éste ni el cochero sintieron esta vez sorpresa porque ya se lo habían
tragado--. ¡Vivo! ¡vivo!--Apenas salieron por la puerta de San Vicente
emprendieron el galope. La noche era obscura; el cielo estaba
aborrascado; grandes nubes negras, informes, monstruosas corrían por él
dejando por intervalos descubierto algún rincón de azul obscuro. La
tierra se extendía negra, amenazadora como el cielo. En poco más de tres
horas alcanzaron el Sotillo, que dormía el sueño profundo y tranquilo
del labriego. Ladraron los perros furiosos, pero al oír la voz del
cochero se amansaron repentinamente. Elena subió a las habitaciones de
su marido. Este al sentir el ruido del coche y los ladridos de los
perros se había vestido apresuradamente. Cuando la vio aparecer quedó
estupefacto. ¿Qué ocurría? ¿Cómo a tales horas...?
--Nada--replicó ella turbada--. He sentido mucho miedo y no pude
resistir.
Don Germán tuvo una sonrisa cariñosa para aquel capricho infantil. Ya
estaba acostumbrado a ellos.
--¡Vendrás muerta de frío, hija mía!--dijo acariciándole el rostro,
palpando su espalda.
--No, he venido muy bien abrigada.
Reynoso mandó encender las chimeneas del dormitorio y del saloncito
contiguo que ya estaban apagadas; luego despidió a los criados y se
encerró con su esposa.
--¿Pero qué es eso? ¿qué es eso?--dijo paternalmente tomándole una mano
y arrastrándola suavemente hacia un diván. Elena le echó los brazos al
cuello y rompió a llorar. Don Germán asustado, confuso la instó para que
se explicase. ¿Qué había pasado? ¿Había tenido algún disgusto con los
criados? ¿Le habían dado algún susto? Elena callaba, llorando cada vez
con más sentimiento. Al cabo profirió entre sollozos:
--No sé lo que tengo... nada me ha pasado... pero he sentido miedo de
pronto... ¡un miedo tan horrible...! Pensé que no te volvería a ver
más...
Reynoso sonrió aplicando sobre sus mejillas algunos besos prolongados.
--Es que estás nerviosa, hija mía.
--Sí, muy nerviosa.
--Voy a llamar para que te traigan una taza de tila con azahar.
Elena se opuso resueltamente. Se encontraba bien; no necesitaba otra
cosa que tranquilidad y sentirle cerca de sí. Y se estrechaba contra él
y le apretaba la mano y de vez en cuando la llevaba a sus labios.
Reynoso a su vez la apretaba tiernamente contra su pecho y le acariciaba
la cabeza rozando con los labios sus cabellos dorados.
Al cabo de un largo silencio, Elena levantó sus ojos mojados de lágrimas
y sonriente y confusa balbució con mimo:
--¡Si me hicieses un favor, Germán!
--¡Cuanto tú quieras, alma mía!
--Es que acaso te moleste...
--Si me molesta, mejor: así tendrá algún mérito.
--Quisiera que tocases la novena sinfonía de Beethoven, esa obra que
tanto me gusta... Yo pienso que me tranquilizaría más que la tila y el
azahar.
--¡Pero eso no es molestia, hija mía! Es un placer--replicó riendo el
caballero.
Y abrazándola de nuevo y estampando un beso en su frente se alzó del
asiento, se acercó al piano y lo abrió.
Elena comenzó a escuchar con tal inmovilidad y silencio que parecía la
estatua simbólica de la atención. Aquel ser pueril, de natural tan
ligero y aturdido hallaba repentinamente en el fondo de su alma una
seriedad increíble. Las frases graves, solemnes de la inmortal sinfonía
le revelaban el acuerdo misterioso de las cosas entre sí y el de su
propio corazón con el universo. Su espíritu se bañaba en lo infinito y
percibía como uno de los más escogidos de la tierra la eterna, profunda
armonía que reside en el centro de la vida inmortal. No lloraba: sus
grandes ojos abiertos parecían absorber oleadas de luz. De vez en cuando
los cerraba con un gesto aprobador. ¡Así es; así es el mundo; así es la
vida! Reynoso que había advertido vagamente el efecto que aquella obra
producía siempre en su esposa la tocaba ahora con singular maestría, con
un sentimiento arrobado y una unción que hasta entonces jamás había
sentido.
