La cena, que comenzara temprano en la Casa Roja, había terminado, y la
fiesta había llegado en ese momento en que la misma timidez se convierte
en alegría natural, el momento en que los señores que tienen conciencia
de sus extraordinarios talentos acaban por dejarse persuadir de que
deben bailar un «hornpipe».
Era también la hora en que el squire prefería hablar en voz alta,
repartir rapé y palmear las espaldas de los invitados a seguir sentado
frente a la mesa de «whist». Esta preferencia exasperaba al tío Kimble
que, estando siempre alegre en las horas de los negocios serios, se
ponía grave y hasta violento cuando se trataba de jugar y beber
aguardiente. Barajaba entonces los naipes antes de la jugada de su
adversario con una mirada irritada y recelosa, y volvía un triunfo
pequeño con un aire de aversión inexpresable como si en el mundo en que
tales cosas se producen no valiera más echarlo todo al diablo... Cuando
la fiesta había llegado a ese grado de libertad y animación, era
costumbre que los servidores, después de haber terminado el servicio
pesado de la cena, tuvieran su parte de diversión y vinieran a mirar el
baile, de modo que las piezas del fondo de la casa quedaban solitarias.
Dos puertas ponían en comunicación el vestíbulo del salón blanco. Se las
había dejado abiertas las dos para tener aire; pero la del fondo estaba
obstruida por los servidores y los vecinos del pueblo; sólo la primera
había quedado libre. Bob Cass ejecutaba las figuras de un «hornpipe».
Muy orgulloso con la agilidad de su hijo, el squire declaró repetidas
veces que Bob era exactamente lo que había sido él en su juventud, con
un tono de voz que implicaba que aquella habilidad era el rasgo supremo
de mérito en la mocedad. Se encontraba en el centro de un grupo que se
había situado frente al ejecutante, bastante cerca de la primera puerta.
Godfrey estaba inmediato, no para admirar el talento de su hermano, pero
sí para no perder de vista a Nancy, que estaba sentada en el grupo cerca
del señor Lammeter. Se mantenía apartado porque quería evitar las
bromas paternales del squire sobre la belleza de la señorita Nancy y
sobre el matrimonio en general, bromas que probablemente iban a volverse
cada vez más explícitas. Además tenía la perspectiva de bailar otra vez
con ella cuando terminara el «hornpipe». Mientras tanto le era muy
agradable a Godfrey el poderle dirigir a Nancy largas miradas sin ser
observado por nadie.
Entretanto, al alzar los ojos, después de una larga mirada, su vista
encontró un objeto que en aquel momento le hizo estremecer tanto como si
fuera una aparición de ultratumba. Era realmente una aparición de esa
vida oculta y situada como un pasaje obscuro tras de una fachada
adornada con elegancia que recibe la luz del sol y las miradas de los
honorables visitantes. Era su propia hija en los brazos de Silas Marner.
Tal fue su impresión inmediata e indudable, bien que no hubiera visto a
su hija desde hacía varios meses. Pero en el momento en que comenzaba a
concebir una vaga esperanza de que quizás se había equivocado, el señor
Crackenthorp y el señor Lammeter, sorprendidos por aquella extraña
visita, ya se habían adelantado hacia Silas. Godfrey se les reunió en
seguida, incapaz de permanecer quieto y sin recoger la menor palabra.
Trataba de dominarse; sin embargo, tenía conciencia de que, si era
observado, no dejarían de notar su agitación y la palidez de sus labios.
Pero en aquel momento todos los que estaban en la entrada de la sala
tenían los ojos fijos en Silas. El propio squire se había puesto de pie
y le preguntaba con acento irritado:
--¿Qué pasa? ¿Qué significa esto? ¿Por qué entráis aquí de esa manera?
--He venido a buscar al doctor; necesito ver al doctor--le dijo
Silas--; ante todo, al señor Crackenthorp.
--¿Qué sucede, Marner?--dijo el pastor--. El doctor está aquí; pero
antes decid tranquilamente para qué lo necesitáis.
--Es para una mujer--contestó Silas con voz baja y casi sin resuello,
precisamente en el momento en que Godfrey se le acercaba--. Está muerta,
me parece... muerta entre la nieve... en las canteras... cerca de mi
puerta.
Godfrey sintió que el corazón le latía con violencia. Había en aquel
momento un terror en su alma: era que la mujer no estuviera realmente
muerta; terror culpable, huésped demasiado odioso para que encontrara
refugio en el alma buena de Godfrey. Pero la naturaleza de ningún hombre
puede protegerlo contra los malos deseos, cuando su dicha depende de la
duplicidad.
--Bueno, bueno--dijo el señor Crackenthorp--, salid al vestíbulo. Yo voy
a ir a buscar al doctor. Ha encontrado, una mujer en la nieve y cree que
está muerta--agregó en voz baja al squire--. Vale más hablar de esto lo
menos posible; molestaría a las damas. Decidles solamente que una pobre
mujer sufre del frío y hambre. Voy a buscar a Kimble.
