Atravesaban en aquel instante por un extenso sembrado. Los trigos

comenzaban a amarillear. Soplaba sobre ellos la brisa fresca del Norte

que pasaba estremeciéndolos con leve, fugaz escalofrío, inclinándolos

suavemente bajo la llama del sol. Parecían un mar ondulante con

transparencias verdes del cual partía vago rumor de sederías que se

despliegan. Y entre estas olas verdes hería los ojos el brillo

sangriento de alguna amapola o la nota delicada de los azules

chupamieles. Las figuras de algunos labriegos que atravesaban las

trochas se destacaban con admirable pureza. Por entre los trigos corría

un perro de caza del cual se divisaba solamente su cola, agitada con

movimiento vertiginoso; alguna vez aparecía su cabecita de color canela.

El sol moribundo, con resplandores rojizos, esparcía sus rayos oblicuos

por las eras. El Guadarrama sin relieve alguno parecía una larga mancha

violácea pintada con difumino sobre un fondo lechoso. Un pastor a lo

lejos clavaba las estacas del redil. Se escuchaban los golpes

amortiguados por la distancia. Allá en lo alto del cielo un pájaro se

cernía batiendo las alas con celeridad unas veces, otras permaneciendo

inmóvil con ellas extendidas.

--¡Cuánto me alegro de haber venido por estos sitios! ¡Me encuentro tan

bien!

Clara le miraba con ojos brillantes de satisfacción.

Dejaron los sembrados y empezaron a caminar por las praderas cortadas

aquí y allá por grupos de árboles, esmaltadas de florecitas blancas,

amarillas, rojas. Por entre estos macizos de florecitas silvestres

asomaba de vez en cuando el lomo turgente de una roca enorme, como un

gigante que durmiese oculto entre ellas.

Se aproximaba el crepúsculo. La tierra exhalaba con calma su aliento

perfumado preparándose a dormir. Del cielo bajaba un silencio grave,

solemne, que sólo interrumpía la sonoridad de sus pasos, el leve

resoplido de los caballos. Los cascos de éstos al pisar las yerbas

aromáticas, la mejorana, el hinojo, la yerbabuena, el romero, alzaban

vapores penetrantes que les embriagaban produciéndoles un vértigo feliz.

--¿No quieres que corramos un poco, Tristán?

--No, déjame gozar de esta hora dichosa. La naturaleza aquí no tiene más

que algunos momentos en ciertos días del año, pero estos momentos son

tan dulces, son tan espléndidos, que dudo haya nada sobre el planeta que

los supere. Mira ese cielo que aquí parece un rubí y allí una amatista

transparentes, mira esa llanura tan caprichosamente manchada con todos

los matices del verde y del gualdo, mira la masa informe de esa sierra

envuelta en neblina azulada. ¿No respiras esa oleada de perfumes

penetrantes que oprime las sienes, que corre hacia el corazón anegándolo

en una languidez de felicidad inefable...? Escucha. Allá a lo lejos

suena el canto del cuco. No tardará en comenzar el ruiseñor.

Clara sonreía viéndole feliz. Pocas veces le había oído aplaudir con tal

entusiasmo ni aun a la misma naturaleza.

Al llegar cerca del Sotillo el terreno descendía formando una cañada por

donde saltaba el torrente que surtía de aguas las charcas de aquella

finca. Antes de salvarlo por un puentecillo de madera, Tristán propuso

apearse y descansar un poco. Clara se resistió débilmente; era ya tarde;

deseaba llegar a casa antes que regresasen de la estación sus hermanos.

Pero cedió al fin por complacerle.

--¿Un ratito nada más, verdad? Cinco minutos echando por largo.

El agua bajaba brincando entre rocas manchadas de musgo. El lecho rocoso

era demasiado grande para tan pequeño arroyo; pero en los meses de

invierno cuando venía rugiente, amenazador, no bastaba a encauzarlo. Sus

orillas en fuerte declive estaban tapizadas de tan menudo césped que

parecían una colcha de terciopelo verde. Sombreábalo por entrambos lados

un macizo de mimbreras y sauces, bardagueras y chopos.

