En aquel instante llegaba su hija Araceli. Era ésta una joven de veinte

años de tipo distinguido, o lo que es igual, un manojito de huesos con

ojos interesantes. Ninguna otra cosa de interés ofrecía su persona, pero

resultaba agradable si no bella. Tristán la había encontrado tal en otro

tiempo cuando la niña comenzó a hacerse mujer, y esto ayudado de la

fortuna cuantiosa que su tío poseía acaso le hubiera decidido a fijar en

ella sus miras matrimoniales. Por su próximo parentesco, por habitar

bajo el mismo techo, y por la alta estimación que merced a su aplicación

y talento había logrado Tristán inspirar a sus tíos, parecían

destinados el uno para el otro. Pero la niña había mostrado desde su más

tierna edad una vocación decidida y fervorosa por el estado de marquesa,

y sus padres, como es natural, no quisieron echar sobre su conciencia el

peso de contrariársela. Apenas sabía coger la aguja y ya se entretenía,

con inocencia angelical, en bordar una corona más o menos torcida en el

peto de sus delantales o sobre su almohadilla de costura. En el colegio

no admitía conversación sino con las hijas o por lo menos sobrinas de

algún título del reino, y cuando los jóvenes comenzaron a seguirla, su

primera mirada no era al bigote, sino a los gemelos de la camisa por ver

si descubría grabada en ellos la corona de sus ensueños. Se puede

asegurar que sin este precioso símbolo de nobleza y poderío, aunque

fuese bordado en cañamazo, la vida le parecía un árido desierto de

horror y tristeza. Así, pues, ni los triunfos universitarios ni la

simpática figura de su primo lograron hacer la más pequeña mella en

aquel tierno corazón, inflamado de amor por la aristocracia. Tristán,

despechado, la guardó toda su vida oculta ojeriza. Ella, por su parte le

correspondía con un desdén tan efectivo, tan manifiesto, que era capaz

de encender la ira del hombre más paciente.

Antes de sentarse a la mesa llegaron los niños, un chico de nueve años y

otra niña de seis. Como era domingo, después de misa la doncella los

había llevado en coche al Retiro: allí se habían apeado, habían corrido

por prescripción facultativa media hora (ni un minuto más ni un minuto

menos) y los habían restituido a casa en perfecto estado de

conservación. El criado comenzó a servir el almuerzo y la doncella se

colocó detrás de los niños para su cuidado. Araceli no había podido

lograr de sus padres que comiesen en mesa aparte según las pragmáticas

de la buena sociedad.

La distinguida joven estaba de humor jovial aquella mañana. Había ido a

misa de once a San José con mademoiselle (la cual también se sentaba a

la mesa) y le había ocurrido una aventura... verán ustedes qué aventura.

--Pues señor, oí misa cerca del altar de la Virgen del Carmen, y al

salir de la iglesia siento que me tocan en el hombro. ¿Quién me toca? me

pregunto. Vuelvo la cabeza y me veo a la vizcondesa de Mazorca. ¡Pero

vizcondesa! ¿es usted? Me informo de la salud del vizconde y de los

niños y de buenas a primeras me dice con mucha gracia: «Araceli, por ser

día señalado le regalo este bolsillito.» Miro el bolsillo y veo que es

el mío, que había dejado olvidado sobre la silla. La vizcondesa había

estado arrodillada cerca de mí sin que la viese y advirtiendo cuando me

levanté que dejaba el bolsillo se apresuró a recogerlo. ¡Lo que pudimos

reír...! Al salir, en las escaleras de la iglesia tropezamos al marqués

de Cabezón de la Sal, íntimo amigo del vizconde, y nos propuso dar una

vuelta por la calle de Alcalá. Después quiso que entrásemos en el

reservado del Suizo, pero yo tenía mucha prisa porque papá no retrasa

por nada un minuto la hora del almuerzo y allá los dejé a la puerta.

Realmente aquella tierna escena era a propósito para regocijar a todo el

mundo, pero si se ha de confesar lisamente la verdad a nadie regocijó

más que a la gentil narradora. Su papá rumiaba tranquila y

filosóficamente como un buey; su mamá, como siempre, se hallaba

distraída, inquieta, en espera a cada instante de una desgracia; y en

cuanto a Tristán es imposible que nadie pudiese mostrar en su rostro un

gesto de displicencia y de tedio más señalado.

La doncella aprovechó una pausa para dar a su señora noticia de un

encuentro agradable que habían tenido en el Retiro.

