enterarse adónde había ido su marido y correr a pedirle perdón. En ver a
Clara y Tristán no soñaba siquiera. La recibió Cirilo con ceremoniosa
cortesía hablándole de dinero, presentándole cuentas y libros,
anunciándole que al día siguiente le enviaría los intereses vencidos de
las acciones del Banco. Visita no se presentó. Se hallaba un poco
indispuesta, al decir de su esposo. Salió de aquella casa con el corazón
tan apretado que en cuanto montó en el coche estalló en sollozos. No se
había atrevido siquiera a pronunciar el nombre de su marido. Cuando
llegó a su casa escribió una larga carta a Tristán. Este no le contestó.
Entonces la pobre mujer, rechazada y despreciada por todos los deudos y
amigos de Reynoso, aislada y avergonzada se dejó marchar por la suave
pendiente que delante se le ofrecía. Recibió por fin a Núñez, que
diariamente le enviaba billetes inflamados; intimó con las amigas que se
desvivían por distraerla y entró a formar parte de aquella sociedad
divertida y galante. Fue una rebelión, una necesidad de su naturaleza,
que de otro modo hubiera sucumbido.
Y para más aturdirse, para olvidar la pena que le roía el alma fue más
allá de lo que la prudencia aconsejaría a una mujer en su caso. Lanzose
a una vida de placeres ruidosos; teatros, paseos, partidas de tresillo,
tiendas, modistas, cenas a última hora con sus flamantes amigas y
_adláteres_. Estas no la dejaban ni de noche ni de día. Gustavo Núñez la
mantenía en perpetua risa con sus bromas picantes y excéntricas. El
lindo hotel de la Castellana se convirtió en centro bullicioso de
placer. Elena se entregaba a él más que con pasión con verdadera rabia.
No quería quedarse sola un instante, y para evitarlo intentaba nuevos
pretextos y correrías, derrochaba a manos llenas las rentas cuantiosas
que Cirilo le entregaba cada trimestre. Naturalmente, no había mujer más
mimada, más agasajada de sus amigos. Todo el mundo estaba pendiente de
su sonrisa, de sus gestos, de su apetito y no se escatimaban los medios
de divertirla y aun aturdirla.
Así transcurrió un año. Al cabo, aquella vida, más que agitada, febril,
agotó sus nervios. Acometiole un decaimiento físico y moral que en vano
trataron de combatir los que a la continua la rodeaban. El primero que
sintió los efectos de este desmayo fue Núñez. Hasta entonces Elena había
sido con él, si no extremadamente afectuosa, a lo menos complaciente,
risueña, generosa, una querida agradable en suma y que le realzaba en la
sociedad que frecuentaban. A última hora empezó a mostrarse fría,
exigente, caprichosa y sobre todo a sentir una extraña melancolía que la
tenía horas enteras taciturna, sin poder arrancarle ni una sonrisa ni
una palabra. Elena empezó a meditar. Aquella cabecita ligera, evaporada,
principió a darse cuenta vagamente del carácter de la gente que la
rodeaba, sobre todo del carácter de su amante. Este había principiado
por mostrar con ella un desinterés desdeñoso, susceptible, que aun
haciéndola sufrir un poco no dejaba de lisonjearla en el fondo. Hasta
tal punto parecía celoso el pintor de su dignidad que no podía hacerle
el más corto obsequio sin que al día siguiente se viera regalada con
otro de más precio. Sin embargo, con el tiempo fue cambiando este modo
de ser, se dejó mimar y regalar sin protesta, comía casi a diario en
casa de ella y aceptó por fin que Elena abonase los gastos de un viaje
que hicieron por Francia y Alemania. Duró cerca de dos meses, se gastó
por largo, y la galantería de Núñez sufrió en el curso de él bastante
menoscabo. La vida íntima, marital, descubrió a los ojos de Elena los
puntos negros de aquel temperamento tan jovial y simpático en sociedad.
Dominante unas veces hasta la brutalidad, otras incisivo y cruel y casi
siempre egoísta, hacía recordar a Elena la paciente dulzura de su
marido, aquella galantería nunca desmentida, aquella protección paternal
que tanto calor daba a su corazón. Elena no era mujer de pasiones
ardientes; poseía un temperamento infantil; la gran necesidad de su vida
era la de ser mimada. Defraudada en este impulso de su naturaleza y no
sabiendo fingir, pronto empezó a mostrar a Núñez un claro desvío. Cuando
habían llegado de Alemania, a fines de octubre, estaba harta ya de aquel
hombre.
