--¿Y qué tal lo has pasado ayer en el Escorial? Apenas hay necesidad de

preguntarlo, porque en medio de ese páramo, el Sotillo viene a ser un

jardincito abrigado y delicioso... Y a propósito, ¿cuándo me llevas al

Sotillo?

Hacía ya algún tiempo que Núñez le venía instando para que le llevase a

ver la posesión de su futuro cuñado, de la cual se hacían lenguas en

Madrid. Tristán, prometiendo hacerlo, dilataba la presentación por

cierto vago recelo que en momento ni ocasión alguna podía desechar de

si. Por esto y aún más porque el nombre del _Sotillo_ le trajo de nuevo

a la imaginación la intriga indigna tramada contra él, su semblante

volvió a obscurecerse. Núñez no reparó o no quiso reparar en ello y le

apretó con su desenfado habitual para que le señalase día. Tristán al

cabo se vio obligado a fijar uno de la próxima semana en que por

celebrarse el aniversario del matrimonio de sus futuros cuñados había

allí otros invitados.

--¿Y qué tal? Esa linda joven del Escorial ¿está conforme con tu cuñado?

--¿Qué quieres decir?--repuso con gravedad Tristán.

--Si está conforme con él en las cosas temporales y en las espirituales.

El joven se sintió herido por aquella desvergonzada pregunta y replicó

secamente:

--No hay otro matrimonio más feliz sobre la tierra.

--Me alegro... me alegro que no discutan... Ella es una hermosa mujer,

un ejemplar admirable de nereida... Quisiera hacer su retrato desnuda,

saliendo del agua...

Pero viendo que Tristán se ponía cada vez más hosco cambió de

conversación.

--¿Sabes tú? Hace poco, cuando venía hacia aquí, tropecé en la carrera

de San Jerónimo a tu amigo Morel. Me para y me pregunta, mientras se

dibuja en sus labios una sonrisa de lástima: «¿Ha leído usted el libro

de Sánchez Abellán...? ¡Qué extravagancia! ¡Qué majadería! Imposible

llegar más allá en el arte de disparatar. Es la obra de un idiota o de

un loco.» Y las carcajadas fluían de su boca y tenía que apoyarse en la

pared para no caer de risa. Sigo caminando y unos cuantos pasos más

allá, al dar vuelta a la calle del Príncipe, encuentro al mismo Sánchez

Abellán. Nos saludamos, cambiamos algunas palabras, y de buenas a

primeras, sonriendo mefistofélicamente, me pregunta: «¿Ha leído usted

los últimos artículos de Morel en _El Noticiero_...? ¡Prodigioso...!

¡Enorme...! Léalos usted si quiere pasar un buen rato... Indudablemente

ese hombre es un loco o un idiota.» Los dos habían empleado iguales

calificativos. ¿No tiene gracia?

--Para mí no tiene ninguna--dijo Tristán malhumorado.

Núñez le miró un momento con curiosidad burlona y repuso tranquilamente:

--Consiste en que ese molino que tienes en el cerebro no tritura más que

cosas negras. Pero el mío muele rico trigo candeal y produce harina

blanca superior... Vamos a ver, ¿no es una satisfacción observar cómo

esos dos hombres se han conocido perfectamente? ¿No es puro y legítimo

el deseo de que la luz penetre en los espíritus?

En el curso de la conversación había cruzado por delante de ellos un

chico imberbe a quien Núñez saludó inclinándose muy reverente y

quitándose el sombrero. A Tristán le sorprendió un poco aquel saludo

aunque no dijo nada. Pero ahora, como cruzara otro jovenzuelo de diez y

ocho a veinte años y Núñez volviese a inclinarse y saludar con la misma

reverencia, no pudo ocultar su sorpresa.

--Dime, Gustavo, ¿por qué saludas tan respetuosamente a esos chiquillos?

