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OBRAS COMPLETAS
DE
D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
TOMO XV
TRISTÁN
O EL PESIMISMO
NOVELA DE COSTUMBRES
MADRID
LIBRERÍA DE VICTORIANO SUÁREZ
Preciados, número 48.
1922
Imp. Helénica. Pasaje de la Alhambra, 3. Madrid.
ÍNDICE
I.--El dueño de la finca
II.--Felices esposos
III.--¡Quieto, Fidel!
IV.--Una Visita y otras visitas
V.--Lo que dicen las abejas
VI.--La familia de Tristán
VII.--Sus amigos
VIII.--Un buen día que concluye mal
IX.--Un tropezón de Gustavo Núñez y otro de su amigo Tristán
X.--Una noche de novios
XI.--El estreno de una obra de carácter
XII.--La novena sinfonía
XIII.--Vida literaria
XIV.--Un descubrimiento del paisano Barragán
XV.--El paisano Barragán comercia con los espíritus y luego con los cuerpos
XVI.--¡Corazón, arriba!
XVII.--La boda de Araceli
XVIII.--La flecha del desterrado
XIX.--Fieros desengaños de Tristán
XX.--Consecuencias de unos celos
XXI.--La maldición
XXII.--Hacia otro mundo
I
EL DUEÑO DE LA FINCA
Un bando prodigiosamente grande de palomas vino a posarse sobre el
tejado de la casa. Este quedó blanco como si una copiosa nevada hubiese
caído sobre él. Las palomas todas, sin fallar una, eran blancas. En la
pared enjalbegada de la casa, encima del amplio corredor con rejas de
madera se abría un ventanillo que daba acceso al palomar. Las palomas ni
por un instante soñaron con acercarse a él; ninguna intentó siquiera
ponerse sobre la tabla que, a guisa de recibimiento, tenía delante. El
día era demasiado espléndido para meterse en casa; un día tibio y claro
de primavera en Castilla.
Por el ventanillo del palomar, con toda precaución y cuidado, asomó el
rostro un hombre; un rostro atezado, varonil, de bigote gris. Giró sus
ojos recelosos, inspeccionó minuciosamente los contornos y se retiró en
seguida; volvió a asomarse y otra vez se retiró, como si espiase la
llegada de un ladrón.
El ladrón llegó, en efecto. Dio un brinco y se plantó sobre la baranda
del corredor; ascendió luego fácilmente por el grueso sarmiento de la
parra que se enlazaba retorciéndose a las columnas de madera que
sostenían el tejadillo, encaramose sobre éste y echando una mirada
recelosa en torno y otra de ávido anhelo a la ventana del palomar, sacó
la lengua y se relamió repetidas veces con repugnante ausencia de
sentido moral. Luego, no sin cierto estremecimiento nervioso que corrió
por todo su cuerpo, se preparó a dar el gran salto. Grande era, en
efecto; enorme. Sólo un bandido avezado a correrías peligrosas tuviera
la audacia de intentarlo. Después de algunas vacilaciones lanzose al
espacio, logró tocar con las uñas la tabla, y presto se encaramó sobre
ella. Y sin pérdida de tiempo se introdujo en el palomar. ¡Desdichado!
La traición le acechaba. Apenas puso allí la planta, un pesado garrote
con furia manejado le hizo pagar cara su osadía. El criminal comenzó a
arrastrarse por el suelo dando mayidos bien lastimeros. Su feroz agresor
le contempló estupefacto con ojos extraviados, los brazos caídos y
respirando anhelante. Quiso acercarse a su víctima, pero ésta huía
arrastrándose por el sucio aposento donde estaban colocados, como en
anaquelería de tienda, los nidos de los pichones.
--¡Válgate Dios! Le he roto una pata--exclamó con voz temblorosa el
hombre.
Era un caballero alto, fornido, de unos cuarenta años de edad, la tez
morena, los ojos negros, los cabellos crespos y comenzando a blanquear;
fisonomía abierta y simpática. Vestía traje de casa, chaqueta obscura y
gorra de cazador.
--¡Bis, bis...! ¡menino...! ¡pobrecito, pobrecito!
El gato permitió al fin que se le acercase y le dirigió una mirada
triste y medrosa.
--¡Vaya por Dios! ¡vaya por Dios!--murmuró el caballero con acento que
distaba mucho de sonar como el grito de triunfo del vencedor satisfecho.
Le pasó la mano suavemente por el lomo y quiso reconocerle la herida;
pero el pobre animal lanzaba mayidos cada vez más dolorosos.
--¡Qué diablo! ¡qué diablo!--profirió en el colmo del disgusto.
De pronto, como si le hubiese ocurrido una idea feliz, se irguió de
nuevo y abandonando al estropeado gato en el suelo salió del aposento,
bajando un poco la cabeza para no chocar con el dintel de la puertecilla
que le daba acceso. No tardó muchos minutos en presentarse otra vez con
un canasto en las manos guarnecido en el fondo por un cojín de lana.
Tomó al gato con infinitas precauciones y lo depositó sobre él. Luego,
sacando del bolsillo un paquete de vendas, se puso a liarle la pierna
rota con la delicadeza de un cirujano. El gato le dejaba hacer como si
entendiese que de aquello dependía su salud. Cuando estuvo hecha la
operación cogió de nuevo el cesto, transformado ya en camilla de
hospital, y a paso lento y prevenido lo sacó de allí, bajó la escalera y
lo depositó en una de las estancias del único piso alto que tenía la
casa.
Era ésta una mansión de hidalgo o labrador acomodado. Los pisos de
ladrillo rojo, las paredes enjalbegadas, los techos con las vigas al
descubierto. Los muebles eran viejos, macizos, lustrosos; en las alcobas
camas enormes de madera sin pabellón; en las paredes colgados grandes
cuadros al óleo renegridos y confusos.
Reynoso, que así se nombraba el inventor de la emboscada descrita,
contempló largo rato a su víctima que a su vez le miraba con expresión
indefinible de temor, reconvención y tristeza dejando escapar débiles
mayidos. El agresor respondía a estos mayidos con otros obscuros sonidos
guturales que expresaban remordimiento. Al fin, no pudiendo resistir más
tiempo la vista de aquella tragedia dolorosa, giró sobre los talones y
salió de la estancia. Recorrió algunas otras desiertas en busca de su
bastón de boj hasta que, recordando que lo había dejado en el palomar,
hizo un gesto de pesar y no atreviéndose a empuñar otra vez el fatal
instrumento descendió a la planta baja, también desierta, y salió a la
calle.
