Alcanzó su casa y penetró en ella sin ruido, casi furtivamente como si

fuera un intruso. Uno de los criados se asombró de verle al cruzar un

pasillo y se excusó de no haber prevenido a los demás. Don Germán

ordenó que todos permaneciesen tranquilos. Se encerró en su despacho,

sacó legajos y papeles y estuvo trabajando largo rato. Llamaron a su

puerta humildemente y una doméstica preguntó si el señor bajaba a cenar.

Respondió que le subiesen a la habitación contigua caldo y algunos

fiambres y siguió trabajando. Al cabo se alzó del sillón y pasó al

saloncito contiguo donde ya le habían preparado la mesa. Ordenó en

seguida que todos se acostasen y volvió a su trabajo que aún duró mucho

tiempo. Cuando terminó eran las altas horas de la noche. Descansó unos

instantes y escribió una carta de pocas palabras que depositó sobre la

mesa en sitio visible. Luego sacó de uno de los cajones un revólver, lo

examinó con detenimiento, lo cargó con nuevas cápsulas, lo colocó sobre

la mesa y echó de nuevo la llave al cajón. Abrió la puerta del salón,

abrió la de la habitación contigua, que era el dormitorio matrimonial,

encendió un cigarro y se puso a pasear a lo largo de la crujía con

aparente calma.

Allá en el fondo entre las camas de los esposos pendía un crucifijo. En

uno de los paseos los ojos de don Germán tropezaron con él. Quedó

inmóvil, clavado al suelo, los ojos fijos en aquella imagen sangrienta.

¿Cuánto tiempo estuvo así? ¿Una hora? ¿Un minuto? Jamás pudo él mismo

saberlo. Al fin dejó escapar un suspiro, se tapó el rostro con las manos

y cayó de rodillas sollozando.

Cuando se puso en pie había recobrado el sosiego, todo el sosiego del

alma. Su resolución estaba tomada. Se dirigió con paso firme a su

despacho, guardó de nuevo el revólver y se puso a escribir algunas

cartas. Una larga para Tristán, otra para Cirilo. La última para su

mujer.

«Elena: Perdona que por última vez me dirija a ti. Es de absoluta

necesidad para tu futura existencia. Cuando recibas ésta me hallaré

lejos y jamás volveré a importunarte con mi presencia. Te dejo toda mi

fortuna: sólo me llevo lo necesario para vivir. Gasta todas las rentas

que te entregará Cirilo. Es el último favor que te pido y también que

disculpes mi ausencia. Puedes decir que estoy en América, donde tenía

comprometidos algunos intereses. Nada más. Que Dios te proteja y que a

mí no me abandone.»

Cerró la carta y lo mismo que las otras la guardó en el bolsillo para

enviarlas al correo en la oportuna ocasión. Hizo después pedazos la que

había dirigido al juez y sacó otro cigarro y de nuevo se puso a pasear,

esta vez no con calma aparente sino bien verdadera. Por fin abrió el

balcón y salió a una pequeña terraza, recostándose de bruces sobre el

antepecho de mármol. La noche era caliente y poblada de estrellas. El

paisaje severo, erizado, dormía bajo su dosel alargando la sombra

inmensa de sus collados. Reynoso abría los ojos sin ver, tendía los

oídos sin oír, no viendo ni oyendo más que los latidos de su corazón

desgarrado. Este corazón latía y hablaba. ¿Qué importa todo? ¿Qué vale

cuanto existe en el mundo? Riqueza y miseria, grandezas y humillaciones,

desgracia o ventura todo cambia, todo se hunde al fin en los abismos de

la noche eterna... ¿También se hundirá el amor? ¿Nada quedará de esta

emoción incomprensible que parece transformarnos por momentos,

arrebatarnos de la tierra a otras esferas más altas? Don Germán

contempló el cielo, largo rato, escrutando con avidez sus abismos

azulados, sus millones de luminarias maravillosas. Al fin los bajó de

nuevo murmurando: «¡No; el amor no se hundirá porque el amor es Dios!»

