Aquella noche, entre las ocho y las nueve, Eppie y Silas estaban
sentados solos en su choza. Después de la gran sobreexcitación causada
al tejedor por los sucesos de la tarde, había deseado vivamente aquella
tranquilidad y hasta les había rogado a la señora Winthrop y a Aarón,
que se habían quedado allí, naturalmente, cuando todos se marcharon, que
lo dejaran solo con su hija. Aquella sobreexcitación no se había
disipado todavía. No había hecho más que alcanzar ese grado en que la
sensibilidad se vuelve tan delicada que hace intolerable todo
estimulante exterior; ese grado en que no se siente fatiga sino más bien
una intensidad de vida interior, bajo el imperio de la cual es imposible
conciliar el sueño. Todo el que haya observado tales momentos en otras
personas, recuerda el brillo de su mirada y la nitidez extraña que se
esparce hasta sobre las facciones groseras a causa de esa influencia
pasajera. Es algo como si gracias a una nueva sutileza del oído, capaz
de percibir todas las voces espirituales, vibraciones de efectos
maravillosos hubieran atravesado la pesada armazón mortal, como si la
«belleza nacida del murmullo de los sonidos» hubiera pasado por la
fisonomía del que los escucha.
El rostro de Silas anunciaba esa especie de transfiguración cuando al
quedar solos se puso a mirar a Eppie, sentado en su sillón. La joven
había acercado su silla cerca de las rodillas de Marner y se había
inclinado hacia adelante teniendo ambas manos de su padre adoptivo entre
las suyas y con los ojos alzados hacia él. Próximo a ellos, en la mesa,
iluminada por una vela, se encontraba el oro recobrado, el oro tanto
tiempo amado, dispuesto en pilas regulares, como Silas tenía costumbre
de ponerlo en los días en que aquel metal era su única alegría. Acababa
de mostrarle a Eppie cómo tenía la costumbre de contarlo todas las
noches y cuál había sido la desolación extrema de su alma hasta que su
hija le fue enviada.
--En un principio--le decía en voz baja--tenía de tiempo en tiempo como
el presentimiento de que vos podríais tomar la forma de mi oro; porque
adondequiera que volviera la cabeza me parecía ver mi tesoro, y pensaba
que me sentiría feliz si pudiera tocarlo y convencerme de que había
vuelto. Pero esto no duró. Al cabo de poco tiempo hubiera pensado que me
había herido una nueva maldición, si el oro os hubiera alejado de mí.
Había llegado a tanto la necesidad de vuestras miradas, de vuestra voz y
del tacto de vuestros pequeños dedos. Vos no sabíais cuando erais muy
pequeña, vos no sabíais lo que vuestro viejo padre Silas sentía por vos.
--Pero ahora lo sé, padre mío--dijo Eppie--. Si no hubiera sido por vos
me hubieran llevado al asilo de los pobres y no hubiera habido nadie que
me quisiera.
--¡Ah! querida mía, la bendición ha sido para mí. Si vos no me hubierais
sido enviada para salvarme, hubiera descendido a la tumba con mi
miseria. El dinero me fue quitado a tiempo, y ya veis que ha sido
conservado, hasta que lo necesitáramos para vos. Es maravilloso...
nuestra vida es maravillosa.
Silas permaneció sentado, en silencio, contemplando durante algunos
instantes el tesoro.
--Ahora ya no me seduce--dijo con aire pensativo--; no, ciertamente que
no. Me pregunto si volvería a tener ese poder en el caso, Eppie, en que
os perdiera, y lo dudo. Pero podría ser inducido a creer que ha sido de
nuevo abandonado y a perder el sentimiento de que Dios ha sido bueno
para conmigo.
En aquel instante golpearon a la puerta y Eppie se vio obligada a
levantarse sin responderle a Silas. ¡Qué bella parecía! Lágrimas de
ternura le llenaban los ojos y un ligero sonrojo teñía sus mejillas
cuando se adelantó para abrir. Aquel sonrojo se hizo más intenso al ver
al señor Godfrey Cass y a su señora. Hizo su ligera reverencia rústica y
abrió del todo la puerta para dejarlos pasar.
