Pero en cuanto pudo salir a la calle fue a casa de Visita resuelta a

enterarse adónde había ido su marido y correr a pedirle perdón. En ver a

Clara y Tristán no soñaba siquiera. La recibió Cirilo con ceremoniosa

cortesía hablándole de dinero, presentándole cuentas y libros,

anunciándole que al día siguiente le enviaría los intereses vencidos de

las acciones del Banco. Visita no se presentó. Se hallaba un poco

indispuesta, al decir de su esposo. Salió de aquella casa con el corazón

tan apretado que en cuanto montó en el coche estalló en sollozos. No se

había atrevido siquiera a pronunciar el nombre de su marido. Cuando

llegó a su casa escribió una larga carta a Tristán. Este no le contestó.

Entonces la pobre mujer, rechazada y despreciada por todos los deudos y

amigos de Reynoso, aislada y avergonzada se dejó marchar por la suave

pendiente que delante se le ofrecía. Recibió por fin a Núñez, que

diariamente le enviaba billetes inflamados; intimó con las amigas que se

desvivían por distraerla y entró a formar parte de aquella sociedad

divertida y galante. Fue una rebelión, una necesidad de su naturaleza,

que de otro modo hubiera sucumbido.

Y para más aturdirse, para olvidar la pena que le roía el alma fue más

allá de lo que la prudencia aconsejaría a una mujer en su caso. Lanzose

a una vida de placeres ruidosos; teatros, paseos, partidas de tresillo,

tiendas, modistas, cenas a última hora con sus flamantes amigas y

_adláteres_. Estas no la dejaban ni de noche ni de día. Gustavo Núñez la

mantenía en perpetua risa con sus bromas picantes y excéntricas. El

lindo hotel de la Castellana se convirtió en centro bullicioso de

placer. Elena se entregaba a él más que con pasión con verdadera rabia.

No quería quedarse sola un instante, y para evitarlo intentaba nuevos

pretextos y correrías, derrochaba a manos llenas las rentas cuantiosas

que Cirilo le entregaba cada trimestre. Naturalmente, no había mujer más

mimada, más agasajada de sus amigos. Todo el mundo estaba pendiente de

su sonrisa, de sus gestos, de su apetito y no se escatimaban los medios

de divertirla y aun aturdirla.

Así transcurrió un año. Al cabo, aquella vida, más que agitada, febril,

agotó sus nervios. Acometiole un decaimiento físico y moral que en vano

trataron de combatir los que a la continua la rodeaban. El primero que

sintió los efectos de este desmayo fue Núñez. Hasta entonces Elena había

sido con él, si no extremadamente afectuosa, a lo menos complaciente,

risueña, generosa, una querida agradable en suma y que le realzaba en la

sociedad que frecuentaban. A última hora empezó a mostrarse fría,

exigente, caprichosa y sobre todo a sentir una extraña melancolía que la

tenía horas enteras taciturna, sin poder arrancarle ni una sonrisa ni

una palabra. Elena empezó a meditar. Aquella cabecita ligera, evaporada,

principió a darse cuenta vagamente del carácter de la gente que la

rodeaba, sobre todo del carácter de su amante. Este había principiado

por mostrar con ella un desinterés desdeñoso, susceptible, que aun

haciéndola sufrir un poco no dejaba de lisonjearla en el fondo. Hasta

tal punto parecía celoso el pintor de su dignidad que no podía hacerle

el más corto obsequio sin que al día siguiente se viera regalada con

otro de más precio. Sin embargo, con el tiempo fue cambiando este modo

de ser, se dejó mimar y regalar sin protesta, comía casi a diario en

casa de ella y aceptó por fin que Elena abonase los gastos de un viaje

que hicieron por Francia y Alemania. Duró cerca de dos meses, se gastó

por largo, y la galantería de Núñez sufrió en el curso de él bastante

menoscabo. La vida íntima, marital, descubrió a los ojos de Elena los

puntos negros de aquel temperamento tan jovial y simpático en sociedad.

Dominante unas veces hasta la brutalidad, otras incisivo y cruel y casi

siempre egoísta, hacía recordar a Elena la paciente dulzura de su

marido, aquella galantería nunca desmentida, aquella protección paternal

que tanto calor daba a su corazón. Elena no era mujer de pasiones

ardientes; poseía un temperamento infantil; la gran necesidad de su vida

era la de ser mimada. Defraudada en este impulso de su naturaleza y no

sabiendo fingir, pronto empezó a mostrar a Núñez un claro desvío. Cuando

habían llegado de Alemania, a fines de octubre, estaba harta ya de aquel

hombre.

