colonia de Madrid, entre éstas los duques del Real-Saludo y la marquesa
viuda del Lago. Era ésta una anciana de elevada estatura, los cabellos
enteramente blancos, la faz dolorida y los ojos imponentes, que sólo
adquirían una expresión dulce cuando se posaban sobre su niño (que así
llamaba siempre al joven marqués).
A este niño obeso, a este botón de oro (como también solía llamarle su
mamá) le estaba moviendo terrible guerra otro niño también rubio y
hermoso, el dios Cupido, por mediación de los preciosos ojos de la hija
de Escudero. Había acudido ésta a la fiesta con su padre. Doña Eugenia
no había podido venir por hallarse un poco indispuesta. No tendría nada
de extraño que esto fuese una disculpa y que el motivo real estuviera en
su invencible temor al contagio, porque nunca le habían satisfecho las
aptitudes antisépticas de los señores de Reynoso. Las aspiraciones
heráldicas de Araceli hallaron inmediatamente digno objetivo en la
persona del joven marqués. Araceli le dirigía las miradas más
incendiarias y explosivas de su variado repertorio, le adulaba, le
mimaba, le aturdía con el ruido de su charla insinuante, hacía, en suma,
esfuerzos prodigiosos por acapararle y hacerle suyo con exclusión del
resto de la sociedad. Pero el joven marqués no entendía lo que aquello
significaba, se aburría, y más de una vez se le escapó para preguntar a
Narciso Luna si no pensaba ir este año a Álava a cazar codornices y si
éstas eran tan gordas como las de Castilla, o bien se acercaba a Clara
para decirle que dentro de algunos días esperaba de Londres la carabina
que tenía encargada y que era una maravilla, al decir del amigo que allí
se la había comprado. Y en cada una de estas escapatorias se espaciaba
más de la cuenta, y Araceli no podía reprimir su impaciencia y daba con
el piececito en el suelo y clavaba miradas iracundas en los
interlocutores, y al fin se veía necesitada a acercarse ella también y,
como los toreros, echarle de nuevo el _capote_ y sacarle del sitio con
una _larga_ que no siempre daba resultados.
Las últimas escapatorias más que a ella molestaban aún a Tristán. No
podía ver al marquesito hablar con su novia sin sentirse acometido de un
furor ciego, irracional. Irracional, sí, porque no existía motivo alguno
para temer ni para sospechar que aquel niño pensase en sustituirle.
Existía en el fondo, no hay que dudarlo, un acuerdo entre las
naturalezas de ambos. Aquellos dos cuerpos vigorosos, aquellas dos almas
quietas, inocentes, debían comprenderse: esto lo advertía Tristán: de
ahí sus recelos, transformados presto en negras visiones por su
imaginación inquieta.
Tomado el café la sociedad juvenil se derramó por la finca. Los viejos y
las personas serias permanecieron sentados en torno de la mesa. Cerca de
la pequeña charca estaba la gran charca que se comunicaba con ella.
Merecía el nombre de laguna, si no de lago, pues no mediría menos de un
kilómetro de largo por medio de ancho. Estaba circundada por pequeñas
lomas cubiertas de jara y maleza, donde se albergaban las aves
acuáticas, emigradoras, que al cruzar de Norte a Sur o de Sur a Norte
descendían allí para reposarse y para ser tiroteadas por la gentil
hermana de Reynoso. Había comprado éste dos esquifes para surcarla y
pescar cuando le acomodase. A ellos se lanzaron los jóvenes con alegría
y hubo risas y choques y sustos, y si no hubo más que un remojón (el de
un señorito indígena que trató de lucirse a la salud de una de las niñas
del Real-Saludo y cayó al agua) fue porque Dios no quiso.
