XIX

Aquella noche, entre las ocho y las nueve, Eppie y Silas estaban

sentados solos en su choza. Después de la gran sobreexcitación causada

al tejedor por los sucesos de la tarde, había deseado vivamente aquella

tranquilidad y hasta les había rogado a la señora Winthrop y a Aarón,

que se habían quedado allí, naturalmente, cuando todos se marcharon, que

lo dejaran solo con su hija. Aquella sobreexcitación no se había

disipado todavía. No había hecho más que alcanzar ese grado en que la

sensibilidad se vuelve tan delicada que hace intolerable todo

estimulante exterior; ese grado en que no se siente fatiga sino más bien

una intensidad de vida interior, bajo el imperio de la cual es imposible

conciliar el sueño. Todo el que haya observado tales momentos en otras

personas, recuerda el brillo de su mirada y la nitidez extraña que se

esparce hasta sobre las facciones groseras a causa de esa influencia

pasajera. Es algo como si gracias a una nueva sutileza del oído, capaz

de percibir todas las voces espirituales, vibraciones de efectos

maravillosos hubieran atravesado la pesada armazón mortal, como si la

«belleza nacida del murmullo de los sonidos» hubiera pasado por la

fisonomía del que los escucha.

El rostro de Silas anunciaba esa especie de transfiguración cuando al

quedar solos se puso a mirar a Eppie, sentado en su sillón. La joven

había acercado su silla cerca de las rodillas de Marner y se había

inclinado hacia adelante teniendo ambas manos de su padre adoptivo entre

las suyas y con los ojos alzados hacia él. Próximo a ellos, en la mesa,

iluminada por una vela, se encontraba el oro recobrado, el oro tanto

tiempo amado, dispuesto en pilas regulares, como Silas tenía costumbre

de ponerlo en los días en que aquel metal era su única alegría. Acababa

de mostrarle a Eppie cómo tenía la costumbre de contarlo todas las

noches y cuál había sido la desolación extrema de su alma hasta que su

hija le fue enviada.

--En un principio--le decía en voz baja--tenía de tiempo en tiempo como

el presentimiento de que vos podríais tomar la forma de mi oro; porque

adondequiera que volviera la cabeza me parecía ver mi tesoro, y pensaba

que me sentiría feliz si pudiera tocarlo y convencerme de que había

vuelto. Pero esto no duró. Al cabo de poco tiempo hubiera pensado que me

había herido una nueva maldición, si el oro os hubiera alejado de mí.

Había llegado a tanto la necesidad de vuestras miradas, de vuestra voz y

del tacto de vuestros pequeños dedos. Vos no sabíais cuando erais muy

pequeña, vos no sabíais lo que vuestro viejo padre Silas sentía por vos.

--Pero ahora lo sé, padre mío--dijo Eppie--. Si no hubiera sido por vos

me hubieran llevado al asilo de los pobres y no hubiera habido nadie que

me quisiera.

--¡Ah! querida mía, la bendición ha sido para mí. Si vos no me hubierais

sido enviada para salvarme, hubiera descendido a la tumba con mi

miseria. El dinero me fue quitado a tiempo, y ya veis que ha sido

conservado, hasta que lo necesitáramos para vos. Es maravilloso...

nuestra vida es maravillosa.

Silas permaneció sentado, en silencio, contemplando durante algunos

instantes el tesoro.

--Ahora ya no me seduce--dijo con aire pensativo--; no, ciertamente que

no. Me pregunto si volvería a tener ese poder en el caso, Eppie, en que

os perdiera, y lo dudo. Pero podría ser inducido a creer que ha sido de

nuevo abandonado y a perder el sentimiento de que Dios ha sido bueno

para conmigo.

En aquel instante golpearon a la puerta y Eppie se vio obligada a

levantarse sin responderle a Silas. ¡Qué bella parecía! Lágrimas de

ternura le llenaban los ojos y un ligero sonrojo teñía sus mejillas

cuando se adelantó para abrir. Aquel sonrojo se hizo más intenso al ver

al señor Godfrey Cass y a su señora. Hizo su ligera reverencia rústica y

abrió del todo la puerta para dejarlos pasar.

