XVI

Era un hermoso día de otoño, diez y seis años después que Silas Marner

había descubierto su nuevo tesoro ante el hogar de su choza. Las

campanas de la vieja iglesia de Raveloe repicaban alegremente anunciando

que había terminado el oficio de la mañana. Por la puerta abovedada de

la torre iban saliendo lentamente, detenidos por los saludos y preguntas

amistosas, los más ricos feligreses que habían considerado aquella

hermosa mañana del domingo muy apropiada para ir a la iglesia. Era

costumbre habitual en esa época que los miembros más importantes de la

congregación fueran los primeros que salieran. Mientras tanto, sus

vecinos de condición más humilde esperaban y miraban llevándose la mano

a las cabezas inclinadas, o haciendo reverencias para saludar a todo

mayor contribuyente que se volvía para mirarlos.

En la primera fila de esos grupos de gentes bien vestidas que avanzaban

hay algunos personajes que reconoceremos a despecho del tiempo, cuya

mano ha pasado sobre todas ellas. Ese hombre de cuarenta años, alto y

rubio, no tiene rasgos muy distintos de los de Godfrey Cass a los

veintiséis años; sólo está algo más grueso y ha perdido la expresión

indefinible de la juventud, pérdida que se manifiesta aun cuando la

vista se mantenga brillante y no hayan aparecido todavía las arrugas.

Quizás esta linda mujer que no es más joven que él y que se apoya en su

brazo esté más cambiada que su marido; el encantador sonrojo que antes

coloreaba constantemente sus mejillas quizás no reaparezca más que

momentáneamente bajo la influencia del aire fresco de la mañana o de

alguna gran sorpresa.

Sin embargo, para aquellos que gustan tanto más de la fisonomía humana

cuanto mejor se lee en ella la experiencia de la vida, la belleza de

Nancy ofrece un interés mayor. A menudo el alma llega al completo

desarrollo de su bondad cuando la vejez la ha recubierto con una fea

envoltura; es por esto que la mirada no basta para adivinar la

excelencia de un justo. Pero los años no han sido tan crueles para con

Nancy. Su boca roja pero tranquila y la mirada límpida y franca de sus

ojos pardos, dicen ahora que su naturaleza ha sufrido y ha conservado

sus más nobles cualidades. También su traje, de una elegancia graciosa y

de una pureza delicada, es más expresivo ahora que las coqueterías de la

juventud no intervienen para nada.

El señor y la señora Godfrey Cass--todo otro título más elevado expiró

en los labios de la gente de Raveloe el día en que el viejo squire fue a

unirse con sus mayores, y en que su herencia fue repartida entre sus

hijos--se volvieron para ver llegar a un hombre alto y anciano y a una

mujer sencillamente vestida que estaban más atrás, habiendo observado

Nancy que debían esperar a «papá con Priscila». Ahora todos doblan por

un sendero más estrecho que atraviesa el cementerio y conduce a una

pequeña puerta situada frente a la Casa Roja. No los seguiremos porque

en este momento quizás haya otras personas en esa congregación que sale

de la iglesia que nos agradaría volver a ver, ciertas personas que no se

encontrarán probablemente entre las vestidas con elegancia, y que puede

que no sea tan fácil reconocer como al dueño y la dueña de la Casa Roja.

Sin embargo, no es posible equivocarse respecto a Silas Marner. Como

sucede con las personas que han sido miopes en su juventud, sus grandes

ojos negros parecían haber adquirido una vista más larga, tienen una

mirada menos vaga y más simpática.

Todo el resto de su persona atestigua, en cambio, una constitución muy

debilitada por el lapso de diez y seis años. Sus espaldas encorvadas y

sus cabellos blancos le dan casi el aire de un anciano, bien que no

tenga más que cincuenta y cinco años. Pero la flor más fresca de la

juventud está a su lado: una rubia jovencita, de diez y ocho años, de

rostro hoyuelado, que en vano ha tratado de alisar y recoger sus rizos

bajo el ala de su sombrero obscuro. Aquellos rizos ondulan con tanta

obstinación como un pequeño arroyo bajo la brisa de marzo y se escapan

de la peineta que se empeña en recogerlos detrás de la cabeza. Eppie no

deja de estar mortificada por esto, porque ninguna joven de Raveloe

tiene cabellos parecidos a los suyos y se imagina que los cabellos

tienen que ser lacios. No le gusta dar qué decir ni aun en las más

pequeñas cosas, y por eso ved con qué esmero ha envuelto su libro de

oraciones en su pañuelo floreado.