Cuando terminó y se alzó del asiento, Elena vino hacia él, se colgó de
su cuello y dejó caer la cabeza sobre su pecho sin decir palabra. Así
estuvieron unos instantes. Suavemente Reynoso la condujo al diván y la
sentó sobre sus rodillas. ¿Y ahora estaba contenta? Sí, sí, Elena estaba
muy contenta; todo se le había pasado. Y volviendo repentinamente a su
acostumbrada alegría comenzó a charlar con animada volubilidad. ¡Qué
susto le había dado! ¿verdad? ¡Vaya una cara chistosa que había puesto
cuando la vio aparecer! ¡Ni que fuera la estatua del Comendador! Él se
defendía; se había asustado, es cierto, pero inmediatamente había
sentido una extraordinaria alegría.
--¡Mentira! Tú te dijiste: «Vaya unas horas oportunas que tiene mi
mujercita para visitarme.» Y echaste de menos en seguida tu hermoso
sueño interrumpido.
--¡Qué idea! Al contrario; por ver estos ojos divinos, por acariciar
estos cabellos de oro, por besar estas manos de nieve y de rosa velaría
yo toda la vida.
--No seas embustero. Confiesa que dormías a pierna suelta y muy a gusto
lejos de tu pobrecita Elena.
--Que dormía, sí, lo confieso; pero niego que durmiera a gusto. Mientras
el sueño no me rindió tu imagen no se apartó de mi pensamiento.
Elena alegre con estas palabras como un pajarito en el árbol aparentaba
no creerle, le tiraba del bigote, le daba suaves bofetadas en las
mejillas, le tapaba la boca, «el frasco de las mentiras» como ella
decía. Pero él, aunque enajenado por aquella lluvia de caricias,
concluyó por mostrarse inquieto. Tal vez su ruidosa alegría dependiera
del mal estado de sus nervios, fuese una continuación de la crisis. Así
que con timidez le insinuó la idea de acostarse. Elena protestó
inmediatamente. Se hallaba admirablemente: no sentía ningún sueño.
--Pero, hija mía, es imposible que después del sacudimiento nervioso que
has tenido, después del viaje tan molesto en carruaje, no te sientas
fatigada. ¿No sería mejor que fueses a la cama?
Hizo nuevas protestas de que no estaba fatigada, de que no tenía sueño.
Quien lo tenía era él, el grandísimo cazurro, que con el achaque de que
ella se reposase sentía unas ganas atroces de meterse otra vez entre
sábanas y roncar como un gañán. Don Germán reía asegurando que sólo
temía por la salud de ella.
--¡Pero cuántas mentiras me has dicho hoy, Virgen del Carmen! ¿No te
remuerde la conciencia de engañar de ese modo a una infeliz mujer?
Y de nuevo volvió a su charla voluble, incoherente, hablando del adorno
de la casa, que era su tema favorito, saltando por intervalos al teatro,
a las tertulias que había asistido, a las amigas, para volver de nuevo a
la casa, a sus eternos proyectos de reforma, echar abajo el tabique del
comedor, levantar en el jardín sobre columnas una _serre_ que comunicase
con él, cambiar la decoración del despacho de su marido que era muy
vulgar por un mobiliario estilo americano que había visto en la calle de
Alcalá. Porque Elena se metía a reformar hasta las habitaciones
particulares de su marido y éste la dejaba hacer, feliz de verla tan
divertida.
Poco a poco, no obstante, aquel chorro de palabras se fue haciendo menos
copioso. Su marido se lo hizo notar. ¿Tendría sueño por ventura? Elena
se mostró indignadísima ante aquella superchería y para castigarla le
dio unos cuantos pellizcos y le tiró del bigote con refinada crueldad.
Pero entonces, ¿por qué comenzaba a apoyar la cabeza en su pecho? ¿Por
qué no se mantenía derecha?
--Porque hablo mejor así, antipático. ¿No comprendes que tengo la boca
más cerca de tu oído?
Sin embargo cada vez hablaba menos. Últimamente se quejó de que su
marido no decía nada. ¿Por qué no hablaba? ¿Todo lo había de decir ella?
