Tristán se puso pálido repentinamente. Las señoras, aunque no podían

adivinar todo el efecto que tales palabras debían producir en el novio,

comprendieron que aquel chico se estaba volviendo asaz insolente. Se

apresuraron, pues, a cortar la conversación llevándolo consigo a otra

parte. Tristán los miró alejarse inmóvil con la frente fruncida y los

ojos cargados de cólera.

Mientras tanto Clara, vestida con un sencillo traje de viaje, hacía ya

para él los últimos preparativos. Una de las doncellas se acercó a ella

y le dijo:

--Ahí abajo está el tío Leandro con los pastores y los guardas que piden

por favor que les permitan despedirse de la señorita.

--¡Ya lo creo que iré!--respondió Clara apresurándose a bajar a la gran

cocina del sótano.

Allí estaban en efecto los pastores y dos guardas jurados con sus

sombrerotes de fieltro en la mano. El tío Leandro, el hombre más grave y

sentencioso de toda la comarca, estaba al frente de ellos y habló de

esta manera:

--Perdone nuestra ama a estos probes que la hayan incomodao. Hacíasenos

muy cuesta arriba no verla antes que se nos fuese para siempre a los

Madriles y más entovía no decirle nuestros sentires. La señorita se va y

nos deja... Pues hati cuenta que pa nosotros cayó la noche encima y que

no amanece más. ¿Verdad, amigos...? Vosotros bien sabéis que cuando allá

por detrás de los chaparros y las matas sonaban los tiros que disparaba

la señorita, cuando oíamos su voz llamando a los perros, al que más y al

que menos de nosotros le bailaba el corazón dentro del pecho como si

quisiera salir a su encuentro. Y cuando la veíamos aparecer entre los

árboles más galana y más fresca que una azucena de mayo, no hubo nunca

un lucero en el cielo que nos pareciese más hermoso. No la veremos ya

con su carabina maja corriendo por el monte y por las eras, pero dende

aquí en adelante las piedras que ella haya pisao, las fuentes en que

haya bebió, las sombras en que hacía alto para descansar serán para

nosotros sagradas como si allí hubiese puesto sus pies benditos la mesma

Virgen del Carmen.

Clara escucha ruborizada estas nobles palabras y murmura:

--Gracias, gracias, tío Leandro... Gracias todos. Jamás les olvidaré y

espero que pronto nos hemos de ver.

Y volviéndose a un criado añadió:

--Ve al comedor y bájame champagne y cigarros. Quiero que ustedes beban

una copa y fumen un cigarro a mi salud y a la de mi marido.

Estas últimas palabras las pronunció con un acento de orgullo y ternura

a la vez que mostraban bien clara la alegría que rebosaba de su inocente

corazón.

Vino el champagne y los cigarros, se destapó una botella y luego otra, y

la misma desposada lo escanció y lo sirvió a sus servidores. El tío

Leandro, con una copa del vino chispeante en la mano, tomó de nuevo la

palabra.

--No se hizo este regalo, nuestra ama, pa la boca de los probes. Ni

sabemos gustarlo, ni sabemos estimarlo. Pero ya no nos moriremos sin

probar cómo sabe el vino de los ricos. Y cuando alguna vez oigamos esos

tiros tan alegres que suenan en el café y dentro de las casas, podremos

decir: «Gracias a nuestra ama hemos sentido también dentro del cuerpo

esa descarga.» Bendita sea la mano que sabe dar cosas tan buenas y que

no arrepara a quién las da. Amigos, bebamos a la salud de nuestra

señorita; pidamos a Dios que el esposo nuestro amo la haga tan feliz

como merece, que si lo hace, tan estimado será entre nosotros como el

arcángel San Rafael.

Estas graves palabras determinaron una explosión en la cocina, donde se

habían congregado también criados y criadas y mozos de labranza. Con las

mejillas encendidas y los ojos brillantes de entusiasmo todos la colman

de bendiciones, todos piden al cielo dicha interminable para la

caritativa señorita. Las mujeres más atrevidas se abalanzan a ella y le

besan las manos, los hombres agitan sus sombreros y de sus gargantas

salen hurras y vivas que estremecen gozosamente el recinto.

Clara, conmovida hasta saltársele las lágrimas, de todos se despide,

sube por la escalerilla y todavía desde lo alto les envía con su hermosa

mano un beso de despedida.