Mas al poco rato surgió entre la bulliciosa juventud el proyecto de
trasladarse al pueblo, hacer una excursión en borrico por los jardines
de la Herrería, salvar la pequeña sierra que los separa de Zarzalejo y
regresar desde este punto en el tren de las siete y media. No es posible
afirmar de un modo terminante de quién partió tan salvadora idea, aunque
no es aventurado el pensar que brotó en el cerebro malicioso de algún
joven madrileño de los que gustan pescar, no en laguna tranquila, sino
en río revuelto. Porque este género de excursiones es venero inagotable
de riqueza para los mocitos aprovechados. Pero es indudable que fue
acogida con entusiasmo y llevada a la práctica con energía y celeridad
pocas veces vistas. Enviose aviso al pueblo para que allí les esperase
una razonable cantidad de borriquitos, y en los coches de la casa y en
los que habían traído las personas que últimamente habían acudido se
trasladó no mucho después la dorada juventud a la gran plaza que hay
delante del Monasterio, punto inicial de la correría.
Elena quiso quedarse con las personas serias, pero su marido, que
conocía y adoraba su naturaleza infantil, la instó para que formase
parte de los excursionistas. Al mismo tiempo dio orden para que los
criados llevasen algunas vituallas para merendar. A todo atendía la
previsión eficaz y la cortesía llana y tranquila de aquel hombre
respetable. Clara, entusiasta de los ejercicios físicos y muy
especialmente de la equitación, insinuó a Tristán la idea de hacer el
viaje a caballo. Aceptó aquél, porque había aprendido este arte aunque
no lo practicaba mucho. Se puso ella un lindo traje de amazona y montó
en su caballo favorito, una jaca viva y revoltosa de miembros finos y
ojo ardiente. ¡Oh, qué gozoso espectáculo ver a aquella apuesta joven
brincar sobre ella, revolverla, agitarla, lanzarla, contenerla, ponerla
furiosa y calmarla a su talante!
--¡Lo dicho, Tristán!--le gritó Núñez desde el _landau_ abierto en que
iba--. No riñas nunca con Clara, porque preveo tu desaparición del
número de los cuerpos sólidos.
La joven sonrió dirigiendo una suave mirada amorosa a su prometido. Su
fisonomía, tan dulce, tan humilde, tan plácida, formaba contraste
singular con la figura arrogante y poderosa que el cielo la había
asignado.
Delante del Monasterio se les reunieron otros jóvenes de ambos sexos que
quisieron compartir con ellos los goces del paseo. Dejaron el pueblo y
entraron en los famosos y reales jardines, riendo, zumbando, chillando
como un bando de pájaros grandes que puso en suspensión y miedo a los
otros chicos que cantaban entre la fronda de los árboles. Pero el ave
guiadora, la abeja reina de aquel bando o enjambre era la esposa de
Reynoso. ¡Cuánto rió, cuánto chilló, cuántas travesuras hizo aquella
linda criatura! Gustavo Núñez no se apartaba de ella, sirviéndola de
espolique y fiel escudero, porque caminaba a pie como la mayoría de los
hombres, mientras las damas iban sentadas sobre los clásicos
borriquitos. Con audacia creciente el pintor cambiaba con ella palabras
y bromas no siempre respetuosas; la galanteaba y la requebraba
abiertamente, aunque disfrazando su insolencia con la burlona
excentricidad de que hacía gala. Elena, como un niño en asueto, marchaba
tan alegre, tan aturdida con la algazara, con sus propios gritos y
graciosas salidas, que no se daba cuenta apenas del galanteo de que era
objeto. Considerábalo como una de tantas bromas a propósito para
aumentar el regocijo de aquel viaje.
La hija de Escudero, persuadida al cabo de que al marquesito del Lago se
le paseaba el alma por el cuerpo y que no era más que un hermoso pedazo
de carne, enderezó sus tiros al primogénito de los duques del
Real-Saludo, Gonzalito. Este no era un pedazo de carne, sino más bien de
hueso. Unos decían que se hallaba en segundo grado de tisis, otros que
en tercero, y había también quien sostenía que sólo se hallaba en
primero. De todos modos, nadie dejaba de asignarle alguno de estos
grados confortables. Era un ser apacible y transparente o por lo menos
traslúcido, como si estuviera fabricado de porcelana de Sevres, que
vivía, sonreía y tosía. Araceli procuró acercar su borriquito al que él
montaba y no tardó en trabar animada conversación, todo lo animada que
permitía la extrema languidez de tan interesante joven. Como la mayor
parte de los seres débiles era Gonzalito Ruiz Díaz muy sensible al calor
y al frío, lo mismo en lo físico que en lo moral. Una atención afectuosa
le impresionaba y le conmovía; un pequeño desaire le martirizaba. Por
eso acogió con gratitud las muestras de cariñoso interés que Araceli
empezó a darle.