Paseó después su mirada por el campo. Allá, hacia el oriente, en los

confines del horizonte un tenue reflejo del firmamento señalaba el sitio

donde se asentaba Madrid. Apartó los ojos con horror. Del cielo viene el

rayo que nos abate, del mar viene la ola que nos traga, del campo la

dentellada de la fiera o la puñalada del bandido. ¡Pero de allí...! ¡ah,

de allí viene el daño que no puede explicarse, la agonía sin muerte, el

dolor increíble!

Permaneció algún tiempo perdido enteramente en una meditación profunda.

Era un torrente de pensamientos graves, de sensaciones confusas que

atravesaba su cerebro y su corazón. Apenas guardaba la conciencia de que

fuesen suyos. Una ola de olvido le envolvía poco a poco; una voz bien

alta subía invitándole a mirar hacia arriba y a despreciar lo de abajo.

Después haciendo un esfuerzo alzó sus codos de la baranda, contempló

todavía con distracción el horizonte obscuro, sacó del bolsillo su

llavero, del llavero un lápiz y escribió tres palabras sobre el mármol.

Entró en sus habitaciones, se dirigió a su armario y tomando de allí la

ropa y los objetos más indispensables los empaquetó en una maleta.

Cuando la tuvo hecha bajó cautelosamente hasta la puerta del jardín y

salió de casa. Atravesó el parque, atravesó el bosque y en pocos minutos

se encontró a campo raso. Emprendió por los senderos el camino de

Zarzalejo para montar allí en el primer tren que le alejase de Madrid.

Cuando hubo caminado algún tiempo se detuvo y volvió los ojos hacia su

casa. Allí quedaba, silencioso, tranquilo, el que había sido su paraíso

en la tierra. Jamás, jamás volvería a entrar en él. ¡Cuánta felicidad

deshecha en un instante! Tomó la maleta que había dejado caer al suelo y

emprendió de nuevo la carrera. Los sollozos le rompían el pecho, las

lágrimas le cegaban. Así marchaba aquel hombre al través de la noche

desierta en busca de Dios.

XVII

LA BODA DE ARACELI

Araceli, la niña espiritual y aristocrática de los señores de Escudero,

tocaba a la meta de sus ambiciones heráldicas. Iba a ser duquesa. Poco

después de la catástrofe sobrevenida a don Germán y de su viaje

misterioso, se le ocurrió al duque del Real Saludo el morirse de una

apoplejía fulminante. Cuando recibió la noticia Araceli sintió que las

piernas le flaqueaban; todo su cuerpecito distinguido se estremeció con

un escalofrío de ansiedad y de gozo. Supo disimular, sin embargo, puso

la cara larga, se vistió de negro y dio el pésame a la familia y la

acompañó muchos ratos en aquellos días de tristeza. Había que verla en

tales momentos, entrar y salir en las habitaciones, recibir recados,

pronunciar órdenes y darse aire de pariente. Sus esperanzas no quedaron

fallidas. La duquesa viuda no pensó que un sepulcro abierto la eximía de

permanecer fiel a sus principios de contradicción doméstica, y otorgó el

consentimiento a su hijo, realizando así contra el duque un acto de

oposición de ultratumba. Se dejó transcurrir por respeto un plazo de

seis meses. Comenzaron al fin los preparativos de la boda. Sin embargo,

hubo en ciertos instantes temor de que ésta zozobrase al tratarse la

cuestión de intereses. La duquesa sólo ponía a disposición de su hijo

una renta de treinta mil pesetas, que era lo que le correspondía por

herencia de su padre. Escudero, hombre exactísimo, metódico, ordenado,

manifestó que en ese caso él daría a su hija otro tanto. Pero estas

cantidades no bastaban para que el joven matrimonio viviese con arreglo

a su rango. Se trabajó con empeño para que el suegro aumentase la renta;

hubo en la casa reyertas, desmayos, lágrimas en abundancia. Don Ramón

consintió al fin en doblar la cantidad, pero a condición de que tal

excedente se dedujese en su día de los gananciales atribuidos a su

esposa en el caso de que falleciese antes que él.