Allí se sentaron dejando los caballos amarrados. Tristán se mostraba por

momentos más tranquilo, más feliz y más tierno.

--No sé lo que me pasa, Clara mía--murmuraba reclinado a sus pies y

contemplándola con embeleso--, pero me hallo distinto de lo que hace

unos momentos era, distinto de lo que he sido toda la vida. Me siento

inquieto, pero es una inquietud deliciosa, muy lejana de esa otra

dolorosa y amarga que tantas veces me acomete; es una inquietud que

corre por mis venas como un bálsamo, que me oprime el corazón dulcemente

y me hace dichoso. Estos árboles, este césped, estas flores, este sol

tienen la culpa... Pero sobre todo son tus ojos, Clara, son tus ojos tan

brillantes, tan nobles, tan serenos los que me arrancan de las tristezas

de la tierra para trasportarme al cielo.

--¿Estás contento de ser mío dentro de poco?--preguntó ella inclinando

suavemente su cabeza.

--Tanto, que el tiempo que falta quisiera pasarlo dormido.

--Yo no; yo quiero estar despierta y sentir los pasos del tiempo. Quiero

ver mi equipo, tocarlo, guardarlo, quiero ver mi blanco traje de novia,

quiero pensar en mis zapatos, en mis camisas, en mis gorros, quiero

sacar de su estuche las joyas, quiero recibir los regalos que me envíen

las amigas. Vosotros los hombres no sabéis lo que pasa por nuestro

corazón en este tiempo.

--Quisiera dormirme, sí, quisiera despertar en tus brazos y que

infundieses de una vez en mi alma ese sosiego adorable que se escapa de

tu rostro, que hicieses correr por mis venas esa frescura virginal en

que se baña tu pura naturaleza, que soplases en mi corazón el aliento de

tu caridad inagotable. Aborrezco a los hombres y quisiera amarlos,

quisiera amarlos como me amo a mí mismo cuando tú me miras, Clara de mi

alma. Aquí dentro hay algo bueno, algo santo, pero el sagrario en que se

encierra no está guardado por ángeles, sino por diablos.

--No temas, Tristán--profirió la joven sorprendida y enternecida por

aquellas palabras--, no temas; yo no soy un ángel, pero sabré guardar y

respetar los sentimientos nobles de tu corazón. Esos diablos no podrán

nada contra la fuerza de mis manos.

Tristán tomó una de ellas entre las suyas, una bella mano fría, tersa,

maciza, de virgen amazona y la llevó con pasión a los labios.

--¡Vamos, vamos!--exclamó la joven haciendo ademán de alzarse--. Se va a

caer la noche en un instante.

--Espera, déjame sentir el beso de adiós de ese sol que se está

hundiendo.

El astro rey ocultaba ya la mitad de su disco en la llanura y enviaba

uno a uno sus rayos de púrpura con sonrisa melancólica, colgándolos

suavemente a las ramas de los árboles.

--¿Lo ves? Ya el sol se ha ido. ¡Vámonos, vámonos!

--Espera un instante; déjame escuchar la serenata de ese ruiseñor que

canta encima de nosotros. Si yo tuviese su voz y su inspiración, hermosa

mía, también pasaría la noche cantándote al oído el himno del amor.

--No aquí--dijo ella riendo y poniéndose en pie--, porque aquí no te

escucharía.

--¡Un instante, un instante nada más! Gocemos el encanto de esta hora

fugitiva, retengámosla por los cabellos, dejemos que nos acaricie

blandamente. ¡Quién sabe si en pos de esta tan dulce vendrán otras

tétricas! Permite que la retenga un minuto más por su manto azul y

flotante...

Y al decir esto, sujetaba la falda de su prometida.

--¡Arriba, Tristán, arriba!--replicó ella riendo.

--Pues ayúdame.

