adivinar todo el efecto que tales palabras debían producir en el novio,
comprendieron que aquel chico se estaba volviendo asaz insolente. Se
apresuraron, pues, a cortar la conversación llevándolo consigo a otra
parte. Tristán los miró alejarse inmóvil con la frente fruncida y los
ojos cargados de cólera.
Mientras tanto Clara, vestida con un sencillo traje de viaje, hacía ya
para él los últimos preparativos. Una de las doncellas se acercó a ella
y le dijo:
--Ahí abajo está el tío Leandro con los pastores y los guardas que piden
por favor que les permitan despedirse de la señorita.
--¡Ya lo creo que iré!--respondió Clara apresurándose a bajar a la gran
cocina del sótano.
Allí estaban en efecto los pastores y dos guardas jurados con sus
sombrerotes de fieltro en la mano. El tío Leandro, el hombre más grave y
sentencioso de toda la comarca, estaba al frente de ellos y habló de
esta manera:
--Perdone nuestra ama a estos probes que la hayan incomodao. Hacíasenos
muy cuesta arriba no verla antes que se nos fuese para siempre a los
Madriles y más entovía no decirle nuestros sentires. La señorita se va y
nos deja... Pues hati cuenta que pa nosotros cayó la noche encima y que
no amanece más. ¿Verdad, amigos...? Vosotros bien sabéis que cuando allá
por detrás de los chaparros y las matas sonaban los tiros que disparaba
la señorita, cuando oíamos su voz llamando a los perros, al que más y al
que menos de nosotros le bailaba el corazón dentro del pecho como si
quisiera salir a su encuentro. Y cuando la veíamos aparecer entre los
árboles más galana y más fresca que una azucena de mayo, no hubo nunca
un lucero en el cielo que nos pareciese más hermoso. No la veremos ya
con su carabina maja corriendo por el monte y por las eras, pero dende
aquí en adelante las piedras que ella haya pisao, las fuentes en que
haya bebió, las sombras en que hacía alto para descansar serán para
nosotros sagradas como si allí hubiese puesto sus pies benditos la mesma
Virgen del Carmen.
Clara escucha ruborizada estas nobles palabras y murmura:
--Gracias, gracias, tío Leandro... Gracias todos. Jamás les olvidaré y
espero que pronto nos hemos de ver.
Y volviéndose a un criado añadió:
--Ve al comedor y bájame champagne y cigarros. Quiero que ustedes beban
una copa y fumen un cigarro a mi salud y a la de mi marido.
Estas últimas palabras las pronunció con un acento de orgullo y ternura
a la vez que mostraban bien clara la alegría que rebosaba de su inocente
corazón.
Vino el champagne y los cigarros, se destapó una botella y luego otra, y
la misma desposada lo escanció y lo sirvió a sus servidores. El tío
Leandro, con una copa del vino chispeante en la mano, tomó de nuevo la
palabra.
--No se hizo este regalo, nuestra ama, pa la boca de los probes. Ni
sabemos gustarlo, ni sabemos estimarlo. Pero ya no nos moriremos sin
probar cómo sabe el vino de los ricos. Y cuando alguna vez oigamos esos
tiros tan alegres que suenan en el café y dentro de las casas, podremos
decir: «Gracias a nuestra ama hemos sentido también dentro del cuerpo
esa descarga.» Bendita sea la mano que sabe dar cosas tan buenas y que
no arrepara a quién las da. Amigos, bebamos a la salud de nuestra
señorita; pidamos a Dios que el esposo nuestro amo la haga tan feliz
como merece, que si lo hace, tan estimado será entre nosotros como el
arcángel San Rafael.
Estas graves palabras determinaron una explosión en la cocina, donde se
habían congregado también criados y criadas y mozos de labranza. Con las
mejillas encendidas y los ojos brillantes de entusiasmo todos la colman
de bendiciones, todos piden al cielo dicha interminable para la
caritativa señorita. Las mujeres más atrevidas se abalanzan a ella y le
besan las manos, los hombres agitan sus sombreros y de sus gargantas
salen hurras y vivas que estremecen gozosamente el recinto.
Clara, conmovida hasta saltársele las lágrimas, de todos se despide,
sube por la escalerilla y todavía desde lo alto les envía con su hermosa
mano un beso de despedida.