Sin embargo, arriba ya estaban buscándola su hermano y Tristán. El coche

enganchado esperaba a la puerta. Don Germán les dice al oído algunas

palabras y les ordena que cada uno por su lado se dirijan a la puerta

sin llamar la atención de los convidados. Así lo hacen, pero cuando ya

han subido al carruaje, alguien les hace traición; los invitados se

enteran, se lanzan a los balcones y les hacen una delirante ovación.

El coche era un faetón tirado por seis mulas rojas que habían sido

adquiridas por don Germán en diversas ferias de España. No poco trabajo

y dinero le había costado juntarlas tan iguales. Pero ahora este

soberbio tiro causaba la admiración de los transeúntes, cuando enjaezado

a la calesera con madroños verdes entraba por las calles de Madrid. Los

novios habían resuelto ir en coche para evitarse la curiosidad de la

gente en la estación: además, la hora de los trenes no les pareció

conveniente.

Las seis mulas de tostado lomo corrían arrastrando a la pareja feliz

hacia su nido. Los gritos de júbilo de los invitados y la rapidez de la

marcha los embriagó por unos instantes: permanecían mudos sin saber qué

decirse. Pero Tristán volvió los ojos hacia su esposa y le clavó una

larga mirada de amor apasionado y tierno. Ella bajó la suya. El joven le

tomó una de sus manos, la llevó a los labios y en voz queda comenzó a

cantarle al oído el himno del amor acompañado de los chasquidos del

látigo y del tintineo de los cascabeles. Era Tristán elocuente, poseía

una imaginación viva. Clara con los ojos cerrados y una leve sonrisa

divina esparcida por su rostro no se hartaba de oírle.

Cuando llegaron a Madrid anochecía. Las calles rebosaban de gente: las

luces de los faroles comenzaban a encenderse y despedían una claridad

blanca azulada al chocar con la del crepúsculo. La gran ciudad abrasada

por el calor del día se preparaba con gozo a refrescarse. La

muchedumbre discurría por las aceras. Ya no se veían aquellos rostros

rojos y fruncidos que pasan rápidos en el centro del día buscando

sombra. Ahora se dilataban gozosos, sonrientes, contemplando los

escaparates bajo la luz blanca y fantástica de los arcos voltaicos. El

coche de los novios hacía volverse a todos y le seguían con la vista

curiosos y admirados hasta que se perdía a lo lejos.

A los balcones de su piso de la calle del Arenal estaban ya asomados

desde hacía más de dos horas los criados, la cocinera, las dos doncellas

y el criado. En cuanto divisaron el coche se apresuraron a bajar al

portal y los recibieron humildes, agasajadores.

Tristán y Clara, tímidos y embarazados, recorrieron las habitaciones de

la casa, pequeñas comparadas con las del suntuoso hotel que acababan de

dejar, pero amuebladas con refinado gusto y coquetería. Clara lo

hallaría todo precioso aunque fuese mucho peor. Pero la cocinera ardía

en deseos de mostrarles hasta dónde llegaban los primores de su arte.

Antes que se hubiesen reposado convenientemente fueron invitados a comer

y los jóvenes aceptaron no como señores de la casa, sino como huéspedes,

dejándose dirigir por los criados. La comida fue alegrísima. Tristán

esperaba que el criado volviese la espalda llevándose los platos para

robar algunos besos a su mujercita. Cuando terminaron y hubieron tomado

el café con algún espacio, Tristán propuso salir a tomar el fresco y dar

una vuelta por casa de sus tíos y ver a los niños, pues aquéllos con

Araceli no vendrían del Sotillo hasta la mañana siguiente. La primera

doncella se opuso: los señoritos habían madrugado; luego el viaje no

tenía más remedio que haberles fatigado; debían acostarse temprano. ¿Qué

iban a hacer sino someterse? Pero en aquel instante sonó el timbre de la

puerta. Un joven que traía un bulto debajo del brazo quería verles. Era

García, el peludo García, que dejando su bulto sobre una silla corrió a

abrazar a Tristán y a dar la mano a Clara. No pudo conseguir aquél que

fuese a su boda y no insistió mucho en la invitación por delicadeza,

comprendiendo que el motivo de rehusar era el no poseer traje adecuado.

