antes de dormirme. Pues bien, recuerdo la historia de un santo que por
espacio de muchos años se hizo pasar por idiota, sufriendo con admirable
paciencia para ganar el cielo toda clase de burlas y de escarnios tanto
de los hombres como de los niños. Después de haber vivido un poco
encuentro igualmente admirable el procedimiento para ganar la tierra. Si
quieres, amigo, lograr algún resultado en las letras es menester que
comiences por fingirte tonto y que lleves el convencimiento a todos de
que lo eres. La empresa no es fácil porque los literatos son suspicaces
y bien despiertos, y no se les engaña de buenas a primeras. Toda clase
de obstáculos se te enredarán en las piernas y no podrás dar un paso.
Pero si persistes y logras convencerles y te ponen el marchamo de
medianía incurable, entonces verás cuán desembarazado caminas; las
selvas enmarañadas se abrirán para dejarte paso, las montañas se
abatirán, los ríos quedarán en seco y entre nubes de incienso
proseguirás tu marcha gloriosa arrullado por los ¡hosanna! de la
crítica.
Tristán, sin hacer caso de estas palabras, siguió paseando agitado y
colérico. Don Germán sonrió y replicó suavemente:
--Todo eso, amigo Núñez, me parece más gracioso que exacto. Jamás ha
existido unanimidad de pareceres en este mundo. Mucho menos puede
haberla en las obras literarias en que se trata de lo feo y lo bonito.
Pero eso no impide que aquí como en todas partes prevalezca al cabo lo
que debe prevalecer y perezca lo que debe perecer. Yo he vivido siempre
bien alejado del mundo de las artes y las letras, pero tengo el
presentimiento de que en la literatura los enemigos contribuyen más a
formar las reputaciones que los amigos. Unas veces con un silencio
injustificado y receloso, otras con un ataque intempestivo como el que
ahora ha experimentado Tristán, señalan al público el sitio donde está
lo bueno. En las aldeas de Francia he visto que para descubrir las
trufas sueltan los cerdos al campo. En el sitio donde las hay se
detienen y comienzan a hozar estos animales. Entonces acuden a
separarlos, se cava la tierra y se recoge el fruto. Así los envidiosos
delatan el paraje donde existen las trufas literarias; allí acude el
público, los separa y se las come. Perdone usted lo feo de la
comparación en gracia de su exactitud...
Núñez no quiso conceder la exactitud del símil y se desbordó
inmediatamente en un torrente de paradojas e ingeniosidades, todas bien
amargas y resquemantes. Don Germán le respondió con su habitual
sencillez y se entabló una discusión prolongada. Tristán se puso en
seguida de la parte del pintor y le superó si no en gracia en amargura y
exaltación. Al fin Reynoso la cortó jocosamente advirtiendo que les
esperaba el almuerzo. Núñez se despidió.
Durante el almuerzo Tristán se mostró tan taciturno que Clara,
sorprendida y dolorosamente impresionada, no apartaba de él los ojos.
Reynoso y Elena se dirigían miradas furtivas, sonriendo unas veces,
otras sacudiendo la cabeza con señales de enfado. Particularmente Elena
se iba poniendo nerviosa con el silencio descortés y embarazoso de su
cuñado. En poco estuvo que no le interpelase bruscamente y sólo
atendiendo a las señas de su marido logró contenerse. Pero no pudo menos
de murmurar una de las veces:
--¡Parece mentira que un hombre tan majadero haya escrito una obra tan
bonita!
Tristán alzó la cabeza y preguntó distraído:
--¿Qué decías?
--Que está admirable esta salsa.
Don Germán sonrió y Tristán bajó de nuevo la cabeza persistiendo en su
silencio desconsiderado.
En cuanto terminó el almuerzo se encerró en su despacho. Allí vino a
llamar no mucho tiempo después García, que traía igualmente un número de
_El Universal_ en la mano. En cuanto entró apretó la de Tristán
fuertemente y dejó escapar estas fatídicas palabras:
--¡Hay que aplastar a la víbora!
