Las mejillas de Tristán se tiñeron levemente de rojo. Don Germán soltó

una carcajada. Los demás, cuando se enteraron del asunto, también

rieron. Elena se aprovechó lindamente para embromar a su concuñado y

ponerle de veras amoscado.

Comenzaron en efecto los ensayos del drama o más bien alta comedia según

el tecnicismo teatral. Tristán se trasladó a Madrid con su esposa y

comenzó a asistir a ellos. No los dirigió porque la Empresa tenía

contratado para ello un viejo académico irascible que llamaba a los

autores badulaques cuando osaban hacer sobre la representación de su

obra la más tímida advertencia. ¿Qué sabían los autores del _arte_? ¿Qué

sabían los cómicos del _arte_? ¿Qué sabía el público ni los periodistas

del _arte_? Del _arte_ nadie sabía nada más que él: pronunciaba la

palabra ahuecando la voz y paseando su mirada fulgurante por los

circunstantes como si temiese cualquier profanación y estuviese

apercibido a reprimirla de un modo sangriento.

El amigo García gozó el privilegio de asistir a estos ensayos y hacer

sobre ellos profundas y sabias disquisiciones, aunque siempre

confidenciales, esto es, cuando se ponía al habla con Tristán. De otra

suerte, sentía por el anciano académico un medroso respeto. Desde que

comenzaron los ensayos todas las facultades psíquicas de García se

concentraron en este magno acontecimiento. No vivió ni respiró más que

para la obra de Tristán. Hasta puede decirse que no se alimentó

siquiera. Su madre se hallaba profundamente contristada viéndole

engullir los garbanzos del cocido como un perro de caza y renunciar

generosamente a los cuatro higos pasos que indefectiblemente le ponía

para postre.

--¡Pero, hijo, no masticas!

--¿Cómo he de masticar, mamá, si a la una y media comienza el ensayo de

la _obra_?

García pronunciaba esta palabra con el mismo aliento sonoro y la unción

con que el director del Español decía _el arte_. Y al teatro se iba y

vagaba como una sombra espectral del escenario a las butacas y desde

aquí a las galerías meditando el efecto que harían tales versos oídos

desde lo alto y desde lo bajo, cómo resultarían los apóstrofes y los

apartes. Pero hay que decir que aquellos malditos cómicos le llenaban de

indignación y excitaban su bilis de un modo alarmante. No tomaban en

serio el ensayo de la _obra_. El primer actor declamaba con las manos en

los bolsillos y dando paseos de un cabo a otro del escenario. La primera

dama se estaba arrellanada en una butaca y no cesaba de chupar bombones.

