contentó con sonreír. Pero Tristán dejó escapar un bufido despreciativo
y acto continuo se puso a disertar sobre la decadencia del arte
dramático: los autores unos ganapanes que miraban sólo a las ganancias
repitiendo hasta la saciedad los mismos chistes y las mismas
situaciones, los músicos unos plagiarios que sin pudor fusilaban a los
maestros franceses y alemanes, los cómicos unos payasos amanerados
insufribles...
Cirilo le atajó suavemente haciéndole observar que del arte sublime son
pocos en la tierra los que pueden gozar, que es necesario otro más
asequible a los pequeños. Pero Tristán, que no sufría la contradicción,
se lanzó aún con más violencia contra el teatro moderno. La discusión
iniciada con prudencia fue adquiriendo un temple sobrado caluroso. Elena
la cortó resueltamente.
--¡Ea!, dejemos las disputas. Hasta ahora no he oído ninguna en que se
convenciese nadie... ¿Qué me cuentas, Visita, qué me cuentas de Rosarito
Abella?
--Muchas, muchísimas cosas te voy a contar. En primer lugar te diré que
se ha pintado de rubia... Está, según dicen, para darle un tiro. Pero su
marido cree que tiene en casa a la Venus de Milo, a la de Médicis y a la
bella Otero, todo en una pieza, y cuando sale de casa sella los balcones
con papel de goma para saber si se ha asomado...
En aquel momento entraba Clara con traje distinto. Don Germán dijo por
lo bajo sonriendo:
--Veréis a Clarita. En cuanto se entere de que se está haciendo burla de
una persona se escapará sin decir palabra.
Y así sucedió en efecto. La joven se sentó al lado de Tristán, puso el
oído a lo que se hablaba. Visita y Elena, siguiendo la broma, forzaron
la nota alegre a costa de aquel infeliz matrimonio. Clara se movió en la
silla con visible inquietud y al cabo de un momento se levantó para
salir. Los circunstantes estallaron en una carcajada. La joven volvió la
cabeza con asombro y viendo todos los ojos posados sobre ella con
expresión maliciosa se ruborizó.
Poco tiempo después se sentaban a la mesa. Era ésta suntuosa, refinada,
provista de todas las adquisiciones gastronómicas. Pero don Germán era
enemigo de ellas; las dejaba a su esposa y a los convidados; él se
mantenía de verduras, judías, huevos y tal cual trozo de carne asada.
Aquella alimentación primitiva servía para embromarle y armar algazara.
Sobre todo lo que despertaba siempre más risa era verle comer a puñados
el maíz cocido, costumbre adquirida en América.
--Yo no necesito viajar por las tierras vírgenes--decía Elena--.
Teniendo al lado a mi marido que huele a todas las yerbas del campo y
viéndole comer patatas asadas y forraje me creo transportada a las
pampas.
--¡Allí te quisiera ver yo!--exclamaba Reynoso con su clara risa de
hombre feliz--. Entonces sabrías lo que es comer.
--¿Pues qué es lo que estoy haciendo?
--Pillando una indigestión. Sois unos locos de remate. Pasáis la vida
envenenándoos con la química de los cocineros.
--Para ti fuera del maíz todo es química.
--Sí; me harto de maíz, me harto de judías, pero mañana no imploro como
tú los auxilios de la magnesia. Los granos de maíz se van solitos al
estómago sin temor de que les den escolta las pastillas de Vichy.
Los comensales reían. Elena concluyó por impacientarse y dar puntapiés a
su marido por debajo de la mesa.
Pero otra desazón más grave la aguardaba. Fue a beber el burdeos y
estaba frío. La consternación se pintó en su rostro.
--¿Cómo no ha templado usted el vino, Inocencio?
--Dispense la señora, pero se lo he encargado a la Dolores y había
quedado en hacerlo--respondió confuso el criado.
--A ver, llamar a la Dolores.
Se presentó la Dolores.
--¿Por qué no ha templado usted el vino como se lo ha encargado
Inocencio?
--Dispense la señora, pero en aquel momento estaba poniendo las flores
en la mesa y se lo encargué a Manuel que pasaba por aquí. Pensé que lo
había hecho.
--Llamen a Manuel.
--No llames ya a nadie--manifestó Reynoso--. Nada sacarás en limpio.
--¡Pero es bien triste...!--exclamó su esposa en el colmo de la
contrariedad.
