preguntarlo, porque en medio de ese páramo, el Sotillo viene a ser un
jardincito abrigado y delicioso... Y a propósito, ¿cuándo me llevas al
Sotillo?
Hacía ya algún tiempo que Núñez le venía instando para que le llevase a
ver la posesión de su futuro cuñado, de la cual se hacían lenguas en
Madrid. Tristán, prometiendo hacerlo, dilataba la presentación por
cierto vago recelo que en momento ni ocasión alguna podía desechar de
si. Por esto y aún más porque el nombre del _Sotillo_ le trajo de nuevo
a la imaginación la intriga indigna tramada contra él, su semblante
volvió a obscurecerse. Núñez no reparó o no quiso reparar en ello y le
apretó con su desenfado habitual para que le señalase día. Tristán al
cabo se vio obligado a fijar uno de la próxima semana en que por
celebrarse el aniversario del matrimonio de sus futuros cuñados había
allí otros invitados.
--¿Y qué tal? Esa linda joven del Escorial ¿está conforme con tu cuñado?
--¿Qué quieres decir?--repuso con gravedad Tristán.
--Si está conforme con él en las cosas temporales y en las espirituales.
El joven se sintió herido por aquella desvergonzada pregunta y replicó
secamente:
--No hay otro matrimonio más feliz sobre la tierra.
--Me alegro... me alegro que no discutan... Ella es una hermosa mujer,
un ejemplar admirable de nereida... Quisiera hacer su retrato desnuda,
saliendo del agua...
Pero viendo que Tristán se ponía cada vez más hosco cambió de
conversación.
--¿Sabes tú? Hace poco, cuando venía hacia aquí, tropecé en la carrera
de San Jerónimo a tu amigo Morel. Me para y me pregunta, mientras se
dibuja en sus labios una sonrisa de lástima: «¿Ha leído usted el libro
de Sánchez Abellán...? ¡Qué extravagancia! ¡Qué majadería! Imposible
llegar más allá en el arte de disparatar. Es la obra de un idiota o de
un loco.» Y las carcajadas fluían de su boca y tenía que apoyarse en la
pared para no caer de risa. Sigo caminando y unos cuantos pasos más
allá, al dar vuelta a la calle del Príncipe, encuentro al mismo Sánchez
Abellán. Nos saludamos, cambiamos algunas palabras, y de buenas a
primeras, sonriendo mefistofélicamente, me pregunta: «¿Ha leído usted
los últimos artículos de Morel en _El Noticiero_...? ¡Prodigioso...!
¡Enorme...! Léalos usted si quiere pasar un buen rato... Indudablemente
ese hombre es un loco o un idiota.» Los dos habían empleado iguales
calificativos. ¿No tiene gracia?
--Para mí no tiene ninguna--dijo Tristán malhumorado.
Núñez le miró un momento con curiosidad burlona y repuso tranquilamente:
--Consiste en que ese molino que tienes en el cerebro no tritura más que
cosas negras. Pero el mío muele rico trigo candeal y produce harina
blanca superior... Vamos a ver, ¿no es una satisfacción observar cómo
esos dos hombres se han conocido perfectamente? ¿No es puro y legítimo
el deseo de que la luz penetre en los espíritus?
En el curso de la conversación había cruzado por delante de ellos un
chico imberbe a quien Núñez saludó inclinándose muy reverente y
quitándose el sombrero. A Tristán le sorprendió un poco aquel saludo
aunque no dijo nada. Pero ahora, como cruzara otro jovenzuelo de diez y
ocho a veinte años y Núñez volviese a inclinarse y saludar con la misma
reverencia, no pudo ocultar su sorpresa.
--Dime, Gustavo, ¿por qué saludas tan respetuosamente a esos chiquillos?
--Te lo explicaré en pocas palabras--repuso Núñez tranquilamente--. El
primero que ha cruzado por aquí hace un rato es secretario tercero de la
sección de Ciencias morales y políticas y ha presentado una Memoria
acerca de la _Cuestión social_, que se discutirá el año próximo. Este de
ahora ha publicado ya tres artículos en _El Defensor de los
Ayuntamientos_ sobre _El individuo y el Estado_. Ahora bien, estos
jóvenes que discuten la cuestión social y escriben sobre las relaciones
del individuo y el Estado son indudablemente los futuros gobernadores,
los consejeros de Estado, los directores generales, los ministros. Estos
jóvenes, no te quepa duda, serán nuestros amos por aquello de que «joven
sociólogo en puerta, cacique a la vuelta». Hay que tenerlos satisfechos,
hay que ganarse su amistad.
