la Bombilla. Antes de entrar en el gabinete que les tenían reservado
dieron orden para que sirviesen también de almorzar al cochero. Pasaron
después, y en un comedorcito agradable con vistas al río hicieron los
honores al almuerzo, cuyos platos habían de antemano elegido. El paseo,
el aire puro les había despertado el apetito. Visita bebió un poco más
de lo ordinario y se quedó traspuesta algunos instantes en un sofá,
mientras su marido leía el periódico que había enviado a comprar.
--¡Ea, ahora con la música a otra parte!--exclamó al cabo la ciega
levantándose y sacudiendo la pereza.
--¿A qué parte?--preguntó Cirilo riendo.
--Adonde la proporcionan mejor en Madrid; al circo del Príncipe Alfonso.
Y así se verificó rápidamente. Oyeron el concierto que en las tardes
dominicales de primavera allí se celebraba y ya de noche se restituyeron
a su casa, no sin haber dado antes una vuelta por la confitería para
comprar los postres de la comida.
--¡Buen día...! ¡Superior, hija, superior!--exclamaba Cirilo después de
comer, reclinado cómodamente en una butaca y saboreando una taza de café
al par que chupaba un fragante tabaco de la caja que el día antes le
había regalado Reynoso.
--¿Te has divertido? ¿Has estado a gusto con tu mujercita?--le respondía
Visita, que también tomaba café sentada a su lado en una sillita baja.
--Con mi mujercita estaría yo a gusto aunque viviese en una zahurda
comiendo berzas y pan negro.
Y al mismo tiempo se inclinó para besar sus cabellos. Hubo una larga
pausa en que ambos parecían paladear su dicha enternecidos.
--¿Sabes lo que estoy pensando?--profirió ella al cabo buscando a
tientas su mano y apretándola tiernamente--. Pues pienso que si yo no
fuese ciega no te querría tanto como te quiero... y me parece que tú
tampoco me querrías a mí de este modo. Por tanto que no seríamos tan
felices.
--Quizá sea como piensas--repuso él inclinándose otra vez para
besarla--. Pero daría la vida por que recobrases la vista.
--Y estoy pensando también que el invierno próximo lo vamos a pasar aún
mejor que este, porque tendremos en Madrid a don Germán y a Elena, y más
cerca aún de nosotros a Clara y Tristán... Ya ves, vienen a vivir a
cuatro pasos de aquí, en la calle del Arenal. Todas las noches al teatro
es monótono y además costoso: algunas iremos a su casa, o vendrán ellos
a la nuestra. ¿Qué gusto, verdad? ¡Qué tertulitas íntimas, agradables,
vamos a tener aquí los cuatro!
En aquel instante sonó el timbre de la puerta y la doncella se presentó
anunciando al señorito Tristán. Este apareció detrás de ella. La faz de
Cirilo y la de Visita se iluminaron con una sonrisa de alegría. La de
aquél se apagó, sin embargo, al observar el rostro serio y contraído del
joven.
--Buenas noches.
Al oír el saludo, la sonrisa de Visita también se apagó: su fino oído de
ciega había notado algo extraño en el timbre de la voz.
Después de preguntarse por la salud y de unas cuantas frases
superficiales, Tristán abordó con premura, pero en tono afectadamente
sosegado, la magna cuestión que allí le conducía.
--El objeto que me trae a estas horas (aparte del placer que siempre
tengo en verles y en departir con ustedes) es un poco raro, un poco
molesto... acaso también un poco ridículo... Pero en fin, en este mundo
no es todo corriente y agradable por desgracia: alguna vez hay que tocar
también en lo molesto y en lo ridículo, y a mí me llega el turno a la
hora presente. Desearía obtener de su amabilidad me dijese si en el
tiempo que llevamos de relación amistosa he incurrido en su desagrado
por alguna acción o por alguna omisión que les haya molestado, si han
observado ustedes en mí algo que no estuviese de acuerdo con una franca
y leal amistad, o bien si inadvertidamente creen ustedes que les
ocasioné algún perjuicio.
Cirilo y Visita permanecieron mudos, estupefactos ante aquel extraño
discurso.
--Deseo saber--repitió al cabo de un instante, recalcando más las
palabras--, si en el curso que hasta ahora ha seguido nuestra amistad
tienen ustedes algún motivo de queja contra mí.
