XVII

Mientras que Silas y Eppie estaban sentados en el banco de césped

conversando a la sombra recortada de una encina, la señorita Priscila

Lammeter se resistía a aceptar los argumentos de su hermana. Esta

pretendía que valdría más tomar el té en la Casa Roja y dejar que

durmiera una buena siesta el señor Lammeter, que partía para las

Gazaperas con el cabriolé así que terminara la comida. Los miembros de

la familia--cuatro personas solamente--estaban sentados alrededor de la

mesa, en el salón de sombrío artesonado. Tenían por delante el postre

del domingo, compuesto de avellanas verdes, de manzanas y peras, bien

adornadas de hojas por la mano de Nancy, antes de que las campanas de la

iglesia llamaran al oficio.

Un gran cambio había tenido lugar en aquel salón de sombríos artesonados

desde que lo vimos en el tiempo en que Godfrey era soltero, y que el

viejo squire reinaba viudo. Hoy todo reluce en él y no se deja que el

menor polvo de la víspera empañe ningún objeto, desde la franja de

mosaico de encina que rodea la alfombra, hasta el fusil, los látigos y

los bastones del viejo squire, escalonados en las astas del ciervo

encima de las campanas de la chimenea. Todos los otros atributos de

sport y de ocupaciones exteriores habían sido relegados por Nancy a otra

pieza. Pero había traído a la Casa Roja el hábito de la veneración

filial y conservado religiosamente en un sitio de honor aquellas

reliquias del difunto padre de su marido. Las copas de plata siguen

siempre sobre el aparador, pero su metal repujado no está empañado por

el tacto y no hay en su fondo residuos que afecten el olfato; el único

olor predominante es el del espliego y el de las hojas de rosas que

llenan los vasos de alabastro inglés. Todo respira pureza y orden en

aquella pieza, antes triste, porque un nuevo espíritu tutelar entró en

ella hace quince años.

--Bueno, papá--dijo Nancy--, ¿es en verdad necesario que os volváis a

tomar el té a vuestra casa? ¿No podríais quedaros con nosotros en una

tarde que parece va a ser tan hermosa?

El viejo señor Lammeter acababa de hablar con Godfrey del impuesto

creciente para los pobres y de la ominosa época actual, de modo que no

había oído la conversación de sus hijas.

--Hija mía, preguntadle eso a Priscila--dijo con la voz firme de antaño,

pero ahora algo quebrada--. Ella dirige la granja y a su padre.

--Tengo buenas razones para dirigiros, papá, porque de otro modo os

mataríais atrapando reumatismos. Y por lo que hace a la granja, si algo

no marcha bien--lo que no es posible evitar en los tiempos en que

vivimos--, nada mata más ligero a un hombre que el no tener a quien

dirigir reproches como no sea a sí mismo. La mejor manera de ser amo es

hacer dar la orden por otros y reservarse el derecho de censurar. Más de

una persona se evitaría un ataque procediendo así; esta es mi opinión.

--Bueno, bueno, querida--dijo el padre riendo tranquilamente--; yo no he

dicho que no dirigierais para bien de todos.

--Entonces, Priscila, dirigid de modo que os quedéis a tomar el té--dijo

Nancy posando afectuosamente la mano sobre el brazo de su hermana--.

Ahora venid, vamos a dar una vuelta por el jardín, mientras papá echa su

siesta.

--Mi querida hermana, hará un sueño espléndido en el cabriolé, como que

soy yo quien guiará. En cuanto a que nos quedemos a tomar el té, no

puedo oí hablar de eso, porque la muchacha lechera, que se va a casar

para el día de San Miguel, lo mismo derramaría la leche fresca en la

batea de los cerdos que en los lebrillos. Así son todas; se imaginan que

el mundo va a ser hecho de nuevo porque ellas tengan marido. Bueno, voy

a ponerme el sombrero y podremos dar una vuelta por el jardín mientras

atan el caballo.