--Te lo explicaré en pocas palabras--repuso Núñez tranquilamente--. El

primero que ha cruzado por aquí hace un rato es secretario tercero de la

sección de Ciencias morales y políticas y ha presentado una Memoria

acerca de la _Cuestión social_, que se discutirá el año próximo. Este de

ahora ha publicado ya tres artículos en _El Defensor de los

Ayuntamientos_ sobre _El individuo y el Estado_. Ahora bien, estos

jóvenes que discuten la cuestión social y escriben sobre las relaciones

del individuo y el Estado son indudablemente los futuros gobernadores,

los consejeros de Estado, los directores generales, los ministros. Estos

jóvenes, no te quepa duda, serán nuestros amos por aquello de que «joven

sociólogo en puerta, cacique a la vuelta». Hay que tenerlos satisfechos,

hay que ganarse su amistad.

--Pero, hombre, ¿a ti, que eres un artista, qué te importa la amistad de

los políticos?

--¡Anda! ¿Imaginas que se puede ser en España un mediano colorista sin

tener algún amigo ministro?

Tristán sonrió levemente, quedó unos instantes pensativo y al cabo le

preguntó:

--¿Y nosotros los poetas también necesitamos la amistad de los

ministros?

--No, vosotros necesitáis pertenecer a uno de los dos Cuerpos

colegisladores--respondió gravemente el pintor.

--¡Vamos, Gustavo, hoy traes la guasa verde!

--No es broma, querido, es la pura verdad. Tú escribes un tomo de versos

y pones en la cubierta: «Poesías, por Tristán Aldama». Eso no dice nada;

el público no sabe a qué atenerse, porque lo ignora todo de ti. Pero

estampa debajo del título, verbi y gratia: «por Tristán Aldama,

_diputado por Puertocarnero_ o _senador vitalicio_», y ya el público

tiene motivos para conocerte y la crítica para guardarte

consideraciones. Tus versos no son advenedizos; demuestran que tienen

algún arraigo en el país.

--¡Vaya, vaya, Gustavo!--exclamó riendo Aldama.

--¡Que sí, querido, que sí! El público necesita siempre una garantía...

Un joven de agradable rostro y correctamente vestido iba a pasar por la

salita, pero viendo a nuestros amigos se volvió recelosamente para no

cruzar por delante de ellos.

--¡Eh! ¡eh...! amigo Valleumbroso, no se nos escape usted.

El joven dio la vuelta y quedó en pie frente a ellos.

--Atraque usted, querido--dijo Núñez--. Bien se conoce que quiere usted

sustraerse a las felicitaciones de los amigos. Los grandes espíritus

desdeñan el aplauso de la muchedumbre.

--¡Yo...! ¿Qué motivo hay para felicitarme?--exclamó el joven sonriendo,

haciéndose de nuevas y rebosando de orgullo.

--¡Casi nada! Aunque por mi profesión, y aun más por mi holgazanería, no

pueda estar muy al tanto de las novedades literarias, la trompeta de la

fama ha traído a mis oídos la noticia de que ha publicado usted un

volumen de poesías muy notable, que esos _Pelillos a la mar_ son

deliciosos y que se venden como pan bendito.

Las mejillas del poeta enrojecieron súbitamente y repuso en tono

desabrido:

--Mi libro no se titula _Pelillos a la mar_.

--No, hombre, se titula _Pétalos al aire_--se apresuró a decir Tristán.

--¡Ah...! perdone usted, amigo Valleumbroso. No sé cómo se me metió en

la cabeza... Es que suena algo parecido... Bien se conoce que soy

profano en asuntos literarios. En fin, de todos modos me consta que es

precioso el libro.

--Muchas gracias--dijo el poeta secamente.

--Todavía no hace muchos minutos que preguntándole al amigo Aldama

acerca de las últimas publicaciones, me decía: «Lo único que puede

leerse entre lo recientemente publicado son los _Pelillos_... (usted

perdone)... los _Pétalos_ de Valleumbroso.» Yo le respondí: «En cuanto

salgamos de aquí paso por la librería y los compro.»

