Elena había logrado tener sus martes. Desde las cuatro recibía en su

lindo _boudoir_ a los amigos y amigas de más intimidad. Se charlaba, se

reía, se tomaba te, se comían bastantes emparedados y se decían no pocas

tonterías. Hecho lo cual entre siete y ocho de la tarde marchaba

dignamente la elegante sociedad a prepararse con recogimiento para los

emparedados y las tonterías de los miércoles de otra no menos amable

señora. La institución de estos martes, por venerable que fuese, no

había encontrado eco simpático en el corazón de Reynoso. No se opuso a

su erección porque jamás contrariaba los gustos de su esposa, pero se

reservaba el derecho de no contribuir a su esplendor. Pocas veces se le

veía en aquel círculo, y cuando se dejaba ver sólo era por cortos

momentos. Formábanlo, en su mayoría, las familias de la colonia

veraniega del Escorial que Elena había tenido ocasión de tratar, pero

también acudían otros elegantísimos miembros de la alta sociedad

madrileña que no reparaban en sacrificar para ello algunas horas de su

precioso tiempo.

Aquel día rebosaba de distinción y de elegancia el gabinete y el

saloncito contiguo de la bella esposa de Reynoso. Una duquesa, tres

condesas, una marquesa y dos vizcondesas; además las de Domínguez y las

de Mínguez, emparentadas con lo más elevado e inaccesible de la

aristocracia española. Araceli estaba en sus glorias. Empezaba a

perdonar a Elena su obscura estirpe en gracia de los muchos títulos que

ya acudían a sus martes. Además allí celebraba largas e interesantes

conferencias con el primogénito del duque del Real-Saludo y Elena

protegía sus amores y la duquesa los toleraba. La razón de esto último

consistía en que sus principios impedían a la duquesa el estar de

acuerdo con su marido en ningún asunto de este mundo. Erigido en sistema

tan saludable precepto, es preciso confesar que desde su juventud fue un

modelo de consecuencia. El duque por su parte lo fue igualmente toda la

vida de noble terquedad. El matrimonio de Araceli no adelantaba pues un

paso, pero sus amores iban a galope. Por la mañana en el balcón, por la

tarde en la Castellana o el Retiro, por la noche en el teatro o en los

saraos los enamorados no se perdían apenas de vista y aun puede decirse

de oído. Pero donde más se placían por la libertad y confianza que

gozaban era en casa de Reynoso.

Hablaba pues animadamente Araceli con Gonzalito en un rincón; hablaba en

otro con no menor animación el chico de Domínguez con una de las chicas

de Mínguez; y distribuidas por la estancia en butaquitas y sillas

volantes charlaban las señoras con zumbido de cigarras a la hora de la

siesta. Clara, por instinto, se había acercado a otra joven señora

también encinta y comunicaba con ella sabias y profundas observaciones

acerca del arte de fajar los infantes. Elena, la condesa de Peñarrubia y

otra señora se decían ardorosamente los últimos secretos de la moda.

Tristán bostezaba con la mayor elegancia hojeando un álbum de retratos.

Pero había allí una mamá, la señora de Goyeneche, cuya hija alta,

huesuda, era una notabilidad en el piano. Como es natural se la instó,

se la suplicó con vehemencia para que hiciese feliz por algunos cortos

instantes a la reunión. La joven se resistía con palabras humildes como

todas las notabilidades: «¡Oh, felices! ¡Si yo no hago más que

cencerrear un poquito...! Tendrán ustedes que taparse los oídos.» Y

otras frases por el estilo acompañadas de un poquito de rubor que

impresionaba gratamente a los tertulios y les obligaba a redoblar sus

esfuerzos. No obstante, la mamá ni aun en broma podía oír que su hija

cencerreaba y decía en voz baja que Mr. Lamotte, su profesor, había

declarado más de una vez que jamás había tenido una discípula tan

aprovechada.

Al fin se logró que la niña se acercase haciendo contorsiones hasta el

piano.

--¿Qué toco, mamá?--preguntó dulcemente encarándose con la autora de sus

días.

--Toca _Les premieres feuilles du printemps_--respondió la mamá con una

pronunciación que hubiera hecho dar un salto a cualquier parisién.

--No sé si me acordaré... ¡Hace tanto tiempo que no toco esa pieza!

¡Mentira! Aquella misma mañana la había tocado dos veces con el

profesor. La mamá guardó el secreto.