Cuando las dos hermanas se pusieron a recorrer los senderos del jardín

prolijamente limpios, rodeados de céspedes cuyo verde claro contrastaba

agradablemente con el tinte sombrío de las pirámides y de las bóvedas y

con el de los cercos de boj que se elevaban como murallas de verdura,

Priscila dijo:

--Estoy muy contenta con que vuestro marido haya hecho esa permuta de

terreno con el primo Osgood y que comience a ocuparse en una lechería.

Es una gran lástima que no lo hayáis hecho antes. Así tendréis algo en

que ocupar el espíritu. Cuando las personas quieren hacer algo, no hay

nada como una lechería para pasar el tiempo. En efecto, si se trata de

limpiar los muebles, pronto se acaba. Una vez que podéis miraros en una

mesa como en un espejo, no hay nada más que hacer; pero en una lechería

siempre hay alguna ocupación nueva, y además, hasta en el rigor del

invierno se siente cierto placer en vencer a la mantequilla y obligarla

a formarse, quieras que no. Mi querida--agregó Priscila, estrechando

afectuosamente la mano de su hermana, yendo la una junto a la otra--,

nunca estaréis triste cuando tengáis una lechería.

--¡Ah! Priscila.--dijo Nancy devolviéndole el apretón de manos y

dirigiéndole una mirada agradecida de sus ojos límpidos--, eso no será

una compensación para Godfrey; una lechería es poca cosa para un hombre;

yo estaría contenta con lo que tenemos si él lo estuviera también.

--Me ponen fuera de mí estos hombres con su manera de proceder--dijo

Priscila impetuosamente--; siempre y siempre están deseando algo y nunca

están contentos con lo que tienen. Son incapaces de quedarse quietos en

su silla cuando no tienen dolores ni disgustos; es preciso que se

encajen una pipa en la boca para aumentar su bienestar, o que beban algo

muy fuerte, aunque tengan que apurarse antes que llegue el momento de la

comida. Y si a Dios le hubiera complacido haceros fea como a mí, de modo

que los hombres no os hubieran andado detrás, nos hubiéramos podido

limitar a nuestra familia sin tener que habérnoslas con esos señores que

tienen sangre turbulenta en las venas.

--¡Oh! no habléis así, Priscila--dijo Nancy, arrepintiéndose de haber

provocado aquella explosión--; nadie tiene motivos para censurar a

Godfrey. Es natural que lo disguste no tener hijos, porque a los hombres

agrada tener hijos por quienes trabajan y ahorran y siempre había

contado jugar con los suyos mientras fueran pequeños. Muchos otros en su

lugar se lamentarían más que él. Es el mejor de los maridos.

--¡Oh! ya conozco--dijo Priscila con una sonrisa sarcástica--esa manera

de ser de las mujeres casadas; os incitan a hablar mal de sus maridos y

luego se vuelven contra vos y os hacen el elogio de esos señores, como

si los tuvieran para vender. Pero papá debe estarnos esperando;

volvámonos.

El gran cabriolé, tirado por el viejo y tranquilo caballo gris, estaba

estacionado delante de la puerta de entrada, y el señor Lammeter estaba

ya en el vestíbulo recordándole a Godfrey las buenas cualidades de

_Tordillo_, en la época en que su amo lo montaba.

--A mí me ha gustado siempre tener un buen caballo--decía el viejo

señor, no gustándole que la época de su juventud fogosa se borrara por

completo de los más jóvenes que él.

--No os olvidéis de llevar a Nancy a las Gazaperas, antes del fin de la

semana, señor Cass--fue la última recomendación que hizo Priscila en el

momento de la partida, mientras que tomaba las riendas y las sacudía

ligeramente, manera amistosa de incitar a _Tordillo_.

--Voy a dar una vuelta por los prados, cerca de las Canteras, Nancy,

para ver cómo va el drenaje--dijo Godfrey.