--Gonzalo, tenga usted cuidado con esa ramita que le va a dar en la
cara. No vaya usted tan a la orilla que ese animal puede resbalar y caer
en la cuneta. ¿Ve usted qué aire se ha levantado? ¿Por qué no alza usted
el cuello de la americana?
En poco tiempo la hija de Escudero ganó la confianza del primogénito del
Real-Saludo. No se pasó mucho más sin que hiciese su conquista.
Al llegar a la falda de las colinas que separan los jardines reales de
Zarzalejo y la vía férrea hay una fuente en paraje apacible y deleitoso.
Allí echó pie a tierra la caravana y se dispuso a descansar un rato y
luego a restaurarse con el contenido de las fiambreras. La juventud se
diseminó por los alrededores, que eran amenísimos, principalmente
siguiendo el cauce del arroyo que surtía la fuente, todo sombreado de
sauces y olmos.
Clara se prendió su larga falda de amazona y se internó con Tristán por
los bosquetes recogiendo florecitas silvestres y charlando de su casa y
de sus proyectos. No tardó en seguirles y unirse a ellos el marquesito
del Lago. Este pobre chico parecía estar dotado del don de la
importunidad, al menos en lo tocante a sus relaciones con los novios. A
Tristán le supo malísimamente aquella reunión y apenas pudo disimular su
disgusto. Clara, que se daba cuenta de ello, tampoco pudo menos de
turbarse y ponerse un poco encarnada. Siguieron el paseo hablando poco y
deteniéndose a cortar las florecillas más vistosas para hacer un
_bouquet_. El marquesito se entusiasmó en la busca y corría de un lado a
otro, saltando las zanjas y los arroyos, trepaba por las escarpas y se
pinchaba en los setos, fatigándose por traer alguna florecita rara y
vistosa.
--No se moleste más, Nanín, ya tengo bastantes--dijo Clara.
Nanín era el diminutivo de Fernando, con que nombraban cariñosamente al
joven marqués la familia y los amigos íntimos. Este diminutivo en los
labios de su prometida hacía daño a Tristán. Había estado muchas veces a
punto de decírselo; pero sólo ahora a impulsos del desabrimiento que
experimentaba se arrojó a hacerlo.
--¿Por qué le llamas Nanín?--le dijo con aspereza en voz baja.--Llámale
marqués o Fernando, pues que no es tu pariente ni tu amigo íntimo.
Clara le miró con asombro unos instantes y luego se encogió de hombros.
El marquesito vino gozoso a traerle una linda flor de un azul muy vivo.
--¡Esta sí que es hermosa! Hasta ahora no he hallado otra mejor.
Clara tomó la flor, pero en cuanto el marquesito volvió la espalda para
ir en busca de otras, Tristán se apoderó de ella y la dejó caer al
suelo. Vino poco después Nanín con una nueva y la entregó a Clara con
igual alegría, pero Tristán volvió a apoderarse de ella y, haciéndose el
distraído, la arrojó otra vez al suelo. Cuando al cabo de algunos
instantes llegó por tercera vez el marqués con una nueva ofrenda, no
pudo menos de advertir que sus lindas flores azules no estaban en las
manos de Clara. Entonces, sin darse cuenta cabal de lo que aquello
significaba, pero entendiendo vagamente, quedó un instante suspenso con
sus grandes ojos azules muy abiertos. Y ya no volvió a coger más flores.