El barba no se desembozaba de su capa bajo el especioso pretexto de que

se hallaba acatarrado, y el galán joven se pasaba la mayor parte del

tiempo diciendo recaditos al oído a la dama joven, riendo después de lo

que había dicho y volviendo a reír de lo que la joven le respondía. Era

cosa para hacer perder la paciencia a un santo. Por fortuna estos

excesos se fueron corrigiendo según avanzaron los ensayos; el primer

actor sacó al fin las manos de los bolsillos; la primera dama cesó de

engullir bombones y se alzó de la butaca; el barba deshizo el embozo de

la capa. Sólo el galán joven persistió cínicamente en hablar al oído a

la dama joven y en provocar su risa y en reír él mismo de haberla

provocado. Este galán joven era un ser perfectamente ligero y

superficial, indigno de desempeñar un papel en la _obra_. No sabía

pronunciar, ni distinguía los sonidos, ni separaba las palabras, ni

sostenía los finales. Además su tono era siempre familiar cuando en

algunos casos precisaba emplear el sostenido, por ejemplo en la bella

hipotiposis del segundo acto, cuando narraba un interesante incidente

de caza. No sabía accionar. Sus movimientos eran desproporcionados. No

mantenía el cuerpo recto, ni las rodillas derechas, ni el pie izquierdo

un poco trecho delante del otro, ni los hombros quietos, ni los brazos

algo separados del cuerpo. Además (y esto era lo más grave) cuando

bajaba el brazo, en vez de dejar caer primero la mano y que las demás

partes siguiesen por su orden, en vez de presentar los dedos doblados

con suavidad y conservar entre ellos la gradación natural, extendía

siempre el brazo precipitadamente y con rigidez y mantenía los dedos de

la mano tiesos y abiertos. Naturalmente estas y otras infamias iban

nutriendo en el corazón de García un odio feroz. Al principio este odio

se exteriorizó por una serie de fruncimientos de cejas, de sonrisas

sarcásticas y de bufidos desdeñosos en cuanto aquel impostor entraba en

parlamento. Después comenzó García a hacer círculos en tomo de él como

un ave de presa alrededor de su víctima y a expresar en voz bien

perceptible su descontento, haciendo ademán de dirigir la palabra a

Tristán. Por último en uno de los últimos días le abordó resueltamente y

con sonrisa contraída y voz alterada le dijo:

--Me parece, señor mío, que está usted equivocado respecto al modo de

representar esta obra. La está usted representando como si fuese una

obra de _enredo_ y esta es una obra de _carácter_.

El galán joven le miró estupefacto. Aquel ser menudo, velloso, de

ojillos vivos y hundidos, con su sombrero grasiento y su capa raída

había excitado ya la curiosidad de los actores. Le contempló unos

instantes en silencio, y después sin dignarse responder le volvió la

espalda. Pero no dejó de comunicar al momento el lance con la dama

joven. García pudo cerciorarse de ello por la risa y la algazara que

armaron y por las miradas insolentes y burlonas con que desde entonces

le regalaron.

Llegó por fin el día del estreno. Desde veinticuatro horas antes el

estado de agitación de García superaba a todo lo imaginable. Atacado de

una especie de epilepsia ambulatoria corría de su casa a la de Tristán,

de aquí al teatro, después al colegio _Platónico_ a prevenir al

mayordomo, al inspector y a uno de los pasantes, hombres de toda su

confianza, que estuviesen preparados para _todo_, en seguida al

_Greco-Latino_ a hacer lo mismo, más tarde a buscar al marido de su

lavandera para entregarle una entrada de paraíso, luego al café de

Madrid para ver a Fariñas, su camarero favorito, quien le había

prometido tres o cuatro hombres de buenas manos callosas que sonaban

como tablas, luego a visitar a un dependiente de la Dalia Azul que había

conocido una tarde de merienda en los Viveros. Entre todos estos amigos

y conocidos había repartido treinta o cuarenta entradas de galería y

paraíso que Tristán le había entregado para el caso. Pero García no se

había limitado a repartirlas, sino que como un general experto recorría

a menudo las líneas, daba instrucciones, infundía alientos y exaltaba la

imaginación de aquellos honrados alabarderos, haciéndoles pensar que del

choque adecuado de sus manos una contra otra dependía el porvenir de la

literatura española.

Pero he aquí que cuando venía rendido y jadeante de una de estas

revistas se le acerca en la Carrera de San Jerónimo un amigo y le dice

al oído:

--García, te prevengo que la obra de tu amigo será estrepitosamente

silbada. Yo sé de una casa de la calle de Toledo donde se han reunido

esta tarde hasta veinticuatro reventadores y esa ha sido la consigna.

Además, en la calle de la Escalinata creo que ha habido ayer otra

reunión por el estilo.

Oír esto García y perder la razón fue todo uno. Y en su locura furiosa

comenzó a desbarrar de un modo lamentable. Lo mejor que se le ocurrió

para contrarrestar la obra tenebrosa de aquella vil canalla fue ir a

visitar al inspector de policía del distrito y prevenirle de tales focos

de conspiración. El inspector escuchó su denuncia con indiferencia y

sólo respondió con un «bien, bien; ya veremos: no hay que preocuparse de

eso» que dejó descorazonado a nuestro profesor.

--Es que, señor inspector, si esa canalla se obstina en armar bronca no

respondo de lo que pueda suceder en el teatro.

--Pierda usted cuidado; yo respondo de ellos... y de usted

también--replicó el inspector con sorna.

Media hora antes de abrirse el teatro la noche del estreno ya estaba

García rondándolo provisto de un enorme garrote.

--¡Vaya un código que lleva usted, amigo!--le dijo un revendedor de los

que estaban a la puerta.

--Todo puede hacer falta--murmuró García con feroz expresión.

