--Porque no deben echársele. Las aspiraciones del hombre son infinitas y

quisiera beber la eternidad de un trago. ¿Pero son todas ellas

legítimas? ¿Todas deben realizarse? Mete la mano en tu seno y verás que

muchos de tus deseos no podrían satisfacerse sino a expensas de la

satisfacción de tus semejantes... ¡Y todos tenemos que vivir, qué

diablo!

--Es que si tenemos que partir la felicidad con todos tocamos a muy

poco.

--Sería mucho si la felicidad de los demás fuera la nuestra; si

supiésemos salir de nosotros mismos.

Tristán soltó una carcajada. Don Germán se puso un poco colorado.

--Comprendo bien que en estos asuntos no estoy en disposición de medirme

con los que como tú los estudian y los discuten a diario...

--No es eso, don Germán... Me río porque toda la vida estoy oyendo esa

misma frase sin haber logrado saber lo que significa. No sé por qué

puerta o balcón podemos salir fuera de nosotros mismos... Es decir, he

averiguado que haciendo un agujero en la sien con la bala de un revólver

se sale inmediatamente fuera de sí..., pero es para no volver a entrar.

--Repito que carezco de conocimientos y de medios de expresión para

explicarte esa frase ni ninguna otra por ese estilo. Pero si no puedo

explicarla siento su verdad en el fondo del alma y me basta... Pero

volvamos a ti. Por un don gracioso de Dios tú eres de los pocos que aun

encerrados en sí mismos encuentran la dicha. Después de todos los

elementos de felicidad de que hemos hablado te enamoras; la mujer que es

objeto de tu amor te corresponde; vas a casarte y al satisfacer los

ardientes deseos de tu corazón, te encuentras con que el ángel de tus

sueños no viene a ti con las manos vacías...

Esta frase causó una mordedura en el amor propio de Tristán. Disimuló,

sin embargo, lo echó a risa y siguió la plática en tono jocoso.

Pocos minutos después saltaban ladrando en la glorieta dos perros de

caza y detrás de ellos una gallarda joven de tez morena, cabellos negros

ensortijados que apretaba una gorrilla rusa de piel, pecho exuberante,

amplias caderas ceñidas por una falda corta de color gris, calzada con

botas altas y llevando colgada del hombro una primorosa carabina.

Recordaba por su arrogancia la estatua de Diana cazadora que se admira

en el Museo del Louvre; pero esta arrogancia estaba templada por unos

grandes ojos negros de suave y afectuosa expresión. Era a la vez Diana y

Clorinda la heroína del poema del Tasso.

Los ojos de los futuros esposos se encontraron y brillaron con alegría.

A Tristán se le disipó repentinamente su mal humor.

--Tus perros, linda cazadora, han descubierto este par de piezas...

¡Tira, tira sobre ellas!--exclamó don Germán riendo.

--¡Fuego!--respondió la joven acercándose a él y dándole un beso en la

mejilla.

--Dispara el segundo. Mira que la otra pieza se escapa.

Clara se ruborizó.

--Aunque se escape volverá de nuevo al tiro como las palomas torcaces.

Y alargó al mismo tiempo su mano a Tristán que la estrechó tiernamente.

--Ya estoy encañonado, y por lejos que me vaya el tiro de Clara me

alcanzará.

--¡Oh, si supieseis qué lejos he disparado a uno de estos ánades!--y

mostraba los dos que traía colgados al cinto--. Una verdadera casualidad

que haya caído... Del lado de allá de la charca grande Fidel levantó los

dos. ¡Pan! Tiro al primero y cae a la orilla. ¡Pero el otro...! El otro

estaba ya en lo alto en medio de la charca. Disparo sin esperanza alguna

y con gran sorpresa le veo caer al agua. ¡Allí vierais a Fidel echarse

al agua y nadar como un pez mientras este otro animalito, la Dora, a

quien tenía sujeta por el cuello, aullaba y se estremecía de afán por

seguirle!

La joven se animaba narrando los incidentes de la cacería. Tristán la

miraba embelesado, admirando en lo íntimo de su ser la juventud, el

vigor y la hermosura de su prometida.

--¿Pero estás segura de que has alcanzado con los perdigones a ese

ánade?

--¿Cómo no, puesto que ha caído?

--Es que yo no creo una palabra de la eficacia de tu puntería. Ese ánade

como el otro y como todos los demás que has cazado mueren de orgullo de

verse tiroteados por ti.

--¡Sería mucha galantería!--replicó la joven ruborizándose de nuevo.