Delante se abría un anchuroso patio recientemente empedrado, cercado por
elevada verja de hierro. Nadie pensaría que aquel magnífico patio
pertenecía a la hidalga pero humilde morada de donde salía nuestro
caballero. Y en realidad no era así. Aquella casita de paredes blancas y
balcones de madera estaba allí solamente como un recuerdo de familia. A
su lado, apartado treinta o cuarenta pasos, se alzaba un moderno y
suntuoso hotel que bien pudiera denominarse palacio. Gran escalinata de
mármol, montera de pizarra a lo Luis XIV, lunas enormes de cristal en
los balcones, todo el arreo, en fin, de que ahora hacen gala los hombres
opulentos cuando fabrican una mansión para su regalo. Las cuadras y las
cocheras, también suntuosas, cerraban el patio por la izquierda.
Así que las palomas del tejado le divisaron en medio del patio abrieron
las alas repentinamente y vinieron a posarse sobre él transformándole en
informe estatua de nieve. Reynoso no recibió aquella acostumbrada
caricia con la benevolencia de otras veces. El peso de su culpa le hacía
atrabiliario.
--¡Quitad, quitad! ¡Fuera!
Y abriendo los brazos como aspas de molino y sacudiendo puntapiés a un
lado y a otro las rechazó groseramente.
Herida la susceptibilidad de las cándidas palomas por aquel insólito
recibimiento, se escaparon nuevamente al tejado. Algunas más zalameras
que persistieron en querer picotearle la cabeza, fueron llamadas a la
dignidad por sus compañeras y no tardaron también en remontar el vuelo.
Reynoso se acercó a las cocheras y dirigiéndose a un mozo que limpiaba
un carruaje:
--Dile a Pedro que enganche antes de las diez para ir a buscar a la
estación al señorito Tristán.
Sacó luego su cronómetro. Eran las ocho. Dejó las cocheras y abriendo la
gran puerta enrejada se introdujo en el parque. Bello, esmeradamente
cuidado, pero no de grandes dimensiones. En el centro había una
plazoleta rodeada de cañas de la India y dentro una glorieta con
enredadera de madreselva y pasionaria. En el fondo y en uno de los
ángulos, adosada al alto muro que lo cercaba, estaba la casita del
jardinero. Reynoso, sin pasar delante de ella como tenía por costumbre,
quiso abrir la puerta de madera que comunicaba con el bosque, pero antes
de hacerlo lo divisaron los chicos del jardinero que volaron hacia él
dando chillidos penetrantes. Quedó un instante inmóvil y una sonrisa de
alegría iluminó su semblante enfoscado. Las palomas habían tenido menos
suerte.
--¿Qué queréis?--preguntó fingiéndose serio.
--Un beso... un beso--respondieron los chicos, una niña y un niño de
seis y cinco años respectivamente.
--¿Nada más?
La niña, avergonzada, hizo signos negativos con la cabeza. Reynoso se
inclinó para besarla. Mas he aquí que cuando lo estaba haciendo, el niño
le introdujo suavemente la mano en el bolsillo.
--¿Qué haces, pícaro?--exclamó el caballero alzándose bruscamente y
mirándole con afectada severidad.
El chico, aterrado, se dio a la fuga. La niña reía: sus carcajadas
sonaban frescas y cristalinas como el gorjeo de los pájaros.
--¡A ése! ¡a ése...! ¡Al ladrón!--gritaba Reynoso.
Luego, sacando del bolsillo un caramelo, se lo dio a la niña diciendo:
--Tú, que eres buena, toma. A ese tunante nada.
Pero el chico, advertido, comenzó a volver sobre sus pasos gimoteando:
--¡A mí! ¡a mí también!
--Tú ya lo has robado.
--¡No! ¡no!
Y movía la cabeza a un lado y a otro hasta querer descoyuntársela, y
enseñaba las palmas de sus manecitas untadas de tierra.
--Bien. ¡Pero lávate esa cara y esas manos, gorrino!
El chico, sin vacilar, se fue corriendo al pequeño estanque de una
fuente de mármol y comenzó a echarse agua a la cara. En vez de quitarse
la tierra, la esparció de tal modo por sus rosadas mejillas que daba
horror. Reynoso no pudo menos de soltar la carcajada. El niño comenzó a
llorar perdidamente. Entonces su hermanita se brindó con maternal
solicitud a lavarle. Le llevó al estanque, le restregó la cara
haciéndole pasar sucesivamente del negro al gris, luego al blanco,
después al rojo subido, tan rojo que el niño chillaba como un condenado
y estuvo a punto de renunciar de una vez y para siempre a aquel caramelo
tan dolorosamente comprado.
Reynoso estaba enajenado. Su faz resplandecía como la de un justo,
aunque distaba mucho de serlo, como acabamos de ver. Después que se
hartó de besar a los chicos salió del parque en una felicísima
disposición de ánimo, prueba irrecusable de que un fútil suceso basta
no pocas veces para acallar los más atroces remordimientos de nuestra
alma.
El bosque contiguo al parque era delicioso: una espesura casi
impenetrable formada de robles, olmos y fresnos que había dado nombre a
la finca. Esta era conocida con el nombre de _El Sotillo_ y estaba
situada en las inmediaciones de Escorial de Abajo: toda ella, desde la
casa, en suave declive hasta la cañada, por donde corría un arroyo.
Después ascendía de nuevo el terreno. Reynoso atravesó el bosque por un
lindo y retorcido camino enarenado que él mismo había hecho construir.
Al cabo de algún tiempo de marcha el bosque dejaba de ser espesura
sombría, impenetrable, y se transformaba en monte ralo de olmos y
encinas por cuyos grandes claros pastaban algunas vacas negras y bravas
con sus chotillos al lado. El pastor le salió al encuentro. Llevose la
mano a su sombrerote de fieltro y le informó con rostro alegre de que
aquella misma madrugada una de las vacas había parido. El propietario se
acercó con satisfacción también a la vaca que lamía al tierno chotillo,
echado debajo de ella, dejando escapar débiles mugidos de amor y de
orgullo. Después emprendió de nuevo su paseo. Según caminaba, el monte
se hacía cada vez más ralo y más bajo: las robustas encinas se
transformaban en chaparros. La naturaleza rocosa del terreno, oculta en
el parque y en el bosque, se mostraba ya al descubierto. Las piedras
asomaban por todas partes. Algunas veces veíaselas desprendidas y
yacentes en enormes bloques unas sobre otras en perenne equilibrio. En
la tierra que había entre ellas, ardiente y feraz, crecían innumerables
especies de flores silvestres de formas caprichosas, de aroma
penetrante.