Sin embargo, arriba ya estaban buscándola su hermano y Tristán. El coche
enganchado esperaba a la puerta. Don Germán les dice al oído algunas
palabras y les ordena que cada uno por su lado se dirijan a la puerta
sin llamar la atención de los convidados. Así lo hacen, pero cuando ya
han subido al carruaje, alguien les hace traición; los invitados se
enteran, se lanzan a los balcones y les hacen una delirante ovación.
El coche era un faetón tirado por seis mulas rojas que habían sido
adquiridas por don Germán en diversas ferias de España. No poco trabajo
y dinero le había costado juntarlas tan iguales. Pero ahora este
soberbio tiro causaba la admiración de los transeúntes, cuando enjaezado
a la calesera con madroños verdes entraba por las calles de Madrid. Los
novios habían resuelto ir en coche para evitarse la curiosidad de la
gente en la estación: además, la hora de los trenes no les pareció
conveniente.
Las seis mulas de tostado lomo corrían arrastrando a la pareja feliz
hacia su nido. Los gritos de júbilo de los invitados y la rapidez de la
marcha los embriagó por unos instantes: permanecían mudos sin saber qué
decirse. Pero Tristán volvió los ojos hacia su esposa y le clavó una
larga mirada de amor apasionado y tierno. Ella bajó la suya. El joven le
tomó una de sus manos, la llevó a los labios y en voz queda comenzó a
cantarle al oído el himno del amor acompañado de los chasquidos del
látigo y del tintineo de los cascabeles. Era Tristán elocuente, poseía
una imaginación viva. Clara con los ojos cerrados y una leve sonrisa
divina esparcida por su rostro no se hartaba de oírle.
Cuando llegaron a Madrid anochecía. Las calles rebosaban de gente: las
luces de los faroles comenzaban a encenderse y despedían una claridad
blanca azulada al chocar con la del crepúsculo. La gran ciudad abrasada
por el calor del día se preparaba con gozo a refrescarse. La
muchedumbre discurría por las aceras. Ya no se veían aquellos rostros
rojos y fruncidos que pasan rápidos en el centro del día buscando
sombra. Ahora se dilataban gozosos, sonrientes, contemplando los
escaparates bajo la luz blanca y fantástica de los arcos voltaicos. El
coche de los novios hacía volverse a todos y le seguían con la vista
curiosos y admirados hasta que se perdía a lo lejos.
A los balcones de su piso de la calle del Arenal estaban ya asomados
desde hacía más de dos horas los criados, la cocinera, las dos doncellas
y el criado. En cuanto divisaron el coche se apresuraron a bajar al
portal y los recibieron humildes, agasajadores.
Tristán y Clara, tímidos y embarazados, recorrieron las habitaciones de
la casa, pequeñas comparadas con las del suntuoso hotel que acababan de
dejar, pero amuebladas con refinado gusto y coquetería. Clara lo
hallaría todo precioso aunque fuese mucho peor. Pero la cocinera ardía
en deseos de mostrarles hasta dónde llegaban los primores de su arte.
Antes que se hubiesen reposado convenientemente fueron invitados a comer
y los jóvenes aceptaron no como señores de la casa, sino como huéspedes,
dejándose dirigir por los criados. La comida fue alegrísima. Tristán
esperaba que el criado volviese la espalda llevándose los platos para
robar algunos besos a su mujercita. Cuando terminaron y hubieron tomado
el café con algún espacio, Tristán propuso salir a tomar el fresco y dar
una vuelta por casa de sus tíos y ver a los niños, pues aquéllos con
Araceli no vendrían del Sotillo hasta la mañana siguiente. La primera
doncella se opuso: los señoritos habían madrugado; luego el viaje no
tenía más remedio que haberles fatigado; debían acostarse temprano. ¿Qué
iban a hacer sino someterse? Pero en aquel instante sonó el timbre de la
puerta. Un joven que traía un bulto debajo del brazo quería verles. Era
García, el peludo García, que dejando su bulto sobre una silla corrió a
abrazar a Tristán y a dar la mano a Clara. No pudo conseguir aquél que
fuese a su boda y no insistió mucho en la invitación por delicadeza,
comprendiendo que el motivo de rehusar era el no poseer traje adecuado.