Don Germán quiso dejarlos solos algunos momentos y salió de la glorieta

con el pretexto de dar orden para que pintasen las canoas de las

charcas. Llamó a los perros para que le acompañasen. Los animales

salieron gozosos en su compañía, pero viendo que Clara se quedaba

vacilaron unos instantes, ladraron a Reynoso como recriminándole por

ponerles en aquella disyuntiva y al fin se decidieron a volverse a la

glorieta, echándose a los pies de su ama.

--Te lo digo con todas las veras de mi alma, Clarita; yo quisiera morir

de un tiro de tu mano como han muerto esos patos.

--No te acerques tanto. A mí me gusta tirar de largo--dijo la joven

riendo.

Tristán se sentó frente a ella delante de la mesa de mármol.

--Lo que me sorprende es que tengas tanta afición a la caza: ¡porque

cuidado que es aburrido eso de cazar! Yo no salí más que tres o cuatro

veces en mi vida y pensé que moría de tedio.

--¡Aburrido!--exclamó Clara en el colmo de la sorpresa.

--¡Aburridísimo! Levantarse de madrugada cuando más a gusto se encuentra

uno entre sábanas, echarse al monte, sufrir los rigores del sol y a

veces los de las nubes, caminar todo el día con la lengua fuera, caerse,

pincharse, ensuciarse, y de vez en cuando tropezar con uno de esos

animalitos que se encuentran en todas las pollerías y restauranes de

Madrid.

--Calla, calla, Tristán; estás diciendo disparates. Tú no sabes lo que

es sentir la brisa matinal en las mejillas porque te has acostumbrado

al aire viciado de la cervecería y del círculo; no gozas con el sol

porque vives la mayor parte de la vida con luz artificial; te repugna el

caminar porque has estado demasiado tiempo tendido en las butacas...

Pero yo soy otra cosa... yo he nacido en el campo; el sol me conoce y

las nubes también y las piedras y los abrojos... Para mí es un gran

disgusto que tú no seas cazador.

--¿De veras...? Pues no tengas cuidado, hermosa mía, que por tu amor soy

capaz, no diré de cazar patos y conejos, sino hasta tigres y leones...

Aún más: soy capaz, si tú lo exiges, hasta de pescar con caña.

--¡No tanto!--exclamó la joven riendo--. Bastará con que alguna vez me

acompañes. Te prometo no llevarte lejos.

--¡Qué hermosa eres, Clara! Si no fueses el emblema de la belleza serías

el de la salud y de la fuerza. Dice Gustavo Núñez que si me dieses una

bofetada me harías polvo... y voy creyendo que tiene razón.

--¿Pues cuándo me ha visto tu amigo Gustavo Núñez?

--Días pasados cuando íbamos de compras con Elena.

--Debe de ser muy burlón ese amigo.

--Es el hombre más gracioso que conozco.

Y acto continuo se puso a hacer el elogio caluroso de aquel su amigo

Gustavo, un pintor eminente que hacía ya algunos años había obtenido

primera medalla en la Exposición, un hombre de mundo, elegante, fino,

culto ¡y con unas salidas! Todo el mundo las celebraba en Madrid.

Sofocado por la risa nuestro joven narró algunas de ellas.

Clara escuchaba con fingida atención. En realidad estaba distraída.

Aquellos chistes de café, aquella maledicencia que se revelaba en ellos

no podía producir efecto en una naturaleza sencilla y recta como la

suya. Así que cuando Tristán dio tregua a su panegírico desvió la

conversación a otro sitio. Le preguntó por las obras del cuarto, por una

joya que había encargado a Holanda, por los muebles que les estaban

construyendo.

La conversación languideció al cabo. Tristán comenzó a mostrarse

preocupado, a emplear un estilo más conciso, que poco a poco se

convirtió en displicente. Clara lo observó, pero como ya estaba

acostumbrada a estos cambios repentinos de humor, que rara vez

persistían largo tiempo, no hizo en ello mucho alto. Sin embargo, se

trataba de asuntos que atañían a su próximo enlace y el acento de su

novio sonaba por momentos más displicente.

--¿Qué te pasa?--preguntó al fin desazonada--. Hace un momento eras más

suave y más blando que una piel de liebre y ahora pinchas por todas

partes como los cardos del monte.

Tristán hizo un gesto de indiferencia y permaneció silencioso.

--¿He dicho algo que pudiera molestarte?

El mismo silencio.

