En Raveloe había una época del año que era considerada como
particularmente conveniente para casarse. Era cuando las grandes lilas y
los grandes evónimos de los jardines a la moda antigua lucían sus ricos
tintes de oro y de violeta por encima de los muros coloreados por los
líquenes, y que había terneros bastante jóvenes como para reclamar los
grandes baldes de leche perfumada. Las gentes estaban menos ocupadas de
lo que estarían más adelante, cuando llegara la época de fabricar los
quesos y la siega. Además, en esta época una novia podía estar cómoda
con un traje liviano, y que le permitiera lucirse.
Felizmente, el sol derramaba rayos más cálidos que de costumbre sobre
las matas de lilas la mañana del casamiento de Eppie, porque su traje
era muy liviano. Ella había pensado a menudo, bien que fuera con una
idea de renunciamiento, que un traje de novia para ser perfecto debía
ser de algodón blanco, sembrado a largos trechos con florecitas rosadas
minúsculas. Así es que cuando la señora Godfrey Cass le quiso dar uno y
le pidió que eligiera, Eppie estaba preparada por una reflexión anterior
para dar sin hesitación una respuesta decisiva.
Vista a cierta distancia, en el momento en que caminaba a través del
cementerio y descendía a la aldea, Eppie parecía vestida de blanco
inmaculado, y sus cabellos producían el efecto de esos reflejos de oro
que se ve en las azucenas. Una de sus manos se apoyaba en el brazo de su
marido y con la otra oprimía la de su padre Silas.
--¡Vos no vais a darme a otro, padre mío!--había dicho antes de que
partieran para la iglesia--; no haréis más que adoptar a Aarón como
hijo.
Dolly Winthrop seguía detrás con su marido, y ése era todo el cortejo
nupcial. Había muchos ojos que los miraban y la señorita Priscila estaba
muy contenta de que ella y su padre se hubieran encontrado, al llegar en
coche a la puerta de la Casa Roja, a tiempo precisamente para ver aquel
lindo espectáculo. Habían ido a acompañar a Nancy ese día, porque el
señor Cass se había visto obligado, por razones particulares, a ir a
Lytherley. Esto parecía ser una gran lástima, porque de otro modo
hubiera podido ir, como el señor Crackenthorp y el señor Osgood no
dejarían de hacerlo, a ver la comida de bodas que había sido encargada
en la taberna del _Arco Iris_, en razón del gran interés que le
inspiraba naturalmente el tejedor, perjudicado por un miembro de su
familia.
--Yo hubiera deseado mucho que Nancy hubiera tenido la suerte de
encontrar una niña como ésa para criarla--dijo Priscila a su padre,
estando sentados en el cabriolé--. Yo hubiera podido pensar entonces en
algo joven, además de los corderos y los terneros.
--Sí, querida, sí--dijo el señor Lammeter--; se siente eso cuando se
entra en años. La vida les parece triste a los ancianos. Necesitarían
tener algunos rostros jóvenes a su alrededor para estar seguros de que
el mundo siempre es como antes.
Nancy se asomó entonces para recibir a su padre y a su hermana; pero el
cortejo ya había pasado frente a la Casa Roja y se dirigía hacia la
parte más humilde de la aldea.
Dolly Winthrop fue la primera en adivinar que el anciano señor Macey,
cuyo sillón había sido colocado delante de la puerta, esperaba que se
tendría con él alguna atención particular, puesto que era demasiado
viejo para asistir a la comida de bodas.
--El señor Macey espera alguna palabra de nuestra parte--dijo Dolly--;
se ofendería de que pasáramos sin decirle nada... a él, que está tan
mortificado por el reumatismo.
Se aproximaron, pues, para darle un apretón de manos al anciano. Había
contado con esta circunstancia y premeditado su discurso.
--¿Qué tal, maese Marner?--dijo con voz que temblaba un poco--; he
vivido para ver mis palabras realizarse. Fui yo el primero que dijo que
erais inofensivo, bien que vuestra mirada no os fuese favorable, y fui
yo también el primero que os dijo que encontraríais vuestro dinero y
sólo es justicia que os haya vuelto. Yo hubiera respondido de buena gana
los amén en el santo oficio del casamiento; pero hace ya mucho tiempo
que Tookey me reemplaza; espero que las cosas no saldrán peor por eso.
En el patio, al aire libre, delante de la taberna del _Arco Iris_, ya
estaba reunido el grupo de los invitados, aunque todavía faltara una
hora para el momento en que se daría comienzo a la comida. Pero de ese
modo, cada cual podía esperar agradablemente la llegada de su placer.
Así se podía además hablar con calma de la extraña historia de Silas
Marner, y de llegar poco a poco a la justa conclusión de que se había
atraído una bendición, conduciéndose como un padre con una criatura que
había quedado sin madre y abandonada. El propio herrador no rechazaba
esta opinión; por el contrario, la consideraba como particularmente
suya, e invitó a toda persona valiente entre los que estaban presentes a
combatirla. Pero no encontró ningún contradictor, y todas las
disidencias de los concurrentes desaparecieron en la aceptación unánime
del señor Snell, de que cuando un hombre había merecido su buena suerte,
era un deber de todos sus vecinos felicitarlo.
Al aproximarse el cortejo nupcial una aclamación cordial se elevó en el
patio de la taberna, y Ben Winthrop, cuyas bromas habían conservado su
sabor agradable, opinó que era conveniente entrar para recibir las
felicitaciones. No sentía la necesidad de entrar a descansar un momento
en las Canteras, como le habían propuesto, antes de reunirse a los
invitados.
Eppie tenía ahora un jardín mucho más grande de lo que nunca había
esperado poseer, y el propietario, señor Cass, había hecho muchas
mejoras para responder a las necesidades de la familia Silas, vuelta más
grande. Porque tanto ésta como Eppie habían declarado que preferían
seguir viviendo en las Canteras a ir a ocupar otra casa. El jardín había
sido cercado con piedras por ambos costados; pero al frente había una
verja, a través de la cual las flores brillaban con alegría para
contribuir a la felicidad de las cuatro personas unidas que discurrían
frente a ellas.
--Padre mío--dijo Eppie--, ¡qué linda casita tenemos! No creo que se
pueda ser más feliz que nosotros.