que allí venía que lo llevase a la cuadra, y emparejándose después con
su amigo marcharon un poco delante. Este le informó, mientras llegaban a
la puerta del parque y lo atravesaban, de los últimos sucesos de su
vida. Se había casado, en efecto, en México con una viuda que ya tenía
dos hijos bien crecidos, casi hombres. («¡Claro--decía para sus adentros
Reynoso--una joven no se atrevería contigo!») Al poco tiempo empezaron
las disensiones en el seno de la familia. La madre tenía muy mimados a
sus chicos y les dejaba gastar cuanto querían. Como no tenía mucho
dinero que darles, se empeñaba en que él subvencionase a sus vicios.
--Naturalmente, yo...
--Ya, ya; no me digas más.
Pues bien, el asunto se había ido poniendo tan serio, las pretensiones
de los mocitos crecieron a tal punto, que ya le injuriaban y le
amenazaban cuando no soltaba los cuartos. Por fin, uno de ellos le
disparó un tiro...
--¿Qué dices?--exclamó don Germán.
--¡Ni más ni menos...! Es posible que fuera por asustarme nada más,
porque la bala quedó incrustada en el techo... pero de todos modos...
--¡Ya lo creo que de todos modos!
--En fin, decidí escaparme. Realicé a la callandita casi todo mi dinero
y lo envié en letras a Europa. Después una mañana les dejé plantados,
tomé el vapor y anduve viajando algunos meses por Inglaterra y Alemania
para despistarlos, porque sospecho que me seguirán los pasos. Por fin,
vine a Madrid, y allí estoy desde hace quince días. Tenía grandes deseos
de verte, pero, francamente, el Escorial es un sitio peligroso para mí
porque han de suponer que he venido a recalar a esta tierra.
--¡Pero hombre, parece mentira que con ese aspecto tremendón y esas
barbas tengas miedo de tus hijastros!
--Es que no los conoces, Germán. ¡Mis hijastros son dos gauchos, dos
leopardos!
--¡Pero tú pareces un tigre!--repuso riendo Reynoso.
Mientras esto sucedía en las afueras del parque, dentro de él Tristán
llevaba a cabo un gravísimo descubrimiento. Hostigado por los recelos
que Cirilo y Visita le infundían y ardiendo en deseos de cerciorarse de
la intriga que contra él se tramaba, no dudó en faltar a la delicadeza
espiándolos. Sabía que el matrimonio se hallaba en el cenador con el
marquesito, y hacia allá se dirigió sin hacer ruido. Metiéndose en el
macizo de las cañas que lo circundaban, observó en qué situación se
hallaban colocados y se aproximó buscándoles la espalda. Las primeras
palabras que oyó le dejaron yerto.
--¡Pero si ya está arreglado!--exclamaba el marquesito.
--Lo que está arreglado se desarregla y lo que está hecho se
deshace--respondía Visita.
Una ola de sangre subió al rostro de Tristán. Estuvo a punto de caer.
Quiso avanzar más para escuchar la conversación que se le escapaba por
haber bajado la voz los interlocutores, pero uno de los perros que allí
estaban lo olfateó y se puso a ladrar. Entonces no tuvo más remedio que
descubrirse, fingir que llegaba en aquel momento haciendo de tripas
corazón, sonreír y dirigir palabras amables a aquellos traidores. Ellos
le recibieron con la más perfecta tranquilidad fingiendo pasmosamente
que tenían gusto en verle por allí y preguntándole por Clara. Imposible
llevar a grado más alto la hipocresía. ¡Qué abismo de maldad es el
corazón humano!
No hacía mucho rato que estaban allí sentados cuando llegó la caravana
que conducía en triunfo al paisano Barragán. El marquesito y Cirilo, al
verle, se pusieron en pie y sus ojos no pudieron menos de expresar la
sorpresa y la inquietud. El mismo Tristán, a pesar de hallarse bajo el
peso de un desengaño doloroso, miró con estupor a aquel extraño
personaje. Reynoso lo presentó con palabras afectuosas y cordiales,
desvaneciendo la primera desagradable impresión. Se narró en medio de
algazara la terrible aventura de Elena y el valor desplegado por Clara
en aquellas críticas circunstancias. Tristán, cuyo corazón estaba
henchido de amargura, tomó la palabra para dejar caer una gota de hiel.