Poco a poco fueron llegando los del zaguanete, los leales, el mayordomo

y el pasante del colegio Platónico, dos alumnos espigados del

Greco-Latino y el lavandero, la guardia negra del camarero Fariñas,

etc., etc., todos provistos asimismo de iguales razones contundentes que

su digno jefe.

Tristán no quiso ir al teatro a primera hora: se reservaba conocer el

éxito del primer acto para salir de casa. Clara le acompañaba, resuelta

a no participar de las emociones del estreno. Si la obra tenía buen

éxito ya la vería al día siguiente. En cambio Elena y la condesa de

Peñarrubia, que eran ya íntimas amigas, se acomodaron en dos butacas a

primera hora. Aquélla no quiso asistir desde un palco por no hacerse

demasiado visible, cosa harto enojosa, si la obra no lograba buen éxito.

Reynoso se quedó también con Tristán en casa, dispuesto a trasladarse al

teatro en cuanto se viese el cariz que presentaba el asunto.

El primer acto produjo agradable efecto en el público, aunque no se le

tributaron aplausos muy ruidosos. Apenas se bajó el telón García corrió

como un cohete a participar a su amigo la fausta nueva. Este la recibió

con aparente frialdad, aunque vivamente satisfecho en el fondo. García

se volvió inmediatamente al teatro, acompañado solamente de don Germán,

pues Tristán, haciéndose un poco el displicente, manifestó que no iría

hasta que se supiese el éxito del segundo, clave de la obra.

El éxito del segundo fue brillante. El público complacido, tanto por la

feliz disposición de las escenas como por aquella espléndida

versificación donde se advertía al discípulo predilecto del gran Rojas,

llamó al autor repetidas veces. García desde el paraíso también le

llamaba con voz estentórea a sabiendas de que no podía presentarse.

Esta vez no quiso salir del teatro: era imposible abandonar la batalla.

Envió un emisario a su amigo con estas palabras trazadas con lápiz:

«Éxito indescriptible. Ven inmediatamente.» Una vez cumplido su deber,

se creyó en el caso de recorrer el teatro de arriba abajo para felicitar

a sus valerosas huestes y recibir de ellas la misma enhorabuena. La faz

de García brillaba pura y radiante como una aurora de primavera. Cuando

subía al paraíso, cuando entraba en las galerías, cuando bajaba al

vestíbulo creía sentir todas las miradas posarse sobre él, creía

escuchar a su paso rumores lisonjeros: «Ese es García, el amigo íntimo

del autor, ¡son como hermanos!» Y el glorioso opositor a cátedras se

balanceaba lleno de importancia aunque haciendo esfuerzos por aparecer

modesto y sereno en medio del triunfo.

Pero he aquí que al entrar una de las veces en el vestíbulo escucha

voces acaloradas de dos personas que disputaban con sobrada viveza. Eran

dos caballeros, uno de edad madura, el otro joven. En torno de ellos

había un grupo numeroso que escuchaba la discusión. Versaba ésta sobre

los méritos de la obra. El viejo la atacaba: el joven la defendía.

García sintió el estremecimiento del soldado que va a entrar en fuego.

El caballero maduro no comprendía por qué se aplaudía aquella obra.

Ningún efecto teatral que tuviese novedad, ningún carácter con verdadero

relieve; nada más que versos sonoros, es decir, hojarasca.

García creyó escuchar una voz misteriosa en sus oídos que le gritaba:

«¡Arráncale la vida! ¡Bebe toda su sangre!» Se abrió paso al través de

la muralla de carne que le separaba de aquel ser abyecto y encarándose

con él le dijo temblando de cólera:

--Sólo por un desconocimiento absoluto de los principios que informan el

arte dramático se puede hacer una crítica tan ligera, tan superficial y

tan injusta como la que usted está haciendo de la obra que se

representa.

El caballero, poseído de viva indignación ante aquel grosero exabrupto

le miró de los pies a la cabeza en silencio y al cabo dijo dando a su

voz una increíble inflexión de desprecio:

--¿Y usted quién es?

--Yo soy quien soy--respondió García plagiando al Supremo Hacedor--. Por

supuesto--añadió con énfasis--el autor de la obra se halla a demasiada

altura para que puedan alcanzarle las críticas de los pasillos y las

habladurías de los ignorantes.

El caballero refractario se puso pálido y mirando a García fijamente a

los ojos le preguntó:

--¿Es usted el autor de la obra?