--¿Estaréis de vuelta para el té, amigo mío?

--¡Oh! sí, estaré de vuelta dentro de una hora.

Era costumbre de Godfrey ocupar la tarde del domingo en un paseo de

agricultura contemplativa. Nancy lo acompañaba raras veces, porque las

mujeres de su generación, a menos que se pusieran a dirigir las

relaciones exteriores, como Priscila, no tenían la costumbre de pasear

fuera de su casa y de su jardín. Encontraban un ejercicio suficiente en

sus ocupaciones domésticas. De modo que cuando estaba sola, Nancy se

sentaba generalmente con la Biblia de Mant por delante y, después de

haber seguido con la vista el texto algunos momentos, dejaba vagar poco

a poco sus pensamientos en la imposibilidad de concentrarlos.

Sin embargo, el domingo esos pensamientos estaban casi siempre en

armonía con el fin piadoso y reverente que el libro abierto hacía

suponer implícitamente.

Nancy no era lo bastante instruida en teología para discernir claramente

las relaciones que existían entre su vida sencilla y obscura y los

documentos sagrados de los primeros tiempos, que consultaba sin método.

Pero el espíritu de rectitud y la convicción de que era responsable de

los efectos de su conducta en los demás, que eran los elementos

poderosos de su carácter, le habían hecho contraer el hábito de escrutar

los sentimientos y las acciones de su pasado con los cuidados minuciosos

de un examen de conciencia. Como su espíritu no era solicitado por una

gran variedad de temas, llenaba los momentos de intervalo reviviendo sin

cesar interiormente todos los hechos de su existencia que le volvían a

la memoria, como aquellos, sobre todo, de los quince años transcurridos

desde su casamiento y durante los cuales la vida y su fin se habían

duplicado ante sus ojos. Recordando los pequeños detalles, las frases,

los tonos de la voz y las miradas en las escenas críticas que le habían

abierto una era nueva, sea dándole un conocimiento más profundo de las

resoluciones y de las pruebas de este mundo, sea invitándola a algún

pequeño esfuerzo de indulgencia o de adhesión penoso a un deber

imaginario o real, ella se preguntaba continuamente si había sido

censurable en algo. Este exceso de reflexión y este examen de conciencia

exagerado son quizá una costumbre mórbida, inevitable en un espíritu de

una gran sensibilidad moral, privado de su fuente legítima de actividad

exterior y no pudiendo entregarse a los cuidados maternales reclamados

por su afecto, inevitable en una mujer de noble corazón cuando no tiene

hijos y su condición es muy limitada. «Puedo hacer tan poco; ¿lo habré

hecho enteramente bien?» Tal era el pensamiento que volvía

perpetuamente. Ninguna voz viene a distraer a aquella mujer de su

soliloquio, ni ninguna exigencia absoluta puede mitigar la intensidad de

sus vanos pesares y de sus escrúpulos superfluos.

Había en la vida matrimonial de Nancy una sucesión importante de

experimentos dolorosos a la que se vinculaban ciertas escenas que la

habían impresionado profundamente y que su memoria hacía revivir con más

frecuencia que las otras.

El corto diálogo de Nancy con su hermana en el jardín, la tarde de aquel

domingo, había llevado a su espíritu hacia dirección que tornaba con

frecuencia. Así que sus pensamientos se hubieron alejado del texto

sagrado que se esforzaba en seguir religiosamente con la mirada y con

los labios silenciosos, fue para agrandar el sistema de defensa

establecido por ella contra la censura que las palabras de Priscila

implicaban. La justificación del objeto amado es el mejor bálsamo que el

afecto pueda encontrar para sus propias heridas: «¡Un hombre tiene que

tener tantas cosas en la cabeza!» He aquí la creencia que le permite a

una mujer conservar a menudo una fisonomía alegre, a pesar de las

respuestas bruscas y de las palabras crueles de su marido. Y las heridas

más profundas de Nancy procedían todas de la convicción de que Godfrey

consideraba la ausencia de hijos en su hogar como una privación a la que

no podía acostumbrarse.