Si no rompió con él abiertamente fue por miedo no tanto hacia él como

hacia la camarilla que le rodeaba. Sentíale apoyado por todas sus amigas

y creía la inocente de buena fe que si le despedía éstas se despedirían

también y volvería a quedarse sola. ¡Buena gana tenían de hacerlo!

Aquellas amiguitas la utilizaban lindamente. Comían bien en su casa,

asistían al teatro en su palco, iban a paseo en sus coches y además de

vez en cuando le tomaban algún dinero prestado. La condesa de Peñarrubia

se lo había pedido dos veces, una seis mil pesetas y otra diez mil para

un negocio seguro según decía. De todos modos Elena no volvió a ver su

dinero. Últimamente al regresar de Alemania Marcela vino a proponerle

que comprase acciones de una mina de plata que su amigo común el

vizconde de las Llanas poseía en Albacete. Se trataba solamente de un

desembolso de veinte mil pesetas que antes de un año se convertirían en

cuarenta mil. Elena no las tenía en aquel momento, pero no las hubiera

entregado aunque las tuviese. Había entrado ya la desconfianza en su

espíritu. Esta desconfianza se hizo más viva cuando observó el mal humor

que mostró Núñez al conocer su negativa. No pudo menos de sospechar,

viendo su gesto de contrariedad, que Marcela y él estaban en

connivencia. Tal sospecha, que el recuerdo de otros incidentes

autorizaba, convirtió su desvío en desprecio. Pocos días después se vio

precisada a guardar cama; la fatiga del viaje y las comidas de hotel

habían estropeado su estómago. Mientras estuvo enferma meditó mucho: la

fiebre exaltaba su imaginación, exacerbaba su aburrimiento, hacía

crecer los agravios que creía haber recibido de su amante. Cuando se

levantó del lecho estaba decidida a romper sus relaciones con él. Se

hallaba harta de aquel sinapismo. Se quedaría sola, trasladaría su

residencia al extranjero, entraría en un convento, tomaría otro amante,

¡todo, todo menos continuar unida a aquel pomito de ácido nítrico! Sin

decirle una palabra ni avisar tampoco a ninguna de sus amigas, en cuanto

se sintió con fuerzas para ello se trasladó un día al Sotillo. Desde

aquí había escrito a Núñez una carta anunciándole que estaba resuelta a

cortar el lazo amoroso que los unía. No queriendo decirle el motivo real

que a ello le impulsaba y no siendo extremadamente hábil en el género

epistolar, se perdía en una serie lamentable de frases sin sentido,

reticencias y exclamaciones inútiles. Cuando leyó la carta antes de

enviarla comprendió que no estaba bien, que todo aquello era ridículo.

Sin embargo no quiso escribir otra. Alzó los hombros con desdén y

exclamó sonriendo maliciosamente:--«¡Bien está! Que lo tome como

quiera.»

En el Sotillo sintió los únicos momentos de sosiego que había disfrutado

desde hacía quince meses. Una dulce melancolía penetraba en su alma al

contacto de aquellos sitios donde tan feliz había sido. Le parecía que

su dicha no había muerto, que aún estaba allí guardada esperándola.

Vagamente soñaba con ver surgir del parque la gran figura atlética de su

marido y escuchar su risa sonora. No era posible, no, que todo aquello

hubiera muerto para siempre. Recorría la casa, se tendía sobre el sillón

de lectura de su marido, escrutaba el parque, daba de comer a las

palomas y esperaba. Una esperanza irracional pero no por eso menos

poderosa se había apoderado de su alma en aquellos cuatro días; sentía

la impresión del que se halla soñando una siniestra pesadilla y guarda

la conciencia de que lo es y no tardará en despertar. No había subido al

pueblo, nadie había venido a visitarla ni aun sus mismos parientes,

acaso porque no supieran que estaba allí. Sin embargo, aquella

excitación placentera que acude siempre en toda convalecencia como una

resurrección de la vida comenzaba a ceder. El cuervo de la soledad y el

desconsuelo comenzaba a batir ya las alas negras sobre su frente.

Aquella pequeña y tersa frente de estatua griega sentía su sombra y se

obscurecía.