Entretanto, las damas se habían adelantado ya curiosas por saber qué
habría podido llevar allí al solitario tejedor en circunstancias tan
extrañas e interesándose por la preciosa criatura. Esta, medio atraída y
medio alarmada por la brillante iluminación y la numerosa sociedad,
fruncía el ceño y se cubría la cara a su alrededor, hasta que el
fruncimiento de cejas, contraídas por un contacto o una palabra de
cariño, le hiciera ocultar su rostro con nueva resolución.
--¿Qué criatura es ésa?--dijeron varias damas a la vez, entre otras
Nancy Lammeter, que se dirigía a Godfrey.
--No lo sé; creo que es la hija de una pobre mujer que han encontrado
entre la nieve--fue la respuesta que Godfrey se arrancó del corazón con
terrible esfuerzo.
--Al fin y al cabo, ¿estoy cierto?--se apresuró a decirse a sí mismo,
para tranquilizar su conciencia.
--Entonces haríais bien en bajar la criatura aquí--dijo la excelente
señora Kimble, vacilando, sin embargo, en poner en contracto las ropas
manchadas de la niña con su bata de raso--. Voy a decirle, a una de las
sirvientas que venga a tomarla.
--No, no, no puedo separarme de ella; no puedo darla--dijo Silas
bruscamente--. Vino espontáneamente hacia mí; tengo el derecho de
guardarla.
Esta proposición de sacarle la criatura había sido dirigida a Silas sin
que él la esperara absolutamente, y aquellas palabras, pronunciadas bajo
la influencia de la impulsión fuerte y brusca, fueron casi como una
revelación que se hizo a sí mismo. Un minuto antes no tenía ninguna
intención precisa respecto a la criatura.
--¿Habéis oído nunca cosa semejante?--le dijo la señora Kimble, algo
sorprendida, a su vecina.
--Ahora, señoras, os ruego que me dejéis pasar--dijo el doctor Kimble,
saliendo de la sala de juego, bastante fastidiado por la interrupción;
pero estaba avezado por el largo ejercicio de su profesión a obedecer a
los llamados desagradables, aun cuando había bebido con exceso.
--Qué fastidio, Kimble, el tener que salir en éste momento, ¿eh?--dijo
el squire--. Bien podía haber ido a buscar a vuestro ayudante, el
aprendiz... ¿Cómo se llama?
--¿Hubiera podido? ¡pero para qué decir que hubiera podido!--gruñó el
tío Kimble, apresurándose a salir junto con Marner, seguido por el señor
Crackenthorp y por Godfrey.
--¿Queréis buscarme un par de zapatos gruesos, Godfrey? Pero, esperad...
que vaya alguien corriendo a Casa de Winthrop a buscar a Dolly; es la
mejor mujer que puede darse. Ben estaba aquí antes de la cena, ¿se ha
marchado ya?
--Sí, señor--me he cruzado con él--dijo Marner--; pero no tuve tiempo de
detenerme a decirle otra cosa sino que iba en busca del doctor, y él me
respondió que éste estaba en casa del squire. Me eché entonces a correr,
y como al llegar no encontré a nadie en los fondos de la casa, me dirigí
donde la sociedad estaba reunida.
La niña, cuya atención no era ya distraída por el brillo de las luces y
las caras sonrientes de las damas, se puso a llorar y a llamar «ma-ma»,
bien que se prendiera siempre de Marner, que parecía haberse captado por
completo su confianza. Godfrey había vuelto con el calzado. Al oír los
gritos de la niña su corazón se oprimió, como si alguna fibra íntima se
hubiera tendido con fuerza.
--Voy a ir--dijo precipitadamente, impaciente por moverse un poco--, voy
a ir a buscar esa mujer, a la señora Winthrop.
--¡Oh! ¡bah! mandad a otra persona--dijo el tío Kimble, que se apresuró
a salir con Marner.
--Hacedme saber si puedo ser útil para algo, Kimble--dijo el señor
Crackenthorp.
Pero el doctor ya estaba demasiado lejos para que pudiera oírlo.
También Godfrey había desaparecido. Había ido rápidamente a buscar su
sombrero y su sobretodo, conservando sólo la presencia de espíritu
necesaria para darse cuenta de que no debía pasar por un insensato; pero
se lanzó a caminar en la nieve sin preocuparse de su calzado de baile.
Minutos después se dirigía rápidamente a las canteras en compañía de
Dolly. A la vez que pensara que era muy natural que ella misma desafiara
el frío y la nieve a fin de ir a hacer una obra de misericordia, aquella
mujer estaba, sin embargo, muy afligida al ver a un joven que se mojaba
los pies por obedecer una impulsión semejante.