Se puso al cabo a teclear. Los tertulios escucharon dos o tres minutos

con atención: luego cada cual anudó la conversación interrumpida con su

vecino. De tal suerte que a los cinco minutos nadie escuchaba a la

notable joven más que su entusiasta mamá. Esta, con los ojos fijos en el

suelo, las mejillas encendidas, el espíritu recogido, estaba pendiente

de los dedos de su niña como si entre ellos se estuviese ventilando la

salvación del género humano. De vez en cuando Elena suspendía la

conversación un instante y exclamaba en voz alta:

--¡Qué hermoso! ¡Qué delicadeza de ejecución! ¡Es una preciosidad!

Los demás volvían también la cabeza y murmuraban: «--¡Precioso!

¡precioso!»

Inmediatamente todos anudaban su cuchicheo interesante, empezando por la

señora de la casa: «--El sombrero malva, el vestido malva, la sombrilla

malva, el forro del coche malva...»

La pianista animada por los elogios ponía el alma y la vida en la

interpretación de _Les premieres feuilles du printemps_. Pero las nuevas

hojitas primaverales brotaban en medio de una espantosa soledad. Sólo la

señora de Goyeneche apreciaba sus matices delicados y su frescura

virginal.

La pieza terminó. Transcurrieron unos momentos sin que la reunión

distraída se diese cuenta de ello. En cuanto se comprendió estallaron

los bravos; todo el mundo felicitaba con elogios hiperbólicos a la

artista que confusa y ruborizada se agitaba en contorsiones humildes,

mientras su mamá embargada por la emoción estaba a punto de romper a

llorar.

Algunos minutos después, abrumada quizá por el peso de su gloria y

sintiendo generosamente el deseo de compartirla, la pianista preguntó

por qué el señor Aldama no leía alguna de sus hermosas poesías que tanto

renombre le habían dado. Como se trataba de un hermano de los amos de la

casa los demás también lo preguntaron. Tristán, que no era aficionado a

esta clase de lecturas domésticas, rehusó bruscamente la invitación. Sin

embargo, la condesa de Peñarrubia con un gesto melodramático le pidió

permiso para recitar ella misma una de sus mejores composiciones, _El

golpe de viento_, que sabía de memoria. Tristán se lo otorgó con

galantería. La condesa obtuvo un triunfo ruidosísimo. Hubo necesidad de

repetir. Entonces el poeta animado por el tufillo de gloria que le

entraba por la nariz se aventuró a sacar de la cartera una poesía que

había terminado el día anterior, aunque adivinase que no era muy a

propósito para ser leída en una reunión mundana.

En efecto, la poesía se titulaba _Mi cadáver_. Era una visión fúnebre de

lo que sería su cuerpo después de la muerte. El poeta describía

prolijamente todas las fases de su descomposición cadavérica con verdad

y relieve admirables. ¿Cómo estarán mis ojos?--se preguntaba. Sus ojos

quedarían opacos, vidriosos y poco a poco se irían poblando de gusanos

que concluirían presto con ellos dejando negras, vacías las órbitas.

¿Cómo quedaría su cabeza? La masa de sus cabellos se iría desprendiendo

de ella cayendo al cabo en el fondo del ataúd como un montón de

barreduras, la piel se huiría dejando al descubierto blanca como la

porcelana la tapa del cerebro. ¿Cómo quedarían sus manos? ¡Ah! sus

pobres dedos, aquellos dedos que tantas veces habían acariciado las

sortijas de tus cabellos de ébano, que oprimieron las rosas de tus

mejillas y humildes y temblorosos buscaban los tuyos en la obscuridad,

servirían durante algunos días de festín a una legión de gusanos y

serían pronto objeto de horror aun para ti misma, hermosa, si los

vieses...

La tertulia de Elena quedó estupefacta y aterrada. La composición estaba

escrita con talento y esto mismo la hacía aún más aterradora. Muchos se

despidieron inmediatamente; otros quedaron haciendo comentarios en voz

baja, poco halagüeños para el poeta. Elena, cuyo miedo infantil a la

muerte era proverbial en la familia, se sintió indispuesta a los pocos

momentos. Fue necesario que le diesen algunas cucharadas de azahar y le

hicieran oler el frasco de sales. Al cabo con gesto de indignación dijo

a su cuñada:

--Me alegro, hija, de no hallarme en tu caso, porque si lo estuviera

abortaría seguramente.

Cuál sería el asombro y el susto que recibió cuando a las dos de la

madrugada vinieron a decirle que Clara estaba con los dolores de parto.