Sin embargo, era de imaginar que la dulce Nancy sentiría más vivamente

que él todavía la negativa de un bien con que se había contado,

entregándose a las esperanzas diversas y a los preparativos a la vez

solemnes, graciosos y fútiles de una mujer afectuosa cuando espera que

va a ser madre. ¿No había acaso un cajón relleno de objetos--trabajo

delicado de sus manos--que no habían sido nunca usados ni tocados,

exactamente en el mismo orden en que ella los había colocado catorce

años antes, exactamente, salvo que faltaba un vestidito, con el que se

había hecho la mortaja? Pero Nancy había soportado sin quejas y con

tanta firmeza aquella prueba que la afectaba directamente, que de

pronto, y desde hacía muchos años había renunciado al hábito de mirar

aquel cajón, por temor de halagar así el deseo de poseer lo que no le

había sido dado.

Quizás era esa severidad misma con que reprimía todo abandono lo que

Nancy consideraba en su corazón como un pesar culpable, lo que le

impedía el mismo principio que era su ley moral. «Es muy diferente... es

mucho más duro para un hombre el sentir ese disgusto; una mujer puede

siempre ser feliz sacrificándose a su marido; pero un hombre necesita

algo que lo haga llevar sus miradas al porvenir; porque, estar sentado

junto al hogar es mucho más triste para él que para una mujer.» Siempre

que Nancy llevaba a este punto sus reflexiones--esforzándose con

simpatía preconcebida por ver todas las cosas como las veía Godfrey--,

siempre se entregaba a un nuevo examen de conciencia. ¿Había hecho

realmente todo lo que estaba en su poder para mitigarle aquella

privación a Godfrey? Tenía realmente razón, seis años antes y de nuevo

dos años después, para oponer aquella resistencia que le había costado a

ella tantos dolores, aquella resistencia al deseo que tenía su marido de

adoptar una criatura. La adopción chocaba más con las ideas y costumbres

de aquellos tiempos que con las de los nuestros. Sin embargo, Nancy

tenía su manera de ver a este respecto. Le era tan necesario el haberse

formado una opinión sobre todos los asuntos no concernientes

exclusivamente al hombre, como el asignar un lugar bien determinado a

cada objeto que le era propio. Y esas opiniones eran siempre principios

de acuerdo con los cuales procedía invariablemente. Aquéllas eran

firmes, no a causa de sus fundamentos, sino porque ella los sostenía con

una tenacidad inseparable de la actividad de su espíritu.

En lo que se refiere a todos los deberes y todas las prácticas de la

vida, desde la conducta filial hasta los arreglos del traje de la tarde,

la linda Nancy Lammeter, en la época en que cumplió los veintitrés años,

poseía su código inimitable, y había formado cada uno de sus hábitos

según ese código. Llevando en sí sus juicios definitivos con la mayor

discreción posible, aquéllos se arraigaban en su espíritu y crecían en

él tan tranquilamente como la hierba en las praderas.

Muchos años antes, como ya sabemos, insistía en vestirse como Priscila,

porque «era razonable que dos hermanas se vistiesen del mismo modo», y

que «haría una cosa justa si para eso se pusiera un vestido amarillo

color queso». Ese es un ejemplo trivial, pero característico, de la

manera cómo estaba reglamentada la vida de Nancy.

Uno de esos principios rígidos, y no un sentimiento mezquino de egoísmo,

había sido el motivo de la resistencia obstinada que Nancy había opuesto

al deseo de su marido. Recurrir a la adopción, porque les había sido

negado el tener hijos, era tratar de elegir su suerte a pesar de la

Providencia. La criatura adoptada, estaba convencida, nunca acabaría

bien. Sería una causa de maldición para los rebeldes que hubieran

buscado deliberadamente un bien que--en virtud de alguna suprema

razón--era evidentemente mejor que no lo poseyeran. Si una cosa no debía

existir, decía Nancy, era un deber estricto el renunciar hasta al deseo

de conseguirla.

