descubrió que su amo era poseedor de una mesa giratoria por medio de la
cual consultaba con los espíritus cuanto quería. Bastó esto para que el
paisano ardiese en deseos de conferenciar con el cafetero y asistir a
alguna de aquellas sesiones maravillosas. Realizóse este deseo y desde
entonces quedó absolutamente convencido de que había resuelto el gran
problema de la vida futura. Buscó en el barrio de Chamberí un carpintero
que por poco precio le fabricó otra mesa giratoria semejante a la del
cafetero, y así que la tuvo en su poder ya no dejó en paz a ninguno de
sus amigos difuntos. Generalmente era en las altas horas de la noche
cuando éstos se veían obligados a venir a conferenciar con él; pero
también durante el día solía molestarles, como si no tuvieran en el otro
mundo otra ocupación más perentoria.
Después de tomar café y pasear un rato entre calles buscando fresco, se
restituyó cierta noche el paisano a su casa resuelto a tener una
conferencia importante con Fernández, un sargento que se había muerto en
sus brazos hacía algunos años en Méjico. Deseaba enterarse de algunos
detalles referentes a la familia que allí había dejado, y nadie mejor
que él podía dárselos sí, como era de suponer, vagaba su espíritu aún
por aquella república...
--Fernández... ¡Fernández...! ¿Estás aquí?
La mesa giró y señaló las dos letras de la palabra _sí_.
Una vez enterado de que el sargento se había decidido a atravesar el
Atlántico, Barragán procedió con toda solemnidad a hacerle una multitud
de preguntas referentes a su esposa: «¿Estaba buena? ¿Podía vivir con lo
que le había dejado? ¿Cómo iban sus negocios? ¿Explotaba la finca por su
cuenta o la había arrendado? ¿Le guardaba rencor por haber roto el yugo
matrimonial?»
Fernández respondía a estas preguntas con muchas vacilaciones, con
incongruencia también. Barragán necesitaba formularlas repetidas veces,
instarle con vehemencia, amenazarle, forzar de mil maneras la
interpretación de las palabras que la aguja iba componiendo. Al fin la
palabra salía bien o mal construida y Barragán podía adivinar que los
negocios no marchaban bien, que su esposa estaba muy triste pero que no
le guardaba rencor.
Era de ver al paisano en aquel momento agitado, convulso, hablando muy
quedo pero con singular vehemencia en la expresión, unas veces
imperativa, otras suave, acariciadora, otras terrible y amenazante.
Algunas gotas de sudor le rodaban por la frente; sus luengas barbas
negras y ásperas barrían como una escoba la mesa cuando bajaba hacia
ella la cabeza para invitar dulcemente a Fernández a que se explicase
mejor; sus ojos encarnizados rodaban por las órbitas con inquietud y
ansiedad.
Al fin se decidió a preguntar:
--¿Y mis hijastros?
--Muerte--dijo la mesa.
Barragán dio un salto en la silla y preguntó otra vez con voz temblorosa
y la garganta seca:
--¿Han muerto?
--Sí--respondió la aguja.
--¿Los dos?
--Sí.
Ya sabemos que Barragán a pesar de sus ojos, de sus narices y sus
barbas, todo ello excepcional y temeroso, guardaba dentro del pecho un
corazón excelentísimo. Sin embargo no pudo evitar al saber la
desaparición de sus enemigos que corriese por su cuerpo un
estremecimiento placentero.
--¿De qué han muerto?--preguntó con el rostro inflamado y acercándolo
hasta casi besar a la mesa.
--Hinchazón--respondió la aguja.
--Se le hinchó algo, ¿verdad?--insistió Barragán cada vez más dulce y
más insinuante con Fernández--. ¿Sería el vientre quizá?
--El vientre--dijo Fernández.
--¿Y el otro?
--Caída--señaló la aguja.
--Caída de caballo, ¿verdad?
--Si.
--¡Ya lo creo que sería!--exclamó levantando la cabeza con expresión
triunfal--. Federiquito era un temerario que montaba los caballos
salvajes en pelo. ¡Cuántas veces le he dicho a su madre que a ese chico
le mataría un caballo!
Arrepentido de su inevitable alegría, el paisano sacudió la cabeza a
guisa de oración fúnebre, se echó hacia atrás en la silla, sacó la
petaca y se dispuso a fumar un cigarro a la memoria de aquellos
malogrados jóvenes.