--Haríais mucho mejor en volveros, señor--dijo Dolly con compasión
respetuosa--. No tenéis para qué tomar frío. Pero os diría que de paso
le dijerais a mi marido que venga; está en el _Arco Iris_, creo; si es
que os parece que no ha bebido demasiado para poder ser útil. En ese
caso, la señora Snell podría mandarnos a su pequeño sirviente para hacer
los mandados, pues probablemente habrá que ir a buscar algo a casa del
médico.
--No; ahora que he salido no me volveré; voy a quedarme aquí
afuera--dijo Godfrey, cuando llegaron frente a la posada de Marner--.
Podéis venir a decirme si puedo servir para algo.
--En verdad, señor, que sois muy bueno; tenéis un corazón tierno--dijo
Dolly, dirigiéndose hacia la puerta.
Godfrey estaba demasiado penosamente preocupado para sentir algún
remordimiento por aquel elogio inmerecido. Iba y venía sin darse cuenta
de que se hundía hasta los tobillos en la nieve. No tenía conciencia de
nada, a no ser de la agitación febril causada por su incertidumbre
respecto a lo que pasaba en la choza y de la influencia que cada uno de
los desenlaces tendría sobre su destino futuro. No; no estaba por
completo sin conciencia de otra cosa más. En lo profundo de su corazón y
medio sofocado por el deseo apasionado y el temor, estaba el sentimiento
de que no debía esperar aquellos desenlaces, que tendría que aceptar las
consecuencias de sus actos, reconocer a su mísera esposa y devolver sus
derechos a su hija abandonada. Sin embargo, no tenía bastante valor
moral para encarar la posibilidad de renunciar voluntariamente a Nancy.
Tenía sólo bastante conciencia y corazón para estar constantemente
atormentado por la debilidad que le impedía ese renunciamiento. Y en
aquel instante su espíritu se libertaba de toda traba y se exaltaba con
la perspectiva imprevista de verse libre de su larga esclavitud.
--¿Habrá muerto?--decía la voz que predominaba en su corazón sobre las
demás--. Si ha muerto me podré casar con Nancy; entonces, seré una buena
persona en el porvenir y no tendré más secretos. En cuanto a la
criatura, se cuidará de ella de un modo o de otro.
Pero en medio de esta visión se presentaba la otra alternativa:
--Vive, quizá; en este caso, ¡pobre de mí!
Godfrey no supo jamás cuánto tiempo transcurrió hasta que se abrió la
puerta de la choza y salió el doctor Kimble. Se adelantó hacia su tío.
Acababa de prepararse para dominar la emoción que no dejaría de sentir,
cualesquiera que fuesen las noticias que iba a saber...
--Os estaba esperando, puesto que vine hasta aquí--dijo anticipándose al
doctor.
--¡Bah! es un absurdo que hayáis salido; ¿por qué no mandasteis uno de
los sirvientes? No hay nada que hacer... está muerta... muerta desde
hace varias horas, creo.
--¿Qué clase de mujer es?--dijo Godfrey, sintiendo que la sangre le
subía a la cara.
--Una mujer joven, pero demacrada, con largos cabellos negros. Alguna
vagabunda... toda cubierta de harapos; tiene, sin embargo, en un dedo
una alianza. Mañana van a llevarla al asilo de los pobres. Bueno, vamos.
--Deseo verla--dijo Godfrey--. Creo que ayer vi una mujer como ésa. Os
alcanzaré dentro de un minuto o dos.
El señor Kimble siguió su camino y Godfrey se volvió a la choza. Sólo
echó una mirada sobre el rostro inanimado que descansaba sobre la
almohada, rostro que Dolly había arreglado de un modo conveniente. Pero
se le grabó de tal modo aquella última mirada lanzada sobre la esposa
detestada que, diez y seis años después, cada uno de los rasgos de la
fisonomía marchita estaba aún presente en su espíritu, cuando contó en
todos sus detalles la historia de aquella noche.
Se volvió inmediatamente hacia la estufa, donde Silas Marner estaba
meciendo a la niña. Ahora estaba muy tranquila, pero no dormía. Estaba
sólo apaciguada por la sopa azucarada y por el calor. Sus ojos habían
tomado esa expresión serena que nos da a los humanos de más edad, presa
de agitaciones interiores, un cierto respeto mezclado de terror cuando
estamos en presencia de una criatura. Tal es el sentimiento que
experimentamos al contemplar alguna belleza tranquila y majestuosa del
cielo y de la tierra, un planeta que brilla apaciblemente, un rosal en
plena floración o bien la bóveda formada por los árboles encima de un
sendero silencioso. Los ojos azules, muy abiertos, miraban los de
Godfrey sin ninguna timidez ni signo de reconocerle. La criatura no
podía hacer ningún llamado visible ni inteligible a su padre, y éste se
encontró bajo la impresión de una extraña mezcla de sentimientos; de un
conflicto de pesares y de alegrías viendo en aquel pequeño corazón que
no respondía con ningún latido a la ternura medio celosa del suyo,
mientras que los ojos azules se alejaban de los de él y se fijaban en la
extraña cara del tejedor. Habiéndose inclinado mucho Marner para
mirarlos, la pequeña mano se puso a tirarle la mejilla flácida y a
deformarla con delicia.