--Muchas gracias: no se moleste usted: yo se los enviaré.

--No acepto el regalo. En España son tan pocos los libros que se

publican dignos de comprarse, que el presupuesto del más aficionado a

las letras no padece mucha alteración aunque se proponga ser

despilfarrador. Lo único que me atrevo a esperar de su amabilidad es que

me firme el ejemplar.

--Lo haré con mucho gusto.

El joven poeta estaba sobre brasas. El carácter de Núñez le inspiraba un

vivo recelo. Así que no fue posible retenerle allí más tiempo a pesar de

los esfuerzos que aquél hizo para ello. Mientras se alejaba a paso

rápido todavía le gritaba:

--Mil enhorabuenas. En cuanto lea el libro ya hablaremos de esos Peli...

de esos Pétalos. Que agote usted la edición pronto.

Cuando Tristán reprochaba a su amigo que se sirviese de él para burlarse

de un compañero, se presentó en la sala un hombre alto, enjuto, pálido,

con los bigotes largos y caídos como los de los chinos y unos ojos

saltones, resplandecientes, que sonreían al vacío. Vestía levita negra,

larga, amplia, flotante y no muy limpia. Más que levita parecía una

basquiña. Sobre la cabeza grande y despeinada llevaba un sombrero de

copa bastante viejo y también despeinado que no la tapaba sino a medias.

--¡Viva mil años el ilustre Pareja--exclamó Núñez--, el sabio

enciclopédico, que es honra del Ateneo y gloria de su patria!

El hombre de la basquiña se acercó a paso lento y reposado y su faz

académica se dilató con una sonrisa de plácida condescendencia.

--El amigo Núñez--dijo quitándose el sombrero, que sin duda le

molestaba, y acomodándose en una mecedora--siempre tan galante, tan

lisonjero.

Núñez, volviéndose hacía Tristán y como hablándole en tono confidencial,

le dijo:

--Cuando uno de estos hombres tan profundamente observadores se acerca a

mí, no puedo menos de sentirme inquieto, cohibido. Parece que está uno

delante de una máquina fotográfica y teme verse reproducido en mala

postura.

--Hasta ahora me parece que no tiene usted motivo para pensar que le

haya _enfocado_.

--Pero lo temo. Esa máquina que usted lleva en el cerebro no se cansa

jamás de impresionar. Hace pocos días entré en el café de Levante y le

vi a usted en un rincón comiéndose una ración de riñones salteados.

«¿Ves aquel señor que está en la mesa de la esquina?--le dije al amigo

que conmigo venía--. ¿Qué piensas que está haciendo?»--«Comiendo

riñones»--me contestó--. «Pues no señor, está observando, observando

siempre; para él no hay riñones que valgan.»

--No tanto, amigo Núñez, no tanto. Bien se señalan en usted a la par que

los estigmas sintomáticos de la idiosincrasia artística los caracteres

étnicos de la naturaleza andaluza.

--No soy andaluz, señor Pareja; soy extremeño.

--Mucho mejor. ¡Raza de conquistadores!

--Pero yo, aunque le parezca una gran inmodestia, estoy persuadido de

que soy el hombre más notable de mi raza. Cuando tenía veinte años,

conquisté a mi patrona que tenía cincuenta. No creo que Hernán Cortés

ni Pizarro, ni Alvarado ni García de Paredes...

--¡Nada, nada, se le concede a usted la primacía!--exclamó el sabio

soltando una carcajada vibrante y majestuosa.

--Lo que me admira principalmente en este señor--prosiguió Núñez

volviéndose de nuevo hacia Tristán--no es tanto su talento de observador

como la profunda ironía que comunica a todo lo que sale de su pluma y de

sus labios.

