Y bajó un poco la voz y lo contó. Elena soltó la carcajada. Reynoso se

contentó con sonreír. Pero Tristán dejó escapar un bufido despreciativo

y acto continuo se puso a disertar sobre la decadencia del arte

dramático: los autores unos ganapanes que miraban sólo a las ganancias

repitiendo hasta la saciedad los mismos chistes y las mismas

situaciones, los músicos unos plagiarios que sin pudor fusilaban a los

maestros franceses y alemanes, los cómicos unos payasos amanerados

insufribles...

Cirilo le atajó suavemente haciéndole observar que del arte sublime son

pocos en la tierra los que pueden gozar, que es necesario otro más

asequible a los pequeños. Pero Tristán, que no sufría la contradicción,

se lanzó aún con más violencia contra el teatro moderno. La discusión

iniciada con prudencia fue adquiriendo un temple sobrado caluroso. Elena

la cortó resueltamente.

--¡Ea!, dejemos las disputas. Hasta ahora no he oído ninguna en que se

convenciese nadie... ¿Qué me cuentas, Visita, qué me cuentas de Rosarito

Abella?

--Muchas, muchísimas cosas te voy a contar. En primer lugar te diré que

se ha pintado de rubia... Está, según dicen, para darle un tiro. Pero su

marido cree que tiene en casa a la Venus de Milo, a la de Médicis y a la

bella Otero, todo en una pieza, y cuando sale de casa sella los balcones

con papel de goma para saber si se ha asomado...

En aquel momento entraba Clara con traje distinto. Don Germán dijo por

lo bajo sonriendo:

--Veréis a Clarita. En cuanto se entere de que se está haciendo burla de

una persona se escapará sin decir palabra.

Y así sucedió en efecto. La joven se sentó al lado de Tristán, puso el

oído a lo que se hablaba. Visita y Elena, siguiendo la broma, forzaron

la nota alegre a costa de aquel infeliz matrimonio. Clara se movió en la

silla con visible inquietud y al cabo de un momento se levantó para

salir. Los circunstantes estallaron en una carcajada. La joven volvió la

cabeza con asombro y viendo todos los ojos posados sobre ella con

expresión maliciosa se ruborizó.

Poco tiempo después se sentaban a la mesa. Era ésta suntuosa, refinada,

provista de todas las adquisiciones gastronómicas. Pero don Germán era

enemigo de ellas; las dejaba a su esposa y a los convidados; él se

mantenía de verduras, judías, huevos y tal cual trozo de carne asada.

Aquella alimentación primitiva servía para embromarle y armar algazara.

Sobre todo lo que despertaba siempre más risa era verle comer a puñados

el maíz cocido, costumbre adquirida en América.

--Yo no necesito viajar por las tierras vírgenes--decía Elena--.

Teniendo al lado a mi marido que huele a todas las yerbas del campo y

viéndole comer patatas asadas y forraje me creo transportada a las

pampas.

--¡Allí te quisiera ver yo!--exclamaba Reynoso con su clara risa de

hombre feliz--. Entonces sabrías lo que es comer.

--¿Pues qué es lo que estoy haciendo?

--Pillando una indigestión. Sois unos locos de remate. Pasáis la vida

envenenándoos con la química de los cocineros.

--Para ti fuera del maíz todo es química.

--Sí; me harto de maíz, me harto de judías, pero mañana no imploro como

tú los auxilios de la magnesia. Los granos de maíz se van solitos al

estómago sin temor de que les den escolta las pastillas de Vichy.

Los comensales reían. Elena concluyó por impacientarse y dar puntapiés a

su marido por debajo de la mesa.

Pero otra desazón más grave la aguardaba. Fue a beber el burdeos y

estaba frío. La consternación se pintó en su rostro.

--¿Cómo no ha templado usted el vino, Inocencio?

--Dispense la señora, pero se lo he encargado a la Dolores y había

quedado en hacerlo--respondió confuso el criado.

--A ver, llamar a la Dolores.

Se presentó la Dolores.

--¿Por qué no ha templado usted el vino como se lo ha encargado

Inocencio?

--Dispense la señora, pero en aquel momento estaba poniendo las flores

en la mesa y se lo encargué a Manuel que pasaba por aquí. Pensé que lo

había hecho.

--Llamen a Manuel.

--No llames ya a nadie--manifestó Reynoso--. Nada sacarás en limpio.