Corrían ya los días precedentes de la boda. Se habían cambiado los

regalos y Araceli había recibido de la sociedad elegante y de la que no

lo era un bazar completo de bisutería. Los periódicos publicaron largas

columnas con la lista de los objetos como si se tratase de una

liquidación. «Señores de L***: neceser de viaje en piel de Rusia

guarnecido de plata.--Señor de C***: juego de tocador en cristal de

Bohemia.--Marqueses de H***: bandeja de plata repujada.--Duquesa de

N***: cajita de oro esmaltada, etc., etc.» Araceli exhibía estos

chirimbolos a las visitas con singular complacencia. Sólo faltaba sobre

ellos un cartoncito con el precio para que semejase por completo un

almacén de saldos. Pero lo que mostraba con mayor deleite la hija de los

señores de Escudero era su equipo, un soberbio _trousseau_ confeccionado

en París, donde sobre cada pieza se ostentaba una corona ducal, pequeña

o grande, bordada en blanco o en color. Había coronas hasta sobre los

paños de la cocina.

Algunas amigas íntimas se reunían la víspera del día señalado para el

enlace en el gabinete de la prometida. Se la felicitaba, se la

acariciaba, se la besaba, se le decían mil ternezas. Había sinceridad en

unas, había falsedad en otras, que en el mundo el bien y el mal no se

encuentran jamás solos. Aquella juventud se entregaba a la alegría y

retozaba acordándose de los tiempos en que hacían lo mismo en el jardín

de las Ursulinas.

--No te darás tono de señora casada con nosotras, ¿verdad, Araceli?

--¿Ni de duquesa tampoco?

--¡Oh, madame la duchesse!

Y una de las amiguitas se inclinaba delante de la novia con reverencia

cómica que despertaba las carcajadas de las otras. Araceli, lisonjeada,

sonreía con benevolencia.

--¿No tardarás en tomar la almohada?

--¡Quién piensa en eso todavía!--respondió Araceli que había pensado ya

infinitas veces.

--Es una ceremonia imponente, muy imponente--manifestó con gravedad y

poniendo los ojos en blanco una jovencita rubia que seguía las huellas

de Araceli--. Cuando la tomó mi prima la marquesa de la Suave-Conquista

vino antes a ensayarse con mamá, que ha sido camarista de la reina

Isabel. Hay que esperar en un salón; vendrá a buscarte la madrina y

otras damas, se te anunciará y al entrar harás tres reverencias... una

así... otra así... y por último otra así.

La jovencita rubia, puesta en pie y en medio del corro, hacía las

genuflexiones con tal unción, delicadeza y primor, que parecía que en su

vida había hecho otra cosa. Sin embargo, Araceli irguió su cabecita con

altanera indiferencia.

--Ya sé, ya sé todo eso, querida.

--¡A ver, que la tome aquí ahora mismo ante nosotras!--exclamó la

amiguita de humor jocoso que la había saludado en francés--. ¡Yo soy la

reina! Dejad que me siente ahí en lo más alto. Margarita, echa ese cojín

en el suelo. Esa es la almohada. Carmen, tú serás la madrina. A ti,

Beatriz, te nombro mi camarista mayor. No reírse, que éstas son cosas

serias, ¿verdad Mimí? (dirigiéndose a la jovencita rubia). Vamos,

llevadme a esa chica fuera. La llamaré cuando me dé la _real_ gana.

Vosotras aquí en semicírculo haciéndome la corte...