La joven le entregó sus manos. Mientras se apoyaba en ellas para

alzarse, ¿qué iba a hacer Tristán sino besarlas con transporte? En

efecto, fue lo que hizo.

Montaron de nuevo, pusieron los caballos al galope para salvar los tres

kilómetros que aún restaban antes de llegar a casa.

Frescas por el corto descanso y mecidas por la dulce ilusión de alcanzar

presto el pesebre, corrían las jacas sobre el campo con creciente brío

sin ayuda de espuelas. Ellos, con el corazón henchido aún por la

suavidad que aquellos instantes felices habían dejado en él, sonreían

vagamente, aspiraban con deleite el aliento embalsamado del crepúsculo.

Guardaban silencio, pero este silencio les decía mil cosas tiernas y

placenteras que sus labios no serían capaces de pronunciar.

Clara dio un grito. El caballo de Tristán había metido su casco en la

madriguera de un conejo, y cayó de cabeza arrastrando al jinete,

envolviéndolo.

--¡Tristán, Tristán!--gritó la joven arrojándose a tierra.

Pero Tristán no resollaba, había perdido el conocimiento y yacía debajo

de la cabalgadura abrumado bajo el peso de ella.

Clara corrió a él y con un supremo esfuerzo logró arrancarlo de aquella

situación. El caballo no quería moverse; debía de estar herido.

--¡Socorro! ¡socorro!--gritó desesperadamente.

Pero nadie había entonces por los contornos y sólo el campo y los

pájaros oyeron sus gritos.

--¡Dios mío!--murmuró echando una mirada en torno.

Miró después a Tristán que parecía dormido, y no advirtió en su rostro

señales de sangre; palpó sus brazos y sus piernas, pero no pudo

cerciorarse si se había fracturado algún hueso; puso el oído a sus

labios y notó que respiraba.

Era necesario echarle agua a la cara para hacerle volver en si, pero el

agua estaba lejos. ¿Iría corriendo hacia casa hasta encontrar a alguna

persona que le socorriese? Apenas brotó esta idea en su mente aturdida

la desechó con horror. No, no podía dejar a su prometido solo y privado

de sentido en medio del campo.

Sin embargo, al cabo de un instante, Tristán pareció volver en sí y dejó

escapar un débil gemido.

--Tristán, Tristán, ¿cómo te sientes? ¿Tienes dolores?--le gritó

sofocada por la emoción.

El joven se llevó la mano a un hombro.

--No te asustes... sólo aquí siento algún dolor--murmuró con aliento

casi imperceptible.

--¿Quieres que nos quedemos esperando que alguien pase?

Tristán hizo un signo negativo con la cabeza.

--¿Voy a casa a buscar socorro? ¿Puedes quedar aquí?

Hizo un signo afirmativo.

Entonces la intrépida joven saltó con increíble energía sobre su jaca y

la puso a un galope furioso. El animal, como si comprendiese lo que su

ama exigía de él, devoró en cortos minutos la distancia.

Cuando llegó al Sotillo su hermano salía ya a su encuentro. El valeroso

esfuerzo de la joven se disipó a su vista. Cayó en sus brazos sollozando

y sólo pudo decir:

--¡Corred, corred! Tristán está herido más acá del puente de madera.

X

UNA NOCHE DE NOVIOS

Por fortuna la conmoción cerebral que Tristán padeció fue pasajera. Pero

se vio que tenía el brazo derecho dislocado por la articulación del

hombro. Los médicos del pueblo que fueron llamados por teléfono vinieron

prontamente y le hicieron la reducción no sin agudos dolores. El enfermo

quedó tranquilo, durmió y amaneció sin fiebre al día siguiente.

Escudero, que avisado por telégrafo llegó en el primer tren de la

mañana, viéndole en estado satisfactorio quiso llevárselo a Madrid.

Reynoso se opuso enérgicamente. Tristán ya pertenecía a su familia de

derecho; iba a ser su hermano próximamente y no saldría de casa sino

enteramente curado.