--¡Tristísimo!--respondió él haciendo esfuerzos para no reír--. Pero es
mejor resignarse, porque no conseguirás más que disgustarte y que te
haga daño la comida.
Elena siguió a medias el consejo. No propuso la comparecencia de nuevos
delincuentes, pero hizo repetidas veces la grave declaración de que eran
todos, ¡todos! unos necios y unos antipáticos.
Pasada aquella nube sombría, volvió el regocijo a la mesa. Visita comía
con apetito, pero no le imposibilitaba de charlar y reír
prodigiosamente. Su marido la ayudaba lindamente en todo ello. Tristán,
después de la reconciliación con su novia, había llegado hasta ponerse
de buen humor; charlaba y narraba anécdotas y aun se autorizaba algunos
donaires, aunque esto último siempre por cuenta de su amigo Núñez, el
hombre más gracioso de España, ya se sabe.
--No charles tanto, Tristán--le decía Reynoso--, no estás acostumbrado a
ello y te va a hacer daño.
--Verdad. El hablar demasiado nos perjudica. Pero también el tabaco es
perjudicial. Sin embargo, afirma Núñez que el que no fuma y dice alguna
vez tonterías, se priva de dos grandes placeres en la vida.
Había también sus entremeses de murmuración, aunque suave y piadosa. Así
y todo, esto molestaba a Clara que, no pudiendo levantarse, se permitía
algunas tímidas observaciones en favor del ausente.
--Que hable el abogado de pobres. ¡Dejadle que hable!--decía su hermano
riendo.
Y ella entonces enrojecía y callaba.
--Ese señor de la Peña no es malo, porque no puede serlo--manifestaba
Tristán con asombro de todos.
--¿Cómo que no puede? Todos los seres en la tierra pueden hacer el mal.
Hasta una pulga te muerde si le da la gana--respondía don Germán.
--Créanme ustedes, muchos de los hombres que en el mundo pasan por
buenos, si no hacen daño es porque les falta tiempo. Y eso le pasa a
Peña. Está tan ocupado en su importantísima persona que no le queda un
momento libre para hacer algo malo.
--¡Qué atrocidad!--exclamaron riendo algunos.
--¡Vamos, vamos, Tristán!--expresó por lo bajo Clara pellizcándole
suavemente el brazo.
--Además Peña es muy gordo--proseguía él sin hacer caso de la cariñosa
advertencia--y dice con razón Gustavo Núñez que los hombres gordos no
son capaces de bondad ni de maldad. Sólo los delgados son realmente
buenos o malos.
Reynoso principió cómicamente a palparse y a palpar a Cirilo.
--¿Tú y yo somos delgados o gordos, querido?
--¡Pero qué chistosísimo es ese amigo de usted!--exclamó Elena con una
entonación irónica que hirió a Tristán.
--No hay nadie que deje de reconocerlo--respondió friamente.
--Tampoco yo lo dudo, pero es lástima que ese talento no lo emplee en la
pintura, de la cual hace ya tiempo al parecer que anda divorciado.
--Núñez ha obtenido la primera medalla y su cuadro está colgado en el
Museo.
--Lo sé, pero desde entonces dicen los inteligentes que no ha producido
nada que valga la pena, que se limita a pintar cuadritos de _budoir_,
donde vive mucho más tiempo que en el estudio.
--Ese es el rumor de la envidia. Hay muchos en Madrid a quienes duelen
sus triunfos: los hay también a quienes escuecen los latigazos que sabe
propinarles.
--¿Es envidia también el decir que ya no vive de los pinceles, sino a
costa de las mujeres?
--¡Sí; lo es...! ¡Y además una calumnia!--repuso el joven próximo a
enfurecerse.
--Me sorprende, Elena, que tú te hagas eco de rumores tan feos--saltó
Clara con una viveza bastante rara en su naturaleza--. Pienso que ningún
daño te ha hecho Núñez para que le trates de ese modo.
Elena soltó una carcajada.
--¡Anda! ¿No aguardas a que el cura te eche la bendición para defender a
los amigos de tu futuro?
Don Germán intervino con palabras conciliadoras. Aunque los hombres que
gozan de notoriedad viven sometidos a la crítica y por lo mismo lo que
contra ellos se dice tiene escaso valor, en este caso había que tener
presente que se trataba de un amigo íntimo de Tristán. ¿Por qué
molestarle haciéndole oír murmuraciones y críticas de las cuales jamás
se ven libres los hombres de gran valer?