Fumándolo estaba y envolviéndose en nubes de humo y en otras aún más
espesas de cavilaciones trascendentales cuando llamaron suavemente con
los nudillos y se oyó la voz de doña Mónica:
--¿Está usted visible, señor de Barragán?
Este se apresuró a encerrar la mesa giratoria en el armario.
--Adelante, doña Mónica.
Apareció la buena señora.
--Pues aquí preguntan por usted unos caballeros.
--¿Qué caballeros?--replicó vivamente Barragán, acometido de
inexplicable inquietud.
--No se alborote, padre, somos nosotros--pronunció una voz juvenil y
melosa con dejo americano.
Al oír esta voz fue precisamente cuando se alborotó el paisano. Dio un
salto como si le hubieran pinchado y avanzó dos pasos hacia la puerta
con los brazos extendidos como si fuera a cerrarla violentamente. Pero
ya los visitantes se habían colado dentro pasando por delante de doña
Mónica.
--Buenas noches, padre... ¿Cómo sigue, padre?--dijo uno tomándole la
mano con ademán respetuoso. El otro vino a hacer lo mismo.
Eran dos jovenzuelos exiguos y morenos, de cabellos negros ensortijados
que gastaban un cuello de camisa tan descotado que casi se les veía el
pecho. Ambos sonreían haciendo muecas y contorsiones como monos
amaestrados. Barragán se había puesto muy pálido y les miraba con ojos
de extravío sin responder a sus repetidas salutaciones. Doña Mónica
estupefacta les miraba a unos y a otros olfateando un misterio y no se
decidía a salir de la habitación. Al cabo, como los dos extranjeros se
volviesen hacia ella mostrando sorpresa de verla aún allí, no tuvo más
remedio que abandonar el gabinete. Pero, ¿cómo abandonar el agujero de
la cerradura? ¿Qué era aquello? ¿Por qué estos jóvenes le llamaban
padre? Barragán jamás le había dicho que tuviera hijos. ¿Sería por
desgracia un sacerdote renegado que se hubiera dejado crecer las barbas?
El ademán de uno de los chicos le pareció a la buena señora que era de
besarle la mano. De esto a darlo por hecho no tardó tres segundos. Por
otra parte la manía de hablar siempre de cosas del otro mundo, ¿no era
también indicio de su profesión? ¡Tendría gracia que hubiera alojado en
su casa a un cura apóstata! ¿Qué diría don Matías el capellán castrense?
¿Qué diría Freire?
Los chicos volvieron a enterarse con creciente interés de la salud de
Barragán.
--¿Cómo se encuentra, padre? No ha habido novedad, ya lo vemos. Está
gordo, señor; está usted muy lúcido... Pero siéntese, padre, siéntese...
No queremos que se moleste.
Barragán se dejó caer en la silla que ocupaba y los dos leopardos
(porque eran ellos como ya se habrá supuesto) se acomodaron en otras
frente a él sin perderle de vista.
--¿No ves qué gordo y qué florido está el padre?--dijo Federiquito
dirigiéndose a su hermano.
--Está brillante como un espejo. Parece que le han dado barniz de
muñequilla--respondió Fabricianito (que así se llamaba el otro).
--Yo creo que el sol de América le echaba a perder el cutis.
--Los mosquitos le hacían más daño todavía.
Barragán permanecía silencioso con el fiero semblante contraído,
mostrando bien lo poco grata que le era aquella visita. Los chicos no
parecían advertirlo y siguieron piropeándole todavía tirándose uno al
otro la pelota en el tono más suave y meloso que puede imaginarse.
--Bien se conoce que se da buena vida el padre, ¿no te parece,
Fabriciano?
--¿Y cómo no, compadre? Yo haría lo mismo si tuviese tanta plata como él
en el bolsillo.
Al oír esto Barragán se encrespó como si le hubiesen hecho una ofensa
mortal.
--Yo no tengo ni plata ni oro, ¿estamos? Y si es que habéis hecho un
viaje tan largo para enteraros de ello pudisteis haberlo excusado.
--¿Se habrá gastado ya el padre toda la plata que ha traído de allá,
Fabriciano?
