En Raveloe hubo en esa semana el entierro de una persona pobre; y en la
callejuela Kench, en Batterley, se supo que la madre de la criatura
rubia, la mujer de cabellos negros que había ido recientemente a vivir
allí, se había marchado. No se hizo ninguna otra observación particular
con motivo de la desaparición de Molly de la vista de los hombres. Pero
esta muerte no llorada, que, para la suerte de la humanidad, parecía
tan insignificante como la caída de una hoja de estío, estaba cargada
con la fuerza del destino para ciertas almas que conocemos, y debía
crear las alegrías y las tristezas de toda la vida.
La resolución de Silas Marner de guardar la hija de la «vagabunda» fue
un acto que no sorprendió menos a la gente de la aldea que el robo de su
dinero, y las conversaciones versaron con frecuencia sobre este asunto.
Al cambio de los sentimientos del público a su respecto, que debía a su
desgracia, a las sospechas y a la aversión que se habían transformado en
una piedad bastante despreciativa para un ser aislado y débil de
espíritu como aquél, venía ahora a agregarse una simpatía más activa,
principalmente por parte de las mujeres. Las buenas madres, que sabían
el trabajo de conservar a las criaturas sanas y lindas; las madres
indolentes, que conocían el fastidio de ser molestadas, cuando se
cruzaban los brazos o se rascaban los codos por las predisposiciones de
los chicos, que sólo empiezan a mantenerse firmes en las piernas, se
tomaban el mismo interés que hacer conjeturas. Se preguntaban cómo se
las iba a componer un hombre solo con una criatura de dos años en los
brazos y estaban igualmente dispuestas a sugerirle a Marner buenos
consejos. Las buenas madres le hablaban, sobre todo, de lo que sería
preferible que hiciera y las madres indolentes le decían con insistencia
lo que no conseguiría nunca hacer.
Entre las buenas madres, Dolly Winthrop era aquella cuyos buenos
servicios aceptaba Silas de mejor grado porque se los prestaba sin
ostentación. Silas le había mostrado la media guinea de Godfrey y le
había preguntado cómo podría arreglarse para comprarle ropas a la
criatura.
--¡Ah! maese Marner--dijo Dolly--, no tenéis necesidad de comprarle más
que un par de zapatos; tengo las enaguas que Aarón llevaba hace cinco
años, y no valdría la pena emplear el dinero en comprar ropas de
criatura, porque la niña--que Dios la bendiga--va a crecer como la
hierba en el mes de mayo, podéis estar cierto.
El mismo día, Dolly llevó un paquete y extendió delante de Marner las
ropitas una por una en su orden natural de sucesión. La mayor parte
estaba zurcida y remendada, pero muy limpita y agradable, como las
plantas que comienzan a crecer. Esto sirvió de introducción a una gran
ceremonia practicada con agua y jabón, de la que la criatura salió
revestida con una nueva belleza. Sentada en seguida en las rodillas de
Dolly la niñita comenzó a jugar con los pies, a acariciarse las manitas
o a golpearlas la una contra la otra, pareciendo haber hecho varios
descubrimientos en sí misma que expresaba por medio de sonidos
alternados el «gug, gug, gag» y de «ma-ma», no era el grito de la
necesidad ni el del malestar. Bebé se había acostumbrado a pronunciar,
sin esperar a que se le respondiera con una palabra o un gesto de
cariño.
--Nadie podría creer que los ángeles sean más lindos en el cielo--dijo
Dolly, acariciándola y besándole los rizos rubios--. ¡Y decir que estaba
cubierta con esos harapos sucios y que su pobre madre murió de frío!
Pero está Aquel que cuidó de ella y la trajo a vuestro umbral, señor
Marner. La puerta estaba abierta y ella entró pasando por la nieve, como
un petirrojo muerto de frío y de hambre. ¿No me dijisteis que la puerta
estaba abierta?
--Sí--dijo Silas con aire pensativo--, sí; la puerta estaba abierta. El
dinero se me fue no sé dónde, y esta niña me vino no sé cómo.
Marner no le había dicho a nadie que ignoraba cómo había entrado la
niña. Retrocedía ante las preguntas que podrían conducir al hecho que él
mismo suponía, es decir, que había sido presa de una de sus crisis.
--¡Ah!--dijo Dolly con dulce gravedad--, es como la noche y la mañana,
el sueño y la vigilia, la lluvia y la cosecha; una cosa se va, la otra
viene, y nosotros no sabemos ni cómo ni cuándo. Podemos trabajar con
tesón, luchar y sufrir; pero nuestra labor es bien insignificante al fin
y al cabo; las grandes cosas vienen y se van sin esfuerzo de nuestra
parte; sí, no cabe dudarlo. Sin embargo, yo creo que hacéis bien en
quedaros con la criatura, maese Marner, puesto que os ha sido enviada,
aunque haya personas que no sean de este parecer. Os incomodará un poco
quizá mientras sea pequeña; pero yo vendré con gusto y la cuidaré en
vuestro lugar. Siempre dispongo de un rato todos los días; porque,
cuando se madruga, el reloj parece detenerse a eso de las diez antes de
que llegue el momento de ir a buscar las provisiones. De modo que, os lo
repito, vendré a cuidar a la niña en vuestro lugar, con mucho gusto.