Elena dejó escapar un suspiro, apartó sus ojos extáticos del horizonte y

se alzó del asiento. Miró el reloj de la chimenea: eran las once. Tomó

el quitasol y bajó al parque. Hasta entonces no había salido de él,

satisfecha de recorrerlo en todos sentidos, de tocar sus flores, de

acariciar sus árboles y sentarse largas horas en el gran cenador leyendo

una novela. Ahora le había entrado curiosidad de verlo todo, un deseo

vivo de espaciarse por el campo imitando a su cuñada Clara. De buena

gana hubiera tomado una carabina como ella. Entró en el bosque y lo

atravesó con pie ligero: la sombra espesa aún de su follaje la sofocaba.

Cuando los árboles se enrarecieron dejando paso a los rayos del sol se

detuvo un instante y respiró a plenos pulmones con la sonrisa en los

ojos. Y ya más libre y tranquila siguió caminando lentamente entre las

encinas y chaparros hasta tocar en los bordes de la laguna. Una lancha

estaba amarrada a la orilla: saltó sobre ella con alegría y no habiendo

remos se balanceó un rato gozando la grata impresión de hallarse a

flote. ¡Lástima de remos! Si los tuviera se habría lanzado al medio

segura de no haber olvidado aún su manejo. Con pesar volvió a saltar a

tierra. Un poco más allá vio la columnata del vetusto cenador derruido,

atravesó el puente brincando sobre los agujeros que habían dejado las

piedras desprendidas y se sentó entre la maleza de los espinos y acacias

que lo envolvían. Se acordó del último banquete que allí se había

celebrado. ¡Qué feliz, qué inocente era entonces! ¡Cuán poco podía

presumir lo que le aguardaba! La frente arrugada, los ojos serios,

volvió a pasar el puente y marchó por el monte a paso más vivo. Los

árboles se hicieron cada vez más raros y más bajos, la maleza obstruía

los senderos. En algunos sitios libres crecían el tomillo y el romero.

Acometida de un fuerte enternecimiento al recuerdo de su marido arrancó

algunos puñados y se los llevó a la nariz con los ojos mojados de

lágrimas. Pero allá más lejos una columnita de humo blanco se elevaba

hacia el cielo. Sin darse cuenta marchó hacia ella, pero cerca ya se

detuvo vacilante. En torno de una hoguera donde ardían hojas y ramas

secas se hallaban de pie y fumando algunos pastores y mozos de labranza.

Quiso volverse acometida de una vergüenza inexplicable, pero ya la

habían divisado y el tío Leandro venía hacia ella con el sombrerete en

la mano.

--Buenos días tenga nuestra ama, ¡buenos días! Ningún pájaro hay aquí

más alegre cuando sale el sol que nosotros lo estamos viéndola por sus

posesiones, mi señora.

--Gracias, gracias. Todos están buenos, ¿verdad?--profirió Elena con

extraña timidez y deseos de volverse.

--La salud es la riqueza del pobre. Viene el agua, viene la escarcha,

calienta el sol hasta quemarnos, pero todo eso no nos quita de dormir a

pierna suelta y comer lo que hay con apetito.

--Pues lo demás vale bien poco--murmuró Elena con un suspiro.

--Ya teníamos viento de que había llegado la señora y que había estado

un poco enferma...

--Sí, sí... he estado enferma, pero ya estoy bien--respondió con un poco

de impaciencia.

Los pastores y los mozos se habían ido acercando lentamente, todos con

sus sombreros en la mano, avergonzados y confusos con una estúpida

sonrisa estereotipada en el rostro. Elena estaba más confusa que ellos.

--¿Y los rebaños han crecido?--preguntó haciendo un esfuerzo por

recobrar su aplomo.

No, los rebaños no habían crecido. El ganado lanar estaba de baja. Una

enfermedad maligna había entrado por las ovejas y se había llevado

muchas. En cambio las vacas tenían unos terneros muy lucidos. El pastor

de las vacas trató de llevar a la señora para que los viese, pero ésta

manifestó que no tenía tiempo: por la tarde o al día siguiente los

vería.

--¿A que no sabéis por qué viene la señora en este tiempo?--preguntó con

increíble finura y sonriendo con una boca que le llegaba de oreja a

oreja el zagalón Felipe.

Nadie respondió. El tío Leandro dirigió hacia él los ojos con inquietud.