No hay para qué encarecer el esmero afectuoso con que fue atendido y

mimado en los pocos días que permaneció postrado. Todos querían hacerle

compañía, todos querían agasajarle envolviéndole en una atmósfera tibia

de vigilancia y amor. En cuanto a Clara se puede decir que no vivía más

que para él.

Una tarde en que por haberse ausentado momentáneamente Elena quedaron

solos los novios, Tristán aprovechó aquellos instantes para repetir a su

amada la admiración y la gratitud de que estaba poseído. Después,

quedando pensativo, dijo melancólicamente:

--¡Era yo tan feliz en aquel momento, Clara! Jamás había visto el cielo

tan diáfano ni el campo tan hermoso, jamás percibí tan grato el aroma de

las flores ni oí más suave las notas del ruiseñor, jamás sentí mi

cuerpo tan vigoroso y mi espíritu más lúcido. Pero ¡ay! el hombre es

siempre un niño que persigue mariposas al borde de un abismo. La

naturaleza se ríe de nuestro amor y nuestra admiración; es una madre

loca que estrangula a su hijo cuando éste la besa.

--Desecha esas ideas lúgubres, Tristán. No vuelvas tanto los ojos hacia

atrás. Ya que Dios ha permitido que salvaras de este peligro en que

fácilmente pudiste perecer o quedar lisiado para siempre, es que

consiente en hacerte feliz.

Tristán tomó la mano de su prometida, la apretó tiernamente y dijo

sonriendo:

--La edad de oro, querida mía, se ha vuelto al cielo.

--Pero tu felicidad no se ha deshecho; sólo se ha interrumpido un

instante... si es que me quieres como aseguras. Dentro de pocos días

estarás sano... Yo te quiero mucho más que antes porque al verte caer

comprendí de una vez hasta dónde habías entrado en mi corazón... Y mi

hermano--añadió bajando los ojos y ruborizándose--quiere adelantar la

fecha de nuestro matrimonio.

Los ojos de Tristán brillaron con alegría.

--¿Cómo...? ¿Es de veras?

--Eso me ha dicho ayer--respondió Clara dulcemente.

En efecto, Reynoso pensó que estando ya Tristán alojado en su propia

casa razones de delicadeza le aconsejaban no demorar la boda hasta

octubre y realizarla en cuanto fuera posible. Todos en la casa

aplaudieron esta determinación, y Elena fue la primera en celebrarla con

gritos de júbilo.

--¡A ver si se le quitan de una vez esos malditos celos!--le dijo al

oído a su cuñada.

Tristán los sentía cada día más rabiosos del marquesito del Lago. Este

chico, sin darse cuenta de ello, hacía lo posible por mantenerlos vivos;

se juntaba a Clara en cuanto tenía ocasión y no sabía luego apartarse de

ella. Era seguro que no hablaba más que de caza y lo que con ella se

relacionase, pero el obcecado Tristán hallaba en estas conversaciones un

sentido misterioso. Cuando el marquesito, por ejemplo, pedía noticias a

Clara de las garzas, se imaginaba que el amor salía volando de sus

palabras como salen estos graciosos animales de entre los juncos. No

solamente, pues, por el cariño profundo que aquélla le inspiraba sino

por verse libre de estos celos crueles que le mordían las entrañas

experimentó viva satisfacción al saber la noticia.