Tristán se estremeció. García se dejó caer en una butaca y paseando sus
ojos relampagueantes por la estancia como si esperase descubrir oculto
en algún rincón al odioso reptil se echó mano al bolsillo interior del
_chaquette_, sacó un manojo de cuartillas, dejó caer hacia atrás la capa
y se puso a leer con voz hueca. Era una respuesta aplastante, en efecto,
a la crítica de _Leporello_ nutrida de sana doctrina retórica y adornada
con todos los recursos que proporciona al discurso la ortografía
española; signos de admiración, interrogantes, puntos suspensivos,
paréntesis, etc., etc. Tristán, muy caviloso, apenas le escuchaba.
«¡Pero váyase a _Leporello_ con las diferencias entre el estilo adornado
y el vehemente y patético! ¿Qué sabe el crítico zorrocloco de
humanidades? De éstas no sabe más que lo que a la suya se refiere, y
como ésta no ve mucho más allá de sus narices... de ahí que... ¡tente
pluma! ¿Cómo es posible que un hombre de tan corta vista logre entender
que el fin moral de la tragedia es purgar nuestras pasiones por medio de
la compasión y del terror, mientras que el de la comedia es corregir
nuestros vicios por medio del ridículo? Pero no hablemos de ridículo, no
mentemos la soga en casa del ahorcado. Si el escritor insigne a quien
_Leporello_ moteja...»
--¡Por Dios, García!--exclamó Tristán avergonzado.
--¡Déjame! Yo sé lo que escribo--exclamó García con la misma voz
vibrante, campanuda, con que leía su artículo.
«Si el escritor insigne a quien...»
--¡Pero García, eso es demasiado! ¿No comprendes?...
El retórico extendió su mano para atajarle y sin hacerle caso volvió a
repetir con más énfasis:
«Si el escritor insigne a quien _Leporello_ moteja pudiera descender a
responderle; si la pluma brillante que ha trazado los prodigiosos versos
de _Magdalena_ pudiera mancharse una sola vez, etc.»
García, trémulo y gritando como un energúmeno, concluyó al cabo la
lectura del artículo. Una mirada feliz, triunfante brilló en sus ojillos
negros, debajo de sus pobladas pestañas, como una linterna dentro de un
bosque. Envolvió las cuartillas lentamente, las metió en el bolsillo y
acercando la boca al oído de Tristán y haciendo una serie prodigiosa de
muecas pronunció estas palabras memorables:
--Este artículo saldrá en el correo de esta noche, y pasado mañana o a
todo más el sábado se publicará en _El Clamor_ de Alicante. El sábado,
pues, ya podrás caminar por la calle con la cabeza bien levantada.
XII
LA NOVENA SINFONÍA
En un billetito perfumado, muy perfumado, y las armas de la noble casa
de Peñarrubia estampadas en lacre de color rosa, invitaba la condesa a
comer a su entrañable amiga Elena.
«Cherie: Ya que tu señor marido te ha dejado hoy por aquellos bichos tan
feos que guarda en el _Sotillo_, ven a alegrar unos instantes esta
humilde casita comiendo conmigo esta noche. A las ocho. Tú puedes venir
cuando se te antoje que para eso eres el ama. Adieu, ma petitte poupée
de biscuit. Muchos besos, muchos, muchos...
MARCELA.»
El matrimonio Reynoso se hallaba instalado desde el 1.º de enero en su
magnífico hotel de la Castellana. Corrían los últimos días de febrero.
Don Germán, que había aceptado con semblante risueño por no disgustar a
Elena el traslado de domicilio, se aburría mortalmente en la corte. Sólo
la ópera y algunos conciertos le indemnizaban de aquellas horribles
horas de paseo con los coches en fila viendo cruzar a su lado una ristra
de rostros contraídos y de cuellos almidonados. Luego otra vez a verlos
en el teatro, en las soirées, después de haberlos visto por la mañana en
la acera de la calle de Alcalá y por la tarde en algún _five o'clock_,
en la exposición de pinturas, en las carreras, en dondequiera que
repicasen. Cualquiera diría, pensaba Reynoso, al observarlos tan
presurosos, tan sedientos de verse a todas horas, que estos señores se
aman entrañablemente. Y, sin embargo, el día que uno de ellos se
presenta con un nuevo tren tirado por un tronco de raza sería asesinado
gozosamente por sus más íntimos amigos.
Casi todas las semanas se escapaba el indiano algunas horas o un día
entero a su finca. Hasta entonces no había dormido nunca allá, pero como
necesitase hacer una larga excursión al monte, determinó quedarse
aquella noche y regresar al día siguiente.