Ese joven de buena planta que viste un traje nuevo de fustán, que camina

detrás de ella, no está bien al cabo de esta cuestión de los cabellos

cuando Eppie se la propone. Piensa quizá que puede ser que los cabellos

lacios sean preferibles, pero no desea que los de Eppie sean de otro

modo. Ella adivina que alguien se adelanta detrás de ellos, alguien que

piensa en ella de un modo particular y que apela a todo su coraje para

ponerse a su lado así que penetren en la callejuela. De otro modo, ¿por

qué parecería algo intimidada y cuidaría de no volver la cabeza mientras

que le murmuraba a su padre Silas breves frases relativas a los que

estaban y a los que no estaban en la iglesia y a la belleza del fresco

rojo de la montaña que se asoma tras del muro del presbiterio?

--Me gustaría mucho, papá, que nosotros también tuviéramos un jardín con

margaritas dobles; como el de la señora Winthrop--dijo Eppie cuando

entraron en la callejuela--. Lo malo es que dicen que eso exigiría mucho

trabajo para cavar y traer tierra buena... y vos no lo podríais hacer,

¿verdad, papá? En todo caso no me gustaría que lo hicierais, porque

sería un trabajo demasiado penoso para vos.

--No creáis eso, hija mía. Si deseáis tener un jardincito, yo me ocuparé

estas largas tardes en cercar un pequeño retazo de tierra inculta, como

para que tengáis un cantero o dos de flores. Además, me será fácil

remover un poco de tierra por la mañana antes de ponerme al trabajo.

¿Por qué no me dijisteis antes que deseabais tener un jardincito?

--Yo podría puntiaros esa tierra, maese Marner--dijo el joven con traje

de fustán que se había puesto al lado de Eppie y se mezcló en la

conversación sin ceremonias--. Será para mí una distracción, cuando haya

terminado mi tarea o en cualquier otro momento perdido, cuando escasee

el trabajo. Os traeré tierra del jardín del señor Cass. Me lo permitirá

de buen grado.

--¡Oh Aarón, hijo mío! ¿habíais estado allí?--dijo Silas--. No os había

advertido, porque cuando Eppie me habla de algo me abstraigo por

completo en lo que dice. Pues bien, sí, si vos me vais a ayudar a cavar,

tanto más pronto le haremos un pequeño jardín.

--Entonces, si os parece bien, yo vendré esta tarde a las Canteras.

Resolveremos qué terreno conviene cercar y mañana me levantaré una hora

más temprano que de costumbre para dar comienzo al trabajo.

--Pero a condición, papá, que me prometáis no cavar--dijo Eppie--;

porque yo no os hubiera hablado de-esto--agregó con una expresión

reservada y traviesa--si la señora Winthrop no me hubiese dicho que

Aarón tendría la bondad de...

--Podíais saber eso sin que mi madre os lo dijera--interrumpió Aarón--;

maese Marner creo que también sabe que estoy dispuesto a prestarle mi

ayuda de buena gana. No me querrá desairar quitándome esta tarea de

entre las manos.

--Bueno, entonces, papá, vos no trabajaréis en el jardín hasta que sea

muy fácil--dijo Eppie--, y vos y yo nos pondremos a trazar los canteros

y hacer agujeros y a poner plantas en ellos. Las Canteras se volverán un

sitio mucho más alegre cuando tengamos algunas flores, porque a mí se me

ocurre que las flores pueden vernos y comprender lo que decimos. Y yo

desearía tener un poco de romero, de cardamomo y de tomillo; esas

plantas huelen bien; pero creo que alhucemas no hay más que en los

jardines de los burgueses.

--No es una razón para que no tengáis vos, porque puedo traeros gajos de

cualquier planta; estoy obligado a cortar muchas cuando podo y tengo que

tirarlas casi todas. Hay un gran cantero de alhucema en la Casa Roja: a

la señora le gusta mucho.

--Está bien--dijo Silas con gravedad--, siempre que no nos dediquéis

demasiado tiempo o que no pidáis en la Casa Roja nada que tenga algún

valor. El señor Cass ha sido tan bueno con nosotros haciéndonos

construir la nueva pieza de la choza y dándonos camas y otros objetos,

que no podría soportar la idea de molestarle por productos de su jardín

o cualquier otra cosa.

--No; no le molestaréis--dijo Aarón--. ¿No hay un jardín en la parroquia

donde se pierde una porción de cosas por falta de quien las utilice? Yo

me digo algunas veces que nadie carecería de víveres si se sacara mejor

partido de la tierra, y si una cosa fuera lo que fuera encontrara una

boca para comerla. El trabajar en el jardín hace pensar sin duda en

esto. Pero es preciso que me vuelva, porque, si no, mi madre estará

inquieta con mi ausencia.

--Traedla con vos esta tarde, Aarón--dijo Silas--, ha de tener algo que

indicarnos para que las cosas se hagan mejor.

Aarón se fue y ascendió hacia la aldea, mientras que Eppie y Silas

siguieron por el sendero solitario bajo la bóveda de las encinas.