No había podido venir antes porque tenía una lección en aquella misma
hora y tuvo luego que ir a casa por aquel encarguito. El encarguito, que
se apresuró a destapar, era nada menos que un barómetro con caja de
madera barnizada, que ofrecía a su amigo como regalo de boda. Lo había
comprado en un bazar, le había costado seis duros y había estado dos
meses privándose de café para ello. Tristán no pudo reprimir una sonrisa
de lástima y le preguntó que por qué se había molestado. Pero Clara con
la intuición de las esposas amantes que adivinan a primera vista cuáles
son los amigos verdaderos y los falsos de sus maridos encontró el regalo
precioso y no se hartaba de alabarlo. Mostrose con García amable y
cordial, de tal modo que el pobre opositor a cátedras al poco rato
hubiera andado de cabeza por ella.
Arrimaron las butacas al balcón abierto y fumaron un cigarro. García,
que estaba haciendo oposiciones a una cátedra de Retórica en Pontevedra,
les enteró del curso de ellas a conciencia, con toda exactitud. No le
quedó en el cuerpo un solo pormenor. «--Alvarez, que es muy largo, muy
sutil me dice:--¿Cree el señor García que Cervantes escribió con pureza
el idioma castellano?--Yo que le vi venir en seguida le respondo:
Distingamos: ¿Qué entiende el señor Alvarez por escribir con pureza un
idioma? ¿Es acaso aceptar en absoluto como un esclavo todos sus giros y
locuciones? Pues en ese caso Cervantes no fue un escritor castizo de su
tiempo porque pululan en su obra inmortal los italianismos...»
Y el pobre chico sin dar paz a la lengua les encajaba las objeciones de
sus contrarios y sus respuestas victoriosas y el efecto que ellas habían
producido en el tribunal. Valera se había rascado la cabeza con señales
de alegría y Cañete le había dirigido una sonrisa de aprobación.
Del aspecto teórico pasó después al práctico y narró con prolijidad
todas las intrigas, todas las arterías de que se valían sus contrarios
para arrancarle la cátedra. Particularmente Alvarez, el infecto Alvarez
no reparaba en valerse de los medios más reprobados, más odiosos. A un
miembro del tribunal carlista muy exaltado le había dicho que era
republicano y que no oía misa los domingos. A Cañete le fue con la
embajada de que se reía de sus críticas en el café. En fin una serie de
canalladas que levantan el estómago.
Y en efecto, García al narrarlas se ponía pálido y parecía estar atacado
de náuseas. Tristán le escuchaba distraído, pensando en sus cosas; Clara
con toda atención, aprobando con el gesto, dejando escapar frases de
conmiseración y sacudiendo la cabeza indignada contra sus enemigos,
sobre todo contra Alvarez, el infecto Alvarez. Últimamente García ya no
hablaba más que para ella y no se dirigía a Tristán. Entre aquellos dos
seres buenos se había establecido una corriente de tierna simpatía.
Pero la noche avanzaba. Tristán empezó a dar muestras de impaciencia,
bostezando, levantándose y poniéndose de bruces sobre el balcón. García
entendió al fin y se dispuso a marcharse. Tomó el sombrero, volvió a
abrazar efusivamente a Tristán, apretó con el mismo cariño la mano de
Clara y salió. Tristán le acompañó hasta la puerta. Al llegar a ella
García le dijo misteriosamente:
--Espero que marchará bien, ¿sabes? Pero si se descompone no tienes más
que avisarme, que yo lo llevaré para que lo arreglen.
--Bien, hombre, gracias--respondió Tristán sin poder reprimir una
sonrisa.
Luego, cuando tornó al comedor, entró diciendo:
--¡Pero qué pesadísimo es este pobre García!
--¿Por qué?--preguntó Clara--. Yo le encuentro un chico muy bueno.
--Bueno sí; pero no tiene las piernas ligeras.
Estuvieron algunos momentos aún asomados al balcón. Al cabo se retiraron
a su dormitorio. Habían sonado las doce. Tristán estaba jovial,
cariñoso, prodigando a su esposa mil respetuosas atenciones. Pero de
pronto, mirando un primoroso vaso de agua que había sobre la mesa de
noche, se quedó serio. Aquel servicio de cristal era regalo de la
marquesa viuda del Lago. Una arruga se dibujó en su frente pálida que
fue poco a poco haciéndose más honda. Al volver los ojos hacia él Clara
quedó sorprendida.
--¿Qué tienes?--le preguntó con afectuoso interés.