--¿No sabe la señora a quién vimos en el paseo? Pues estábamos ya para

venirnos cuando veo cruzar una mujer de mantón... Aquella mujer parece

Aurora, digo para mí... Y así fue como lo pensé: la misma Aurora que

había venido a Madrid a comprar zapatitos para los niños y se marchaba a

su casa.

Aurora era una joven que había sido segunda doncella durante algunos

años en casa de Escudero, se había casado con un tipógrafo y vivía en el

Puente de Vallecas.

--¡Ay, señora, qué cambiada está! No la conocería si la viese. ¡Qué

delgada, qué descuidada, qué sucia! Vergüenza me dio siquiera que

hubiera besado a los niños...

Doña Eugenia dejó escapar un grito doloroso y se puso en pie de repente.

Escudero, asustado del susto de su esposa, soltó el tenedor que cayó en

el plato con estrépito; los niños chillaron, la doncella se puso pálida.

--¡Cómo!--profirió la señora con voz alterada--. ¿No sabe usted que le

tengo prohibido que nadie bese a los niños...? ¡Y les besa una mujer que

vive en uno de esos barrios sucios, llenos de miseria, y habita en una

casa que será seguramente un foco de infección...! ¡Ahora mismo a

desinfectar a estos niños! ¡Ahora mismo, sin pérdida de tiempo!

--Pero, mujer--se atrevió a apuntar Escudero, recogiendo el tenedor y

volviendo a engullir tranquilamente--, no es tan seguro que la casa de

Aurora sea un foco de infección, porque ella también tiene niños y es de

suponer que los besará...

Doña Eugenia no escuchaba nada.

--¡Que los contagie ella si quiere...! ¡Yo no quiero contagio...! ¡yo no

quiero que se mate a mis niños!

Y diciendo y haciendo los agarró con mano crispada del brazo, y

bajándolos de la silla los arrastró hasta el lavabo del gabinete

contiguo, y quieras que no les metió la cabeza en una disolución de

sublimado y les restregó los labios y las mejillas casi hasta hacerles

brotar la sangre. Los niños protestaban con altos gritos de aquel

lavatorio intempestivo y cruel. La consternación se pintaba en el rostro

de los espectadores, exceptuando el de Escudero que reaccionaba

admirablemente ante los continuos sobresaltos que su espasmódica esposa

le proporcionaba.

Todo quedó en calma al fin, pero la doncella delincuente se marchó

llorando y vino otra a sustituirla. Sin embargo, al cabo de pocos

minutos se presentó de nuevo con una carta urgente para el señor. Se

puso éste con calma los anteojos, la leyó atentamente y luego sacudió la

cabeza con tristeza.

--¡Pobre Manuel!

Un antiguo agente de negocios, compañero suyo, había quedado arruinado

tiempo hacía; venía viviendo en la mayor miseria y por fin le

notificaba que el casero le había puesto los muebles en la calle y le

pedía por el amor de Dios que le diese veinte duros.

--¡No faltaba más...! ¡Ya lo creo que se los daré!--exclamó don Ramón,

que era hombre caritativo, echando mano a la cartera.

Pero de pronto se detuvo, quedó un instante suspenso y por fin,

levantándose, fue a su despacho. Miró su libro de gastos y vio que el

día anterior había quedado agotada la consignación mensual de limosnas.

Así que volvió diciendo con cara compungida:

--Dile que no puede ser... Lo siento mucho... pero no puede ser.

--¡Pero, papá!--exclamó Araceli.

--No puede ser, hija... no puede ser...--repuso con impaciencia.

Escudero hacía cuantiosas limosnas, tenía destinada para ello una

partida crecida de su presupuesto mensual, pero era un hombre tan formal

y tan exacto que, una vez agotada ésta, por nada ni por nadie haría un

adelanto sobre el presupuesto del mes siguiente. Fue necesario

conformarse. Sin embargo, Tristán sacó disimuladamente del bolsillo un

billete y haciendo seña a la doncella, se lo dio por debajo de la mesa.

Araceli seguía de humor placentero. La poética aventura con la

vizcondesa había exaltado sus sentimientos de grandeza. Mecida con

deleite sobre las nubes irisadas del cielo aristocrático, no daba paz a

la lengua. Las costumbres excéntricas pero respetables de la marquesa de

C.***, tía de su amiguita Enriqueta, la belleza de la condesa de B.***,

los trajes de la duquesa H.***, los escándalos del barón de S.***, un

verdadero loco, pero ¡tan fino! ¡tan distinguido! Siempre se acordaría

de aquella tarde en que se sintió indispuesta en las carreras y el mismo

barón fue por una taza de te y se la sirvió por su propia mano.