A las ocho en punto se detenía la berlina de Elena delante de una casa
de la calle de Serrano donde vivía la de Peñarrubia. Ocupaba esta dama
un modesto entresuelo sin lujo ni ostentación; la escalera estrecha, los
muebles pocos y sencillos, la servidumbre reducida a una cocinera y una
doncella. El único lujo que se autorizaba era un exceso de luz y de
perfumes. Los vecinos de los otros cuartos al subir la escalera y cruzar
por delante de su puerta advertían por el montante una viva,
esplendorosa iluminación y sentían en la nariz un penetrante aroma de
violeta. No necesitaban más para penetrarse de la clara estirpe de la
inquilina.
Cuando Elena llegó no estaba Marcela y aún se pasó un buen rato sin que
apareciese. Al cabo hizo su entrada en compañía de Narciso Luna, de
Gustavo Núñez y de otra dama que llamaba Enriqueta. Venían de una
_matinée_ en casa de la de Somorrostro, donde decía que se habían
encontrado casualmente. Marcela había invitado a comer a Gustavo. Todo
parecía muy claro. Sin embargo, Elena sintió un leve estremecimiento
olfateando la trampa. Aquella dama a quien no conocía se llamaba
Enriqueta Atienza, hermana del marqués de Raigoso, de treinta y ocho a
cuarenta años de edad, casada con un banquero, rubia y separada de su
marido.
Pasaron inmediatamente al comedor. El criado de Narciso Luna servía la
comida. Este vivía en un cuartito de la calle de Recoletos, haciendo sus
comidas en el Club. Un criado arreglaba su habitación, limpiaba su ropa
y le ayudaba a vestirse. Muchas veces se vestía en el mismo Club,
haciéndose traer el frac y la camisa. La de Peñarrubia utilizaba al
muchacho para sus recados y aun para servir la mesa cuando tenía
invitados.
--No; ahí no, Elena... Siéntate aquí.
Y después que la tuvo acomodada la condesa sentó a su lado a Gustavo
Núñez.
Elena no pudo menos de sentir un poco de malestar mezclado de miedo.
Esta mala impresión se disipó al cabo en el curso de la comida. La
alegre conversación y el vino hicieron efecto en su cerebro volátil.
Todos la colmaban de atenciones y de mimos. Elena que era propensa a
ellos, como una niña de pocos años, pronto se halló en su centro dejando
pasar al través de sus ojos y su boca aquella infantil, inagotable
alegría que formaba su principal encanto.
Antes que hubiesen terminado de comer llegó el vizconde de las Llanas,
el cual, por ciertos signos indubitables, pronto hizo comprender a Elena
que era el amante de Enriqueta Atienza. Un noble de traza innoble, joven
aún pero bien estropeado; el pelo lacio, las mejillas hundidas, la nariz
amoratada, la voz aguardentosa, los ojos levemente torcidos y aviesos. A
Elena le produjo malísimo efecto aquel aristócrata que tenía todo el
aspecto de un caballero de industria. Además hablaba con un cinismo
repugnante bien lejano del culto e ingenioso de Núñez.
La conversación era animada aunque reducida casi toda a la narración y
comentario de las intrigas amorosas que se anudaban y se desanudaban en
el círculo de sus conocimientos. Pepita Z*** había entrado al fin en
relaciones con el marqués de G***. ¡Cuánto tiempo le había estado
despreciando! Como que esperaba que el duque de A*** se rindiese a sus
encantos. Convencida al fin de que el duque no se hallaba dispuesto a
morder aquella manzana pasada, cayó arrepentida en los brazos del
marqués. Blanquita H*** estaba pasando las grandes ducas por Manolo L***
y éste sin hacerle caso.
--¿Y por qué no la quiere Manolo?--preguntó Núñez--. Blanquita es una
preciosa criatura.
--Porque está enamorado de su mujer según dicen--respondió Enriqueta
Atienza.
--¡Qué mal gusto!--exclamó la condesa--. Gorda como una barrica de
aceite y bizca por añadidura... ¿Pero Manolo no se había casado con ella
por el dinero?
--Todo el mundo pensaba eso y él mismo no se ocultaba para decirlo.
Ahora al cabo de seis años resulta que se pone loco perdido por ella y
tiene unos celos atroces de Marquina.