--O hablas o me marcho--dijo con energía haciendo ademán de levantarse.

Tristán clavó en ella sus ojos con expresión colérica.

--Me estás probando de esa forma--dijo con acritud--que mis recelos no

son infundados. Desde hace algún tiempo parece que todo el mundo pone

empeño en hacerme comprender que debo estar no sólo satisfecho sino muy

agradecido a que se me conceda tu mano. Es decir, quieren a toda costa

persuadirme de que soy un quídam que ha buscado su negocio y lo ha

hallado al fin...

--¿Qué palabras son esas, Tristán, tan feas... tan indignas de ti?

--Sí, que soy por lo visto un buscavidas--insistió el joven con más

violencia--y que si me caso contigo no lo hago tanto por amor como por

tu dote... Hace un momento tu mismo hermano me decía que debo estar

satisfecho porque tú no vienes a mí con las manos vacías... ¿Qué quiere

decir eso? O no quiere decir nada o es una grosería...

--Eso no es cierto--profirió la joven con acento vibrante de

indignación--, no puede ser más que un mal sueño de los muchos que tú

tienes... Y si Germán hubiera pronunciado esas palabras lo habría hecho

burlando y sin intención de causarte la más pequeña ofensa, porque mi

hermano es el hombre más bueno y más delicado de la tierra.

--No soy un náufrago, hija mía--siguió diciendo con sonrisa amarga y

como si no hubiese oído la interrupción de su prometida--, no soy un

náufrago que corriendo un temporal deshecho viene a refugiarse en tu

puerto para abrigarse dentro de él. Yo he navegado siempre con las velas

desplegadas en un mar de aceite, iluminado por el sol radiante, empujado

por la brisa y acompañado de las musas y las gracias. Estoy acostumbrado

a vencer; he hallado en la vida todas las puertas abiertas y todos los

corazones también. Cuando me acerqué a ti y te ofrecí el mío no reparé

si estabas dorada o plateada: te vi buena, inocente, hermosa y me bastó

para quererte y me sigue bastando.

--¿Tiene eso algo que ver con la ofensa que has inferido a mi hermano?

--Primero me la ha inferido él a mí. Estoy fatigado... estoy harto de

recoger alusiones más o menos embozadas a tu fortuna presente y futura.

Esto hiere mi amor propio y no estoy dispuesto a sacrificarlo por ningún

matrimonio, ni contigo ni con nadie.

--¿Quieres decir que no me estimas lo bastante para sufrir por mí

ninguna molestia?

--Esa clase de molestias no.

--Entonces tu amor es más ligero que esa niebla que cae sobre las

charcas y que barre un pequeño soplo de viento.

--Ligero o pesado, mi amor es como yo, y yo soy como la naturaleza me ha

hecho. El gozo de unirme a ti no es bastante poderoso para cambiar mi

condición...

--No necesitas hablar más... ¡Basta...! Leo en tu corazón bien

claramente que buscas un pretexto para romper nuestra unión. No te

esfuerces tanto, porque si no estás satisfecho y no esperas ser feliz,

yo te devuelvo tu palabra.

--En tu actitud altiva advierto que estás infiltrada de la misma idea de

que están llenos al parecer tus parientes y tus amigos. ¿Me devuelves mi

palabra? Pues yo la recojo. Mi dignidad se subleva ante esa idea.

Tristán profirió estas palabras exasperado como si realmente acabaran de

dar a su dignidad un golpe de pronóstico reservado. La joven se puso

pálida y llevándose la mano al corazón se alzó del asiento para salir de

la glorieta.