--Me parece ociosa la pregunta, Tristán--manifestó Cirilo
recobrándose--. Demasiado sabe usted que nunca nos ha dado motivos para
otra cosa que para estimarle en lo mucho que vale y considerarle como
uno de nuestros buenos y cariñosos amigos.
--¿Tampoco les he ocasionado perjuicio alguno de un modo indirecto, esto
es, sin darme cuenta de ello?
--Absolutamente ninguno que yo sepa.
--Está bien... ¿Entonces por qué conspiran ustedes contra mí y me hacen
la guerra?
--¿Conspirar contra usted...? ¿Hacerle la guerra?
--Sí. ¿Por qué me hieren en la sombra y trabajan cautelosamente a fin de
desbaratar mi próximo matrimonio?
--¿Qué está usted diciendo?
--Comprendo perfectamente--profirió Tristán sin querer hacerse cargo del
asombro de Cirilo--que el afecto que les liga a sus parientes los
señores de Reynoso (por más que el parentesco sea lejano) les haga ver
el matrimonio de Clara poco ventajoso y apetecer para ella otro de más
relieve. Comprendo igualmente que mi persona les inspire una secreta
antipatía... que les hastíe, que les cargue. Eso pasa no pocas veces con
aquellas personas que las circunstancias nos imponen la obligación de
tratar... Lo que no puedo comprender es que hayan aguardado a última
hora para hacer a Clara el favor de proporcionarle un enlace más ilustre
o para mostrarme a mí su hostilidad... Bien es cierto--añadió con amarga
ironía--que _lo que está arreglado se desarregla y lo que está hecho se
deshace_.
--Permítame usted que le diga, amigo Tristán, que no entiendo lo que
usted quiere decir ni aun el paso que usted acaba de dar visitándonos en
esta forma brusca y desusada... es decir, sí veo que está usted irritado
y que juzga que nosotros le hemos hecho algún agravio en lo que se
refiere a su próximo matrimonio, pero por más que discurro no sé dónde
está ese agravio. Lo mismo Visita que yo nos hallamos tan contentos y
nos parece tan bien esa boda que precisamente en este momento hablábamos
de ella con alegría y nos felicitábamos de que...
--¡Bien, bien, dejemos eso!--exclamó Tristán con aspereza. Aquellas
palabras le parecían el colmo de la hipocresía y de la impudencia.--No
necesito decir a usted que la alegría o la tristeza de ustedes en lo que
a mi boda se refiere, aunque en sí mismas tengan mucha importancia, para
mí la tienen secundaria. Puedo casarme o permanecer soltero y vivir bien
o mal y ser feliz o desgraciado sin que en ninguna de estas cosas
influya de un modo decisivo la alegría o la tristeza de ustedes... Pero
si no influyen sus sentimientos pueden influir las acciones. Todos
estamos expuestos en la vida a tristes desengaños, a las asechanzas de
nuestros enemigos... y a la traición de nuestros amigos.
--¡Vea usted lo que está diciendo, señor Aldama!--profirió Cirilo
perdiendo la paciencia e incorporándose en la butaca--. Considere usted
que con esas reticencias me está usted ofendiendo y que yo no le he
dado motivo alguno para ello.
--«Lo que está arreglado se desarregla y lo que está hecho se
deshace»--repitió Tristán sonriendo sarcásticamente--. Hasta ahora nada
le he dicho ofensivo... No ha sido más que la queja de quien se siente
herido. Pero no respondo de que más tarde no pueda decirle algo que le
moleste de veras.
--¡Pues entonces cortemos inmediatamente esta conversación!--exclamó
Cirilo apoyándose con mano crispada sobre la mesa para levantarse--.
Considero a usted un hombre de honor y sé que se arrepentiría de haber
ofendido a quien carece de medios para pedirla reparación de la ofensa.
Visita se había puesto en pie también vivamente y Tristán hizo lo mismo.
--Tampoco es noble ampararse de su debilidad para dar rienda suelta a
rencores injustificados y hacer daño a quien nunca se lo ha hecho a
usted.
--Repito que no se me ha pasado por la imaginación jamás ocasionar a
usted daño alguno y que sólo un chisme de algún malintencionado pudo
hacérselo creer y ponerle tan obcecado.