Reynoso arrancó a puñados el tomillo, lo aspiró con voluptuosidad y se
lo guardó en los bolsillos.
--Rico olor el de la mejorana, ¿verdad, mi señor?--dijo una voz a su
espalda.
--No es mejorana, Leandro, es salsero. ¿No ves sus florecitas?
--Verdad es. Muy rico también, muy majo; pero me gusta más la mejorana.
Leandro se había acercado. Era el anciano pastor encargado de los
grandes rebaños de ovejas que Reynoso poseía, el personaje más
considerable de aquellos campos, grave, prudente, sentencioso. En pos de
él otros tres zagalones que le ayudaban, y más tarde el pastor de las
vacas que acudía como siempre al señuelo del cigarro. Porque Reynoso
gustaba de pararse en compañía de sus servidores y fumar con ellos un
cigarro.
--Hasta ahora no hemos disfrutado de una mañana tan templada como esta.
Mirad los trigos qué verdes aún. El cierzo y la escarcha no les ha
dejado crecer; pero unos cuantos días como este bastarán para hacerles
ganar lo perdido. No sé por qué sospecho que este año vamos a tener una
abundante trilla.
Así dijo el propietario pasando su petaca en torno. Los pastores, con
sus grandes sombreros de fieltro y sus medios calzones de cuero,
formaban círculo. Tomaron gravemente un cigarrillo, lo pusieron en el
rincón de la boca y cada cual sacó sus avíos: yesca de trapo quemado,
eslabón y pedernal. Bastaría con que uno encendiese; pero se hubiesen
juzgado desairados si no se mostrase claramente que eran poseedores de
todos los medios conducentes a producir el fuego. Chocaron los eslabones
contra los pedernales, saltaron las chispas, ardió la yesca y más tarde
los cigarros, todo en medio de un silencio solemne como el caso
requería. Se dieron algunos ansiosos chupetones, y uno de los zagalones
con inclinaciones más señaladas a la retórica dejó al cabo escapar esta
declaración inesperada:
--Me paece a mí, me paece a mí que si el tiempo no tuerce el hocico, en
cosa de ocho días levantarán los trigos un par de palmos más... Es un
decir, mayormente.
El auditorio guardó silencio, dando tiempo para que estas notables
palabras penetrasen lenta y profundamente en su espíritu. El tío Leandro
las rebatió al fin severamente.
--Cuando se habla una cosa, Celipe, es porque se sabe. ¿Sabes tú, por un
si acaso, que han de levantar los trigos dos palmos?
--Es un decir, tío Leandro.
--Bien, pero ¿se sabe o no se sabe?
Nadie chistó. La lógica inflexible del tío Leandro pesaba como una losa
sobre todos los cerebros, particularmente sobre el del zagalón que tanto
se había aventurado en su discurso. Pero haciendo al cabo terribles
esfuerzos para levantar el enorme peso que le agobiaba, logró al fin
proferir, dando a su fisonomía una impresión de increíble astucia:
--Me paece a mí, tío Leandro... Yo he visto...
--Tú no has visto na--replicó el viejo pastor con un gesto de supremo
desdén.
Nuevo y profundo silencio. Aquel osado Ícaro que había querido elevarse
con alas de cera, vino al suelo para no levantarse ya. La sabiduría del
tío Leandro cayó sobre él y le dejó sepultado por siempre. La paz y el
silencio debidos a los que han desaparecido le acompañaron piadosamente.
Se dieron algunos chupetones funerarios para honrar su memoria.
Mas he aquí que al pastor de las vacas se le ocurre resucitarlo de entre
los muertos.
--Tío Leandro, yo no diré mayormente dos palmos... pero que han de
crecer ¡eh! ¡eh...! que han de crecer ¡eh! ¡eh!
Y se puso a reír bárbaramente, abriendo una boca de oreja a oreja sin
que nadie le secundase.
El tío Leandro dio un profundo y amenazador chupetón al cigarro, y se
disponía a disparar una de sus granadas formidables para reducir al
silencio a aquel zángano, cuando no muy lejos de allí sonaron dos tiros.
--¿Cómo?--exclamó Reynoso levantando súbito la cabeza--. ¿Un cazador
furtivo?
--¡Quiá!--replicó un zagal--. Es la señorita Clara. Bien tempranito pasó
por aquí con los perros.
El rostro del amo se serenó, dilatándose con una sonrisa de
complacencia.
--¡Qué chica! ¡Qué chica!
Todos los rostros se volvieron hacia el sitio en que habían sonado los
disparos, expresando cordial alegría.
--¿Y para cuándo es la boda, mi amo?--se atrevió a preguntar uno.
--Allá para octubre--respondió amablemente el caballero.
El tío Leandro extendió la mano solemnemente y habló de esta manera:
--Que Dios, nuestro Señor, esparza a puñados la felicidad sobre esa
buena señorita. La hemos visto nacer, la hemos visto crecer y volverse
más hermosa que una azucena. Más de uno y más de dos entre nosotros la
han llevado en los brazos. No levantaba una vara del suelo y ya le
gustaba montar a caballo como ahora. Una tarde la bestia se le espantó y
se metió ala adentro por una charca. La madre (que en gloria esté)
gritaba. Sólo yo, que estaba cerca, la oí; me planto en dos saltos a la
orilla, me echo al agua, y cuando ya andaba cerca de llegarme al cuello,
pude alcanzar el caballo y sujetarlo. Salimos chorreando y la niña me
abrazó y me besó. Podéis creerme--añadió volviéndose a sus compañeros--,
más estimé yo aquel beso que si me hubieran puesto una onza de oro en la
palma de la mano.
--¡Está visto, hombre!--¡Pues bueno fuera!--¡Ni que decir tiene!
Así aplauden todos las nobles palabras del viejo pastor.
--Lo único que siento--prosiguió éste--es que nuestro amo se nos vaya de
esta finca donde tanto dinero tiene enterrado cuando se concluya el
palacio que está fabricando, según creo, allá en el camino de la Fuente
Castellana de Madrid.
--Me paece a mí, tío Leandro--dijo el imprudente Felipe--, que nuestro
amo no se va de buena gana, porque aquí bien se regala... Pero como la
señora es tan amiga del lujo...
--¿Qué dices?--exclamó Reynoso levantando vivamente la cabeza y
encarándose con el zagalón.
Este se puso pálido y balbució miserablemente:
--Es lo que tengo oído por ahí...
--¿A quién se lo has oído?--preguntó el caballero afectando calma, pero
con el rostro contraído.
--¡Calla, zángano, calla! ¡Si eres más cerrado que un cerrojo! ¿No te da
vergüenza, grandísimo zote?