Tristán se calmó, y Elena, con su natural ligereza, pasó inmediatamente
a otra conversación.
--¡Pero qué lindísimo _budoir_ el tuyo, Elena, qué coquetón, qué
elegante!--le decía Visita aludiendo al del hotel que estaba terminando
en Madrid.
--¿Te gusta?
--Muchísimo. ¡Qué guirnaldas talladas! ¡qué rico mosaico el del
pavimento! ¡qué pinturas tan finas las del techo!
La ciega hablaba como si no lo fuera y así hacía siempre. Los comensales
se miraban unos a otros sonriendo con una mezcla de alegría y de
compasión. Elena, entusiasmada con el elogio, no parecía fijarse y le
hacía preguntas y consultaba detalles.--«¿Qué te parece, pondré sobre la
chimenea un reloj imperio o una estatua? ¿Pondré la luz en el techo o en
los rincones? Pocos muebles, ¿verdad? Es ya cursi eso de amontonar
trastos...»
--Supongo que encargará usted para su _budoir_ algún cuadrito a
Núñez--dijo Tristán con sonrisa maliciosa.
--¡Vamos, no sea usted rencoroso ni impertinente!--replicó Elena dándole
con la servilleta suavemente en la cara.
Y la charla prosiguió viva y alegre. La bella esposa del anfitrión no se
cansaba de decir y hacer travesuras, de tal modo que el regocijo no
decaía un instante. Mas ¡ay! aquella nube sombría, temerosa, que había
cruzado sobre la mesa no mucho antes, el viento de la fatalidad la
empujó de nuevo hacia ella. El helado que sirvieron al terminar la
comida era de avellana. A Elena no le gustaba el helado de avellana.
Repetidas veces lo había dicho en alta voz. El cocinero estaba harto de
saberlo. ¿Por qué, pues, lo mandaba a la mesa? Indudablemente por
molestarla, por inferirle una ofensa.
Esta patética consideración la enterneció de tal modo que estuvieron a
punto de saltársele las lágrimas. Pero Reynoso, secundado noblemente por
todos los demás, declaró con voz conmovida (aunque haciéndoles guiños
disimuladamente) que no era posible achacar al cocinero tamaña perfidia
indigna de la naturaleza humana, y que solamente por haber bebido
demasiado o por un trastorno inconcebible de sus facultades mentales
pudo haber olvidado hasta aquel punto sus deberes. De todos modos él
cuidaría severamente de recordárselos.
Con estas graves palabras y con ciertos ¡bah! y ¡oh! muy expresivos y
cariñosos de los comensales la joven señora se dio por satisfecha y para
demostrarlo se desquitó de aquella inesperada privación atacando de un
modo alarmante a las yemas de coco. Pasaron a la _serre_ a tomar el
café, donde les sorprendió poco después la llegada del marquesito del
Lago.
V
LO QUE DICEN LAS ABEJAS
Sólo por su juventud, pues no contaría más de veinte años, merecía el
marquesito este diminutivo que todo el mundo le aplicaba. Por lo demás
era un muchacho corpulento, rubio como el oro y con una expresión
infantil en el rostro que contrastaba con la apariencia atlética de su
musculatura. Los modales correspondían a aquella expresión: parecía un
niño grande. Entró diciendo en alta voz que a él no le engañaba nadie,
que allí había habido una huelguecita y que él deseaba beber una copa de
champagne a la salud de la reunión. Todas las manos quisieron llamar
para que se le sirviese y en todos los rostros brilló una sonrisa
benévola. Aquel chico inspiraba general simpatía por su franqueza y
bondad tanto como por el sello de inocencia que se leía en su rostro. Al
único a quien no había caído en gracia era a Tristán, quien solía decir,
alzando los hombros con desdén, que era un imbécil. En efecto, la
inteligencia del joven marqués no era muy despierta y sólo poseía los
escasísimos conocimientos que le había introducido casi a la fuerza un
abate francés que le sirviera de ayo hasta hacía poco tiempo. Pero se le
perdonaba de buen grado esta limitación en gracia de su sencillez y
natural afectuoso.
Así que bebió la copa de champagne se puso a narrar incidentes de caza.