--Pero, hombre, ¿a ti, que eres un artista, qué te importa la amistad de
los políticos?
--¡Anda! ¿Imaginas que se puede ser en España un mediano colorista sin
tener algún amigo ministro?
Tristán sonrió levemente, quedó unos instantes pensativo y al cabo le
preguntó:
--¿Y nosotros los poetas también necesitamos la amistad de los
ministros?
--No, vosotros necesitáis pertenecer a uno de los dos Cuerpos
colegisladores--respondió gravemente el pintor.
--¡Vamos, Gustavo, hoy traes la guasa verde!
--No es broma, querido, es la pura verdad. Tú escribes un tomo de versos
y pones en la cubierta: «Poesías, por Tristán Aldama». Eso no dice nada;
el público no sabe a qué atenerse, porque lo ignora todo de ti. Pero
estampa debajo del título, verbi y gratia: «por Tristán Aldama,
_diputado por Puertocarnero_ o _senador vitalicio_», y ya el público
tiene motivos para conocerte y la crítica para guardarte
consideraciones. Tus versos no son advenedizos; demuestran que tienen
algún arraigo en el país.
--¡Vaya, vaya, Gustavo!--exclamó riendo Aldama.
--¡Que sí, querido, que sí! El público necesita siempre una garantía...
Un joven de agradable rostro y correctamente vestido iba a pasar por la
salita, pero viendo a nuestros amigos se volvió recelosamente para no
cruzar por delante de ellos.
--¡Eh! ¡eh...! amigo Valleumbroso, no se nos escape usted.
El joven dio la vuelta y quedó en pie frente a ellos.
--Atraque usted, querido--dijo Núñez--. Bien se conoce que quiere usted
sustraerse a las felicitaciones de los amigos. Los grandes espíritus
desdeñan el aplauso de la muchedumbre.
--¡Yo...! ¿Qué motivo hay para felicitarme?--exclamó el joven sonriendo,
haciéndose de nuevas y rebosando de orgullo.
--¡Casi nada! Aunque por mi profesión, y aun más por mi holgazanería, no
pueda estar muy al tanto de las novedades literarias, la trompeta de la
fama ha traído a mis oídos la noticia de que ha publicado usted un
volumen de poesías muy notable, que esos _Pelillos a la mar_ son
deliciosos y que se venden como pan bendito.
Las mejillas del poeta enrojecieron súbitamente y repuso en tono
desabrido:
--Mi libro no se titula _Pelillos a la mar_.
--No, hombre, se titula _Pétalos al aire_--se apresuró a decir Tristán.
--¡Ah...! perdone usted, amigo Valleumbroso. No sé cómo se me metió en
la cabeza... Es que suena algo parecido... Bien se conoce que soy
profano en asuntos literarios. En fin, de todos modos me consta que es
precioso el libro.
--Muchas gracias--dijo el poeta secamente.
--Todavía no hace muchos minutos que preguntándole al amigo Aldama
acerca de las últimas publicaciones, me decía: «Lo único que puede
leerse entre lo recientemente publicado son los _Pelillos_... (usted
perdone)... los _Pétalos_ de Valleumbroso.» Yo le respondí: «En cuanto
salgamos de aquí paso por la librería y los compro.»
--Muchas gracias: no se moleste usted: yo se los enviaré.
--No acepto el regalo. En España son tan pocos los libros que se
publican dignos de comprarse, que el presupuesto del más aficionado a
las letras no padece mucha alteración aunque se proponga ser
despilfarrador. Lo único que me atrevo a esperar de su amabilidad es que
me firme el ejemplar.
--Lo haré con mucho gusto.
El joven poeta estaba sobre brasas. El carácter de Núñez le inspiraba un
vivo recelo. Así que no fue posible retenerle allí más tiempo a pesar de
los esfuerzos que aquél hizo para ello. Mientras se alejaba a paso
rápido todavía le gritaba:
--Mil enhorabuenas. En cuanto lea el libro ya hablaremos de esos Peli...
de esos Pétalos. Que agote usted la edición pronto.
Cuando Tristán reprochaba a su amigo que se sirviese de él para burlarse
de un compañero, se presentó en la sala un hombre alto, enjuto, pálido,
con los bigotes largos y caídos como los de los chinos y unos ojos
saltones, resplandecientes, que sonreían al vacío. Vestía levita negra,
larga, amplia, flotante y no muy limpia. Más que levita parecía una
basquiña. Sobre la cabeza grande y despeinada llevaba un sombrero de
copa bastante viejo y también despeinado que no la tapaba sino a medias.