--No lo pienses, compadre. ¡Si era un montón tan alto que tocaba en el
techo! Estoy seguro de que no le ha desmochado todavía el pico.
--¿Qué queréis decir con eso? ¿Que yo he traído algo de allá que no
fuera mío?--preguntó Barragán con dignidad.
--Las cuentas estaban muy embrolladas, padre, y sin quererlo se ha
podido traer lo que no le pertenecía. ¿Verdad, Fabriciano, que sólo
venimos a deshacer ese enredo?
--¡Y que lo digas! Ten confianza en que el padre no nos dejará marchar
sin llenarnos bien los bolsillos.
--Si vosotros no lo sabéis, vuestra madre sabe que todo lo que había en
la casa me pertenecía. Cuando me casé con ella la finca en que vivís
estaba hipotecada. Yo la he desempeñado con mi dinero y al marcharme se
la he dejado sin reclamar un centavo. Ya os he hecho, pues, bastante
regalo.
--Pero oye, Fabriciano, ¿la finca no ha producido nada en los diez años
que el padre la ha explotado?
--¿Que si ha producido, compadre? ¡Una mina de oro! ¡El oro en pepitas,
niño! Lo menos le han quedado al padre después de mantener la casa
cincuenta mil pesos.
--¿Pero es tanto, Fabriciano? Entonces veinticinco mil pesos son de la
madre.
--¡Y que lo digas, amigo! No vayas a figurarte que nos dará menos el
padre.
--¡Que yo os voy a dar veinticinco mil pesos!--exclamó Barragán
trémulo--. Ya quisiera tener para mí esa cantidad. ¿Sabéis lo que os
digo? Que me dejéis en paz y os vayáis por donde habéis venido, porque
aquí no estamos en Méjico.
--No se ponga tan bravo, señor--respondió con calma amenazadora
Federiquito--. Afloje el bolsillo un poco y ya verá qué pronto
embarcamos.
--Os he dicho que estáis equivocados. No sólo no me he llevado nada de
vuestra madre, sino que la he dejado los quince mil pesos de la
hipoteca. Si habéis venido con intención de correr algunas huelgas a mi
costa, podéis esperar sentados, porque no veréis un cuarto.
--¿Es de veras eso, señor?
--¡Y tan de veras!
--Ya lo oyes, Fabriciano. El padre no quiere entregar lo que es nuestro.
¿Qué debemos hacer nosotros?
--Pues sacarle las tripas al aire a ese pendejo--respondió Fabricianito
con la misma calma y acento meloso que si ordenara servirle una
limonada.
--Toma el fierrito, niño.
Fabricianito no se hizo esperar y echó mano al cuchillo. Federiquito
hizo otro tanto. Barragán, dando un salto, gritó: «¡Socorro!» y se
abalanzó a la puerta; pero viendo que sus enemigos le cerraban el paso
retrocedió velozmente, se dejó caer sobre la puerta vidriera de la
alcoba, que se abrió con rotura de algunos cristales, y pudo ganar la de
escape que comunicaba con el corredor.
--¡Socorro, que me asesinan!
Los dos leopardos, viendo que su presa se les escapaba, en vez de
seguirle hicieron irrupción por la puerta del gabinete para cortarle la
retirada, pero allí tropezaron con doña Mónica que había estado
escuchando y que ya gritaba desesperadamente también:
--¡Socorro! ¡Asesinos!
Gracias a este encuentro, que les hizo vacilar algunos instantes,
Barragán pudo abrir la puerta de la escalera y precipitarse por ella.
Sus hijastros le siguieron al instante con los cuchillos abiertos y
gritándole:
--¡Suelta la plata, ladrón!
Pero una vez en la calle el paisano les llevaba gran ventaja porque
conocía ya bien las de Madrid y pudo muy presto ocultarse a su vista,
mientras ellos no tardaron en ser detenidos por los guardias de orden
público.
Barragán después de esquivarse llegó a la calle del Arenal y corrió
derecho a la casa de Tristán, subió en cuatro saltos la escalera y
apretó el timbre de la puerta hasta que vinieron a abrirle. Aquel
repique prolongado y angustioso a las once de la noche sobresaltó a
Tristán que vivía siempre bajo el temor de una desgracia inmediata.
Salió precipitadamente del comedor donde se hallaba con Clara y su niño.
Al ver a Barragán su faz se obscureció y dirigiéndose a él con paso un
poco teatral y apretándole la muñeca le dijo al oído en voz baja pero
con vehemencia trágica:
--¡Los he visto ya!
--¿Los ha visto usted?--preguntó Barragán abriendo los ojos hasta querer
salírsele de las órbitas.
--¡Sí, hoy mismo he visto a los traidores!
--Vengo huyendo de ellos. No faltó nada para que me asesinasen.
Tocó la vez a Tristán de abrir los ojos desmesuradamente.
--¡Asesinarle a usted! ¿Pero cómo...? ¿Qué está usted ahí diciendo?
--Sí, en mi misma casa abrieron los cuchillos para mí... Si no escapo a
tiempo allí me degüellan sin remisión.
--¿Pero está usted loco, amigo Barragán? ¿De quién habla usted?
--¡De esos granujas! De mis hijastros.
--Yo me refería a Gustavo Núñez y a mi cuñada Elena--replicó Tristán
friamente.
XVI
¡CORAZÓN, ARRIBA!
Elena se mostraba reacia aquel verano para ir al Escorial. Con el
pretexto de esperar la terminación de unos muebles que había encargado
para su salón iba retrasando días y días el traslado definitivo, por más
que solía pasar allá uno que otro. Reynoso ya no podía más. Su amor y su
prudencia le retenían de tomar la iniciativa, pero empezaba a mostrar en
su semblante la impaciencia que le dominaba. Elena lo comprendió y le
propuso que se fuese antes que ella, aguardándola allí los pocos días
que faltaban ya para que el ebanista y el tapicero dejasen terminada la
reforma del salón. Aceptó gustoso contando que solamente una semana
tardaría su esposa en juntarse con él. Transcurrió la semana, corrían ya
los últimos días del mes de julio y Elena no daba aviso de su partida.
Pensaba ya don Germán en volverse a Madrid y renunciar a sus placeres
campestres cuando recibió un telegrama urgente de Tristán concebido en
los siguientes términos: «Vente en el primer tren. Urge mucho tu
presencia aquí.»
Justamente acababa de almorzar; eran las doce y media y el primer tren
para Madrid salía a la una. Mandó enganchar a toda prisa y se trasladó a
la estación. El telegrama le había trastornado. No sabía lo que pensar,
pero sentía una zozobra inmensa. Lo primero que le había venido al
pensamiento era que Elena estuviese enferma, le hubiese ocurrido
cualquier accidente. Sin embargo, no parecía natural que le avisasen en
aquella forma enigmática. Luego pensó en Clara, en el niño. Tampoco
imaginaba que era forma adecuada de darle la noticia. Al fin, presa de
la mayor congoja, llegó a Madrid. Cuando puso el pie en el andén y vio a
Tristán acompañado de Escudero y de Barragán le dio un salto terrible el
corazón. Se dirigió corriendo hacia ellos.
--¿Qué pasa? ¿Elena está enferma...? ¿Clara?
--Las dos están buenas--respondió Tristán gravemente--. Vamos a tomar el
coche y allí te hablaremos del asunto que me ha obligado a
telegrafiarte.
Estas palabras causaron un frío singular en el corazón de Reynoso.
Vagamente adivinó una desgracia mayor que la enfermedad, mayor que la
muerte misma, y quedó paralizado sin osar decir otra palabra. Siguió
dócilmente a sus amigos, cuyas caras largas, contristadas, eran aún más
inquietantes que las palabras de Tristán. Fuera de la estación les
esperaba el landau de Escudero.
--A la Moncloa--dijo Tristán al lacayo.
La mayor estupefacción se pintó en los ojos de Reynoso, pero guardó
silencio. Prontamente el coche dejó las cercanías de la estación del
Norte y se internó en el largo y umbroso paseo de la Moncloa, que se
hallaba en aquella hora completamente solitario. Tristán, con los ojos
bajos y voz levemente enronquecida, principió al cabo a hablar.