Apresuráronse los preparativos de boda. En cuanto pudo levantarse se fue

a Madrid, pero allí recibía todos los días la visita de Clara y Elena y

las acompañaba a las tiendas para comprar lo que aún faltaba y para

apremiar a las modistas, joyeros y maestras de confecciones. Él por su

parte vigilaba los últimos trabajos realizados en el piso de la calle

del Arenal. A última hora se les juntó un día Gustavo Núñez y entró con

ellos en el Suizo a tomar un helado. La acogida que Elena le hizo fue

desconcertante; pero el pintor tenía la cara dura, no se dio por

enterado y tan bien se las arregló con su charla graciosa, insinuante,

que al cabo logró hacerla sonreír. No tardó en tomar parte en la

conversación y mostrarse como siempre locuaz, traviesa y un poco

aturdida. A los pocos días volvieron a encontrarse y Elena mostró desde

luego que había olvidado su atroz insolencia. Gustavo, arrepentido de

ella, se presentaba respetuoso, amable, cordial, huyendo de toda

galantería. Pero esto sólo era en la apariencia; su propósito firme y

oculto era bloquear la plaza con todas las reglas del arte, hacer su

corte con juicio y cautela. Tanta empleó que cuando las damas se

despedían para montar en coche y trasladarse a casa se abstenía de

estrechar su mano y sólo se la daba a Tristán. Con éste y otros rasgos

de delicadeza logró presto volver a la gracia y a la confianza de la

gentil señora de Reynoso.

Llegó por fin el día señalado, uno de los últimos de julio que amaneció

como los antecedentes claro, sofocante, abrasador. La familia de

Escudero había ido la noche anterior a dormir en casa de Reynoso.

Tristán se trasladó por la mañana acompañado de Gustavo Núñez y el

paisano Barragán.

Gran parte de la colonia veraniega y mucha también del vecindario quiso

presenciar la ceremonia nupcial. Con este motivo rodaron los coches y

hubo no poca confusión a las puertas del templo, que estaba adornado

suntuosamente para el acto. La novia se presentó pálida y sonriente con

su traje blanco y su corona de azahar, debajo de la cual saltaban

juguetones los rizos de sus cabellos negros. Hubo mucha admiración para

ella, pero también quedó algo para Tristán, cuya figura elegante

despertó en los corazones femeninos una ola de incondicional aprobación.

¡Hermosa pareja! ¡Gentil pareja! Bendijo la unión un personaje

eclesiástico de Madrid auditor del Tribunal de la Rota; hubo misa,

órgano y orquesta.

Terminada la ceremonia y la misa Tristán se acercó a su amigo Núñez en

la misma iglesia y le dijo:

--¿Sabes, Gustavo, que esa epístola de San Pablo que nos acaban de leer

me parece un poco grosera?

Núñez soltó una carcajada discreta y exclamó poniéndole la mano sobre el

hombro:

--Pero hombre, ¿hasta con San Pablo te has de meter? ¡Eres delicioso,

Tristán!

Los novios regresaron con los padrinos en un coche. La comitiva se fue

acomodando en otros, y a Núñez y Barragán les tocó venir juntos en una

berlina. No era empresa llana y de gusto meterse solo en un coche con

hombre de tan endiablado rostro como el paisano. Alguno había en la

comitiva que hubiera preferido viajar con un lobo. Pero Núñez no sentía

aprensión alguna: al contrario, había simpatizado mucho con él y le

estudiaba atentamente, lo mismo en lo físico que en lo moral. Pero ahora

hablaron poco en los comienzos. Barragán estaba preocupado y él también,

aunque por muy diferente causa. La del primero era divina: la del

segundo demasiado humana.

En efecto, el paisano Barragán se sintió acometido en el templo por un

tropel de ideas metafísicas. Desde niño, en que se fuera a América, no

había entrado en una iglesia más que el día en que se casó con la viuda,

hacía ya bastantes años. En aquella sazón los afanes matrimoniales no

permitieron el paso a los pensamientos ultramundanos que ahora soplaban

lúgubremente por su cerebro vacío. Sumergido toda su vida en el golfo

de los intereses materiales, trabajando, comerciando, lucrándose y no

tratando más que con hombres que hacían lo mismo, no se le presentó

nunca a la imaginación la idea de Dios, del alma y de la otra vida.

Ahora, viejo ya, sereno, desocupado, se filtraron de rondón cuando menos

podía esperarse en su espíritu financiero. Las luces, las vestiduras de

los sacerdotes y sobre todo el órgano tuvieron de ello la culpa.

Al cabo de unos minutos de silencio dijo el paisano con voz sorda:

--Estaba pensando en la iglesia, señor Núñez, estaba pensando en que

este asunto de la religión es cosa curiosa.