La traviesa niña empujando a unas, arrastrando a otras, cambiando sillas

y cerrando puertas improvisó presto un salón de corte. Se representó la

escena con no poca algazara. Araceli vino del gabinete de su mamá donde

la tuvieron recluida largo rato, hizo sus reverencias casi tan bien como

la rubita Mimí (prueba de que ya las había ensayado a solas) y se sentó

sobre el cojín naciendo tantos remilgos que la reina incomodada le tiró

otro a la cabeza.

--Pero, duquesa, ¿cómo tiene usted valor de presentarse sin

diadema?--exclamó S. M. en el colmo de la estupefacción.

--¡Ah! ¡La diadema, es verdad!--exclamaron a su vez todas las damas de

la corte.

--Póngase usted la diadema inmediatamente--prorrumpió con energía la

augusta persona.

Araceli se disculpó diciendo que estaba guardada en la caja de hierro de

su papá, pero no le valieron excusas. Fue necesario que bajase al

escritorio de Escudero y que éste sacase de la caja la preciada joya

regalo del novio. Enteradas por este paso algunas criadas de la

ceremonia que iba a realizarse, no dejaron de acudir para ver si

percibían algo espiando por las cerraduras y los quicios de las puertas.

El acto se efectuó de nuevo con mucha mayor solemnidad a causa de la

diadema y también del ensayo previo que se había hecho. Terminado, S. M.

se dignó felicitar con las palabras más amables a la gentil duquesa del

Real Saludo, y dio su mano a besar y una bofetada en la mejilla a todas

sus damas.

Araceli durmió muy poco aquella noche. En cuanto se levantó comenzó a

hacer sus preparativos de tocado, aunque la ceremonia nupcial no había

de celebrarse hasta la tarde en su propia casa. Se hizo venir para que

la peinase a Mr. Gaston, famoso peluquero de la corte, y acudieron a

adornarla dos oficialas de Mme. Verlet, la gran modista. No se perdonó

gasto alguno para que la ceremonia se celebrase con inusitada pompa y

suntuosidad. Escudero puso a disposición de su esposa y de su hija una

cantidad respetable, la cargó en sus libros y no volvió a ocuparse del

asunto. Pero he aquí que su esposa, no poco confusa porque le conocía

bien, vino a anunciarle que faltaban mil doscientas pesetas para pagar

las flores de la quinta del Pilar, y su hija Araceli, menos confusa pero

también un poco asustada, le manifestó que aún restaba por abonar al

joyero una pequeña cantidad. Escudero montó en cólera, una cólera ciega.

«¡Cómo! ¿Qué formalidad era aquélla? ¿No sabían que ya estaba agotado el

presupuesto de los gastos de boda, que no se podía andar en los libros,

que él era un hombre de negocios, un hombre de orden?» Doña Eugenia

viéndole tan irritado determinó pagar con sus ahorros aquella suma y

dejar en paz los libros de su esposo. Doña Eugenia era una mujer

económica, pero había adquirido un vicio considerable, el del papel.

Cada día más enemiga de los microbios y resuelta a darles guerra

crudísima mientras le quedase un soplo de vida, desde hacía algún tiempo

ni daba la mano a nadie sino enguantada ni tocaba objeto alguno si no

era interponiendo entre los bacilus y sus dedos un papel. Lo compraba

por resmas en un almacén de la calle de las Infantas. El dueño de este

almacén solía decir burlando que la señora de Escudero le consumía tanto

como una imprenta.

Otro de los asuntos que dio origen a algunos disturbios domésticos que

hubieran degenerado en graves conflagraciones si uno de los bandos no

hubiese operado una prudente retirada, fue el de las invitaciones.

Escudero, que a causa del citado desequilibrio en el presupuesto de boda

se hallaba en un estado alarmante de disgusto y de profunda decepción,

exigió que se invitase a la ceremonia a sus amigos y compañeros de

tresillo en el Círculo Mercantil, Buceta, Trompeta y Rubau. Esta

monstruosa exigencia llevó la desolación al espíritu refinado de su

hija. En vano doña Eugenia agotaba para convencerla toda clase de

razonamientos y representaciones. Araceli, en el colmo de la

desesperación, torciéndose las manos, exclamaba:

--¡Pero mamá de mi alma! ¿qué dirá la duquesa de Colmenar de la Oreja,

qué dirá el marqués de Cabezón de la Sal al verse junto a un hombre que

se llama Trompeta?