Si no rompió con él abiertamente fue por miedo no tanto hacia él como
hacia la camarilla que le rodeaba. Sentíale apoyado por todas sus amigas
y creía la inocente de buena fe que si le despedía éstas se despedirían
también y volvería a quedarse sola. ¡Buena gana tenían de hacerlo!
Aquellas amiguitas la utilizaban lindamente. Comían bien en su casa,
asistían al teatro en su palco, iban a paseo en sus coches y además de
vez en cuando le tomaban algún dinero prestado. La condesa de Peñarrubia
se lo había pedido dos veces, una seis mil pesetas y otra diez mil para
un negocio seguro según decía. De todos modos Elena no volvió a ver su
dinero. Últimamente al regresar de Alemania Marcela vino a proponerle
que comprase acciones de una mina de plata que su amigo común el
vizconde de las Llanas poseía en Albacete. Se trataba solamente de un
desembolso de veinte mil pesetas que antes de un año se convertirían en
cuarenta mil. Elena no las tenía en aquel momento, pero no las hubiera
entregado aunque las tuviese. Había entrado ya la desconfianza en su
espíritu. Esta desconfianza se hizo más viva cuando observó el mal humor
que mostró Núñez al conocer su negativa. No pudo menos de sospechar,
viendo su gesto de contrariedad, que Marcela y él estaban en
connivencia. Tal sospecha, que el recuerdo de otros incidentes
autorizaba, convirtió su desvío en desprecio. Pocos días después se vio
precisada a guardar cama; la fatiga del viaje y las comidas de hotel
habían estropeado su estómago. Mientras estuvo enferma meditó mucho: la
fiebre exaltaba su imaginación, exacerbaba su aburrimiento, hacía
crecer los agravios que creía haber recibido de su amante. Cuando se
levantó del lecho estaba decidida a romper sus relaciones con él. Se
hallaba harta de aquel sinapismo. Se quedaría sola, trasladaría su
residencia al extranjero, entraría en un convento, tomaría otro amante,
¡todo, todo menos continuar unida a aquel pomito de ácido nítrico! Sin
decirle una palabra ni avisar tampoco a ninguna de sus amigas, en cuanto
se sintió con fuerzas para ello se trasladó un día al Sotillo. Desde
aquí había escrito a Núñez una carta anunciándole que estaba resuelta a
cortar el lazo amoroso que los unía. No queriendo decirle el motivo real
que a ello le impulsaba y no siendo extremadamente hábil en el género
epistolar, se perdía en una serie lamentable de frases sin sentido,
reticencias y exclamaciones inútiles. Cuando leyó la carta antes de
enviarla comprendió que no estaba bien, que todo aquello era ridículo.
Sin embargo no quiso escribir otra. Alzó los hombros con desdén y
exclamó sonriendo maliciosamente:--«¡Bien está! Que lo tome como
quiera.»
En el Sotillo sintió los únicos momentos de sosiego que había disfrutado
desde hacía quince meses. Una dulce melancolía penetraba en su alma al
contacto de aquellos sitios donde tan feliz había sido. Le parecía que
su dicha no había muerto, que aún estaba allí guardada esperándola.
Vagamente soñaba con ver surgir del parque la gran figura atlética de su
marido y escuchar su risa sonora. No era posible, no, que todo aquello
hubiera muerto para siempre. Recorría la casa, se tendía sobre el sillón
de lectura de su marido, escrutaba el parque, daba de comer a las
palomas y esperaba. Una esperanza irracional pero no por eso menos
poderosa se había apoderado de su alma en aquellos cuatro días; sentía
la impresión del que se halla soñando una siniestra pesadilla y guarda
la conciencia de que lo es y no tardará en despertar. No había subido al
pueblo, nadie había venido a visitarla ni aun sus mismos parientes,
acaso porque no supieran que estaba allí. Sin embargo, aquella
excitación placentera que acude siempre en toda convalecencia como una
resurrección de la vida comenzaba a ceder. El cuervo de la soledad y el
desconsuelo comenzaba a batir ya las alas negras sobre su frente.
Aquella pequeña y tersa frente de estatua griega sentía su sombra y se
obscurecía.
