XIII

La cena, que comenzara temprano en la Casa Roja, había terminado, y la

fiesta había llegado en ese momento en que la misma timidez se convierte

en alegría natural, el momento en que los señores que tienen conciencia

de sus extraordinarios talentos acaban por dejarse persuadir de que

deben bailar un «hornpipe».

Era también la hora en que el squire prefería hablar en voz alta,

repartir rapé y palmear las espaldas de los invitados a seguir sentado

frente a la mesa de «whist». Esta preferencia exasperaba al tío Kimble

que, estando siempre alegre en las horas de los negocios serios, se

ponía grave y hasta violento cuando se trataba de jugar y beber

aguardiente. Barajaba entonces los naipes antes de la jugada de su

adversario con una mirada irritada y recelosa, y volvía un triunfo

pequeño con un aire de aversión inexpresable como si en el mundo en que

tales cosas se producen no valiera más echarlo todo al diablo... Cuando

la fiesta había llegado a ese grado de libertad y animación, era

costumbre que los servidores, después de haber terminado el servicio

pesado de la cena, tuvieran su parte de diversión y vinieran a mirar el

baile, de modo que las piezas del fondo de la casa quedaban solitarias.

Dos puertas ponían en comunicación el vestíbulo del salón blanco. Se las

había dejado abiertas las dos para tener aire; pero la del fondo estaba

obstruida por los servidores y los vecinos del pueblo; sólo la primera

había quedado libre. Bob Cass ejecutaba las figuras de un «hornpipe».

Muy orgulloso con la agilidad de su hijo, el squire declaró repetidas

veces que Bob era exactamente lo que había sido él en su juventud, con

un tono de voz que implicaba que aquella habilidad era el rasgo supremo

de mérito en la mocedad. Se encontraba en el centro de un grupo que se

había situado frente al ejecutante, bastante cerca de la primera puerta.

Godfrey estaba inmediato, no para admirar el talento de su hermano, pero

sí para no perder de vista a Nancy, que estaba sentada en el grupo cerca

del señor Lammeter. Se mantenía apartado porque quería evitar las

bromas paternales del squire sobre la belleza de la señorita Nancy y

sobre el matrimonio en general, bromas que probablemente iban a volverse

cada vez más explícitas. Además tenía la perspectiva de bailar otra vez

con ella cuando terminara el «hornpipe». Mientras tanto le era muy

agradable a Godfrey el poderle dirigir a Nancy largas miradas sin ser

observado por nadie.

Entretanto, al alzar los ojos, después de una larga mirada, su vista

encontró un objeto que en aquel momento le hizo estremecer tanto como si

fuera una aparición de ultratumba. Era realmente una aparición de esa

vida oculta y situada como un pasaje obscuro tras de una fachada

adornada con elegancia que recibe la luz del sol y las miradas de los

honorables visitantes. Era su propia hija en los brazos de Silas Marner.

Tal fue su impresión inmediata e indudable, bien que no hubiera visto a

su hija desde hacía varios meses. Pero en el momento en que comenzaba a

concebir una vaga esperanza de que quizás se había equivocado, el señor

Crackenthorp y el señor Lammeter, sorprendidos por aquella extraña

visita, ya se habían adelantado hacia Silas. Godfrey se les reunió en

seguida, incapaz de permanecer quieto y sin recoger la menor palabra.

Trataba de dominarse; sin embargo, tenía conciencia de que, si era

observado, no dejarían de notar su agitación y la palidez de sus labios.

Pero en aquel momento todos los que estaban en la entrada de la sala

tenían los ojos fijos en Silas. El propio squire se había puesto de pie

y le preguntaba con acento irritado:

--¿Qué pasa? ¿Qué significa esto? ¿Por qué entráis aquí de esa manera?

--He venido a buscar al doctor; necesito ver al doctor--le dijo

Silas--; ante todo, al señor Crackenthorp.