--Nada tiene de extraño el susto de Elena. Los peligros de toda clase
hormiguean en el mundo y nos vemos acechados constantemente por un
enjambre de enemigos que espían nuestros pasos para caer de improviso
sobre nosotros al menor descuido. No sólo la naturaleza es nuestra
enemiga y se halla dispuesta siempre a trituramos sin compasión, sino
que los riesgos más tristes, por ser los más insidiosos, nos llegan de
nuestros semejantes, de aquellos que juzgamos nuestros amigos, nuestros
hermanos. De tal suerte que el mísero ser humano vive en el mundo como
el pájaro en el bosque, afinando la vista y el oído para huir ante la
sombra más fugaz y al menor ruido. El egoísmo es la esencia del mundo,
es su mismo sostén y jamás podremos guardarnos bastante los hombres los
unos de los otros. «El hombre es el lobo del hombre», ha dicho con razón
Hobbes.
Elena se inclinó al oído de Clara para decirle muy bajo:
--¿No te he dicho yo que era un lobo? ¡Mira qué pronto le ha conocido
Tristán!
Clara llevó el pañuelo a la boca para no soltar la carcajada.
--No tanto, Tristán, no tanto--replicó Reynoso--. Existe mucho egoísmo
en el mundo, pero existe también mucho amor. Los hombres amamos más de
lo que pensamos. Tú mismo, que acabas de afirmar que el egoísmo es la
esencia del mundo, no hace mucho tiempo que viendo salir de un portal a
una pobre mujer con los vestidos ardiendo, envuelta por las llamas, te
quitaste el abrigo, te arrojaste sobre ella, la envolviste y, quemándote
las manos, con peligro de tu vida, lograste salvarla de una muerte
horrorosa... Lo que hay es que el amor no levanta tanto estrépito como
el egoísmo. En nuestras almas suele entrar cubierto de harapos como un
mendigo, se sienta en el rincón más obscuro y allí espera silencioso a
que le arrojemos algunos mendrugos de nuestra mesa. ¡Ay del mortal que
le niegue esos mendrugos! Más le valiera no haber nacido, dice Jesús en
su Evangelio.
--Más nos valiera a todos no haber nacido. La raíz inconsciente de
nuestro ser proclama la identidad, es cierto, y yo, por un movimiento
irreflexivo, me lancé en socorro de aquella mujer; pero ¡ay! en cuanto
reflexionamos se desvanece la ilusión y los hombres quedamos unos
enfrente de los otros como seres radicalmente distintos, como
adversarios que se disputan encarnizadamente el tiempo y el espacio.
Nuestras más caras ilusiones, el amor conyugal, el amor filial son
«imágenes de oro bullidoras», como dice Espronceda, que brillan mientras
la luz del sol las hiere, pero así que ésta empieza a faltarles se
vuelven fantasmas repugnantes, hijos legítimos del pérfido destino, como
aquella hermosa doncella que el moro Ferragut, en el poema del obispo
Valbuena, tenía entre sus brazos y al caerse la vela vio transformada a
la luz de la luna en una flaca vieja con el rostro lleno de verrugas...
Quedó un momento pensativo con los ojos melancólicamente puestos en el
vacío y luego añadió bajando más la voz:
--Hace algún tiempo fui a visitar a un amigo cuyo padre se había muerto.
Estaba sumido en la desesperación: el llanto bañaba sus mejillas. Y no
le faltaba motivo. Era un padre bondadoso, justo, un perfecto caballero,
de rara modestia a pesar de ser título de Castilla y poseer cuantiosas
riquezas... A los ocho días volví por allá. Encontré a mi amigo tan
afanoso y preocupado dictando órdenes, conferenciando con sus
administradores, escuchando las peticiones de una nube de parásitos, que
no tuvimos tiempo a dedicar un recuerdo a aquel noble varón que desde
hacía pocos días descansaba en la cripta. Viéndole tan activo, tan
solicito, tan poseído de su papel de amo, me acometió un deseo punzante,
que con dificultad logré reprimir, de preguntarle: «Vamos a cuentas,
amigo mío: yo no dudo que amases entrañablemente a tu padre; pero si por
un movimiento libérrimo y absolutamente secreto de tu voluntad pudieses
resucitarle para entregarle de nuevo ese título y esa gran fortuna que
ahora posees, ¿lo harías? ¡No mientas! ¿lo harías...?» Después de esto
le he tropezado muchas veces en sociedad, saludado, acatado por todo el
mundo. Y siempre la misma pregunta indiscretísima retozó en mis labios,
la misma curiosidad oprimió mi corazón.