Tristán había sido su primero y su único amor. Cuando se conocieron ella

tenía trece años y él veintiuno. La impresión que en su naturaleza

infantil produjo aquel joven guapo, elegante y de cuya inteligencia toda

la familia se hacía lenguas no se borró jamás. Paró él muy poco la

atención en ella, embriagado por sus triunfos en la cátedra y en la

sociedad; la trató con la protección amable que concede un grande hombre

a un niño. Pero don Germán hizo su segundo viaje a América, transcurrió

más de un año sin verla y cuando al cabo se encontraron Clara se había

transformado en mujer. Nuestro joven la miró entonces con más atención y

bajando de su pedestal académico la trató con menos condescendencia. Se

vieron a menudo, unas veces en casa de Escudero, otras en el Sotillo,

adonde éste solía ir con su familia algunos días. En cada una de estas

entrevistas el sabio ateneísta perdía un poco de su majestad. Esta ruina

llegó a tal punto que hay quien asegura haberle visto pegando

calcografías en los cristales en compañía de aquella niña grande y, lo

que es más absurdo, ella dando a la cuerda sujeta a un árbol por el otro

cabo y él con las mejillas inflamadas y los cabellos pegados a la frente

saltando y gritando «¡tocino! ¡tocino!» Realmente hay cosas que la

imaginación no puede representarse. Preferimos creer que ésta es una de

tantas calumnias a las que han estado siempre expuestos los hombres

serios y científicos. De todos modos cierto es, porque hay personas que

lo certifican, entre ellas mademoiselle Amelie, el aya de Clara, que un

día porque le ganó dos partidas de _tennis_ ella le llamó antipático, le

dijo que no le quería y se fue muy desabrida y que él entonces desahogó

su pecho en el de la citada _mademoiselle_ y lloró a hilo como un buey.

Pero aun aquí la historia llega a nosotros tan envuelta y obscurecida

por la leyenda que es casi imposible discernir lo que hay en ella de

verdad y de error. ¿La misma _mademoiselle_ no pudo equivocarse? ¿Quién

sabe si Tristán sacó el pañuelo para sonarse y a ella se le antojó que

era para secarse las lágrimas?

Reynoso vio con buenos ojos aquellos amores. Era hombre a quien el

talento y los libros inspiraban un respeto idolátrico. La familia de

Tristán apetecía unión tan ventajosa por todos conceptos. Todo marchó

viento en popa, aunque durante más tiempo de lo que los novios hubieran

deseado. Reynoso se opuso resueltamente a que su hermana se casase antes

de tener diez y ocho años. Iba a cumplirlos y su dicha a colmarse.

Porque realmente amaba profundamente a aquel hombre a pesar de su humor

sombrío y fantástico, o tal vez por esto mismo. La armonía de los

contrarios no pudo jamás mostrarse de un modo más cabal que en aquella

gentil pareja.

Clara iba a salir de la glorieta con el corazón mortalmente herido, pues

en las muchas reyertas que habían tenido nunca habían llegado a palabras

tan agrias, cuando entraba Elena en su busca. Al verla de aquella forma,

descompuesta y pálida y observar la actitud airada de Tristán, hizo alto

sorprendida.

--¿Qué es eso, habéis reñido...? ¡Qué feo, qué feo en vísperas de boda!

Pero Clara en aquel momento se abrazó a ella y estalló en sollozos. La

estupefacción de su cuñada llegó a los últimos límites.

--¡Cómo! ¿Qué significa esto...? ¿Qué le ha hecho usted a mi hermana,

caballero...? ¡Dígalo usted ahora mismo! ¡Ahora mismo o me pierdo y le

tiro a usted del bigote!

Esta feroz decisión que expresaba muy bien la nativa incompatibilidad de

sus preciosas manos con los bigotes masculinos abatió por completo el

ánimo ya muy alterado de Tristán.

--Hágame usted el favor de no poner esos ojos de besugo a medio

asfixiar. ¿Lo oye usted? A mí no me gustan los besugos ni crudos ni

guisados... ¡Hable usted...! ¡Hable usted en seguida...!

--Acaso...--profirió el joven balbuciendo.

Elena llevó a su cuñada hasta la butaca de paja, la hizo sentarse en

ella y cubrió su rostro de besos. Después vino a plantarse delante de

Tristán que continuaba sentado.

--¿Acaso qué...? vamos a ver.

--Acaso haya dicho a Clara algunas palabras mortificantes...

--¿Y con qué derecho dice usted a Clara palabras mortificantes?

--Con ninguno.

--¡Ah, con ninguno! ¿Entonces conviene usted en que es un hombre

atrevido, intratable, digno de que le vierta toda la cerveza de esta

botella por el cuello abajo?

--Convengo.

--¿Confiesa usted, además, que es un novio fastidioso, antipático,

pesado, insufrible?

--Lo confieso.

--¿Promete usted enmendarse y no decir en adelante a Clara más que

palabras suaves y cariñosas?

--Lo prometo.

--Está bien. Ahora pida usted perdón de su fechoría que no conozco ni

quiero conocer.

--Clarita--dijo Tristán mirando a su prometida que continuaba tapándose

los ojos con la mano--, perdóname lo que te he dicho. Te juro que te

adoro, que te quiero con toda mi alma...

--¿Cómo? ¿Cómo...? ¿Qué modo de pedir perdón es ese...? Hágame usted el

favor de hacerlo como se debe.

