años de tipo distinguido, o lo que es igual, un manojito de huesos con
ojos interesantes. Ninguna otra cosa de interés ofrecía su persona, pero
resultaba agradable si no bella. Tristán la había encontrado tal en otro
tiempo cuando la niña comenzó a hacerse mujer, y esto ayudado de la
fortuna cuantiosa que su tío poseía acaso le hubiera decidido a fijar en
ella sus miras matrimoniales. Por su próximo parentesco, por habitar
bajo el mismo techo, y por la alta estimación que merced a su aplicación
y talento había logrado Tristán inspirar a sus tíos, parecían
destinados el uno para el otro. Pero la niña había mostrado desde su más
tierna edad una vocación decidida y fervorosa por el estado de marquesa,
y sus padres, como es natural, no quisieron echar sobre su conciencia el
peso de contrariársela. Apenas sabía coger la aguja y ya se entretenía,
con inocencia angelical, en bordar una corona más o menos torcida en el
peto de sus delantales o sobre su almohadilla de costura. En el colegio
no admitía conversación sino con las hijas o por lo menos sobrinas de
algún título del reino, y cuando los jóvenes comenzaron a seguirla, su
primera mirada no era al bigote, sino a los gemelos de la camisa por ver
si descubría grabada en ellos la corona de sus ensueños. Se puede
asegurar que sin este precioso símbolo de nobleza y poderío, aunque
fuese bordado en cañamazo, la vida le parecía un árido desierto de
horror y tristeza. Así, pues, ni los triunfos universitarios ni la
simpática figura de su primo lograron hacer la más pequeña mella en
aquel tierno corazón, inflamado de amor por la aristocracia. Tristán,
despechado, la guardó toda su vida oculta ojeriza. Ella, por su parte le
correspondía con un desdén tan efectivo, tan manifiesto, que era capaz
de encender la ira del hombre más paciente.
Antes de sentarse a la mesa llegaron los niños, un chico de nueve años y
otra niña de seis. Como era domingo, después de misa la doncella los
había llevado en coche al Retiro: allí se habían apeado, habían corrido
por prescripción facultativa media hora (ni un minuto más ni un minuto
menos) y los habían restituido a casa en perfecto estado de
conservación. El criado comenzó a servir el almuerzo y la doncella se
colocó detrás de los niños para su cuidado. Araceli no había podido
lograr de sus padres que comiesen en mesa aparte según las pragmáticas
de la buena sociedad.
La distinguida joven estaba de humor jovial aquella mañana. Había ido a
misa de once a San José con mademoiselle (la cual también se sentaba a
la mesa) y le había ocurrido una aventura... verán ustedes qué aventura.
--Pues señor, oí misa cerca del altar de la Virgen del Carmen, y al
salir de la iglesia siento que me tocan en el hombro. ¿Quién me toca? me
pregunto. Vuelvo la cabeza y me veo a la vizcondesa de Mazorca. ¡Pero
vizcondesa! ¿es usted? Me informo de la salud del vizconde y de los
niños y de buenas a primeras me dice con mucha gracia: «Araceli, por ser
día señalado le regalo este bolsillito.» Miro el bolsillo y veo que es
el mío, que había dejado olvidado sobre la silla. La vizcondesa había
estado arrodillada cerca de mí sin que la viese y advirtiendo cuando me
levanté que dejaba el bolsillo se apresuró a recogerlo. ¡Lo que pudimos
reír...! Al salir, en las escaleras de la iglesia tropezamos al marqués
de Cabezón de la Sal, íntimo amigo del vizconde, y nos propuso dar una
vuelta por la calle de Alcalá. Después quiso que entrásemos en el
reservado del Suizo, pero yo tenía mucha prisa porque papá no retrasa
por nada un minuto la hora del almuerzo y allá los dejé a la puerta.
Realmente aquella tierna escena era a propósito para regocijar a todo el
mundo, pero si se ha de confesar lisamente la verdad a nadie regocijó
más que a la gentil narradora. Su papá rumiaba tranquila y
filosóficamente como un buey; su mamá, como siempre, se hallaba
distraída, inquieta, en espera a cada instante de una desgracia; y en
cuanto a Tristán es imposible que nadie pudiese mostrar en su rostro un
gesto de displicencia y de tedio más señalado.
La doncella aprovechó una pausa para dar a su señora noticia de un
encuentro agradable que habían tenido en el Retiro.