No había podido venir antes porque tenía una lección en aquella misma

hora y tuvo luego que ir a casa por aquel encarguito. El encarguito, que

se apresuró a destapar, era nada menos que un barómetro con caja de

madera barnizada, que ofrecía a su amigo como regalo de boda. Lo había

comprado en un bazar, le había costado seis duros y había estado dos

meses privándose de café para ello. Tristán no pudo reprimir una sonrisa

de lástima y le preguntó que por qué se había molestado. Pero Clara con

la intuición de las esposas amantes que adivinan a primera vista cuáles

son los amigos verdaderos y los falsos de sus maridos encontró el regalo

precioso y no se hartaba de alabarlo. Mostrose con García amable y

cordial, de tal modo que el pobre opositor a cátedras al poco rato

hubiera andado de cabeza por ella.

Arrimaron las butacas al balcón abierto y fumaron un cigarro. García,

que estaba haciendo oposiciones a una cátedra de Retórica en Pontevedra,

les enteró del curso de ellas a conciencia, con toda exactitud. No le

quedó en el cuerpo un solo pormenor. «--Alvarez, que es muy largo, muy

sutil me dice:--¿Cree el señor García que Cervantes escribió con pureza

el idioma castellano?--Yo que le vi venir en seguida le respondo:

Distingamos: ¿Qué entiende el señor Alvarez por escribir con pureza un

idioma? ¿Es acaso aceptar en absoluto como un esclavo todos sus giros y

locuciones? Pues en ese caso Cervantes no fue un escritor castizo de su

tiempo porque pululan en su obra inmortal los italianismos...»

Y el pobre chico sin dar paz a la lengua les encajaba las objeciones de

sus contrarios y sus respuestas victoriosas y el efecto que ellas habían

producido en el tribunal. Valera se había rascado la cabeza con señales

de alegría y Cañete le había dirigido una sonrisa de aprobación.

Del aspecto teórico pasó después al práctico y narró con prolijidad

todas las intrigas, todas las arterías de que se valían sus contrarios

para arrancarle la cátedra. Particularmente Alvarez, el infecto Alvarez

no reparaba en valerse de los medios más reprobados, más odiosos. A un

miembro del tribunal carlista muy exaltado le había dicho que era

republicano y que no oía misa los domingos. A Cañete le fue con la

embajada de que se reía de sus críticas en el café. En fin una serie de

canalladas que levantan el estómago.

Y en efecto, García al narrarlas se ponía pálido y parecía estar atacado

de náuseas. Tristán le escuchaba distraído, pensando en sus cosas; Clara

con toda atención, aprobando con el gesto, dejando escapar frases de

conmiseración y sacudiendo la cabeza indignada contra sus enemigos,

sobre todo contra Alvarez, el infecto Alvarez. Últimamente García ya no

hablaba más que para ella y no se dirigía a Tristán. Entre aquellos dos

seres buenos se había establecido una corriente de tierna simpatía.

Pero la noche avanzaba. Tristán empezó a dar muestras de impaciencia,

bostezando, levantándose y poniéndose de bruces sobre el balcón. García

entendió al fin y se dispuso a marcharse. Tomó el sombrero, volvió a

abrazar efusivamente a Tristán, apretó con el mismo cariño la mano de

Clara y salió. Tristán le acompañó hasta la puerta. Al llegar a ella

García le dijo misteriosamente:

--Espero que marchará bien, ¿sabes? Pero si se descompone no tienes más

que avisarme, que yo lo llevaré para que lo arreglen.

--Bien, hombre, gracias--respondió Tristán sin poder reprimir una

sonrisa.

Luego, cuando tornó al comedor, entró diciendo:

--¡Pero qué pesadísimo es este pobre García!

--¿Por qué?--preguntó Clara--. Yo le encuentro un chico muy bueno.

--Bueno sí; pero no tiene las piernas ligeras.

Estuvieron algunos momentos aún asomados al balcón. Al cabo se retiraron

a su dormitorio. Habían sonado las doce. Tristán estaba jovial,

cariñoso, prodigando a su esposa mil respetuosas atenciones. Pero de

pronto, mirando un primoroso vaso de agua que había sobre la mesa de

noche, se quedó serio. Aquel servicio de cristal era regalo de la

marquesa viuda del Lago. Una arruga se dibujó en su frente pálida que

fue poco a poco haciéndose más honda. Al volver los ojos hacia él Clara

quedó sorprendida.