--¡Pero es bien triste...!--exclamó su esposa en el colmo de la

contrariedad.

--¡Tristísimo!--respondió él haciendo esfuerzos para no reír--. Pero es

mejor resignarse, porque no conseguirás más que disgustarte y que te

haga daño la comida.

Elena siguió a medias el consejo. No propuso la comparecencia de nuevos

delincuentes, pero hizo repetidas veces la grave declaración de que eran

todos, ¡todos! unos necios y unos antipáticos.

Pasada aquella nube sombría, volvió el regocijo a la mesa. Visita comía

con apetito, pero no le imposibilitaba de charlar y reír

prodigiosamente. Su marido la ayudaba lindamente en todo ello. Tristán,

después de la reconciliación con su novia, había llegado hasta ponerse

de buen humor; charlaba y narraba anécdotas y aun se autorizaba algunos

donaires, aunque esto último siempre por cuenta de su amigo Núñez, el

hombre más gracioso de España, ya se sabe.

--No charles tanto, Tristán--le decía Reynoso--, no estás acostumbrado a

ello y te va a hacer daño.

--Verdad. El hablar demasiado nos perjudica. Pero también el tabaco es

perjudicial. Sin embargo, afirma Núñez que el que no fuma y dice alguna

vez tonterías, se priva de dos grandes placeres en la vida.

Había también sus entremeses de murmuración, aunque suave y piadosa. Así

y todo, esto molestaba a Clara que, no pudiendo levantarse, se permitía

algunas tímidas observaciones en favor del ausente.

--Que hable el abogado de pobres. ¡Dejadle que hable!--decía su hermano

riendo.

Y ella entonces enrojecía y callaba.

--Ese señor de la Peña no es malo, porque no puede serlo--manifestaba

Tristán con asombro de todos.

--¿Cómo que no puede? Todos los seres en la tierra pueden hacer el mal.

Hasta una pulga te muerde si le da la gana--respondía don Germán.

--Créanme ustedes, muchos de los hombres que en el mundo pasan por

buenos, si no hacen daño es porque les falta tiempo. Y eso le pasa a

Peña. Está tan ocupado en su importantísima persona que no le queda un

momento libre para hacer algo malo.

--¡Qué atrocidad!--exclamaron riendo algunos.

--¡Vamos, vamos, Tristán!--expresó por lo bajo Clara pellizcándole

suavemente el brazo.

--Además Peña es muy gordo--proseguía él sin hacer caso de la cariñosa

advertencia--y dice con razón Gustavo Núñez que los hombres gordos no

son capaces de bondad ni de maldad. Sólo los delgados son realmente

buenos o malos.

Reynoso principió cómicamente a palparse y a palpar a Cirilo.

--¿Tú y yo somos delgados o gordos, querido?

--¡Pero qué chistosísimo es ese amigo de usted!--exclamó Elena con una

entonación irónica que hirió a Tristán.

--No hay nadie que deje de reconocerlo--respondió friamente.

--Tampoco yo lo dudo, pero es lástima que ese talento no lo emplee en la

pintura, de la cual hace ya tiempo al parecer que anda divorciado.

--Núñez ha obtenido la primera medalla y su cuadro está colgado en el

Museo.

--Lo sé, pero desde entonces dicen los inteligentes que no ha producido

nada que valga la pena, que se limita a pintar cuadritos de _budoir_,

donde vive mucho más tiempo que en el estudio.

--Ese es el rumor de la envidia. Hay muchos en Madrid a quienes duelen

sus triunfos: los hay también a quienes escuecen los latigazos que sabe

propinarles.

--¿Es envidia también el decir que ya no vive de los pinceles, sino a

costa de las mujeres?

--¡Sí; lo es...! ¡Y además una calumnia!--repuso el joven próximo a

enfurecerse.

--Me sorprende, Elena, que tú te hagas eco de rumores tan feos--saltó

Clara con una viveza bastante rara en su naturaleza--. Pienso que ningún

daño te ha hecho Núñez para que le trates de ese modo.

Elena soltó una carcajada.

--¡Anda! ¿No aguardas a que el cura te eche la bendición para defender a

los amigos de tu futuro?

Don Germán intervino con palabras conciliadoras. Aunque los hombres que

gozan de notoriedad viven sometidos a la crítica y por lo mismo lo que

contra ellos se dice tiene escaso valor, en este caso había que tener

presente que se trataba de un amigo íntimo de Tristán. ¿Por qué

molestarle haciéndole oír murmuraciones y críticas de las cuales jamás

se ven libres los hombres de gran valer?