Todos le recriminan duramente. Reynoso un poco dulcificado le dijo:
--Ni a ti ni a nadie puedo consentir que pronuncie una palabra que
redunde en desprestigio de la señora. Hasta ahora no ha hecho más que
vivir con arreglo a su clase; pero aunque gastase todo el lujo que puede
ostentarse en Madrid, todo sería poco para lo que ella merece...
Entiéndelo tú y los que te lo hayan dicho.
--¡Bien puede usted perdonarlo, mi amo--manifestó el tío Leandro--,
porque este mozo no es más que una caballería salvo el alma que es de
Dios y no de él...! Es que cavilo que si tarda un cuarto de hora más en
nacer, nace ya con la albarda puesta... En fin, señor, que es una
grandísima bestia... No hay más que verlo.
Como nadie, ni el mismo interesado, tuvieron por conveniente oponer el
menor reparo a los extremos de este sensato discurso, todo él quedó
aprobado por unanimidad. Nuestro caballero se serenó por completo.
Despidiose afectuosamente y caminó de nuevo la vuelta de su casa sin
volver la cabeza atrás. Si la hubiese vuelto habría visto con cuánta
solicitud los pastores seguían inculcando en el ánimo de su compañero
Felipe la idea enteramente panteística de su identidad esencial con la
familia de los équidos.
II
FELICES ESPOSOS
Reynoso hizo una visita a su víctima y le mandó proveer de agua y
alimento. Luego subió lentamente la gran escalinata de mármol y se
introdujo en el hotel. Pasó a las habitaciones de su esposa que se
hallaban en el piso principal.
--¿Quién es la que está durmiendo todavía? ¿Quién es...? ¿quién?
--¡Nadie... nadie... nadie!--respondió una voz femenina de timbre claro
y armonioso.
--¿No es Elena?
--¡No, no es Elena!
Y al mismo tiempo hizo irrupción en el gabinete una hermosa joven y le
echó los brazos al cuello.
Era la esposa del propietario, rubia, con ojos negros; poseía un cutis
nacarado. Su talle esbelto lo ocultaba un espléndido _salto de cama_.
--¿Para qué necesito yo salir al campo de madrugada, si el campo viene a
mi cuarto...? Hueles a mejorana... hueles a romero... hueles a malva
rosa--decía colgada a su cuello como una niña mimosa.
Era una niña por la frescura de su rostro y por la viveza de sus
movimientos, aunque ya tenía cumplidos veintidós años.
--Te equivocas; hoy no puedo oler más que a tomillo--respondió Reynoso
sacando el puñado que traía en el bolsillo.
--¡Milagro sería!--exclamó la joven soltando a reír y apoderándose de
aquella yerba y restregando con ella la cara de su marido--. ¿Para qué
has atravesado la mar? ¿Para qué has estado tantos años trabajando y
metiendo en la hucha dinero? Hubieras sido tan feliz aquí comiendo
ensaladas de pimientos, corriendo tras las ovejitas, plantando
árboles... y metiendo puñados de tomillo en los bolsillos.
--¡Bien puedes decirlo!--repuso Reynoso con franca sonrisa--. El cielo
me destinaba para pobre. No me agradan los alimentos de los ricos, no me
agradan los colchones de pluma, no me agradan los muebles suntuosos. Una
camita blanca sin cortinas, unas sillas de rejilla, una mesa de pino, y
leche y judías a pasto... ¡he aquí mi felicidad!
--Pero entonces, gran perverso--replicó la joven esposa con voz de mimo
y atusándole el bigote con la punta de los dedos--, no podrías regalar a
tu Elena un aderezo tan hermoso como le has regalado el día de su santo,
no podrías llevarla en coche, no podrías vestirla con trajes elegantes,
no podrías traerle pastelitos de casa de Lhardy, ni bombones de la
Mahonesa.
--Ni sobreasada de Mallorca.
--¡Oh, Dios mío, cómo me gusta a mí la sobreasada...! Hoy mismo la como,
aunque me haga daño... Tú te tienes la culpa por haberla mentado... ¡Y
por fin, y por fin! ¿quién le hubiera dado a Elena un hotelito en la
Castellana, con un _budoir_ tan lindo que no hay otro en todo Madrid,
con su _serre_, con su cuarto de baño...? Mira, vamos a hablar un poco
de la casa de Madrid. Voy a desayunarme aquí mismo.
Puso el dedo en el timbre, acudió un criado y no tardaron en servirle
café con leche y picatostes en un primoroso juego de plata. Se sentó
delante de una mesilla volante mientras su marido se dejó caer en un
diván de raso azul bordado en blanco.
Y hablaron largamente de la casa de Madrid aún no terminada. Reynoso
daba pormenores del decorado, consultaba el asunto del mobiliario. Su
mujer le pedía una cosa, y después otra y después otra para su
saloncito, para su cuarto de baño mientras engullía lindamente.
--¡Elena, Elena! Que no vas a tener apetito a la hora de almorzar.
--Ya verás que sí. Déjame ser feliz.
--¿Eres feliz de verdad?
--Muchísimo... No puedo serlo más.--Y al decir esto extendió la mano a
su esposo que la besó repetidas veces.
--¿Y tú lo eres también?--dijo levantándose de la silla y viniendo a
sentarse a su lado.
--¿Yo?--exclamó Reynoso pasándole el brazo por detrás de la cintura--.
¡Yo estoy gozando de un cielo anticipado! Dios no tiene ya nada que
darme cuando me muera.
--Pues yo te digo... te digo... que eres un grandísimo embustero (y le
tiraba de las guías del bigote, que era al parecer su ocupación más
apremiante). Porque me han dicho... me han dicho... que no te vas de
buena gana a vivir a Madrid.
--Pues te han engañado.
--¿No serás tú el que me engañas...? Mira, Germán, voy a pedirte un
favor y es que me hables con toda franqueza. Sé que por condescendencia,
por lo bueno que eres y por lo mucho que me quieres, serías capaz de
fingir que vas contento a Madrid aunque te disguste. Me parece gran
locura ese disimulo. Ya sabes que me hallo bien, que soy feliz en todas
partes estando a tu lado, y que si me agrada ir a Madrid, he vivido
hasta ahora bien contenta en el Sotillo. En realidad, más que por mí voy
a Madrid por proporcionarte a ti una sociedad más escogida. Yo estoy
acostumbrada a la vida de pueblo... ¡como que no he salido de él...!
Pero tú, aunque goces en el campo, has viajado mucho y no puedes menos
de sentir el aburrimiento de esta soledad... Háblame, pues, francamente.
