosa y en sus
quebrantos y decepciones hallaba siempre la confirmación de sus teorías
filosóficas.--«¡Oh, la vida!»--exclamaba cuando algún crítico no
encontraba bonitos sus versos.--«¡Oh, la vida!»--cuando veía aplaudir la
obra (estúpida por supuesto) de uno de sus amigos.
Cuando llegó a casa venía de un humor extremadamente sombrío. Clara, que
iba a comunicarle la visita que había tenido, se sintió tan cohibida,
tan paralizada al ver su rostro contraído que no se atrevió a hacerlo.
--¿Qué te pasa? ¿qué es lo que tienes?
Tristán se encogió de hombros sin responder, dio unos cuantos paseos por
la estancia y al cabo como si hablara consigo mismo, más que
dirigiéndose a su mujer:
--Nada, que jamás, ¡jamás! puede uno convencerse de todas veras de que
los desengaños y sinsabores particulares de cada uno no son una
excepción, y que la tristeza es la ley general de la vida.
Luego siguió paseando sin pararse a hacer una caricia a su hijo.
Efectivamente, Tristán había sufrido aquella tarde uno de los mayores
desengaños de su vida, y eso que ésta, a lo que él decía, no había sido
otra cosa que una serie interminable de ellos. Su fraternal, su abnegado
amigo García era un traidor como todos los demás. Lo había averiguado
del modo siguiente: Iba paseando por una de las avenidas solitarias del
Retiro cuando acertó a ver delante de sí y por la espalda dos figuras
que le parecieron conocidas. Se acercó un poco más y se cercioró de que
una de ellas era la del gran dramaturgo y su enemigo mortal Estévanez.
¿Por qué era su enemigo mortal Estévanez? Tristán lo demostraba por
medio de una serie de razonamientos que no a todos convencían. Sin
embargo, él cada día parecía más persuadido y cada día le dedicaba mayor
odio. Es más, suponía que después de haber inspirado el artículo de
_Leporello_ en _El Universal_ que tanto le había herido, después de
haber influido para que retirasen prematuramente su drama del cartel,
todavía se empleaba villanamente en perseguirle y desacreditarle. No
había insinuación en los artículos literarios de los periódicos que
pudiera perjudicarle en que no viese la mano de Estévanez, no llegaba a
sus oídos ninguna frase mortificante de la cual no le atribuyese la
paternidad.
Acercose un poco más y vio con sorpresa y horror que la persona que le
acompañaba era ni más ni menos que su amigo García. Sintió un frío
extraño en el corazón, el frío que nos causan las grandes decepciones de
la vida. Disimuladamente, ocultándose detrás de los setos y de los
árboles los siguió largo rato. Observó que se hablaban con franqueza y
animación, que García se mostraba con el célebre literato lleno de
deferencia y que éste a su vez le pagaba otorgándole una confianza
afectuosa. Acercose todavía por ver si podía escuchar algo de su
conversación; percibió algunas palabras sueltas, pues hablaban en voz
alta, y al cabo de unos instantes creyó oír distintamente la siguiente
frase en boca de García: «El pobre Tristán, aunque se cree un gran
poeta, no pasa de ser una medianía.» Esta frase jamás fue pronunciada
por el buen García, ni era posible, pero Tristán la oyó claramente. Es
un fenómeno de autosugestión que casi todos hemos podido comprobar
alguna vez. Cuando nos hallamos temerosos o profundamente convencidos de
que se ha de decir una cosa, llevamos mucho adelantado para oírla aunque
no se diga.
Una rabia insensata le mordió en las entrañas. De buena gana les hubiera
tocado en la espalda para decirles: «¡Aquí estoy yo!» y estuvo a punto
de hacerlo, pero se contuvo. Dio la vuelta con presteza y se puso a
marchar agitadamente por los caminos más solitarios del parque, presa de
una violenta cólera.