--Os venimos a molestar muy tarde, querida--dijo la señora Cass, tomando
la mano de Eppie, mirándole el rostro con expresión admirativa y de vivo
interés.
La misma Nancy estaba pálida y trémula.
Eppie, después de haber acercado sillas para el señor Cass y su señora,
fue a ponerse de pie junto a Silas y frente a ellos.
--¿Qué tal, Marner?--dijo Godfrey, tratando de hablar con plena
seguridad--, es para mí un gran consuelo al volveros a ver en posesión
del dinero de que bebíais sido privado hace tantos años. Fue un miembro
de mi familia el que os causó ese daño; eso agrava mi pesar y me siento
obligado a repararlo por todos los medios de que dispongo. Todo lo que
haga por vos no será más que saldar una deuda, aun cuando sólo
considerara el robo. Pero hay otras cosas, Marner, por las que estoy y
estaré siempre grato.
Godfrey se detuvo. El y su mujer habían convenido que el asunto de la
paternidad no sería abordado sino con mucha prudencia y si era posible
que la revelación quedara reservada para más tarde, de manera de no
hacérsela más que gradualmente a Eppie. Nancy había insistido respecto a
ese punto, porque presentía vivamente el aspecto doloroso bajo el cual
la joven no dejaría de considerar las relaciones que habían existido
entre su padre y su madre.
Silas, siempre cohibido cuando le dirigían la palabra «superiores» tales
como el señor Cass--hombres grandes, poderosos, de tez fuertemente
encendida y que se veían sobre todo a caballo--, respondió con alguna
dificultad:
--Señor, tengo que agradeceros ya muchas cosas. En cuanto al robo, no lo
considero como una pérdida para mí. Y, si lo hiciera, vos no tendríais
nada que ver en ello: vos no tenéis responsabilidad alguna.
--Vos tenéis el derecho de considerar el asunto de ese modo, Marner;
pero yo no lo podré hacer nunca. Espero que me dejaréis proceder de
acuerdo con mis sentimientos de justicia. Yo sé que vos os contentáis
fácilmente: sois un hombre que ha trabajado duro toda su vida.
--Sí, señor--dijo Marner con acento meditativo--. No hubiera sido feliz
sin mi trabajo: eso fue lo que me sostuvo cuando todo lo demás me
abandonó.
--¡Ah!--dijo Godfrey aplicando exclusivamente las palabras de Marner a
las necesidades materiales del tejedor--. Vuestro oficio ha sido útil en
este país, porque hay muchos tejidos que hacer; pero habéis llegado a
una edad algo avanzada para ese trabajo asiduo, Marner. Es tiempo de que
os retiréis y descanséis un poco. Parecéis muy quebrantado aunque no
seáis un anciano, me parece.
--Tengo cincuenta y cinco años, casi seguramente--dijo Silas.
--¡Oh, entonces, podéis vivir todavía treinta años! ¡Fijaos en el viejo
Macey! Y ese dinero que tenéis sobre la mesa es al fin y al cabo poca
cosa. No durará mucho de una manera o de otra, que lo coloquéis a
interés o que lo vayáis gastando. No duraría mucho, aunque no tuvierais
que pensar sino en vos... y tenéis que sostener dos personas desde hace
muchos años. Deseamos ayudaros.
--¡Ah! señor--dijo Silas, insensible a todo lo que decía Godfrey--, no
temo la necesidad, Eppie y yo siempre hemos de saber vencer las
dificultades. Hay pocos obreros que cuenten con tantas economías. Yo sé
lo que representa este dinero para la gente acomodada; pero a mis ojos
es mucho, es demasiado. Y nosotros dos necesitamos muy poca cosa.
--Solamente un jardincito, papá--dijo Eppie sonrojándose en seguida
hasta las orejas.
--¿Un jardín os agradaría, querida?--dijo Nancy, pensando que aquel
cambio de tema pudiera serle favorable a su marido--. Nos podríamos
entender sobre ese punto... yo consagro mucho tiempo al nuestro.