--¡Pero eso que estás diciendo es horrible!--profirió Clara con ímpetu.
--¡Horrible!--repitieron a un tiempo Elena y Visita.
Tristán se dio cuenta instantáneamente de su indiscreción al hablar en
tal forma delante de su prometida y de Elena (en cuanto a Visita se
alegraba) y dijo echándolo a broma:
--No tomen ustedes en serio estas metafísicas. Son curiosidades malsanas
que nos acuden cuando no tenemos otra cosa más seria en que pensar.
Pero Reynoso no se dejó engañar por la rectificación.
--Nadie ha dudado jamás, y la misma religión cristiana nos lo repite a
cada momento, que en el fondo de nuestra alma viven instintos
depravados, se agitan apetitos bestiales, dormita, en una palabra, la
fiera. Pero la experiencia me ha enseñado que es más fácil adormecerla
con el humo de la lisonja que con los gritos del miedo. Mostrando
confianza a nuestros hermanos solemos hacerlos mejores: recelando de
ellos, jamás... Recuerdo que hace bastantes años tuve necesidad en
Guatemala de ir desde mi finca a la capital para cobrar unas letras. Me
acompañaba un criado de confianza que lo había sido también de mi tío.
Cuando regresábamos observé en aquel hombre extrañas señales que me
infundieron sospechas: se mostraba taciturno, preocupado; examinaba con
atención mis armas; dirigía miradas penetrantes en torno suyo; apenas
comía. Recelé, en suma, que aquel hombre proyectaba robarme, tal vez
asesinarme. Llegamos al anochecer a una miserable estancia, donde nos
albergamos. Antes de acostarnos le llamé aparte y le dije
confidencialmente: «Pepe, el estanciero y la gente que aquí tiene no me
inspiran confianza. Toma mi revólver y mi estoque y hazme el favor de
vigilarlos mientras yo duermo tres o cuatro horas. Luego despiértame y
yo te velaré a ti otras tres o cuatro.» No pueden ustedes figurarse cómo
cambió la fisonomía de aquel hombre en un instante. En sus ojos volvió
a brillar de repente la alegría y la serenidad. «Pierda usted cuidado,
mi amo--respondió con voz clara y gozosa--; antes que le tocasen a usted
el pelo de la ropa ya había yo despachado tres o cuatro al otro barrio.»
Me acosté en la íntima persuasión de que decía verdad. Y, en efecto, me
dejó dormir toda la noche, velando mi sueño con la solicitud de un
padre... Siempre he imaginado que todos los hombres tienen en el fondo
de su alma un gato, Tristán, un gato de bondad y de nobleza. ¡Hay que
buscárselo, hay que buscárselo!
--Se busca el gato y se halla el ratón--respondió aquél alzando los
hombros.
Mientras Tristán y Reynoso departían de esta suerte, el paisano
Barragán, sorprendido y asustado de aquellas filosofías, miraba a uno y
otro interlocutor, haciendo rodar sus ojos feroces, encarnizados, de un
modo tan odioso que Elena, al tropezar con ellos, sintió un escalofrío
correr por todo su cuerpo.
--Vaya, vamos a dar una vuelta por el jardín--dijo levantándose para
huir aquella visión siniestra.
Pasearon un rato por el parque. Reynoso les dijo de pronto:
--Os he mostrado casi todos mis bichos, pero aún nos falta algo digno de
verse, aunque sea bien modesto. Venid conmigo.
Les hizo salir por la puerta del jardín y, dando la vuelta por él, los
llevó hasta un paraje donde adosadas a la pared sobre tableros había
hasta veinte o más colmenas de corcho.
--Ni un paso más--les dijo--porque es peligroso. Dejadme a mí solo.
Se adelantó él efectivamente y cuando hubo llegado salieron de pronto
los enjambres y le cubrieron todo, cabeza, rostro, manos, como si de
repente hubiera quedado negro. Un grito de susto salió de todas las
bocas.
--¡No hay cuidado!--exclamó don Germán en voz alta--. No se muevan
ustedes.
Dio algunas vueltas en esta forma y luego, pasando por delante de las
colmenas y deteniéndose en cada una, las abejas fueron levantando el
vuelo y metiéndose cada cual en su casa.