¿Vas con gusto a Madrid? Pues Elena va con gusto a Madrid. ¿Prefieres
quedarte en el Sotillo? Pues Elena se queda tan ricamente en el Sotillo.
Reynoso la miró prolongadamente con ojos escrutadores.
--Está bien, hija mía; ya que quieres a todo trance que te hable con
franqueza, y ya que veo que no tienes ese empeño en vivir en Madrid que
yo imaginaba, te lo confesaré... No dejo el Sotillo con placer. Aquí he
nacido y me he criado y aquí y en todas partes donde he vivido la
soledad ha sido mi fiel compañera. Aunque tengo un carácter sociable,
según dicen, la Providencia ha querido tenerme alejado de los hombres
acaso porque no sea capaz de hacerles mucho bien... ¿Pero quién habla de
soledad estando cerca de ti, Elena mía? ¿Qué sociedad en este mundo
podrá proporcionarme goce alguno no estando tú presente? ¿Y si tú estás
presente qué falta me hacen los demás? Ninguna conversación vale lo que
tu silencio, ninguna música lo que tu voz, ningún rumor más suave ni más
grato que el de tus menudos pies sobre la alfombra, ningún espectáculo
más delicioso que el de tu cabellera rubia cuando la dejas caer sobre la
espalda... ¡No busco, no quiero, no necesito más en este mundo!
Y al pronunciar estas palabras la estrechaba contra su pecho.
Estaba en verdad bien enamorado aquel caballero. ¡Feliz el hombre que,
como él, no ha tenido más amor que el de su esposa!
Don Germán Reynoso era hijo de un agente de Bolsa. Cuando sólo contaba
seis o siete años, su padre, por virtud de algunas operaciones
desgraciadas, quedó arruinado. El matrimonio se vio necesitado a
abandonar la casa lujosa de Madrid y a refugiarse en el Sotillo, finca
que pertenecía a la esposa por herencia de sus padres. Donde antes
solían pasar solamente algunos días de primavera, en uno de los cuales
había nacido Germán, tuvieron que residir forzosamente todo el año. Con
los escasos productos de ella, pues no era entonces lo que ahora es, y
con un cortísimo caudal que habían salvado, vivió aquel matrimonio
algunos años en la soledad bastante más feliz que lo había sido entre
los negocios y los esplendores de la corte. Germán seguía sus cursos del
bachillerato en el colegio del Monasterio; su padre le destinaba a los
negocios, pero el chico no mostraba afición a la carrera de comercio:
todo su amor y entusiasmo era por la música. Con las nociones que había
adquirido en Escorial tocaba ya medianamente el piano. Tantas
disposiciones mostraba, tanto le instaron los amigos y su misma esposa,
que tenía sobrados motivos para odiar los negocios, que al fin consintió
el viejo Reynoso en enviar a su hijo a Madrid para estudiar en el
Conservatorio. Residía en casa de unos amigos y venía al Sotillo los
sábados por la tarde para marchar el lunes por la mañana. Tenía ya
catorce años y llevaba dos de carrera con brillantes notas cuando
falleció su padre. Su pobre madre tuvo la debilidad de casarse antes de
cumplir los dos años de viudez con un sujeto de carácter bondadoso, pero
dominado por el vicio del juego, y después de casado también por la
embriaguez. Aquello fue un desastre. Germán, desesperado, viendo a su
madre desgraciada y previendo una ruina inminente, pues su padrastro
estaba ya terminando con su caudal y no tardaría en comenzar con el de
su esposa, decidió emigrar a América, abandonando sus esperanzas de ser
un artista de fama.
En Guatemala un hermano de su padre beneficiaba algunas fincas,
dedicándose principalmente al cultivo del café. Allá se fue Germán
cuando no contaba aún diez y ocho años. ¡Cuántas horas transcurridas en
la soledad y en el silencio! Nadie con quien hablar y reír a la edad
precisamente en que más lo exige el hombre si Dios le ha dotado de un
temperamento abierto y sociable. Su tío era de carácter adusto y los
trabajadores tan rudos que no era posible conversar con ellos de nada
placentero. La vida se deslizaba igual, monótona, soñolienta. Pero al
fin se acostumbró a ella. El campo, donde permanecía casi todo el día,
vigorizó su cuerpo y comunicó a su espíritu un equilibrio que le
preservó para siempre del tedio. Al principio no disponía de más
instrumento musical que un violín, y con él se entretenía por las
noches; mas andando el tiempo logró traer hasta aquel desierto un piano,
y fue feliz. Horas dulces, horas dichosas aquellas en que, después de
una jornada laboriosa, regresaba a su casa y se ponía delante del piano
para interpretar una sonata de Beethoven o un concierto de Chopin.
Su tío regresó a España poco después, retirándose de los negocios y
dejándole en arriendo dos fincas. La suerte favoreció al joven Reynoso.
Las cosechas de café, que últimamente habían sido bien limitadas,
principiaron a ser abundantes, copiosísimas. En pocos años Germán logró
hacerse dueño de las dos fincas comprándoselas a su tío; tomó en
arrendamiento otra magnífica y al cabo se hizo también dueño de ella.
Viajó por la América del Sur y por los Estados Unidos. A los treinta y
cinco años Germán era un hombre rico, mucho más rico de lo que se le
suponía en Escorial, aunque se le suponía bastante.
En el transcurso de este tiempo su padrastro había muerto: el niño que
el matrimonio había tenido y que Germán conocía, también: sólo vivía una
niña, nacida después que él se marchara a América. La finca del Sotillo
estaba hipotecada y corría riesgo de pasar a manos de acreedores. Germán
envió bastante dinero para rescatarla y mantuvo a su madre y a su
hermana con holgura. Cuando, atendiendo a las reiteradas súplicas de
aquélla, pensaba en realizar su hacienda, recibió la triste noticia de
su fallecimiento. Inmediatamente se puso en camino para España, a fin de
encargarse de aquella hermanita de trece años que quedaba abandonada.
Al llegar la sacó de casa de unos parientes donde provisionalmente se
albergaba y la trajo de nuevo al Sotillo, tomó un aya francesa para
ella, tomó criados, compró coche y caballos, hizo algunos reparos en la
casa y la montó con boato. No pasaba, sin embargo, mucho tiempo en
Escorial. Tan pronto hacía una excursión a París, tan pronto a Londres,
tan pronto a Berlín y Roma; todas rápidas, porque no quería dejar a su
hermanita sola mucho tiempo. En los días que pasaba en el Sotillo solía
subir alguna que otra tarde al Escorial y allí conoció a Elena.