Vistiose apresuradamente diciendo para sus adentros: «¡Estaba previsto!

¡Cómo no había de suceder esto después de haber escuchado aquella poesía

de los gusanos!»

Reynoso y ella se trasladaron lo más pronto que les fue posible a la

calle del Arenal, pero ya llegaron tarde. Clara acababa de dar a luz un

hermoso niño. Elena apenas podía creerlo; tan persuadida estaba de que

su cuñada tendría un aborto. Inmediatamente se apoderó del infante, y

después de arreglado convenientemente se lo llevó a su padre que

arrellanado en una butaca del despacho estaba comiendo melancólicamente

unas rajas de jamón en dulce. La emoción le había producido hambre.

--¡Aquí está el botón de rosa...! ¡Aquí está el tesoro...! ¡Este es el

rey Salomón! ¡Este es el emperador de la China!

Detrás de Elena venían doña Eugenia y Visita, a quienes se había enviado

aviso, y algunas criadas. Tristán tomó a su hijo en las manos y

clavándole una larga mirada de infinita compasión exclamó:

--¡Desdichada criatura condenada a la vida! El Destino me ha elegido a

mí como instrumento para dártela. Si así no fuese te pediría perdón por

ello. ¡Qué preferible sería para ti que permanecieras eternamente en los

limbos de la nada! Dentro de pocos días abrirás los ojos, el telón se

alzará y la escena del mundo quedará al descubierto. Sorprendido y

ansioso esperarás con impaciencia las bellas, las dulces, las alegres

aventuras como yo las he esperado, como las espera todo el mundo. Pronto

sabrás a tu costa que en este planeta alumbrado por el sol no hay más

que dolor, trabajo, pesares y miseria.

--¡Quita allá, majadero!--exclamó Elena furiosa arrancándole el niño--.

¡Vaya un modo gracioso que tienes de saludar a tu hijo! ¡No hacía falta

ya sino que le leyeses la _Oda de los gusanos_ de esta tarde!

Los demás mostraron también en su rostro el mal efecto que les causaba

aquel exabrupto.

--Tienes razón, Elena--repuso el joven engullendo un pedazo de jamón y

aplicando a sus labios la copa de Jerez--. Hay cosas que deben

reservarse. Al enamorado no se le puede decir que la novia es fea aunque

lo sea. Después de todo tampoco hace falta. La miseria de este mundo es

tan visible que ni aun el que voluntariamente cierra los ojos deja de

percibirla, porque si no la ve la siente.

--Y si hubiera muchos antipáticos como tú este mundo sería sin duda más

desgraciado--replicó Elena saliendo bruscamente de la estancia con el

niño.

Contra lo que podía presumirse, supuesto el recibimiento que le había

hecho, Tristán se mostró desde el principio como padre atento y

vigilante hasta caer en lo ridículo. Así que su hijo tuvo a bien

presentarse en este mundo de horror y tristeza, se creyó en el deber de

hacérselo más llevadero. El medio más adecuado para ello pensó que sería

comprar los libros recientes que trataban de la higiene y educación de

los niños. Día y noche se entregó a su lectura con verdadero furor. En

pocos días adquirió una suma increíble de conocimientos que puso en

conmoción a todos los criados de la casa. El modo de lactarlo, el modo

de vestirlo, el modo de bañarlo, todos los agentes internos y externos a

los cuales pudiera estar expuesto el infante cayeron inmediatamente

bajo la crítica inflexible de su enorme sabiduría. Clara, que como buena

y robusta madre criaba a su hijo, estaba sorprendida, pero acataba los

fallos de su marido porque los creía fundados en las prescripciones de

los sabios. Lo peor del caso era que ¡cosa rara! éstos no solían estar

conformes en sus métodos. Un libro afirmaba que a los niños no se les

debe poner más que vestidos holgados; otro decía que esto es

expuestísimo a las desviaciones de la columna vertebral. Un sabio

aconsejaba que desde los primeros meses se les calzara con zapatos de

suela; otro tronaba contra esta horrible costumbre y vaticinaba

resultados tristísimos si se les aprisionaba los pies. El uno

preconizaba el uso del agua fría en los baños; el otro se revolvía

contra este procedimiento y afirmaba con datos estadísticos que el agua

fría aumentaba la mortalidad un treinta y cuatro por ciento, mientras el

uso del agua caliente la rebajaba hasta un veintitrés.