--¿No sabe la señora a quién vimos en el paseo? Pues estábamos ya para
venirnos cuando veo cruzar una mujer de mantón... Aquella mujer parece
Aurora, digo para mí... Y así fue como lo pensé: la misma Aurora que
había venido a Madrid a comprar zapatitos para los niños y se marchaba a
su casa.
Aurora era una joven que había sido segunda doncella durante algunos
años en casa de Escudero, se había casado con un tipógrafo y vivía en el
Puente de Vallecas.
--¡Ay, señora, qué cambiada está! No la conocería si la viese. ¡Qué
delgada, qué descuidada, qué sucia! Vergüenza me dio siquiera que
hubiera besado a los niños...
Doña Eugenia dejó escapar un grito doloroso y se puso en pie de repente.
Escudero, asustado del susto de su esposa, soltó el tenedor que cayó en
el plato con estrépito; los niños chillaron, la doncella se puso pálida.
--¡Cómo!--profirió la señora con voz alterada--. ¿No sabe usted que le
tengo prohibido que nadie bese a los niños...? ¡Y les besa una mujer que
vive en uno de esos barrios sucios, llenos de miseria, y habita en una
casa que será seguramente un foco de infección...! ¡Ahora mismo a
desinfectar a estos niños! ¡Ahora mismo, sin pérdida de tiempo!
--Pero, mujer--se atrevió a apuntar Escudero, recogiendo el tenedor y
volviendo a engullir tranquilamente--, no es tan seguro que la casa de
Aurora sea un foco de infección, porque ella también tiene niños y es de
suponer que los besará...
Doña Eugenia no escuchaba nada.
--¡Que los contagie ella si quiere...! ¡Yo no quiero contagio...! ¡yo no
quiero que se mate a mis niños!
Y diciendo y haciendo los agarró con mano crispada del brazo, y
bajándolos de la silla los arrastró hasta el lavabo del gabinete
contiguo, y quieras que no les metió la cabeza en una disolución de
sublimado y les restregó los labios y las mejillas casi hasta hacerles
brotar la sangre. Los niños protestaban con altos gritos de aquel
lavatorio intempestivo y cruel. La consternación se pintaba en el rostro
de los espectadores, exceptuando el de Escudero que reaccionaba
admirablemente ante los continuos sobresaltos que su espasmódica esposa
le proporcionaba.
Todo quedó en calma al fin, pero la doncella delincuente se marchó
llorando y vino otra a sustituirla. Sin embargo, al cabo de pocos
minutos se presentó de nuevo con una carta urgente para el señor. Se
puso éste con calma los anteojos, la leyó atentamente y luego sacudió la
cabeza con tristeza.
--¡Pobre Manuel!
Un antiguo agente de negocios, compañero suyo, había quedado arruinado
tiempo hacía; venía viviendo en la mayor miseria y por fin le
notificaba que el casero le había puesto los muebles en la calle y le
pedía por el amor de Dios que le diese veinte duros.
--¡No faltaba más...! ¡Ya lo creo que se los daré!--exclamó don Ramón,
que era hombre caritativo, echando mano a la cartera.
Pero de pronto se detuvo, quedó un instante suspenso y por fin,
levantándose, fue a su despacho. Miró su libro de gastos y vio que el
día anterior había quedado agotada la consignación mensual de limosnas.
Así que volvió diciendo con cara compungida:
--Dile que no puede ser... Lo siento mucho... pero no puede ser.
--¡Pero, papá!--exclamó Araceli.
--No puede ser, hija... no puede ser...--repuso con impaciencia.
Escudero hacía cuantiosas limosnas, tenía destinada para ello una
partida crecida de su presupuesto mensual, pero era un hombre tan formal
y tan exacto que, una vez agotada ésta, por nada ni por nadie haría un
adelanto sobre el presupuesto del mes siguiente. Fue necesario
conformarse. Sin embargo, Tristán sacó disimuladamente del bolsillo un
billete y haciendo seña a la doncella, se lo dio por debajo de la mesa.
Araceli seguía de humor placentero. La poética aventura con la
vizcondesa había exaltado sus sentimientos de grandeza. Mecida con
deleite sobre las nubes irisadas del cielo aristocrático, no daba paz a
la lengua. Las costumbres excéntricas pero respetables de la marquesa de
C.***, tía de su amiguita Enriqueta, la belleza de la condesa de B.***,
los trajes de la duquesa H.***, los escándalos del barón de S.***, un
verdadero loco, pero ¡tan fino! ¡tan distinguido! Siempre se acordaría
de aquella tarde en que se sintió indispuesta en las carreras y el mismo
barón fue por una taza de te y se la sirvió por su propia mano.