--¿Qué sucede, Marner?--dijo el pastor--. El doctor está aquí; pero

antes decid tranquilamente para qué lo necesitáis.

--Es para una mujer--contestó Silas con voz baja y casi sin resuello,

precisamente en el momento en que Godfrey se le acercaba--. Está muerta,

me parece... muerta entre la nieve... en las canteras... cerca de mi

puerta.

Godfrey sintió que el corazón le latía con violencia. Había en aquel

momento un terror en su alma: era que la mujer no estuviera realmente

muerta; terror culpable, huésped demasiado odioso para que encontrara

refugio en el alma buena de Godfrey. Pero la naturaleza de ningún hombre

puede protegerlo contra los malos deseos, cuando su dicha depende de la

duplicidad.

--Bueno, bueno--dijo el señor Crackenthorp--, salid al vestíbulo. Yo voy

a ir a buscar al doctor. Ha encontrado, una mujer en la nieve y cree que

está muerta--agregó en voz baja al squire--. Vale más hablar de esto lo

menos posible; molestaría a las damas. Decidles solamente que una pobre

mujer sufre del frío y hambre. Voy a buscar a Kimble.

Entretanto, las damas se habían adelantado ya curiosas por saber qué

habría podido llevar allí al solitario tejedor en circunstancias tan

extrañas e interesándose por la preciosa criatura. Esta, medio atraída y

medio alarmada por la brillante iluminación y la numerosa sociedad,

fruncía el ceño y se cubría la cara a su alrededor, hasta que el

fruncimiento de cejas, contraídas por un contacto o una palabra de

cariño, le hiciera ocultar su rostro con nueva resolución.

--¿Qué criatura es ésa?--dijeron varias damas a la vez, entre otras

Nancy Lammeter, que se dirigía a Godfrey.

--No lo sé; creo que es la hija de una pobre mujer que han encontrado

entre la nieve--fue la respuesta que Godfrey se arrancó del corazón con

terrible esfuerzo.

--Al fin y al cabo, ¿estoy cierto?--se apresuró a decirse a sí mismo,

para tranquilizar su conciencia.

--Entonces haríais bien en bajar la criatura aquí--dijo la excelente

señora Kimble, vacilando, sin embargo, en poner en contracto las ropas

manchadas de la niña con su bata de raso--. Voy a decirle, a una de las

sirvientas que venga a tomarla.

--No, no, no puedo separarme de ella; no puedo darla--dijo Silas

bruscamente--. Vino espontáneamente hacia mí; tengo el derecho de

guardarla.

Esta proposición de sacarle la criatura había sido dirigida a Silas sin

que él la esperara absolutamente, y aquellas palabras, pronunciadas bajo

la influencia de la impulsión fuerte y brusca, fueron casi como una

revelación que se hizo a sí mismo. Un minuto antes no tenía ninguna

intención precisa respecto a la criatura.

--¿Habéis oído nunca cosa semejante?--le dijo la señora Kimble, algo

sorprendida, a su vecina.

--Ahora, señoras, os ruego que me dejéis pasar--dijo el doctor Kimble,

saliendo de la sala de juego, bastante fastidiado por la interrupción;

pero estaba avezado por el largo ejercicio de su profesión a obedecer a

los llamados desagradables, aun cuando había bebido con exceso.

--Qué fastidio, Kimble, el tener que salir en éste momento, ¿eh?--dijo

el squire--. Bien podía haber ido a buscar a vuestro ayudante, el

aprendiz... ¿Cómo se llama?

--¿Hubiera podido? ¡pero para qué decir que hubiera podido!--gruñó el

tío Kimble, apresurándose a salir junto con Marner, seguido por el señor

Crackenthorp y por Godfrey.

--¿Queréis buscarme un par de zapatos gruesos, Godfrey? Pero, esperad...

que vaya alguien corriendo a Casa de Winthrop a buscar a Dolly; es la

mejor mujer que puede darse. Ben estaba aquí antes de la cena, ¿se ha

marchado ya?