Elena dejó escapar un suspiro, apartó sus ojos extáticos del horizonte y
se alzó del asiento. Miró el reloj de la chimenea: eran las once. Tomó
el quitasol y bajó al parque. Hasta entonces no había salido de él,
satisfecha de recorrerlo en todos sentidos, de tocar sus flores, de
acariciar sus árboles y sentarse largas horas en el gran cenador leyendo
una novela. Ahora le había entrado curiosidad de verlo todo, un deseo
vivo de espaciarse por el campo imitando a su cuñada Clara. De buena
gana hubiera tomado una carabina como ella. Entró en el bosque y lo
atravesó con pie ligero: la sombra espesa aún de su follaje la sofocaba.
Cuando los árboles se enrarecieron dejando paso a los rayos del sol se
detuvo un instante y respiró a plenos pulmones con la sonrisa en los
ojos. Y ya más libre y tranquila siguió caminando lentamente entre las
encinas y chaparros hasta tocar en los bordes de la laguna. Una lancha
estaba amarrada a la orilla: saltó sobre ella con alegría y no habiendo
remos se balanceó un rato gozando la grata impresión de hallarse a
flote. ¡Lástima de remos! Si los tuviera se habría lanzado al medio
segura de no haber olvidado aún su manejo. Con pesar volvió a saltar a
tierra. Un poco más allá vio la columnata del vetusto cenador derruido,
atravesó el puente brincando sobre los agujeros que habían dejado las
piedras desprendidas y se sentó entre la maleza de los espinos y acacias
que lo envolvían. Se acordó del último banquete que allí se había
celebrado. ¡Qué feliz, qué inocente era entonces! ¡Cuán poco podía
presumir lo que le aguardaba! La frente arrugada, los ojos serios,
volvió a pasar el puente y marchó por el monte a paso más vivo. Los
árboles se hicieron cada vez más raros y más bajos, la maleza obstruía
los senderos. En algunos sitios libres crecían el tomillo y el romero.
Acometida de un fuerte enternecimiento al recuerdo de su marido arrancó
algunos puñados y se los llevó a la nariz con los ojos mojados de
lágrimas. Pero allá más lejos una columnita de humo blanco se elevaba
hacia el cielo. Sin darse cuenta marchó hacia ella, pero cerca ya se
detuvo vacilante. En torno de una hoguera donde ardían hojas y ramas
secas se hallaban de pie y fumando algunos pastores y mozos de labranza.
Quiso volverse acometida de una vergüenza inexplicable, pero ya la
habían divisado y el tío Leandro venía hacia ella con el sombrerete en
la mano.
--Buenos días tenga nuestra ama, ¡buenos días! Ningún pájaro hay aquí
más alegre cuando sale el sol que nosotros lo estamos viéndola por sus
posesiones, mi señora.
--Gracias, gracias. Todos están buenos, ¿verdad?--profirió Elena con
extraña timidez y deseos de volverse.
--La salud es la riqueza del pobre. Viene el agua, viene la escarcha,
calienta el sol hasta quemarnos, pero todo eso no nos quita de dormir a
pierna suelta y comer lo que hay con apetito.
--Pues lo demás vale bien poco--murmuró Elena con un suspiro.
--Ya teníamos viento de que había llegado la señora y que había estado
un poco enferma...
--Sí, sí... he estado enferma, pero ya estoy bien--respondió con un poco
de impaciencia.
Los pastores y los mozos se habían ido acercando lentamente, todos con
sus sombreros en la mano, avergonzados y confusos con una estúpida
sonrisa estereotipada en el rostro. Elena estaba más confusa que ellos.
--¿Y los rebaños han crecido?--preguntó haciendo un esfuerzo por
recobrar su aplomo.
No, los rebaños no habían crecido. El ganado lanar estaba de baja. Una
enfermedad maligna había entrado por las ovejas y se había llevado
muchas. En cambio las vacas tenían unos terneros muy lucidos. El pastor
de las vacas trató de llevar a la señora para que los viese, pero ésta
manifestó que no tenía tiempo: por la tarde o al día siguiente los
vería.
--¿A que no sabéis por qué viene la señora en este tiempo?--preguntó con
increíble finura y sonriendo con una boca que le llegaba de oreja a
oreja el zagalón Felipe.
Nadie respondió. El tío Leandro dirigió hacia él los ojos con inquietud.
--Pues a recoger la bellota--profirió rotundamente después de haberse
gozado en tenerlos unos instantes suspensos.