--¿Qué tienes?--le preguntó con afectuoso interés.

--Nada--respondió secamente.

Transcurrieron algunos instantes de silencio. Tristán habló al fin con

voz sorda:

--Un destino fatal parece descender de lo alto para interponerse

constantemente entre la felicidad y yo. Su mano fría me sacude con

rudeza para despertarme de todo sueño dichoso, de toda dulce ilusión.

Ese vaso me recuerda que hace pocas horas también se hallaba mi espíritu

nadando en una atmósfera de paz y de dicha como hace un instante, y que

una voz para mi antipática, odiosa, la voz del marquesito...

--¡Todavía el marquesito!--interrumpió Clara vivamente.

--Sí, todavía. Y si él no hubiera sido, la fatalidad se encargaría de

buscar otro instrumento animado o inanimado para recordarme que este

mundo es dolor, siempre dolor... Unos ojos que me miran agresivos,

impudentes, una faz congestionada por el alcohol, una lengua estropajosa

que me suelta algunas insolencias rayanas en la injuria. Y eso he tenido

que sufrirlo en el momento mismo en que todas las potencias del cielo y

de la tierra parecían haberse reunido para hacerme dichoso.

--Pero si ese niño estaba ebrio como dices, ¿qué podían importarte sus

tonterías?

--En la embriaguez como en los sueños manifestamos lo que somos, lo que

guarda el fondo de nuestra alma y que no confesamos a los demás ni a

nosotros mismos. Ese niño está enamorado de ti y a mí me odia; es

lógico. Ignoro si ha dado algún paso para obtener tu amor y desbaratar

nuestra unión, aunque lo presumo. Pero eso no es lo principal. Lo

capital en este asunto, lo verdaderamente importante para mí es el saber

si tú has alentado directa o indirectamente ese amor.

--¿Acaso no te lo he repetido infinitas veces? Estoy persuadida de que

ese amor del marquesito no existe más que en tu imaginación: nadie lo ha

echado de ver en la casa más que tú. Pero aunque así fuese, ni yo he

escuchado de su boca jamás sino frases insignificantes, ni le he tratado

más que como un amigo.

Tristán guardó silencio. Se había sentado sobre el borde de la cama y

con la mirada fija en el suelo permaneció algunos minutos inmóvil,

abstraído. Clara le contemplaba con expresión ansiosa que por momentos

se iba haciendo más dolorida.

--¡Es raro! ¡es raro!--murmuró al cabo como si se hablase a sí mismo.

--¿El qué es raro, Tristán?--profirió ella con voz angustiada que

parecía haber pasado entre sollozos.

--Es raro que no habiéndole dado tú ningún aliento haya osado ese chico

soltar palabras tan atrevidas.

--¿Es que dudas de lo que acabo de decirte? Esas dudas cuando éramos

novios tenían poco valor, no engendraban más que riñas pasajeras que

según me aseguraban eran la salsa de las relaciones amorosas, aunque yo

jamás quise creerlo. Pero ahora no somos libres y la sombra de cualquier

sospecha que se interponga entre nosotros puede ocasionar nuestra

desgracia. Considéralo, Tristán, medita que ya no puedes hablarme de

ciertas cosas sin ofenderme gravemente.

--Quisiera creerte, Clara. Tú no sabes lo que me hace sufrir la duda de

que no seas toda mía en cuerpo y alma, de que permanezca escondida en el

fondo de tu corazón una pequeña inclinación, una leve simpatía germen de

amor hacia otro hombre. ¡Pero no puedo! La duda se me ofrece siempre

como un fantasma delante de los ojos. No puedo apartarla de mi

presencia. Me agarra cuando menos lo pienso y se introduce dentro de mi

ser, se filtra en mis venas como un veneno sutil y me inflama...

Clara le miró fijamente con ojos donde además de la tristeza se pintaba

la cólera y murmuró sacudiendo la cabeza:

--¡Está bien! ¡está bien!

--¿Qué quieres decir?--profirió él mirándola a su vez a la cara--. ¿Te

está pesando de haberte casado conmigo, verdad...? ¡Sí, sí... no lo

niegues...! Lo estoy leyendo en tus ojos.

--No, no me pesa el haberme casado contigo, pero sí el que me des a

entender que no puedo hacerte feliz.