--Nada--respondió secamente.
Transcurrieron algunos instantes de silencio. Tristán habló al fin con
voz sorda:
--Un destino fatal parece descender de lo alto para interponerse
constantemente entre la felicidad y yo. Su mano fría me sacude con
rudeza para despertarme de todo sueño dichoso, de toda dulce ilusión.
Ese vaso me recuerda que hace pocas horas también se hallaba mi espíritu
nadando en una atmósfera de paz y de dicha como hace un instante, y que
una voz para mi antipática, odiosa, la voz del marquesito...
--¡Todavía el marquesito!--interrumpió Clara vivamente.
--Sí, todavía. Y si él no hubiera sido, la fatalidad se encargaría de
buscar otro instrumento animado o inanimado para recordarme que este
mundo es dolor, siempre dolor... Unos ojos que me miran agresivos,
impudentes, una faz congestionada por el alcohol, una lengua estropajosa
que me suelta algunas insolencias rayanas en la injuria. Y eso he tenido
que sufrirlo en el momento mismo en que todas las potencias del cielo y
de la tierra parecían haberse reunido para hacerme dichoso.
--Pero si ese niño estaba ebrio como dices, ¿qué podían importarte sus
tonterías?
--En la embriaguez como en los sueños manifestamos lo que somos, lo que
guarda el fondo de nuestra alma y que no confesamos a los demás ni a
nosotros mismos. Ese niño está enamorado de ti y a mí me odia; es
lógico. Ignoro si ha dado algún paso para obtener tu amor y desbaratar
nuestra unión, aunque lo presumo. Pero eso no es lo principal. Lo
capital en este asunto, lo verdaderamente importante para mí es el saber
si tú has alentado directa o indirectamente ese amor.
--¿Acaso no te lo he repetido infinitas veces? Estoy persuadida de que
ese amor del marquesito no existe más que en tu imaginación: nadie lo ha
echado de ver en la casa más que tú. Pero aunque así fuese, ni yo he
escuchado de su boca jamás sino frases insignificantes, ni le he tratado
más que como un amigo.
Tristán guardó silencio. Se había sentado sobre el borde de la cama y
con la mirada fija en el suelo permaneció algunos minutos inmóvil,
abstraído. Clara le contemplaba con expresión ansiosa que por momentos
se iba haciendo más dolorida.
--¡Es raro! ¡es raro!--murmuró al cabo como si se hablase a sí mismo.
--¿El qué es raro, Tristán?--profirió ella con voz angustiada que
parecía haber pasado entre sollozos.
--Es raro que no habiéndole dado tú ningún aliento haya osado ese chico
soltar palabras tan atrevidas.
--¿Es que dudas de lo que acabo de decirte? Esas dudas cuando éramos
novios tenían poco valor, no engendraban más que riñas pasajeras que
según me aseguraban eran la salsa de las relaciones amorosas, aunque yo
jamás quise creerlo. Pero ahora no somos libres y la sombra de cualquier
sospecha que se interponga entre nosotros puede ocasionar nuestra
desgracia. Considéralo, Tristán, medita que ya no puedes hablarme de
ciertas cosas sin ofenderme gravemente.
--Quisiera creerte, Clara. Tú no sabes lo que me hace sufrir la duda de
que no seas toda mía en cuerpo y alma, de que permanezca escondida en el
fondo de tu corazón una pequeña inclinación, una leve simpatía germen de
amor hacia otro hombre. ¡Pero no puedo! La duda se me ofrece siempre
como un fantasma delante de los ojos. No puedo apartarla de mi
presencia. Me agarra cuando menos lo pienso y se introduce dentro de mi
ser, se filtra en mis venas como un veneno sutil y me inflama...
Clara le miró fijamente con ojos donde además de la tristeza se pintaba
la cólera y murmuró sacudiendo la cabeza:
--¡Está bien! ¡está bien!
--¿Qué quieres decir?--profirió él mirándola a su vez a la cara--. ¿Te
está pesando de haberte casado conmigo, verdad...? ¡Sí, sí... no lo
niegues...! Lo estoy leyendo en tus ojos.
--No, no me pesa el haberme casado contigo, pero sí el que me des a
entender que no puedo hacerte feliz.