Tristán se calmó, y Elena, con su natural ligereza, pasó inmediatamente

a otra conversación.

--¡Pero qué lindísimo _budoir_ el tuyo, Elena, qué coquetón, qué

elegante!--le decía Visita aludiendo al del hotel que estaba terminando

en Madrid.

--¿Te gusta?

--Muchísimo. ¡Qué guirnaldas talladas! ¡qué rico mosaico el del

pavimento! ¡qué pinturas tan finas las del techo!

La ciega hablaba como si no lo fuera y así hacía siempre. Los comensales

se miraban unos a otros sonriendo con una mezcla de alegría y de

compasión. Elena, entusiasmada con el elogio, no parecía fijarse y le

hacía preguntas y consultaba detalles.--«¿Qué te parece, pondré sobre la

chimenea un reloj imperio o una estatua? ¿Pondré la luz en el techo o en

los rincones? Pocos muebles, ¿verdad? Es ya cursi eso de amontonar

trastos...»

--Supongo que encargará usted para su _budoir_ algún cuadrito a

Núñez--dijo Tristán con sonrisa maliciosa.

--¡Vamos, no sea usted rencoroso ni impertinente!--replicó Elena dándole

con la servilleta suavemente en la cara.

Y la charla prosiguió viva y alegre. La bella esposa del anfitrión no se

cansaba de decir y hacer travesuras, de tal modo que el regocijo no

decaía un instante. Mas ¡ay! aquella nube sombría, temerosa, que había

cruzado sobre la mesa no mucho antes, el viento de la fatalidad la

empujó de nuevo hacia ella. El helado que sirvieron al terminar la

comida era de avellana. A Elena no le gustaba el helado de avellana.

Repetidas veces lo había dicho en alta voz. El cocinero estaba harto de

saberlo. ¿Por qué, pues, lo mandaba a la mesa? Indudablemente por

molestarla, por inferirle una ofensa.

Esta patética consideración la enterneció de tal modo que estuvieron a

punto de saltársele las lágrimas. Pero Reynoso, secundado noblemente por

todos los demás, declaró con voz conmovida (aunque haciéndoles guiños

disimuladamente) que no era posible achacar al cocinero tamaña perfidia

indigna de la naturaleza humana, y que solamente por haber bebido

demasiado o por un trastorno inconcebible de sus facultades mentales

pudo haber olvidado hasta aquel punto sus deberes. De todos modos él

cuidaría severamente de recordárselos.

Con estas graves palabras y con ciertos ¡bah! y ¡oh! muy expresivos y

cariñosos de los comensales la joven señora se dio por satisfecha y para

demostrarlo se desquitó de aquella inesperada privación atacando de un

modo alarmante a las yemas de coco. Pasaron a la _serre_ a tomar el

café, donde les sorprendió poco después la llegada del marquesito del

Lago.

V

LO QUE DICEN LAS ABEJAS

Sólo por su juventud, pues no contaría más de veinte años, merecía el

marquesito este diminutivo que todo el mundo le aplicaba. Por lo demás

era un muchacho corpulento, rubio como el oro y con una expresión

infantil en el rostro que contrastaba con la apariencia atlética de su

musculatura. Los modales correspondían a aquella expresión: parecía un

niño grande. Entró diciendo en alta voz que a él no le engañaba nadie,

que allí había habido una huelguecita y que él deseaba beber una copa de

champagne a la salud de la reunión. Todas las manos quisieron llamar

para que se le sirviese y en todos los rostros brilló una sonrisa

benévola. Aquel chico inspiraba general simpatía por su franqueza y

bondad tanto como por el sello de inocencia que se leía en su rostro. Al

único a quien no había caído en gracia era a Tristán, quien solía decir,

alzando los hombros con desdén, que era un imbécil. En efecto, la

inteligencia del joven marqués no era muy despierta y sólo poseía los

escasísimos conocimientos que le había introducido casi a la fuerza un

abate francés que le sirviera de ayo hasta hacía poco tiempo. Pero se le

perdonaba de buen grado esta limitación en gracia de su sencillez y

natural afectuoso.

Así que bebió la copa de champagne se puso a narrar incidentes de caza.