Elena era huérfana de un farmacéutico. Su madre, que sabía de farmacopea
casi tanto como él, regentó la botica algún tiempo después de viuda con
anuencia del vecindario. Pero vino una denuncia del subdelegado; se vio
obligada a traer un regente con título; y como el producto de la botica
no era bastante para pagar este sueldo y mantenerse, la enajenó al fin a
uno de sus cuñados que tenía un hijo en Madrid estudiando la carrera de
farmacia. Con el dinero que le dieron puso una tiendecilla heterogénea,
bisutería, mercería, cacharrería, debajo de los arcos. Las ganancias
fueron muy exiguas. Elena y su madre vivían bien estrechamente a la
llegada de Reynoso al Escorial.
Cuando aquél entró por casualidad un día en la tienda fue reconocido por
doña Dámasa. Se habían conocido de niños. Saludáronse afectuosamente, y
el indiano comenzó a tutear a la madre y por de contado a la hija, que
contaba entonces diez y siete años. Siempre que subía al Escorial daba
su vueltecita por la tienda de doña Dámasa y allí se estaba charlando un
rato. Estas visitas, al principio raras, se fueron haciendo más
frecuentes y prolongadas. La hermosura espléndida de Elena comenzó a
impresionarle. Y a medida que le impresionaba le hacía más tímido.
Cuando la niña estaba sola en la tienda mostrábase embarazado,
silencioso. Y, sin embargo, era evidente que buscaba las ocasiones en
que estuviese sola. A ninguna mujer se le hubiera escapado esta táctica,
pero mucho menos a Elena que era traviesa y picaresca y se gozaba en
verle apurado. La timidez de un hombre tan maduro halagó mucho su
vanidad y la riqueza que se le suponía también. Principió a coquetear
con él de lo lindo. Pero cuanto más segura y aun atrevida se mostraba
ella, más tímido aparecía él. Esta timidez y el sufrimiento que le
acarreaba llegaron a tal punto que le retuvieron de subir al pueblo y
visitarla. Sus visitas comenzaron a ser más raras y cuando las hacía se
ingeniaba para quitarles el objetivo que tenían. O pasaba al Escorial
para un negocio en el Ayuntamiento, o venía acompañando a un amigo para
enseñarle el Monasterio, o había subido para buscar un operario... Estos
pretextos, aunque bien sabía que eran falsos, irritaban, sin embargo, a
Elena y la iban interesando en la aventura. Había juzgado al principio
que era cosa de pocos días que aquel hombre se le declarase, y cuanto
más tiempo transcurría más lejos veía esta declaración. Por otra parte,
sus conocidos la embromaban y ya se hablaba en el pueblo no poco de
aquellas supuestas relaciones amorosas.
La noticia de que Reynoso se iba otra vez a América cayó como una bomba
en la pequeña tienda de doña Dámasa. El mismo la comunicó con afectada
indiferencia; tenía muchos negocios pendientes; necesitaba liquidar; no
sabía el tiempo que permanecería por allá. Elena recibió la nueva sin
pestañear, pero el corazón le dio un vuelco. No sabía si amaba a Reynoso
aunque estaba segura de que pensaba en él todo el día. Aquel golpe le
reveló su amor. Sí, sí, estaba enamorada de él, no porque fuese rico
como se decía en el pueblo, sino por su figura arrogante, por su
caballerosidad, por su bondad, por su esplendidez, por todo, por todo,
hasta por aquellas hebras de plata que asomaban en sus cabellos y en su
bigote.
Después que él partió estuvo algunos días enferma y aunque mucho trabajó
sobre sí misma para vencer la tristeza, no pudo conseguir que dejase de
ser observada y comentada. Pero transcurrieron los meses y se fue
olvidando su abortada aventura. Ella misma vivía ya tranquila sin pensar
más en el indiano cuando una tarde le entregó el cartero una carta de
Guatemala. Era de Reynoso; se informaba de su salud, de la de su madre y
amigos de la casa, le hablaba en tono jocoso de su viaje, de su vida en
aquellas soledades; por último, antes de despedirse le decía que había
llegado a sus oídos por medio de un paisano recién desembarcado que se
casaba. Le daba la enhorabuena y lo mismo a su mamá y le deseaba toda
suerte de felicidades.
Elena tuvo una inspiración. Tomó la pluma para contestarle; adoptó el
mismo tono amical y jocoso; le dio cuenta de su vida y de las noticias
más culminantes en el pueblo. Pero al concluir estampó con increíble
audacia las siguientes palabras: «En cuanto a la noticia de mi boda es
absolutamente falsa. Yo no me caso ni me casaré jamás con nadie si no es
con usted.»
La contestación a esta carta fue un cablegrama que decía: «Salgo en el
primer correo. Prepara todo para nuestro matrimonio.»
He aquí cómo aquella linda y picaresca niña logró, invirtiendo los
papeles, alcanzar la meta de sus afanes. Con el amor vino la opulencia
que no suele ser su compañera. Los recién casados se instalaron en el
Sotillo. Elena y Clara, que ya eran amigas, lo fueron en seguida
muchísimo más y aunque la una tenía catorce años y la otra diez y ocho
se trataron como si no mediase tal diferencia, a lo cual ayudó la
disparidad de sus caracteres; la una era más niña, la otra más mujer de
lo que reclamaban sus respectivas edades.
Los dioses no se fatigaron en cuatro años de verter sobre aquella casa
toda suerte de mercedes. Sólo se reservaron una. El matrimonio no tuvo
hijos. Elena se mostraba por esta privación inquieta y dolorida algunas
veces; otras lo echaba a broma y abrazaba y besaba con entusiasmo una
perrita que su marido le había regalado, diciendo que aquella era su
hija y que muy pronto la casaría para darse el gusto de tener nietos a
los veinte años. Don Germán aún lo sentía más que ella, pero lo
disimulaba mejor. Entregose con afán a la mejora de su finca: logró
comprar otra contigua de enorme extensión y la añadió a la suya. Esta
nueva finca, que había sido residencia antiguamente de una comunidad de
frailes, se componía de monte y tierras laborables, y contenía además
dos grandes charcas donde se criaban sabrosas tencas y se cazaban las
aves emigrantes que allí se reposaban. Aunque no necesitaba más que su
antigua casa, porque estaba acostumbrado a una vida sencilla, Elena le
excitó a construir el magnífico hotel que se ha visto. Con tristeza dejó
el pequeño pero dulce hogar que albergó su niñez, para habitar la nueva
y suntuosa morada. Pero conservó aquél con el mismo esmero con que se
guarda una joya de sus padres; y nunca dejó de ir a dormir la siesta a
la cama en que nació y en que sus padres durmieron la primera noche de
novios.