--¡Miserable...! ¡traidor...! ¡granuja...! ¡Después de lo que yo he
hecho por él!
Iba murmurando por intervalos estas y otras frases por el estilo.
Recordaba los favores que había hecho a García sin pensar, por supuesto,
en los que éste le había hecho a él. Al cabo de algún tiempo de dar
vueltas y más vueltas sin saber por dónde andaba, con el cerebro
encendido y el cuerpo convulso, al atravesar por uno de los parajes más
recónditos del parque oyó detrás de un seto la voz y la risa de persona
conocida. Asomó la cabeza por encima del follaje y pudo ver a sus amigos
Cirilo y Visita sentados en un banco. El paralítico leía por un libro;
la ciega escuchaba y a menudo interrumpían la lectura para reír y
comentar con admiración los pasajes que más les agradaban. Aquella
simple y tranquila felicidad hirió a Tristán como una bofetada en tal
momento. Los contempló con ojos cargados de desdén y de cólera y al fin
se alejó murmurando:--«¡Qué par de imbéciles!»
--¿Pero qué te ha ocurrido?--volvió a preguntarle su mujer.
--Nada, hija mía, que hoy se me ha caído la venda de los ojos. El
amiguito García, ese desdichado a quien sólo por compasión admitía en mi
casa, me estaba arrancando esta tarde la piel de lo lindo con mi otro
amigo Estévanez.
Hay que advertir que Tristán sentía particular predilección por esta
metáfora de la venda y que solía emplearla con bastante frecuencia. En
cuanto cualquier persona de su conocimiento no satisfacía todas sus
pretensiones y hasta sus caprichos, era sabido, «le caía la venda de los
ojos».
--No puede ser--respondió resueltamente Clara con el instinto seguro que
tienen las mujeres para juzgar el carácter de los amigos de sus maridos.
--¿Cómo no ha de ser, si yo mismo le he oído?
Clara quedó un instante suspensa, pero volvió a decir con mayor
resolución:
--No puede ser. García es absolutamente incapaz de cometer contigo una
villanía.
--¡Qué sabes tú de lo que son capaces o incapaces los seres
humanos!--replicó alzando los hombros con desdén--. Lo ha dicho con
profunda sabiduría el maestro alemán, el maestro clarividente: sólo
cuando llegamos a cierta edad comprendemos en qué cueva de bandidos
hemos caído.
--García no sólo te quiere entrañablemente, sino que te admira como a
ningún otro hombre.
--De la admiración a la envidia no hay más que un paso. Yo he caído en
el error de tratar con excesiva familiaridad a un hombre tan vulgar como
García. Estas naturalezas se sublevan al aspecto de otra naturaleza
opuesta. Disimularán su envidia durante algún tiempo, el tiempo que les
convenga, pero en la primera ocasión favorable la mostrarán. Si se ha
hecho amigo de Estévanez, mi amistad le importa ya poco y se vengará del
tiempo que ha perdido adulándome.
--¡Oh, qué atrocidad! Tristán, no pienses eso.
En vano con la elocuencia que le dictaba su recto corazón trató de
disuadirle y desvanecer aquellas negras sospechas. Agarrado con
irresistible presión como siempre a sus ideas, su marido no quiso
escucharla, oponiendo a todas sus razones una actitud altiva y
desdeñosa.
Comió poco y estuvo sombrío y silencioso mientras duró la cena. Cuando
habían llegado a los postres sonó el timbre de la puerta. El criado fue
a abrir y entró después sin decir nada.
--¿Quién llamaba?
--El señorito García--respondió con indiferencia--. No quiso pasar: dijo
que se iba al despacho.
Tristán se alzó de la silla. Clara también se levantó y sujetándole con
mano trémula por una manga le dijo:
--No vayas allá, Tristán. Déjame ir a mí... Le diré que estás
indispuesto, que te duele la cabeza y no puedes hablar con nadie.
--¡Suelta, suelta!--respondió él haciendo un movimiento brusco y
zafándose de su mano.