--¡Válgate Dios! ¡Después de tanto tiempo como llevan de relaciones! Me
parece que Marquina entró en amores con ella antes de ser ministro,
¿verdad?
--Ya lo creo; ni soñaba con serlo. Pues a pesar de eso Manolo está
furioso, persigue a su mujer y la vigila. El día menos pensado va a dar
un escándalo provocando a Marquina.
--Muy mal hecho--profirió la condesa.
--Muy mal hecho--repitió Gustavo Núñez.
--Muy mal hecho--corroboraron el vizconde de las Llanas y Narciso Luna.
--Unos amores tan largos es cosa que debe respetarse--manifestó
Enriqueta con profunda convicción.
Los demás expresaron también su aprobación poniéndose muy serios.
Parecía que aquel adulterio era cosa sagrada e intangible.
A los postres llegó Rosita León, una mujercilla que sólo tenía de joven
la figura grácil, elegante y vivaracha. El rostro bastante ajado y con
pronunciadas ojeras. Rubia también y separada de su marido.
--Es una observación que vengo haciendo desde largo tiempo--dijo Gustavo
Núñez echándose atrás en la silla y limpiándose la boca para beber--.
Todas las señoras que no están de acuerdo con sus maridos se pintan el
pelo de rubio. Parece así como la primera señal ostensible de su
independencia, una declaración enérgica y valerosa de que están hartas
del yugo matrimonial y que no se hallan dispuestas a soportarlo por más
tiempo.
--Eso no es exacto--repuso la condesa un poco picada--. Aquí tiene usted
a Elena que es rubia y sin embargo se halla bien conforme con su
marido.
Núñez no dio su brazo a torcer y replicó inclinándose correctamente:
--Cuando se tiene un marido tan amable y tan simpático como Elena, no
sorprende esa conformidad.
El vizconde de las Llanas y Enriqueta levantaron hacia él los ojos con
curiosidad no exenta de malicia.
--Eso de la conformidad--manifestó Rosita León aceptando una copa de
champagne que le tendía la condesa--es cosa complicada. Se puede estar
de acuerdo desde ciertos puntos de vista y sin embargo no estarlo desde
otros.
El vizconde soltó una estrepitosa carcajada.
--¿Y cuál es el punto de vista desde donde su marido no es aceptable, se
puede saber?--preguntó groseramente.
--¿Se puede saber cuándo dejará usted de ser un sinvergüenza?--Luego
añadió bajando la voz:--Yo estimo mucho, muchísimo a mi marido, pero...
francamente no le quiero, ¿por qué no he de decirlo?
--Él en cambio la quiere a usted muchísimo, pero no la estima--dijo
sonriendo Núñez.
--¿Por dónde le ha venido a usted esa noticia?--replicó la de León
vivamente y con señales de cólera. Era sino del pintor despertarla
fácilmente; pero como hombre bien educado y cauto sabía restañar
prontamente las heridas.
--Por lo que a mí me sucede. Yo cuando quiero mucho a una mujer desearía
estrujarla.
Rosa no pudo menos de reír.
--Está visto, Marcela, que te complaces en recibir en tu casa a los
hombres más desvergonzados de Madrid.
Mas el pintor tenía la atención puesta en otro punto y temía que aquel
libre chisporroteo ahuyentase la caza que perseguía. Poniéndose serio y
con ademanes de hombre sensato y convencido principió a decir
lentamente:
--En este asunto de la fidelidad conyugal pienso que casi todos nos
equivocamos. Así que vemos a una mujer casada corriendo una aventura, lo
primero que decimos es: «Esa mujer no está conforme con su marido», si
es que no aseguramos: «Esa mujer aborrece a su marido». Si meditásemos
con calma y observásemos con cuidado comprenderíamos que es injusta la
sospecha. Estoy absolutamente persuadido de que la mayoría de las
mujeres que faltan a sus maridos no lo hacen porque dejen de hallarse
conformes con ellos ni menos porque los aborrezcan...
--¿Entonces por qué les faltan?--preguntó Narciso Luna riendo.