Era su recreo y su ocupación sempiterna. O cazando o hablando de caza.
Por este lado simpatizaba mucho con Clara y en esta simpatía acaso se
halle la oculta razón de la antipatía de Tristán. Estaba bien persuadido
éste del amor apasionado que le profesaba su prometida; comprendía que
ni por su edad ni por las circunstancias de su carácter e inteligencia
era capaz de despertar una violenta pasión en ninguna mujer, pero así y
todo estaba celoso de él. En cuanto se le ofrecía ocasión ya estaba
dedicándole alguna palabrita amarga.
Pertenecía el joven marqués a la colonia veraniega del Escorial. Su
madre, la marquesa viuda, poseía un bonito hotel en la parte alta del
pueblo y solía venir con su hijo temprano y marchar tarde porque a éste,
supuestas sus aficiones, le placía extremadamente la estancia allí. Y su
madre le seguiría no sólo a este real sitio, sino a otro infernal si
fuera preciso. Pocas veces se había visto una pasión más viva, más
frenética que la que esta señora sentía por su hijo. Para ella seguía
siendo el mismo niño que arrullaba en la cuna, consolándose de la muerte
repentina de su esposo. Decíase burlando entre los veraneantes que
seguía acostándole calentándole previamente la cama y haciéndole repetir
su oración al santo ángel de la guarda. No sería cierto, pero poco le
faltaba. La noble marquesa se consolaba con este hijo no sólo de la
pérdida de su esposo, sino también de los sinsabores que le
proporcionaba una hija que también tenía. Era ésta mucho mayor que
Fernando, casi le doblaba la edad pues no andaba ya muy lejana de los
cuarenta: se había casado con el conde de Peñarrubia y estaba hacía
algunos años separada de su marido por motivos poco honrosos para ella.
Vivía sola en Madrid. Sus aficiones a la sociedad y aun a la galantería,
según murmuraban, no encajaban en la austera y piadosa mansión de su
madre. Alguna vez venía al Escorial, pero sólo por pocos días, y casi
siempre para recabar de la marquesa algún dinero con que hacer sus
correrías por San Sebastián y Biarritz. La grave señora no la mentaba
nunca y lloraba en secreto la posición equívoca en que se había colocado
para mal de su alma y menoscabo de la familia.
Desde la _serre_ pasaron al salón. Se trató de que don Germán les
hiciese oír al piano alguna sonata o concierto, pero no lo consiguieron.
Aunque dominaba este instrumento como un maestro era muy difícil, por no
decir imposible, hacerle tocar delante de gente. Sea modestia o temor de
profanar el misterioso encanto que las obras musicales le producían, es
lo cierto que sólo le placía tocar a solas. Elena lo sabía bien y por
eso hizo señas de que no le molestasen más con sus instancias.
Fue Visita quien se sentó delante del piano. Ella no sabía nada de
Chopin ni de Haendel, pero conocía todos los valses y polcas que corrían
por Madrid.
--A ver, niños, a bailar. Voy a tocaros el vals de los _Pajeles_.
Marqués, dé usted una vuelta con Clara porque ya sé que Tristán no
baila.
El marquesito sin aguardar más tomó de la mano a la joven, la sacó al
medio y comenzaron a girar acompasadamente por el amplio salón. Tristán
sintió de pronto vivo despecho. La invitación de la ciega le irritó
sobremanera porque llovía sobre mojado. Había creído observar desde
hacía algún tiempo que el matrimonio de los inválidos guardaba grandes
deferencias y una simpatía por extremo afectuosa hacia el marquesito. Y
de ello dedujo que no verían con malos ojos que se rompiesen sus
relaciones con Clara y que ésta las anudase con aquél. De esto a pensar
que trabajaban secretamente para ello no había más que un paso y con su
habitual impetuosidad Tristán lo dio inmediatamente. ¡Claro! Los títulos
nobiliarios ejercen siempre fascinación sobre los plebeyos. Era
necesario vivir prevenido. Lo estaría.
Cuando se hubieron cansado de valses y mazurcas, salieron al patio.
Reynoso les mostró de nuevo con orgullo no sólo su maravillosa colección
de palomas blancas, sino otra porción de aves y bichos que tenía
enjaulados, un águila, una ardilla, un jabalí, etcétera. Admiraron la
paciencia y la maestría con que había sabido domesticar a algunos de
ellos.