--¡Celipe, Celipe, no seas burro!--exclamó el tío Leandro con acento
severo.
--¡Anda!--replicó Felipe encrespándose--. ¡Pues poco que se recreaba el
amo el día de San Eugenio viéndonos cargar con los costales llenos y
emborrachándonos dimpués! Bien seguro que allá por las Américas no se
reirá tanto ese día como aquí se reía.
Las mejillas de Elena enrojecieron al oír mentar a su marido. El tío
Leandro, que algo sabía a qué atenerse sobre el viaje de don Germán,
clavó una mirada iracunda sobre el bárbaro zagal y se le vieron
intenciones claras de arrojarse sobre aquel «piazo animal».
De esta confusión vino a sacar a Elena una voz que sonó a su espalda.
--Estoy convencido de que hubiera podido ser un gran explorador de
tierras vírgenes. He llegado hasta aquí perfectamente sin planos y sin
brújula.
La sangre de Elena se agolpó a su corazón dejando las mejillas pálidas.
--¿Verdad que ni Marco Polo ni Magallanes lo hubieran hecho mejor que
yo?--dijo Núñez avanzando hacia ella con la mano extendida. Su rostro
pálido de barba partida sonreía con la acostumbrada expresión irónica.
Elena no pudo reprimir un gesto de disgusto, pero recobrándose súbito le
tendió la mano con un esbozo de sonrisa.
--¡Ya, ya! Hay que darle a usted una condecoración por su audacia.
--La fortuna nos ayuda siempre a los audaces--replicó el pintor
recogiendo la intención que parecía desprenderse de las palabras de
Elena. Y echando una mirada en torno:--¡Pero ésta es una escena de la
antigüedad griega! Penélope sale de su palacio, recorre sus dominios en
la rocosa Itaca, encuentra a Eumeo y sus zagales celosos guardadores de
sus manadas de puercos, y departe con ellos.
--Escena que usted ha venido a interrumpir con su figura y sus aires
modernistas--dijo Elena sonriendo, pero con voz ligeramente cambiada.
--La hospitalidad es la única virtud que resplandece en los poemas
griegos. Soy un pobre viajero que cansado y hambriento viene pidiendo
una tarima donde descansar y pan para satisfacer su apetito.
--Vamos en busca de la tarima--manifestó Elena secamente y echando a
andar con una resolución que sorprendió a Núñez. Este, antes de
seguirla, se volvió hacia los pastores:
--¡Salud, amigos! Seguid cuidando fielmente de los puercos de vuestro
señor.
--Aquí no ha habido puercos, caballero, hasta el día de hoy--respondió
el tío Leandro gravemente.
Núñez le clavó una mirada insolente y escrutadora. El viejo pastor la
sostuvo sin pestañear. El pintor se emparejó con la dama exclamando con
risita irónica:
--¡Parece que Eumeo sigue aborreciendo como antes a los pretendientes!
Elena no dijo nada y siguió caminando con paso vivo hacia la casa. Una
cólera sorda rugía dentro de su pecho y tenía miedo de dejarla estallar
donde pudieran verla. Es decir que aquel hombre no sólo no había hecho
caso de la resuelta despedida que le daba en su carta, sino que llevaba
su osadía hasta presentarse en el Sotillo. ¡En el Sotillo, donde después
de la marcha de su marido no había puesto ella misma los pies por temor
de cometer una profanación! Elena tenía un corazón tierno, inocente,
pero un carácter impetuosísimo que los mimos de su marido y de la gente
que la rodeaba desde hacía algunos años no habían atenuado. Estaba
acostumbrada a que sus caprichos fuesen ley. Mientras el pintor se
mostró sumiso y cariñoso obtuvo de ella cuanto quiso; mas así que por la
confianza dejó su actitud rendida y mostró su verdadero carácter frío y
egoísta, instantáneamente nació en ella una violenta rebelión. Núñez se
había equivocado de medio a medio con ella. Pensó dominarla a fuerza de
sarcasmos y lo que éstos produjeron fue un incendio de ira muy difícil
de apagar.
--Penélope era la más amable de las mujeres, al decir de Homero, y sabía
encontrar para todos una palabra cortés y una sonrisa graciosa. ¿Es que
con el tiempo se ha convertido en una viejecita huraña y gruñona?