Hubo algunos instantes de silencio. Al cabo Tristán comenzó a decir

lentamente mirando al suelo:

--Una tarde estábamos tu hermano y yo hablando en su despacho. Tú te

fuiste al balcón y apoyaste tus codos en el antepecho. Poco después

entró ese chico y apenas nos hubo saludado fue a reunirse contigo. Y

comenzasteis a hablar en voz baja y a reíros mientras yo tenía la vista

clavada sobre vosotros. Y como si mis ojos os penetrasen por la espalda

uno y otro volvisteis la cabeza para mirarme y un poco de rubor subió a

tus mejillas. ¿Por qué te ruborizabas?

--Tristán, ¿qué estás diciendo?--gritó ella con voz desesperada.

--Otra noche--prosiguió el joven sin hacer caso de aquel grito

doloroso--estábamos en el teatro de la Comedia en un palco contiguo al

de proscenio. Yo charlaba contigo y nunca había estado más alegre y más

enamorado que aquella noche. Frente a nosotros había un espejo. Cuando

una vez se me ocurre levantar los ojos hacia él, veo allí pintada la

imagen del marquesito, que detrás de nosotros, en otro palco, te estaba

contemplando a su sabor. Tú lo habías visto y no me decías nada...

--¡Tristán!--tornó a exclamar la joven con acento aún más desesperado.

Y llevándose las manos al rostro profirió estallando en sollozos:

--¿Dios mío, qué me está pasando? ¡Esto no es verdad, esto es una

horrible pesadilla!

Tristán la miró un instante confuso y arrepentido. Pero alzándose

bruscamente comenzó a pasear con agitación por la estancia mientras

decía gesticulando nerviosamente:

--¿Y yo qué culpa tengo...? Quisiera, aun a costa de mi sangre,

arrancarme de la imaginación estas escenas, pero ellas no quieren huir.

Si por algunos momentos se eclipsan es para aparecer nuevamente más

vivas, más crueles.

Clara se había dejado caer sobre la almohada y sollozaba con el rostro

metido en ella. Él también se sentó al cabo y acometido de una tristeza

profunda, infinita, contagiado por las lágrimas de su esposa, comenzó

igualmente a llorar. Pronto se alzó otra vez; volvió a su paseo agitado,

volvió a su monólogo amargo y exaltado; pero de nuevo vino a sentarse al

lado de su esposa abatido y sollozante.

Las primeras claridades de la aurora les sorprendieron todavía llorando

sentados sobre el borde de la cama.

XI

EL ESTRENO DE UNA OBRA DE CARÁCTER

Algunos días después salieron de Madrid. Viajaron por Suiza y por

Alemania; en el mes de octubre visitaron a Inglaterra. A Madrid

regresaron bien entrado ya noviembre. El viaje ejerció influencia

saludable en el temperamento de Tristán, serenando sus ideas y

amortiguando sus celos. Mostrose en el transcurso de aquellos meses con

su joven esposa lo que era realmente, galante, sensible, extremadamente

afectuoso. Hasta pudo pagarle en Suiza aquel auxilio solícito que le

prestara cuando cayó del caballo. También la intrépida Clara resbaló en

una de sus excursiones alpestres, desapareciendo de la vista de Tristán,

quien se lanzó por la escarpada pendiente en su auxilio y rodó por ella

sin lograr prestárselo. Felizmente ambos quedaron detenidos en una mata

de arbustos y se salvaron de una muerte cierta. Clara fue quien primero

se alzó. Rojos de emoción, con lágrimas en los ojos se abrazaron

estrechamente y se besaron en medio de la soledad de aquellas montañas

que una vez al menos se mostraron piadosas. Clara era dichosa. Sin

embargo, el recuerdo fatal de su primera noche de novia le asaltaba

alguna vez estremeciéndola; fue una visión siniestra que la persiguió

toda la vida.

Cuando llegaron a Madrid, sus hermanos aún no se habían instalado en el

nuevo hotel de la Castellana: los últimos retoques habían llevado más

tiempo de lo que pensaban. Fuéronse a pasar unos días con ellos al

Escorial para dar satisfacción al cariño fraternal de Clara y algo

también a su afición a la caza. Era el tiempo propicio: días claros y

frescos: la gentil cazadora los empleaba corriendo por el monte a tiros

con las perdices y conejos.

--Corre, corre, hija mía--le decía don Germán viéndola llegar sudorosa y

jadeante a casa--. Aprovéchate de que el _pobrecito_ aún pesa poco.