--Ya lo ven ustedes como no había miedo--dijo viniendo hacia ellos
completamente limpio--. Ni una sola me ha picado; no han hecho las
pobrecitas más que darme la bienvenida.
--Pero ¿cómo ha logrado usted...?--dijo el marquesito.
--De un modo muy sencillo. Empecé aproximándome con cautela, cada día un
poco más.
--¿Sin careta?
--Sin careta ni guantes. Me fui acercando poco a poco. Dos o tres veces
me picó alguna, pero lo sufrí con resignación. No les hacía ningún daño
y al cabo logré convencerlas de que nada debían temer de mí. Desde
entonces me dejan acercarme todos los días, y no sólo eso, sino que me
saludan del modo afectuoso que acaban ustedes de ver... ¿No piensas,
querido Tristán--añadió dirigiéndose alegremente a éste--, que el mismo
procedimiento es el que debemos emplear con los hombres? Persuadámosles
de que no queremos perjudicarles, de que no deseamos siquiera
utilizarlos en nuestro provecho, y entonces nuestras relaciones con
ellos serán dulces y cordiales.
--Todo eso está muy bien--repuso Tristán en el mismo tono jocoso--, pero
usted las utiliza seguramente en su provecho quitándoles la miel y la
cera.
--¡Tienes mucha razón, amigo mío!--exclamó Reynoso riendo--. En este
caso soy un traidor... Pero ellas me perdonan porque las dejo lo
bastante para alimentarse y las estimulo a trabajar. De otro modo se
aburrirían...
--No se apure usted, don Germán. Los traidores saltan en todas
partes--replicó Tristán dirigiendo una mirada penetrante a Cirilo y
Visita.
VI
LA FAMILIA DE TRISTÁN
Por no regresar con ellos a Madrid prefirió quedarse a comer en la casa
y partir en el tren que debía pasar a las nueve de la noche. En cuanto a
Barragán, fue instado para que pernoctara allí, pero no aceptó. A la
hora de obscurecer montó de nuevo a caballo y la emprendió hacia
Villalba, donde pensaba dormir. Reynoso quedó haciendo comentarios
alegres.
--Es un hombre original mi amigo Barragán, ¿no es cierto? Añadan ustedes
a esa traza de salteador, que Dios o el diablo le han dado, la manía que
siempre ha tenido de caminar de noche y por veredas apartadas, de hacer
los viajes a caballo, de pernoctar en las ventas y comer en las
tabernas, y comprenderán la serie de aventuras cómicas unas y
desagradables otras que le han sucedido. En más de una ocasión le
llamaron aparte para proponerle _un negocio_, esto es, desvalijar o
asesinar a alguno.
--¿Y estás seguro de que no ha mojado nunca en alguno de esos
negocios?--preguntó Elena con acento dubitativo.
--¡Mujer, qué estás diciendo!--exclamó su marido soltando a reír.
Elena sacudió la cabeza reservándose su opinión.
Ya bien cerrada la noche se enganchó el coche y Tristán fue transportado
a la estación.
Al entrar en uno de los departamentos de primera no había allí más que
dos señoras, una joven y otra vieja, que parecían madre e hija. Tristán
se arrellanó cómodamente en un rincón frente a ellas. Cuando sonó la
campana y el tren iba a ponerse en marcha subió al coche un señor de
rostro apoplético y aspecto rural.
--Caballero, ése es mi sitio--dijo encarándose un poco rudamente con
Tristán.
Este, cuya susceptibilidad siempre viva se hallaba ahora exacerbada,
respondió con calma afectada e impertinente:
--En este momento es el mío.
--Es cierto que no he dejado en él señal ninguna porque creí que no
subiría nadie, pero estas señoras son testigos de que he venido
ocupándolo desde Valladolid.
Las señoras corroboraron el aserto con un murmullo y una inclinación de
cabeza.
--La opinión de estas señoras es muy respetable, pero no me parece
suficiente para darle a usted el derecho de reclamar el sitio del modo
perentorio que lo ha hecho.
--¡Qué modo perentorio ni qué calabazas!--exclamó el buen señor
perdiendo la paciencia.
Tristán, que ya la tenía perdida de antemano, replicó en el mismo tono.
La disputa se fue haciendo cada vez más agria. Por último Tristán
poniéndose un poco pálido y mirándole fijamente a los ojos profirió
resueltamente:
--¡Hágame usted el favor de sentarse y no molestar más!