Elena guardó silencio. Núñez siguió bromeando unos instantes; pero
viendo que no lograba arrancarle una palabra, despechado, concluyó por
imitarla y dejarse conducir hasta la casa. Al llegar a ella Elena subió
a sus habitaciones. Núñez la siguió.
--¿No has recibido mi carta?--le preguntó rudamente así que puso el pie
en su saloncito.
--Las malas noticias llegan siempre--respondió Núñez.
--Entonces, ¿qué vienes a hacer aquí?
--A buscar una explicación. Tu cartita tiene más clara la letra que el
espíritu. No te ofenderás si te digo que nunca serás la émula de madama
de Sevigné.
--¡Ah! ¿No la has entendido? Pues entonces hay que convenir en que
estaba demasiado bien dorada la píldora. No necesitabas tanto.
--Será porque yo no entienda tanto de píldoras como tú.
Elena se puso roja. Aquella alusión a su nacimiento la hirió en lo más
vivo. Hizo un esfuerzo para reprimirse y dijo con calma:
--Nuestras relaciones, Gustavo, no pueden ni deben continuar. El lazo
que nos une, como tú comprenderás, nada tiene de sagrado y poco importa
romperle un día u otro si al cabo se ha de romper. Tú has sentido un
capricho: yo también. Solamente que a nosotras las mujeres estos
caprichos nos salen siempre más caros. Me parece que es bastante.
Despidámonos como buenos amigos.
--¿Es que ya no te gusto?--preguntó el pintor cínicamente clavándole sus
ojos verdosos chispeantes de malicia.
Elena le miró fijamente sin turbarse y alzando los hombros profirió con
displicencia:
--Tienes demasiado talento para mí.
Núñez guardó silencio unos instantes, sacó un cigarro, lo encendió y
arrellanándose con toda comodidad en una butaca dijo:
--Siempre he sospechado que el talento me había de perder. Es realmente
un exceso, lo comprendo, pero bien sabe Dios que no pocas veces me he
prosternado diciéndole: «Señor, no hay que exagerar. ¿Por qué me has
dotado de tantas facultades y has dejado desmantelados a muchos
ministros, profesores y académicos a quienes hacen más falta que a mi?»
No seas injusta, Elena. Compadécete de mí. ¿Piensas que es una ganga el
tener talento en España?
Elena no estaba para bromas. Escuchó con indiferencia lo que su amante
le decía y sin responderle abrió el balcón y salió a la terraza. Núñez
la siguió. Ambos se reclinaron sobre el antepecho y guardaron silencio
unos momentos. Entonces Núñez, a quien su táctica habitual no valía, se
puso serio, habló de su amor, de los felices instantes que juntos habían
pasado en sus viajes, le hizo ver que aquella fatiga moral que parecía
sentir era engendrada por la fatiga física. En cuanto se repusiera del
todo volvería a ella la alegría, que era su estado natural, el tesoro de
más valía con que la naturaleza la había dotado. Un poco de debilidad,
un pequeño desequilibrio nervioso nos hace ver el mundo como un pozo;
pero descansamos, nos fortalecemos y el mundo vuelve a ser el mismo, un
venero de goces para quien posee hermosura, dinero y un carácter jovial
y feliz como ella...
Era ya tarde. El alma de Elena, conmovida, llena de melancolía por la
influencia de aquellos sitios, donde se había deslizado su infancia,
donde había gozado después unos años de felicidad inefable, no podía
responder al llamamiento brutal de la pasión. La ironía, la malignidad,
el ingenio de su amante, que al principio la habían cautivado, ahora le
causaban aversión y hasta desprecio. Sin abrir la boca hacía signos
negativos con la cabeza, mirando fijamente al horizonte azulado. En
vano Núñez derrochó su ingenio para convencerla, en vano apeló después
a las súplicas ardientes, a los dictados cariñosos. Nada, nada, el mismo
inflexible signo negativo respondía constantemente a sus argumentos y a
sus quejas.
Al bajar los ojos una de las veces Elena creyó ver algunas palabras
escritas sobre el mármol del antepecho. Bajó un poco más la cabeza y las
leyó. Súbitamente acudió la sangre a su rostro, poniéndose roja como una
brasa; inmediatamente pálida. Se irguió con extraño ímpetu y mirando al
pintor con ojos extraviados le dijo:
--Tenga usted la bondad de salir por un momento. Me siento mal.