--Sí, señor--me he cruzado con él--dijo Marner--; pero no tuve tiempo de

detenerme a decirle otra cosa sino que iba en busca del doctor, y él me

respondió que éste estaba en casa del squire. Me eché entonces a correr,

y como al llegar no encontré a nadie en los fondos de la casa, me dirigí

donde la sociedad estaba reunida.

La niña, cuya atención no era ya distraída por el brillo de las luces y

las caras sonrientes de las damas, se puso a llorar y a llamar «ma-ma»,

bien que se prendiera siempre de Marner, que parecía haberse captado por

completo su confianza. Godfrey había vuelto con el calzado. Al oír los

gritos de la niña su corazón se oprimió, como si alguna fibra íntima se

hubiera tendido con fuerza.

--Voy a ir--dijo precipitadamente, impaciente por moverse un poco--, voy

a ir a buscar esa mujer, a la señora Winthrop.

--¡Oh! ¡bah! mandad a otra persona--dijo el tío Kimble, que se apresuró

a salir con Marner.

--Hacedme saber si puedo ser útil para algo, Kimble--dijo el señor

Crackenthorp.

Pero el doctor ya estaba demasiado lejos para que pudiera oírlo.

También Godfrey había desaparecido. Había ido rápidamente a buscar su

sombrero y su sobretodo, conservando sólo la presencia de espíritu

necesaria para darse cuenta de que no debía pasar por un insensato; pero

se lanzó a caminar en la nieve sin preocuparse de su calzado de baile.

Minutos después se dirigía rápidamente a las canteras en compañía de

Dolly. A la vez que pensara que era muy natural que ella misma desafiara

el frío y la nieve a fin de ir a hacer una obra de misericordia, aquella

mujer estaba, sin embargo, muy afligida al ver a un joven que se mojaba

los pies por obedecer una impulsión semejante.

--Haríais mucho mejor en volveros, señor--dijo Dolly con compasión

respetuosa--. No tenéis para qué tomar frío. Pero os diría que de paso

le dijerais a mi marido que venga; está en el _Arco Iris_, creo; si es

que os parece que no ha bebido demasiado para poder ser útil. En ese

caso, la señora Snell podría mandarnos a su pequeño sirviente para hacer

los mandados, pues probablemente habrá que ir a buscar algo a casa del

médico.

--No; ahora que he salido no me volveré; voy a quedarme aquí

afuera--dijo Godfrey, cuando llegaron frente a la posada de Marner--.

Podéis venir a decirme si puedo servir para algo.

--En verdad, señor, que sois muy bueno; tenéis un corazón tierno--dijo

Dolly, dirigiéndose hacia la puerta.

Godfrey estaba demasiado penosamente preocupado para sentir algún

remordimiento por aquel elogio inmerecido. Iba y venía sin darse cuenta

de que se hundía hasta los tobillos en la nieve. No tenía conciencia de

nada, a no ser de la agitación febril causada por su incertidumbre

respecto a lo que pasaba en la choza y de la influencia que cada uno de

los desenlaces tendría sobre su destino futuro. No; no estaba por

completo sin conciencia de otra cosa más. En lo profundo de su corazón y

medio sofocado por el deseo apasionado y el temor, estaba el sentimiento

de que no debía esperar aquellos desenlaces, que tendría que aceptar las

consecuencias de sus actos, reconocer a su mísera esposa y devolver sus

derechos a su hija abandonada. Sin embargo, no tenía bastante valor

moral para encarar la posibilidad de renunciar voluntariamente a Nancy.

Tenía sólo bastante conciencia y corazón para estar constantemente

atormentado por la debilidad que le impedía ese renunciamiento. Y en

aquel instante su espíritu se libertaba de toda traba y se exaltaba con

la perspectiva imprevista de verse libre de su larga esclavitud.