--¡Ah! se trabaja mucho en los jardines de la Casa Roja--dijo Godfrey,
sorprendido por lo difícil que le era abordar una proposición que, de
lejos, le había parecido muy fácil--. Os habéis conducido muy bien con
Eppie, Marner, desde hace diez y seis años. ¿Os agradaría mucho verla en
una situación cómoda, verdad? Parece una hermosa muchacha, en buena
salud, pero incapaz de soportar ninguna fatiga. No parece una moza
vigorosa, hija de padres obreros. Os sería agradable verla objeto de los
cuidados de aquéllos que pueden darle fortuna y hacer de ella una dama.
Es más apta para eso que para una existencia penosa, como la que podía
tener que llevar dentro de algunos años.
Un ligero sonrojo se esparció por el rostro de Marner y desapareció como
una luz efímera. Eppie sólo se sorprendía de que el señor Cass hablara
así de cosas que no tenían nada de común con la realidad. En cuanto a
Silas, se sentía incomodado y ofendido.
--No veo, señor, adónde queréis ir a parar--respondió, no ocurriéndosele
las palabras adecuadas para expresar los sentimientos complejos que
experimentara mientras oía hablar al señor Cass.
--Pues bien, he aquí lo que quiero decir, Marner--replicó Godfrey,
resuelto a abordar el caso--. Mi mujer y yo, ya lo sabéis, no tenemos
hijos. No tenemos a nadie quien pueda aprovechar la holgura de nuestra
casa y todo lo que poseemos además de eso, que es más de lo que
necesitamos. Quisiéramos, pues, tener a alguien que nos sirviera de
hija. Desearíamos tener a Eppie y tratarla bajo todos conceptos como si
fuera nuestra. Me parece que sería un gran consuelo para vuestra vejez
al ver su fortuna asegurada de este modo, después de haberos sacrificado
tanto para criarla tan bien. Nada más justo que seáis plenamente
recompensado. Y Eppie, estoy seguro, os amará siempre, y siempre os
quedará agradecida. Vendrá a veros a menudo y no dejaremos escapar
ninguna ocasión de hacer cuanto podamos para que seáis feliz.
Un hombre sencillo, como era Godfrey Cass, al hablar bajo la influencia
de alguna dificultad, balbucea necesariamente expresiones más groseras
que sus intenciones y que tienen que rozar sentimientos delicados.
Mientras que él hablaba, Eppie había posado tranquilamente su brazo tras
de la cabeza de Silas y su mano cariñosa se había apoyado en su hombro;
de modo que sintió que el viejo temblaba con violencia.
Cuando el señor Cass hubo terminado, el tejedor permaneció silencioso
durante unos momentos, habiendo perdido toda energía en un conflicto de
emociones, todas igualmente penosas. El corazón de Eppie se oprimía al
pensar que su padre estaba afligido. Estaba a punto de inclinarse para
hablarle, cuando una angustia violenta dominó por fin todas las que
luchaban en el alma de Silas. Entonces dijo con voz débil:
--Eppie, hija mía, hablad. Yo no quiero impedir vuestra felicidad. Dad
las gracias al señor y a la señora Cass.
Eppie quitó el brazo de atrás de la cabeza del tejedor y adelantó un
paso. Sus mejillas estaban encendidas, pero no era de falso rubor: la
idea de que su padre estaba sumido en la duda y, la angustia le había
quitado esa especie de conciencia de sí misma. Hizo una profunda
reverencia primero a la señora Cass, luego al señor Cass y les dijo:
--Gracias, señora; gracias, señor; pero yo no puedo separarme de mi
padre, ni reconocer a nadie que me fuera superior que él. Tampoco deseo
ser una dama. Gracias de todos modos--Eppie hizo al llegar aquí una
reverencia--, y no podría abandonar a las gentes con que me he habituado
a vivir.
Los labios de Eppie se pusieron a temblar un poco al decir las últimas
palabras. Se retiró otra vez tras de la silla de su padre, le pasó el
brazo alrededor del cuello, mientras que Silas, reprimiendo un sollozo,
tendía la mano para oprimir la de su hija.