--Os venimos a molestar muy tarde, querida--dijo la señora Cass, tomando

la mano de Eppie, mirándole el rostro con expresión admirativa y de vivo

interés.

La misma Nancy estaba pálida y trémula.

Eppie, después de haber acercado sillas para el señor Cass y su señora,

fue a ponerse de pie junto a Silas y frente a ellos.

--¿Qué tal, Marner?--dijo Godfrey, tratando de hablar con plena

seguridad--, es para mí un gran consuelo al volveros a ver en posesión

del dinero de que bebíais sido privado hace tantos años. Fue un miembro

de mi familia el que os causó ese daño; eso agrava mi pesar y me siento

obligado a repararlo por todos los medios de que dispongo. Todo lo que

haga por vos no será más que saldar una deuda, aun cuando sólo

considerara el robo. Pero hay otras cosas, Marner, por las que estoy y

estaré siempre grato.

Godfrey se detuvo. El y su mujer habían convenido que el asunto de la

paternidad no sería abordado sino con mucha prudencia y si era posible

que la revelación quedara reservada para más tarde, de manera de no

hacérsela más que gradualmente a Eppie. Nancy había insistido respecto a

ese punto, porque presentía vivamente el aspecto doloroso bajo el cual

la joven no dejaría de considerar las relaciones que habían existido

entre su padre y su madre.

Silas, siempre cohibido cuando le dirigían la palabra «superiores» tales

como el señor Cass--hombres grandes, poderosos, de tez fuertemente

encendida y que se veían sobre todo a caballo--, respondió con alguna

dificultad:

--Señor, tengo que agradeceros ya muchas cosas. En cuanto al robo, no lo

considero como una pérdida para mí. Y, si lo hiciera, vos no tendríais

nada que ver en ello: vos no tenéis responsabilidad alguna.

--Vos tenéis el derecho de considerar el asunto de ese modo, Marner;

pero yo no lo podré hacer nunca. Espero que me dejaréis proceder de

acuerdo con mis sentimientos de justicia. Yo sé que vos os contentáis

fácilmente: sois un hombre que ha trabajado duro toda su vida.

--Sí, señor--dijo Marner con acento meditativo--. No hubiera sido feliz

sin mi trabajo: eso fue lo que me sostuvo cuando todo lo demás me

abandonó.

--¡Ah!--dijo Godfrey aplicando exclusivamente las palabras de Marner a

las necesidades materiales del tejedor--. Vuestro oficio ha sido útil en

este país, porque hay muchos tejidos que hacer; pero habéis llegado a

una edad algo avanzada para ese trabajo asiduo, Marner. Es tiempo de que

os retiréis y descanséis un poco. Parecéis muy quebrantado aunque no

seáis un anciano, me parece.

--Tengo cincuenta y cinco años, casi seguramente--dijo Silas.

--¡Oh, entonces, podéis vivir todavía treinta años! ¡Fijaos en el viejo

Macey! Y ese dinero que tenéis sobre la mesa es al fin y al cabo poca

cosa. No durará mucho de una manera o de otra, que lo coloquéis a

interés o que lo vayáis gastando. No duraría mucho, aunque no tuvierais

que pensar sino en vos... y tenéis que sostener dos personas desde hace

muchos años. Deseamos ayudaros.

--¡Ah! señor--dijo Silas, insensible a todo lo que decía Godfrey--, no

temo la necesidad, Eppie y yo siempre hemos de saber vencer las

dificultades. Hay pocos obreros que cuenten con tantas economías. Yo sé

lo que representa este dinero para la gente acomodada; pero a mis ojos

es mucho, es demasiado. Y nosotros dos necesitamos muy poca cosa.

--Solamente un jardincito, papá--dijo Eppie sonrojándose en seguida

hasta las orejas.

--¿Un jardín os agradaría, querida?--dijo Nancy, pensando que aquel

cambio de tema pudiera serle favorable a su marido--. Nos podríamos

entender sobre ese punto... yo consagro mucho tiempo al nuestro.