El caballero también se puso pálido y le dirigió una larga mirada
centellante. Hubo un instante en que pareció que iba a arrojarse sobre
él; pero haciendo un supremo esfuerzo sobre sí mismo alzó los hombros
con desdén, dejó escapar un bufido expresando el mismo sentimiento y fue
a sentarse en el rincón opuesto. Tristán permaneció en el suyo y
afectando indiferencia cerró los ojos como si se dispusiera a dormir.
Bien comprendía que las señoras le estaban mirando y no con gran
benevolencia.
Al cabo de un rato, como en realidad no podía ni tenía deseo de
conciliar el sueño, se alzó del asiento y se asomó a la ventanilla. La
noche era clara y tibia; la vasta llanura erizada de lomas se extendía
debajo de un cielo tachonado de estrellas. Aspiró algunos minutos con
placer el fresco y cuando se disponía nuevamente a sentarse una ráfaga
de viento le llevó el sombrero.
Las dos señoras levantaron la cabeza al oír la interjección que soltó,
pero no dieron muestras de pesar ninguno por el accidente. Tristán se
puso a maldecir en voz baja y con rabiosa cólera de su mala suerte, pues
no traía gorra y le era preciso llegar hasta su casa con la cabeza
desnuda. El caballero de la reyerta le miró con expresión de
indiferencia y luego, levantándose y tomando de la red una sombrerera,
se la presentó abierta diciéndole:
--Vea usted si ese sombrero le sirve.
--Muchas gracias--respondió avergonzado--. En cuanto llegue me meto en
un coche...
--Los coches están fuera del edificio. Pruebe usted a ver si le
sirve--insistió con acento rudo y franco el caballero.
Tristán sacó el sombrero y en efecto le estaba bastante bien.
--Pero yo no puedo... No tengo el honor de conocer a usted.
--Lo envía usted mañana al hotel de París. Aquí tiene usted mi tarjeta.
Tristán dio las gracias repetidas veces sin poder disimular su embarazo.
Estaba realmente abochornado por su intemperancia pasada. El caballero
se volvió a su rincón y de nuevo reinó el silencio. Tristán creía notar
que las dos señoras le miraban con desprecio y acaso no le faltaba
razón.
Poco después el generoso caballero se asomó también a la ventanilla. Al
cabo de algún tiempo dio un grito y Tristán le vio sin sombrero.
--¡Qué! ¿también a usted?--dijo sin poder disimular su satisfacción.
Pero el caballero presentó su sombrero diciendo con sorna:
--No; yo he sido más listo que usted y he podido atraparlo en el aire.
Las señoras, que se hicieron cargo de la broma, soltaron la carcajada y
aun exageraron un poco su risa. Tristán también hizo un esfuerzo
desesperado para reír, pero estaba irritadísimo y no volvió a pronunciar
palabra hasta llegar a Madrid. En la estación el caballero se despidió
muy atento: las señoras ni le miraron siquiera.
La casa de su tío Escudero, con quien vivía, estaba situada en la calle
de Alcalá y era grande y lujosa. Ocupaba aquél todo el piso principal,
tenía destinado el bajo a oficinas y los demás alquilados. El criado les
dijo que los señores se hallaban en el teatro y Tristán se retiró a su
habitación sin esperarlos.
Pasó la noche intranquilo, agitado por tristes presentimientos. Ninguna
cosa en el mundo puede tener solución feliz y aquel matrimonio que él
había acariciado durante algunos años, aquel sueño de amor acompañado de
los ricos presentes de la fortuna estaba a punto de disiparse también
como todo. La pérfida voluntad que rige el universo nos hace ver la
felicidad a algunos pasos de distancia sin permitirnos jamás llegar a
ella. Ya le parecía haber entrado en una de las ratoneras que el genio
de la especie tiene armadas siempre para los mortales. Sin embargo, no
era todavía bastante filósofo para dejarse estrangular como un mísero
ratón sin tratar de romper la malla. Estaba resuelto a luchar aunque
persuadido ¡ay! de que en la lucha sería vencido.