--¿Habrá muerto?--decía la voz que predominaba en su corazón sobre las

demás--. Si ha muerto me podré casar con Nancy; entonces, seré una buena

persona en el porvenir y no tendré más secretos. En cuanto a la

criatura, se cuidará de ella de un modo o de otro.

Pero en medio de esta visión se presentaba la otra alternativa:

--Vive, quizá; en este caso, ¡pobre de mí!

Godfrey no supo jamás cuánto tiempo transcurrió hasta que se abrió la

puerta de la choza y salió el doctor Kimble. Se adelantó hacia su tío.

Acababa de prepararse para dominar la emoción que no dejaría de sentir,

cualesquiera que fuesen las noticias que iba a saber...

--Os estaba esperando, puesto que vine hasta aquí--dijo anticipándose al

doctor.

--¡Bah! es un absurdo que hayáis salido; ¿por qué no mandasteis uno de

los sirvientes? No hay nada que hacer... está muerta... muerta desde

hace varias horas, creo.

--¿Qué clase de mujer es?--dijo Godfrey, sintiendo que la sangre le

subía a la cara.

--Una mujer joven, pero demacrada, con largos cabellos negros. Alguna

vagabunda... toda cubierta de harapos; tiene, sin embargo, en un dedo

una alianza. Mañana van a llevarla al asilo de los pobres. Bueno, vamos.

--Deseo verla--dijo Godfrey--. Creo que ayer vi una mujer como ésa. Os

alcanzaré dentro de un minuto o dos.

El señor Kimble siguió su camino y Godfrey se volvió a la choza. Sólo

echó una mirada sobre el rostro inanimado que descansaba sobre la

almohada, rostro que Dolly había arreglado de un modo conveniente. Pero

se le grabó de tal modo aquella última mirada lanzada sobre la esposa

detestada que, diez y seis años después, cada uno de los rasgos de la

fisonomía marchita estaba aún presente en su espíritu, cuando contó en

todos sus detalles la historia de aquella noche.

Se volvió inmediatamente hacia la estufa, donde Silas Marner estaba

meciendo a la niña. Ahora estaba muy tranquila, pero no dormía. Estaba

sólo apaciguada por la sopa azucarada y por el calor. Sus ojos habían

tomado esa expresión serena que nos da a los humanos de más edad, presa

de agitaciones interiores, un cierto respeto mezclado de terror cuando

estamos en presencia de una criatura. Tal es el sentimiento que

experimentamos al contemplar alguna belleza tranquila y majestuosa del

cielo y de la tierra, un planeta que brilla apaciblemente, un rosal en

plena floración o bien la bóveda formada por los árboles encima de un

sendero silencioso. Los ojos azules, muy abiertos, miraban los de

Godfrey sin ninguna timidez ni signo de reconocerle. La criatura no

podía hacer ningún llamado visible ni inteligible a su padre, y éste se

encontró bajo la impresión de una extraña mezcla de sentimientos; de un

conflicto de pesares y de alegrías viendo en aquel pequeño corazón que

no respondía con ningún latido a la ternura medio celosa del suyo,

mientras que los ojos azules se alejaban de los de él y se fijaban en la

extraña cara del tejedor. Habiéndose inclinado mucho Marner para

mirarlos, la pequeña mano se puso a tirarle la mejilla flácida y a

deformarla con delicia.

--¿Vais a llevar mañana la niña al asilo de los pobres?--preguntó

Godfrey, hablando con toda la indiferencia que le era posible.

--¿Quién ha dicho eso?--respondió Marner bruscamente--. ¿Me obligarán a

llevarla?

--¡Cómo! ¿vos querríais guardarla... un viejo soltero como vos?

--Hasta que me demuestren que tienen el derecho de quitármela, la

guardaré--dijo Marner--. La madre ha muerto y supongo que no tiene

padre: está sola en el mundo. Mi plata se fue a dar no sé dónde... No sé

nada... Casi ni sé dónde estoy.