--¡Ah! se trabaja mucho en los jardines de la Casa Roja--dijo Godfrey,

sorprendido por lo difícil que le era abordar una proposición que, de

lejos, le había parecido muy fácil--. Os habéis conducido muy bien con

Eppie, Marner, desde hace diez y seis años. ¿Os agradaría mucho verla en

una situación cómoda, verdad? Parece una hermosa muchacha, en buena

salud, pero incapaz de soportar ninguna fatiga. No parece una moza

vigorosa, hija de padres obreros. Os sería agradable verla objeto de los

cuidados de aquéllos que pueden darle fortuna y hacer de ella una dama.

Es más apta para eso que para una existencia penosa, como la que podía

tener que llevar dentro de algunos años.

Un ligero sonrojo se esparció por el rostro de Marner y desapareció como

una luz efímera. Eppie sólo se sorprendía de que el señor Cass hablara

así de cosas que no tenían nada de común con la realidad. En cuanto a

Silas, se sentía incomodado y ofendido.

--No veo, señor, adónde queréis ir a parar--respondió, no ocurriéndosele

las palabras adecuadas para expresar los sentimientos complejos que

experimentara mientras oía hablar al señor Cass.

--Pues bien, he aquí lo que quiero decir, Marner--replicó Godfrey,

resuelto a abordar el caso--. Mi mujer y yo, ya lo sabéis, no tenemos

hijos. No tenemos a nadie quien pueda aprovechar la holgura de nuestra

casa y todo lo que poseemos además de eso, que es más de lo que

necesitamos. Quisiéramos, pues, tener a alguien que nos sirviera de

hija. Desearíamos tener a Eppie y tratarla bajo todos conceptos como si

fuera nuestra. Me parece que sería un gran consuelo para vuestra vejez

al ver su fortuna asegurada de este modo, después de haberos sacrificado

tanto para criarla tan bien. Nada más justo que seáis plenamente

recompensado. Y Eppie, estoy seguro, os amará siempre, y siempre os

quedará agradecida. Vendrá a veros a menudo y no dejaremos escapar

ninguna ocasión de hacer cuanto podamos para que seáis feliz.

Un hombre sencillo, como era Godfrey Cass, al hablar bajo la influencia

de alguna dificultad, balbucea necesariamente expresiones más groseras

que sus intenciones y que tienen que rozar sentimientos delicados.

Mientras que él hablaba, Eppie había posado tranquilamente su brazo tras

de la cabeza de Silas y su mano cariñosa se había apoyado en su hombro;

de modo que sintió que el viejo temblaba con violencia.

Cuando el señor Cass hubo terminado, el tejedor permaneció silencioso

durante unos momentos, habiendo perdido toda energía en un conflicto de

emociones, todas igualmente penosas. El corazón de Eppie se oprimía al

pensar que su padre estaba afligido. Estaba a punto de inclinarse para

hablarle, cuando una angustia violenta dominó por fin todas las que

luchaban en el alma de Silas. Entonces dijo con voz débil:

--Eppie, hija mía, hablad. Yo no quiero impedir vuestra felicidad. Dad

las gracias al señor y a la señora Cass.

Eppie quitó el brazo de atrás de la cabeza del tejedor y adelantó un

paso. Sus mejillas estaban encendidas, pero no era de falso rubor: la

idea de que su padre estaba sumido en la duda y, la angustia le había

quitado esa especie de conciencia de sí misma. Hizo una profunda

reverencia primero a la señora Cass, luego al señor Cass y les dijo:

--Gracias, señora; gracias, señor; pero yo no puedo separarme de mi

padre, ni reconocer a nadie que me fuera superior que él. Tampoco deseo

ser una dama. Gracias de todos modos--Eppie hizo al llegar aquí una

reverencia--, y no podría abandonar a las gentes con que me he habituado

a vivir.

Los labios de Eppie se pusieron a temblar un poco al decir las últimas

palabras. Se retiró otra vez tras de la silla de su padre, le pasó el

brazo alrededor del cuello, mientras que Silas, reprimiendo un sollozo,

tendía la mano para oprimir la de su hija.