--Este es un prodigio para entenderse con toda clase de
bichos--manifestó Elena--. Figuraos que ha llegado a domesticar un bando
de gorriones... ¿Os sorprende...? Pues es como lo oís. Un día entraron
en nuestra habitación por casualidad. Germán cierra los balcones y no
sé qué hace con ellos. Al día siguiente vuelven, y lo mismo. En fin,
llegaron a dormir en nuestro gabinete encima de las lámparas. Por la
mañana al despertarnos, Germán les gritaba: ¡Chiquitines! Y los pájaros
venían volando hasta nuestra cama y se comían el alpiste y los cañamones
que tenían preparados en la mesa de noche.
Celebrose con risa esta aptitud singular del amo de la casa. Tristán,
pensativo y con acento concentrado, dio la explicación metafísica del
fenómeno.
--Hay hombres cuya alma se halla tan próxima a la de la madre naturaleza
que apenas parece desprendida de ella. Por eso hablan y entienden el
lenguaje de todos los seres vivientes, penetran fácilmente en los limbos
obscuros de la animalidad y viven allá adentro como en su propia morada.
--¡Gracias, querido!--exclamó Reynoso poniéndole una mano sobre el
hombro--. En pocas y filosóficas palabras me has llamado un animalito de
Dios.
--¡Oh, don Germán, no lo tome usted así!--respondió Tristán turbado.
--Tampoco tú debes tomar así mis palabras y ponerte colorado--replicó
riendo el indiano--. De todos modos convendrás en que soy un animal
inofensivo... ¡Vaya por los que son dañinos!
Entraron en el parque y se diseminaron por él. Tristán y Clara se
apartaron del grupo; Reynoso se fue a dar algunas órdenes al jardinero.
Elena con Visita, Cirilo y el marquesito entraron en el cenador. Pero al
poco rato Elena vino a buscar a Clara para hablarle de un gran lavadero
cubierto que su marido proyectaba hacer fuera del jardín; invitaron a
Tristán a venir con ellas para ver el sitio, pero se excusó pretextando
que tenía más deseos de sentarse que de andar. En realidad estaba
preocupado, no podía vencer sus recelos y quería cerciorarse, saber si
sus sospechas eran fundadas, qué significaba aquella amistad súbita,
aquella ternura que la ciega y el manco mostraban hacia el marquesito
del Lago.
Clara y Elena salieron por la puerta de madera del jardín y, sin
internarse en el bosque, siguiendo el muro llegaron hasta uno de los
ángulos, examinaron el paraje en que se iba a erigir el lavadero y
dieron su opinión acerca de él. Pero Elena pronto se distrajo echando
miradas codiciosas a una mata de nísperos que crecía un poco más lejos.
--Mira, Clarita, aguárdame un instante...
--¡Elena! ¡Elena! Te van a hacer daño. Hace poco que has comido--repuso
la joven riendo.
--¡Dos nada más...! Nada más... No se lo dirás a Germán, ¿verdad...? Me
muero por los nísperos...
Y a paso menudo y ligero, un poco temblorosa como quien va a cometer un
hurto corrió hacia la mata. Mas al llegar a ella y cuando ya se disponía
a comer del fruto prohibido surgió de entre los árboles un hombre, ¿qué
diremos un hombre? ¡Un monstruo!
Gastaba zamarra negra, sombrero ancho de fieltro. Las barbas le llegaban
hasta el vientre. El color de su rostro era moreno aceitunado, la nariz
ancha, los ojos atravesados y todo el conjunto espantable.
Elena al ver al bandido dio un grito penetrante y extendiendo las manos
exclamó:
--¡Oh por Dios! ¡Por Dios no me secuestre usted...! Ya le daremos todo
el dinero que quiera... Déjeme ir a casa... Le traeré todas mis joyas...
Déjeme usted por Dios.
Clara al oír el grito de su cuñada había corrido hacia el sitio y al
encontrarse con el bandido se encaró intrépidamente con él.
--¿Cómo...? ¿Qué es eso...? ¿Qué hace usted aquí?
El secuestrador trató de acercarse sonriendo de un modo horrible.
--¡No se acerque usted o le tiro una piedra a la cabeza!--dijo la
heroica joven haciendo ademán de bajarse a cogerla.
Elena viéndose libre se dio a correr hacia casa, dejando a su infeliz
cuñada en las garras del monstruo.