--¡Viva mil años el ilustre Pareja--exclamó Núñez--, el sabio
enciclopédico, que es honra del Ateneo y gloria de su patria!
El hombre de la basquiña se acercó a paso lento y reposado y su faz
académica se dilató con una sonrisa de plácida condescendencia.
--El amigo Núñez--dijo quitándose el sombrero, que sin duda le
molestaba, y acomodándose en una mecedora--siempre tan galante, tan
lisonjero.
Núñez, volviéndose hacía Tristán y como hablándole en tono confidencial,
le dijo:
--Cuando uno de estos hombres tan profundamente observadores se acerca a
mí, no puedo menos de sentirme inquieto, cohibido. Parece que está uno
delante de una máquina fotográfica y teme verse reproducido en mala
postura.
--Hasta ahora me parece que no tiene usted motivo para pensar que le
haya _enfocado_.
--Pero lo temo. Esa máquina que usted lleva en el cerebro no se cansa
jamás de impresionar. Hace pocos días entré en el café de Levante y le
vi a usted en un rincón comiéndose una ración de riñones salteados.
«¿Ves aquel señor que está en la mesa de la esquina?--le dije al amigo
que conmigo venía--. ¿Qué piensas que está haciendo?»--«Comiendo
riñones»--me contestó--. «Pues no señor, está observando, observando
siempre; para él no hay riñones que valgan.»
--No tanto, amigo Núñez, no tanto. Bien se señalan en usted a la par que
los estigmas sintomáticos de la idiosincrasia artística los caracteres
étnicos de la naturaleza andaluza.
--No soy andaluz, señor Pareja; soy extremeño.
--Mucho mejor. ¡Raza de conquistadores!
--Pero yo, aunque le parezca una gran inmodestia, estoy persuadido de
que soy el hombre más notable de mi raza. Cuando tenía veinte años,
conquisté a mi patrona que tenía cincuenta. No creo que Hernán Cortés
ni Pizarro, ni Alvarado ni García de Paredes...
--¡Nada, nada, se le concede a usted la primacía!--exclamó el sabio
soltando una carcajada vibrante y majestuosa.
--Lo que me admira principalmente en este señor--prosiguió Núñez
volviéndose de nuevo hacia Tristán--no es tanto su talento de observador
como la profunda ironía que comunica a todo lo que sale de su pluma y de
sus labios.
--La ironía, querido Núñez, es la flor que brota siempre del
conocimiento adecuado de las cosas y muestra la imposibilidad de reducir
el conocimiento intuitivo al conocimiento abstracto--expresó Pareja
dejando caer las palabras una a una como perlas destinadas a enriquecer
la tierra.
--Pero de todos los grandes irónicos que hoy florecen en España, estoy
convencido de que es usted el que ofrece mayor solidez.
--¿Quiere usted decir con eso que los demás suenan a hueco?--preguntó el
sabio con fina sonrisa maliciosa.
--Cabalmente y que el hombre verdaderamente macizo que conozco es usted.
Una cosa para mí incomprensible, señor Pareja, es cómo ha llegado usted
a profundizar materias tan diversas, la filosofía, las ciencias
naturales, la historia, la política, la música...
--Cuestión de método, querido Núñez; adecuada distribución del tiempo;
ése es el secreto. Horas destinadas a la observación; horas destinadas a
la especulación; horas destinadas a la práctica, sin que jamás ni por
ningún motivo se compenetren. Si en las horas destinadas a la
especulación hacemos una observación, todo está perdido.
Hablaba Pareja con tal acento de suficiencia, recalcaba de tal modo las
sílabas, sonreía, dirigía a Núñez y Tristán miradas tan amables y
condescendientes que resisten a toda descripción. Imposible manifestar
con más claridad la íntima satisfacción de sí mismo de que se hallaba
poseído.
--Ayer tarde--prosiguió--estuve en Alcalá a visitar el penal. ¡Curioso!
¡curiooooso! ¡curio-sí-si-mo! No pueden ustedes formarse idea del
número de notas que he tomado. Hablé con muchos penados, me enteré de
infinidad de historias, verdaderos casos clínicos, y por último,
distribuí entre ellos, con permiso del director, algunos ejemplares de
mi folleto _El delincuente ante la ciencia_.