--¡Oh papaíto!--comenzó Eppie cuando estuvieron solos, tomando y

oprimiendo los brazos de Silas a la vez que saltaba a su alrededor para

darle un beso--. ¡Oh mi papá viejo! ¡qué contenta estoy! Creo que no nos

faltará nada cuando tengamos un pequeño jardín; y yo sabía que Aarón nos

lo trabajaría--prosiguió con aire malicioso y de triunfo--; lo sabía muy

bien.

--Sois en realidad una gatita muy bribona--dijo Silas, cuya fisonomía

respiraba la felicidad tranquila de la vejez, coronada por el amor--;

pero vais a quedar en una gran deuda con Aarón.

--¡Oh, no, absolutamente!--dijo Eppie, riendo y loqueando--; eso le va a

gustar mucho.

--Vamos, vamos, dejadme llevar vuestro libro de oraciones, pues lo vais

a dejar caer, saltando de ese modo.

Eppie se dio cuenta de que su conducta era observada; sin embargo, el

observador no era más que un benévolo burro que pacía con una traba

atada a la pata, un asno apacible que no criticaba desdeñosamente las

debilidades humanas, y que, por el contrario, se felicitaba cuando se lo

admitía a compartirlas haciéndose rascar cuando podía. Eppie, a fin de

complacerlo, no dejó de darle esta muestra vulgar de atención, lo que

dio el desagradable resultado que se vieran acompañados por el asno que

los siguió penosamente hasta la puerta de su habitación.

Pero el ruido de un ladrido agudo en el interior de la choza en el

momento en que Eppie ponía la llave en la cerradura, cambió las

intenciones del animal, y, sin más invitaciones, se marchó cojeando. El

ladrido agudo era el signo de la acogida animada que les preparaba un

ratonero negro inteligente. El perro, después de bailar alrededor de las

piernas de su amo de un modo desordenado, se precipitó haciendo un

barullo desagradable hacia un pequeño gato atigrado que estaba escondido

bajo el telar; después volvió de un salto, dando otro ladrido agudo,

como diciendo: «He cumplido con mi deber con esta débil criatura».

Mientras tanto, la honorable mamá del gatito, sentada en la ventana, se

calentaba al sol su pecho blanco y volvía la cabeza con aire dormido,

esperando recibir caricias pero nada dispuesta a darse el menor trabajo

para obtenerlas.

La presencia de aquellos animales que vivían allí felices, no era el

único cambio que hubiera ocurrido en el interior de la choza. Ya no

había cama en la pieza común y el pequeño espacio estaba bien guarnecido

de muebles decentes, todos cuidados y limpiecitos como para agradar a

las miradas de Dolly Winthrop. La mesa de encina y la silla de tres pies

de la misma madera no eran de lo que podría esperarse de tan pobre

habitación. Habían ido de la Casa Roja con el lecho y otros objetos,

porque el señor Godfrey Cass, como todos lo decían en la aldea, se

mostraba muy bueno para el tejedor. Al fin y al cabo, ¿no era justo que

aquellos a quienes sus medios se lo permitían fueran en ayuda de aquel

hombre? ¿No había criado una huérfana y no había sido para ella un

verdadero padre? Además, habiendo sido despojado de su dinero, no poseía

más que lo que ganaba con su trabajo cada semana, y además era una época

en que el tejido estaba decayendo, porque se hilaba el lino cada vez

menos. En fin, maese Marner ya no era nada joven. Nadie le tenía celos

al tejedor porque era considerado como un hombre excepcional que tenía

más derecho que otro alguno a la ayuda de los vecinos de Raveloe. La

superstición que subsistía a su respecto había tomado un tinte más

diferente. El señor Macey, que era ahora un débil anciano de ochenta, y

seis años que nunca se le veía sino junto al fuego y tomando el sol en

el umbral de su puerta, emitía el parecer de que, cuando un hombre había

procedido como Silas con la huérfana, era una señal de que su dinero

reaparecería o de que por lo menos el ladrón tendría que dar cuenta de

él. No había que dudarlo, porque el señor Macey agregaba que, en lo que

le concernía personalmente, sus facultades nunca habían sido más

lúcidas.

Silas se sentó entonces y contempló a Eppie con una mirada satisfecha

mientras que ella ponía el mantel limpio y colocaba sobre la mesa el

pastel de patatas, recalentado lentamente en una terralla bien seca,

encima del fuego que se apagaba insensiblemente y según el método

prudente empleado el domingo. Era lo que podía reemplazar mejor el

horno, puesto que Silas no había consentido nunca que agregaran uno ni

tampoco una parrilla a sus exiguas comodidades. Quería a su viejo fogón

de ladrillos como había querido a su cántaro de barro negro. ¿No fue

delante de aquella hornalla que encontró a Eppie? Los dioses del hogar

existen todavía para nosotros. ¡Que toda nueva fe tolere este

fetiquismo, si no quiere de otro modo perjudicar sus raíces!