Mientras tanto la condesa de Peñarrubia, sentada cerca de la fuente,
hacía las delicias de los excursionistas recitando con alta declamación
_La siesta_, de Zorrilla. Desde niña había adquirido fama de decir muy
bien los versos. En los salones suele haber señoras que cantan, y se las
aplaude; las hay que tocan el arpa, y a éstas también se las aplaude,
aunque no tanto; otras, por fin, bailan sevillanas, y éstas son, en
realidad, las que más entusiasmo inspiran y consiguen arrastrar los
corazones masculinos. Marcela Peñarrubia no pertenecía a ninguna de las
tres categorías. Su esfera de dominación no salía del noble recinto de
la poesía. Sus aristocráticas amigas sabían que nada lograba halagarla
más que pedirle el recitado de alguna composición romántica y se lo
pedían por darle gusto, aunque ellas no lo sintiesen muy vivo. Cómo
arraigaran tales aficiones románticas en una mujer que arrastraba una
vida prosaica con ribetes de escandalosa, entre aprietos y trampas, en
relación constante con las prenderas y las casas de préstamos, es lo que
cuesta trabajo explicar. Pero suelen ofrecerse en el mundo estos
singulares contrastes: basta recordar que durante la revolución
francesa, cuando funcionaba la guillotina sin descanso, se representaban
en los teatros de París los más suaves y tiernos idilios. De todos
modos, si la condesa de Peñarrubia tuviese una voz mejor timbrada y no
la ahuecase, si declamase con menos énfasis y le quitasen el acento
extremeño, no hay que dudar que sería una notable recitadora de versos.
Elena había comenzado a impacientarse por el galanteo asiduo de Gustavo
Núñez. Durante la merienda y en ocasión en que el pintor estaba sentado
a sus pies sirviéndole con rendido alarde había sorprendido entre las
dos niñas del Real-Saludo una mirada muy maliciosa seguida de una risa
más maliciosa aún. Quedose seria y mal impresionada y levantándose
bruscamente se reunió a otras personas. Poco después le acometieron
deseos de espaciarse por el campo y sin ser notada se apartó de los
excursionistas y se introdujo por el bosque adelante. Aunque la tarde
era calurosa, entre la espesura de aquella selva umbría se gozaba un
fresco delicioso. La naturaleza ejerció presto su influencia sedante. No
tardó en recobrar aquélla su inagotable alegría que tanto realzaba el
brillo divino de sus ojos.
Unos cabellos más dorados, unos dientes más menudos, unos ojos más
picarescos, un talle más esbelto, unos pies mejor torneados no se habían
presentado jamás en aquellos parajes solitarios. El bosque se estremeció
de júbilo, las flores se dieron prisa a exhalar de una vez sus aromas
más delicados, los pájaros agitados por tan celeste aparición se
deshacían en trinos y gorjeos sin perderla de vista, los árboles
inclinaban paternalmente su cabeza venerable en señal de aprobación.
Elena marchaba sonriendo a las flores, a los árboles, a los pájaros,
sonriéndose a sí misma que era más bella que todas estas cosas. Ahora se
detenía un instante, recogía del suelo una florecita, la tocaba, la
examinaba atentamente, la llevaba a la boca (¡oh venturosa florecita!),
ahora corría sobre el césped saltando como una cervatilla, ahora se
quedaba repentinamente inmóvil con el oído atento a la canción de un
pájaro que allá en lo alto de una rama al columbrarla y cerciorarse de
que se había parado a escucharle, convulso, enfervorizado, agotaba todo
el repertorio de sus arpegios y florituras en su honor. Pero he aquí que
al salir de uno de estos éxtasis idílicos y ponerse de nuevo en marcha
acierta a ver delante de sí... ¿Qué? ¿Qué es lo que había visto? ¿Por
qué se pone pálida como la cera y deja escapar de su garganta un grito?
Nada menos que la figura odiosa, espantable, bárbara del paisano
Barragán. En cualquier paraje de la tierra el rostro de este hombre era
muy apto para producir una impresión de espanto. En medio de un bosque
solitario no hay para qué encarecer lo que haría. Elena no había podido
acostumbrarse a mirarle y cuando necesitaba dirigirle la palabra lo
hacía bajando los ojos o volviendo la cabeza. Todas las seguridades que
su marido se complacía en darle acerca del carácter pacífico de aquel
hombre se desvanecían en cuanto le miraba a la cara. Estaba íntimamente
convencida de que un día u otro concluiría por asesinar a Germán o
secuestrarla a ella.
Este hombre terrible ¡quién lo diría! se hallaba completamente abstraído
recogiendo florecitas del suelo. Al oír el grito de Elena levantó la
cabeza y en sus labios sinuosos y amoratados se dibujó una sonrisa
feroz.