La misma sobrexcitación heráldica le impulsó a dirigirse a su primo en

tono jovial.

--¿Y qué tal, qué tal el marquesito del Lago? Dicen que es un cazador de

primera fuerza.

Tristán se encogió de hombros con desdén.

--No sé si es de primera o de última, pero no le oí hablar nunca de otra

cosa.

--Me ha dicho Visita que es un chico muy simpático.

Una pedrada en la cara no le hubiera hecho peor efecto a nuestro joven

que aquella frase. Obscureciose su rostro y dijo con acento de

concentrado desprecio:

--¡El marquesito del Lago es un imbécil!

--Para ti todos son imbéciles--repuso picada la prima--. No asistiendo

al Ateneo y no citando a los filósofos alemanes... ya se sabe, un

imbécil.

--Lo digo y puedo probarlo. Ni aun sabiendo de antemano lo que iban a

preguntarle en el examen y preparándole su ayo toda una noche, fue

posible que aprobase el derecho romano.

--¿Y para qué necesita saber derecho romano si es marqués?--replicó con

audacia irritante la joven.

La disputa prosiguió con acritud por ambas partes, sobre todo por la de

Tristán. Sin embargo, Escudero hizo callar a su hija, porque después de

lo que Tristán había revelado era disculpable su cólera.

VII

SUS AMIGOS

Al entrar de nuevo Tristán en su cuarto después del almuerzo, encontró

allí a su amigo García.

--¡Hola! ¿estás tú aquí? No me han dicho nada--dijo en un tono entre

cariñoso y displicente.

Claro que no le habían dicho nada, ni había para qué. García, en opinión

de los criados de la casa, no representaba nada porque traía el

_chaquet_ raído, los pantalones deshilachados, el sombrero con grasa y

las barbas terriblemente aborrascadas. Y sin embargo, García era el

amigo más íntimo que tenía el señorito Tristán, su condiscípulo y un

catedrático en ciernes.

Su amistad databa de la Universidad. Un día en que a Tristán le tocó la

conferencia, la pronunció con tal galanura que el profesor, sorprendido

agradablemente, manifestó que se felicitaba de haber hallado al fin un

discípulo de tan claro entendimiento y de palabra tan fácil. Al salir de

clase un muchacho feo, peludo y desaseado, con quien nunca había cruzado

la palabra, le abrazó y le felicitó con entusiasmo. Era García. Desde

entonces no tuvo Tristán otro amigo más leal, más cariñoso, más

abnegado. Al compás de los progresos que nuestro joven hacía tanto en la

Universidad como en el Ateneo y la prensa, crecía en proporción

geométrica la admiración de García. Cuando Tristán publicó sus primeros

artículos y poesías en una revista, juzgole de golpe un gran hombre, y

de esta opinión ya no le apeó nadie en toda la vida. Al ponerse a la

venta el año anterior su volumen de poesías titulado _Engaños y

Desengaños_, García le creyó en el pináculo de la gloria y él a su lado

para compartirla. Recorría las calles con el tomo en la mano, entraba en

las librerías y se enteraba de cuántos ejemplares se habían vendido, iba

a los cafés y leía en alta voz algunos versos dejando estupefactos a los

parroquianos, y en todas partes voceando y gesticulando dilataba la fama

del poeta. Tristán agradecía aquella devoción; pero no lo bastante; hay

que decirlo sin ambages. Así es nuestra pecadora naturaleza.

Como venía de la mesa malhumorado no hizo más que saludarle,

encerrándose después en un silencio sombrío y poco cortés. Pero García

estaba habituado a estos silencios y respetaba el carácter caprichoso y

a ratos poco comunicativo de su amigo. Encendió éste un cigarro, le

ofreció otro y se puso a pasear de una esquina a otra del despacho

exactamente como si estuviera solo. García tenía un libro en la mano,

aparentaba leerlo, pero cuando Tristán volvía la espalda levantaba los

ojos hacia él y le miraba con mezcla de inquietud y respeto. Al fin,

sonriendo con humildad, se atrevió a decir:

--¿No sabes, Tristán? Hoy he tenido una agarrada en el _Colegio

Platónico_.

Tristán sin interrumpir su paseo dejó escapar por la nariz un sonido que

indicaba que le había oído.