--Por la tendencia invencible que todos los seres sentimos hacia la
variedad, a lo menos como seres corporales. Sería muy bello que fuésemos
espíritus puros. Entonces acaso existiera en los matrimonios fidelidad,
aunque lo dudo, porque la inclinación al cambio reside igualmente en el
fondo de nuestra naturaleza espiritual. Pero ¿cómo ni por qué
contrarrestar los impulsos vitales con que la naturaleza nos advierte
que por encima de nuestros mezquinos intereses están los suyos, que esas
convenciones que llamamos sagradas son cosas para ella absolutamente
despreciables? Toda mujer percibe instintivamente que la promiscuidad no
es un crimen natural como el robo o el asesinato, sino artificial
inventado por el egoísmo de los hombres. Si no falta a su marido será
porque teme a las consecuencias, no porque le aterre el pecado.
--¡Choque usted, Núñez: eso mismo he pensado yo siempre!--exclamó
Enriqueta Atienza alargando su copa que Gustavo se apresuró a tocar con
la suya.
--Una mujer puede amar mucho a su marido--prosiguió el pintor--, pero
llega un momento en que sin darse ella misma cuenta, por un impulso vivo
pero fugaz de su naturaleza se entrega a otro hombre. ¿Quién no tiene en
el mundo caprichos? ¿Quién no siente estos impulsos inconscientes de su
naturaleza? ¿Qué tiene que partir con ellos nuestra alma ni nuestras
verdaderas y profundas afecciones? El mundo injusto y cruel como siempre
condena a aquella pobre mujer, la persigue y la maldice.
--Sin embargo--apuntó la condesa que presumía de dialéctica sutil--, la
responsabilidad que el mundo exige a la mujer no se funda precisamente
en la conciencia o inconsciencia de su capricho, sino en las
consecuencias que consigo arrastra. Hay maridos tranquilos, que tienen
la piel dura... que no son muy aprensivos...
--Vamos, maridos sin vergüenza--exclamó Rosa León.
Los comensales rieron y la condesa también.
--A esta clase de maridos no se les hace ningún daño. Pero hay otros
susceptibles, de una sensibilidad exquisita y a éstos una falta que en
sí misma tiene tan poco valor puede herirles de muerte.
--Si les hiere de muerte es porque padecen una aberración--replicó el
pintor--. No son espíritus sanos, bien equilibrados. Pero en fin, no se
trata de eso. A la mujer corresponde evitar disgustos a su marido por
medio de una gran prudencia, del más profundo secreto. Basta con eso,
porque repito y sostengo que no hay tal crimen. Si lo hubiese sería
igual para los dos cónyuges, y bien saben ustedes que las faltas del
marido, cuando no son excesivamente escandalosas, ni atentan al
matrimonio ni extinguen por lo general el amor de la esposa.
Elena escuchaba con intensa atención. Las palabras del pintor le
sorprendían y aunque no les diese completo asentimiento, no pudo menos
de hallarlas razonables.
Núñez con astucia cambió en seguida la conversación. Las señoras dieron
permiso para encender los cigarros y, con asombro de Elena, la condesa
aceptó un cigarrito de tabaco turco que Narciso le ofreció.
--¿Y dónde anda ahora Menelao, amigo Gustavo?--preguntó con sonrisa
insolente el vizconde de las Llanas.
Núñez se turbó levemente y echó una rápida mirada de reojo a Elena.
Luego se puso serio y murmuró de mal humor:
--No lo sé.
--¿Viaja lejos de Esparta?
El pintor visiblemente molesto se contentó con alzar los hombros,
dirigiendo en seguida la palabra a la condesa. El vizconde hizo un guiño
a Narciso Luna y dejó escapar una risita maligna.
Se levantaron de la mesa. El café se les sirvió en el gabinete de la
condesa. Esta se fue a la sala antes de terminar, abrió el piano y
comenzó a teclear suavemente: luego llamó a Elena, la hizo sentar a su
lado en un diván y comenzó a charlar perdiéndose en un mar de graciosas
y menudas confidencias que aún alegraron más a Elena con estarlo ya
mucho a causa del champagne. Cuando se hallaban más distraídas vino a
interrumpirlas Gustavo Núñez.
--¡Usted siempre tan importuno!--exclamó la condesa.
--¡Perdón! Me daba el corazón que se estaban ustedes contando
secretos... y los secretos de las señoras me fascinan. Dios no ha hecho
ni puede hacer otra cosa más interesante. Me retiro--añadió dando un
paso hacia la puerta--, pero conste que lo hago con todo el dolor de mi
alma.