Reynoso por complacerla se puso a contarle lo que había hecho durante el
día, su excursión a la sierra. Elena escuchaba cediendo cada vez más al
letargo que la invadía. Su marido sonrió. Ella advirtió su sonrisa.
--¿De qué te ríes socarrón? ¿Te figuras que tengo sueño?
No, no tenía sueño: y para demostrarlo abría desmesuradamente sus
hermosos ojos negros.--¡Habla, habla que te escucho!
Don Germán siguió hablando maquinalmente, sin preocuparse de lo que
decía. Al cabo aquellos ojos brillantes quedaron inmóviles unos
instantes y de pronto se cerraron. Elena se durmió como un niño en los
brazos de su marido.
XIII
VIDA LITERARIA
El estreno feliz de su drama fue una verdadera desgracia para Tristán.
Los reparos que algunos críticos pusieron a la obra, particularmente los
del famoso _Leporello_, le hirieron como graves injurias. Además,
esperando fundadamente que permaneciese mucho tiempo en el cartel, la
empresa, atendidas ciertas circunstancias de renovación de abono, la
retiró después de la quince representación. Fue un golpe mortal para su
amor propio. Desde luego sospechó que la mano de Estévanez, del traidor
Estévanez había intervenido en este asunto. Así que vio que comenzaban
los ensayos de un drama de éste ya no le cupo duda alguna. Un odio
frenético prendió en su corazón. Para desahogarlo un poco comenzó a
asistir a las tertulias literarias de los cafés y cervecerías, con
predilección a una que se reunía por las noches en un rincón del café de
Fornos. Allí, sobre aquellas dos mesas de mármol pegadas, se hacía
diariamente la disección en vivo de los escritores de más nota.
Naturalmente Estévanez, en su calidad de astro de primera magnitud, era
quien más a menudo ofrecía sus carnes palpitantes al estudio de aquellos
jóvenes anatómicos. Tristán gozaba voluptuosidades desconocidas metiendo
en ellas el bisturí de su lengua. Sus aptitudes quirúrgicas se
desenvolvieron prodigiosamente con el ejercicio. Él, que había sido
hasta entonces hombre de estudio, en pocos meses se hizo un maldiciente
de café. Pasaba aquí horas y horas no sólo sin preocuparse de sus
libros sino, lo que era peor, sin preocuparse mucho de su joven esposa.
Esta, que cada vez se encontraba más pesada a causa de su embarazo,
salía poco de casa. La acompañaban Elena y Visita; recibía también las
frecuentes visitas de doña Eugenia y Araceli, pero su señor marido no
hacía mucho polvo en casa.
El caso es que Tristán, pasando la vida en el café y en los saloncillos
de los teatros, juzgaba de buena fe por una increíble aberración de su
espíritu que llevaba la existencia más adecuada para un literato.
Ocupado incesantemente en triturar las obras de los demás, aguzaba, es
cierto, su sentido crítico, pero se le iba embotando la inspiración
creadora. Así que cuando se ponía delante de la mesa de trabajo le
costaba insuperable emborronar algunas cuartillas. Y cuando al día
siguiente las leía parecíanle tan desabridas que solía dar casi siempre
con ellas en el cesto de los papeles rotos. Hervía no obstante su
cerebro en proyectos, sentía cada día más vivo el deseo de la gloria,
pero cada día se hallaba también más incapaz de cualquier esfuerzo tenaz
y serio para conquistarla. Por otra parte, una vez alcanzada preveía los
sinsabores que consigo arrastra, sentíase débil para sufrir las
objeciones de la crítica como ya lo había experimentado, comprendía que
en cuanto se levantase un poco tendría contra sí a todos sus camaradas
de café y de saloncillo y se sentía intimidado. Veíase yacente y desnudo
sobre aquellas dos mesas pegadas del café de Fornos. ¡Cuán torvas
brillaban las cuchillas y los bisturíes! Ya los creía sentir en sus
entrañas. Y de hecho estaba bien seguro de que la amistad con los
jóvenes anatómicos no aplacaría, sino que exacerbaría su fiereza.