La misma sobrexcitación heráldica le impulsó a dirigirse a su primo en
tono jovial.
--¿Y qué tal, qué tal el marquesito del Lago? Dicen que es un cazador de
primera fuerza.
Tristán se encogió de hombros con desdén.
--No sé si es de primera o de última, pero no le oí hablar nunca de otra
cosa.
--Me ha dicho Visita que es un chico muy simpático.
Una pedrada en la cara no le hubiera hecho peor efecto a nuestro joven
que aquella frase. Obscureciose su rostro y dijo con acento de
concentrado desprecio:
--¡El marquesito del Lago es un imbécil!
--Para ti todos son imbéciles--repuso picada la prima--. No asistiendo
al Ateneo y no citando a los filósofos alemanes... ya se sabe, un
imbécil.
--Lo digo y puedo probarlo. Ni aun sabiendo de antemano lo que iban a
preguntarle en el examen y preparándole su ayo toda una noche, fue
posible que aprobase el derecho romano.
--¿Y para qué necesita saber derecho romano si es marqués?--replicó con
audacia irritante la joven.
La disputa prosiguió con acritud por ambas partes, sobre todo por la de
Tristán. Sin embargo, Escudero hizo callar a su hija, porque después de
lo que Tristán había revelado era disculpable su cólera.
VII
SUS AMIGOS
Al entrar de nuevo Tristán en su cuarto después del almuerzo, encontró
allí a su amigo García.
--¡Hola! ¿estás tú aquí? No me han dicho nada--dijo en un tono entre
cariñoso y displicente.
Claro que no le habían dicho nada, ni había para qué. García, en opinión
de los criados de la casa, no representaba nada porque traía el
_chaquet_ raído, los pantalones deshilachados, el sombrero con grasa y
las barbas terriblemente aborrascadas. Y sin embargo, García era el
amigo más íntimo que tenía el señorito Tristán, su condiscípulo y un
catedrático en ciernes.
Su amistad databa de la Universidad. Un día en que a Tristán le tocó la
conferencia, la pronunció con tal galanura que el profesor, sorprendido
agradablemente, manifestó que se felicitaba de haber hallado al fin un
discípulo de tan claro entendimiento y de palabra tan fácil. Al salir de
clase un muchacho feo, peludo y desaseado, con quien nunca había cruzado
la palabra, le abrazó y le felicitó con entusiasmo. Era García. Desde
entonces no tuvo Tristán otro amigo más leal, más cariñoso, más
abnegado. Al compás de los progresos que nuestro joven hacía tanto en la
Universidad como en el Ateneo y la prensa, crecía en proporción
geométrica la admiración de García. Cuando Tristán publicó sus primeros
artículos y poesías en una revista, juzgole de golpe un gran hombre, y
de esta opinión ya no le apeó nadie en toda la vida. Al ponerse a la
venta el año anterior su volumen de poesías titulado _Engaños y
Desengaños_, García le creyó en el pináculo de la gloria y él a su lado
para compartirla. Recorría las calles con el tomo en la mano, entraba en
las librerías y se enteraba de cuántos ejemplares se habían vendido, iba
a los cafés y leía en alta voz algunos versos dejando estupefactos a los
parroquianos, y en todas partes voceando y gesticulando dilataba la fama
del poeta. Tristán agradecía aquella devoción; pero no lo bastante; hay
que decirlo sin ambages. Así es nuestra pecadora naturaleza.
Como venía de la mesa malhumorado no hizo más que saludarle,
encerrándose después en un silencio sombrío y poco cortés. Pero García
estaba habituado a estos silencios y respetaba el carácter caprichoso y
a ratos poco comunicativo de su amigo. Encendió éste un cigarro, le
ofreció otro y se puso a pasear de una esquina a otra del despacho
exactamente como si estuviera solo. García tenía un libro en la mano,
aparentaba leerlo, pero cuando Tristán volvía la espalda levantaba los
ojos hacia él y le miraba con mezcla de inquietud y respeto. Al fin,
sonriendo con humildad, se atrevió a decir:
--¿No sabes, Tristán? Hoy he tenido una agarrada en el _Colegio
Platónico_.
Tristán sin interrumpir su paseo dejó escapar por la nariz un sonido que
indicaba que le había oído.