--Sí, una agarrada con el director y por tu causa.

--¿Por mi causa?--expresó de mala gana el joven dignándose apenas volver

la cabeza.

--Sí; no sé quién le fue con el soplo de que yo en la clase de Retórica

citaba tus composiciones y se las hacía aprender de memoria a los niños

y me llamó y me dijo muy hosco:--«Amigo García, tengo entendido que se

permite usted en clase hablar de los versos de un amiguito de usted y

ponerlos nada menos que al lado de los grandes modelos literarios. Sepa

usted que eso no es tolerable y debiera usted considerar que el afecto y

la amistad por apasionada que sea no dan derecho a mixtificar (es una

palabreja que emplea a troche y moche), a mixtificar la tierna

inteligencia de sus discípulos.»--«Señor director--le contesté--,

cuando yo me autorizo el citar con elogio una composición cualquiera es

porque estoy persuadido de que lo merece sin que la amistad ni otro

motivo cualquiera tenga parte en ello.»--«¿Acaso se figura usted que su

amigo (que no pasa de ser un principiante) puede colocarse a la altura

de los grandes poetas que hemos tenido y que tenemos en España?»--me

pregunta cada vez más encrespado.--«No señor, no me lo figuro, sino que

estoy convencido de ello»--le replico.--«¡Vamos, García, déjese usted de

badajadas y no sea ganso!» Sí; creo que me llamó ganso. Yo debiera

responderle: El ganso y el avestruz y el cernícalo es usted que dirige

un colegio en España sin saber castellano... Pero ya ves, amigo Tristán,

necesito los quince duros mensuales que me da...

En efecto, García vivía sosteniendo también a su anciana madre con los

quince duros que le daban en el Colegio Platónico, veinte del colegio

_Greco-latino_ y algunas lecciones particulares. En total cincuenta o

sesenta duros al mes. Había hecho ya tres oposiciones a cátedras de

Retórica y Poética ocupando segundo y tercer lugar en las ternas y

estaba resuelto a oponerse a todas las que vacaran hasta apoderarse de

una.

--¡Tú siempre haciendo tonterías, García!--exclamó Tristán con acento

donde se transparentaba la complacencia con que las observaba.

Y como se pusiera repentinamente de mejor humor propuso a su amigo el

salir a tomar café. Lo tomaron en la _Cervecería Inglesa_ y desde allí

bajaron a _Recoletos_ dando un paseo y siguiendo por la _Castellana_

hasta el final. Allí Tristán quiso entrar un momento en el tiro de

pistola. Era un aficionado ardoroso de este ejercicio, en parte porque

conociendo su carácter temía a cada instante verse obligado a acudir al

terreno del honor; en parte también porque había mostrado desde el

principio excepcionales disposiciones para él. Frecuentaba asimismo las

salas de armas, pero aquí sus éxitos habían sido muy inferiores.

Penetraron, pues, en el recinto del tiro y fue recibido por los tres o

cuatro parroquianos que allí había con muestras de respeto como una

lumbrera del arte. Tristán dio claras pruebas de que merecía este honor

metiendo ocho balas seguidas a voz de mando en un pequeño círculo del

tamaño de un duro. Es imposible imaginarse el rendimiento, la veneración

con que el mozo que cargaba las pistolas se las iba presentando después

de cada tiro. Un sacerdote ofreciendo la mirra y el incienso en el altar

no adoptaría una actitud más humilde y contemplativa. En cuanto a

García, aunque era un hombre enteramente retórico de los pies a la

cabeza, miraba a su amigo desde el diván donde se había sentado con ojos

alegres y triunfantes y los volvía a los parroquianos con ganas de

decirles: «¿Ven ustedes qué ojo tiene para meter la bala en el blanco?

Pues es tan certero para medir los _sáficos adónicos_.»

Salieron por fin de allí y regresaron al centro por el mismo paseo.

Estaba éste, como domingo, muy concurrido, pero aunque García iba

bastante mal trajeado y contrastaba con la elegancia perfilada que

ostentaba siempre su amigo, éste no se avergonzaba poco ni mucho de

llevarle a su lado: una buena cualidad que hay que reconocerle. García

la agradecía con todo el calor de su alma. No habían andado mucho cuando

tropezaron con el gran poeta don Luis de Rojas, el amigo cariñoso y el

maestro venerado de Tristán. Era un viejecito pulcro, de facciones

correctas y ojos vivos que gastaba perilla y bigote enteramente blancos

ya y el cabello cortado en media melena como tributo pagado a su

gloriosa juventud romántica. Traía un nietecito de la mano que Tristán

besó y agasajó mientras García se apartó respetuosamente algunos pasos.