Indudablemente era más dulce buscar las articulaciones de los otros. Ya
no frecuentaba tanto a Gustavo Núñez porque a éste le agradaban más los
apartes con las damas que las reuniones con los hombres aunque fuesen
literatos. Sin embargo, alguna vez paseaban o comían juntos. El pintor
no había dejado de visitar la casa de los recién casados aunque estaba
seguro de que no era santo de la devoción de la señora. Y en estas
conversaciones solía embromar lindamente a Tristán con sus nuevos
amigos reprochándole el tiempo que perdía. Tristán se defendía alegando
que el trato con la gente de la misma profesión era de absoluta
necesidad para sostenerse y confortarse.
--No lo pienses, querido Páramo, no lo pienses. La unión hace la fuerza
en todas partes menos en el arte. En el arte el aislamiento es el que
hace la fuerza.
Nuestro joven se daba alguna vez cuenta de ésta y otras verdades que
Núñez le soltaba a quema ropa. En ciertos momentos veía lo estéril de
aquellas críticas y lo triste de estar acechando y comentando el trabajo
de los otros descuidando el suyo. Por otra parte, tanto en el café como
en los saloncillos de los teatros, había tenido ya más de un rozamiento,
alguna disputa agria que no había terminado en el campo del honor por
milagro. Acaso no fuera milagro, sino el temor que inspiraba la misma
violencia de Tristán y su extraordinaria habilidad en la pistola, ya
conocida de algunos. Pero por más que despreciase en el fondo del alma
aquellas resquemantes tertulias y se propusiera más de una vez huirlas,
no le era posible. Después de almorzar, los pies le arrastraban quieras
que no al café de Fornos y después de comer hacia el saloncillo del
Español o de la Comedia. Para ello a menudo necesitaba despertar a su
joven esposa, que después de las comidas gozaba en sentarse sobre sus
rodillas y quedar un momento traspuesta con la cabeza apoyada en su
hombro. Crueldad estúpida de la cual no se daba bien cuenta. La pobre
Clara sentía el corazón apretado cuando su marido por ir a gozar la
compañía de sus amigos la obligaba a levantarse de aquel asiento donde
el amor la clavaba. ¡Si supiera que aquellos amigos por quienes la
abandonaba le aborrecían cordialmente como se aborrecían entre sí y
estaban siempre aparejados para inferirle todo el mal que pudieran!
Una de las pocas, casi la única admiración que ya le quedaba a Tristán
en literatura era la de Rojas, su maestro y protector. No asistía con
puntualidad a sus tertulias nocturnas de los viernes, pero iba de vez en
cuando. Y cuando tropezaba en la calle al célebre poeta, nunca dejaba
de departir con él algunos instantes y solía acompañarle hasta el paraje
adonde se dirigía. Además se complacía en defenderle en todas partes y a
boca llena le apellidaba el primer poeta español de su siglo. Un día fue
invitado para la velada que en honor suyo debía celebrarse al día
siguiente en el salón paraninfo de la Universidad. Como admirador, como
discípulo y amigo íntimo, ocupó un puesto en primera fila, «entre los
alabarderos» como él mismo decía riendo a su maestro. Leyó éste con su
reconocida maestría, admirada en toda España, lo mejor de su repertorio,
_La oda a Gravina_, _La barca a pique_, _La cita_, _El cóndor_ y sobre
todo las _leyendas_, las incomparables _leyendas_. El público
electrizado no se hartaba de aplaudir y pedir más. Mas he aquí que a
Tristán le acomete repentinamente un grande, un inmenso tedio. Toda
aquella poesía ¿qué era en el fondo? Palabritas sonoras enlazadas unas a
otras para halagar el oído. ¿Qué pensamiento, qué emoción se agitaba
debajo de esa brillante cascada? Cierto que las descripciones eran
felices, ¿pero el don de la poesía consiste solamente en describir los
objetos exteriores? El espíritu humano no se alimenta de descripciones,
sino de ideas y sentimientos. Todo le pareció pueril, primitivo en
aquella poesía. En una época de duda, de tristes desengaños como la
nuestra se le debe exigir al poeta que remueva nuestra alma con las
ideas más caras y tentadoras, que eche alguna vez la sonda en los
grandes misterios que a todos nos fascinan...