--Sí, una agarrada con el director y por tu causa.
--¿Por mi causa?--expresó de mala gana el joven dignándose apenas volver
la cabeza.
--Sí; no sé quién le fue con el soplo de que yo en la clase de Retórica
citaba tus composiciones y se las hacía aprender de memoria a los niños
y me llamó y me dijo muy hosco:--«Amigo García, tengo entendido que se
permite usted en clase hablar de los versos de un amiguito de usted y
ponerlos nada menos que al lado de los grandes modelos literarios. Sepa
usted que eso no es tolerable y debiera usted considerar que el afecto y
la amistad por apasionada que sea no dan derecho a mixtificar (es una
palabreja que emplea a troche y moche), a mixtificar la tierna
inteligencia de sus discípulos.»--«Señor director--le contesté--,
cuando yo me autorizo el citar con elogio una composición cualquiera es
porque estoy persuadido de que lo merece sin que la amistad ni otro
motivo cualquiera tenga parte en ello.»--«¿Acaso se figura usted que su
amigo (que no pasa de ser un principiante) puede colocarse a la altura
de los grandes poetas que hemos tenido y que tenemos en España?»--me
pregunta cada vez más encrespado.--«No señor, no me lo figuro, sino que
estoy convencido de ello»--le replico.--«¡Vamos, García, déjese usted de
badajadas y no sea ganso!» Sí; creo que me llamó ganso. Yo debiera
responderle: El ganso y el avestruz y el cernícalo es usted que dirige
un colegio en España sin saber castellano... Pero ya ves, amigo Tristán,
necesito los quince duros mensuales que me da...
En efecto, García vivía sosteniendo también a su anciana madre con los
quince duros que le daban en el Colegio Platónico, veinte del colegio
_Greco-latino_ y algunas lecciones particulares. En total cincuenta o
sesenta duros al mes. Había hecho ya tres oposiciones a cátedras de
Retórica y Poética ocupando segundo y tercer lugar en las ternas y
estaba resuelto a oponerse a todas las que vacaran hasta apoderarse de
una.
--¡Tú siempre haciendo tonterías, García!--exclamó Tristán con acento
donde se transparentaba la complacencia con que las observaba.
Y como se pusiera repentinamente de mejor humor propuso a su amigo el
salir a tomar café. Lo tomaron en la _Cervecería Inglesa_ y desde allí
bajaron a _Recoletos_ dando un paseo y siguiendo por la _Castellana_
hasta el final. Allí Tristán quiso entrar un momento en el tiro de
pistola. Era un aficionado ardoroso de este ejercicio, en parte porque
conociendo su carácter temía a cada instante verse obligado a acudir al
terreno del honor; en parte también porque había mostrado desde el
principio excepcionales disposiciones para él. Frecuentaba asimismo las
salas de armas, pero aquí sus éxitos habían sido muy inferiores.
Penetraron, pues, en el recinto del tiro y fue recibido por los tres o
cuatro parroquianos que allí había con muestras de respeto como una
lumbrera del arte. Tristán dio claras pruebas de que merecía este honor
metiendo ocho balas seguidas a voz de mando en un pequeño círculo del
tamaño de un duro. Es imposible imaginarse el rendimiento, la veneración
con que el mozo que cargaba las pistolas se las iba presentando después
de cada tiro. Un sacerdote ofreciendo la mirra y el incienso en el altar
no adoptaría una actitud más humilde y contemplativa. En cuanto a
García, aunque era un hombre enteramente retórico de los pies a la
cabeza, miraba a su amigo desde el diván donde se había sentado con ojos
alegres y triunfantes y los volvía a los parroquianos con ganas de
decirles: «¿Ven ustedes qué ojo tiene para meter la bala en el blanco?
Pues es tan certero para medir los _sáficos adónicos_.»
Salieron por fin de allí y regresaron al centro por el mismo paseo.
Estaba éste, como domingo, muy concurrido, pero aunque García iba
bastante mal trajeado y contrastaba con la elegancia perfilada que
ostentaba siempre su amigo, éste no se avergonzaba poco ni mucho de
llevarle a su lado: una buena cualidad que hay que reconocerle. García
la agradecía con todo el calor de su alma. No habían andado mucho cuando
tropezaron con el gran poeta don Luis de Rojas, el amigo cariñoso y el
maestro venerado de Tristán. Era un viejecito pulcro, de facciones
correctas y ojos vivos que gastaba perilla y bigote enteramente blancos
ya y el cabello cortado en media melena como tributo pagado a su
gloriosa juventud romántica. Traía un nietecito de la mano que Tristán
besó y agasajó mientras García se apartó respetuosamente algunos pasos.