Silas comió más silenciosamente que de costumbre y pronto puso a su lado

su tenedor y su cuchillo para seguir con la vista medio distraída a

Eppie que jugaba con el ratonero _Snap_ y con la gata, lo que prolongaba

mucho el almuerzo de la joven. Pero aquel espectáculo era muy capaz de

contener las ideas vagabundas. Eppie, con las ondulaciones radiantes de

sus cabellos, con su mentón y su cuello contorneados, cuya blancura era

realzada por su traje de algodón azul obscuro, reía alegremente mientras

que el gatito, prendiéndose con las cuatro patas del hombro de la joven,

formaba, por decirlo así, el modelo del asa de un jarrón. Al mismo

tiempo, _Snap_, del lado derecho, y la gata del otro, tendían el hocico

o las patas hacia un trozo que Eppie mantenía fuera del alcance de los

dos. _Snap_ desistía a intervalos a fin de observar la glotonería de la

gata y la futilidad de su conducta, haciendo oír un gruñido ruidoso y

desagradable, hasta que la joven, dejándose enternecer, los acariciaba a

los dos y les repartía el pedazo.

Por fin, Eppie echó una mirada al reloj de pared e interrumpió el

entretenimiento, diciendo:

--Mi papaíto quiere ir a fumar su pipa al sol. Pero antes tengo que

levantar la mesa, para que todo esté bien limpio en la casa cuando

llegue madrina. Voy a apresurarme... En seguidita va a estar...

Silas se había puesto a fumar en una pipa todos los días durante los dos

años que acababan de transcurrir. Los ancianos de Raveloe le habían

aconsejado mucho que hiciera uso de aquella cosa excelente, cosa contra

los ataques. Esta opinión había sido aprobada por el doctor Kimble, a

causa de que no hay inconveniente en aconsejar una cosa que no puede

hacer daño, principio que le ahorraba a aquel señor mucho trabajo en el

ejercicio de la medicina. A Silas no le agradaba mucho fumar, y lo

sorprendía a menudo la pasión de sus vecinos a este respecto; pero un

humilde acatamiento a toda cosa considerada como buena, se había vuelto

un fuerte hábito en la nueva personalidad que se había desarrollado en

él, desde que había encontrado a Eppie junto al fuego de su hogar. Este

acatamiento fue la única guía que prestó su apoyo al espíritu

desorientado de Silas, mientras que se encariñaba con aquella tierna

criatura que le había sido mandada desde las tinieblas adonde se había

marchado su oro. Mientras que Marner indagaba lo que era útil a Eppie y

tornaba parte en el efecto que toda cosa producía en ella, había acabado

por apropiarse las formas de las costumbres y de las creencias, que

formaban el molde de la vida de Raveloe. Y como con el despertar de los

sentimientos la memoria también se despertaba, comenzó a meditar sobre

los elementos de la antigua fe y a mezclarlos a sus nuevas impresiones,

hasta recobrar la conciencia de una relación entre el pasado y el

presente.

La creencia de una bondad tutelar y la confianza de la humanidad que

nacen con toda paz y toda alegría pura, habían producido en él la idea

vaga de que algún error, alguna equivocación había arrojado una sombra

tenebrosa sobre los días de sus mejores años. Además, se le volvía cada

vez más fácil abrir su corazón a Dolly Winthrop; así fue que le comunicó

poco a poco a aquella nueva amiga todo lo que podía contar de su

juventud. Esta confidencia fue necesariamente una operación lenta y

difícil, porque la pobre elocuencia de Silas no era secundada por la

facilidad de comprensión de Dolly, a quien su limitada experiencia del

mundo exterior no le daba clave alguna de las costumbres extranjeras. A

causa de esto, toda idea nueva era un motivo de sorpresa que los hacía

detenerse en cada punto de la narración. Sólo fue a fragmentos y con

intervalos que le permitieran a Dolly meditar sobre las cosas que había

oído, hasta que se le hubieran vuelto bastante familiares, que Silas

llegó al fin al punto culminante de su triste historia: la «tirada a la

suerte» y el juicio falso que había sido su consecuencia. Tuvo que

repetir aquello en varias entrevistas, a propósito de nuevas preguntas

hechas por Dolly, sobre la naturaleza de aquel método de descubrir al

culpable y de justificar al inocente.

--¿Y vuestra Biblia es la misma que la nuestra, estáis bien seguro,

maese Marner? ¿La Biblia que trajisteis de aquella comarca es igual a la

que tenemos en la iglesia y a la que le sirve a Eppie para aprender a

leer?

--Sí--dijo Silas--; es de todo punto igual; y en la Biblia se «tira la

suerte», no lo olvidéis--agregó en tono más bajo.

--¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!--dijo Dolly con voz apesarada, como si

recibiera malas noticias sobre el estado de un enfermo.