Núñez la miró sorprendido: su actitud y sobre todo aquel tratamiento
ceremonioso que nunca había usado si no es en público desde que se
hallaban en relaciones le dejaron estupefacto. Y como no se moviera,
Elena exclamó con impaciencia:
--¡Me siento mal! ¡me siento mal...! Haga usted el favor...
Señaló imperiosamente a la puerta.
--¿Qué te ocurre? ¿Quieres que llame? ¿Quieres que vaya a avisar al
médico?
--¡Salga usted... salga usted!
Núñez obedeció al fin. Sin consideración alguna en cuanto traspasó la
puerta, Elena dio vuelta a la llave. Luego vino en dos saltos al
antepecho y volvió a leer las tres palabras que su marido había escrito
con lápiz la noche aciaga en que se apartó de aquellos lugares para
siempre. Estas palabras decían: «_Acuérdate de mí_.» Elena cayó de
rodillas.
--¡Sí, sí, Germán de mi alma, esposo mío, me acuerdo de ti, y me
acordaré mientras me quede un soplo de vida! ¡Dios mío, Dios mío!, ¿qué
es lo que he hecho?
Y la infeliz apretaba sus labios contra el frío mármol y regaba la
inscripción con sus lágrimas.
XIX
FIEROS DESENGAÑOS DE TRISTÁN
Tristán se había ido después de almorzar al café según costumbre. Clara
en el comedor jugaba con su niño y éste con el perro. El niño había
envejecido terriblemente desde la última vez que tuvimos el gusto de
verle, que fue, si la memoria no nos es infiel, en el día feliz de su
nacimiento. Podría tener ya unos diez y seis meses, mal contados. El
perro era mucho más provecto. Aquel Fidel, feroz corredor de conejos y
de ánades, hacía ya largo tiempo que estaba jubilado. Su ama al casarse
le había traído del Sotillo concediéndole un honroso descanso, al cual
ya tenía derecho por sus dilatados servicios. La vida regalona y
sedentaria le hizo echar un poco de tripa como esos militares a quienes
el ministro premia concediéndoles una plaza en el ministerio o en el
Consejo Supremo y al cabo de dos años no pueden meterse el uniforme,
porque les estallan las costuras y les saltan los botones. Si le
hablaban de las perdices y los conejos hacía un mohín de disgusto y
movía el rabo con impaciencia como si tratase de pasar a otro asunto.
Las perdices y los ánades eran para él cuentos del tiempo viejo,
calaveradas de la juventud; que le dejasen de romanticismos y le
hablasen de las buenas siestas al pie de la chimenea y de los buenos
platos de cocido con desperdicios.
Pues a pesar de la diferencia de edad Fidel y Paquito (que éste era el
nombre del infante) parecían amigos íntimos y se llevaban bastante bien.
La experiencia del uno hacía contrapeso a la natural irreflexión y
fogosidad del otro. Algo debía de sufrir con ello el veterano sabueso.
Cuando Paquito se ponía guasón lo era de todas veras: le tiraba
bárbaramente de las orejas, le tapaba el hocico y hasta llegaba en
ocasiones ¡oh sutil refinamiento de crueldad! a meterle los dedos por
los ojos. Pero Fidel sabía zafarse de estas vejaciones y cuando advertía
que su camarada mostraba tendencias a ponerse _pelma_ se largaba pian
piano moviendo el rabo hacía la cocina dejándole en la más espantosa
soledad. En cambio se aproximaba demasiado cuando Paquito tenía entre
manos y boca algún pedacito de pastel o una galleta. Entonces, si el
amiguito se hacía el remolón y no se apresuraba a compartir con él la
golosina, arrimaba el hocico y, no se la arrancaba violentamente, que
esto no cuadraba a su educación ni a su carácter diplomático, pero con
sutileza increíble se insinuaba, se insinuaba; principiaba por lamer
tímidamente el pastel y concluía por abrir con extrema delicadeza la
mano del niño y engullírselo. Hecho lo cual, siempre prudente y
previsor, se eclipsaba. Paquito, viéndose estafado, ponía el grito en el
cielo.--«¿Quién ha sido, rico? ¿Quién te ha llevado el
pastelito?--exclamaba su niñera.--¿Ha sido el Fidel? Vamos a pegarle con
el látigo.» ¡Dónde estaba ya el Fidel! En un buen rato no se le veía por
ninguna parte.