Acometiole tedio y tristeza. Miraba a aquel hombrecillo ya caduco con
sus largas melenas grises que había pasado cincuenta años describiendo
los ojos de las odaliscas y el galope de los caballos, los rugidos de la
mar, el vuelo de las mariposas. ¿Y _esto_ es un gran poeta?--se
preguntaba con un bufido desdeñoso. En un punto pasó de la admiración al
desprecio. Le pareció que caía la venda de sus ojos y se rió de sí mismo
que por mucho tiempo había adorado a aquel idolillo de marfil. Cuando
instado por el público Rojas se puso de nuevo a leer _La danza de las
ondinas_ no pudo resistir más; se alzó del asiento y salió a la calle.
Aburrido y encolerizado bajó hasta la Puerta del Sol y entró en un café
a tomar chocolate. Poco después entró Gustavo Núñez con otros amigos,
pero los dejó unos instantes y vino a sentarse a su mesa. Bajo la
impresión del cambio brusco de ideas, cuando se habían cruzado algunas
palabras indiferentes, Tristán desahogó con el pintor aquel nuevo
desprecio que sentía. Pocas cosas en este mundo le quedaban ya por
despreciar. Núñez hacía tiempo que las despreciaba todas. Escuchole
sorprendido y risueño. En sus ojos verdosos chispeaba una alegría
burlona observando con qué furor Tristán acometía toda la obra literaria
de Rojas. En verdad que no le dejó hueso sano. Como si se hallase bajo
el resquemor de un agravio personal se mostró tan excesivo en sus
críticas, tan descompuesto y exasperado que producía un efecto cómico.
Núñez soltó la carcajada.
--¡Anda con él, hijo! ¡Chúpale la sangre! ¡Arrástrale por las melenas!
Tristán se sintió un poco avergonzado.
--No te imagines que éstos son solamente desahogos de café. Antes de
muchos días pienso publicar un estudio sobre Rojas y se sabrá lo que
ahora pienso de su poesía anodina.
--No harás bien--dijo fríamente Núñez.
--¿Por qué?
--Porque siendo hasta ahora su amigo y admirador se supondrá, como es
natural, que habéis reñido.
--No diré una palabra en desdoro de su persona; al contrario, le trataré
con el mayor miramiento. ¡Pero en cuanto a su obra...!
--Eso es peor, porque entonces se achacará tu ataque a los celos del
oficio.
Tristán levantó la cabeza con orgullo.
--Jamás he sentido la envidia.
Núñez alzó los hombros con indiferencia, se quedó unos instantes
silencioso y pensativo, y al cabo poniéndose en pie para irse repuso en
voz baja:
--¡La envidia...! La envidia, querido Tristán, es un sentimiento tan
constante en el corazón del hombre que aun los juicios más exactos, más
imparciales acerca de nuestros contemporáneos cuando no les son
absolutamente favorables se atribuyen a envidia.
Le dio la mano y se despidió.
No hizo caso de la juiciosa advertencia. Pocos días después aparecía en
_El Independiente_ el primer artículo de la serie de tres que dedicaba
al estudio de la obra poética de Rojas. Aunque hizo lo posible por
moderarse y de buena fe pensó haberlo logrado, el estudio resultó un
ataque violento que dejó estupefacto al mundo literario. Como lo había
previsto Núñez, levantó polvareda y produjo indignación. Aun los mismos
enemigos de Rojas censuraron con acritud la conducta de Tristán. Al cabo
se trataba de un anciano cubierto de laureles. Nadie menos que él, su
protegido y discípulo, tenía derecho a escribir semejantes artículos.
Tales censuras que llegaron pronto a sus oídos y que no tardó tampoco en
ver estampadas en la prensa le mortificaron enormemente, le pusieron de
un humor endiablado.
No necesitaba de este pequeño tropiezo para vivir malhumorado. La vida
para él era un continuo tropiezo. Donde los demás veían el camino raso y
cómodo, él encontraba una carrera de obstáculos. El descuido de un
criado, la informalidad de un amigo, la pérdida de cualquier objeto, una
visita pesada, el frío, la lluvia, el sol, todo servía para obscurecerle
y era pretexto para un torrente de amargas reflexiones sobre el
universo, la vida, el destino del hombre, etc., que dejaban atónita a
Clara. Esta padecía bastante del humor tétrico de su marido. Sin
embargo, el misterio adorable que en su ser se efectuaba y el fausto
acontecimiento que esperaba con impaciencia manteníanla en un estado de
embelesamiento y de éxtasis del cual no era fácil sacarla.