Maestro y discípulo departieron con afecto unos momentos, y en la forma
cordial con que Rojas le abordó podía observarse que Tristán era su
predilecto. Así lo había declarado en efecto el maestro francamente en
el prólogo que puso al volumen de poesías titulado _Engaños y
Desengaños_, publicado por nuestro joven el año anterior. Merced a este
prólogo, el libro había logrado una resonancia que no alcanzan de
ordinario las producciones de los poetas noveles.
--Adiós, Aldama--concluyó diciéndole y apretándole al mismo tiempo la
mano--; que no falte usted el viernes. Hace dos o tres semanas que no
le vemos.
Rojas recibía a sus amigos los viernes por la noche en su casa. Era una
tertulia casi exclusivamente de literatos donde predominaban los
jóvenes.
Tristán, que le admiraba de corazón y estaba muy pagado de su
predilección afectuosa, comenzó luego que se hubo emparejado con García
a cantar sus alabanzas.
--¡Qué poeta, amigo mío! ¡Qué fantasía! ¡Qué vena fácil, armoniosa,
fresca! Jamás se han escrito en español ni imagino que en idioma alguno
unos versos más melodiosos. Hasta en sus últimas composiciones, cuando
ya no es más que un pobre viejo caduco, asoma en todas partes la garra
del león. ¡Mira que _La barca a pique_ es hermosa de veras...! ¡Hermosa,
hermosa!
Y al paso que caminaban se puso a recitar con un poco de énfasis las
octavas de aquella famosa composición del más famoso poeta español.
García aprobaba con el gesto y con algunas palabras sueltas la belleza
de la canción. «¡Grandioso en verdad! ¡Muy patético! ¡Qué pompa! ¡Qué
ornato...!»
Cuando Tristán terminó, caminaron algún tiempo en silencio. De pronto
García se detiene y exclama en tono resuelto:
--¿Sabes lo que te digo, Tristán...? _La barca a pique_ es una pieza de
relevante mérito. La pompa es magnífica, muy patética y de mucho
artificio... pero yo no cambiaría por ella tu _Golpe de viento_...
Tristán se puso rojo, no sabemos si de vergüenza o de placer; acaso de
ambas cosas a un tiempo.
--¡Hombre, por Dios, no desbarres!
--Yo no te diré que tenga tanto estro y tanto número. Rojas es único
para el número en España... Pero prefiero la tuya porque tiene más
variedad de tropos...
--¡Por Dios, García!
--Lo dicho... Tiene más riqueza de tropos. De eso no hay quien me
apee... Además, te lo diré francamente--añadió parándose y ahuecando la
voz--, no transijo, no puedo transigir con la metonimia que Rojas emplea
en el quinto verso de la segunda octava. Es más que atrevida,
disparatada. Eso de «las estrellas sus rayos esgrimiendo» podrá haber
críticos que lo aprueben, no te lo niego, pero mi conciencia literaria
me impide en este punto emitir un dictamen favorable.
Tristán siguió protestando. García manifestó con creciente energía:
--Te lo digo y te lo repito. Me juzgaría indigno del título de
licenciado en Filosofía y Letras y de inculcar en la inteligencia de mis
discípulos las primeras nociones de la Poética si no sostuviese que tu
composición ostenta mayor variedad de tropos que la de Rojas.
¿Qué iba a hacer Tristán en vista de esta decisión inquebrantable? Se
resignó como es natural.
Y paso entre paso llegaron hasta el salón del Prado y subieron por la
calle del mismo nombre hasta el Ateneo. Allí se despidieron. García no
era socio, no ciertamente por falta de ganas, sino de recursos
pecuniarios.
Columpiándose en una mecedora con un periódico en las manos halló
Tristán a su amigo Núñez en una de las salitas de conversación de aquel
centro docente. Era hombre de treinta y cuatro a treinta y seis años: de
más edad por lo tanto que nuestro joven; rubio, con ojos de color
indefinible tirando a verde, penetrantes y maliciosos; la barba rala y
partida por el medio. Vestía con la elegancia un poco fantástica y
afectada que alguna vez usan los artistas para apartarse de la
vulgaridad burguesa. Saludáronse con frialdad de buen tono que mostraba
al mismo tiempo confianza y Núñez siguió leyendo.