El resultado de esto era que nadie sabía a qué atenerse en la casa y

todo el mundo andaba de cabeza. Se le estaba bañando unos días en agua

fría; de pronto venía la orden de que se usase el agua caliente. Se le

estaba fajando con una docena de vueltas; cuando menos podía pensarse

quedaba proscrita la faja. Mamaba el infante cada dos horas; pues bien,

un día cambiaba radicalmente el sistema y se le dejaba mamar en cuanto

llorase. Todo a merced del último libro o revista que cayese en las

manos del amo de la casa.

Todavía no era esto lo que causaba más desazón en la familia. Tristán

leyó un artículo en que se descubrían los abusos infames que las criadas

cometían algunas veces con los niños más tiernos, unas veces

atormentándoles, otras acariciándoles demasiado. Inmediatamente se puso

a sospechar de cuantos tomaban al niño en las manos, a ejercer una

vigilancia incesante sobre la servidumbre. En cuanto una muchacha cogía

el niño, ya estaba su papá con los ojos clavados en ella; la seguía a

todas partes, le prohibía tocarle si no fuese por encima de la ropa.

Procuraba también ocultarse y hacerles pensar que estaban solas,

espiándolas por el quicio de las puertas o presentándose de golpe

cuando menos lo esperaban. Al principio las domésticas no podían

comprender qué significaban aquellos desusados pasos y lo tomaban como

una de sus muchas extravagancias; pero así que lo supieron se mostraron

tan ofendidas que resolvieron marcharse. Sólo por los ruegos de Clara, a

quien adoraban, consintieron en quedarse.

Hacía ya dos meses que había nacido el niño y corrían los últimos días

del mes de junio. Una noche, antes de ponerse a comer, cuando aún estaba

Tristán en su despacho, entró una doncella a anunciarle que preguntaba

por él aquel caballero que los señoritos llamaban paisano...

--¡Ah! sí, Barragán... Pase usted, Barragán, pase usted--añadió en voz

alta y dando algunos pasos hacia la puerta.

--No; si no ha entrado aún, señorito--respondió la criada confusa.

--¿Cómo que no ha entrado? ¿Le ha dejado usted en la escalera?

Efectivamente le había dejado en la escalera y con la puerta cerrada.

Cuantas seguridades se habían dado a la servidumbre de que Barragán era

una buena persona y no un malhechor fueron insuficientes a disipar sus

recelos. En el fondo las criadas estaban convencidas de que un día u

otro aquel sujeto jugaría una mala partida a sus señoritos.

--Pásele inmediatamente y no vuelva usted a hacer eso.

Un instante después aparecía en el despacho el rostro espantable del

paisano Barragán. Lo primero que hizo antes de saludar fue cerrar

cuidadosamente la puerta. Luego, dirigiendo miradas torvas en derredor y

entregándose a una serie de muecas a cual más odiosa y espeluznante,

avanzó cautelosamente hacia Tristán y le puso una mano sobre el hombro.

A pesar de la absoluta convicción que éste tenía de su honradez no pudo

menos de retroceder un paso, dando señales de susto.

--Usted me perdonará, Tristanito, que le moleste un momento. Tengo que

hablarle de algunas cosillas serias.

Barragán era el hombre de los diminutivos.

--Estoy a sus órdenes, amigo Barragán--respondió Tristán completamente

asegurado...--Pero siéntese usted.

Barragán se sentó y a su lado Tristán. Aquél volvió a pasear una mirada

salvaje por la estancia y sonriendo ferozmente preguntó con la mayor

finura:

--¿Cómo está usted, Tristanito? Bien, ¿eh? ¿Y Clarita? ¿y el niño? Me

alegro, me alegro muchísimo.

Una vez enterado de la salud de todos pensó Tristán que el paisano

pasaría a explicarle el asunto serio que allí le traía. Pero no fue así.

Lo único que hizo fue mirarle durante largo rato fijamente como si

tratase de inquirir si efectivamente se hallaba bien de salud o es que

le ocultaba alguna secreta dolencia.

--¿Conque bien, Tristanito? ¿bien de verdad, eh?

Tristán un poco impaciente le aseguró que nada le dolía. Pero disipadas

estas dudas parece que renacieron más vivas las referentes a la salud de

Clara. Hubo necesidad de asegurarle igualmente que la joven madre jamás

se había sentido más vigorosa. ¿Y el niño? ¿Cómo seguía el pobrecito?