--La ironía, querido Núñez, es la flor que brota siempre del

conocimiento adecuado de las cosas y muestra la imposibilidad de reducir

el conocimiento intuitivo al conocimiento abstracto--expresó Pareja

dejando caer las palabras una a una como perlas destinadas a enriquecer

la tierra.

--Pero de todos los grandes irónicos que hoy florecen en España, estoy

convencido de que es usted el que ofrece mayor solidez.

--¿Quiere usted decir con eso que los demás suenan a hueco?--preguntó el

sabio con fina sonrisa maliciosa.

--Cabalmente y que el hombre verdaderamente macizo que conozco es usted.

Una cosa para mí incomprensible, señor Pareja, es cómo ha llegado usted

a profundizar materias tan diversas, la filosofía, las ciencias

naturales, la historia, la política, la música...

--Cuestión de método, querido Núñez; adecuada distribución del tiempo;

ése es el secreto. Horas destinadas a la observación; horas destinadas a

la especulación; horas destinadas a la práctica, sin que jamás ni por

ningún motivo se compenetren. Si en las horas destinadas a la

especulación hacemos una observación, todo está perdido.

Hablaba Pareja con tal acento de suficiencia, recalcaba de tal modo las

sílabas, sonreía, dirigía a Núñez y Tristán miradas tan amables y

condescendientes que resisten a toda descripción. Imposible manifestar

con más claridad la íntima satisfacción de sí mismo de que se hallaba

poseído.

--Ayer tarde--prosiguió--estuve en Alcalá a visitar el penal. ¡Curioso!

¡curiooooso! ¡curio-sí-si-mo! No pueden ustedes formarse idea del

número de notas que he tomado. Hablé con muchos penados, me enteré de

infinidad de historias, verdaderos casos clínicos, y por último,

distribuí entre ellos, con permiso del director, algunos ejemplares de

mi folleto _El delincuente ante la ciencia_.

--Nada me parece más a propósito para infundirles algún consuelo--dijo

Núñez--. Realmente en los momentos de tristeza y desesperación, si algo

puede llevar el sosiego al alma ulcerada del delincuente, es la

consideración de que se encuentra delante de la ciencia y de que ésta le

contempla.

--Así es, amigo Núñez, así es. Usted sabe poner los puntos sobre las

íes.

--Alguna vez se me olvidan.

--¡Nada, nada, pone usted los puntos sobre las íes!

Y al decir esto se balanceaba sobre la mecedora y echaba sus piernas

didácticas al alto con tal alegría que ningún emperador la sintió mayor

al poner una placa sobre el pecho de alguno de sus generales

victoriosos.

--Creo que se alegrará usted de saber--expresó después en tono más

placentero si cabe--que desde hace algunos días vengo haciendo estudios

también en los barrios bajos de Madrid. ¡Qué cosas he visto! ¡Qué cosas

he oído! ¡Curioso! ¡Curioooso! ¡Curio-sí-si-mo!

--Supongo que allí no habrá usted repartido el folleto de _El

delincuente ante la ciencia_.

--¡No, hombre, no!--exclamó riendo y añadió luego con ático humorismo--.

Porque si bien me figuro que se encontrarán allí igualmente bastantes

delincuentes, éstos no son _in actu_, sino _in potentia_. Dejando, pues,

aquellos folletos para mejor ocasión, he distribuido algunos otros sobre

_El sentimiento religioso como un desequilibrio en la nutrición_.

--Bien hecho. Me parece lo más urgente para las clases trabajadoras

restablecer el equilibrio en la nutrición. La creencia en Dios y en la

inmortalidad del alma en resumidas cuentas no sirve más que para turbar

la digestión.

--Es así, querido Núñez, es así. Usted sabe poner los puntos sobre las

íes.

Tristán se llevó la mano a la boca para reprimir un bostezo. Así que se

presentaba este síntoma de aburrimiento, la enfermedad se declaraba en

él con tal violencia que no se pasaron tres minutos sin que se alzase

bruscamente de la mecedora y les dijese adiós.