--¡Cuidado que se pone cursi el paseo de la Castellana los domingos...!
Es decir, se pone más porque lo está siempre. Esas niñas que van
rezumándose con los papás detrás de ellas; esos jóvenes que marchan
ciñendo la orilla de los coches vuelta hacia ellos la cabeza y
quitándose el sombrero cada cuatro pasos, sin conocer a nadie, sólo para
que las damas pedestres los admiren y veneren; esos aristócratas que
pasean en carruaje y se miran y se remiran sin cesar como si no se
conociesen, aunque se están mirando desde que nacieron y se seguirán
mirando hasta la hora de la muerte... Dime, ¿no causa grima a
cualquiera?
Núñez dejó escapar un murmullo de aprobación sin levantar la cabeza,
pero miró con el rabillo del ojo a su amigo y una chispa de malicia
atravesó por sus ojos.
--Dudo que exista en el mundo--prosiguió Tristán--una ciudad más
aburrida, más prosaica y cominera que la capital de España. Aquí la
gente se vuelve para mirarse por la espalda como si todos fuesen seres
raros o admirables; delante de cada ciego que toca la guitarra hay una
muchedumbre apiñada; las señoras pasan la vida averiguando lo que comen
sus vecinas y los caballeros cuánto ganan sus amigos; la juventud se
ocupa en descifrar las charadas o en contestar a las preguntas que
proponen los periodiquitos ilustrados: «¿cuál es el mejor literato?
¿cuál es el torero más bruto?», etc. Y contestan siempre los que no han
leído un libro ni han asistido a una corrida. Los viejos piropean a las
jóvenes y las siguen y hablan de política y no saben una palabra de la
profesión que han ejercido toda la vida. Los generales discuten la
separación de la Iglesia y del Estado y los obispos se preguntan si
estamos preparados para una guerra con el extranjero. Y en las calles y
en los paseos, en los teatros y en las iglesias, se observa en las
fisonomías la misma vulgaridad, el signo indeleble de cursilería y de
ignorancia que caracteriza a nuestros amables convecinos...
Al tiempo de pronunciar estas palabras, como estuviese jugando con el
bastón, se le cayó al suelo con estrépito.
Dejó escapar una interjección de impaciencia, lo recogió y se quedó unos
instantes pensativo.
--¿Por qué se habrán de caer las cosas, vamos a ver?--exclamó al cabo
como si hablase consigo mismo--.¿Por qué no habían de quedarse donde se
las colocase? Esta ley de la gravedad que nos encadena al suelo, que nos
pone grillos al nacer como si fuéramos presidiarios, ¿no es una ley
estúpida? ¡Y luego nos hablan de inteligencia en la naturaleza!
¡Menguada inteligencia que corre parejas con su bondad!
Núñez soltó una carcajada.
--Amigo Páramo, hoy vienes más páramo que nunca te he visto. ¡Me río yo
de las estepas de la Siberia y de los ventisqueros del monte de San
Bernardo!
Era una de las bromitas que se autorizaba con Tristán el ponerle este
sobrenombre a causa de sus ideas sombrías. A menudo, cuando tenía que
enviarle una carta por el correo interior o por medio de mensajero,
escribía en el sobre: «Señor don Tristán Aldama del Páramo», o bien
añadía al apellido «y Fernández Yermo» o «Desierto Arenoso». Tristán
toleraba estas bromas porque respetaba y admiraba a su amigo. Núñez,
como ya se ha dicho, le llevaba ocho o diez años de edad, gozaba de un
nombre ilustre como pintor, frecuentaba la alta sociedad y era temido y
agasajado por su mordacidad. Estas circunstancias hacían que Tristán se
sintiese halagado por aquella amistad que, aunque nacida hacía dos años
nada más, había adquirido gran intimidad, hasta llegar a tutearse. Por
su parte Núñez hizo de Tristán su amigo porque le halló inteligente y
figurando entre los jóvenes de más porvenir en la literatura, porque
vestía con elegancia y pertenecía a una familia opulenta. La vida de
ambos no era igual, sin embargo. La de Núñez, más disipada; frecuentaba
más el Casino que el Ateneo, tenía queridas y gastaba mucho dinero, sin
que se supiese de dónde procedía, pues hacía años que pintaba poco.
Tristán sonrió, avergonzado de aquellas extemporáneas lamentaciones.