Hubo algunos instantes de silencio. Al cabo Tristán comenzó a decir
lentamente mirando al suelo:
--Una tarde estábamos tu hermano y yo hablando en su despacho. Tú te
fuiste al balcón y apoyaste tus codos en el antepecho. Poco después
entró ese chico y apenas nos hubo saludado fue a reunirse contigo. Y
comenzasteis a hablar en voz baja y a reíros mientras yo tenía la vista
clavada sobre vosotros. Y como si mis ojos os penetrasen por la espalda
uno y otro volvisteis la cabeza para mirarme y un poco de rubor subió a
tus mejillas. ¿Por qué te ruborizabas?
--Tristán, ¿qué estás diciendo?--gritó ella con voz desesperada.
--Otra noche--prosiguió el joven sin hacer caso de aquel grito
doloroso--estábamos en el teatro de la Comedia en un palco contiguo al
de proscenio. Yo charlaba contigo y nunca había estado más alegre y más
enamorado que aquella noche. Frente a nosotros había un espejo. Cuando
una vez se me ocurre levantar los ojos hacia él, veo allí pintada la
imagen del marquesito, que detrás de nosotros, en otro palco, te estaba
contemplando a su sabor. Tú lo habías visto y no me decías nada...
--¡Tristán!--tornó a exclamar la joven con acento aún más desesperado.
Y llevándose las manos al rostro profirió estallando en sollozos:
--¿Dios mío, qué me está pasando? ¡Esto no es verdad, esto es una
horrible pesadilla!
Tristán la miró un instante confuso y arrepentido. Pero alzándose
bruscamente comenzó a pasear con agitación por la estancia mientras
decía gesticulando nerviosamente:
--¿Y yo qué culpa tengo...? Quisiera, aun a costa de mi sangre,
arrancarme de la imaginación estas escenas, pero ellas no quieren huir.
Si por algunos momentos se eclipsan es para aparecer nuevamente más
vivas, más crueles.
Clara se había dejado caer sobre la almohada y sollozaba con el rostro
metido en ella. Él también se sentó al cabo y acometido de una tristeza
profunda, infinita, contagiado por las lágrimas de su esposa, comenzó
igualmente a llorar. Pronto se alzó otra vez; volvió a su paseo agitado,
volvió a su monólogo amargo y exaltado; pero de nuevo vino a sentarse al
lado de su esposa abatido y sollozante.
Las primeras claridades de la aurora les sorprendieron todavía llorando
sentados sobre el borde de la cama.
XI
EL ESTRENO DE UNA OBRA DE CARÁCTER
Algunos días después salieron de Madrid. Viajaron por Suiza y por
Alemania; en el mes de octubre visitaron a Inglaterra. A Madrid
regresaron bien entrado ya noviembre. El viaje ejerció influencia
saludable en el temperamento de Tristán, serenando sus ideas y
amortiguando sus celos. Mostrose en el transcurso de aquellos meses con
su joven esposa lo que era realmente, galante, sensible, extremadamente
afectuoso. Hasta pudo pagarle en Suiza aquel auxilio solícito que le
prestara cuando cayó del caballo. También la intrépida Clara resbaló en
una de sus excursiones alpestres, desapareciendo de la vista de Tristán,
quien se lanzó por la escarpada pendiente en su auxilio y rodó por ella
sin lograr prestárselo. Felizmente ambos quedaron detenidos en una mata
de arbustos y se salvaron de una muerte cierta. Clara fue quien primero
se alzó. Rojos de emoción, con lágrimas en los ojos se abrazaron
estrechamente y se besaron en medio de la soledad de aquellas montañas
que una vez al menos se mostraron piadosas. Clara era dichosa. Sin
embargo, el recuerdo fatal de su primera noche de novia le asaltaba
alguna vez estremeciéndola; fue una visión siniestra que la persiguió
toda la vida.
Cuando llegaron a Madrid, sus hermanos aún no se habían instalado en el
nuevo hotel de la Castellana: los últimos retoques habían llevado más
tiempo de lo que pensaban. Fuéronse a pasar unos días con ellos al
Escorial para dar satisfacción al cariño fraternal de Clara y algo
también a su afición a la caza. Era el tiempo propicio: días claros y
frescos: la gentil cazadora los empleaba corriendo por el monte a tiros
con las perdices y conejos.
--Corre, corre, hija mía--le decía don Germán viéndola llegar sudorosa y
jadeante a casa--. Aprovéchate de que el _pobrecito_ aún pesa poco.