Era su recreo y su ocupación sempiterna. O cazando o hablando de caza.

Por este lado simpatizaba mucho con Clara y en esta simpatía acaso se

halle la oculta razón de la antipatía de Tristán. Estaba bien persuadido

éste del amor apasionado que le profesaba su prometida; comprendía que

ni por su edad ni por las circunstancias de su carácter e inteligencia

era capaz de despertar una violenta pasión en ninguna mujer, pero así y

todo estaba celoso de él. En cuanto se le ofrecía ocasión ya estaba

dedicándole alguna palabrita amarga.

Pertenecía el joven marqués a la colonia veraniega del Escorial. Su

madre, la marquesa viuda, poseía un bonito hotel en la parte alta del

pueblo y solía venir con su hijo temprano y marchar tarde porque a éste,

supuestas sus aficiones, le placía extremadamente la estancia allí. Y su

madre le seguiría no sólo a este real sitio, sino a otro infernal si

fuera preciso. Pocas veces se había visto una pasión más viva, más

frenética que la que esta señora sentía por su hijo. Para ella seguía

siendo el mismo niño que arrullaba en la cuna, consolándose de la muerte

repentina de su esposo. Decíase burlando entre los veraneantes que

seguía acostándole calentándole previamente la cama y haciéndole repetir

su oración al santo ángel de la guarda. No sería cierto, pero poco le

faltaba. La noble marquesa se consolaba con este hijo no sólo de la

pérdida de su esposo, sino también de los sinsabores que le

proporcionaba una hija que también tenía. Era ésta mucho mayor que

Fernando, casi le doblaba la edad pues no andaba ya muy lejana de los

cuarenta: se había casado con el conde de Peñarrubia y estaba hacía

algunos años separada de su marido por motivos poco honrosos para ella.

Vivía sola en Madrid. Sus aficiones a la sociedad y aun a la galantería,

según murmuraban, no encajaban en la austera y piadosa mansión de su

madre. Alguna vez venía al Escorial, pero sólo por pocos días, y casi

siempre para recabar de la marquesa algún dinero con que hacer sus

correrías por San Sebastián y Biarritz. La grave señora no la mentaba

nunca y lloraba en secreto la posición equívoca en que se había colocado

para mal de su alma y menoscabo de la familia.

Desde la _serre_ pasaron al salón. Se trató de que don Germán les

hiciese oír al piano alguna sonata o concierto, pero no lo consiguieron.

Aunque dominaba este instrumento como un maestro era muy difícil, por no

decir imposible, hacerle tocar delante de gente. Sea modestia o temor de

profanar el misterioso encanto que las obras musicales le producían, es

lo cierto que sólo le placía tocar a solas. Elena lo sabía bien y por

eso hizo señas de que no le molestasen más con sus instancias.

Fue Visita quien se sentó delante del piano. Ella no sabía nada de

Chopin ni de Haendel, pero conocía todos los valses y polcas que corrían

por Madrid.

--A ver, niños, a bailar. Voy a tocaros el vals de los _Pajeles_.

Marqués, dé usted una vuelta con Clara porque ya sé que Tristán no

baila.

El marquesito sin aguardar más tomó de la mano a la joven, la sacó al

medio y comenzaron a girar acompasadamente por el amplio salón. Tristán

sintió de pronto vivo despecho. La invitación de la ciega le irritó

sobremanera porque llovía sobre mojado. Había creído observar desde

hacía algún tiempo que el matrimonio de los inválidos guardaba grandes

deferencias y una simpatía por extremo afectuosa hacia el marquesito. Y

de ello dedujo que no verían con malos ojos que se rompiesen sus

relaciones con Clara y que ésta las anudase con aquél. De esto a pensar

que trabajaban secretamente para ello no había más que un paso y con su

habitual impetuosidad Tristán lo dio inmediatamente. ¡Claro! Los títulos

nobiliarios ejercen siempre fascinación sobre los plebeyos. Era

necesario vivir prevenido. Lo estaría.

Cuando se hubieron cansado de valses y mazurcas, salieron al patio.

Reynoso les mostró de nuevo con orgullo no sólo su maravillosa colección

de palomas blancas, sino otra porción de aves y bichos que tenía

enjaulados, un águila, una ardilla, un jabalí, etcétera. Admiraron la

paciencia y la maestría con que había sabido domesticar a algunos de

ellos.