--¡Germán! ¡Germán!--iba gritando--. ¡Germán, un secuestrador!
Y Reynoso, que por encima del muro había oído el grito, salía ya por la
puerta del jardín y venía corriendo hacia ella.
--¡Un secuestrador! ¡Un secuestrador!--seguía gritando cada vez más
sofocada Elena.
Don Germán dirigió la vista al sitio que su esposa había dejado y vio a
su hermana hablando tranquilamente con el bandido, aunque a respetable
distancia uno de otro. Acercose velozmente a ellos y cuando ya estuvo
próximo exclamó con sorpresa:
--¡Si es el paisano Barragán...! Pero Barragán ¿tú por aquí...?
Y sin vacilar se acercó a él y ambos quedaron abrazados.
Elena en el colmo de la desesperación le gritaba:
--¡Germán, no le abraces! ¡por la Virgen no le abraces...! ¡Mira que va
a echarte un lazo al cuello...!
--¡Pero, mujer, si es el paisano Barragán! ¿No ves que es el paisano
Barragán...? Ven acá, Barragán, ven a saludar a mi mujer.
--¡No, no!--gritó Elena dando un salto atrás y disponiéndose a correr.
Costó trabajo convencerla de que el paisano Barragán no era un
secuestrador y aún no pudo llegar a convencerse por completo. La verdad
es que jamás bandido ni criminal alguno tuvo un aspecto más aterrador.
--Pero hombre, ¿sigues todavía con la manía de dejarte esas barbas
disparatadas?--manifestó Reynoso, un poco amostazado por el susto que
había recibido su esposa. Sin duda creía que la traza terrorífica de su
amigo dependía exclusivamente de la barba. Era un error. No dependía de
la barba, ni de la nariz, ni de los ojos, ni de los cabellos, sino de la
aciaga combinación que la naturaleza pérfidamente se propuso hacer con
todos estos elementos. ¡Cuántos disgustos le había costado!
Los ojos de Barragán quisieron sonreír y sonrieron en efecto, como si un
buldog se hallase dotado de esta facultad.
--¿Crees tú que la barba...?
--Sí, hombre, sí. Quítatela.
--¡Pero si me la quité hace dos años y al día siguiente me llevaron a la
cárcel en Veracruz!
Don Germán soltó a reír y le abrazó de nuevo. Elena le tiró de la manga
diciéndole por lo bajo:
--¡Basta, Germán, basta!
En efecto, el paisano Barragán, según explicaba más tarde Reynoso a sus
amigos, nunca había logrado quitarse de encima aquella gran traza de
ladrón, aunque lo intentó repetidas veces. Por consejo de sus amigos
empezó en cierta ocasión a vestirse de levita y sombrero de copa; pero
con esta indumentaria estaba tan horrible, tan patibulario que los
mismos amigos le aconsejaron que se volviese a la chaqueta y al sombrero
de fieltro. Había nacido en Escorial (por eso le llamaba siempre
paisano), pero le había conocido en Guatemala, donde también se empleaba
en el comercio del café, con el cual logró juntar un pequeño capital.
Poco antes de regresar Reynoso a España se había trasladado de Guatemala
a México, y no supo ya más de él sino que allí se había casado.
A los gritos habían acudido también el jardinero y su mujer y un peón de
los que trabajaban por allí cerca. Todos emprendieron juntos el camino
de la casa satisfechos de que no hubiera acaecido nada malo. Pero
Barragán tocó en el hombro a Reynoso y le dijo:
--Dispénsame un instante que vaya a recoger el caballo.
--¡El caballo!--exclamó su amigo en el colmo de la sorpresa--. ¿Pero has
venido a caballo?
--Sí, he venido desde Madrid... Ya te explicaré... Seguid andando, que
yo os alcanzo en seguida, porque está amarrado ahí cerca.
Siguieron, en efecto, a paso lento el camino que ceñía el muro. Reynoso
aprovechó la ocasión para darles brevemente noticias de su amigo.
--Por lo demás--terminó diciendo--Barragán es de los hombres más
honrados que he conocido. Un poco agarrado en cuanto al dinero, pero
decente, pacífico, conciliador, incapaz de hacer daño a nadie... En fin,
un cordero.
--¡Un lobo!--murmuró Elena al oído de Clara volviendo al mismo tiempo la
cabeza atrás con susto.