--¿Le parece a usted?--respondió Núñez completamente distraído.

--Mucho. Sería interesante saber si después de esta vida hay otra, como

dicen... Pero, en realidad, debo confesarle a usted que aquellos

vestidos dorados de los curas, aquel doblarse y levantarse, aquellas

vueltas en redondo y aquel ir y venir de una punta a otra del altar

estará muy bien, pero no me parece serio.

--Pues yo no lo encuentro nada risueño--afirmó el pintor con el mismo

ensimismamiento.

--Pero vamos a ver, señor Núñez, ¿piensa usted que haya infierno?

--Realmente no he podido hasta ahora formar clara idea de él, porque si

los condenados cuecen allí a fuego lento, como aseguran, no comprendo

cómo al poco tiempo no se convierten en papilla y si se asan no se

transforman en carbón... Pero, en cuanto al cielo, lo concibo

admirablemente. Es un sitio encantado, con buenos restauranes, donde se

almuerza siempre con ostras y champagne y donde los ángeles camareros no

le presentan a uno la cuenta ni quieren recibir propina.

El paisano sonrió, pero poniéndose pronto serio exclamó como si se

hablase a sí mismo:

--Si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?

--Acaso se haya hecho por sí mismo como el anís escarchado--replicó

Núñez asomando la cabeza por la ventanilla para ver si divisaba el

coche que conducía a Elena.

Hubo algunos minutos de silencio durante los cuales el cerebro de

Barragán daba terribles vueltas en el piélago de lo insondable. Al cabo

murmuró sordamente:

--De todos modos es curioso, ¡muy curioso! Yo daría cinco mil duros por

saber si hay Dios o no hay Dios.

--Por mucho menos dinero se lo dirían a usted en Alemania, donde hay

personas dedicadas a averiguar esas cosas. Y hasta me figuro que si

llevase una carta del embajador le harían a usted una rebaja de un

veinticinco por ciento.

El carruaje se detuvo al fin delante del hotel cerca de otros que habían

descargado. Elena estaba asomada ya a uno de los balcones presenciando

la llegada de la comitiva.

--¿Con quién ha venido usted, Núñez?--le preguntó desde arriba.

--¡No sea usted indiscreta, Elena, no me obligue usted a ruborizarme!

--Bueno, si usted no me lo dice pronto lo averiguaré--replicó ella un

poco intrigada.

--No hay secreto ninguno, Elenita: ha venido conmigo--dijo--Barragán.

Elena sacudió la cabeza riendo a carcajadas.

En el amplio comedor se habían colocado dos mesas a las cuales se

sentaron más de cincuenta invitados. A los postres se desbordó un río de

champagne y otro río aún más caudaloso de brindis en prosa y verso. Los

desdichados novios quedaron por más de una hora sumergidos entre ellos.

No faltó al cabo una mano caritativa que los sacó de aquel abismo. Los

comensales se levantaron y se distribuyeron por los salones.

Reynoso se acercó a su cuñado, le pasó un brazo por la cintura y le

llevó al hueco de un balcón.

--Dentro de un rato--le dijo--, cuando yo te haga seña, podéis bajar. El

coche estará a la puerta enganchado. Montáis en él y os vais sin que

nadie se entere... Y ahora, Tristán--añadió poniéndole una mano sobre el

hombro--, sólo me resta que decirte una cosa. Te entrego a mi hermana,

mejor dicho, te entrego a una hija adorada, pues eso ha sido para mi

siempre la que hoy es tu esposa. Mi cariño y mi vigilancia han protegido

sin descansar jamás su inocencia. No llevas una dama elegante,

distinguida, espiritual para brillar en los salones, pero sí una esposa

noble y tierna que te acompañará fielmente en la carrera de la vida, que

compartirá tus penas y tus alegrías. La elevación de tu espíritu suplirá

lo que haya de limitado en el suyo. Y si alguna vez te impacienta esta

limitación, si una sombra de malestar se interpone entre vosotros,

considera que es una pobre huérfana que ya no tiene a nadie más que a ti

en el mundo: ten compasión de ella, sé generoso como un padre y Dios te

lo pagará.