Maestro y discípulo departieron con afecto unos momentos, y en la forma

cordial con que Rojas le abordó podía observarse que Tristán era su

predilecto. Así lo había declarado en efecto el maestro francamente en

el prólogo que puso al volumen de poesías titulado _Engaños y

Desengaños_, publicado por nuestro joven el año anterior. Merced a este

prólogo, el libro había logrado una resonancia que no alcanzan de

ordinario las producciones de los poetas noveles.

--Adiós, Aldama--concluyó diciéndole y apretándole al mismo tiempo la

mano--; que no falte usted el viernes. Hace dos o tres semanas que no

le vemos.

Rojas recibía a sus amigos los viernes por la noche en su casa. Era una

tertulia casi exclusivamente de literatos donde predominaban los

jóvenes.

Tristán, que le admiraba de corazón y estaba muy pagado de su

predilección afectuosa, comenzó luego que se hubo emparejado con García

a cantar sus alabanzas.

--¡Qué poeta, amigo mío! ¡Qué fantasía! ¡Qué vena fácil, armoniosa,

fresca! Jamás se han escrito en español ni imagino que en idioma alguno

unos versos más melodiosos. Hasta en sus últimas composiciones, cuando

ya no es más que un pobre viejo caduco, asoma en todas partes la garra

del león. ¡Mira que _La barca a pique_ es hermosa de veras...! ¡Hermosa,

hermosa!

Y al paso que caminaban se puso a recitar con un poco de énfasis las

octavas de aquella famosa composición del más famoso poeta español.

García aprobaba con el gesto y con algunas palabras sueltas la belleza

de la canción. «¡Grandioso en verdad! ¡Muy patético! ¡Qué pompa! ¡Qué

ornato...!»

Cuando Tristán terminó, caminaron algún tiempo en silencio. De pronto

García se detiene y exclama en tono resuelto:

--¿Sabes lo que te digo, Tristán...? _La barca a pique_ es una pieza de

relevante mérito. La pompa es magnífica, muy patética y de mucho

artificio... pero yo no cambiaría por ella tu _Golpe de viento_...

Tristán se puso rojo, no sabemos si de vergüenza o de placer; acaso de

ambas cosas a un tiempo.

--¡Hombre, por Dios, no desbarres!

--Yo no te diré que tenga tanto estro y tanto número. Rojas es único

para el número en España... Pero prefiero la tuya porque tiene más

variedad de tropos...

--¡Por Dios, García!

--Lo dicho... Tiene más riqueza de tropos. De eso no hay quien me

apee... Además, te lo diré francamente--añadió parándose y ahuecando la

voz--, no transijo, no puedo transigir con la metonimia que Rojas emplea

en el quinto verso de la segunda octava. Es más que atrevida,

disparatada. Eso de «las estrellas sus rayos esgrimiendo» podrá haber

críticos que lo aprueben, no te lo niego, pero mi conciencia literaria

me impide en este punto emitir un dictamen favorable.

Tristán siguió protestando. García manifestó con creciente energía:

--Te lo digo y te lo repito. Me juzgaría indigno del título de

licenciado en Filosofía y Letras y de inculcar en la inteligencia de mis

discípulos las primeras nociones de la Poética si no sostuviese que tu

composición ostenta mayor variedad de tropos que la de Rojas.

¿Qué iba a hacer Tristán en vista de esta decisión inquebrantable? Se

resignó como es natural.

Y paso entre paso llegaron hasta el salón del Prado y subieron por la

calle del mismo nombre hasta el Ateneo. Allí se despidieron. García no

era socio, no ciertamente por falta de ganas, sino de recursos

pecuniarios.

Columpiándose en una mecedora con un periódico en las manos halló

Tristán a su amigo Núñez en una de las salitas de conversación de aquel

centro docente. Era hombre de treinta y cuatro a treinta y seis años: de

más edad por lo tanto que nuestro joven; rubio, con ojos de color

indefinible tirando a verde, penetrantes y maliciosos; la barba rala y

partida por el medio. Vestía con la elegancia un poco fantástica y

afectada que alguna vez usan los artistas para apartarse de la

vulgaridad burguesa. Saludáronse con frialdad de buen tono que mostraba

al mismo tiempo confianza y Núñez siguió leyendo.