Y con paso vivo se dirigió al despacho, dejando a Clara acongojada.
García leía ya atentamente por un libro a la luz del quinqué.
--¡Hola, amigo!--profirió Tristán con una voz tan extraña que García
levantó la cabeza sorprendido.
--¿Cómo estamos, amigo?--siguió con la misma inflexión de voz y
acercándose a la mesa.
--Bien, ¿y tú?--respondió García mirándole cada vez con mayor sorpresa.
--¿Yo...? ¡Divinamente!
Y se sentó frente a él y le clavó una larga mirada insistente y dura.
--Desde que hago una vida más higiénica--añadió--me encuentro
perfectamente. Ya no paso las tardes en el café, como antes; ahora me
dedico a dar paseos entre los árboles, buscando atmósfera más pura. Hoy
he paseado por el Retiro... y ¡mira tú lo que son las cosas,
amigo!--prosiguió con acento irónico--, también debajo de los árboles se
suelen encontrar cosas impuras.
García se puso levemente colorado. Tristán mirándole aún con mayor
fijeza continuó:
--Su verdura no sólo tiene la propiedad de descomponer el ácido
carbónico del aire, sino también de corromper los más puros
sentimientos y de poner al descubierto el fondo de los corazones. Es un
experimento que pienso comunicar a la Academia de Ciencias y que como
todos los grandes inventos se debe a la casualidad...
--¡Basta, Tristán! Si te has ofendido porque haya paseado con
Estévanez...
--¿Ofenderme...? No, querido, no; el espectáculo de la miseria humana no
ofende; entristece solamente.
--Tristán, ¿qué estás diciendo? Repara que ahora me ofendes tú. Yo no he
buscado la amistad de Estévanez. Él me ha hablado en el saloncillo del
Español, y sabiendo que estaba haciendo oposiciones a una cátedra se
brindó espontáneamente a recomendarme a dos de los miembros del
tribunal. ¿Querías que me mostrase ingrato con él?
--Yo no quiero nada--respondió con sequedad desdeñosa Tristán.
--Además, ahora que le trato puedo decírtelo, estás en un error
suponiendo que es tu enemigo: las pocas veces que ha hablado de ti
conmigo lo ha hecho en términos muy lisonjeros. Te considera como el
joven más brillante de la nueva generación literaria y se lamenta de que
sin motivo alguno hayas dejado de saludarle.
--¡Ah, sin motivo!--exclamó Aldama con acento sarcástico--. Los hombres
perversos nunca encuentran motivo para que se les odie. Y en el fondo
tienen razón. ¿Qué culpa tienen ellos de haber nacido perversos? A ti te
consta mejor que a nadie la serie de ruindades que ese hombre ha hecho
conmigo.
--A mí sólo me consta porque tú me lo has dicho.
--¡Sí te consta, y si no lo confiesas es porque eres un traidor como
él!--exclamó con furiosa exaltación.
--¡Tristán!--dijo García levantándose.
--¡Un traidor peor que él, porque él no me debe nada y tú si!--gritó aún
con mayor exaltación agarrándose con manos crispadas a la mesa para
alzarse.
--Me estás insultando sin motivo y en tu propia casa--profirió el pobre
joven pálido ya como la cera.
--Un traidor es quien sin tener en cuenta la amistad fraternal que le
liga a otro hombre va a desacreditarle y a murmurar de él con sus
enemigos.
--¡Eso es falso!
--No es falso, no, porque son testigos de ello mis propios oídos.
--¡Pues mienten tus propios oídos!--exclamó con valerosa indignación
García.
Tristán, muy pálido también, quedó unos instantes silencioso y al cabo
dijo haciendo visibles esfuerzos para hablar con calma:
--Es inútil que hablemos más. Todas las cosas tienen un término triste
en este mundo y la amistad es de las que primero se marchitan. Yo he
cometido la locura de estrechar demasiado mis relaciones contigo sin
tener en cuenta que todo lo que se aprieta demasiado acaba por romperse.