--Nada me parece más a propósito para infundirles algún consuelo--dijo
Núñez--. Realmente en los momentos de tristeza y desesperación, si algo
puede llevar el sosiego al alma ulcerada del delincuente, es la
consideración de que se encuentra delante de la ciencia y de que ésta le
contempla.
--Así es, amigo Núñez, así es. Usted sabe poner los puntos sobre las
íes.
--Alguna vez se me olvidan.
--¡Nada, nada, pone usted los puntos sobre las íes!
Y al decir esto se balanceaba sobre la mecedora y echaba sus piernas
didácticas al alto con tal alegría que ningún emperador la sintió mayor
al poner una placa sobre el pecho de alguno de sus generales
victoriosos.
--Creo que se alegrará usted de saber--expresó después en tono más
placentero si cabe--que desde hace algunos días vengo haciendo estudios
también en los barrios bajos de Madrid. ¡Qué cosas he visto! ¡Qué cosas
he oído! ¡Curioso! ¡Curioooso! ¡Curio-sí-si-mo!
--Supongo que allí no habrá usted repartido el folleto de _El
delincuente ante la ciencia_.
--¡No, hombre, no!--exclamó riendo y añadió luego con ático humorismo--.
Porque si bien me figuro que se encontrarán allí igualmente bastantes
delincuentes, éstos no son _in actu_, sino _in potentia_. Dejando, pues,
aquellos folletos para mejor ocasión, he distribuido algunos otros sobre
_El sentimiento religioso como un desequilibrio en la nutrición_.
--Bien hecho. Me parece lo más urgente para las clases trabajadoras
restablecer el equilibrio en la nutrición. La creencia en Dios y en la
inmortalidad del alma en resumidas cuentas no sirve más que para turbar
la digestión.
--Es así, querido Núñez, es así. Usted sabe poner los puntos sobre las
íes.
Tristán se llevó la mano a la boca para reprimir un bostezo. Así que se
presentaba este síntoma de aburrimiento, la enfermedad se declaraba en
él con tal violencia que no se pasaron tres minutos sin que se alzase
bruscamente de la mecedora y les dijese adiós.
Cuando Gustavo montaba sobre uno de estos asnos no se hartaba nunca de
hacerle correr. Pero entre todos los asnos antiguos y modernos ninguno
estuvo más satisfecho de su naturaleza asnal que el ilustre Pareja.
VIII
UN BUEN DÍA QUE CONCLUYE MAL
Cirilo quedó sorprendido cuando oyó tocar suavemente en la puerta de su
despacho. Conocía perfectamente la mano que daba aquellos golpecitos.
--¡Pero ya!--exclamó--. ¡Adelante, adelante!
Visita se presentó peinada y vestida como para salir. La sorpresa de su
esposo fue mucho mayor. Ordinariamente él se levantaba muy temprano como
hombre de negocios que era, y apoyándose en su bastón iba hasta su
despacho y allí trabajaba hasta las nueve, hora en que venía a desayunar
al dormitorio con su mujer, que aún permanecía en la cama. Luego la
ayudaba a vestirse sin llamar a la doncella y tornaba al escritorio.
Visita reía a carcajadas adivinando, sin verlo, el rostro asustado de su
marido. Avanzó lentamente llevando extendidas las manos y acercándose le
tomó la cabeza y le besó repetidas veces.
--¡Pero, hija mía, si no son más que las ocho!--dijo él, que como hombre
de vida metódica y escrupulosamente regularizada aún no volvía de su
asombro--. ¿Cómo estás ya peinada y vestida?
--Porque hoy nos desayunamos antes, iremos a misa antes... y después...,
después Dios dirá.
--Pero necesito concluir de extender estos recibos.
--Pues no se concluyen.
--Entonces no es que Dios dirá; es que dices tú--repuso él en tono
jocoso.
--Eso es, digo yo... y mando que te vengas conmigo ahora mismo a
desayunar.
Así se hizo. Arreglose después prontamente y salieron de casa poco antes
de las nueve para oír misa en la Encarnación. Habitaba nuestro
matrimonio un cuartito bajo en la plaza de Oriente, amueblado con
elegancia y provisto de todas las comodidades compatibles con su
fortuna, que desde hacía algún tiempo iba prosperando lindamente. Cirilo
trabajaba firme. Además de la administración de Reynoso y Escudero tenía
alguna otra y se ocupaba en negocios como agente privado. Menos a la
Bolsa, a todas partes se hacía acompañar por su esposa que estaba ya
enterada de bonos, pagarés, cheques, talones y resguardos como un
consumado zurupeto. Visita le ayudaba a subir y bajar las escaleras del
Banco y los coches de punto, le llevaba los rollos de valores, le tenía
por el bastón mientras firmaba documentos o contaba billetes y le echaba
la goma a la cartera. ¡Y que no hacía ella estas cosas con poco gozo! La
cuitada se juzgaba tan inútil que cuando podía prestar algún servicio su
corazón se inundaba de alegría.