Nancy tenía los ojos llenos de lágrimas, pero su simpatía por Eppie se
mezclaba naturalmente con la angustia que le causaba la situación de su
marido. No se atrevió a hablar, preguntándose qué pasaría en el espíritu
de Godfrey. Este sentía esa especie de irritación que se manifiesta
inevitablemente en casi todos nosotros cuando encontramos un obstáculo
imprevisto. Se había sentido penetrado de arrepentimiento y con la
resolución necesaria para reparar su falta, en toda la medida que el
tiempo podría consentírselo. Era movido por sentimientos del todo
excepcionales que debían fincar en una regla de conducta determinada de
antemano, y que había escogido por parecerle la más justa, así es que no
estaba dispuesto a apreciar con satisfacción los sentimientos ajenos que
venían a contrariar sus resoluciones virtuosas. La agitación bajo cuya
inspiración habló de nuevo no estaba exenta de un asomo de cólera.
--Pero yo tengo sobre vos, Eppie, el más grande de todos los derechos.
Tengo el deber, Marner, de reconocer a Eppie como hija mía y darle la
situación que le corresponde. Es mi hija: su madre era mi esposa. Tengo
sobre ella un derecho legítimo.
Eppie se había estremecido con violencia y se puso intensamente pálida.
Silas, por el contrario, se sintió aliviado por la respuesta de Eppie
del terrible temor de que sus intenciones fueran opuestas a las de su
hija. Sintió que el espíritu de resistencia se había pronunciado en él,
no sin provocar, sin embargo, un ligero movimiento de cólera paternal.
--Entonces, señor--respondió con un acento de amargura que había quedado
callado en su alma desde el día memorable en que habían quedado
destruidas las esperanzas de su juventud--; entonces, señor, ¿por qué no
dijisteis eso hace diez y seis años? ¿Por qué no la reclamasteis antes
de que llegase a quererla, en lugar de venir a tomármela en este
momento? Lo mismo podríais quererme arrancar el corazón del pecho. Dios
me la dio porque vos la abandonasteis como hija; no tenéis ningún
derecho sobre ella. Cuando un hombre aleja un bien de su puerta, ese
bien es de los que lo recogen en su casa.
--Tenéis razón, Marner: hice mal, me he arrepentido de mi conducta a
ese respecto--dijo Godfrey, que no pudo menos que sentir el filo de las
palabras de Silas.
--Me alegro de saberlo--dijo Marner, cuya agitación aumentaba--; pero el
arrepentimiento no puede modificar lo que ha durado diez y seis años.
Viniendo a decir ahora «yo soy su padre», no destruís los sentimientos
de nuestros corazones. A mí es a quien ha llamado padre desde que pudo
pronunciar esta palabra.
--Me parece que podríais considerar el asunto de un modo más justo,
Marner--dijo Godfrey, a quien las palabras verdaderas y formales del
tejedor acababan de sorprender y de infundir un sentimiento
respetuoso--. No es como si os la fuese a quitar por completo y no
debierais volverla a ver. Estará muy cerca de vos y vendrá aquí muy a
menudo. Tendrá siempre para vos los mismos sentimientos.
--Exactamente los mismos sentimientos--repuso Marner con más amargura
que nunca--. ¿Cómo podría tener los mismos sentimientos que hoy cuando
comemos los mismos bocados, bebemos en la misma copa y pensamos en las
mismas cosas desde el principio hasta el fin del día? Exactamente los
mismos sentimientos. ¡Esas son vanas palabras! Nos cortaríamos en dos.
Godfrey, a quien la experiencia no había preparado para comprender todo
el alcance de las sencillas palabras de Marner, volvió a ser presa de
una gran irritación. Le pareció que el tejedor era muy egoísta, juicio
que fácilmente forman aquellos que no han puesto nunca a prueba su
fuerza de renunciamiento al oponerse a un acto que, sin duda alguna,
debía de hacer la felicidad de Eppie, y sintió que tenía el deber de
manifestar su autoridad, por amor a su hija.