Después permaneció un rato silenciosa, y por último prosiguió:

--Hay gentes instruidas que quizás saben el fondo de todo esto. El

pastor lo sabes estoy cierta; pero se necesitan grandes palabras para

decir estas cosas, palabras que las gentes humildes no son capaces de

comprender. Yo no puedo saber nunca exactamente el sentido de lo que

oigo en la iglesia, a no ser el de algunas frases salteadas; pero, sin

embargo, yo sé que son buenas palabras, estoy cierta. Lo que os pesa en

él corazón, maese Marner, es esto; si Aquel que está en lo alto hubiera

hecho su deber para con vos, no os habría dejado nunca arrojar como un

ladrón perverso, siendo, como erais, inocente.

--¡Oh!--dijo Silas, que ahora había llegado a comprender la fraseología

de Dolly--, eso fue lo que cayó sobre mí como un hierro rojo, porque ya

lo veis, nadie me quería, nadie me tenía lástima ni en el cielo, ni en

la tierra. Y aquel con quien había vivido diez años y más, desde que

éramos niños y que lo compartíamos todo... mi amigo íntimo en quien yo

tenía confianza, «alzó el pie contra mí y trabajó en mi ruina».

--¡Oh! pero era un malvado. No creo que haya otro que se le

parezca--dijo Dolly--. Sin embargo, estoy muy perpleja, maese Marner; me

parece que me acabo de despertar y que no sé si es de día o es de noche.

Tengo, por decirlo así, la certidumbre de que se encontraría justicia en

lo que os ha sucedido, si se pudiera descubrirla; así como a veces estoy

segura de haber puesto una cosa en un sitio, aunque, no consiga dar con

él. No teníais por qué desesperaros como lo hicisteis. Pero de esto

hablaremos otra vez, porque hay cosas que se me ocurren cuando aplico

cataplasmas o pongo sanguijuelas o alguna otra tarea parecida, cosas en

que sería incapaz de pensar si estuviera tranquilamente sentada.

Dolly era una mujer demasiado sutil para no tener ocasiones de recibir

luces de la naturaleza de aquellas de que había hablado, de modo que no

permaneció mucho tiempo sin volver a tratar el asunto.

--Maese Marner--dijo Dolly un día que había ido a llevar a la choza

unas ropas de Eppie--, he estado preocupadísima con vuestras

cavilaciones y con la «echada a la suerte»; y la cosa se enredó en mi

espíritu en todos sentidos, de modo que acabé por no saber cómo

considerarlo. Pero una noche la volví a ver completamente clara, por

decir así, la noche en que velaba a la pobre Bessey Fawkes, que murió

dejando a sus hijos en esta tierra--que Dios los ayude--; el asunto que

digo, se me apareció tan claro como la luz del día. Sin embargo, el que

lo comprenda bien ahora o el que esté en estado de poderla traer de

algún modo a la punta de mi lengua, eso es otra cuestión, porque a

menudo tengo muchas cosas en la cabeza que no quieren salir. Y por lo

que hace a las gentes de vuestro país que, según vuestro propio

testimonio, no dicen nunca oraciones de memoria, ni con su libro, es

preciso que sean prodigiosamente hábiles. Yo, si no supiera el

Padrenuestro y algunas migajas de buenas palabras que puedo recoger en

la iglesia, por más que me pusiera de rodillas todas las noches no

sabría qué decir.

--Sin embargo, señora Winthrop, siempre podéis decir alguna cosa que yo

soy capaz de comprender--observó Silas.

--Pues entonces, maese Marner, el asunto se me presentó de este modo:

soy incapaz de comprender una palabra de la «echada a la suerte» y de la

respuesta falsa que dio por resultado. Quizá habría que recurrir al

pastor para explicar esto, y no podría hacerlo sino con grandes

palabras. Pero lo que me vino al espíritu tan claro como el día,

mientras velaba a Bessy Fawkes--siempre se me ocurren estas cosas cuando

comparto las penas de mi prójimo, y que comprendo que no puedo hacer

mayor cosa por él, ni aunque me levantara en medio de la noche--, lo que

me vino al espíritu es que Aquel que está allá arriba tiene un corazón

más blando que el mío; porque yo no podría de ningún modo ser mejor que

Aquel que me ha creado, y si hay cosas que me es difícil entender, es

porque hay otras cosas que ignoro. A este respecto, hay sin duda muchas

que me son desconocidas. Lo que sí es muy poco seguramente. Así es que

mientras pensaba en esto, os presentasteis a mi espíritu, maese Marner,

y entonces todo lo que voy a decir entró, de golpe: si yo he sentido en

mí misma lo que hubiera sido justo y razonable para con vos, y si oraron

y echaron a la suerte, todos, excepto aquel malo, si esos, digo,

estuvieron dispuestos a hacer por vos lo que era justo en el caso en que

lo hubieran podido, ¿no debemos contar con Aquel que nos ha creado,

visto que sabe más que nosotros y tiene mejores intenciones? De esto es

de lo que estoy segura; el resto es para mí una cuestión complicada

cuando pienso en ello; porque vino la fiebre y se llevó mis hijos

grandes y me dejó los más débiles; hay los miembros rotos; hay aquellos

que, queriendo obrar bien y no beber con exceso, tienen que sufrir a

causa de los que son diferentes. ¡Oh! ¡hay penas en este mundo, y hay

cosas que jamás las podemos entender! Todo lo que podemos hacer es tener

confianza, maese Marner, y cumplir con nuestro deber, tanto como nos sea

posible. Ahora bien: si nosotros que ignoramos tantas cosas estamos en

condiciones de darnos cuenta de que existen algún bien y alguna

justicia, estemos seguros de que hay más bien y más justicia de las que

somos capaces de concebir: y siento en mí misma que no puede ser de otro

modo. Y si hubierais podido seguir teniendo confianza no hubierais huido

de vuestros semejantes, maese Marner, y no hubierais sido abandonado

hasta este punto.

--¡Ah, pero, sin embargo, eso hubiera sido difícil!--dijo Silas con voz

baja--; hubiera sido difícil tener confianza entonces.

--No cabe duda--dijo Dolly casi con contrición--que es más fácil decir

estas cosas que hacerlas, y casi me da vergüenza hablar de ellas.

--No, no, señora Winthrop--dijo Silas--, tenéis razón. Existe algún bien

en este mundo, ahora lo comprendo; y esto nos convence de que hay más

del que podemos pretender, a pesar de los disgustos y la maldad. Esa

costumbre de echar a la suerte es obscuro, pero la niña no ha sido

enciada; hay designios, sí, hay designios a nuestro respecto.

Este diálogo tuvo lugar en tiempo de los primeros años de Eppie cuando

Silas tenía que separarse de ella dos horas por día para que fuera a

aprender a leer con la maestra de escuela. Había tratado en vano de

guiar él mismo los primeros pasos de su hija adoptiva para la

instrucción. Ahora que era grande, Silas había tenido ocasión a menudo,

en esos momentos de apacible confidencia que se presentan a las personas

que viven juntas en un afecto perfecto, de hablar también del pasado con

ella; de decirle cómo y por qué había vivido solo hasta que ella fuera

enviada. Aun cuando se contara con la reserva más delicada respecto de

este punto de parte de las comadres de Raveloe en presencia de Eppie,

las preguntas que ésta hiciera al crecer, relativamente a su madre, no

hubieran podido ser evitadas sin enterrar por completo el pasado y

establecer entre sus corazones una separación dolorosa.

Así es que Eppie sabía desde hacía tiempo cómo su madre había muerto

sobre la tierra cubierta de nieve, y cómo ella misma había sido

encontrada junto al hogar por su padre Silas, que había creído que los

rizos de oro eran sus guineas que le habían devuelto. El efecto tierno y

particular con que Eppie habíase criado bajo sus ojos, en una intimidad

casi inseparable, ayudado por la soledad de su habitación, la había

preservado de la influencia perniciosa de las conversaciones y de los

hábitos de las gentes de la aldea. Este afecto le había conservado en el

alma esa frescura que se considera a veces, pero erróneamente, como una

cualidad esencial de la rusticidad.

El amor perfecto encierra un perfume de poesía que puede ennoblecer las

relaciones de los seres humanos menos cultivados, y Eppie estaba rodeada

por ese perfume desde el día en que había seguido el brillante rayo de

luz que la guió hasta el hogar de Silas. No hay por qué sorprenderse si,

bajo otros aspectos, sin hablar de su belleza delicada, no era por

completo una aldeana común y poseía asomos de elegancia y un calor de

alma que no eran sino los frutos naturales de sus sentimientos de pureza

cultivados por el cariño. Era demasiado niña y demasiado ingenua para

que su imaginación se extraviara en preguntas respecto de su padre

desconocido. Durante mucho tiempo ni aun se la había ocurrido que debía

tener un padre. La idea de que su madre debía de haber tenido un marido

sólo se le presentó al espíritu el día en que Silas le mostró el anillo

que había sido quitado del dedo de la muerta y cuidadosamente guardado

por él en una caja de laca barnizada que tenía la forma de un zapato.

Había confiado aquella caja al cuidado de Eppie cuando ésta fue grande y

ella la abría con frecuencia para mirar el anillo; pero, a pesar de

esto, casi no pensaba en el padre de que aquella sortija era símbolo.

¿No tenía acaso uno a su lado que quería más de lo que todos los padres

verdaderos de la aldea parecían querer a sus hijas? Por el contrario, la

cuestión de saber quién era su madre y cómo ésta había llegado a morir

en semejante abandono, preocupaba a menudo su espíritu.