Inmediatamente el paisano se puso a disertar sobre el tiempo y a hacer

comparaciones geográficas entre España y Guatemala, y dando un salto

después llegó hasta Méjico y habló de los gauchos y de las vacas

salvajes y de las diligencias donde los viajeros iban pertrechados de

todas armas y de los asaltos de los bandidos, etc. En fin, después de un

largo rato de vagar por aquellos lejanos países se levantó de la silla y

se dispuso a marcharse. No quería estorbar; sin duda irían a comer...

Tristán asombrado también se levantó del asiento y le acompañó hasta la

puerta del despacho, pero una vez allí no pudo menos de decirle:

--¿Se ha olvidado usted de que tenía que hablarme de cierto asunto?

Barragán se puso un poco pálido, y como si le hubiesen aplicado en los

riñones una fuerte corriente eléctrica, agitado y convulso comenzó a dar

vueltas por la estancia mientras Tristán le contemplaba presa de la

mayor estupefacción. Al cabo parándose delante de él le dijo:

--Siéntese usted, Tristanito, siéntese usted... Voy a hablarle... pero

me permitirá que no me siente... No puedo; me encuentro alterado,

completamente alterado.

--¿Quiere usted una taza de tila?--preguntó Tristán sonriendo

interiormente de ofrecer tila a aquel monstruo.

--No, señor, muchas gracias; sólo le pido que me permita estar de pie y

dar algunos paseos...

--Pasee usted cuanto quiera, amigo Barragán--repuso Tristán mirándole

con curiosidad.

Pero con gran sorpresa suya en vez de hacer uso de esta facultad el

paisano se dejó caer como un plomo sobre el diván, sacó el pañuelo y se

lo llevó a la frente empapada de sudor.

--¡Es tan triste! ¡Es tan triste!--murmuró con abatimiento.

--Ha tenido usted algún disgusto, ¿verdad? ¡Oh! la vida es una cadena

que no se compone de otros eslabones--dijo Tristán con filosófica

conmiseración que ocultaba una positiva indiferencia.

--Sí; un disgusto bien grande... Pero aún siento más el que va usted a

tener.

Tristán dio un salto en la butaca a pesar de su metafísica resignación.

--¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué es ello? ¿Qué disgusto voy a tener?

--¡Es una desgracia, es una verdadera desgracia!--murmuró con más

abatimiento aún Barragán.

--¿Qué desgracia es esa? ¿Qué ha pasado?--profirió el joven en el colmo

de la impaciencia.

Barragán, que parecía más inclinado a las vagas lamentaciones que a las

confidencias, repitió cada vez con acento más desolado:

--¡Qué tristeza! ¡Qué tristeza!

--Pero vamos a ver... ¡hable usted!--profirió el joven exasperado

sacudiéndole por el hombro.

--¡Cálmese usted, Tristanito! Le aconsejo a usted que tenga calma en

estas circunstancias.

No hay consejo menos calmante que el de la calma. Tristán, ya fuera de

sí, comenzó a patear con furor, soltando al mismo tiempo una serie de

interjecciones bien enérgicas.

--¿Quiere usted hablar o no? ¡Maldita sea mi suerte!

--Allá voy... Ya sabe usted, Tristanito, que a mí no me gusta pasearme

por las calles y que muchos días monto a caballo y me salgo por las

afueras.

--Sí, sí, ya lo sé. ¡Adelante!

--Y que suelo comer donde me pilla... a lo mejor en cualquier taberna...

Creo que con eso no ofendo a nadie y que usted no me despreciará,

¿verdad, señor Aldama?

--Ni más ni menos. ¡Adelante!

--Pues había ido esta tarde hasta Vallecas y a la vuelta entré en una

taberna del camino, y como tenía hambre, mandé que me frieran unos

huevitos y me guisasen un pisto. Es admirable cómo guisa los pistos la

tía Bibiana del Puente de Vallecas. No deje usted de probarlo si algún

día llega hasta allá...

--¡Lo probaré...! ¡Adelante!

--Pues como le digo, estaba comiendo, no en la taberna precisamente,

sino en una piececita contigua donde suelen servir a los parroquianos

que quieren estar solos. Esta habitación tiene una ventanilla al camino,

y por ella vi que se detenía un coche de punto frente a la taberna y que

bajaba de él ese pintor amiguito de usted...

--¿Núñez?

--Sí, señor. Entró en la taberna y le vi que pedía un vaso de agua para

una señora que quedaba en el coche. La chica de la tía Bibiana quiso

salir para servírselo, pero no lo consintió y él mismo fue a llevárselo.