Todavía el hado adverso reservaba una prueba más cruel al temperamento

primo y elevado de la prometida. Escudero, enardecido con su victoria,

después de haber impuesto a Buceta y a Trompeta, llevó su audacia hasta

proponer a Barragán. El paisano se había hecho su amigo íntimo, le había

confiado la gestión de sus intereses y por último había tenido el rasgo

feliz de ofrecer a la novia no un regalo como cualquier hombre vulgar,

sino un billete de quinientas pesetas para que ella comprase el objeto

que más le gustase. Este procedimiento generoso y práctico a la vez le

había elevado considerablemente en el concepto de Escudero. La

consternación más profunda se pintó en el semblante de su hija al tener

conocimiento de la fatal decisión. No valieron súplicas ni lágrimas ni

se logró nada con la intervención oficiosa de algunos amigos diputados

para ello. Don Ramón permaneció inflexible. O Barragán era invitado o él

mismo dejaría de asistir a la ceremonia. Se tragó, pues, a Barragán, ¡un

trago bien amargo! Araceli, pateando de cólera en su gabinete, se

prometía tomar en lo futuro una digna venganza. En cuanto estuviese

casada ¡ni uno solo de aquellos hombres ordinarios pondría los pies en

la casa ducal! Por su parte Escudero, temiendo haber llevado demasiado

lejos sus exigencias, suplicó a Barragán en términos sentidos «que si

era posible se recortase un poco las barbas». Cedió éste, bien

convencido sin embargo en su interior de que no se lograría con ello

borrar la odiosa traza de bandido con que, implacable, la naturaleza le

había dotado. Pero como hombre dócil y de buena pasta, no sólo cedió a

recortarse un si es no es la barba, sino que se vistió una flamante

levita, se puso botas de charol, pantalón bombacho, sombrero de copa y

en la corbata un alfiler con una enorme esmeralda falsa. ¡Estaba

horrible! ¡patibulario! Los invitados al pasar junto a él no podían

menos de sentir un escalofrío. Uno de los amigos del novio le llamó

Rebolledo, aludiendo al bandido de la zarzuela _Los diamantes de la

corona_, y la palabra hizo fortuna entre la juventud maleante.

La ceremonia debía de celebrarse a las cinco de la tarde. Los novios

partirían en el sud-express poco después. A las tres, la multitud de los

convidados invadía los fastuosos salones de la casa de Escudero, en la

calle de Alcalá. Tristán estaba allí. Era uno de los testigos designados

por la novia. Andaba solo, huyendo de juntarse a nadie según su

costumbre. El sensible lance acaecido a su cuñado y en el cual había él

tomado parte no había contribuido a mejorar su genio difícil y sombrío.

El matrimonio de su prima, a la cual nunca había profesado mucha estima,

le inspiraba un poco de risa, un poco de lástima y otro poco de

desprecio. ¡Casarse, por ser duquesa, con un espectro!

Efectivamente Gonzalito Ruiz Díaz lo era. Al principio de sus relaciones

con la niña de Escudero pareció animarse un tanto su naturaleza, pero a

medida que transcurría el tiempo se fue debilitando nuevamente hasta

inspirar miedo. Se decía en la familia que la oposición tenaz de su

padre era la causa de tal decaimiento. Sin embargo, después del

fallecimiento del duque nada mejoró de aspecto. Entonces se achacó a los

amores. En cuanto satisficiese, uniéndose a Araceli, los vivos anhelos

de su corazón engordaría hasta ponerse como una bola. Esta era la

profecía que había encontrado más eco en la familia de Escudero y de

todos sus allegados.