Un disgusto producido por el temperamento receloso y suspicaz de su
marido vino no obstante a arrancarla de él y desazonarla por algunas
horas. Había encargado Tristán a un agente privado llamado Samper la
venta de ciertos efectos y la compra de otros. Este agente había sido en
otro tiempo dependiente de su tío y entonces había hecho amistad con él.
Era hombre afectuoso, trabajador y exacto en el cumplimiento de sus
deberes. Por esto y por la buena amistad que con él mantenía solía
encargarle de sus pequeños negocios, cobro de intereses, permutas de
efectos, etc., con preferencia a otros demás posición y categoría. El
asunto de que ahora se trataba era de alguna entidad, ventilándose una
cantidad de treinta mil pesetas aproximadamente. Por la mañana le había
entregado Tristán los títulos con el objeto de negociarlos en la Bolsa
por la tarde, y quedaron en verse aquella misma noche en el café a
primera hora para que le diese cuenta de la operación. Tristán acudió
puntual, pero Samper no pareció por allí. Aguardole media hora, una
hora, hora y media. Nada. Entonces acometiole de pronto la sospecha de
que se hubiese fugado con el dinero. Apenas nacida esta sospecha se fue
enseñoreando rápidamente de su espíritu. Samper no era rico y treinta
mil pesetas pudieran haberle seducido. Aguardó todavía algún tiempo y al
cabo se lanzó a la calle dirigiéndose a paso largo hacia la casa de
huéspedes en que aquél habitaba. En efecto, Samper había salido aquella
misma noche de Madrid para Santander. Había llegado turbado a casa
diciendo que tenía a su padre muriendo, metió apresuradamente alguna
ropa en la maleta y había partido. Tristán quedó sofocado de
indignación. Comprendió que todo aquello no era más que una comedia. Sin
pérdida de tiempo se dirigió al Gobierno civil, habló con el secretario
que era su amigo y logró que se pusieran telegramas para que se le
detuviese en el camino.
Al día siguiente supo que se le había detenido en Palencia y que
regresaba aquella noche conducido por la guardia civil. Pero antes que
llegase recibió el paquete de los nuevos títulos comprados que le
enviaba un banquero amigo de Samper a quien éste los había dejado con
tal objeto. Tristán quedó estupefacto y aterrado de su precipitación. No
se atrevió a ir a la estación a esperarle, pero envió a García para que
le diese toda clase de excusas y escribió al mismo tiempo al secretario
del Gobierno haciéndole saber lo que había pasado y lamentándose mucho
de ello. García llegó de la estación pálido y tembloroso. La escena que
allí se había desarrollado fue violenta en extremo. Samper, más
desesperado aún por el retraso del viaje que por la vergüenza sufrida,
se había desbordado en palabras de indignación. Los presentes
compartíanla con él y censuraban acremente a Tristán, a quien García no
osaba apenas defender. El desgraciado agente, sin ir a su casa, tomó
otra vez el tren.
Pocos días después un hombre enlutado se presentó en casa de Tristán.
Era Samper. Había salido aquél y el agente iba a retirarse cuando vio en
el corredor la figura de Clara que se asomaba para ver quién era la
visita.
--Sólo venía, señora--le gritó desde la puerta--, a dar las gracias a su
marido por el buen concepto que le merezco...
--Ha sido una equivocación según creo--respondió Clara toda turbada.
--Yo también me he equivocado, señora, porque pensé que los sabios como
su marido serían los hombres más prudentes y los más delicados.
--Perdone usted... Él ha tenido un disgusto bien grande...
--Siento muchísimo habérselo proporcionado--replicó Samper con sonrisa
sarcástica--. No deje usted de decírselo de mi parte y de darle las
gracias igualmente por haber impedido que abrazase por última vez a mi
padre y le cerrase los ojos...
Aquí la voz se le anudó en la garganta al pobre hombre y rompió a
sollozar. Clara, llorando también, acudió a consolarle y después que
partió se sintió indispuesta.
XIV
UN DESCUBRIMIENTO DEL PAISANO BARRAGÁN