Por lo que sabía de la señora de Winthrop, su mejor amiga después de

Silas, comprendía que una madre debía ser muy preciosa; y muchas y

muchas veces le había pedido a Marner que le dijese cómo era la

fisonomía de su madre, a quién se parecía aquella pobre mujer, y cómo la

había encontrado contra la mata de retama, guiado hasta aquel sitio por

las huellas de los pequeños pasos y de los bracitos echados hacia

adelante. La mata de retama todavía estaba allí, y aquella tarde, cuando

salió con Silas al sol, eso fue el primer objeto que atrajo y concentró

las miradas y los pensamientos de Eppie.

--Papá--dijo la joven con un tono de dulce gravedad que, como una

cadencia triste y lenta, interrumpía a veces su alegría--, vamos a

cercar la mata de retama; así se encontrará en el ángulo del jardín, y

alrededor voy a plantar margaritas y crocus, porque Aarón dice que esas

plantas no mueren y se desarrollan cada vez más.

--¡Ay, hija mía!--dijo Silas, siempre dispuesto a hablar cuando tenía su

pipa en la mano, causándole evidentemente más placer el dejar de fumar

que el arrojar bocanadas--, no estaría bien que dejáramos sin cercar la

mata de retama. A mi entender, no hay cosa más bonita cuando está

cubierta de flores amarillas. Lo que hay es que me pregunto cómo haremos

para tener una cerca. Quizá Aarón pueda darnos un consejo. Necesitamos

poner una, porque, si no, los asnos y las otras bestias lo estropearán

todo. Y no es fácil hacer una cerca, según tengo entendido.

--¡Ah, se me ocurre una idea, papaíto!--dijo Eppie de pronto, juntando

las manos, después de reflexionar un minuto--. Aquí hay una gran

cantidad de piedras desparramadas. Algunas no son grandes: podríamos

colocarlas unas encima de otras y hacer una pared. Vos y yo colocaríamos

las pequeñas y Aarón cargaría las otras, estoy segura.

--Pero, tesoro mío--dijo Silas--, no hay bastantes piedras para rodear

todo el jardín, y en cuanto a que las carguéis vos no hay ni qué

pensarlo. Con vuestras manitas seríais incapaz de cargar una mayor que

una patata. Sois de una constitución delicada, querida mía--agregó con

voz suave--; eso es lo que dice la señora de Winthrop.

--¡Oh! yo soy más fuerte de lo que os imagináis, papá--repuso Eppie--, y

si no hay bastantes piedras para cercar todo el jardín, servirán para

proteger una parte. Después será más fácil conseguir palos u otras cosas

para el resto. ¡Fijaos cuántas piedras hay alrededor de la cantera

grande!

Corrió hacia aquella parte para levantar una de aquellas piedras y

demostrar su fuerza; pero de pronto retrocedió muy sorprendida.

--¡Ah! papá--exclamó--, venid a ver cómo ha bajado el agua desde ayer.

¡La cantera estaba ayer tan llena!

--Es cierto--dijo Silas, poniéndose junto a ella--. ¡Ah! es el drenaje

que han comenzado a hacer después de la cosecha en las praderas del

señor Osgood. Me parece que sea eso. El que dirige los trabajos nos dijo

días pasados cuando yo pasaba cerca de los obreros: «Maese Marner, no me

extrañaría que fuésemos a dejar nuestro pequeño campo más seco que un

hueso. Es el señor Godfrey Cass quien se ha puesto a drenar; ha

readquirido esos prados del señor Osgood.

--¡Qué raro nos va a parecer el ver seca la vieja cantera!--dijo Eppie,

mientras que se volvía y agachaba para levantar una piedra bastante

grande.

--Ved, papaíto, que puedo cargar muy bien ésta--agregó dando algunos

pasos con mucha firmeza, pero dejando en seguida caer la piedra.

--¡Ah! qué forzuda sois, ¿eh?--repuso Silas, mientras que Eppie, a quien

los brazos le dolían, los sacudía riendo--. Vamos, vamos, no volváis a

alzar piedras y venid a sentaros conmigo junto al barranco. Podríais

lastimaros, hija mía. Necesitaríais de alguien que trabajara por vos, y

mi brazo no es ya bastante vigoroso.

Silas pronunció esta última frase lentamente, como si ella implicara

otra cosa que lo que iba a herir el oído. Cuando estuvieron sentados,

Eppie se arrimó contra su padre y tomándole con ternura el brazo que ya

no era muy vigoroso lo mantuvo sobre sus rodillas mientras que Silas

fumaba su pipa concienzudamente, lo que le ocupaba el otro brazo. Tras

de Marner y su hija, un fresno de la cerca formaba una pantalla

recortada que los protegía contra los rayos del sol y proyectaba sombras

felices y alegres alrededor de ellos.

--Papá--dijo Eppie muy dulcemente, después que hubieron quedado

silenciosos un instante--, si yo llegara a casarme, ¿me pondrían la

sortija de mi madre?