Clara sonreía ruborizada. Su estado interesante ya era conocido en la
casa y empezaba a ser visible para los de fuera.
Tristán también corría los montes, si no con la carabina al hombro, al
menos con un libro en la mano. Placíase en tenderse en el fondo de las
cañadas a la sombra de los sauces y pasar allí largas horas saboreando a
ratos las páginas de algún escritor admirado, a ratos escuchando los
gorjeos de los pájaros, el manso ruido del viento en los árboles y el
rumor cristalino de las aguas corrientes. Se hallaba en un período de
gran actividad intelectual: la placidez y amenidad del sitio, la paz del
hogar, la tranquilidad de sus nervios invitábanle al trabajo. Hasta tuvo
la dicha de no tropezar a su vuelta con el marquesito del Lago que
inconscientemente tan malos ratos le había hecho pasar: la marquesa
viuda había decidido al fin trasladar su residencia a sus posesiones de
Extremadura huyendo de los escándalos de su hija y de los peligros que
amenazaban a su hijo. Muchos y vastos proyectos de libros y dramas
germinaban en la mente del joven autor de _Engaños y Desengaños_.
Escribía poco, sin embargo, aunque meditaba mucho. Alguna vez se
acordaba de su drama entregado al teatro Español hacía más de un año y
entonces se ponía de mal humor. Estévanez, el famoso dramaturgo, el que
empuñaba a la sazón el cetro del teatro, lo había tomado bajo su
protección, le había prometido hacerlo representar, pero hasta la hora
presente ninguna noticia tenía del éxito de sus gestiones. Era demasiado
orgulloso nuestro joven para pedir estas noticias ni menos convertirse
en pretendiente. Don Germán le había hablado más de una vez del asunto
desde que llegaron, pero no daba su brazo a torcer y esquivaba la
conversación por temor de que se le fuera la lengua.
Al fin se le fue cierto día estando de sobremesa. Habían comido con
ellos Cirilo y Visita y el farmacéutico Vilches con su esposa, primos de
Elena. Visita inocentemente le preguntó cuándo se representaba su drama.
Tristán secamente respondió:
--Nunca.
Estupefacción en todos los comensales. Viendo el efecto que había
causado añadió al cabo de un momento:
--Nunca mientras Estévanez ejerza en el Español el supremo mangoneo, sea
el cancerbero que la Empresa tiene a la puerta.
--¿Pero no fue Estévanez quien lo ha presentado y el que prometió
hacerlo poner en escena?--preguntó el primo Vilches.
--Precisamente por eso--replicó con displicente laconismo.
Hubo unos instantes de silencio. Tristán comenzó a hablar en voz baja y
afectando mucha calma. En realidad, había padecido una equivocación
lamentable depositando su confianza en Estévanez, porque éste jamás
había dejado pasar ninguna obra apreciable. No quería decir que la suya
lo fuese, mas si algún amigo se lo había dado a entender o si él mismo
había encontrado en ella algo que le hiciera dudar de su fracaso, tenía
por seguro que estorbaría su representación. Todos se asombraron de tal
ruindad y la deploraron: algunos le propusieron que retirase su
manuscrito del Español y lo llevase a otro teatro. Sólo don Germán se
atrevió a protestar aunque tímidamente de aquel juicio precipitado.
--Tú estás mejor enterado que yo de las miserias de la vida literaria,
Tristán, pero se me hace muy duro pensar que una persona que se halla en
el pináculo de la gloria y que espontáneamente te ha brindado protección
te traicione tan pronto y con tal vileza.
--Pues las cosas duras son las que se deben pensar en este
mundo--respondió Tristán alzando los hombros con desdén.
No se habló más del asunto. Al cabo de un rato se levantaron de la mesa
y fueron al parque. Algunas horas después, hallándose reunidos en el
gran cenador de vuelta del paseo, llegó un criado con un telegrama para
Reynoso. Leyólo éste y una sonrisa mitad maliciosa, mitad placentera, se
esparció por su rostro.
--Toma, Tristán; el contenido es para ti--dijo alargando el papel a su
cuñado.
El telegrama decía textualmente:
«Ignoro si Aldama regresó de su viaje. Hágale saber que ensayos de su
drama comenzarán semana próxima.--_Estévanez._»