--¡Obcecado! ¡obcecado!--exclamó Tristán con voz enronquecida ya por la
ira--. No hay chismes, no hay malintencionados. Yo no puedo creer que
tengan mala intención ni pretendan engañarme mis propios oídos. A la
postre todo se descubre. Para quien no procede con lealtad el mundo es
transparente. A hacérselo ver es a lo único a que he venido a aquí, o lo
que es igual a decirles a ustedes que ya no me engañan y que desprecio
como merecen sus falsos testimonios de amistad... Ahora queden ustedes
con Dios. Me han declarado la guerra... Está bien, lucharemos.
Lucharemos sí; ustedes en la sombra; yo cara a cara y a la luz del día.
Buenas noches.
Y tomando el sombrero que tenía sobre una silla se lo encasquetó
violentamente y salió como un huracán de la estancia.
Visita, cuyo estupor le había impedido pronunciar una palabra en esta
breve escena, se dejó caer de nuevo en la silla y rompió a llorar.
--¡Dios mío, un día tan feliz como habíamos pasado!
Cirilo se pasó la mano por la frente y respondió con amargura:
--Ya ves, querida, que ningún día puede llamarse feliz hasta que suenan
las doce de la noche.
IX
UN TROPEZÓN DE GUSTAVO NÚÑEZ Y OTRO DE SU AMIGO TRISTÁN
Al día siguiente recibió Tristán una carta de Cirilo. En términos dignos
le hacía presente que si su enojo procedía de ciertas palabras que con
insistencia había repetido en la conversación habida la noche anterior,
_lo que está arreglado se desarregla y lo que está hecho se deshace_,
Visita recordaba en efecto haberlas pronunciado hablando con el marqués
del Lago. Estas palabras se referían al proyecto que tenía la marquesa
de abandonar a Madrid para irse a vivir con su hijo a sus posesiones de
Extremadura. El citado marqués del Lago podía dar testimonio de ello si
fuese interrogado.
Tristán ya estaba arrepentido de su violencia. Aunque la carta no
disipase enteramente sus dudas, le hizo pensar que pudiera haber
incurrido en un error. Por otra parte comprendía el daño que tal
precipitación podía ocasionarle en el ánimo de la familia Reynoso.
Respondió a Cirilo dándole excusas y rogándole guardase reserva de lo
ocurrido.
Llegó el día del aniversario del matrimonio de los Reynoso, que siempre
se celebraba con alegría. Sólo el segundo año dejó de hacerse por estar
reciente el fallecimiento de doña Dámasa, madre de Elena. Tristán
cumplió su compromiso llevando al Sotillo a su amigo Núñez, previamente
anunciado hacía tiempo. Clara lo recibió con toda la expansión de que
era capaz su carácter circunspecto. Se trataba de un amigo íntimo del
elegido de su corazón y se esforzó en mostrarse locuaz y afectuosa.
Elena, en cambio, prevenida contra él, lo acogió con toda la gravedad de
que era susceptible su temperamento infantil y bullicioso. De suerte que
equilibrándose por el esfuerzo ambas naturalezas vinieron a producir
resultados análogos. Mas no se pasó mucho tiempo sin que la distinta
condición de ambas recobrase sus derechos. La charla viva, irónica,
chispeante de Núñez empezó a causar secreta alegría a la gentil señora
de Reynoso; su rostro serio comenzó a iluminarse y no tardó su linda
boca en estallar en carcajadas ruidosas celebrando los donaires casi
siempre maliciosos del pintor. En cambio en el dulce y grave semblante
de Clara no tardó en señalarse la inquietud y el tedio que tanta charla
frívola, tanta frase picante le producían.
Reynoso había hecho colocar la mesa para almorzar en una isleta que
había en el centro de una de las dos charcas que en la gran finca
adquirida por él y agregada al Sotillo existían. Era la más pequeña y
estaba casi siempre vacía, y crecían en ella bosquetes de juncos y
cantaban las ranas. Los frailes, a quienes la mansión perteneciera en la
antigüedad, habían hecho construir para su recreo sobre esta isleta un
gran cenador formado de columnas de granito a modo de templete griego.