Tristán se sintió enternecido por aquellas palabras y dijo con efusión:

--Responderé a esa confianza con todo el amor de que es susceptible mi

corazón. Velaré sobre Clara como si fuese un tesoro que me fuese

encomendado, un tesoro de inocencia, de ternura y de nobleza que estoy

muy lejos de merecer.

--Gracias, Tristán, gracias--repuso don Germán a su vez conmovido y

apretándole la mano fuertemente--. Ya somos hermanos, y puesto que el

parentesco ha borrado la diferencia de edad llamémonos de tú en

adelante.

--Como tú quieras--dijo Tristán devolviéndole con creces su apretón--.

No olvidaré jamás tu generoso proceder y que te debo la felicidad.

Se separaron. Aquella breve escena dejó en el corazón de Tristán una

alegría suave, íntima que se advertía en su mirada. Mas era el sino de

este joven que jamás pudiera perdurar en él la calma. En cuanto se

mezcló a los invitados advirtió un grupo de señoritas que rodeaban al

marquesito del Lago y con él parecían divertirse. Este muchacho, de

excelente natural, dócil, modesto y respetuoso siempre, tenía el defecto

de beber más de lo conveniente en todos los banquetes y festejos a que

asistía. Se le había metido sin duda en la cabeza que era de rigor en

tales casos. Y en cuanto tenía en el cuerpo algún vino de más perdía

aquél su natural reservado y se transformaba en un charlatán insufrible.

Unas cuantas jóvenes se complacían en burlarse de él haciéndole soltar

un chorro de simplezas.

En cuanto el marquesito divisó a Tristán desde el centro del grupo en

que se hallaba apartó a las damas bruscamente y se vino hacia él

diciendo en voz alta:

--¡Aquí llega el novio! ¡Aquí está el hombre feliz...! Déjeme usted

darle un abrazo (y le abrazó en efecto)... Me parece, amigo Aldama, que

en este momento no le abrazo a usted solamente sino al matrimonio

completo.

Aquella salida hizo reír a las damas. A Tristán le causó malísimo

efecto.

--Usted es un sabio, amigo Aldama, y si yo hubiera adivinado que

estudiando bien el latín y las matemáticas llegaría a casarme con una

mujer tan guapa como la suya no hubiera sido tan zángano, me hubiera

aplicado más.

--Aún está usted a tiempo--manifestó Tristán.

--¿Para casarme con su mujer?

Las damas rieron a carcajadas.

--¡Hombre, no!--replicó Tristán haciendo esfuerzos por reír también--.

Eso ya no puede ser mientras yo esté vivo, pero aplicándose, y aun sin

aplicarse, hallará usted una mujer más guapa.

--Usted me permitirá que le diga una cosa, amigo Aldama... ¿Verdad que

me lo permitirá...? Pues bien, su novia es muy guapa, es guapísima...,

yo no he encontrado nunca otra más guapa. ¿He dicho algo? ¿Eh, eh? ¿He

dicho algo...?

El marquesito con la faz congestionada y los ojos un poco extraviados

hacía guiños maliciosos y metía su cara por la de Tristán.

--Usted me permitirá que le diga otra cosa, ¿verdad que me lo

permitirá...? Sí, sí, me lo permite usted... Pues bien, amigo Aldama,

usted es muy sabio, tiene mucho talento, pero ¿qué falta le hace a ella

el talento? ¿No le parece a usted?

--Yo no tengo talento, es usted demasiado amable--profirió Tristán

visiblemente molesto ya.

--Sí, sí; lo tiene usted..., pero don Tristán, es usted demasiado

tristón para ella... Esa niña merecía un marido más alegre..., así como

yo, por ejemplo...

Tristán o el pesimismo · 第 9 / 22 段