--No, señor, soy su amigo.

--Pues lo mismo usted que el autor son dos solemnísimos mamarrachos.

García soltó el garrote, cuya arma no podía jugar en aquella ocasión a

causa de la estrechez del recinto, y se arrojó al cuello del crítico no

diremos como un tigre, pero sí como el animal que más se le parece. Gran

confusión en el vestíbulo. Intervinieron los circunstantes, intervino

después un agente de orden público, pero no fue posible que García

soltara su presa y salió colgando de ella a la calle empujados por el

agente y otros guardias que acudieron a secundarle. Poco después era

conducido ignominiosamente a la Prevención. En vano suplicó que se le

dejase en el teatro hasta el final de la representación prometiendo

constituirse inmediatamente preso. Los guardias fueron insensibles.

García hubo de pasar por el trance fiero de no ver el estreno de la

_obra_.

Mientras tanto Reynoso y Elena, Escudero, doña Eugenia y Araceli, todos

los parientes en suma del afortunado autor recibían alegrísimos las

enhorabuenas de los amigos y conocidos. Elena había tenido en el

entreacto la visita de algunos, entre ellos de Gustavo Núñez, quien sólo

permaneció a su lado algunos instantes grave y ceremonioso. Se despidió

para ir al escenario a ver a Tristán y si no estaba para ir a buscarle a

su casa. Mientras Elena hablaba con uno de sus amigos acercose por

detrás a saludar a su compañera la condesa un caballero de mediana edad

y elegante porte, se estuvo un rato departiendo con ella y se despidió

al cabo amable, sonriente, reteniendo algún tiempo en su mano la de

Marcela.

--¿Quién es ese caballero?--le preguntó Elena.

--No te lo he presentado porque estabas muy distraída... Es el conde de

Peñarrubia.

--¿Tu marido?--exclamó Elena dando un salto en la butaca.

--Él mismo... ¿Te sorprende?--añadió sonriendo--. Siempre se ha

manifestado muy fino conmigo. En cualquier parte adonde voy, sea al

teatro o a las carreras, nunca deja de hacerme su visita y de enviarme

flores o bombones. Es un perfecto caballero aunque no tiene pizca de

vergüenza.

Elena se hallaba aturdida. Hacía lo posible por encontrar aquello

natural, pero en sus ojos se pintaba tal sorpresa que la condesa reía a

carcajadas.

--Y si nos encontramos en cualquier reunión o baile me hace su mijita de

corte y baila conmigo un rigodón... Esto no impide que nos aborrezcamos

cordialmente, ¿sabes? Pero la corrección ante todo, hija... ¿Lo

ves?--añadió volviendo la cabeza--. El consabido ramito.

En efecto, la florista se estaba abriendo paso por la fila posterior de

butacas para entregar un ramo de flores a cada una.

Escudero rebosaba de contento y su digna esposa igualmente. Pero Araceli

se mostraba en absoluto indiferente al triunfo de su primo. Su corazón

virginal no latía ya sino con los recuerdos feudales, y Gonzalito Ruiz

Díaz era el encargado de refrescárselos. Allí lo tenía a su lado en

todos los entreactos. No podía bajar la vista a sus gemelos ornados de

una corona ducal sin sentirse agitada por un estremecimiento de placer,

de anhelo y de veneración al mismo tiempo. Acaso el feudalismo se

hallara mejor representado si Gonzalito estuviese más provisto de

carnes, pero Araceli no parecía echarlas de menos y se decía a sí misma

con razón que en esta época sólo los plebeyos engordan. La interesante

joven tenía, sin embargo, una espina en el corazón. El duque del

Real-Saludo no la quería por nuera. Era un caballero tan almidonado y

tan tieso que a serlo de igual modo el noble fundador de su estirpe

fuera imposible que hiciese al rey aquel saludo que le valió el ducado.

Naturalmente mientras este señor no se ablandase un poco con la humedad

no había que pensar en boda, porque Gonzalito tenía más miedo a su padre

que al mar embravecido. La hija de Escudero sufría mucho con esta

repulsa, pero la encontraba justificada y aun por ella profesaba hacia

el duque un respeto sin límites. La duquesa, en cambio, se le había

mostrado propicia. La saludaba desde su coche en el Retiro con extrema

amabilidad, la convidó a su palco del Real dos o tres veces y le envió

un precioso regalo el día de su cumpleaños. No era extraño, pues, que

tuviese esperanzas de que a la postre lograse reducir a su marido.