Elena recibió la confesión de su esposo con sorpresa y secreto despecho
que se esforzó en disimular.
--Me alegro, me alegro en el alma de que hayas sido franco--exclamó con
afectación--. ¡Qué dolor sería para mí si al cabo hubiera descubierto
que te ibas a Madrid sólo por complacerme! Te vería de mal humor, te
vería huraño y silencioso, y la pobre Elena tan inocente, sin saber que
ella era la causa.
--¡Huraño, Elena! ¡Silencioso!
--Sí, huraño, incivil... inaguantable.
--¿Pero cuándo me has visto...?
--Si no te he visto te vería... Ea, hablemos de otra cosa pues que ésta
ya está resuelta.
Hablaron de otra cosa, pero la joven no podía disimular su decepción.
Saltaba de un asunto a otro con nerviosa volubilidad, se placía en
llevar la contraria; por último, cayó en un silencio obstinado,
fingiendo hallarse absorta en la franja de la tapicería que estaba
bordando. Su marido la observaba con disimulo y en sus ojos brillaba una
chispa maliciosa.
--Vaya, vaya--dijo frotándose las manos--. ¡Cuánto me alegro de que nos
hayamos entendido! Yo sin atreverme a decirte que no tenía ninguna gana
de ir a Madrid, y tú sacrificándote por proporcionarme una sociedad más
escogida.
Elena levantó los ojos y dirigió una rápida mirada recelosa a su marido.
Este miraba fijamente al reloj de estilo Imperio que había sobre la
chimenea.
--No sé cuándo me he de convencer--prosiguió--de que tu temperamento se
acomoda admirablemente a todas las circunstancias y que tu felicidad no
se cifra en vivir en un sitio o en otro, sino en el sosiego y la
comodidad de tu casa.
Nueva mirada y más recelosa por parte de Elena. Reynoso seguía en
contemplación extática del reloj.
--Y no era yo solo: había mucha gente (sin sentido común, por supuesto)
que suponía que estabas encaprichada con vivir en Madrid. Yo les diría
ahora: ¡no conocen ustedes a mi mujer...! ¡no la conocen!
Elena, cada vez más desconfiada, volvió a levantar los ojos. Esta vez
chocaron con los de su marido. Este no pudo aguantar más y soltó una
estrepitosa carcajada. Elena se levantó airada, y presa de un furor
infantil se arrojó sobre él y comenzó a apretarle el cuello con sus
preciosas, delicadas manos, a tirarle de las orejas y del bigote.
--¡Toma! ¡por cazurro...! ¡por malo! ¡por gañán!
Reynoso no podía defenderse; se lo impedía la risa.
--¡Pues sí, quiero ir a Madrid! ¡quiero ir a Madrid! ¿Qué hay...? Y tú
te darás por muy satisfecho con que te admita en mi hotelito y no te
deje aquí para siempre entre las vacas y las ovejas...
Al fin, cansada de golpearle, se dejó caer a su lado en el diván.
Reynoso, acometido de un acceso de tos, estuvo algún tiempo sin hablar.
--¿Pero es de veras que quieres ir a Madrid?
--Mira, Germán, no empecemos, o...
Y se levantó otra vez para echarle las manos al cuello.
Reynoso cogió al vuelo aquellas lindas manecitas y trató de llevarlas a
los labios.
--¡No! ¡no!
--¿Qué quiere decir no?
--No quiero que me beses... no quiero... Eres un gañán... Te pasas la
vida haciendo burla de mí...
Y se defendía furiosamente. Al cabo se dejó caer de nuevo en el diván,
se llevó las manos al rostro y se puso a llorar.
--¡Hija mía, no llores!--exclamó Reynoso conmovido.
--¡Sí, lloro! ¡lloro...!, y lloraré hasta que se me pongan los ojos
malos--decía sollozando con dolor cómico--. Porque eres muy malo...
Porque te complaces en hacerme rabiar... Si no quieres ir a Madrid, ¿por
qué no lo dices de una vez...? Y no que te pasas la vida
atormentándome...
--¡Atormentándote, Elena!
--Sí, sí, atormentándome.
--Mira, prefiero que me arranques el bigote a que me digas eso.
--¡Oh, no por Dios! ¡Qué feo estarías sin bigote!--exclamó separando sus
manos de los ojos, donde brilló una sonrisa maliciosa detrás de las
lágrimas.
Reynoso aprovechó aquel furtivo rayo de sol para consolarla. Pero no fue
obra de un instante. Elena estaba muy ofendida, ¡mucho! Era preciso que
el detractor cantase la palinodia, hiciese una completa retractación de
sus errores.
--Confiesa que tienes más ganas que yo de ir a Madrid.
--Lo confieso a la faz del mundo.
--Porque te aburres aquí.
--Porque me aburro soberanamente.
--Y porque necesitas un poco de expansión con tus amigos.
--Y porque necesito mucha expansión.
--¿Bromitas todavía, socarrón?--exclamó la mujercita tirándole de la
nariz.
En aquel momento se oyó el ruido de un coche en el patio.
--Ya está ahí Tristán... Sal tú a recibirlo... Voy a peinarme y vestirme
en un periquete. Adiós, gañán... ¡Toma, por malo! (Y le dio una
bofetada.) ¡Toma, por bueno! (Y le dio un sonoro beso en la mejilla...)
¡Rosario! ¡Rosario! Venga usted a peinarme.
III
¡QUIETO, FIDEL!
El joven que descendía del carruaje en el momento en que don Germán
ponía el pie en la escalinata era alto, delgado, de agradable rostro
ornado por unos ojos de suave mirar inteligente y por un pequeño y
sedoso bigote negro. Se saludaron alegremente con un cordial apretón de
manos.
--No entremos en casa--dijo Reynoso--. Clara anda por ahí cazando y
Elena se está vistiendo. Vamos a la glorieta a descansar y tomaremos una
copa de vermut o de cerveza, lo que tú quieras.
Se introdujeron en el parque, penetraron en la glorieta de pasionaria y
madreselva y se acomodaron en dos butacas rústicas de paja delante de
una gran mesa de mármol. No tardaron en servirles los aperitivos pedidos
por el amo.
--¿Cómo has dejado a tus tíos?
--Sin novedad: mi tía casi loca y mi tío demasiado cuerdo--respondió el
joven riendo.
--¡Oh, es un matrimonio que me encanta!--replicó don Germán también
riendo--. Son dos elementos químicos que se neutralizan y forman un
compuesto admirablemente sólido.