Estaban las columnas en pie, pero el techo había desaparecido. Don
Germán, que tenía instinto artístico, no quiso restaurar ninguna de las
ruinas que la pesadumbre del tiempo había causado en las construcciones
de los frailes y todos los hombres de gusto se lo aplaudían. Los restos
de la abadía, de la iglesia, de los cenadores y los muros estaban
cubiertos de maleza y exhalaban la dulce melancolía de las cosas
pasadas. Para llegar a la isleta del cenador había un puente de piedra
de fábrica suntuosa como todas las demás antiguas construcciones, pero
igualmente deteriorado; el piso, formado por grandes bloques de granito,
alguno de los cuales se había desprendido. En torno de la derruida
columnata crecían algunas acacias y todo lo demás invadido por la yerba
y la maleza.
Formaba extraño contraste la gran mesa adornada al gusto moderno, la
vajilla resplandeciente, los criados de frac, con la tristeza y
desolación de aquellas ruinas. Núñez lo encontró original en alto grado
y felicitó calurosamente a Elena por más que no había partido de ésta la
idea. Sentáronse a la mesa a más de la familia, de Tristán y Núñez,
Cirilo y Visita, el marquesito del Lago, su hermana la condesa de
Peñarrubia que se hallaba pasando unos días en el Escorial con su madre,
Escudero y su hija Araceli, Narciso Luna, muy popular en el mundo
elegante y disipado de Madrid, amigo íntimo de la condesa de Peñarrubia,
Gonzalito Ruiz Díaz, primogénito de los duques del Real-Saludo que
pertenecían también a la colonia veraniega del Escorial y habitaban en
un suntuoso hotel de su propiedad, dos hermanas de éste amigas de Clara
y de la edad de ella aproximadamente, el farmacéutico Vilches, primo
hermano de Elena, con su señora, el paisano Barragán y otros pocos
invitados más hasta el número de treinta.
El gasto de la conversación hiciéronlo Tristán, Gustavo Núñez, la
condesa de Peñarrubia y Narciso Luna. Los tres últimos se conocían y se
trataban íntimamente, y Gustavo y Narciso se tuteaban como socios
asiduos de la Peña. Aquél era ingenioso y culto como ya sabemos; éste un
hombre vulgar que suplía a menudo el ingenio con la desvergüenza.
Imposible saber los años que tenía: lo mismo podía ser un joven de
treinta años envejecido que un anciano de sesenta remozado: el rostro
bastante arrugado, pero ninguna cana en la barba ni en los cabellos, de
suerte que a primera vista hacía el efecto de llevarlos teñidos; la voz
tomada y el aspecto crapuloso.
--Hace un sin fin de tiempo que no veo ningún cuadro de usted,
Núñez--dijo la condesa de Peñarrubia dirigiéndose al laureado pintor.
--¡Oh cielos! ¿También usted, condesa?--exclamó aquél con aspaviento
cómico de susto.
--¿Qué quiere usted decir?--replicó sonriente la dama.
--Quiero decir que me pareció usted una persona segura tratándose de
ese género de terribles inquisiciones... Pero veo que no lo es usted...
La pregunta que acaba de hacerme es mi sombra negra, es mi castigo. No
voy a ninguna parte que no resuene en mis oídos... Salgo de casa por la
mañana, doy unos cuantos pasos y me encuentro con un señor mi conocido
que me estrecha la mano efusivamente. Al cabo de un instante se echa un
poco hacia atrás y exclama con acento rudo y campechano:--¡Hombre, hace
muchísimo tiempo que no veo ningún cuadro de usted!--El año pasado pinté
uno para la Exposición de Bellas Artes--contesto.--¿Y desde el año
pasado no ha pintado usted ningún otro?--No, señor.--Pero lo estará
usted pintando.--Tampoco... La fisonomía de aquel señor, mi conocido, se
contrae; sus ojos adquieren una expresión severa que me infunde tristeza
y pavor.--¿Y entonces qué se hace usted?--No sé qué responder, vacilo y
tiemblo.
La condesa soltó una carcajada, dejando ver el oro de algunos de sus
dientes empastados.
--Me arrepiento y pido perdón humildemente. Tiene usted razón; no hay
nada más estúpido que fiscalizar el trabajo de los artistas. Alegrémonos
del resultado de sus esfuerzos cuando nos lo ofrecen y no les persigamos
con nuestras prisas.
La de Peñarrubia frisaba ya, como sabemos, en los cuarenta. Fisonomía
bastante ajada, aunque no desprovista de belleza; pintado el rostro y
teñidos de rubio los cabellos.