Ha llegado el momento en que la cuerda estalle, pero conste que se ha
roto por tu lado, no por el mío. Alejémonos, García, alejémonos para
siempre el uno del otro y comencemos en el mundo otros ensayos que
tendrán idéntico resultado.
--Nada se ha roto por mi lado, Tristán. Esa es una de tantas visiones
negras como has tenido en tu vida, sobre todo de poco tiempo a esta
parte. Mi amistad por ti es tan firme, tan verdadera, que nadie más que
tú en el mundo ha podido dudar de ella.
--La amistad verdadera entre los hombres es algo que pertenece a la
fábula. Si yo lo hubiera tenido bien presente no tomaría el grave
disgusto que me ha causado tu proceder. Debiera analizarla como un
mineralogista examina una piedra; hubiera visto que aunque sincera en la
apariencia descansaba sobre motivos secretamente egoístas, y viviendo
así prevenido la traición me hubiera dejado tranquilo.
--¿Quién habla de traición? ¡Miente! ¡miente quien lo diga!--volvió a
exclamar con la misma indignación García.
--Basta, repito. Mi resolución está tomada. Tú y yo hemos concluido para
siempre.
Al pronunciar estas palabras dio unos pasos hacia la puerta mirando
fijamente a su amigo. Este también le miró estupefacto haciéndose cargo
por aquel ademán que le arrojaba de su casa. Hubo un instante en que
ambos permanecieron inmóviles mirándose a los ojos. Al fin García se
dirigió con paso precipitado a la puerta. Antes de traspasarla se volvió
y con los ojos llenos de lágrimas le dijo:
--¡Que no te tome Dios en cuenta, Tristán, la injusticia que estás
cometiendo!
XX
CONSECUENCIAS DE UNOS CELOS
Tristán sólo entró en el comedor para despedirse de su mujer y besar a
su hijo. Viéndole pálido y trémulo Clara no quiso darle la noticia de la
visita, aquella visita que tanto le pesaba ya sobre el alma. Ella
también se hallaba bien turbada por la escena que acababa de adivinar,
más que de percibir. Su espíritu, siempre recto, se rebelaba contra el
proceder brutal de su marido. Si le hubiera visto menos alterado se lo
habría expresado con toda franqueza porque era una valerosa mujer y toda
injusticia sublevaba su sangre. Aplazó, pues, también esta explicación
para el día siguiente y procuró distraer como siempre sus inquietudes
con las gracias de su hijo, mientras Tristán caminaba la vuelta
acostumbrada del café. La tertulia literaria, cuando llegó, ardía ya en
disputas y bromas. Pronto se dejó vencer por el influjo de aquella
ruidosa alegría y se disiparon las sombras que obscurecían su frente.
Olvidó su disgusto. Pero cuando más enfrascado se hallaba en la algazara
apareció en la puerta la figura siniestra del paisano Barragán con su
eterna zamarra negra, su enorme sombrero y sus barbas hasta el medio del
pecho. Los ojos de todos los tertulios se volvieron con sorpresa hacia
él y hubo un instante de silencio.
--¡Hola! ¿qué vendrá a hacer aquí este _pájaro_?--dijo uno.
--¡Soberbia figura para mi drama! Estoy por ir a preguntarle si se
quiere contratar--dijo otro.
--¡A que no te acercas a él!
Mientras tanto Barragán avanzaba por el medio del café echando miradas
sanguinarias a todos los rincones como si buscase a alguno para
arrojarse sobre él y degollarlo. Al fin divisó al desgraciado que
buscaba. Era un sujeto de faz bermeja. En los labios sinuosos del
paisano se dibujó una sonrisa feroz y se dirigió hacia el sitio que
ocupaba. Pero al pasar cerca de la mesa de los literatos percibió a
Tristán y exclamó sonriente y espantoso: