como a ella misma. Era ofenderle el suponer que si aquella especie de
Barragán tuviera asomo de fundamento no le ofendería gravemente y no se
arrojaría inmediatamente a poner remedio. Esta última observación
impresionó un poco a Clara, si no la tranquilizó por completo.
Tristán se levantó de la mesa, encendió un cigarro puro, jugó un momento
con el niño y salió a la calle en la misma actitud que todas las noches.
Sin embargo, en el fondo de su alma aunque no quisiera confesarlo había
una leve preocupación, algo que le escocía. Este escozor fue el que le
obligó a encaminar sus pasos al Ateneo en vez del café de Fornos. Un
célebre crítico de arte estaba dando en aquel centro unas conferencias
acerca del pintor Velázquez. Le tocaba la segunda aquella noche, y
aunque él no había asistido a la primera porque desde hacía algún tiempo
le interesaban más los donaires y murmuraciones del café que las
disquisiciones estéticas, sabía perfectamente que Núñez no dejaría de
estar allí y a todo trance quería verle. En efecto, a los pocos pasos
que dio por el espacioso corredor donde se amontonaban los socios en
espera del aviso de la conferencia vio a su amigo en el centro de un
grupo de artistas, sorprendiéndoles y haciéndoles reír como siempre con
sus paradojas. Tristán se dirigió a este grupo, terció en la
conversación y en cuanto le fue posible se arregló para sacar a Gustavo
de allí y llevarle hacia un rincón donde había dos mecedoras. Ambos se
sentaron uno frente a otro. Hablaron unos instantes de asuntos
indiferentes. De pronto Tristán afectando una risita irónica:
--¿A que no sabes, Gustavo, dónde te han visto hoy?
--Seguramente en ningún sitio donde no haya estado--repuso el pintor con
su habitual displicencia.
--¿Has estado en una taberna del Puente de Vallecas?--replicó Tristán
sin abandonar la sonrisa, pero mirándole con atención intensa a la cara.
Ni un pliegue de ésta se descompuso, ni el más ligero cambio en su
color, ni una ráfaga de sorpresa por los ojos. Sólo en las manos hubo un
leve temblor que no llegó a percibir Tristán.
--¿Has estado tú?
-No; Barragán es el que ha estado y pretende haberte visto nada menos
que servir un vaso de agua a mi cuñada Elena que habías dejado en el
coche.
Nada, ni un imperceptible signo de confusión o de sorpresa. La más
completa, la más absoluta tranquilidad. Hubo una pausa. Núñez dio un
prolongado chupetón al cigarro, sacudió la ceniza con el dedo meñique.
--¿Barragán ha visto o ha olido a tu cuñada?--preguntó al cabo con
afectada indiferencia.
--Dice haberla visto cuando se inclinó para tomar el vaso--replicó
Tristán sin perderle de vista.
--¡Oh! entonces no hay cuidado. El sentido infalible en los hombres como
Barragán es el olfato... Al menos eso dicen todos los viajeros y
naturalistas.
--Desde luego he pensado que ha sido una equivocación muy explicable en
quien no ha frecuentado toda su vida más sociedad que la de los
gauchos...
Después de estas palabras Tristán pensó que su amigo iba a manifestar de
una vez si había estado o no en la taberna y en caso afirmativo dar una
explicación. Pero no fue así. Núñez adoptó un continente más glacial aún
que de costumbre y empezó a columpiarse suavemente chupando el cigarro
por intervalos y mirando al techo. Aunque no creyese ni más ni menos en
la aventura, a Tristán le irritó un poco tanta displicencia. Fingiendo,
sin embargo, alegre desembarazo le dijo al cabo poniéndole una mano
sobre la rodilla:
--Vamos a ver, ¿quién era la incógnita, Gustavo?
--¿Qué te importa?
--¿Una duquesa?
--Lo es a ratos solamente--repuso el pintor sin poder reprimir la risa.
--¡No necesito más! ¡La Trini!--exclamó Tristán riendo también; luego
añadió bajando la voz--: Efectivamente... rubia con ojos negros... no es
extraña la equivocación.
--¡No digas sandeces, Tristán! Si tu cuñada te oyese te arrancaría los
ojos. ¡Confundir una madonna de Rafael, una estatua de Praxíteles con
esa moza de cántaro! Y a propósito, ¿te pega mucho Clara?
--¡Todavía no!--exclamó el poeta riendo.
--Efectivamente aún no te he visto con la cara hinchada... ¡Pero no te
descuides!
Todavía charlaron unos momentos embromándose mutuamente cuando se oyó el
grito del conserje--: Conferencia del señor Jiménez... Conferencia del
señor Jiménez.
--Vamos a oír a Jiménez--dijo Núñez alzándose de la mecedora.
Sin embargo, Tristán todavía sentía un vago malestar en su espíritu. Al
tiempo de avanzar hacia la cátedra cogidos del brazo dijo a su amigo,
mitad en serio mitad en broma:
--Conste, querido, que la equivocación de ese bruto me ha dejado
completamente frío. Te he considerado siempre como una buena persona y
tengo absoluta confianza en tu fidelidad.
--Haces mal--repuso Núñez gravemente--. Yo soy un hombre lleno de
virtudes como todo el mundo sabe, pero el día en que tu cuñada me haga
una seña estoy dispuesto a arrojarlas todas por la ventana.
Tristán rió de buen grado y las últimas sombras de duda se disiparon.
Cuando terminó la conferencia y salieron a los corredores el pintor se
juntó a sus amigos dejando a Tristán sin ceremonia. Este vagó todavía un
rato de grupo en grupo escuchando comentarios. Tenía ganas de irse, pero
había visto en un corro cerca de la puerta a su antiguo maestro y ex
amigo Rojas. Desde la publicación de los artículos había evitado
cuidadosamente el tropezar con él y por no pasar cerca se estuvo quieto.
En el amplio corredor iluminado resonaban cada vez más altas las voces
de los socios. Había risas, violentas discusiones, ensayos vergonzantes
de discursos. En un grupo se discutía el panteísmo, en otro la necesidad
de rebajar el presupuesto de marina; más allá se narraba una aventura
escandalosa, mientras cerca comentaban unos señores la última encíclica
de Su Santidad.
--¡Curioso! ¡curioso! ¡curio-sí-si-mo!
En el centro de un grupo tronaba y relampagueaba el ilustre Pareja.
--Porque yo en mis modestísimos estudios he aprendido... Reconozco en
usted, amigo Valleumbroso, la psicosis epileptoides del genio...
--Muchas gracias--decía el mosquito lírico ruborizándose--. Me favorece
usted demasiado...
--Nada, nada: es justicia seca. Esa instabilidad en sus estudios, esa
originalidad excesiva en el absurdo, ese agotamiento de que usted se
queja a menudo son los estigmas reconocidos del genio...
--Muchas gracias, muchas gracias--balbuceaba el mosquito.
--Pero el señor Valleumbroso no padece convulsiones, y según me han
dicho, los genios...--apuntó tímidamente uno de los admiradores que
rodeaban a Pareja.
Este sonrió de un modo tan suficiente que tal sonrisa bastaría por si
sola para reducir a ceniza cualquier argumento por poderoso que fuese.
Hay que imaginar cómo quedaría cuando el ilustre Pareja manifestó
agitando su brazo derecho y haciendo imprimir a las faldas de su levita
un principio de movimiento rotativo:
--Porque la forma clínica aplicable al señor Valleumbroso no es la de
los caracteres bien conocidos de convulsibilidad, pérdida de conciencia,
etc. Pero, amigo Rodríguez, hay otra--¡hay otra!--. Esta forma, más o
menos larvada, más o menos esfumada, escapa a la investigación de los
espíritus superficiales, pero no a los temperamentos reflexivos.
¿Estamos, amigo Rodríguez? ¿Estamos?
El pobre Rodríguez se encogió, se encogió hasta quedar convertido en un
trapo.
--Hay en Valleumbroso--prosiguió el sabio con voz resonante--una
preocupación de la personalidad propia, que es uno de los caracteres
típicos de la forma clínica genial. ¿No es verdad, amigo
Valleumbroso?--añadió poniéndole con protección una mano sobre el
hombro--¿no es verdad que vive usted excesivamente preocupado de sí
mismo?
El autor de los _Pétalos al aire_ comenzó a tragar saliva como si algo
le estorbase en la garganta. Era duro afirmar su vanidad; pero como de
no hacerlo se le escapaba uno de los caracteres típicos del genio
concluyó por estar conforme con que jamás pensaba en otra cosa más que
en sí mismo. Y ruborizándose aún más de lo que estaba añadió en voz
baja dirigiéndose a Rodríguez:
--Cuando niño me ha dicho mi mamá que he padecido convulsiones.
--¡Lo ven ustedes!--exclamó Pareja en alta voz.
Y henchido de entusiasmo dio una vuelta en redondo y su levita flotó
como las alas de una mariposa.
--Sería acaso por la alferecía--murmuró el recalcitrante Rodríguez.
--¡Qué alferecía, señor mío, ni qué calabazas!--gritó el ilustre
Pareja--. Eso no es más que un efecto de la ley binomial, según la cual
ningún fenómeno se produce aislado. Esas convulsiones infantiles eran la
voz de la naturaleza que anunciaba ya la aparición de un genio. Yo tengo
la seguridad de que cuando Valleumbroso compone sus poesías el acceso
creador se manifiesta siempre en él instantáneo, inconsciente y con
intermitencias. ¿Verdad, amigo Valleumbroso? ¿verdad que padece usted
intermitencias?
--¡Oh, muchísimas!
--No era posible otra cosa. La ciencia sólo consiste en descubrir las
leyes eternas de la naturaleza. Cesaron las convulsiones, pero vino como
compensación fatal, como equivalente psíquico la creación genial. O lo
que es igual, Valleumbroso ya no es un convulsivo, pero sigue siendo un
epiléptico en el momento que siente el estro creador. Si usted me lo
permitiese, querido Valleumbroso, yo quisiera una vez estar a su lado en
el instante de componer para hacer sobre usted algunas experiencias
científicas.
--Cuando usted guste--replicó el mosquito, rojo de placer.
--Tengo la seguridad de encontrar la insensibilidad dolorífica en mayor
o menor grado y la irregularidad del pulso engendrada por el impulso
convulsivo de las arterias...
Tristán que se había parado un instante a escuchar, sintió un
estremecimiento de ira. Y rechinando los dientes murmuró: ¡Imbéciles!
Se alejó de aquel interesante grupo dispuesto a salir a la calle aunque
tuviese que pasar por delante de Rojas. Felizmente éste ya no estaba
allí. Salió, pues, confiado del corredor, pero al pasar por el vestíbulo
salía el anciano poeta del guardarropa donde acababa de ponerse el
abrigo. Se encontraron de frente. Tristán tuvo un instante de
vacilación. Al cabo bajó los ojos y trató de ganar la puerta sin
saludar. Rojas no le dejó:
--Buenas noches, Aldama. ¿Por qué no quiere usted saludarme? ¿Teme usted
los reproches de su víctima?
--¡Mi víctima!--exclamó el joven visiblemente confuso--. ¡Oh no, don
Luis! ¡Yo no hago víctimas de tal categoría!
--Déjeme sorprenderme, amigo mío, al saber que conservo aún alguna
categoría. Yo pensaba que después de sus artículos ya no quedaban del
poeta Rojas ni los huesos, que estaba no sólo enterrado, sino
putrefacto.
La sonrisa con que el anciano vate acompañó estas palabras hirió a
Tristán como un latigazo.
--Carezco del poder de enterrar a nadie porque no soy
sepulturero--repuso en tono algo desabrido--. Me he limitado siempre a
expresar con toda franqueza mi opinión sin cuidarme de saber a quién
exaltó o a quién deprimió esa opinión, ya que no versa jamás sobre
asuntos que atañen a la honra.
--¿Está usted seguro de que siempre ha expresado con franqueza su
opinión?
--El dudarlo es una ofensa.
--¿También cuando afirmaba usted que yo era el primer poeta español no
sólo de los tiempos modernos, sino también de los antiguos?
--Entonces lo creía.
--Usted lo creía: yo no. En cambio yo pensaba que era posible ganar el
corazón de un joven dedicándole un cariño apasionado, alentando y
protegiendo sus esperanzas; creía que el afecto desinteresado de los
viejos debía engendrar el respeto y consideración de los jóvenes. Eso no
lo creía usted.
--La cualidad que más he estimado siempre en los hombres y por tanto en
mí mismo es la sinceridad. Si usted imagina que pudiera enajenar tesoro
de tal valía a cambio de favores literarios, vive usted en un error. Me
considero no sólo con el derecho, sino también con el deber de decir
claramente lo que siento acerca del arte y de los artistas.
Rojas sonrió, guardó silencio unos instantes y al cabo dijo:
--A un general se le confía la dirección de una campaña. Este general
combina su plan estratégico y el enemigo le derrota. Una casa de
comercio entrega poderes a un empleado para la gerencia de sus negocios
y la casa experimenta graves pérdidas. El general y el gerente son
hombres muy sinceros, no hay que dudarlo, pero ni la nación ni la
sociedad depositarán ya en ellos jamás su confianza. ¿No teme usted,
amigo Aldama, que el público haga con usted lo mismo?
--Eso no es cuenta de usted, don Luis, ni debe preocuparle--replicó
Tristán con mal disimulada irritación--. Si el público no acepta mis
juicios, yo sufriré las consecuencias de su desvío.
--Está usted bien pagado, hijo mío, de sus juicios.
--Cada uno lo está de sus propias obras por poco que valgan.
--Las hay que lo merecen y las hay también que merecen ser despreciadas
por su mismo autor.
--Comprendo, don Luis, que usted se halle bien ufano de las suyas, pero
¿por qué no quiere usted dejar a los demás la ilusión de que no escriben
cosas despreciables?
--He sido el primero en apreciar y elogiar las suyas, pero no puedo
hacer el mismo caso de una obra realmente literaria escrita con la
frescura de una imaginación juvenil que de un ataque injustificado y
violento inspirado por la musa del tedio y fraguado por la de la
hipocondría.
--¿Ese juicio tan severo no estará inspirado ahora por la del despecho?
El anciano vate le miró fijamente a los ojos durante unos momentos;
luego alzando los hombros replicó suavemente:
--Me encuentro en una edad, señor Aldama, en que las rosas y los
laureles que la benevolencia del público acumuló sobre mis sienes
quieren escaparse de ellas temiendo la obscuridad de la tumba. El
barquero fatal me hace ya señas: las potencias celestes me invitan a
desprenderme de todo humano cuidado. He llegado al fin de mi carrera y
puede usted creerme que los aplausos de los hombres no me embriagan,
porque apetezco ya los de los ángeles. Si aquéllos me alegrasen podría
morir tranquilo, porque no está en el poder de usted ni en el de ningún
critico el arrebatármelos. El pueblo olvida fácilmente a los ricos, a
los guerreros, a los hombres de Estado, pero recuerda siempre con amor
al artista que una vez le proporcionó algunos instantes de alegría
espiritual. Aunque todos los críticos de España se armasen hoy para
arrancarme de la cabeza la corona y de los hombros la púrpura, mañana al
salir a la calle las miradas de los hombres me saludarían como a un rey.
Perdóneme usted este rasgo de orgullo póstumo. Hoy ya no lo siento, y
porque no lo siento puedo decirle, amigo Aldama, que por encima de la
gloria literaria, por encima de toda gloria humana, hay algo que los
hombres deben respetar, y cuando no lo respetan dejan de ser hombres.
Quede usted con Dios.
XV
EL PAISANO BARRAGÁN COMERCIA CON LOS ESPÍRITUS Y LUEGO CON LOS CUERPOS
¿Hay Dios o no hay Dios? Si lo hay ¿dónde está? Si no lo hay ¿quién hizo
este mundo? ¿Morimos para siempre o resucitamos después en otra vida?
¿Por qué nacemos? ¿por qué morimos? ¿Qué es el cielo? ¿qué es el
infierno? Tales eran las graves cuestiones metafísicas que se agitaban
incesantemente en el cerebro tenebroso del paisano Barragán. La misa
nupcial de Clara y Tristán habíalas despertado y desde entonces nuestro
indiano ni había podido darles solución (¡cosa rara!), ni había logrado
sosegar. Se puede decir que apenas vivía ya para otra cosa que para
pensar en ellas, salvo el cortar puntualmente el cupón de sus títulos y
comer algún guisado en el Puente de Vallecas o en los Cuatro Caminos.
Doña Mónica, la patrona que le tenía alojado por la módica cantidad de
tres pesetas cincuenta céntimos diarios en un cuarto de la calle de las
Hileras, le aconsejaba prudentemente «que no hiciese caso y comiese»,
pero él no podía seguir este consejo prosaico al menos en su primera
parte. En lo que a la nutrición se refería acaso lo siguiera más
decididamente si doña Mónica al cabo de sus años hubiera adquirido la
costumbre de poner los garbanzos más blandos.
--Es terrible, es terrible pensar--decía Barragán engulléndolos con la
dificultad que debe suponerse--, es terrible pensar, doña Mónica, que
cuando nos muramos quede tanto de nosotros como de las mulas del
tranvía, aunque sea mala comparación.
--Y si usted se entristece ¿por qué piensa en ello? Lo mejor es pensar
siempre en cosas alegres, en los teatros, en los toros, en las sesiones
del Congreso... ¡Ay!, yo me muero por las sesiones del Congreso. Es cosa
que enamora ver a aquellos señores que hablan tan bien y sin
equivocarse. Unas veces se enfadan y echan fuego por los ojos como si
les hubiesen quitado la cartera, otras lo toman a broma y hacen
desternillarse de risa a todo el mundo. Sobre todo cuando se llevan la
mano al corazón y mueven la cabeza a un lado y a otro y les tiembla la
voz, le digo a usted señor de Barragán que es cosa de comérselos. En
vida de mi difunto no perdía una sesión, porque era primo hermano del
portero mayor; pero ahora ya ve usted... las cosas han cambiado, y los
parientes gracias que le saluden a uno en la calle. Vaya usted, vaya
usted, señor de Barragán, porque le digo a usted que si allí no se cura
la ictericia en ninguna parte se la curará usted.
--Señora, yo no padezco de ictericia ni me duele nada--repuso gravemente
Barragán--. Lo único que tengo es que quisiera saber... vamos, quisiera
saber si hay algo o no hay nada...
--Para usted hay bastante. ¿No es usted un hombre rico? ¿Pues para qué
quiere lo que tiene? Coma, beba, triunfe y ríase de la muerte.
El semblante de Barragán se obscureció. Cualquier alusión a su dinero le
crispaba como si temiese que inmediatamente le pidiesen algo.
--¿Por dónde sabe usted que yo soy rico?
La fealdad de su rostro era tal cuando formuló esta pregunta, que doña
Mónica no pudo menos de apartar los ojos con horror. Sin embargo, sabía
a qué atenerse sobre su carácter y le apreciaba tanto que tenía
confianza bastante para no barrerle el cuarto hasta las cuatro de la
tarde y llevarle el chocolate quemado dos o tres veces por semana.
¡Buena diferencia con Freire el huésped de la sala! Este que era un
hombrecillo, flaco, rasurado, de aspecto tímido e inofensivo, empleado
en el Tribunal de Cuentas, guardaba bajo capa de cordero un corazón de
lobo. Jamás se vio un nombre más exigente para las patatas fritas y el
chocolate. Doña Mónica temblaba en su presencia como la hoja de un
árbol. Como ocupaba la mejor habitación de la casa y pagaba cinco
pesetas, se creía con derecho a mantenerse constantemente en una actitud
rígida. No sólo doña Mónica y la doméstica, sino también los otros
huéspedes sentían el peso de su autoridad inflexible. ¿Será aventurado
el suponer que Freire en el fondo del alma despreciaba a sus compañeros?
Por el momento no tenía otro que Barragán, porque don Matías, el
capellán castrense que ocupaba el gabinete, se había marchado con el
regimiento a Valladolid. Sobre Barragán, pues, solamente caían los
desdenes y vejámenes del empleado del Tribunal de Cuentas. En la mesa le
llevaba la contraria constantemente. No podía nuestro indiano emitir un
concepto cualquiera, por sensato que fuese, sin que Freire dejase
escapar una risita maligna o se llevase el dedo a la frente como si
quisiera indicar que el paisano Barragán carecía de sustancia gris en la
masa encefálica. Le hablaba siempre en tono protector o despreciativo,
apenas contestaba a su saludo cuando le daba los buenos días por la
mañana y se reía en presencia de doña Mónica y la criada de sus luengas
barbas. Aquí estaba el toque probablemente de su furiosa antipatía. Las
barbas de Barragán crispaban al tirano y más de una vez había amenazado
con ir a cortárselas por la noche mientras durmiese. Además tenía la fea
costumbre de servirse primero siempre y servirse lo mejor. No pocas
veces le quedó sólo al paisano la salsa y algunas patatas del escaso
guisado de carne que doña Mónica les ofrecía. Barragán era hombre sobrio
y no se enfadaba demasiado por estas impertinencias. Solía vengarse de
ellas en el queso, con harto sentimiento de aquella señora.
Pero cuanto más comedido se mostraba el indiano, tanto más insolente se
iba haciendo el empleado del Tribunal de Cuentas. Sobre todo desde que
Barragán se autorizó de sobremesa el dudar de la capacidad financiera de
Juan Bautista Trúpita que había sido el protector del empleado en su
juventud la rabia de éste ya no tuvo límites. Y cierto día en uno de sus
accesos coléricos motivado porque Barragán se había atrevido a leer _El
Imparcial_ antes que la criada se lo llevase a él planteó repentinamente
la cuestión de confianza.
--Está visto, doña Mónica, está visto: Barragán y yo no podemos vivir
bajo un mismo techo. Uno de los dos tiene que salir de esta casa. Elija
usted.
Doña Mónica, sorprendida y confusa, no supo qué responder.
--Vamos, decídase usted, señora. ¡O uno u otro!
La patrona vaciló unos instantes, dirigió una mirada compasiva a
Barragán que inmóvil, con el tenedor suspendido sobre el plato miraba
estupefacto al empleado, y profirió con trabajo:
--Pues bien, señor de Freire, si he de decirle la verdad... prefiero que
se quede el señor de Barragán.
Lo mismo éste que doña Mónica esperaban una terrible explosión de
cólera. Nada de eso acaeció. Freire, con la mayor alegría pintada en el
rostro, miró unos instantes al indiano en silencio y luego echándose
hacia atrás en la silla exclamó:
--¿Qué le ha hecho usted, amigo Barragán, qué le ha hecho usted a doña
Mónica para que así le quiera?
Naturalmente, la digna señora sintiose herida por esta pregunta grosera
y así lo hizo entender inmediatamente dirigiendo a Freire las miradas
más furiosas y despreciativas de su repertorio. En cuanto a Barragán
parecía no comprender nada de todo aquello. Desde entonces la alegría de
Freire fue en aumento cada vez que se sentaba a la mesa con Barragán. En
cuanto aparecía por allí doña Mónica se ponía a hacer guiños a aquél con
tan poco disimulo, acompañándolos de una tosecilla tan falsa y burlona,
que la buena señora enrojecía de indignación, y tanto llegó a irritarse
que, aun perdiendo las cinco pesetas cada día, pensó en arrojar a aquel
insolente de su casa.
Los pensamientos de Barragán eran más altos, como ya sabemos. Estas
minucias domésticas no lograban detener el torrente de sus meditaciones
ultramundanas. En el recinto doméstico no daba cuenta de ellas a nadie,
porque doña Mónica no parecía interesarse, y en cuanto a Freire, una vez
que le comunicó tímidamente algunas de sus lucubraciones filosóficas
hizo indigna chacota de ellas y le preguntó si pensaba solicitar la
cátedra de metafísica de la Universidad Central que estaba vacante. Pero
en cuanto ponía el pie en la calle se placía extremadamente en
comunicarlas y consultarlas con cuantas personas se le acercasen. No
sólo con sus amigos, sino también con sus conocimientos eventuales, con
los comerciantes a quienes compraba algo, con los acomodadores de los
teatros, con el camarero que le servía en el café, en todas partes
dejaba escapar el flujo de sus dudas crueles, esperando siempre que
alguno le pusiese en camino de descifrar el terrible misterio. Había un
zapatero en la calle de Carretas atormentado también de la necesidad
metafísica con quien echaba largos párrafos. Este honrado industrial
había leído la Biblia y el tratado de la Razón de don Pedro Mata, un
tomo de la historia de España de Lafuente y varios folletos de Buckner,
_¿Qué somos? ¿Adónde vamos?_ etc. Era hombre ingenioso, afluente,
profundo. Barragán le admiraba. Sin embargo, la mayor parte de las veces
no lograba penetrar el recóndito sentido de sus razonamientos, quizá
porque como neófito no estaba al tanto del tecnicismo filosófico usado
en las escuelas.
Por esta razón su confidente más asiduo no era el zapatero, sino un
guarda del Retiro. Este le instruía como un maestro de la escuela
peripatética paseando bajo las amplias avenidas de olmos. Era un
espíritu prudente, metódico, fértil en recursos para explicar el origen
y el fin de las cosas, y procedía casi siempre en sus disquisiciones por
medio de símiles que extraía del reino vegetal y alguna rara vez también
del animal. Sentíase inclinado a creer en la metempsicosis y era capaz
de fumarse en media hora una cajetilla de treinta y cinco si Barragán se
la hubiera dado, que no se la daba. Sin embargo, cada lección podía
costarle bien de tres a cuatro cigarrillos.