Al salir de la iglesia le dijo resueltamente:
--Hoy, quieras que no, tienes que dejarte guiar por una ciega. Hazme el
favor de buscar un coche.
Se fueron al primer puesto y en el trayecto Cirilo no dejó de
preguntarle adónde pensaba conducirle.
--Ya lo sabrás.
Hasta que subieron al vehículo y Visita dijo triunfalmente «a la
Bombilla» no logró averiguarlo.
Ya están en la Bombilla. Allí se apean un momento, entran en un
café-restaurant y encargan el almuerzo para las doce: vuelven a montar y
siguen paseando por la Moncloa, dejan el coche cerca de la fuente de las
Damas y suben lentamente por un montecillo cubierto de pinos hasta
colocarse en un alto y deleitoso paraje tapizado de césped desde donde
se divisa el único paisaje digno que tiene la capital de España. A la
izquierda el río oculto entre el follaje de la Casa de Campo; delante el
Guadarrama con su crestería recortada que se destaca puramente con el
azul del cielo; a la derecha la Dehesa de la Villa, el camino de
Amaniel, los campos verdes de la Moncloa.
Cirilo dejó escapar un suspiro de satisfacción y contempló arrobado el
espléndido panorama que tenía delante murmurando «¡Qué hermoso! ¡Qué
hermoso!» A su lado Visita también parecía aspirar su belleza grave y
solemne, si no por los ojos por la boca y por la nariz que se abrían
para dejar paso a la fresca brisa de la sierra.
--¿Verdad que es muy hermoso?--dijo apretándose contra su marido--. Tú
apenas has visto esto, pero yo lo conozco perfectamente porque de
soltera venía con mi padre a merendar a este sitio todos los domingos.
Algunas veces venía la criada con nosotros, traíamos el almuerzo y
pasábamos aquí todo el día. Puedo decirte cómo es el paisaje lo mismo
que si lo estuviera viendo... ¡Es decir, lo estoy viendo, lo estoy
viendo de veras! Mira aquí debajo la Puerta de Hierro, las encinas del
Pardo que se extiende hasta las faldas del Guadarrama. ¡El Guadarrama!
¡Qué hermosas montañas de color violeta...! Y el cielo, el cielo azul
encima, profundo, inmenso, convidando a volar por él.
A Cirilo se le apretó el corazón. Aquella alegría de su pobre esposa,
ciega en lo mejor de la vida, le removía las entrañas como si quisieran
arrancárselas. No pudo contestar; hubo una larga pausa. De repente
Visita aproximó su rostro al suyo y le besó en los ojos.
--¡Ya sabía que estabas llorando...! No llores, tonto... ¡Si soy feliz,
enteramente feliz! ¿Qué importa que no pueda ver esas montañas? Ya las
he visto y acaso en mi imaginación las finja ahora más hermosas aún de
lo que son. Además, Dios me permite estar al lado de ellas, sentir su
aliento embalsamado y fresco... y tenerte a ti al mismo tiempo. Peor,
mil veces peor sería que las viese y no pudiera tener tu mano en la mía
como la tengo ahora.
Cirilo le pasó el brazo por detrás de la cintura y la apretó tiernamente
contra sí.
--¡Ea!--dijo ella dejándose caer en el césped--. Basta de paisajes y de
enternecimientos. Yo soy la ciega más dichosa que existe a la hora
presente en Madrid, y tú el cojito más guapo, más simpático, más bueno y
más feliz... ¿Verdad que sí...? ¡Di que sí!
Cirilo se sentó con algún trabajo a su lado. Ella sacó de su ridículo un
libro y se lo dio diciendo:
--Ahora tendrás la amabilidad de leerme un poquito, estoy segura de
ello. He traído esta novela porque es de tu autor favorito y quiero que
el día de hoy te diviertas mucho, mucho... porque si tú no te diviertes
mucho, mucho, yo estoy decidida a aburrirme.