--¿Conque también se viene usted por aquí, Elenita? ¿Y no tiene usted
miedo a las fieras?
La esposa de Reynoso quedó inmóvil, petrificada, sin poder responder una
palabra. Hizo esfuerzos por sonreír, pero resultó una mueca.
--¡Oh! Aquí en estos bosques no hay peligro ninguno--prosiguió
Barragán--. Pero si usted caminase por algunos de América ya podría
usted ir con más cuidadito. A lo mejor salta el tigre o se tropieza con
los bandidos...
Barragán al proferir estas palabras dio un paso hacia Elena. Esta se
puso más pálida aún y sin saber lo que decía con voz alterada exclamó:
--¡Haga usted el favor!
--¿Qué? ¿La he asustado con mis palabras, verdad?--dijo sonriendo de
nuevo más pavorosamente, sin presumir el pobre hombre que no eran sus
palabras sino su rostro lo que la asustaba--. Aquí no hay peligro
ninguno. Ni en estos sitios se crían fieras ni hay temor de bandidos.
Está muy bien guardadito esto.
Y dio otro paso hacia ella. Elena volvió a exclamar con acento más
afligido:
--¡Haga usted el favor!
Y volviendo repentinamente la cabeza se puso a gritar desesperadamente:
--¡Tristán! ¡Clara! ¡Tristán! ¡Nanín!
El buen Barragán quedó asustado de aquel susto y acercándose más exclamó
con dulzura:
--¡No tenga usted miedo, Elenita! ¡Si estoy aquí yo! Además, esto está
muy bien guardado.
--¡Clara! ¡Tristán! ¡Nanín!
--¡Pero, Elenita, si estoy aquí yo!
Felizmente para Barragán, no tanto para Elena, se presentó allí Gustavo
Núñez que la había seguido los pasos. Recobró aquélla la calma y
disimulando la causa de su turbación para no herir al amigo de su
marido, contó que había visto un bicho negro y largo, así como una
serpiente. Barragán y Núñez se pusieron a buscar, pero, es natural, no
dieron con él.
Cuando de nuevo se unieron a los excursionistas, Elena, arrastrada por
su humor alegre y travieso, hizo a Núñez la confianza de decirle la
verdad. El pintor se desternillaba de risa y no dejó de hacer
comentarios muy sabrosos, consiguiendo con ello ponerla de buen humor.
En realidad, Barragán había logrado interesarle mucho desde que le
viera. Decía que si pintase su retrato y lo presentara en la Exposición
sería el éxito más grande de la temporada.
Pero se llegaba la hora de emprender nuevamente la marcha. Era necesario
salvar aquellas colinas cubiertas de árboles, luego una pequeña sierra y
llegar a Zarzalejo antes de las siete y media. Todo fue ruido, júbilo y
algazara antes que las damas se acomodasen en sus borriquitos. Los
jóvenes se apresuraron a ayudarlas; pero lo hicieron con tal ardor que
no lograban más que asustarlas y ponerlas nerviosas. Hubo en tan
memorable ocasión un verdadero derroche de rubor, de gritos, de risas
maliciosas y de frases más o menos felices.
Gustavo Núñez, en su calidad de escudero de la señora de Reynoso, hizo
lo posible por llenar a conciencia su cometido. Pero cuando la bella
dama se hallaba ya sentada en su cabalgadura, tuvo el insolente la
audacia increíble de pellizcarla una pierna. Elena, arrebatada de
cólera, le dio un puntapié en el rostro con tal ímpetu que el pintor
vaciló y estuvo a punto de caer. Se llevó la mano a la cara y se le
declaró una violenta hemorragia por la nariz.
--¿Qué es eso? ¿qué es eso?--dijeron varios acudiendo en su auxilio.
--Nada, que al bajarme el borriquito de la señora alzó la cabeza y me
dio un golpe en la nariz--tuvo la habilidad de decir.
Después fue a lavarse al arroyo y mientras los demás mostraban su
disgusto con frases de compasión, él las hacía jocosas.
--No dirán ustedes ahora que en esta ocasión no ha llegado la sangre al
río, porque ha llegado... o por lo menos al arroyo.