Y la verdad es que los hombres más sabios no sabrían expresar en mejores

términos los principios de Nancy. Lo que hay solamente es que las

condiciones que la inclinaban a considerar como manifiesta que una cosa

no debía ser, dependía en ella de un modo muy particular de pensar.

Hubiera renunciado a comprar algo en un sitio determinado, si tres veces

seguidas la lluvia o cualquier otra causa enviada del cielo se hubiera

opuesto a ello; y temido ver acaecerle la fractura de un miembro o algún

otro gran infortunio a la persona que persistiera contra tales indicios.

--Pero, ¿qué es lo que os autoriza a pensar que la criatura acabaría

mal?--le decía Godfrey, haciéndole objeciones--. Ha prosperado en casa

del tejedor todo lo que una criatura puede prosperar, y él la ha

adoptado. No hay otra niña en toda la aldea que sea más bonita ni que

merezca más la suerte que queremos darle. ¿En qué se puede basar la

probabilidad que sería una maldición para nadie?

--Sí, mi querido Godfrey--decía Nancy, sentada y con las manos

estrechamente unidas, expresando su pesar con el ardiente afecto de su

mirada--, es posible que la niña no acabe mal en casa del tejedor, pero

él no fue a buscarla como nosotros lo haríamos. Sería mal hecho, lo

comprendo, estoy cierta. ¿No recordáis lo que aquella dama que

encontramos en las aguas de Royston nos ha dicho respecto de la criatura

que su hermana adoptara? Es el único caso de adopción de que he oído

hablar; la criatura fue deportada a los veintitrés años. Querido

Godfrey, no me pidáis que consienta en lo que sé es malo; no volvería

jamás a ser feliz. Comprendo que la cosa es muy penosa y que a mí me es

más fácil soportarla; pero es la voluntad de la Providencia.

Podrá parecer singular que Nancy, con su teoría religiosa, formada pieza

por pieza con tradiciones sociales estrechas, con fragmentos de

doctrinas de la Iglesia imperfectamente comprendidas y con razonamientos

infantiles basados en su propia experiencia hubiese llegado por sí sola

a tener un modo de pensar tan parecido al de muchas personas piadosas,

cuyas creencias son profesadas en la forma de un sistema que le era

completamente desconocido. Eso podría parecer singular, en efecto, si no

supiéramos que las creencias humanas, lo mismo que todos los desarrollos

naturales, escapan a los límites de los sistemas.

Godfrey había designado primero a Eppie, que entonces tenía unos doce

años, como una criatura que les convendría adoptar. No se le había

ocurrido nunca que Silas preferiría perder la vida a separarse de su

hija. Seguramente que el tejedor querría lo mejor para la niña porque se

había dado tanto trabajo, y estaría contento de que una suerte tan

grande le cayera a Eppie. Esta misma le quedaría siempre reconocida a

su padre adoptivo y éste sería bien atendido hasta el fin de su vida,

como lo merecía por su noble conducta para con la criatura.

¿No era una cosa bien hecha que gentes de un rango superior quitaran una

pesada carga de las manos de un hombre de condición más humilde?

Aquello le parecía muy conveniente a Godfrey por razones que él solo

conocía, y, siguiendo un error común, se imaginaba que aquella medida

sería fácil de tomar porque tenía motivos particulares para desearlo.