Cirilo cogió el libro riendo y se puso a leer. La lectura siempre tenía
atractivo para ellos porque eran aficionados a la buena literatura y
devotísimos de los mejores autores; pero ahora al aire libre, en tan
poético paraje y con la excitación placentera que el paseo dado y la
perspectiva que el suculento almuerzo les producía, era sin duda
doblemente grata. A menudo Visita le interrumpía para hacer comentarios,
unas veces deplorando la maldad de algún personaje o alegrándose de que
la heroína fuese tan simpática, otras veces vaticinando alguno de los
sucesos o peripecias de que la narración les iba a dar cuenta. Reían a
carcajadas en alguna página y a la siguiente sin saber cómo se
enternecían y hacían pucheritos, porque aquel autor gozaba el privilegio
de subyugarlos y arrastrarlos al sentimiento que bien quería. Cuando
Visita notó que su marido comenzaba a fatigarse le hizo cerrar el libro
y lo guardó de nuevo en su bolsita. Se aproximaba ya la hora del
almuerzo y se disponían a levantar el vuelo de aquel delicioso sitio
cuando Visita percibió un leve ruido a su espalda.
--¿Quién anda ahí?--preguntó a Cirilo.
--Una pobre mujer--respondió éste.
--¿Qué hace?
--Me parece que anda recogiendo plantas.
En efecto, con una raída navajita aquella mujer iba cortando cardillos y
guardándolos en una falda. Cuando se aproximó a ellos les dio los buenos
días. Visita inmediatamente trabó conversación con ella y se enteró de
su tarea. Los guardas le dejaban cortar cardillos: los que en algunas
horas podía recoger los llevaba a la mañana siguiente a la plaza.
Visita le preguntó cuánto solían valerle.
--Un día con otro treinta céntimos.
--¡Treinta céntimos!--exclamó asombrada.
--¡Ay, señorita! y esos días me doy por satisfecha porque al fin podemos
comer pan en casa... Pero la señorita... (dijo un poco acortada
fijándose en los ojos inmóviles de Visita).
--Sí, la señora tiene la desgracia de estar ciega--respondió Cirilo
tristemente.
Hubo una pausa y al cabo la mujer profirió con acento desesperado:
--¡Ciega quisiera estar yo para no ver lo que veo en mi casa!--Y al
mismo tiempo prorrumpió en amargo llanto--. Hace pocos meses que salí
del hospital, donde me han cortado un pecho... Con el otro solamente
alimento a mi niño..., es decir, pudiera alimentarlo si tuviese qué
comer... ¡Pero no lo tengo! Mi marido es cochero, pero está enfermo de
reumatismo sin poderse apenas mover y le han despedido de la casa...
Ahora que está un poco mejor, no encuentra trabajo... Sin la caridad de
los vecinos, que son casi tan pobres como nosotros, ya hubiéramos muerto
de hambre hace tiempo... Algunas veces me dan pan y otras veces un poco
de sopa... Pero la casa ¡ay la casa! Ya debemos cinco meses y de un día
a otro nos pondrán los pocos trastos que tenemos en la calle... ¡Dios
mío, Dios mío, qué va a ser de nosotros!
--¡Vaya por Dios! ¡Infeliz mujer!--exclamó Visita por lo bajo.
Cirilo sacó una moneda del bolsillo y se la entregó.
--¿Qué le has dado?--le preguntó su esposa al oído.
--Una peseta.
--Dale más.
Sacó un duro y se lo dio.
--¿Qué le has dado?
--Un duro.
--Dale más. Nosotros no tenemos hijos. Dios nos ha protegido hasta ahora
y nos seguirá protegiendo.
Cirilo echó mano a la cartera y le entregó un billete de cincuenta
pesetas. La mujer, sorprendida y roja de emoción y de alegría, no
encontraba palabras para dar las gracias. Se deshacía en fervorosas
bendiciones.
--¡Dios se lo pague, señorita, Dios se lo pague! ¡Bendita sea la hora en
que su madre la ha parido! ¡Bendita la leche que ha mamado...!
--Pase mañana por nuestra casa. Ahora le dará una tarjeta mi
marido--dijo Visita--. Tenemos amigos que están en mejor posición que
nosotros y acaso puedan colocar a su esposo.
Iban ya lejos y todavía les seguía la voz de la pobre mujer que gritaba
sin cesar:
--¡Dios les bendiga, señoritos! ¡Que nunca pase la desgracia por su
casa...! ¡Que Dios la proteja, señorita, que Dios la proteja y ya que no
ve la tierra le haga ver el cielo!
--Ya lo estoy viendo--murmuró Visita mientras dos lágrimas resbalaban
por sus mejillas.