Apenas pudo trabajar aquella mañana. Los libros que sucesivamente iba
poniendo delante de los ojos no le interesaban: las cuartillas
permanecían en blanco a pesar de sus esfuerzos desesperados para
llenarlas. Cuando se aproximaba la hora del almuerzo se encaminó a las
habitaciones de sus tíos con ánimo de hablar con ellos acerca del asunto
que le preocupaba. Don Ramón Escudero estaba ya en el comedor sentado en
una butaca y echando frecuentes ojeadas al reloj, que no se daba tanta
prisa a caminar como él quisiera. Era un hombre grueso con el pelo
blanco, las mejillas rasuradas, la fisonomía plácida. Su esposa, que
entraba también en el comedor cuando Tristán, formaba con él raro
contraste; delgada, ojos inquietos, rostro afilado, movimientos
espasmódicos.
--¿Han llegado los niños, Eugenia?--preguntó Escudero--. Buenos días,
Tristán. ¿Qué tal de excursión? ¿Han quedado todos buenos?
La señora respondió que los niños acababan de llegar. Tristán dio cuenta
sumaria también de la salud de sus amigos del Escorial. Después, sin
preámbulo alguno, antes que llegaran los niños y su prima Araceli,
delante de la cual por nada hubiera entrado en tales confidencias,
abordó el asunto que le preocupaba y celebró consulta con sus tíos.
Narró todo lo que había sucedido en el Sotillo en tono dramático y con
reticencias adecuadas para infundir las sospechas que atormentaban su
espíritu. Escudero escuchó el relato sin pestañear. Doña Eugenia
bastante distraída.
--Todo eso--manifestó aquél con acento perfectamente tranquilo, como si
se tratase de un asunto insignificante y baladí--no es prueba suficiente
para acusar a Cirilo de que trabaje para deshacer tu matrimonio... Pero
aunque trabajase, ¿qué? Yo estoy seguro completamente de Germán. ¿No lo
estás tú de Clara...? ¡Pues entonces...! Ella tiene cien mil pesos. Tú
tienes ochenta mil... Pero tú eres licenciado en Filosofía... Total
iguales... Vaya, vamos a almorzar.
Don Ramón Escudero poseía el triste privilegio de descomponer el sistema
nervioso de su sobrino Tristán por sosegado que estuviese (que no solía
estarlo). Este don natural no falló tampoco en la ocasión presente.
Nuestro joven se encrespó terriblemente y como no se atrevía con su tío,
a quien de buena gana hubiera llamado imbécil, la emprendió contra
Cirilo y su esposa a quienes cubrió de dicterios. Don Ramón estaba ya
acostumbrado a estas cóleras insensatas y no hacía caso alguno de ellas
por haberle persuadido, no se sabe quién, de que era achaque común de
todos los jóvenes que estudiaban filosofía y letras. Las presenciaba
impasible y hasta con cierto respeto como señal de su alta vocación,
pues inclinaba su cabeza delante de las ciencias filosóficas y nada en
el mundo le causaba tanta admiración como oír a un hombre hablar una
hora seguida sin lograr comprender una palabra. Sin embargo, como era
la hora del almuerzo y podía hacer daño a su sobrino, trató de calmarle.
Se alzó de la butaca y acercándose a él le dijo al oído:
--Pierde cuidado, querido, que como resulte cierto eso que sospechas, yo
me encargaré de poner un buen castigo a Cirilo... Le reduzco el tanto
por ciento de la administración al cuatro... ¡Ya ves, le doy el
cinco...! Me parece que no le quedarán más ganas de meterse donde no le
llaman...
Y miraba a su sobrino con tal semblante triunfal y satisfecho, que éste
temió perder la razón y darle un golpe con el puño cerrado sobre las
narices. Para evitar semejante catástrofe, determinó sentarse a la mesa.
Don Ramón quiso hacer lo mismo, pero su esposa le detuvo con un grito:
--¡No, Ramón...! Hazme el favor de desinfectarte las manos.
--¡Pero, mujer, si no he tocado nada infectado!
--Sí; has estado en la oficina y todos esos empleados suelen tener
microbios.
--¡Mis empleados no tienen microbios!--replicó Escudero saliendo por el
honor de su dependencia.
--Todo el mundo los tiene. En esa botella hay una solución de sublimado.
Doña Eugenia hablaba con tal autoridad y firmeza que parecía no admitir
la posibilidad de una réplica. Su esposo, sin intentarla siquiera, se
dirigió al pequeño gabinete de _toillette_ que estaba contiguo al
comedor y de buen o mal grado llevó a cabo la operación higiénica.