--El predominio de las ideas utilitarias en nuestra sociedad--dijo
Tristán--, la fiebre de progreso, el interés social sustituido a la
felicidad individual tiende a convertir el hombre en máquina. Una vez
determinada su función en virtud de la división del trabajo se le exige
un esfuerzo sin tregua. El industrial debe ocuparse noche y día en la
fabricación de sus productos, el militar no debe perder de vista jamás
la espada, el abogado no debe pasar un día sin pronunciar su discurso,
el minero allá en su pozo arrancará noche y día el metal del seno de la
tierra y el poeta en su gabinete compondrá desde que Dios amanezca odas,
elegías y epitalamios.
--Pero amigo Tristán--repuso la condesa--, he oído decir que el que
trabaja es el único hombre feliz.
--Cierto; eso es lo que se dice. En la imposibilidad de emanciparse del
trabajo los hombres han convenido de algún tiempo a esta parte en que no
es una pena, como se dice en la Biblia, sino un goce. Y razonan del modo
siguiente: «Si no trabajásemos nos aburriríamos. Luego el trabajo no es
una maldición, sino una bendición.» La conclusión no es legítima, como a
primera vista se observa. Lo único que se puede afirmar es que el
aburrimiento significa para nosotros una pena mayor que la del trabajo.
--Pues yo no me aburro jamás sino cuando estoy acatarrado y el médico me
obliga a sudar en la cama--dijo Narciso Luna: y la frase fue celebrada
por su amiga la de Peñarrubia.
--Llámese usted un hombre excepcional--dijo Tristán dirigiéndole una
mirada de desdén--, porque la vida, para la casi totalidad de los
humanos, oscila siempre entre la pena y el aburrimiento. Cuando no nos
domina el tedio nos hallamos en plena catástrofe.
--Con tu permiso, querido Tristán--manifestó Núñez--, para mí el mundo
es una comedia muy interesante. El único defecto que la encuentro es que
decae un poco al final... del espectador.
--Para entonces también hay ciertos recursos--apuntó Narciso Luna
dirigiendo una mirada amorosa a la condesa.--Mientras uno es joven una
mujer de veinticinco años le hace feliz. Cuando lleguemos a viejos acaso
una botella de Jerez de igual edad nos haga el mismo efecto.
--Pero oye tú--dijo una de las chicas del Real-Saludo al oído de su
hermana--, ¿Narciso Luna es joven?
--Naturalmente--respondió la otra--. ¿No has oído que Marcela Peñarrubia
tiene veinticinco años?
A las dos les acometió una risa tan loca que los ojos de todos se
volvieron hacia ellas. La de Peñarrubia, que sospechó que ella era la
causa, les clavó una larga y fría mirada. Pero las chicas no podían
reprimirse... ¡no podían...! ¡vamos, que no podían!
--Pues yo, con tu permiso también, querido Gustavo--manifestó Tristán
adoptando el mismo tono jocoso--, no pienso que la vida sea una comedia
interesante. Me parece que es o una tragedia espeluznante o un sainete
no siempre gracioso. En el primer caso debemos retirarnos temprano del
teatro. Las emociones fuertes turban la digestión. En el segundo debemos
esforzarnos por reír... siquiera para no perder el dinero de la
localidad.
--¿Y nuestro anfitrión, el hombre cuya unión feliz celebramos hoy, qué
piensa de la vida?--dijo la de Peñarrubia dirigiéndose a Reynoso.
--Como he tenido que luchar con ella casi desde niño la respeto y la
honro como hacen los viejos combatientes. En general sólo hablan mal de
la vida aquellos a quienes se les muestra amiga desde los comienzos de
su carrera. ¿Será que los hombres nacemos todos con un hueco destinado a
los disgustos y que cuando se vacia no sosegamos hasta que logramos otra
vez llenarlo? No lo sé, pero estoy persuadido de que apenas hay ningún
hombre a quien Dios no haya proporcionado en algún momento de su vida
los medios necesarios para una existencia segura y tranquila, pero son
muy pocos los que saben aprovecharlos. Nos entregan los vientos
encerrados en un odre como el rey Eolo a Ulises: pudiéramos caminar por
la vida sin fuertes tropiezos y llegar a la muerte sin graves desazones;
pero nuestro egoísmo, nuestra imprudencia o nuestra curiosidad nos
excita a desatar el odre. Entonces los vientos se precipitan fuera y nos
arrastran al través de mil desgracias y conflictos.