Cuando Gustavo montaba sobre uno de estos asnos no se hartaba nunca de

hacerle correr. Pero entre todos los asnos antiguos y modernos ninguno

estuvo más satisfecho de su naturaleza asnal que el ilustre Pareja.

VIII

UN BUEN DÍA QUE CONCLUYE MAL

Cirilo quedó sorprendido cuando oyó tocar suavemente en la puerta de su

despacho. Conocía perfectamente la mano que daba aquellos golpecitos.

--¡Pero ya!--exclamó--. ¡Adelante, adelante!

Visita se presentó peinada y vestida como para salir. La sorpresa de su

esposo fue mucho mayor. Ordinariamente él se levantaba muy temprano como

hombre de negocios que era, y apoyándose en su bastón iba hasta su

despacho y allí trabajaba hasta las nueve, hora en que venía a desayunar

al dormitorio con su mujer, que aún permanecía en la cama. Luego la

ayudaba a vestirse sin llamar a la doncella y tornaba al escritorio.

Visita reía a carcajadas adivinando, sin verlo, el rostro asustado de su

marido. Avanzó lentamente llevando extendidas las manos y acercándose le

tomó la cabeza y le besó repetidas veces.

--¡Pero, hija mía, si no son más que las ocho!--dijo él, que como hombre

de vida metódica y escrupulosamente regularizada aún no volvía de su

asombro--. ¿Cómo estás ya peinada y vestida?

--Porque hoy nos desayunamos antes, iremos a misa antes... y después...,

después Dios dirá.

--Pero necesito concluir de extender estos recibos.

--Pues no se concluyen.

--Entonces no es que Dios dirá; es que dices tú--repuso él en tono

jocoso.

--Eso es, digo yo... y mando que te vengas conmigo ahora mismo a

desayunar.

Así se hizo. Arreglose después prontamente y salieron de casa poco antes

de las nueve para oír misa en la Encarnación. Habitaba nuestro

matrimonio un cuartito bajo en la plaza de Oriente, amueblado con

elegancia y provisto de todas las comodidades compatibles con su

fortuna, que desde hacía algún tiempo iba prosperando lindamente. Cirilo

trabajaba firme. Además de la administración de Reynoso y Escudero tenía

alguna otra y se ocupaba en negocios como agente privado. Menos a la

Bolsa, a todas partes se hacía acompañar por su esposa que estaba ya

enterada de bonos, pagarés, cheques, talones y resguardos como un

consumado zurupeto. Visita le ayudaba a subir y bajar las escaleras del

Banco y los coches de punto, le llevaba los rollos de valores, le tenía

por el bastón mientras firmaba documentos o contaba billetes y le echaba

la goma a la cartera. ¡Y que no hacía ella estas cosas con poco gozo! La

cuitada se juzgaba tan inútil que cuando podía prestar algún servicio su

corazón se inundaba de alegría.

Al salir de la iglesia le dijo resueltamente:

--Hoy, quieras que no, tienes que dejarte guiar por una ciega. Hazme el

favor de buscar un coche.

Se fueron al primer puesto y en el trayecto Cirilo no dejó de

preguntarle adónde pensaba conducirle.

--Ya lo sabrás.

Hasta que subieron al vehículo y Visita dijo triunfalmente «a la

Bombilla» no logró averiguarlo.

Ya están en la Bombilla. Allí se apean un momento, entran en un

café-restaurant y encargan el almuerzo para las doce: vuelven a montar y

siguen paseando por la Moncloa, dejan el coche cerca de la fuente de las

Damas y suben lentamente por un montecillo cubierto de pinos hasta

colocarse en un alto y deleitoso paraje tapizado de césped desde donde

se divisa el único paisaje digno que tiene la capital de España. A la

izquierda el río oculto entre el follaje de la Casa de Campo; delante el

Guadarrama con su crestería recortada que se destaca puramente con el

azul del cielo; a la derecha la Dehesa de la Villa, el camino de

Amaniel, los campos verdes de la Moncloa.