Nancy tenía los ojos llenos de lágrimas, pero su simpatía por Eppie se

mezclaba naturalmente con la angustia que le causaba la situación de su

marido. No se atrevió a hablar, preguntándose qué pasaría en el espíritu

de Godfrey. Este sentía esa especie de irritación que se manifiesta

inevitablemente en casi todos nosotros cuando encontramos un obstáculo

imprevisto. Se había sentido penetrado de arrepentimiento y con la

resolución necesaria para reparar su falta, en toda la medida que el

tiempo podría consentírselo. Era movido por sentimientos del todo

excepcionales que debían fincar en una regla de conducta determinada de

antemano, y que había escogido por parecerle la más justa, así es que no

estaba dispuesto a apreciar con satisfacción los sentimientos ajenos que

venían a contrariar sus resoluciones virtuosas. La agitación bajo cuya

inspiración habló de nuevo no estaba exenta de un asomo de cólera.

--Pero yo tengo sobre vos, Eppie, el más grande de todos los derechos.

Tengo el deber, Marner, de reconocer a Eppie como hija mía y darle la

situación que le corresponde. Es mi hija: su madre era mi esposa. Tengo

sobre ella un derecho legítimo.

Eppie se había estremecido con violencia y se puso intensamente pálida.

Silas, por el contrario, se sintió aliviado por la respuesta de Eppie

del terrible temor de que sus intenciones fueran opuestas a las de su

hija. Sintió que el espíritu de resistencia se había pronunciado en él,

no sin provocar, sin embargo, un ligero movimiento de cólera paternal.

--Entonces, señor--respondió con un acento de amargura que había quedado

callado en su alma desde el día memorable en que habían quedado

destruidas las esperanzas de su juventud--; entonces, señor, ¿por qué no

dijisteis eso hace diez y seis años? ¿Por qué no la reclamasteis antes

de que llegase a quererla, en lugar de venir a tomármela en este

momento? Lo mismo podríais quererme arrancar el corazón del pecho. Dios

me la dio porque vos la abandonasteis como hija; no tenéis ningún

derecho sobre ella. Cuando un hombre aleja un bien de su puerta, ese

bien es de los que lo recogen en su casa.

--Tenéis razón, Marner: hice mal, me he arrepentido de mi conducta a

ese respecto--dijo Godfrey, que no pudo menos que sentir el filo de las

palabras de Silas.

--Me alegro de saberlo--dijo Marner, cuya agitación aumentaba--; pero el

arrepentimiento no puede modificar lo que ha durado diez y seis años.

Viniendo a decir ahora «yo soy su padre», no destruís los sentimientos

de nuestros corazones. A mí es a quien ha llamado padre desde que pudo

pronunciar esta palabra.

--Me parece que podríais considerar el asunto de un modo más justo,

Marner--dijo Godfrey, a quien las palabras verdaderas y formales del

tejedor acababan de sorprender y de infundir un sentimiento

respetuoso--. No es como si os la fuese a quitar por completo y no

debierais volverla a ver. Estará muy cerca de vos y vendrá aquí muy a

menudo. Tendrá siempre para vos los mismos sentimientos.

--Exactamente los mismos sentimientos--repuso Marner con más amargura

que nunca--. ¿Cómo podría tener los mismos sentimientos que hoy cuando

comemos los mismos bocados, bebemos en la misma copa y pensamos en las

mismas cosas desde el principio hasta el fin del día? Exactamente los

mismos sentimientos. ¡Esas son vanas palabras! Nos cortaríamos en dos.

Godfrey, a quien la experiencia no había preparado para comprender todo

el alcance de las sencillas palabras de Marner, volvió a ser presa de

una gran irritación. Le pareció que el tejedor era muy egoísta, juicio

que fácilmente forman aquellos que no han puesto nunca a prueba su

fuerza de renunciamiento al oponerse a un acto que, sin duda alguna,

debía de hacer la felicidad de Eppie, y sintió que tenía el deber de

manifestar su autoridad, por amor a su hija.