--¡Cuidado que se pone cursi el paseo de la Castellana los domingos...!

Es decir, se pone más porque lo está siempre. Esas niñas que van

rezumándose con los papás detrás de ellas; esos jóvenes que marchan

ciñendo la orilla de los coches vuelta hacia ellos la cabeza y

quitándose el sombrero cada cuatro pasos, sin conocer a nadie, sólo para

que las damas pedestres los admiren y veneren; esos aristócratas que

pasean en carruaje y se miran y se remiran sin cesar como si no se

conociesen, aunque se están mirando desde que nacieron y se seguirán

mirando hasta la hora de la muerte... Dime, ¿no causa grima a

cualquiera?

Núñez dejó escapar un murmullo de aprobación sin levantar la cabeza,

pero miró con el rabillo del ojo a su amigo y una chispa de malicia

atravesó por sus ojos.

--Dudo que exista en el mundo--prosiguió Tristán--una ciudad más

aburrida, más prosaica y cominera que la capital de España. Aquí la

gente se vuelve para mirarse por la espalda como si todos fuesen seres

raros o admirables; delante de cada ciego que toca la guitarra hay una

muchedumbre apiñada; las señoras pasan la vida averiguando lo que comen

sus vecinas y los caballeros cuánto ganan sus amigos; la juventud se

ocupa en descifrar las charadas o en contestar a las preguntas que

proponen los periodiquitos ilustrados: «¿cuál es el mejor literato?

¿cuál es el torero más bruto?», etc. Y contestan siempre los que no han

leído un libro ni han asistido a una corrida. Los viejos piropean a las

jóvenes y las siguen y hablan de política y no saben una palabra de la

profesión que han ejercido toda la vida. Los generales discuten la

separación de la Iglesia y del Estado y los obispos se preguntan si

estamos preparados para una guerra con el extranjero. Y en las calles y

en los paseos, en los teatros y en las iglesias, se observa en las

fisonomías la misma vulgaridad, el signo indeleble de cursilería y de

ignorancia que caracteriza a nuestros amables convecinos...

Al tiempo de pronunciar estas palabras, como estuviese jugando con el

bastón, se le cayó al suelo con estrépito.

Dejó escapar una interjección de impaciencia, lo recogió y se quedó unos

instantes pensativo.

--¿Por qué se habrán de caer las cosas, vamos a ver?--exclamó al cabo

como si hablase consigo mismo--.¿Por qué no habían de quedarse donde se

las colocase? Esta ley de la gravedad que nos encadena al suelo, que nos

pone grillos al nacer como si fuéramos presidiarios, ¿no es una ley

estúpida? ¡Y luego nos hablan de inteligencia en la naturaleza!

¡Menguada inteligencia que corre parejas con su bondad!

Núñez soltó una carcajada.

--Amigo Páramo, hoy vienes más páramo que nunca te he visto. ¡Me río yo

de las estepas de la Siberia y de los ventisqueros del monte de San

Bernardo!

Era una de las bromitas que se autorizaba con Tristán el ponerle este

sobrenombre a causa de sus ideas sombrías. A menudo, cuando tenía que

enviarle una carta por el correo interior o por medio de mensajero,

escribía en el sobre: «Señor don Tristán Aldama del Páramo», o bien

añadía al apellido «y Fernández Yermo» o «Desierto Arenoso». Tristán

toleraba estas bromas porque respetaba y admiraba a su amigo. Núñez,

como ya se ha dicho, le llevaba ocho o diez años de edad, gozaba de un

nombre ilustre como pintor, frecuentaba la alta sociedad y era temido y

agasajado por su mordacidad. Estas circunstancias hacían que Tristán se

sintiese halagado por aquella amistad que, aunque nacida hacía dos años

nada más, había adquirido gran intimidad, hasta llegar a tutearse. Por

su parte Núñez hizo de Tristán su amigo porque le halló inteligente y

figurando entre los jóvenes de más porvenir en la literatura, porque

vestía con elegancia y pertenecía a una familia opulenta. La vida de

ambos no era igual, sin embargo. La de Núñez, más disipada; frecuentaba

más el Casino que el Ateneo, tenía queridas y gastaba mucho dinero, sin

que se supiese de dónde procedía, pues hacía años que pintaba poco.

Tristán sonrió, avergonzado de aquellas extemporáneas lamentaciones.

Tristán o el pesimismo · 第 5 / 22 段