Cirilo dejó escapar un suspiro de satisfacción y contempló arrobado el

espléndido panorama que tenía delante murmurando «¡Qué hermoso! ¡Qué

hermoso!» A su lado Visita también parecía aspirar su belleza grave y

solemne, si no por los ojos por la boca y por la nariz que se abrían

para dejar paso a la fresca brisa de la sierra.

--¿Verdad que es muy hermoso?--dijo apretándose contra su marido--. Tú

apenas has visto esto, pero yo lo conozco perfectamente porque de

soltera venía con mi padre a merendar a este sitio todos los domingos.

Algunas veces venía la criada con nosotros, traíamos el almuerzo y

pasábamos aquí todo el día. Puedo decirte cómo es el paisaje lo mismo

que si lo estuviera viendo... ¡Es decir, lo estoy viendo, lo estoy

viendo de veras! Mira aquí debajo la Puerta de Hierro, las encinas del

Pardo que se extiende hasta las faldas del Guadarrama. ¡El Guadarrama!

¡Qué hermosas montañas de color violeta...! Y el cielo, el cielo azul

encima, profundo, inmenso, convidando a volar por él.

A Cirilo se le apretó el corazón. Aquella alegría de su pobre esposa,

ciega en lo mejor de la vida, le removía las entrañas como si quisieran

arrancárselas. No pudo contestar; hubo una larga pausa. De repente

Visita aproximó su rostro al suyo y le besó en los ojos.

--¡Ya sabía que estabas llorando...! No llores, tonto... ¡Si soy feliz,

enteramente feliz! ¿Qué importa que no pueda ver esas montañas? Ya las

he visto y acaso en mi imaginación las finja ahora más hermosas aún de

lo que son. Además, Dios me permite estar al lado de ellas, sentir su

aliento embalsamado y fresco... y tenerte a ti al mismo tiempo. Peor,

mil veces peor sería que las viese y no pudiera tener tu mano en la mía

como la tengo ahora.

Cirilo le pasó el brazo por detrás de la cintura y la apretó tiernamente

contra sí.

--¡Ea!--dijo ella dejándose caer en el césped--. Basta de paisajes y de

enternecimientos. Yo soy la ciega más dichosa que existe a la hora

presente en Madrid, y tú el cojito más guapo, más simpático, más bueno y

más feliz... ¿Verdad que sí...? ¡Di que sí!

Cirilo se sentó con algún trabajo a su lado. Ella sacó de su ridículo un

libro y se lo dio diciendo:

--Ahora tendrás la amabilidad de leerme un poquito, estoy segura de

ello. He traído esta novela porque es de tu autor favorito y quiero que

el día de hoy te diviertas mucho, mucho... porque si tú no te diviertes

mucho, mucho, yo estoy decidida a aburrirme.

Cirilo cogió el libro riendo y se puso a leer. La lectura siempre tenía

atractivo para ellos porque eran aficionados a la buena literatura y

devotísimos de los mejores autores; pero ahora al aire libre, en tan

poético paraje y con la excitación placentera que el paseo dado y la

perspectiva que el suculento almuerzo les producía, era sin duda

doblemente grata. A menudo Visita le interrumpía para hacer comentarios,

unas veces deplorando la maldad de algún personaje o alegrándose de que

la heroína fuese tan simpática, otras veces vaticinando alguno de los

sucesos o peripecias de que la narración les iba a dar cuenta. Reían a

carcajadas en alguna página y a la siguiente sin saber cómo se

enternecían y hacían pucheritos, porque aquel autor gozaba el privilegio

de subyugarlos y arrastrarlos al sentimiento que bien quería. Cuando

Visita notó que su marido comenzaba a fatigarse le hizo cerrar el libro

y lo guardó de nuevo en su bolsita. Se aproximaba ya la hora del

almuerzo y se disponían a levantar el vuelo de aquel delicioso sitio

cuando Visita percibió un leve ruido a su espalda.