Tristán se creyó aludido por estas palabras, y poniéndose serio, dijo
con seguridad impertinente:
--Todos los hombres de espíritu elevado llevan dentro de sí un gran
fondo de melancolía. Las circunstancias hacen que este fondo se
manifieste de un modo o de otro. Cuando el hombre tropieza con serios
obstáculos, la envidia, la calumnia, la hipocresía o la miseria, se
ostenta de un modo violento y trágico unas veces, otras de suave
resignación o de amarga ironía. Cuando por un conjunto de circunstancias
felices no tropieza en su vida con obstáculos serios este fondo no se
produce y de ahí que se crea que no existe. Es un error. Existe siempre,
porque esta melancolía es la medula misma de la existencia.
--En buen hora que sean melancólicos los hombres de espíritu
elevado--dijo Reynoso--y que la alegría sea patrimonio de los que no
alcanzamos ciertas alturas. Pero creo que tenemos derecho a pedirles que
no turben con su hipocondría nuestra vulgar existencia, que no nos agüen
la fiesta.
Aunque pronunciadas estas palabras en tono jocoso, Elena, que conocía
bien a su marido, descubrió en la inflexión de la voz un poco de cólera.
En efecto, don Germán estaba enterado de la escena de Tristán con su
amigo y pariente Cirilo. Visita se la había contado _en secreto_ a Elena
y ésta también _en secreto_ a él. Con tal motivo nuestro caballero
empezó a sentirse inquieto por la suerte de su hermana. Si no fuera por
el amor entrañable, frenético, que ésta profesaba a su prometido quizá
hubiera pensado en desbaratar su unión. Elena se apresuró a cortar la
conversación.
--¡Ea, basta de filosofías!--exclamó con acento mimoso--. Yo soy la
obsequiada en este día y nadie se ocupa de mí para nada. Si no fuese por
Núñez, creo que me hubiera muerto ya de hambre y de sed.
El pintor, que como nuevo huésped se sentaba en el puesto de honor a su
derecha, la envolvió efectivamente en una red de atenciones delicadas.
No tardó en pasar a las galanterías. Antes de terminarse el almuerzo le
estaba haciendo la corte descaradamente. Pero con todo eso atendía a la
plática y no perdía la ocasión de mostrarse ingenioso, incisivo y
dominar a los demás por su donaire. Abandonada la filosofía, se había
entrado en el terreno de las personalidades. Se trajo a cuento los
defectos, las manías y ridiculeces de las personas conocidas de la alta
sociedad. Núñez supo excitar la risa a su costa de tal manera unas
veces, otras meter el bisturí tan adentro en las carnes de los
desgraciados ausentes, que aparecían sus pobres entrañas palpitantes a
la vista de los regocijados comensales.
Clara estaba horrorizada de aquella murmuración insolente, de tanta hiel
y tanta injuria. Hubo un instante en que no pudo más y encarándose
repentinamente con el pintor le dijo sonriendo, pero en tono resuelto:
--Señor Núñez, hace ya bastante tiempo que se está usted cebando en los
defectos de los otros, de los que están ausentes. ¿Acaso los que estamos
aquí no tenemos ninguno? ¿Por qué no los saca usted a relucir y los
castiga con la gracia que le caracteriza? Eso estaría mejor hecho.
Núñez quedó suspenso y acortado ante aquel exabrupto, pero reponiéndose
instantáneamente replicó:
--Porque eso, señorita, sería una insolencia.
--¿Y el burlarse de los que están ausentes qué es?--replicó Clara.
--Lo que usted quiera. Me entrego a las severas pero bellas manos de
usted y sólo le pido que no me haga demasiado daño--dijo Núñez con
galantería un poco irónica.
Tristán, que se hallaba sentado al lado de su prometida, la reprendió
por lo bajo aquella descortesía con un amigo suyo que por primera vez
venía a la casa; pero ella, tan dócil generalmente a sus observaciones y
hasta a sus reprensiones, esta vez se mantuvo firme. De todos modos, la
píldora hizo su efecto: cortose la murmuración y se habló de asuntos más
inocentes.