--Yo hubiera pensado, Marner--dijo con tono severo--, que vuestro
afecto por Eppie os haría ver con regocijo una cosa de que depende su
felicidad, aunque eso os obligara a hacer algún sacrificio. Debierais
acordaros de que vuestra vida es incierta y que Eppie ha llegado ahora a
una edad en que su suerte puede pronto resolverse de una manera muy
distinta de lo que sucedería en casa de su padre. Si llega a casarse con
algún humilde obrero, entonces, haga lo que hiciera por ella, ya no
dependerá de mí el hacerla feliz. Vos le cerráis el camino del
bienestar, y aunque me sea penoso ofenderos después de lo que vos habéis
hecho y yo no hice, comprendo que ahora tengo la obligación de insistir
en velar por mi hija. Quiero cumplir con ese deber.
Es difícil decir quién se sintió más profundamente agitado: si Silas o
Eppie, con las últimas palabras de Godfrey. Los pensamientos de Eppie se
habían sucedido muy activos, mientras que oía la discusión entre el
padre a quien amaba desde hacía mucho tiempo y aquel nuevo padre
desconocido, aquel nuevo padre que bruscamente había venido a ocupar el
sitio de la sombra negra e indecisa que había puesto el anillo nupcial
en el dedo de su madre.
Su imaginación se había transportado al pasado y al porvenir y se había
entregado a conjeturas y a previsiones para comprender lo que
significaba aquella paternidad revelada. Además, en las últimas palabras
de Godfrey había algunas que contribuían a definir claramente aquellas
previsiones. No era que sus pensamientos sobre el pasado o el porvenir
hubieran tenido una influencia decisiva sobre la resolución de Eppie,
porque esa resolución había sido fijada por los sentimientos que
vibraban al sonido de cada una de las palabras proferidas por Silas.
Pero, aun fuera de estos sentimientos, la doble corriente de las
reflexiones de la joven hizo nacer en ella una repulsión por la suerte
que se le ofreció y por aquel padre que se acababa de revelar.
La conciencia de Silas, por otra parte, se sentía de nuevo atormentada.
Lo embargaba el temor de que la acusación de Godfrey fuera cierta y que
su propia voluntad se elevara como un obstáculo ante la felicidad de
Eppie. Durante algunos instantes permaneció silencioso, luchando consigo
mismo, porque quería dominarse antes de hablar. Por fin, las palabras
salieron trémulas de su boca:
--No diré nada más. Será como queráis. Habladle a la niña. Yo no quiero
impedir nada.
La propia Nancy, a pesar de toda la sensibilidad delicada de su corazón,
compartía la opinión de su marido de que el deseo de Marner de guardar a
Eppie no era justificado, después que el verdadero padre de ésta se
había hecho reconocer. Comprendía que la prueba era muy dura para el
tejedor, pero sus principios personales no le permitían dudar que un
padre legítimo no tuviera derechos superiores a los de un padre
adoptivo, sea quienquiera. Por otra parte, Nancy, que había sido
acostumbrada a no carecer de nada y a gozar de los privilegios de una
posición honorable, no podía apreciar los placeres que la primera
educación y los primeros hábitos asocian con todos los fines y todos los
esfuerzos de los pobres de nacimiento. Ante sus ojos, Eppie, al recobrar
los derechos de la sangre, entraba en posesión de un bienestar
incontestable, del que había estado privada demasiado tiempo. Por esto
oyó las últimas palabras de Silas con alivio y había pensado, como
Godfrey, que su deseo iba a quedar satisfecho.
--Eppie, mi querida--dijo Godfrey, mirando a su hija, no sin cierta
confusión al pensar que tenía bastante edad para juzgarla--, nosotros
desearíamos que siempre demostrarais afectos y gratitud a un hombre que
os ha servido de padre durante tantos años, y nos esforzaremos en
ayudaros a hacerle feliz. Pero esperamos que llegaréis a amarnos como le
amáis, y bien que yo no haya sido lo que un padre debiera ser para vos
desde mucho tiempo, quiero hacer todo lo que pueda por vos hasta mi
muerte, y dotaros como a mi hija única. Tendréis en mi mujer la mejor de
las madres; es ésa una felicidad que no habéis conocido desde que estáis
en edad de poder apreciarla.