Yo había notado al través de los visillos que la señora procuraba

ocultarse retirándose hacia el fondo del carruaje y esto despertó un

poquito mi curiosidad. Así que con disimulo alcé un si es no es el

visillo, apliqué el ojo, y cuando la señora se inclinó para tomar el

vaso de agua quedé asustado viendo que era Elenita.

--¿Cómo? ¿Qué está usted diciendo? ¿Mi cuñada Elena?

--La misma, Tristanito, la misma.

--¡No puede ser!

--Le digo que la he visto tan bien como le estoy viendo a usted ahora.

--¿Y no pudo usted haberse equivocado? ¿Que fuese una mujer parecida?

--Le repito que estoy bien seguro de ello. Ya se hará usted cargo del

disgustillo que habré tenido. Con decirle que no pude probar otro bocado

está dicho todo. Allí se quedó el pisto de la tía Bibiana sin que lo

tocase. Yo quiero a Germán como si fuese mi hermano y le digo a usted en

conciencia, Tristanito, que hubiera preferido perder cuatro mil pesetas

a saber lo que he sabido. Me vine a casa y no pude parar en ella. Hace

dos horas que ando dando vueltas por las calles y tantas cosas he

pensado que tengo la cabeza como un volcán...

No había más que mirarle para cerciorarse de la verdad. Sus ojos

sanguinolentos semejaban lava encendida: la boca un negro, espantoso

cráter.

Tristán quedó unos momentos pensativo y luego poniéndole una mano sobre

el hombro le preguntó:

--¿Ha dicho usted una palabra de esto a alguien?

--La primera persona con quien hablo desde el suceso es usted.

--Pues bien, le invito, le exijo por el interés de toda la familia que

guarde usted absoluto silencio sobre lo que ha visto... o cree haber

visto.

--Lo guardaré, Tristanito, lo guardaré.

--Ya pensaremos lo que se ha de hacer. Pero entre tanto, le repito,

¡silencio, mucho silencio!

Luego se puso a dar paseos por la estancia sin decir palabra, como si

Barragán no estuviese allí. Este comprendió que estorbaba y se despidió,

anunciando otra vez, más que con palabras por medio de signos

desesperados, que si había hombre en el mundo que semejase un sepulcro

ese hombre era él, el paisano Barragán.

Cuando quedó solo Tristán siguió paseando absorto en profunda

meditación. Y pensando, pensando, resultó que a los pocos minutos

adquirió el convencimiento de que Barragán había visto visiones. No

tenía nada de extraño. Como era hombre tan poco acostumbrado a vivir

entre damas ni aun entre personas civilizadas, bastaba cualquier

semejanza de rostro o de _toilette_ para que el infeliz se confundiese.

Ni en el carácter de Elena ni menos en el de Núñez entraba semejante

ruindad. Además, caso de que fuesen amantes no era verosímil que

cometiesen la imprudencia de exhibirse paseando en coche por las

cercanías de Madrid. ¡El pobre Barragán...!

Y bien tranquilo, con la sonrisa en los labios se dirigió al comedor,

donde ya le esperaba Clara. No pudo resistir a la tentación y dio cuenta

a ésta de la conversación que acababa de tener con el paisano en tono de

broma y haciendo comentarios humorísticos como quien está bien seguro de

lo disparatado del asunto. Clara se puso pálida, luego roja como una

brasa, y renunció a comer por el momento dando señales de profundo

abatimiento. Tristán se manifestó sorprendido de aquella emoción y se

esforzó en calmarla adoptando cada vez un continente más tranquilo.

Llovieron sobre la atribulada joven multitud de reflexiones, unas

serias, otras jocosas. ¿No sabía que Barragán era un hombre primitivo y

selvático para quien todas las señoras eran una misma señora como para

los niños su papá todos los caballeros que encuentran en la calle? Esto

en cuanto a la explicación material del suceso. En cuanto a la moral no

había motivo alguno para dudar de la fidelidad de Elena, cuyo carácter

inocente y afectuoso ella podía conocer mejor que nadie. Y por parte de

Núñez bien podía estar segura de que era incapaz de faltar a las leyes

de la caballerosidad. Gustavo tenía un temperamento burlón, le gustaba

pasar por escéptico y original, pero en el fondo era el honor y la

rectitud personificados.

Clara levantó hacia él una mirada donde se leía el asombro. Y realmente

era asombroso que aquel hombre que de todo el mundo recelaba sólo en

Núñez tenía completa confianza.

Tristán o el pesimismo · 第 14 / 22 段