Mientras tanto Elena, con la hermosa frente fruncida y un poco pálida,
le miraba aún con ojos centelleantes de ira. Gracias a que los demás
estaban vueltos al pintor, no se observó su actitud que hubiera hecho
sospechar la verdad.
A pesar de todo, Núñez, siempre audaz, quiso de nuevo acercarse a ella,
pero se vio inmediatamente defraudado, porque la dama no volvió a
separarse un instante de la condesa de Peñarrubia, con quien trabó
conversación animada. Esta le había propuesto tutearse: entre jóvenes no
hay nada más grato ni que inspire más confianza.
Por espacio de media hora caminaron entre árboles con todas las
molestias y todos los goces que esto produce. Al cabo salieron al
descubierto atravesando una sierra pelada. Algunos rebaños de cabras
pastaban la poca yerba que crecía en las hendiduras de las peñas.
Hicieron un alto, y algunos bebieron leche que los pastores ordeñaron a
su vista. Poco después llegaron a lo más encumbrado, dando vista a
Zarzalejo. Desde aquel sitio elevado se divisaba la gran llanura
ondulante que se extiende delante del Escorial. Monte bajo, mieses,
rocas peladas, todo formaba un conjunto armónico debajo del hermoso sol
radiante que descendía ya majestuosamente escoltado de nubes rojas. Y en
medio de aquella llanura la gran charca del Sotillo parecía una pequeña
mancha de plata.
La bajada fue rápida. Llegaron a la estación de Zarzalejo poco antes de
la hora señalada, pero aún el sol no se había puesto porque estábamos en
los días más largos del año. Clara y Tristán sintieron deseo de
proseguir el viaje a caballo y ganar el Sotillo al través de las trochas
que surcan las llanuras. Estaban seguros de llegar allá antes que Elena.
Consultaron con ésta el caso, y teniendo en cuenta lo próximo que se
hallaba su matrimonio, la joven señora no tuvo inconveniente en darles
permiso para hacerlo.
Llegó el tren. Un minuto de parada. Dejaron las cabalgaduras en poder de
los mozos y se abalanzaron a los coches, produciendo disturbios y
curiosidad en los viajeros que no contaban con la novedad de aquella
numerosa caravana.
Gustavo Núñez, cada vez más terco e insolente, quiso sentarse al lado de
Elena, pero no logró más que experimentar un claro y doloroso desaire.
La joven se alzó instantáneamente de su asiento.
--A ver, Gonzalito, déjeme usted ese sitio; quiero estar al lado de
Araceli.
El pintor se mordió los labios de coraje. Cuando pocos minutos después
llegaron al Escorial estaban allí esperándolos Reynoso y casi todos los
invitados que habían asistido a la fiesta. Los que habitaban en el
pueblo se apearon del tren; los que vivían en Madrid se quedaron en él,
uniéndose a ellos los que como Cirilo y Visita no habían participado de
la excursión. Despedidas, besos, plácemes, risas, gritos y promesas.
Silba la máquina. ¡Adiós, adiós!
Elena se agarró fuerte y afectadamente al brazo de su marido en cuanto
se bajó del tren y no volvió a soltarlo. Gustavo Núñez asomado a la
ventanilla les vio alejarse en esta forma para montar en el landau que
les aguardaba. En los ojos expresivos del pintor se pintaban al mismo
tiempo diversos sentimientos; la cólera, el deseo, la amenaza, la burla.
Mientras tanto Clara y Tristán caminaban en amor y compaña la vuelta del
Sotillo a campo traviesa. Dejando los caballos al paso conversaban
animadamente. A solas con su amada, Tristán recuperó la tranquilidad que
la presencia del marquesito del Lago turbaba y se dejó arrastrar
dulcemente a una alegría que muy contadas veces había disfrutado.
--¿Quieres que pongamos los caballos al trote?--dijo Clara que veía con
cierta inquietud acercarse rápidamente el sol a la tierra.
--¿Para qué? Tiempo tendremos a galopar un poco cuando el sol se
ponga--dijo él.
Y paseando sus ojos con admiración y arrobo por la campiña exclamó con
acento recogido:
--¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso está esto! ¡Qué deliciosa naturaleza!