--Pues a recoger la bellota--profirió rotundamente después de haberse

gozado en tenerlos unos instantes suspensos.

--¡Celipe, Celipe, no seas burro!--exclamó el tío Leandro con acento

severo.

--¡Anda!--replicó Felipe encrespándose--. ¡Pues poco que se recreaba el

amo el día de San Eugenio viéndonos cargar con los costales llenos y

emborrachándonos dimpués! Bien seguro que allá por las Américas no se

reirá tanto ese día como aquí se reía.

Las mejillas de Elena enrojecieron al oír mentar a su marido. El tío

Leandro, que algo sabía a qué atenerse sobre el viaje de don Germán,

clavó una mirada iracunda sobre el bárbaro zagal y se le vieron

intenciones claras de arrojarse sobre aquel «piazo animal».

De esta confusión vino a sacar a Elena una voz que sonó a su espalda.

--Estoy convencido de que hubiera podido ser un gran explorador de

tierras vírgenes. He llegado hasta aquí perfectamente sin planos y sin

brújula.

La sangre de Elena se agolpó a su corazón dejando las mejillas pálidas.

--¿Verdad que ni Marco Polo ni Magallanes lo hubieran hecho mejor que

yo?--dijo Núñez avanzando hacia ella con la mano extendida. Su rostro

pálido de barba partida sonreía con la acostumbrada expresión irónica.

Elena no pudo reprimir un gesto de disgusto, pero recobrándose súbito le

tendió la mano con un esbozo de sonrisa.

--¡Ya, ya! Hay que darle a usted una condecoración por su audacia.

--La fortuna nos ayuda siempre a los audaces--replicó el pintor

recogiendo la intención que parecía desprenderse de las palabras de

Elena. Y echando una mirada en torno:--¡Pero ésta es una escena de la

antigüedad griega! Penélope sale de su palacio, recorre sus dominios en

la rocosa Itaca, encuentra a Eumeo y sus zagales celosos guardadores de

sus manadas de puercos, y departe con ellos.

--Escena que usted ha venido a interrumpir con su figura y sus aires

modernistas--dijo Elena sonriendo, pero con voz ligeramente cambiada.

--La hospitalidad es la única virtud que resplandece en los poemas

griegos. Soy un pobre viajero que cansado y hambriento viene pidiendo

una tarima donde descansar y pan para satisfacer su apetito.

--Vamos en busca de la tarima--manifestó Elena secamente y echando a

andar con una resolución que sorprendió a Núñez. Este, antes de

seguirla, se volvió hacia los pastores:

--¡Salud, amigos! Seguid cuidando fielmente de los puercos de vuestro

señor.

--Aquí no ha habido puercos, caballero, hasta el día de hoy--respondió

el tío Leandro gravemente.

Núñez le clavó una mirada insolente y escrutadora. El viejo pastor la

sostuvo sin pestañear. El pintor se emparejó con la dama exclamando con

risita irónica:

--¡Parece que Eumeo sigue aborreciendo como antes a los pretendientes!

Elena no dijo nada y siguió caminando con paso vivo hacia la casa. Una

cólera sorda rugía dentro de su pecho y tenía miedo de dejarla estallar

donde pudieran verla. Es decir que aquel hombre no sólo no había hecho

caso de la resuelta despedida que le daba en su carta, sino que llevaba

su osadía hasta presentarse en el Sotillo. ¡En el Sotillo, donde después

de la marcha de su marido no había puesto ella misma los pies por temor

de cometer una profanación! Elena tenía un corazón tierno, inocente,

pero un carácter impetuosísimo que los mimos de su marido y de la gente

que la rodeaba desde hacía algunos años no habían atenuado. Estaba

acostumbrada a que sus caprichos fuesen ley. Mientras el pintor se

mostró sumiso y cariñoso obtuvo de ella cuanto quiso; mas así que por la

confianza dejó su actitud rendida y mostró su verdadero carácter frío y

egoísta, instantáneamente nació en ella una violenta rebelión. Núñez se

había equivocado de medio a medio con ella. Pensó dominarla a fuerza de

sarcasmos y lo que éstos produjeron fue un incendio de ira muy difícil

de apagar.

--Penélope era la más amable de las mujeres, al decir de Homero, y sabía

encontrar para todos una palabra cortés y una sonrisa graciosa. ¿Es que

con el tiempo se ha convertido en una viejecita huraña y gruñona?