Gonzalito procuraba alimentárselas, pero en el fondo dudaba mucho de

ello, porque su claro papá era más tozudo que un caballero de la Tabla

Redonda.

Vencida la indiferencia del público, o por mejor decir enardecido ya por

el aplauso, el tercer acto fue un gran triunfo para el autor. Llamadas a

escena, palmoteo ruidoso, bravos y otras señales de complacencia.

Tristán, rojo de emoción, avanzaba por la escena entre los actores

recibiendo los aplausos y haciendo profundas cortesías... Después en el

saloncillo una nube de amigos que brotan siempre al calor de los

aplausos como se cuenta que nacen los sapos con la lluvia de verano. El

autor se sintió abrazado y tuteado por una porción de sujetos con

quienes jamás en la vida había cambiado un saludo. El gran dramaturgo

Estévanez recibía casi tantos plácemes como Tristán por haber

descubierto a aquel muchacho y ponerle en el camino de la celebridad.

Realmente el viejo se sentía contento y se mostraba orgulloso de haberle

adivinado.

Cuando ya se había sosegado un poco el entusiasmo y Aldama departía

entre un círculo de amigos distribuidos por los divanes, apareció en el

saloncillo la figura prolongada del ilustre Pareja, el sabio ateneísta,

con su levitón flotante y el deslucido sombrero de copa en el cogote.

Avanzó majestuosamente hasta el autor y estrechando su mano con fuerza

exclamó:

--¡Bravo, joven, bravo! Le doy a usted mi cordial enhorabuena. Ha

demostrado usted mucho talento. Creo que no es posible hacer más sin la

ayuda de la cultura científica que entre ustedes los literatos (me

perdonará usted que se lo diga) es por lo general bien deficiente.

A Tristán no le supo bien aquella enhorabuena, pero la aceptó

disimulando.

Pareja se volvió hacia los circunstantes sonriente, benévolo, dichoso de

sentirse tan sabio.

--No es posible hacer más, lo repito. Mi amigo Aldama es uno de los

literatos que pudiéramos llamar simplistas; pero en la estrecha esfera

en que se mueve, pocos, poquísimos le aventajarán. Yo apetezco, sin

embargo, un arte más alto. ¿No es verdad, señores, que es una tristeza

el observar cuán pobre es la cultura de nuestras escuelas en elementos

científicos? Los literatos ignorantes, los que juzgan que basta escribir

una novela agradable o un drama interesante sin preocuparse de los

grandes intereses sociales y de los problemas científicos, son los que

aún dominan. De ahí procede ese arte frívolo, inconsistente, sin

enjundia que durante tantos siglos nos ha inmovilizado y con el cual es

preciso acabar. Un arte en el cual el concepto no tiene valor ¿qué

significa? Una obra literaria sin análisis científico ¿qué es? Hace

falta una nueva dirección. Si mis ocupaciones me lo permiten, señores,

no será difícil que me entretenga algún día en escribir una novela y un

drama. Y entonces les diré a los literatos: «Ahí tenéis la nueva

fórmula; ahí tenéis la fórmula de la novela y del drama modernos.

Recogedla si queréis: sacad de ella el partido que os fuere posible. Yo

os la dejo y me retiro a mis queridos trabajos científicos sin intentar

por más tiempo invadir vuestros dominios.»

Este discurso, pronunciado de un solo aliento, produjo efecto gratísimo

en la reunión a juzgar por la disposición a la alegría que se manifestó

inmediatamente en todos los rostros. Uno de aquellos jóvenes se levantó

del asiento y estrechó la mano del sabio con veneración diciéndole:

--Señor Pareja, me haría usted el más desgraciado de los hombres si no

influyese para que me reservaran una butaca el día del estreno de su

drama.

Otro le fue acompañando hasta la puerta haciéndole presente que pensaba

dedicarse a la poesía lírica y consultándole al propio tiempo si debía

comenzar por el estudio de la Biología o el de la Patología interna.