Era ésa una forma algo grosera de apreciar las relaciones que existían

entre Silas y Eppie. Pero conviene recordar que muchas de las

impresiones que Godfrey podía recoger respecto de la clase obrera de su

vecindad, eran tales como para favorecer en él la opinión de que los

afectos profundos no se armonizaban con las manos callosas y los débiles

medios de la existencia del pueblo. Por otra parte, no había tenido

ocasión--suponiendo que hubiera sido capaz de esto--de penetrar

íntimamente todo lo que era excepcional en la vida del tejedor. Sólo una

falta de información suficiente podía determinar a Godfrey a alimentar

deliberadamente un proyecto tan bárbaro. Su bondad natural había

sobrevivido a la época depresiva de sus crueles deseos, y el elogio que

Nancy hacía de su marido no reposaba del todo en una ilusión voluntaria.

--He tenido razón--se decía cuando rememoraba todas las escenas de

discusión--, comprendo que tuve razón en responderle que no, bien que

eso me fuera lo más penoso; pero, ¡qué bien se ha comportado Godfrey a

este respecto! Muchos maridos se hubieran enojado conmigo por haber

resistido a sus deseos. Hubieran sido capaces de insinuar que habían

tenido mala suerte al casarse conmigo. Godfrey, sin embargo, no ha sido

capaz de dirigirme una palabra dura. Sólo demuestra su disgusto cuando

no lo puede ocultar; todo le parece tan vacío, ya lo sé; y las

tierras... qué cosa tan distinta sería para él cuando va a vigilar su

explotación si hiciera todo eso pensando en los hijos que van creciendo.

Sin embargo, yo no me puedo quejar; quizás si se hubiera casado con otra

mujer que le hubiera dado hijos le habría mortificado de otro modo.

La idea de esta posibilidad era el principal consuelo de Nancy. A fin de

fortalecer esa idea se ingeniaba en tener por Godfrey una ternura más

perfecta que la de que hubiera sido capaz cualquier otra esposa. Muy a

pesar suyo se había visto obligada a afligirlo con la única negativa.

Godfrey no permanecía insensible a los esfuerzos de aquel cariño, y no

era injusto respecto a los motivos de la obstinación de Nancy. Era

imposible que hubiera vivido con ella quince años, sin saber que los

rasgos principales del carácter de su mujer eran un apego desinteresado

a lo que es justo y una sinceridad pura como el rocío formado sobre las

flores. En realidad, Godfrey sentía aquello con tanta mayor intensidad

cuanto que su naturaleza indecisa, adversa a afrontar las dificultades

por ser éstas francas y sinceras, tenía un cierto temor respetuoso por

aquella dulce esposa que espiaba los deseos de su marido con el deseo

ardiente de obedecerle. Le parecía que no le podría revelar jamás a

Nancy la verdad concerniente a Eppie. Jamás se repondría de la repulsión

que le causaría la historia de aquel primer matrimonio si se la revelaba

ahora, después de haber guardado el secreto tanto tiempo.

Y la joven, pensaba Godfrey, sería un objeto de repulsión para ella; la

sola presencia de Eppie le sería penosa. Y quizás hasta el golpe

asestado a la altivez de Nancy--altivez mezclada con su ignorancia del

mal del mundo--sería demasiado fuerte para su constitución delicada.

Puesto que se había casado con ella teniendo un secreto en el corazón,

era preciso que guardara ese secreto hasta el fin. Hiciera lo que

hiciera, debía abstenerse de abrir un abismo infranqueable entre él y la

mujer que amaba desde hacía tantos años.

Sin embargo, ¿por qué no podía acostumbrarse a ver sin hijos un hogar

que tal esposa embellecía? ¿Por qué su espíritu dirigía su vuelo

inquieto hacia ese vacío, como si fuera la única causa por la cual su

vida no era completamente feliz? Supongo que lo mismo les ocurre a todos

los hombres y a todas las mujeres que llegan a cierta edad sin darse

cuenta clara de que la felicidad completa no puede existir en la vida.