--¡Y tan sólido! Como que mi tío es de mampostería.
--No, hombre, no; tu tío es un hombre de una razón muy clara. No sabrá
escribir, como tú, libros y comedias ni tendrá gran ilustración, pero
discurre con acierto, juzga con justicia y sabe lo necesario para
conducirse en la esfera en que Dios le ha colocado. Desgraciadamente los
que como él y yo hemos pasado nuestra vida dedicados al comercio no
pudimos disponer de mucho tiempo para ilustrarnos...
--¡Oh, no se compare usted con él!
--¿Por qué no? Que yo he conservado alguna mayor relación con el mundo
espiritual gracias a la música eso significa poco. Ambos, como vosotros
decís, somos mercachifles.
--Usted ha leído mucho.
--Algunos libros que llegaban a mis manos allá en las soledades del
campo. Lectura dispersa, heterogénea que entretiene el hambre
intelectual sin nutrir el cerebro... Por lo demás, si tu tío carece de
las cualidades de hombre de estudio, las de hombre de acción las posee
largamente. Yo le he visto no hace mucho tiempo en circunstancias bien
críticas dar pruebas relevantes de ello. Acababa de estallar la guerra
con los Estados Unidos. El pánico se había apoderado de los hombres de
negocios: por la Bolsa, por todos los círculos financieros soplaba un
viento helado de muerte; los más audaces huían; los más valientes se
apresuraban a poner en salvo su dinero; a las puertas del Banco de
España se acumulaba la muchedumbre para cambiar por plata los billetes.
En aquel día memorable he visto a tu tío en la Bolsa hecho un héroe, la
actitud tranquila, los ojos brillantes, la voz sonora, lanzando con
arrojo todo su capital a la especulación. «¡Compro! ¡compro! ¡compro!»
gritaba. Y su voz sonaba alegre, confiada, en medio del terror y la
desesperación. No sabes el aliento que infundió y cuánto levantó el
ánimo de todos en aquellos instantes aciagos. No contento con esto hizo
poner en los balcones de su casa un cartel que decía: _Se cambian los
billetes del Banco de España con prima._ Y esto lo llevó a cabo sin ser
consejero del Banco ni tener sino una parte pequeña de su capital en
acciones.
--Sí, ya sé que hizo esa locura.
--¡Locura sublime! Locura de un mercachifle que acaso no realizara un
poeta... Si tú lo eres, Tristán, si tú puedes tranquilamente entregarte
a la contemplación de la belleza y verter en las cuartillas tus ideas y
tus sueños, lo debes a que tu padre hizo el sacrificio de sus ideas y de
sus sueños para labrarte un capital... Él también era un poeta, él
también tenía talento... Pero naciste tú y comprendiendo que su lira no
podía darte de comer la arrojó lejos de sí y se puso a trabajar...
Agradece al _diario_, al _mayor_, al _copiador_, a esos prosaicos libros
en blanco que tú desprecias el que puedas recrearte ahora con otros más
amenos. ¡Feliz el que en su juventud no necesita luchar por la
existencia y puede gozar libremente de su propio corazón y de los
tesoros de poesía que la Providencia ha depositado en él!
--Vamos, no me sermonee usted más, don Germán. Lo que he dicho de mi tío
es una broma. Ya sabe usted demasiado que le estimo.
--Serías un ingrato si otra cosa hicieras. Tu padre no dejó mucho más de
cincuenta mil duros y tu tío acaba de entregarte ochenta mil.
Tristán Aldama era hijo de un periodista que abandonó muy joven su
profesión para dedicarse a asuntos comerciales. Cuando sólo contaba
cinco años falleció su madre y aún no tenía doce cuando quedó también
huérfano de padre. Este tenía una hermana casada con don Ramón Escudero
y a este encomendó por testamento la tutela de su hijo. Escudero había
sido cuando joven, primero criado, luego cobrador y más tarde
dependiente y hombre de confianza del padre de Reynoso. Cuando éste hizo
quiebra, gracias a la reputación de honrado, activo e inteligente que
había adquirido entre los hombres de negocios se abrió pronto camino en
la Bolsa, montó una casa de banca y logró adquirir un capital
considerable. Claro está que así que don Germán regresó a España, la
primera persona que visitó en Madrid fue al antiguo y fiel dependiente
que tantas veces le había llevado de niño al colegio. En su casa fue
donde Tristán y Clara se conocieron y entablaron las relaciones amorosas
que estaban a punto de consolidarse tan felizmente con la bendición
nupcial.
--¿Cómo van las obras del cuarto?--preguntó Reynoso.
--Así, así... Madrid no es una capital; es un lugarón. En cuanto
tratamos de introducir en la vida algo elegante o cómodo, algo parecido
a lo que en otras naciones es ya de uso corriente, tropezamos con
nuestros operarios desmañados, rutinarios, zafios...
Los futuros esposos habían elegido para vivir un piso en la calle del
Arenal y lo estaban arreglando. Tanto Escudero como Reynoso poseían
magníficas casas en Madrid y ambos les habían ofrecido habitación en
cualquiera de ellas; pero Tristán había rehusado la oferta de su tío y
Clara la de su hermano. Este, resarciéndola de la parte que la
correspondía en el Sotillo, la había dotado generosamente con medio
millón de pesetas.
Hablaron del piso alquilado y de los preparativos matrimoniales. Tristán
se mostraba sobrio de palabras y ensimismado.
--¿Qué es eso...? Parece que estás de mal humor.
--Nada tengo distinto de otros días. En general no encuentro en la vida
grandes motivos para estar muy contento.
--Así hablan solamente los que son demasiado felices en este mundo.
--¿Lo cree usted?--preguntó distraidamente el joven.
--Sin duda; y tu ejemplo me lo confirma. Eres un hombre mimado por la
fortuna. Naciste rico, inteligente, dotado de buena figura, y aunque
perdiste temprano a tus padres hallaste en tus tíos un afecto parecido y
una vigilancia igual. Los éxitos universitarios comenzaron a halagar
desde niño tu amor propio, siguieron después los del Ateneo, escribiste
un libro y lograste llamar sobre ti la atención pública; presentas un
drama en el teatro y te lo aceptan.
--Me lo aceptan... pero no lo representan... Mire usted, don Germán,
como todo el mundo, usted juzga por las apariencias. Se adivina que ha
habido un esfuerzo cuando se ve un resultado; pero aquellos otros que no
han logrado cuajarse en el espacio, tomar cuerpo y gozar de la luz,
aquellos que viven y mueren en la sombra miserables y desgraciados,
aquellos el mundo los ignora y no se le echan en cuenta al hombre
feliz.