--Este es un prodigio para entenderse con toda clase de

bichos--manifestó Elena--. Figuraos que ha llegado a domesticar un bando

de gorriones... ¿Os sorprende...? Pues es como lo oís. Un día entraron

en nuestra habitación por casualidad. Germán cierra los balcones y no

sé qué hace con ellos. Al día siguiente vuelven, y lo mismo. En fin,

llegaron a dormir en nuestro gabinete encima de las lámparas. Por la

mañana al despertarnos, Germán les gritaba: ¡Chiquitines! Y los pájaros

venían volando hasta nuestra cama y se comían el alpiste y los cañamones

que tenían preparados en la mesa de noche.

Celebrose con risa esta aptitud singular del amo de la casa. Tristán,

pensativo y con acento concentrado, dio la explicación metafísica del

fenómeno.

--Hay hombres cuya alma se halla tan próxima a la de la madre naturaleza

que apenas parece desprendida de ella. Por eso hablan y entienden el

lenguaje de todos los seres vivientes, penetran fácilmente en los limbos

obscuros de la animalidad y viven allá adentro como en su propia morada.

--¡Gracias, querido!--exclamó Reynoso poniéndole una mano sobre el

hombro--. En pocas y filosóficas palabras me has llamado un animalito de

Dios.

--¡Oh, don Germán, no lo tome usted así!--respondió Tristán turbado.

--Tampoco tú debes tomar así mis palabras y ponerte colorado--replicó

riendo el indiano--. De todos modos convendrás en que soy un animal

inofensivo... ¡Vaya por los que son dañinos!

Entraron en el parque y se diseminaron por él. Tristán y Clara se

apartaron del grupo; Reynoso se fue a dar algunas órdenes al jardinero.

Elena con Visita, Cirilo y el marquesito entraron en el cenador. Pero al

poco rato Elena vino a buscar a Clara para hablarle de un gran lavadero

cubierto que su marido proyectaba hacer fuera del jardín; invitaron a

Tristán a venir con ellas para ver el sitio, pero se excusó pretextando

que tenía más deseos de sentarse que de andar. En realidad estaba

preocupado, no podía vencer sus recelos y quería cerciorarse, saber si

sus sospechas eran fundadas, qué significaba aquella amistad súbita,

aquella ternura que la ciega y el manco mostraban hacia el marquesito

del Lago.

Clara y Elena salieron por la puerta de madera del jardín y, sin

internarse en el bosque, siguiendo el muro llegaron hasta uno de los

ángulos, examinaron el paraje en que se iba a erigir el lavadero y

dieron su opinión acerca de él. Pero Elena pronto se distrajo echando

miradas codiciosas a una mata de nísperos que crecía un poco más lejos.

--Mira, Clarita, aguárdame un instante...

--¡Elena! ¡Elena! Te van a hacer daño. Hace poco que has comido--repuso

la joven riendo.

--¡Dos nada más...! Nada más... No se lo dirás a Germán, ¿verdad...? Me

muero por los nísperos...

Y a paso menudo y ligero, un poco temblorosa como quien va a cometer un

hurto corrió hacia la mata. Mas al llegar a ella y cuando ya se disponía

a comer del fruto prohibido surgió de entre los árboles un hombre, ¿qué

diremos un hombre? ¡Un monstruo!

Gastaba zamarra negra, sombrero ancho de fieltro. Las barbas le llegaban

hasta el vientre. El color de su rostro era moreno aceitunado, la nariz

ancha, los ojos atravesados y todo el conjunto espantable.

Elena al ver al bandido dio un grito penetrante y extendiendo las manos

exclamó:

--¡Oh por Dios! ¡Por Dios no me secuestre usted...! Ya le daremos todo

el dinero que quiera... Déjeme ir a casa... Le traeré todas mis joyas...

Déjeme usted por Dios.

Clara al oír el grito de su cuñada había corrido hacia el sitio y al

encontrarse con el bandido se encaró intrépidamente con él.

--¿Cómo...? ¿Qué es eso...? ¿Qué hace usted aquí?

El secuestrador trató de acercarse sonriendo de un modo horrible.

--¡No se acerque usted o le tiro una piedra a la cabeza!--dijo la

heroica joven haciendo ademán de bajarse a cogerla.

Elena viéndose libre se dio a correr hacia casa, dejando a su infeliz

cuñada en las garras del monstruo.