--Acérquese usted, granuja, arrime usted una silla y venga usted a pedir
perdón a Elena de haberla escandalizado hace un momento.
Elena nada había hablado a la condesa de las opiniones de Núñez.
--Siento mucho que no le parezcan bien y si hubiera sabido su
disconformidad me guardaría de emitirlas.
--Debiera usted suponerlo, malvado, porque Elena adora a su marido.
--Volvemos a lo mismo, condesa. Las mujeres que adoran a sus maridos me
encantan. Y si cometen alguna falta (de lo cual nadie está libre en el
mundo) yo las perdono de buen grado porque tienen corazón.
Elena soltó una carcajada.
--Sabe usted decir las cosas de un modo, Núñez, que cualquiera pensaría
que habla usted en serio.
--¿Tan absurdas encuentra usted mis ideas?
Efectivamente Elena las hallaba completamente disparatadas y así lo
manifestó sin rodeos. Se inició una discusión viva pero amical entre el
pintor y la dama. La condesa les dejó enfrascados en ella y fue a
reunirse con sus amigos en el gabinete. Núñez se mostró paradójico y
chispeante como siempre, pero más delicado, más insinuante que nunca.
Elena no pudo menos de reír muchas veces admirando su gracia y
habilidad. Gustavo tuvo espacio y ocasión para decir todo, todo lo que
bullía en su mente desde hacía algunos meses sin que la dama encontrase
motivo para enojarse. El tiempo transcurría, la charla fue haciéndose
cada vez más íntima. Elena, un poco aturdida, se iba dejando arrastrar a
las confidencias. Como se veía aplaudida y mimada por aquel hombre, le
mostraba su interior inocente, pero voluble y caprichoso. Núñez
comprendió que el vicio no arraigaría jamás en su temperamento infantil
pero podía caer por la ligereza increíble de su espíritu.
Al cabo se alzó sofocada del diván. Cuando entró en el gabinete debía de
tener el rostro encendido. Todos la miraron con insistencia y creyó
notar en sus ojos cierta curiosidad burlona. Vio que a hurtadillas el
vizconde de las Llanas apretaba la mano del pintor como si le diese la
enhorabuena. Bruscamente se despidió.
--¡Tan pronto!--exclamó la condesa.
En vano la suplicaron que se quedara otro ratito. Resueltamente se iba.
Se sentía sofocada, con un deseo irresistible de salir de aquella casa.
Bajó la escalera precipitadamente, montó en el coche y se dejó caer en
un rincón. Pero allí su agitación fue en aumento, tenía toda la sangre
acumulada en las mejillas; latían sus sienes, temblaban sus manos,
sonaban en sus oídos aquellos requiebros delicados en la superficie, en
el fondo desvergonzados. Lentamente se despojó del guante de la mano
izquierda que acababa de ponerse. En aquella mano habían estampado un
beso hacía un instante y ella, en vez de castigar la insolencia, se
había limitado a levantarse del asiento roja como una amapola. ¿Cómo
había perdido la fuerza para rebelarse? Esta idea dolorosa trazaba una
arruga profunda en su frente. Su imaginación volaba, volaba hacia el
Escorial. ¡Qué feliz había sido allí siempre! ¿Por qué había tomado
tanto empeño en venir a Madrid? Esta ciudad empezaba a causarle miedo.
Jamás en su vida se había hallado tan humillada y tan inquieta. Cuando
llegaron a la puerta del hotel y el lacayo vino a abrir la portezuela,
sin hacer movimiento alguno para salir le preguntó:
--¿El tiro de mulas está aquí o en el Sotillo?
--Está aquí, señora.
--Quitad éste y enganchadlo.
--Está bien, señora--replicó el lacayo sorprendido.
Y como permaneciese de pie con la portezuela abierta esperando que la
señora bajase, ésta le dijo con alguna impaciencia:
--Cierra, yo no salgo del coche.
La sorpresa del lacayo fue mucho mayor. Habló en voz baja con el
cochero, bajó éste del pescante, tomó otra vez la orden de la señora y
se dispuso a cumplimentarla. Un buen cuarto de hora se tardó en cambiar
los tiros de la berlina, porque el de mulas no estaba enjaezado. El
cochero propuso cambiar el coche por una carretela de camino, pero Elena
se negó a ello. Era poco más de las once.