Al día siguiente, cuando estaban almorzando, Silas dijo a Eppie:
--Hay una cosa, Eppie, que tengo la intención de hacer desde hace dos
años. Ahora que el dinero nos ha vuelto, la podemos poner en ejecución.
He reflexionado en ello mil veces esta noche, y como los días hermosos
duran todavía, me parece que partiremos mañana. Dejaremos la casa y todo
lo demás al cuidado de vuestra madrina; haremos un pequeño equipaje y
nos pondremos en camino.
--¿Para ir a dónde, papaíto?--dijo Eppie muy sorprendida.
--A mi antiguo país... a la ciudad en que nací... al Patio de la
Linterna. Deseo ver al señor Paston, el pastor; quizá se haya
descubierto algún indicio que haya permitido reconocer que yo era
inocente del robo. El señor Paston era un hombre que tenía muchas luces.
Quiero conversarle también de la costumbre de «echar a la suerte».
También me gustaría hablar de la religión de aquí, porque me inclino a
creer que no la conoce.
Eppie se puso muy contenta. Había para ella no sólo la perspectiva de la
sorpresa y del placer de ver un nuevo pueblo, sino la de volver a
contarle a Aarón todo lo que hubiera visto y oído. Aarón era tanto más
instruido que ella en todas las cosas, que le sería muy agradable tener
esa pequeña ventaja respecto de él. La señora Winthrop, que tenía un
temor vago de los peligros inherentes a un viaje tan largo, exigió que
le dieran la seguridad de que los viajeros no irían más allá de las
regiones servidas por las diligencias y las lentas carretas. Estaba muy
contenta, sin embargo, de que Silas volviera a ver su pueblo y descubrir
si lo habían justificado de la falsa acusación de que había sido objeto.
--Así tendríais el espíritu más tranquilo durante el resto de vuestra
vida, maese Marner--dijo Dolly--, estoy segura. Y si hay medio de
obtener algunas luces en el Patio de la Linterna de que habláis, como
tenemos necesidad de ellas en este mundo, yo misma me alegraré de que
podáis traerlas con vos.
En fin, cuatro días después Silas y Eppie, vestidos con sus ropas del
domingo y con un lío envuelto en un pañuelo de tela azul, atravesaban
las calles de una gran ciudad manufacturera. Silas, desorientado por los
cambios que un lapso de treinta años había introducido en su ciudad
natal, acababa de detener sucesivamente a varias personas para
preguntarles el nombre de la ciudad y convencerse de que no estaba bajo
la influencia de un error.
--Preguntad dónde queda el Patio de la Linterna, padre, preguntádselo a
ese señor que tiene agujetas en el hombro y que está parado en la puerta
de esa tienda. No está apurado como los otros--agregó Eppie, bastante
afligida por la perplejidad de su padre, y, además, bastante cohibido en
medio del ruido, del movimiento y de la multitud de fisonomías extrañas
e indiferentes.
--¡Ah! hija mía, no sabrá decir nada--dijo Silas--; las gentes de la
burguesía no iban nunca al Patio de la Linterna, pero quizá alguien sepa
decirme dónde queda la casa de la Prisión, en la que se encuentra la
cárcel. Conozco mi camino desde allí, como si lo hubiese visto ayer.
Llegaron con bastante dificultad a la calle de la Prisión, después de
dar muchas vueltas y preguntando muchas veces el camino. Los muros
repulsivos de la cárcel fue el primer objeto que correspondiera con
alguna imagen en la memoria de Silas, dándole la alegre certidumbre que
no le había proporcionado ninguna seguridad relativa al hombre de la
ciudad, que estaba en el lugar de su nacimiento.
--¡Ah!--dijo respirando largamente--, ésa es la cárcel, Eppie; no ha
cambiado nada; ahora yo no estoy inquieto. Es la tercera calle a la
izquierda, más allá de las puertas. Este es el camino que debemos
seguir.
--¡Oh! ¡qué feo sitio tan sombrío!--dijo Eppie--. ¡Cómo oculta el cielo!
Es peor que el asilo de pobres de Raveloe. Me alegro mucho de que no
viváis más en esta ciudad, padre. ¿El Patio de la Linterna es como esta
calle?