--¡Germán! ¡Germán!--iba gritando--. ¡Germán, un secuestrador!

Y Reynoso, que por encima del muro había oído el grito, salía ya por la

puerta del jardín y venía corriendo hacia ella.

--¡Un secuestrador! ¡Un secuestrador!--seguía gritando cada vez más

sofocada Elena.

Don Germán dirigió la vista al sitio que su esposa había dejado y vio a

su hermana hablando tranquilamente con el bandido, aunque a respetable

distancia uno de otro. Acercose velozmente a ellos y cuando ya estuvo

próximo exclamó con sorpresa:

--¡Si es el paisano Barragán...! Pero Barragán ¿tú por aquí...?

Y sin vacilar se acercó a él y ambos quedaron abrazados.

Elena en el colmo de la desesperación le gritaba:

--¡Germán, no le abraces! ¡por la Virgen no le abraces...! ¡Mira que va

a echarte un lazo al cuello...!

--¡Pero, mujer, si es el paisano Barragán! ¿No ves que es el paisano

Barragán...? Ven acá, Barragán, ven a saludar a mi mujer.

--¡No, no!--gritó Elena dando un salto atrás y disponiéndose a correr.

Costó trabajo convencerla de que el paisano Barragán no era un

secuestrador y aún no pudo llegar a convencerse por completo. La verdad

es que jamás bandido ni criminal alguno tuvo un aspecto más aterrador.

--Pero hombre, ¿sigues todavía con la manía de dejarte esas barbas

disparatadas?--manifestó Reynoso, un poco amostazado por el susto que

había recibido su esposa. Sin duda creía que la traza terrorífica de su

amigo dependía exclusivamente de la barba. Era un error. No dependía de

la barba, ni de la nariz, ni de los ojos, ni de los cabellos, sino de la

aciaga combinación que la naturaleza pérfidamente se propuso hacer con

todos estos elementos. ¡Cuántos disgustos le había costado!

Los ojos de Barragán quisieron sonreír y sonrieron en efecto, como si un

buldog se hallase dotado de esta facultad.

--¿Crees tú que la barba...?

--Sí, hombre, sí. Quítatela.

--¡Pero si me la quité hace dos años y al día siguiente me llevaron a la

cárcel en Veracruz!

Don Germán soltó a reír y le abrazó de nuevo. Elena le tiró de la manga

diciéndole por lo bajo:

--¡Basta, Germán, basta!

En efecto, el paisano Barragán, según explicaba más tarde Reynoso a sus

amigos, nunca había logrado quitarse de encima aquella gran traza de

ladrón, aunque lo intentó repetidas veces. Por consejo de sus amigos

empezó en cierta ocasión a vestirse de levita y sombrero de copa; pero

con esta indumentaria estaba tan horrible, tan patibulario que los

mismos amigos le aconsejaron que se volviese a la chaqueta y al sombrero

de fieltro. Había nacido en Escorial (por eso le llamaba siempre

paisano), pero le había conocido en Guatemala, donde también se empleaba

en el comercio del café, con el cual logró juntar un pequeño capital.

Poco antes de regresar Reynoso a España se había trasladado de Guatemala

a México, y no supo ya más de él sino que allí se había casado.

A los gritos habían acudido también el jardinero y su mujer y un peón de

los que trabajaban por allí cerca. Todos emprendieron juntos el camino

de la casa satisfechos de que no hubiera acaecido nada malo. Pero

Barragán tocó en el hombro a Reynoso y le dijo:

--Dispénsame un instante que vaya a recoger el caballo.

--¡El caballo!--exclamó su amigo en el colmo de la sorpresa--. ¿Pero has

venido a caballo?

--Sí, he venido desde Madrid... Ya te explicaré... Seguid andando, que

yo os alcanzo en seguida, porque está amarrado ahí cerca.

Siguieron, en efecto, a paso lento el camino que ceñía el muro. Reynoso

aprovechó la ocasión para darles brevemente noticias de su amigo.

--Por lo demás--terminó diciendo--Barragán es de los hombres más

honrados que he conocido. Un poco agarrado en cuanto al dinero, pero

decente, pacífico, conciliador, incapaz de hacer daño a nadie... En fin,

un cordero.

--¡Un lobo!--murmuró Elena al oído de Clara volviendo al mismo tiempo la

cabeza atrás con susto.

Tristán o el pesimismo · 第 3 / 22 段