--¿Vais a llevar mañana la niña al asilo de los pobres?--preguntó
Godfrey, hablando con toda la indiferencia que le era posible.
--¿Quién ha dicho eso?--respondió Marner bruscamente--. ¿Me obligarán a
llevarla?
--¡Cómo! ¿vos querríais guardarla... un viejo soltero como vos?
--Hasta que me demuestren que tienen el derecho de quitármela, la
guardaré--dijo Marner--. La madre ha muerto y supongo que no tiene
padre: está sola en el mundo. Mi plata se fue a dar no sé dónde... No sé
nada... Casi ni sé dónde estoy.
--¡Pobre criatura!--dijo Godfrey--. Dejadme que os dé algo para
comprarle ropas.
Acababa de llevarse la mano al bolsillo y de sacar media guinea. La
colocó en la mano de Silas y se apresuró a salir de la choza para
alcanzar al señor Kimble.
--No; esa mujer no es la que encontré--dijo cuando se le reunió--. La
niña es preciosa; parece que el viejo la quiere guardar; es extraño en
un avaro como él. Le he dado una bagatela para ayudarlo. No es probable
que la parroquia se empeñe en querer quitársela.
--No; sin embargo, hubo un tiempo en que yo se la hubiera disputado a
Marner; pero ahora es demasiado tarde. Si la niña se cayera sobre el
fuego, vuestra tía es demasiado gruesa para socorrerla; no podría más
que quedar sentada y gruñir como una cerda asustada. Pero, ¡qué loco
sois, Godfrey, en salir así con medias y zapatos de baile, vos, uno de
los elegantes de la fiesta y de una fiesta que se da en vuestra casa!
¿Qué significan estos arranques? ¿Se ha mostrado cruel la señorita Nancy
y queréis contrariarla estropeando vuestros carpines?
--¡Oh! todo ha sido desagradable para mí esta noche. Estaba harto de
saltar en el baile y de mostrarme amable y de soportar exigencias a
propósito de los «hornpipes». Y todavía tenía que bailar con la señorita
Gunn--dijo Godfrey aprovechando el subterfugio que su tío le había
sugerido.
Las escapatorias y las mentiras inocentes causan en los corazones que
ambicionan conservarse puros una mortificación igual a la que causan a
un gran pintor los toques falsos que sólo su ojo sabe descubrir. Pero
son tan livianos como un simple adorno una vez que los actos se han
vuelto mentirosos.
Godfrey reapareció en el salón blanco con los pies secos, y, puesto que
hay que decir la verdad, con un sentimiento de alivio y de alegría,
sentimiento demasiado intenso para que los pensamientos dolorosos
pudieran combatirlo. Porque, ¿no podía ahora arriesgarse cuantas veces
se le presentara la ocasión de decirle las cosas más tiernas a Nancy
Lammeter, prometerle, así como él mismo, que sería siempre lo que ella
quisiera? No había algún peligro de que su finada esposa fuera
reconocida. No era una época de activas pesquisas y de grandes rumores
públicos; y, en cuanto al acta de su casamiento, estaba muy lejos,
escondida en páginas que nadie hojeaba; que nadie, excepto él, tenía
interés en consultar. Dunsey, si reaparecía, sería capaz de
traicionarlo; pero se podía comprar el silencio a Dunsey.
Y cuando los acontecimientos resultan tanto más felices para un hombre
cuanto mayor ha sido la razón para tenerlos, ¿no es ésa una prueba de
que su conducta ha sido mucho menos censurable de lo que hubiera podido
parecer de otro modo? Cuando somos bien tratados por la suerte, se nos
ocurre naturalmente la idea de que no estamos del todo exentos de
mérito; y que es razonable que la usemos bien en nuestro favor, sin
echar a perder la feliz coyuntura. ¿Dónde estaría, por otra parte, para
Godfrey, la utilidad de confesarle su pasado a Nancy y alejar de él la
felicidad, más aún, de alejar la felicidad de Nancy, porque tenía, casi
la certeza de ser amado? En cuanto a la criatura, velaría porque se la
cuidara, haría todo por ella, excepto reconocerla. Quizá así fuera
igualmente feliz en la vida, puesto que nadie podía decir cómo se
desenvolverían las cosas, y, ¿se necesita otra razón más? pues bien, que
el padre sería mucho más feliz si no confesaba la paternidad.