--¡Pobre criatura!--dijo Godfrey--. Dejadme que os dé algo para

comprarle ropas.

Acababa de llevarse la mano al bolsillo y de sacar media guinea. La

colocó en la mano de Silas y se apresuró a salir de la choza para

alcanzar al señor Kimble.

--No; esa mujer no es la que encontré--dijo cuando se le reunió--. La

niña es preciosa; parece que el viejo la quiere guardar; es extraño en

un avaro como él. Le he dado una bagatela para ayudarlo. No es probable

que la parroquia se empeñe en querer quitársela.

--No; sin embargo, hubo un tiempo en que yo se la hubiera disputado a

Marner; pero ahora es demasiado tarde. Si la niña se cayera sobre el

fuego, vuestra tía es demasiado gruesa para socorrerla; no podría más

que quedar sentada y gruñir como una cerda asustada. Pero, ¡qué loco

sois, Godfrey, en salir así con medias y zapatos de baile, vos, uno de

los elegantes de la fiesta y de una fiesta que se da en vuestra casa!

¿Qué significan estos arranques? ¿Se ha mostrado cruel la señorita Nancy

y queréis contrariarla estropeando vuestros carpines?

--¡Oh! todo ha sido desagradable para mí esta noche. Estaba harto de

saltar en el baile y de mostrarme amable y de soportar exigencias a

propósito de los «hornpipes». Y todavía tenía que bailar con la señorita

Gunn--dijo Godfrey aprovechando el subterfugio que su tío le había

sugerido.

Las escapatorias y las mentiras inocentes causan en los corazones que

ambicionan conservarse puros una mortificación igual a la que causan a

un gran pintor los toques falsos que sólo su ojo sabe descubrir. Pero

son tan livianos como un simple adorno una vez que los actos se han

vuelto mentirosos.

Godfrey reapareció en el salón blanco con los pies secos, y, puesto que

hay que decir la verdad, con un sentimiento de alivio y de alegría,

sentimiento demasiado intenso para que los pensamientos dolorosos

pudieran combatirlo. Porque, ¿no podía ahora arriesgarse cuantas veces

se le presentara la ocasión de decirle las cosas más tiernas a Nancy

Lammeter, prometerle, así como él mismo, que sería siempre lo que ella

quisiera? No había algún peligro de que su finada esposa fuera

reconocida. No era una época de activas pesquisas y de grandes rumores

públicos; y, en cuanto al acta de su casamiento, estaba muy lejos,

escondida en páginas que nadie hojeaba; que nadie, excepto él, tenía

interés en consultar. Dunsey, si reaparecía, sería capaz de

traicionarlo; pero se podía comprar el silencio a Dunsey.

Y cuando los acontecimientos resultan tanto más felices para un hombre

cuanto mayor ha sido la razón para tenerlos, ¿no es ésa una prueba de

que su conducta ha sido mucho menos censurable de lo que hubiera podido

parecer de otro modo? Cuando somos bien tratados por la suerte, se nos

ocurre naturalmente la idea de que no estamos del todo exentos de

mérito; y que es razonable que la usemos bien en nuestro favor, sin

echar a perder la feliz coyuntura. ¿Dónde estaría, por otra parte, para

Godfrey, la utilidad de confesarle su pasado a Nancy y alejar de él la

felicidad, más aún, de alejar la felicidad de Nancy, porque tenía, casi

la certeza de ser amado? En cuanto a la criatura, velaría porque se la

cuidara, haría todo por ella, excepto reconocerla. Quizá así fuera

igualmente feliz en la vida, puesto que nadie podía decir cómo se

desenvolverían las cosas, y, ¿se necesita otra razón más? pues bien, que

el padre sería mucho más feliz si no confesaba la paternidad.

Silas Marner(#24823) · 第 16 / 26 题