Elena guardó silencio. Núñez siguió bromeando unos instantes; pero

viendo que no lograba arrancarle una palabra, despechado, concluyó por

imitarla y dejarse conducir hasta la casa. Al llegar a ella Elena subió

a sus habitaciones. Núñez la siguió.

--¿No has recibido mi carta?--le preguntó rudamente así que puso el pie

en su saloncito.

--Las malas noticias llegan siempre--respondió Núñez.

--Entonces, ¿qué vienes a hacer aquí?

--A buscar una explicación. Tu cartita tiene más clara la letra que el

espíritu. No te ofenderás si te digo que nunca serás la émula de madama

de Sevigné.

--¡Ah! ¿No la has entendido? Pues entonces hay que convenir en que

estaba demasiado bien dorada la píldora. No necesitabas tanto.

--Será porque yo no entienda tanto de píldoras como tú.

Elena se puso roja. Aquella alusión a su nacimiento la hirió en lo más

vivo. Hizo un esfuerzo para reprimirse y dijo con calma:

--Nuestras relaciones, Gustavo, no pueden ni deben continuar. El lazo

que nos une, como tú comprenderás, nada tiene de sagrado y poco importa

romperle un día u otro si al cabo se ha de romper. Tú has sentido un

capricho: yo también. Solamente que a nosotras las mujeres estos

caprichos nos salen siempre más caros. Me parece que es bastante.

Despidámonos como buenos amigos.

--¿Es que ya no te gusto?--preguntó el pintor cínicamente clavándole sus

ojos verdosos chispeantes de malicia.

Elena le miró fijamente sin turbarse y alzando los hombros profirió con

displicencia:

--Tienes demasiado talento para mí.

Núñez guardó silencio unos instantes, sacó un cigarro, lo encendió y

arrellanándose con toda comodidad en una butaca dijo:

--Siempre he sospechado que el talento me había de perder. Es realmente

un exceso, lo comprendo, pero bien sabe Dios que no pocas veces me he

prosternado diciéndole: «Señor, no hay que exagerar. ¿Por qué me has

dotado de tantas facultades y has dejado desmantelados a muchos

ministros, profesores y académicos a quienes hacen más falta que a mi?»

No seas injusta, Elena. Compadécete de mí. ¿Piensas que es una ganga el

tener talento en España?

Elena no estaba para bromas. Escuchó con indiferencia lo que su amante

le decía y sin responderle abrió el balcón y salió a la terraza. Núñez

la siguió. Ambos se reclinaron sobre el antepecho y guardaron silencio

unos momentos. Entonces Núñez, a quien su táctica habitual no valía, se

puso serio, habló de su amor, de los felices instantes que juntos habían

pasado en sus viajes, le hizo ver que aquella fatiga moral que parecía

sentir era engendrada por la fatiga física. En cuanto se repusiera del

todo volvería a ella la alegría, que era su estado natural, el tesoro de

más valía con que la naturaleza la había dotado. Un poco de debilidad,

un pequeño desequilibrio nervioso nos hace ver el mundo como un pozo;

pero descansamos, nos fortalecemos y el mundo vuelve a ser el mismo, un

venero de goces para quien posee hermosura, dinero y un carácter jovial

y feliz como ella...

Era ya tarde. El alma de Elena, conmovida, llena de melancolía por la

influencia de aquellos sitios, donde se había deslizado su infancia,

donde había gozado después unos años de felicidad inefable, no podía

responder al llamamiento brutal de la pasión. La ironía, la malignidad,

el ingenio de su amante, que al principio la habían cautivado, ahora le

causaban aversión y hasta desprecio. Sin abrir la boca hacía signos

negativos con la cabeza, mirando fijamente al horizonte azulado. En

vano Núñez derrochó su ingenio para convencerla, en vano apeló después

a las súplicas ardientes, a los dictados cariñosos. Nada, nada, el mismo

inflexible signo negativo respondía constantemente a sus argumentos y a

sus quejas.

Al bajar los ojos una de las veces Elena creyó ver algunas palabras

escritas sobre el mármol del antepecho. Bajó un poco más la cabeza y las

leyó. Súbitamente acudió la sangre a su rostro, poniéndose roja como una

brasa; inmediatamente pálida. Se irguió con extraño ímpetu y mirando al

pintor con ojos extraviados le dijo:

--Tenga usted la bondad de salir por un momento. Me siento mal.