--He vacilado mucho, muchísimo, antes de darte el susto que te he dado y
hacerte pasar por una prueba bien triste... Hubiera querido, aun a costa
del sacrificio más grande, ahorrártela. Conozco tu corazón confiado,
noble, afectuoso y sé perfectamente la herida profunda que ha de abrir
en él un desengaño... Pero... yo no puedo olvidar que eres mi hermano,
que mi mujer lleva tu nombre y que tengo el sagrado deber de velar por
que este nombre no sea arrastrado por el suelo... Yo no quiero--añadió
exaltándose--que este nombre, que ha de llevar también mi hijo, sirva de
burla y escarnio a la gente. Antes que eso suceda estoy resuelto a hacer
justicia por mi propia mano...
Reynoso horriblemente pálido le contemplaba atónito, sin pestañear.
--Antes de dar este paso he consultado con tus amigos más fieles, con
los que te quieren como un hermano y ellos han visto como yo que era de
todo punto necesario esta operación dolorosa. Ten valor, pues...
Prepárate a saber que se ha hecho befa de tus sentimientos más íntimos,
que se ha olvidado infamemente tu nobleza y tu generosidad, que se ha
pisoteado tu corazón y tu nombre... Elena...
Un grito áspero y extraño, mezcla de rugido y de lamento, salió de la
garganta de Reynoso.
--¡La prueba! ¡la prueba!
Tristán, Escudero, Barragán quedaron aterrados viendo la palidez
cadavérica de aquel hombre, su mirada centellante de fiera acorralada.
--¡La prueba! ¡la prueba!--repitió apretando el brazo de su cuñado.
--Dentro de pocos momentos la tendrás.
Reynoso paseó una mirada anhelante por el rostro de sus amigos, y viendo
que los dos bajaban la cabeza confirmando las palabras de Tristán, se
llevó ambas manos crispadas a los cabellos mesándoselos con furor. Fue
un acceso de loca desesperación. Gritos, sollozos, interjecciones,
movimientos convulsivos. Sus amigos turbados y confusos hacían vanos
esfuerzos por calmarle. No duró mucho tiempo, sin embargo, aquel ataque.
Dejó al cabo caer la cabeza contra el rincón, se tapó con una mano los
ojos y extendiendo la otra hacia Tristán dijo con voz débil:
--Habla. Quiero saberlo todo.
--Todo está dicho ya--repuso Tristán visiblemente afectado--. ¿Para qué
necesitas más palabras? Ahora mismo te llevaremos a un sitio donde
puedes quedar bien persuadido... ¡Manuel!--añadió sacando la cabeza por
la ventanilla--da la vuelta y llévanos a la calle de Atocha. Para
delante de la iglesia de San Sebastián. ¡Vivo!
Obedeció el cochero, entraron en la ciudad y llegaron al punto designado
en pocos minutos. Se apearon allí y dieron orden de que el carruaje les
esperase. Dejaron la calle de Atocha y se internaron por una de sus
travesías laterales. Tristán marchaba delante con Escudero, detrás
Barragán con Reynoso. Este no había despegado los labios, pero pocos
momentos después de caminar los acercó al oído del paisano.
--¿Quién es?
--Núñez--murmuró Barragán apretando al mismo tiempo con afectuosa
ternura la mano de su amigo.
Tristán y Escudero se detuvieron delante de una taberna, abrieron la
puerta e invitaron a los otros a entrar con ellos. Reynoso se dejaba
conducir dócilmente. Tristán, que parecía haber estado ya allí algunas
veces, hizo ademán de sentarse a una mesa próxima al escaparate. Tenía
éste doble cierre de cristales y a su través se veía perfectamente la
calle que era estrecha. Enfrente había una casa de reciente construcción
que hacía contraste con las del resto de la calle, casi todas viejas.
--¡Ahí dentro están!--dijo en voz baja apuntando hacia ella.
Reynoso levantó los ojos y volvió a bajarlos rápidamente. Barragán pidió
unos vasos de vino. El chico de la taberna los sirvió prontamente
mirando al mismo tiempo con temor y curiosidad las barbas insólitas y el
rostro espantable del paisano. Nadie más que él llevó a los labios el
vaso. Aguardaron allí largo rato. Reynoso con los ojos en la mesa y la
mano en la mejilla permanecía en una actitud de indiferencia
desesperada. Barragán, Escudero y Tristán hablaban en voz baja espiados
por la tabernera y el chico que mostraban en su rostro inquietud.
Aquella conferencia misteriosa de cuatro señores en su tienda y sobre
todo la traza de bandido que uno tenía les intrigaba. Quizá se les
pasara por la mente que estaban fraguando un crimen.