Cuando se presentó en el salón ataviado con el uniforme de maestrante de

Granada, su faz lívida, el círculo azulado que rodeaba sus ojos, la

fatiga que se leía en todos sus rasgos no pudo menos de sorprender a los

circunstantes que empezaron a hablarse al oído. «Es el uniforme--decían

algunos--lo que le da ese aspecto de muerto desenterrado.» «¡Qué

uniforme! Es la emoción. ¡Ha sido siempre un chico tan sensible!» El

pobre Gonzalito se sentía en efecto bien fatigado, bien conmovido, bien

amarrado dentro de su vistoso uniforme. Todos los amigos se apresuraron

a rodearle vertiendo en su oído palabras de felicitación. Unos lo

tomaban por lo serio, le hablaban de su preclaro nombre que pronto iba a

encontrar quien lo perpetuase, otros echaban el santo sacramento a

broma.--«¡Ánimo, Gonzalo! Para sostenerte en este trance fiero aquí

tienes a los amigos. ¡No tiembles a la vista del patíbulo!» Y señalaban

al altarcito erigido allá en el fondo del salón contiguo y que se veía

por la puerta entreabierta.

Al fin llegó monseñor Isbert que debía bendecir la unión de los jóvenes.

Era un prelado doméstico de S. S., hombre de mundo, jovial, diplomático,

tolerante. Por estas razones gozaba de gran crédito en la alta sociedad

madrileña y había casado ya un número considerable de sus miembros.

Señoras y caballeros le rodearon al instante y gozaron de su

conversación culta y jocosa. Cuando se hubo cansado monseñor sacó el

reloj.

--Ya se acercan las cinco--manifestó dirigiéndose con graciosa sonrisa a

Araceli--. Perdone usted, señorita, que le recuerde el dulce y solemne

momento que se aproxima en que cumpliendo los mandatos divinos entregará

usted su libertad al elegido de su corazón.

Araceli bajó los ojos ruborizada.

--¿Dónde está el novio?--preguntó después monseñor con su voz clara y

pastosa de orador.

--Eso es, ¿dónde está el novio?--preguntaron algunos dirigiendo miradas

en torno.

--¿Dónde está Gonzalo? ¿donde está Gonzalo?--repitieron otros.

Al fin se le halló en un gabinete solitario sentado, con la cabeza entre

las manos.

--¿Qué es eso?--se apresuraron a preguntarle su madre, su novia y las

personas que se le acercaron corriendo--. ¿Qué te pasa? ¿Te sientes

indispuesto?

--Sí, me siento mal.

Y al levantar la cabeza dejó ver un rostro tan pálido que su madre dio

un paso atrás, aterrada.

--Sí, me siento mal, ¡muy mal!

Apenas había pronunciado estas palabras una ola de sangre se escapó de

su boca. Gritaron las mujeres, se conmovieron los hombres, acudieron los

criados. Todos están tan asustados que no saben más que gritar:

--¡Un médico...! ¡una jofaina...! ¡un vaso de agua!

El vómito fue terrible. Pensaron que se quedaba en él. Cuando cesó le

transportaron a una cama en las habitaciones que había ocupado Tristán

de soltero. El doctor Ustariz, que se hallaba como invitado entre los

presentes, le prodigó sus cuidados. Sin embargo, pocos minutos después

le repitió el vómito. El doctor se apresuró a hacer salir del cuarto a

todo el mundo, haciendo seña a monseñor Isbert para que se acercase. El

sacerdote le dio la absolución de sus pecados sin oírlos, porque el

pobre Gonzalito no volvió a pronunciar otra palabra.

XVIII

LA FLECHA DEL DESTERRADO

La masa de follaje del Sotillo se teñía de amarillo. Con una ojeada

perezosa y distraída Elena abrazaba el bosque y el vasto horizonte,

fijándola con insistencia en sus confines azulados. Aquel noviembre

venía seco, pero frío ya. El aire era transparente, la sierra tomaba un

color de violeta obscuro, la llanura se teñía de gris; por el ambiente

corrían las frías claridades, el aliento fresco que denunciaba la

proximidad del invierno.