--Yo hubiera pensado, Marner--dijo con tono severo--, que vuestro

afecto por Eppie os haría ver con regocijo una cosa de que depende su

felicidad, aunque eso os obligara a hacer algún sacrificio. Debierais

acordaros de que vuestra vida es incierta y que Eppie ha llegado ahora a

una edad en que su suerte puede pronto resolverse de una manera muy

distinta de lo que sucedería en casa de su padre. Si llega a casarse con

algún humilde obrero, entonces, haga lo que hiciera por ella, ya no

dependerá de mí el hacerla feliz. Vos le cerráis el camino del

bienestar, y aunque me sea penoso ofenderos después de lo que vos habéis

hecho y yo no hice, comprendo que ahora tengo la obligación de insistir

en velar por mi hija. Quiero cumplir con ese deber.

Es difícil decir quién se sintió más profundamente agitado: si Silas o

Eppie, con las últimas palabras de Godfrey. Los pensamientos de Eppie se

habían sucedido muy activos, mientras que oía la discusión entre el

padre a quien amaba desde hacía mucho tiempo y aquel nuevo padre

desconocido, aquel nuevo padre que bruscamente había venido a ocupar el

sitio de la sombra negra e indecisa que había puesto el anillo nupcial

en el dedo de su madre.

Su imaginación se había transportado al pasado y al porvenir y se había

entregado a conjeturas y a previsiones para comprender lo que

significaba aquella paternidad revelada. Además, en las últimas palabras

de Godfrey había algunas que contribuían a definir claramente aquellas

previsiones. No era que sus pensamientos sobre el pasado o el porvenir

hubieran tenido una influencia decisiva sobre la resolución de Eppie,

porque esa resolución había sido fijada por los sentimientos que

vibraban al sonido de cada una de las palabras proferidas por Silas.

Pero, aun fuera de estos sentimientos, la doble corriente de las

reflexiones de la joven hizo nacer en ella una repulsión por la suerte

que se le ofreció y por aquel padre que se acababa de revelar.

La conciencia de Silas, por otra parte, se sentía de nuevo atormentada.

Lo embargaba el temor de que la acusación de Godfrey fuera cierta y que

su propia voluntad se elevara como un obstáculo ante la felicidad de

Eppie. Durante algunos instantes permaneció silencioso, luchando consigo

mismo, porque quería dominarse antes de hablar. Por fin, las palabras

salieron trémulas de su boca:

--No diré nada más. Será como queráis. Habladle a la niña. Yo no quiero

impedir nada.

La propia Nancy, a pesar de toda la sensibilidad delicada de su corazón,

compartía la opinión de su marido de que el deseo de Marner de guardar a

Eppie no era justificado, después que el verdadero padre de ésta se

había hecho reconocer. Comprendía que la prueba era muy dura para el

tejedor, pero sus principios personales no le permitían dudar que un

padre legítimo no tuviera derechos superiores a los de un padre

adoptivo, sea quienquiera. Por otra parte, Nancy, que había sido

acostumbrada a no carecer de nada y a gozar de los privilegios de una

posición honorable, no podía apreciar los placeres que la primera

educación y los primeros hábitos asocian con todos los fines y todos los

esfuerzos de los pobres de nacimiento. Ante sus ojos, Eppie, al recobrar

los derechos de la sangre, entraba en posesión de un bienestar

incontestable, del que había estado privada demasiado tiempo. Por esto

oyó las últimas palabras de Silas con alivio y había pensado, como

Godfrey, que su deseo iba a quedar satisfecho.

--Eppie, mi querida--dijo Godfrey, mirando a su hija, no sin cierta

confusión al pensar que tenía bastante edad para juzgarla--, nosotros

desearíamos que siempre demostrarais afectos y gratitud a un hombre que

os ha servido de padre durante tantos años, y nos esforzaremos en

ayudaros a hacerle feliz. Pero esperamos que llegaréis a amarnos como le

amáis, y bien que yo no haya sido lo que un padre debiera ser para vos

desde mucho tiempo, quiero hacer todo lo que pueda por vos hasta mi

muerte, y dotaros como a mi hija única. Tendréis en mi mujer la mejor de

las madres; es ésa una felicidad que no habéis conocido desde que estáis

en edad de poder apreciarla.

--Mi querida, seréis un tesoro para mí--dijo Nancy con su voz suave--.