--Mi querida hija--dijo Silas sonriendo--; no es una calle ancha como
ésta. Yo tampoco me sentí nunca a gusto en esta calle grande; pero me
gustaba el Patio de la Linterna. Aquí me parece que están cambiadas
todas las tiendas; no las reconozco, pero reconoceré la calle porque es
la tercera. Esta es--dijo con acento de satisfacción al llegar a un
pasaje estrecho--. Ahora tenemos que tomar de nuevo a la izquierda y
después seguir derecho durante un corto trecho, subiendo la calle de los
Zapatos; entonces estaremos en la entrada del Patio, junto a la ventana
saliente. En ese sitio hay un arroyo en la calle para permitir que corra
el agua. ¡Ah! ¡me parece que veo todo eso!
--¡Oh! papá, me siento como si me ahogara. No hubiera podido creer que
hubiese gente que viviera de este modo, tan aglomerada. ¡Qué lindas nos
van a parecer las Canteras al regresar!
--Hija mía, a mí también me parece esto feo ahora, y además hay mal
olor. No puedo convencerme de que el olor fuera antes tan desagradable.
Aquí y allí, la cara lívida y sucia de algún vecino miraba a los
extranjeros desde el paso obscuro de las puertas, y aumentaba la
inquietud de Eppie. De modo que sintió un alivio que desde hacía rato
deseaba cuando salieron de los pasajes estrechos para penetrar en la
calle de los Zapatos, en la que se veía una faja más ancha de cielo.
--¡Oh! ¡Dios mío!--dijo Silas--; esas gentes salen del Patio de la
Linterna, como si volvieran de la capilla, a esta hora del día, a las
doce, un día de trabajo.
De pronto se estremeció y permaneció inmóvil, con la mirada perdida y
desesperada que alarmó a Eppie. Se encontraban delante de una entrada,
frente a una gran manufactura. De aquella entrada salían oleadas de
hombres y de mujeres, que iban a hacer su comida de mediodía.
--Padre--dijo Eppie, tomándole de los brazos--, ¿qué os sucede?
Pero tuvo que hablarle varias veces seguidas antes de que él acertara a
responderle.
--Ha desaparecido, hija--dijo al fin, con una agitación violenta--. El
Patio de la Linterna ha desaparecido. Es aquí donde debía alzarse,
porque ésta es la ventana salediza. La reconozco, no la han cambiado;
pero han hecho esa nueva entrada; y, además, esa gran manufactura. Todo
el Patio ha desaparecido, la capilla y todo lo demás.
--Venid a sentaros en esta tienda de cepillos, papá, os lo
permitirán--dijo Eppie, siempre sobre el quién vive, con el temor de que
su padre fuera a ser presa de uno de sus extraños ataques--. Quizás los
dueños puedan deciros todo lo que ha pasado.
Pero ni el vendedor de cepillos que vivía en la calle de los Zapatos
desde hacía diez años, cuando la fábrica ya había sido construida, ni
ninguna otra persona a quien Silas tuvo ocasión de dirigirse, pudieron
darle el menor dato sobre sus antiguos amigos del Patio de la Linterna,
o sobre el señor Paston, el pastor.
--Toda la vieja plaza ha desaparecido--dijo Silas a Dolly Winthrop, la
tarde que regresaron--, el pequeño cementerio y todo lo demás. Mi
antigua casa ya no existe, ahora no tengo más que ésta. Nunca sabré si
se descubrió la verdad respecto del robo, ni si el señor Paston hubiera
sido capaz de darme algunos esclarecimientos sobre la costumbre de echar
a la suerte. Todo eso está obscuro para mí, señora Winthrop y mucho me
temo que así suceda hasta el fin.
--Pues, sí, maese Marner--dijo Dolly, que estaba sentada escuchándole,
con su rostro tranquilo, ahora encuadrado de cabellos canos--, yo
también temo; es la voluntad de Aquel que está allá arriba, que muchas
cosas permanezcan obscuras para nosotros; pero hay algunas que nunca lo
han estado para mí; son principalmente las que me vienen al espíritu
durante el trabajo del día. Habéis sido duramente puesto a prueba esta
vez, maese Marner, y me parece que nunca sabréis la verdadera razón; sin
embargo, eso no quita que esa razón exista, bien que la cosa sea obscura
para vos y para mí.
--No--dijo Silas--, no; eso no quita que exista. Desde la época en que
la niña me fue enviada y en que comencé a quererla como si fuera mía,
recibí bastantes luces para tener confianza, y ahora que ella dice que
no me dejará nunca, creo que tendré confianza hasta mi muerte.