Clara sonreía ruborizada. Su estado interesante ya era conocido en la

casa y empezaba a ser visible para los de fuera.

Tristán también corría los montes, si no con la carabina al hombro, al

menos con un libro en la mano. Placíase en tenderse en el fondo de las

cañadas a la sombra de los sauces y pasar allí largas horas saboreando a

ratos las páginas de algún escritor admirado, a ratos escuchando los

gorjeos de los pájaros, el manso ruido del viento en los árboles y el

rumor cristalino de las aguas corrientes. Se hallaba en un período de

gran actividad intelectual: la placidez y amenidad del sitio, la paz del

hogar, la tranquilidad de sus nervios invitábanle al trabajo. Hasta tuvo

la dicha de no tropezar a su vuelta con el marquesito del Lago que

inconscientemente tan malos ratos le había hecho pasar: la marquesa

viuda había decidido al fin trasladar su residencia a sus posesiones de

Extremadura huyendo de los escándalos de su hija y de los peligros que

amenazaban a su hijo. Muchos y vastos proyectos de libros y dramas

germinaban en la mente del joven autor de _Engaños y Desengaños_.

Escribía poco, sin embargo, aunque meditaba mucho. Alguna vez se

acordaba de su drama entregado al teatro Español hacía más de un año y

entonces se ponía de mal humor. Estévanez, el famoso dramaturgo, el que

empuñaba a la sazón el cetro del teatro, lo había tomado bajo su

protección, le había prometido hacerlo representar, pero hasta la hora

presente ninguna noticia tenía del éxito de sus gestiones. Era demasiado

orgulloso nuestro joven para pedir estas noticias ni menos convertirse

en pretendiente. Don Germán le había hablado más de una vez del asunto

desde que llegaron, pero no daba su brazo a torcer y esquivaba la

conversación por temor de que se le fuera la lengua.

Al fin se le fue cierto día estando de sobremesa. Habían comido con

ellos Cirilo y Visita y el farmacéutico Vilches con su esposa, primos de

Elena. Visita inocentemente le preguntó cuándo se representaba su drama.

Tristán secamente respondió:

--Nunca.

Estupefacción en todos los comensales. Viendo el efecto que había

causado añadió al cabo de un momento:

--Nunca mientras Estévanez ejerza en el Español el supremo mangoneo, sea

el cancerbero que la Empresa tiene a la puerta.

--¿Pero no fue Estévanez quien lo ha presentado y el que prometió

hacerlo poner en escena?--preguntó el primo Vilches.

--Precisamente por eso--replicó con displicente laconismo.

Hubo unos instantes de silencio. Tristán comenzó a hablar en voz baja y

afectando mucha calma. En realidad, había padecido una equivocación

lamentable depositando su confianza en Estévanez, porque éste jamás

había dejado pasar ninguna obra apreciable. No quería decir que la suya

lo fuese, mas si algún amigo se lo había dado a entender o si él mismo

había encontrado en ella algo que le hiciera dudar de su fracaso, tenía

por seguro que estorbaría su representación. Todos se asombraron de tal

ruindad y la deploraron: algunos le propusieron que retirase su

manuscrito del Español y lo llevase a otro teatro. Sólo don Germán se

atrevió a protestar aunque tímidamente de aquel juicio precipitado.

--Tú estás mejor enterado que yo de las miserias de la vida literaria,

Tristán, pero se me hace muy duro pensar que una persona que se halla en

el pináculo de la gloria y que espontáneamente te ha brindado protección

te traicione tan pronto y con tal vileza.

--Pues las cosas duras son las que se deben pensar en este

mundo--respondió Tristán alzando los hombros con desdén.

No se habló más del asunto. Al cabo de un rato se levantaron de la mesa

y fueron al parque. Algunas horas después, hallándose reunidos en el

gran cenador de vuelta del paseo, llegó un criado con un telegrama para

Reynoso. Leyólo éste y una sonrisa mitad maliciosa, mitad placentera, se

esparció por su rostro.

--Toma, Tristán; el contenido es para ti--dijo alargando el papel a su

cuñado.

El telegrama decía textualmente:

«Ignoro si Aldama regresó de su viaje. Hágale saber que ensayos de su

drama comenzarán semana próxima.--_Estévanez._»

Tristán o el pesimismo · 第 10 / 22 段