Y la esposa de Reynoso señalaba enérgicamente el suelo con su índice.

Las mejillas de Tristán se tiñeron de carmín.

--Bueno: ¿se pone usted colorado? Mejor, así se demuestra que le queda

todavía un poco de vergüenza... Saque usted el pañuelo y póngalo debajo

que se va a manchar los pantalones en la arena.

Tristán se arrodilló delante de su novia sonriente y ruborizado.

--Bésele usted la mano... Digo no... No se la des, Clara, no la merece.

El perro que estaba echado a los pies de la joven al verse molestado

gruñó.

--¡Muérdele, Fidel...! ¡Muerde a ese antipático, muerde a ese soso...!

¡a ese! ¡a ese!

El animal, así azuzado, comenzó a gruñir de un modo amenazador y estaba

a punto de arrojarse sobre el soso. Clara levantó la cabeza riendo al

través de sus lágrimas.

--¡Quieto, Fidel!

IV

UNA VISITA Y OTRAS VISITAS

Apenas se había llevado a feliz término la reconciliación de los novios

oyéronse en el parque altas y alegres voces y carcajadas.

--¿Cómo? ¿Están ahí Visita y Cirilo?--exclamó Elena con el semblante

iluminado de alegría.

Y acto continuo salió corriendo de la glorieta. Clara y Tristán la

siguieron. Los dos huéspedes venían acompañados de don Germán

conversando y riendo. El marido, que arrastraba mucho el pie izquierdo y

parecía también imposibilitado del brazo correspondiente, se apoyaba en

el de su esposa. Esta era alta, rubia, corpulenta y sus ojos abiertos,

inmóviles, mostraban que estaba ciega. Ninguno de los dos pasaría de

treinta años.

--¡Pero qué sorpresa!--dijo Elena besando con efusión a la ciega y

estrechando la mano sana del paralítico.

--¡Sorpresa la nuestra, querida...! Llegamos a la estación, nos apeamos

del tren y ni un alma que nos dé los buenos días. Pues señor, ¿qué

hacemos...? La carta sin duda no ha llegado a sus manos, nos dijimos.

¡Ni un coche siquiera por allí! Era necesario pasaros un recado y

esperar más de una hora. En esto ve Cirilo un carro de bueyes que había

venido a traer madera. «¡Eh, buen hombre! ¿Quiere usted llevarnos al

Sotillo?»--«Por allí tengo que pasar; _amóntense_ ustedes.»

--¡En un carro de bueyes!--exclamó Elena.

Tristán se excusó de no haberles visto aunque había venido en el mismo

tren. Saltó del coche precipitadamente, salió con la misma velocidad de

la estación y montó en el landau que le aguardaba fuera.

--En nada nos ha perjudicado usted. Hemos hecho el viaje más divertido

que os podéis imaginar. El carretero tendió una manta y yo me acosté

sobre ella. Este iba en pie mirando el paisaje y contándome todo lo que

miraba. Los bueyes resoplando, el buen hombre cantando todo el camino y

nosotros riendo. ¡Qué sacudidas! ¡Qué traqueteo! Una de las veces éste

no pudo sujetarse y cayó sobre mí y sin querer me dio un beso...

--Sería muy bien queriendo; Cirilo es pícaro--dijo Elena.

--¡No, no; sin querer! ¡Qué risa, hija mía, qué risa...! El carretero

pensó que nos había pasado algo y vino asustado, pero al vernos reír de

tan buena gana soltó también la carcajada como un tonto... Allá le

levantamos como pudimos. El buen hombre dijo que si quería podía

amarrarle para que no se cayese. Este aceptó en seguida y se dejó

amarrar como un santo. Yo me desternillaba de risa...

--Ha sido un viaje delicioso--corroboró Cirilo con toda su alma.

Tristán disimuladamente sacudía la cabeza mirando a Clara con expresión

de burla y sorpresa; pero aquélla, gozando con la risa de Visita, no le

hacía caso. Era en efecto la risa de la ciega tan fresca, tan

comunicativa que no se la podía oír sin sentirse tentado de ella.