Cuando ya había terminado el sainete y se disponía el autor a retirarse

con sus amigos, el inspector de policía vino a decirle que había hecho

detener por sospechoso a un hombre de mal aspecto que se hallaba en el

paraíso y que decía conocerle.

--¿Mal aspecto?--preguntó Tristán.

--Malísimo.

--¿Unas barbas muy largas? ¿Cara de asesino?

--Sí, señor, sí--se apresuró a decir el inspector.

--Suéltenlo ustedes: es un santo.

El funcionario quedó estupefacto, y aunque nunca quiso convenir en la

santidad del paisano Barragán (pues no era otro el detenido) al fin se

decidió a soltarlo.

En aquel instante entraba en el saloncillo Reynoso con García. Este,

para no turbar a su amigo Aldama, había escrito desde la delegación una

esquelita a aquél haciéndole saber lo que le ocurría. Don Germán se

apresuró a ir allá y afianzarle. Llegaba el buen García feliz,

resplandeciente. En cuanto divisó a Tristán se precipitó hacia él y cayó

en sus brazos llorando de alegría:

--¡Hemos triunfado! Ya sé que has salido siete veces a escena... Si yo

hubiera estado en el teatro me dejo cortar las manos si no sales

catorce.

--¿Pero es de veras que has estado preso?

--Ya lo creo, por haber querido explicar el argumento a un tío que no

comprendía por qué gustaba tu obra. Me parece que a estas horas ya lo ha

visto claro.

Tristán le abrazó riendo.

Una porción de amigos de última hora acompañaron al autor hasta su casa

en unión de Reynoso y de García. Este hubiera querido organizar una

procesión nocturna con hachas de viento como las que solía improvisar la

empresa en los triunfos de Estévanez, pero el percance de la detención

había hecho abortar su idea.

Tristán durmió mal aquella noche. La embriaguez de la gloria como la del

vino enciende la sangre y agita los nervios. Por la mañana se hizo traer

los periódicos y se regaló con su lectura. En general se mostraban no

sólo benévolos, sino lisonjeros con la producción del poeta novel. A

Tristán no le parecía, sin embargo, bastante todo aquello: recordaba las

revistas dedicadas a los estrenos de Estévanez, las comparaba con las de

su obra y éstas se le antojaban bien frías. Pero al tomar en manos _El

Universal_ y leer la revista del famoso crítico _Leporello_ la ira le

hizo empalidecer. Era un artículo desdeñoso, irónico, todo él

traspirando amargura y malevolencia. Un furor ciego le acometió.

Borráronse de repente de su imaginación los aplausos de la noche

anterior, los elogios del resto de la prensa; borráronse también todas

las prosperidades que disfrutaba en este mundo, y en un instante se

juzgó el hombre más desgraciado de la tierra. Cuando don Germán y su

amigo Gustavo Núñez entraron en su cuarto por la mañana le hallaron

paseando de un lado a otro con el periódico en la mano y rechinando los

dientes.

--¡Claro, esto ya me lo presumía yo! ¿Cómo es posible que Estévanez

viera con buenos ojos mi triunfo? ¡Y abrazándome ayer el hipócrita! ¡el

canalla!

--Pero ¿qué tiene que ver Estévanez con ese artículo de _El

Universal_?--preguntó con asombro Reynoso.

--Pero, ¿no sabes, inocente--profirió Tristán sonriendo

sarcásticamente--, que _Leporello_ está casado con una parienta de

Estévanez y que no ve más que por sus ojos ni piensa más que por su

cerebro?

A don Germán no le pareció aquello una prueba irrefutable de que el gran

dramaturgo fuese el inspirador del artículo, pero no quiso llevarle la

contraria abiertamente observando el estado de agitación en que se

hallaba.

--Pero en ese caso ¿por qué ha tomado tal interés por tu obra y por qué

la ha hecho representar?

--¿Sabes por qué?--respondió Tristán apretándole la mano y con una

expresión de infinita perspicacia--. Porque estaba persuadido de que mi

obra haría fiasco. Así lo creían los cómicos todos y éstos no se

atreven a respirar si Estévanez no se lo permite.

Reynoso guardó silencio.

Gustavo Núñez se sentó en una butaca, encendió un cigarro y cruzando las

piernas dijo con su habitual displicencia:

Tristán o el pesimismo · 第 11 / 22 段