Núñez la miró sorprendido: su actitud y sobre todo aquel tratamiento

ceremonioso que nunca había usado si no es en público desde que se

hallaban en relaciones le dejaron estupefacto. Y como no se moviera,

Elena exclamó con impaciencia:

--¡Me siento mal! ¡me siento mal...! Haga usted el favor...

Señaló imperiosamente a la puerta.

--¿Qué te ocurre? ¿Quieres que llame? ¿Quieres que vaya a avisar al

médico?

--¡Salga usted... salga usted!

Núñez obedeció al fin. Sin consideración alguna en cuanto traspasó la

puerta, Elena dio vuelta a la llave. Luego vino en dos saltos al

antepecho y volvió a leer las tres palabras que su marido había escrito

con lápiz la noche aciaga en que se apartó de aquellos lugares para

siempre. Estas palabras decían: «_Acuérdate de mí_.» Elena cayó de

rodillas.

--¡Sí, sí, Germán de mi alma, esposo mío, me acuerdo de ti, y me

acordaré mientras me quede un soplo de vida! ¡Dios mío, Dios mío!, ¿qué

es lo que he hecho?

Y la infeliz apretaba sus labios contra el frío mármol y regaba la

inscripción con sus lágrimas.

XIX

FIEROS DESENGAÑOS DE TRISTÁN

Tristán se había ido después de almorzar al café según costumbre. Clara

en el comedor jugaba con su niño y éste con el perro. El niño había

envejecido terriblemente desde la última vez que tuvimos el gusto de

verle, que fue, si la memoria no nos es infiel, en el día feliz de su

nacimiento. Podría tener ya unos diez y seis meses, mal contados. El

perro era mucho más provecto. Aquel Fidel, feroz corredor de conejos y

de ánades, hacía ya largo tiempo que estaba jubilado. Su ama al casarse

le había traído del Sotillo concediéndole un honroso descanso, al cual

ya tenía derecho por sus dilatados servicios. La vida regalona y

sedentaria le hizo echar un poco de tripa como esos militares a quienes

el ministro premia concediéndoles una plaza en el ministerio o en el

Consejo Supremo y al cabo de dos años no pueden meterse el uniforme,

porque les estallan las costuras y les saltan los botones. Si le

hablaban de las perdices y los conejos hacía un mohín de disgusto y

movía el rabo con impaciencia como si tratase de pasar a otro asunto.

Las perdices y los ánades eran para él cuentos del tiempo viejo,

calaveradas de la juventud; que le dejasen de romanticismos y le

hablasen de las buenas siestas al pie de la chimenea y de los buenos

platos de cocido con desperdicios.

Pues a pesar de la diferencia de edad Fidel y Paquito (que éste era el

nombre del infante) parecían amigos íntimos y se llevaban bastante bien.

La experiencia del uno hacía contrapeso a la natural irreflexión y

fogosidad del otro. Algo debía de sufrir con ello el veterano sabueso.

Cuando Paquito se ponía guasón lo era de todas veras: le tiraba

bárbaramente de las orejas, le tapaba el hocico y hasta llegaba en

ocasiones ¡oh sutil refinamiento de crueldad! a meterle los dedos por

los ojos. Pero Fidel sabía zafarse de estas vejaciones y cuando advertía

que su camarada mostraba tendencias a ponerse _pelma_ se largaba pian

piano moviendo el rabo hacía la cocina dejándole en la más espantosa

soledad. En cambio se aproximaba demasiado cuando Paquito tenía entre

manos y boca algún pedacito de pastel o una galleta. Entonces, si el

amiguito se hacía el remolón y no se apresuraba a compartir con él la

golosina, arrimaba el hocico y, no se la arrancaba violentamente, que

esto no cuadraba a su educación ni a su carácter diplomático, pero con

sutileza increíble se insinuaba, se insinuaba; principiaba por lamer

tímidamente el pastel y concluía por abrir con extrema delicadeza la

mano del niño y engullírselo. Hecho lo cual, siempre prudente y

previsor, se eclipsaba. Paquito, viéndose estafado, ponía el grito en el

cielo.--«¿Quién ha sido, rico? ¿Quién te ha llevado el

pastelito?--exclamaba su niñera.--¿Ha sido el Fidel? Vamos a pegarle con

el látigo.» ¡Dónde estaba ya el Fidel! En un buen rato no se le veía por

ninguna parte.

Tristán o el pesimismo · 第 18 / 22 段