Aquel matrimonio tenía un parentesco lejano con don Germán. Cirilo era

hijo de un primo en tercero o cuarto grado de su padre; ella de un

modesto empleado en Hacienda. Cuando Reynoso llegó de América, Cirilo

trabajaba con corto sueldo en una casa de banca y estaba ya en

relaciones amorosas con su actual esposa; ambos perfectamente sanos. Era

un joven activo, inteligente, de una honradez a prueba. Don Germán, que

advirtió en seguida estas cualidades, le protegió con toda decisión; le

nombró su administrador y su agente, y logró que Escudero hiciese lo

mismo. Viéndose ya en posición desahogada pensó en casarse; pero en

aquella misma sazón su prometida comenzó a padecer de la vista y en

poco tiempo quedó ciega por atrofia del nervio óptico, enfermedad

incurable. ¡Cuánto lloró aquella buena y hermosa joven! Desesperada por

tan terrible desgracia, y todavía más pensando en que Cirilo suspendería

definitivamente el matrimonio, estuvo a punto de suicidarse. Pero aquél

se condujo en tal ocasión como un hombre de alma grande y generosa; no

sólo no suspendió la boda, sino que la precipitó cuanto pudo. Tal

proceder impresionó fuertemente el corazón de la pobre ciega; si antes

amaba entrañablemente a su novio, desde entonces su amor se convirtió en

adoración. Efectuose el matrimonio, casi por la misma época que el de

don Germán con Elena. No se pasaron muchos días sin que una nueva

desgracia cayese sobre ellos y les pusiese a prueba. En el mismo salón

de la Bolsa sufrió Cirilo un ataque de hemiplejia, le trajeron a casa

accidentado y aunque recobró prontamente el conocimiento, se notó que

había quedado herido del brazo y pierna izquierdos. Mejoró bastante

luego gracias a ciertos baños, pero en el brazo apenas tenía movimiento

y la pierna la arrastraba penosamente. Visita fue para él entonces su

providencia como él lo había sido antes para ella. No sólo le ayudaba en

los menesteres de la vida, sino que apoyado en su brazo podía ir a todas

partes. Siguió desempeñando a conciencia sus tareas habituales sin que

desapareciera tampoco toda su dicha, como se ha visto.

Don Germán reía también hasta sofocarse. Cuando se hubo sosegado un poco

puso la mano en el hombro de Tristán.

--Tú has venido con más comodidad, pero ellos se han divertido más que

tú.

--No es muy seguro que hubiera gozado fuertemente cayendo, aunque fuese

sobre tan grato lecho, y amarrado después a un poste--repuso aquél con

sonrisa irónica.

--Porque tú no sabes lo que es divertirse, ni acaso lo sepas en tu

vida--replicó el caballero.

Y sin aguardar respuesta echó a andar en dirección de la casa.

--¡Ea!, a almorzar, que ya me parece que va llegando la hora.

En alegre charla se dirigieron todos hacia la escalinata y entraron en

el suntuoso comedor, situado en la planta baja del edificio. Contigua a

él había una _serre_ donde crecían plantas tropicales y en medio de

ellas una fuente rústica formando cascada. Colgadas con disimulo entre

el follaje había algunas jaulas con ruiseñores, canarios y un sinsonte

que Reynoso había logrado aclimatar después de haber fracasado con otros

dos.

Clara subió a cambiar de traje y mientras tanto los invitados bebieron

aperitivos, escuchando a la ciega que no cesaba de charlar y reír

contando como si lo hubiese visto todo lo que pasaba en Madrid, las

obras dramáticas que habían tenido éxito, las bodas aristocráticas, las

óperas, los conciertos, hasta las sesiones borrascosas del Congreso.

--¿No sabéis? El jueves estuve a oír a Pérez en el Congreso y ayer a

Marconi en _Hugonotes_. ¡Qué discurso, queridos, qué discurso! Se metió

a todos los diputados en el bolsillo. ¡Y el decir que había a mi lado

una señora que sostenía que López habla mejor! No sé cómo me contuve.

Pero éste me tocó con el codo y me dijo al oído que era prima de una

cuñada de López y me reprimí. Al parentesco hay que perdonárselo todo...

El otro, ¡qué dulzura!, ¡qué brío al mismo tiempo!, ¡qué modo de filar

las notas!

--¿Pero filan también las notas en el Congreso?--preguntó Elena con

asombro.

--¿Qué estás diciendo ahí, criatura? Hablo de Marconi.

--Perdona, hija: pensé que te referías a Pérez, de quien estabas

hablando.

--¡Y el sainete de Ruiz que se estrenó en Lara! Delicioso, delicioso.

Tiene unos chistes que es para morirse de risa. Hay uno sobre todo, el

que hizo más efecto... ¿Está por ahí Clarita? ¿No ha venido todavía...?

Pues entonces os lo diré...

Tristán o el pesimismo · 第 2 / 22 段