Al cabo de una hora, lo menos, Tristán, que no cesaba de echar ojeadas
impacientes a la casa de enfrente, exclamó:
--¡Ya salen!
Reynoso levantó la cabeza y su faz se puso lívida viendo salir del
portal a su esposa en compañía de Núñez. Dieron unos cuantos pasos
precipitadamente por la calle y se metieron en un coche de punto que un
poco más allá les esperaba. El rostro de Elena en aquel instante parecía
turbado y pálido, y sus ojos miraban con espanto a todos lados. Esta fue
la impresión que les produjo. Reynoso quiso levantarse de la silla al
verla, pero cayó de golpe otra vez en ella y metió la cabeza entre las
manos. Tristán se llevó la suya al bolsillo y dejando asomar la culata
de un revólver profirió con reconcentrada ira:
--¡Mátalos! ¡Mata a esos traidores!
Reynoso no se movió. Se oyó el ruido del coche que se alejaba. Nadie
habló una palabra en algunos minutos. Al fin Escudero puso una mano
sobre el hombro de aquél y dijo con voz conmovida:
--¡Germán! ¡amigo mío! ¡valor!
Y por el rostro de aquel hombre, que no parecía sensible más que a los
cheques y talones, rodaban dos gruesas lágrimas. Reynoso se alzó y
tambaleándose como un beodo salió de la taberna seguido de sus amigos.
Cuando estuvieron en la calle se volvió hacia su cuñado y apretándole la
mano dijo:
--¡Tienes razón, Tristán, la vida es un asco!
Guardaron todos silencio y caminaron hacia el sitio en que habían dejado
el coche. Don Germán manifestó su resolución de volverse al Escorial.
Todos ellos se brindaron a acompañarle, particularmente Tristán, pero
opuso una enérgica negativa a sus instancias. Tampoco aceptó el coche de
Escudero que hablaba de añadir otros dos caballos a los que llevaban.
Nada, sólo pedía que le dejasen en la estación. Salía un tren a las
siete y sólo faltaba una hora. Acataron su voluntad aunque de mala gana.
--Os suplico que os volváis a vuestras casas y me dejéis ya--les dijo
cuando hubieron llegado. Y llamando aparte a Tristán:--Cuida mucho de
Clara. Conozco su corazón y sé que este golpe puede hacerle mucho daño.
Os espero dentro de cuatro o cinco días. Hasta entonces dejadme solo.
Tristán le miró con asombro.
--Pero ¿qué piensas hacer?
--Nada.
--¿No quieres castigar a ese miserable?
--No.
--Entonces voy yo a provocarle.
--Nada. No hagas nada, Tristán. En este mundo todo es nada, ¡nada, nada!
Y diciéndoles adiós con la mano y haciéndoles al mismo tiempo seña de
que no le siguiesen, se metió en la estación uniéndose a la multitud que
en aquella hora la llenaba.
--¡Nada! ¡nada! ¡nada!--murmuraba reclinado en el fondo de un coche
mientras la locomotora le arrastraba velozmente al través de los campos
adustos, melancólicos que cercan a Madrid. El humo se esparcía delante
del paisaje ocultándolo por momentos. El sol moría a lo lejos entre
resplandores carmesíes. Una dulce serenidad se desprendía del cielo
pálido. Reynoso dejó el rincón y puso su rostro enardecido al golpe
violento de la brisa que se iba haciendo más fresca según se aproximaban
a la sierra. Con los ojos atónitos sentía más que veía el raudo cruzar
de los objetos por delante. Todo huía, todo se escapaba causándole una
extraña impresión de desquiciamiento universal. El mundo se deshacía, se
evaporaba, rodaba vertiginosamente a los abismos de la nada.
--¡Todo es nada! ¡nada! ¡nada!--repetía sin cesar con voz ronca.
Cuando el tren se detuvo en la estación de Escorial, salió del coche sin
darse cuenta de ello y emprendió como un autómata el camino del Sotillo.
Estaba anocheciendo. En el cielo brillante e inmóvil centelleaban
algunas estrellas. A su espalda la mole de la sierra se ocultaba entre
cendales de un violeta profundo. Delante el inmenso horizonte de los
campos parecía cerrarse fundiéndose todo en un tenue vapor gris.