En la vaga tristeza de las horas sombrías del crepúsculo, el hombre

descontento busca un objeto definido y lo encuentra en la privación de

un bien del que nunca ha gozado. El hombre descontento si está sentado,

meditando en su hogar, piensa con envidia en el padre cuya vuelta es

acogida con voces infantiles, y si está sentado a su mesa, alrededor de

la cual las pequeñas cabezas se elevan las unas por encima de las otras

como plantas de almácigos, ve una negra preocupación cernerse tras de

cada una de ellas y piensa que las impulsiones que impelen a los hombres

a abandonar su libertad y a buscar cadenas, no son seguramente otra cosa

más que un acceso de locura. En lo que concierne a Godfrey, había otras

razones, para que esos pensamientos fueran continuamente infortunados

por aquella circunstancia particular, por aquel vacío de su destino.

Su conciencia, que no estaba nunca en completo reposo con respecto a

Eppie, le hacía ver ahora su hogar sin hijos bajo el aspecto de una

justa retribución. Y como el tiempo transcurría y Nancy se negaba

siempre a adoptar a Eppie, toda reparación de la falta de Godfrey se

volvía cada vez más difícil.

Hacía ya cuatro años la tarde de aquel domingo, que no se había hecho

alusión alguna a la adopción, y Nancy suponía que aquel asunto estaba

enterrado para siempre.

--Me pregunto si pensará más o menos en ello al envejecer--se decía

Nancy--; tengo miedo de que piense más. Las personas de edad sufren con

no tener hijos: ¿qué sería de mi padre sin Priscila? Y si muero yo,

Godfrey quedaría muy solo... él, que frecuenta tan poco a sus hermanos.

Pero no quiero atormentarme en exceso, ni tratar de prever los

acontecimientos: es preciso que haga lo mejor que pueda en el presente.

Al asaltarla este último pensamiento, Nancy se despertó de su meditación

y volvió la mirada hacia la página abandonada durante mucho más tiempo

del que imaginaba; porque muy luego la sorprendió la entrada de la

sirvienta que llevaba el té. En realidad, era algo más temprano que de

costumbre; pero Juana tenía sus razones.

--¿El señor ha entrado ya al patio, Juana?

--No, señora, todavía no--respondió Juana, acentuando ligeramente su

respuesta, sin que su señora reparara en ello--. No sé si lo habréis

notado, señora--prosiguió Juana después de un corto silencio--; pero la

gente pasa corriendo frente a la ventana de la calle y todos se dirigen

hacia el mismo lado. Me parece que ha sucedido algo. No hay ningún

sirviente en el patio y por eso no he mandado ver lo que pasa. Subí

hasta la buhardilla más alta pero no pude distinguir nada a causa de los

árboles. Espero que no le haya sucedido nada malo a nadie, sin embargo.

--No ha de ser hada grave, esperémoslo--dijo Nancy--. Quizás se haya

vuelto a escapar el toro del señor Snell como el otro día.

--Ojalá no le dé una cornada a nadie, entonces--dijo Juana no

despreciando del todo una hipótesis cargada de calamidades imaginarias.

--A esta muchacha le da siempre por asustarme; me agradaría que Godfrey

estuviera de vuelta.

Se encaminó a la ventana del frente, dirigió sus miradas lo más lejos

que pudo con una inquietud que consideró muy luego como una niñería. En

efecto, no se veía ya en el camino ninguna de las señales de agitación

de que había hablado Juana, y era probable que Godfrey, en vez de seguir

por la carretera, volviera más bien cortando los campos.

Permaneció, sin embargo, de pie mirando el apacible cementerio; las

sombras de las tumbas se alargaban sobre los túmulos de césped brillante

y, más lejos, los árboles del presbiterio estaban revestidos por los

vivos colores del otoño. Ante una belleza tan tranquila de la

naturaleza, la presencia de un temor vano que hacía sentir vivamente era

como un cuervo que agita lentamente las alas surcando el aire lleno de

sol. Nancy deseaba cada vez más el regreso de Godfrey.

Silas Marner(#24823) · 第 20 / 26 题