--¿Quién anda ahí?--preguntó a Cirilo.

--Una pobre mujer--respondió éste.

--¿Qué hace?

--Me parece que anda recogiendo plantas.

En efecto, con una raída navajita aquella mujer iba cortando cardillos y

guardándolos en una falda. Cuando se aproximó a ellos les dio los buenos

días. Visita inmediatamente trabó conversación con ella y se enteró de

su tarea. Los guardas le dejaban cortar cardillos: los que en algunas

horas podía recoger los llevaba a la mañana siguiente a la plaza.

Visita le preguntó cuánto solían valerle.

--Un día con otro treinta céntimos.

--¡Treinta céntimos!--exclamó asombrada.

--¡Ay, señorita! y esos días me doy por satisfecha porque al fin podemos

comer pan en casa... Pero la señorita... (dijo un poco acortada

fijándose en los ojos inmóviles de Visita).

--Sí, la señora tiene la desgracia de estar ciega--respondió Cirilo

tristemente.

Hubo una pausa y al cabo la mujer profirió con acento desesperado:

--¡Ciega quisiera estar yo para no ver lo que veo en mi casa!--Y al

mismo tiempo prorrumpió en amargo llanto--. Hace pocos meses que salí

del hospital, donde me han cortado un pecho... Con el otro solamente

alimento a mi niño..., es decir, pudiera alimentarlo si tuviese qué

comer... ¡Pero no lo tengo! Mi marido es cochero, pero está enfermo de

reumatismo sin poderse apenas mover y le han despedido de la casa...

Ahora que está un poco mejor, no encuentra trabajo... Sin la caridad de

los vecinos, que son casi tan pobres como nosotros, ya hubiéramos muerto

de hambre hace tiempo... Algunas veces me dan pan y otras veces un poco

de sopa... Pero la casa ¡ay la casa! Ya debemos cinco meses y de un día

a otro nos pondrán los pocos trastos que tenemos en la calle... ¡Dios

mío, Dios mío, qué va a ser de nosotros!

--¡Vaya por Dios! ¡Infeliz mujer!--exclamó Visita por lo bajo.

Cirilo sacó una moneda del bolsillo y se la entregó.

--¿Qué le has dado?--le preguntó su esposa al oído.

--Una peseta.

--Dale más.

Sacó un duro y se lo dio.

--¿Qué le has dado?

--Un duro.

--Dale más. Nosotros no tenemos hijos. Dios nos ha protegido hasta ahora

y nos seguirá protegiendo.

Cirilo echó mano a la cartera y le entregó un billete de cincuenta

pesetas. La mujer, sorprendida y roja de emoción y de alegría, no

encontraba palabras para dar las gracias. Se deshacía en fervorosas

bendiciones.

--¡Dios se lo pague, señorita, Dios se lo pague! ¡Bendita sea la hora en

que su madre la ha parido! ¡Bendita la leche que ha mamado...!

--Pase mañana por nuestra casa. Ahora le dará una tarjeta mi

marido--dijo Visita--. Tenemos amigos que están en mejor posición que

nosotros y acaso puedan colocar a su esposo.

Iban ya lejos y todavía les seguía la voz de la pobre mujer que gritaba

sin cesar:

--¡Dios les bendiga, señoritos! ¡Que nunca pase la desgracia por su

casa...! ¡Que Dios la proteja, señorita, que Dios la proteja y ya que no

ve la tierra le haga ver el cielo!

--Ya lo estoy viendo--murmuró Visita mientras dos lágrimas resbalaban

por sus mejillas.

Tristán o el pesimismo · 第 6 / 22 段