--Mi querida, seréis un tesoro para mí--dijo Nancy con su voz suave--.
No nos faltará nada cuando tengamos a nuestra hija.
Eppie no volvió a adelantarse para inclinarse otra vez ante el señor
Cass y su señora. Tenía la mano de Silas en la suya, oprimiéndola con
fuerza; era una mano de tejedor, cuya palma y la yema de los dedos eran
sensibles a tal presión. Al mismo tiempo, la joven habló con tono más
decidido y más frío que antes.
--Gracias, señora; gracias, señor, por vuestros ofrecimientos; son muy
hermosos y muy por encima de mis deseos; pero no podría tener un momento
de alegría en la vida si me viera obligada a separarme de mi padre y si
lo supiera sentado en nuestra casa pensando en mí y sufriendo en la
soledad. Hemos, estado acostumbrados a ser felices juntos todos los
días, y no puedo concebir ninguna felicidad sin él. El dice que no tenía
a nadie en el mundo antes de que yo le fuese enviada, y que no tendría a
nadie si yo lo dejara. Cuidó de mí y me quiso desde el principio; yo le
quedaré adicta mientras viva, y nadie se interpondrá entre él y yo.
--Pero es preciso que estéis segura, Eppie--dijo Silas en voz baja--, es
preciso que estéis segura de que jamás os arrepentiréis de haber
preferido quedaros entre pobres gentes que no poseen más que malas ropas
y cosas mediocres, cuando de vos dependía el obtener todo lo que hay de
mejor.
Su susceptibilidad a este respecto había aumentado, mientras escuchaba
las palabras sinceras y afectuosas de Eppie.
--Nunca podré arrepentirme, padre mío--dijo la joven--. No sabría en qué
pensar ni qué desear viéndome rodeada de bellas cosas a que no he estado
acostumbrada. Y sería para mí una triste tarea el vestir hermosas ropas,
ir en cabriolé y sentarme en un sitio reservado en la iglesia, si todo
eso hiciera pensar a aquellos a quienes amo, que mi compañía no les
conviene. ¿En qué podría entonces interesarme?
Nancy interrogó a Godfrey con una mirada dolorosa; pero los ojos de éste
estaban fijos en el suelo, en el sitio en que agitaba la punta de su
bastón, como si estuviera ocupado distraídamente en algo. Entonces pensó
que había una frase que sentaría mejor en sus labios que en los de su
marido.
--Lo que decís es natural, querida criatura; es natural que tengáis
cariño a aquellos que os han criado--dijo con dulzura--; sin embargo,
tenéis un deber que llenar para con vuestro padre legítimo. Quizá no
sólo no tengáis que resignaros a hacer un sacrificio. Desde que vuestro
padre os abre su casa, me parece que no es razonable que vos la huyáis.
--Yo no puedo figurarme que tengo otro padre que el mío--dijo Eppie con
impetuosidad, saltándosele las lágrimas de los ojos--. Mi sueño ha sido
siempre tener un pequeño hogar en el que él estaría sentado junto al
fuego, mientras que yo trabajaría y haría todo lo necesario por él. No
puedo imaginarme otra casa más que la nuestra. No he sido criada para
ser una dama y no puedo acostumbrarme a esta idea. Amo a los obreros,
su alimento y sus costumbres--y terminó con acento vehemente, mientras
que sus lágrimas caían--: Soy la novia de un obrero que vivirá junto con
mi padre y que me ayudará a cuidarle.
Godfrey fijó la vista en Nancy; tenía el rostro encendido y sus ojos
dilatados le ardían. Aquel fracaso de un proyecto que había acariciado
con la alta idea de que iba en cierto modo a rescatar la gran falta de
su vida, le hizo encontrar sofocante el aire de la pieza.
--Vámonos, Nancy--dijo en voz baja.
--No hablaremos más de esto por hoy--dijo Nancy poniéndose de pie--. Os
tenemos mucho cariño a vos, mi querida, y a vos también, Marner.
Volveremos a veros, ahora se hace tarde.
De este modo justificó la brusca partida de su marido, porque Godfrey se
había dirigido derecho hacia la puerta, incapaz de decir una palabra
más.