No nos faltará nada cuando tengamos a nuestra hija.

Eppie no volvió a adelantarse para inclinarse otra vez ante el señor

Cass y su señora. Tenía la mano de Silas en la suya, oprimiéndola con

fuerza; era una mano de tejedor, cuya palma y la yema de los dedos eran

sensibles a tal presión. Al mismo tiempo, la joven habló con tono más

decidido y más frío que antes.

--Gracias, señora; gracias, señor, por vuestros ofrecimientos; son muy

hermosos y muy por encima de mis deseos; pero no podría tener un momento

de alegría en la vida si me viera obligada a separarme de mi padre y si

lo supiera sentado en nuestra casa pensando en mí y sufriendo en la

soledad. Hemos, estado acostumbrados a ser felices juntos todos los

días, y no puedo concebir ninguna felicidad sin él. El dice que no tenía

a nadie en el mundo antes de que yo le fuese enviada, y que no tendría a

nadie si yo lo dejara. Cuidó de mí y me quiso desde el principio; yo le

quedaré adicta mientras viva, y nadie se interpondrá entre él y yo.

--Pero es preciso que estéis segura, Eppie--dijo Silas en voz baja--, es

preciso que estéis segura de que jamás os arrepentiréis de haber

preferido quedaros entre pobres gentes que no poseen más que malas ropas

y cosas mediocres, cuando de vos dependía el obtener todo lo que hay de

mejor.

Su susceptibilidad a este respecto había aumentado, mientras escuchaba

las palabras sinceras y afectuosas de Eppie.

--Nunca podré arrepentirme, padre mío--dijo la joven--. No sabría en qué

pensar ni qué desear viéndome rodeada de bellas cosas a que no he estado

acostumbrada. Y sería para mí una triste tarea el vestir hermosas ropas,

ir en cabriolé y sentarme en un sitio reservado en la iglesia, si todo

eso hiciera pensar a aquellos a quienes amo, que mi compañía no les

conviene. ¿En qué podría entonces interesarme?

Nancy interrogó a Godfrey con una mirada dolorosa; pero los ojos de éste

estaban fijos en el suelo, en el sitio en que agitaba la punta de su

bastón, como si estuviera ocupado distraídamente en algo. Entonces pensó

que había una frase que sentaría mejor en sus labios que en los de su

marido.

--Lo que decís es natural, querida criatura; es natural que tengáis

cariño a aquellos que os han criado--dijo con dulzura--; sin embargo,

tenéis un deber que llenar para con vuestro padre legítimo. Quizá no

sólo no tengáis que resignaros a hacer un sacrificio. Desde que vuestro

padre os abre su casa, me parece que no es razonable que vos la huyáis.

--Yo no puedo figurarme que tengo otro padre que el mío--dijo Eppie con

impetuosidad, saltándosele las lágrimas de los ojos--. Mi sueño ha sido

siempre tener un pequeño hogar en el que él estaría sentado junto al

fuego, mientras que yo trabajaría y haría todo lo necesario por él. No

puedo imaginarme otra casa más que la nuestra. No he sido criada para

ser una dama y no puedo acostumbrarme a esta idea. Amo a los obreros,

su alimento y sus costumbres--y terminó con acento vehemente, mientras

que sus lágrimas caían--: Soy la novia de un obrero que vivirá junto con

mi padre y que me ayudará a cuidarle.

Godfrey fijó la vista en Nancy; tenía el rostro encendido y sus ojos

dilatados le ardían. Aquel fracaso de un proyecto que había acariciado

con la alta idea de que iba en cierto modo a rescatar la gran falta de

su vida, le hizo encontrar sofocante el aire de la pieza.

--Vámonos, Nancy--dijo en voz baja.

--No hablaremos más de esto por hoy--dijo Nancy poniéndose de pie--. Os

tenemos mucho cariño a vos, mi querida, y a vos también, Marner.

Volveremos a veros, ahora se hace tarde.

De este modo justificó la brusca partida de su marido, porque Godfrey se

había dirigido derecho hacia la puerta, incapaz de decir una palabra

más.

Silas Marner(#24823) · 第 22 / 26 题