Silas se estremeció de un modo casi imperceptible, bien que la pregunta

estuviera conforme con la corriente secreta de sus pensamientos en aquel

momento.

Entonces dijo bajando la voz:

--¿Cuándo se os ocurrió, Eppie, esa idea?

--Solamente la semana pasada, papá--dijo Eppie ingenuamente--, cuando

Aarón me habló de eso.

--¿Y qué fue lo que os dijo?--agregó Silas bajando siempre la voz, como

si temiera decir la menor palabra que no fuera para el bien de Eppie.

--Me dijo que desearía casarse, porque va a cumplir veinticinco años y

tiene mucho trabajo en los jardines desde que el señor Mott se ha

retirado. Va regularmente dos veces por semana a casa del señor Gass,

una vez a casa del señor Osgood y van a tomarlo también en el

presbiterio.

--¿Y con quién se quiere casar?--dijo Silas sonriendo con bastante

tristeza.

--Pero, conmigo, naturalmente, papaíto--respondió Eppie con una sonrisa,

que acentuaba sus hoyuelos; y besándole las mejillas a Silas, agregó--:

¡como si se le pudiera ocurrir casarse con otra!

--¿Y vuestra intención, Eppie, es ser suya?--continuó Silas.

--Sí, más adelante--respondió Eppie--. No sé cuándo. Aarón dice que

todos se casan un día u otro; pero yo le hice notar que eso no era

cierto, porque le dije: «Fijaos en papá, que no se ha casado nunca».

--No, hija mía--dijo Silas--; vuestro padre vivió solo hasta que le

fuisteis enviada.

--Pero ahora nunca os quedaréis solo, papá--repuso Eppie con ternura--.

Aarón me dijo: «Jamás se me ocurrirá, Eppie, la idea de separaros de

maese Marner». Y yo le respondí: «Sería inútil que pensarais en eso,

Aarón». Quiere que vivamos juntos, a fin de que no tengáis que seguir

trabajando, papá, a menos que sea por vuestro gusto. Será para vos un

hijo, son sus propias palabras.

--¿Y eso os agradaría, Eppie?--repuso Silas mirándola.

--A mí me daría lo mismo, papá--respondió Eppie con naturalidad--. Me

gustaría que las cosas se arreglaran de manera que vos no tuvierais que

trabajar. Sin embargo, si no fuese por eso, me gustaría más que no

hubiera ningún cambio. Me encuentro muy feliz así; me agrada que Aarón

me quiera y venga a vernos con frecuencia y que se conduzca bien con

vos; a la verdad que siempre se conduce bien con vos, ¿no es verdad,

papá?

--Sí, hija mía; nadie podría portarse mejor--dijo Silas--. Es el digno

hijo de Dolly.

--En cuanto a mí, no deseo ningún cambio--prosiguió Eppie--. Me gustaría

seguir mucho tiempo, pero mucho tiempo, igual como estamos. Pero Aarón

no piensa como yo, y me hizo llorar un poco. ¡Oh, un poquito no más!

porque me dijo que yo no lo quería, porque de otro modo desearía la

unión como la desea él.

--Pero, querida hija mía--dijo Silas dejando su pipa a un lado, como si

fuera inútil el seguir fingiendo que fumaba--, sois demasiado joven para

casaros. Le preguntaremos a la señora de Winthrop, le preguntaremos a la

madre de Aarón qué es lo qué piensa ella. Si hay un buen camino que

seguir, ella lo encontrará. Sin embargo, hay que pensar en esto, Eppie;

las cosas cambian necesariamente, que lo queramos o no; no persistirán

mucho tiempo en el estado en que las vemos hoy sin sufrir modificación.

Me volveré más viejo y más débil y probablemente seré una carga para

vos, si no os dejo por completo. No quiero decir que vos pudierais

llegar a considerarme como una carga algún día; yo sé bien que no, pero

sería un grave peso para vos. Cuando pienso en eso me agrada suponer que

contaréis con otra persona que yo, algo joven y fuerte que me sobreviva

y cuidaría de vos hasta el fin.

Silas hizo una pausa y colocando las manos sobre las rodillas las alzó

y bajó alternativamente, fijando la mirada en el suelo.

--Entonces, ¿os agradaría verme casada, papá?--dijo Eppie con la voz

algo trémula.

--Yo no soy un hombre capaz de decir que no, hija mía--respondió Silas

con acento enérgico--. Pero se lo preguntaremos a vuestra madrina. Ella

deseará vuestro bien y el de su hijo.

--Ahí vienen, precisamente--dijo--. Vamos a recibirlos. ¡Oh, la pipa!

¿no querréis volver a encontrarla, papá?--agregó la joven recogiendo del

suelo aquel aparato medicinal.

--No, querida mía--respondió Silas--. Basta por hoy. Me parece que fumar

poco a la vez me sienta mejor que fumar mucho.

Silas Marner(#24823) · 第 19 / 26 题