--No hace más que cuatro días que la señorita ha llegado y ya parece

otra--dijo la doncella que se hallaba a sus pies arrodillada cambiándole

el calzado.

--Sí, el Escorial me ha probado siempre bien--repuso la señora sin

apartar su mirada distraída del horizonte.

--¿Por qué no viene más a menudo?--se atrevió a preguntar la mimada

doncellita.

Elena no contestó.

Al cabo de un rato apartó los ojos del paisaje y los volvió al armario

de espejo que tenía delante. Se miró prolongadamente en la luna y

murmuró como si hablase consigo misma:

--¡De todos modos me encuentro bien cambiada, bien decaída, bien fea!

--¿Cómo fea?

La doncellita protestó con todas sus fuerzas de aquella monstruosa

aserción. Jamás había estado tan hermosa la señorita.

--Parece mentira--prosiguió ésta--que una fiebrecilla gástrica me haya

arruinado tanto.

--Quince días en el campo y se pondrá la señorita tan gorda que habrá

que enviar todos los trajes a la modista.

--¡Más, más...! Me convendría tal vez pasar todo el invierno aquí.

La doncellita se puso seria. ¡El invierno! ¡Alegre humor echaría su

novio el encargado de la tienda de ultramarinos de la calle de Olózaga

si tardase más de quince días en volver a Madrid! Así que trató por

todos los medios que estaban a su alcance (que no eran muchos) de

disuadir a la señorita. Esta parecía no escucharla. Sus ojos volvieron a

perderse al través del balcón abierto en las lejanías del horizonte

inmenso. En vano tocó los recursos que en otras ocasiones habían surtido

efecto para distraerla, los vestidos, los sombreros, las reformas de la

casa, los coches. Elena permanecía absorta, ensimismada, sin dignarse

siquiera volver la cabeza. Viendo sus esfuerzos defraudados, la

doncellita adoptó el acuerdo de salirse de la estancia sin hacer ruido.

El Sotillo le causaba ahora una impresión extraña, mezcla de dolor y de

alegría, de agitación y de sosiego. Desde el día fatal, hacía ya más de

un año, en que su esposo huyera para siempre, no había puesto los pies

allí. Pero desde hacía ya tiempo soñaba con él. Su espíritu se volvía

hacia aquel paraje ansiando la frescura de sus árboles, el rumor de sus

aguas, la paz de su ambiente. ¡La paz, la paz! Esto era lo que

necesitaba su cuerpo gastado, su corazón deshecho. La carta de su marido

le había producido el efecto de un rayo. Cayó de bruces sobre el suelo

privada de conocimiento. Cuando la alzaron y la transportaron a la cama

se le declaró una violenta fiebre que la tuvo postrada muchos días y

amenazó su vida. Durante su enfermedad ni Clara ni Tristán ni Visita

parecieron por su casa. Sólo Marcela Peñarrubia la veló como una hermana

cariñosa. Cuando entró en convalecencia supo por ella que Tristán había

provocado secretamente a Núñez y que éste había rehusado el duelo

alegando que no era él quien tenía derecho a exigirle una reparación.

Entonces Tristán le había abofeteado. No otra cosa buscaba el pintor

para tener la elección de armas, pues aunque no era cobarde, ninguna

gracia le hacía servir de blanco a la certera puntería de su amigo. Se

batieron a espada y Tristán salió herido ligeramente en el brazo

derecho. Después se vio rodeada por aquellas amigas de última hora,

Marcela Peñarrubia, Enriqueta Atienza, Rosita León y sus respectivos

amantes que la asistían y la mimaban con asiduidad conmovedora.

Tristán o el pesimismo · 第 17 / 22 段