--Muchísimas gracias...--dijo Silas vacilando un poco--. Os agradeceré
mucho que me digáis lo que debo hacer.
Después, mientras se inclinaba hacia adelante para mirar a la niña--no
sin un poco de celos--, y ésta echaba la cabeza contra el brazo de Dolly
y observaba de lejos a Silas con satisfacción, el tejedor agregó con
aire inquieto:
--Pero deseo atender yo mismo a la niña. De otro modo podría querer más
a otra persona y no acostumbrarse a mí. He estado acostumbrado a hacer
todo en mi casa; puedo aprender, aprenderé.
--¡Ah! seguramente--dijo Dolly con voz suave--. He visto hombres muy
hábiles para atender las criaturas. Los hombres son casi siempre torpes
y testarudos--que Dios los ayude--; sin embargo, cuando no están ebrios
no carecen de sentimientos, aunque no sepan poner vendas ni
sanguijuelas: son demasiado bruscos e impacientes. Fijaos, primero se
pone esto sobre el cuerpo--prosiguió Dolly, tomando una camisita y
poniéndosela a la niña.
--Sí--dijo Marner dócilmente, mirando de muy cerca, a fin de iniciar sus
ojos en los misterios.
Después, la nena le tomó la cabeza entre sus bracitos y le puso sus
pequeños labios contra el rostro, haciéndole caricias.
--Ya lo veis--dijo Dolly con el tacto delicado de una mujer--, a vos es
a quien quiere más. Quiere que la toméis sobre las rodillas, estoy
segura. Vamos, linda, vamos. Tomadla, maese Marner; ponedle las ropitas;
después podréis decir que hicisteis todo lo preciso por ella, desde su
principio.
Marner la tomó sobre las rodillas, temblando con una emoción misteriosa
para él, emoción causada por algo desconocido que comenzaba a apuntar en
su existencia.
Sus pensamientos y sus sentimientos eran tan confusos que, si hubiera
tratado de expresarlos, sólo hubiese podido decir que la niña le había
venido en lugar de su dinero--que su oro se había vuelto una criatura.
Tomó las ropas de manos de Dolly y, bajo su dirección, se las puso a la
niña. Esta interrumpió entonces, naturalmente, sus ejercicios
gimnásticos.
--¡Ya lo veis! os desempeñáis a maravilla, maese Marner--dijo Dolly--;
sin embargo, ¿qué vais a hacer cuando estéis obligado a permanecer
sentado en vuestro telar? Porque se va a volver más movediza y traviesa
de día en día, seguramente, que Dios la bendiga. Es una suerte que
tengáis este hogar elevado en vez de una parrilla; el fuego está así
menos a su alcance; sin embargo, si tenéis algo que pueda derramarse o
romperse o lastimarle los dedos, en seguida tratará de agarrarlo, y es
razonable que estéis advertido.
Silas, quedando algo perplejo, reflexionó un instante.
--La ataré al pie del telar--dijo por fin--; la ataré con una faja larga
y sólida.
--Bueno, quizá eso baste, porque es una niña, porque es más fácil
persuadir a las niñas que se queden quietas que a los varones. Yo sé
cómo son éstos; he tenido cuatro--sí, cuatro, sábelo Dios--, y si se los
ocurriera atarlos se agitarían y gritarían como los cerdos cuando se les
pone un anillo en el hocico. Pero os traeré mi sillita con unos retazos
de tela colorada y otros chiches para que pueda jugar con ellos. Se
sentará y les hablará como si estuvieran vivos. ¡Ah! si no fuera un
pecado querer ver los hijos de otro modo que como son--que Dios los
bendiga--, hubiera deseado que uno de ellos fuera mujer; y decir que
hubiera podido enseñarle a zurcir, a remendar, a tejer y muchas otras
cosas. Pero, en fin, podré enseñarle eso a esta niña cuando sea más
grande, ¿no es cierto, maese Marner?
--Pero será mía y no de otros--dijo Marner con bastante vivacidad.
--Sí, naturalmente, tenéis el derecho de guardarla si sois para ella un
padre y la criáis como conviene. Sin embargo--agregó Dolly llegando a un
punto que había resuelto tocar de antemano--, tenéis que criarla como
los hijos de las gentes bautizadas, llevarla a la iglesia y hacerle
aprender el catecismo. Mi pequeño Aarón puede repetirlo perfectamente;
os reza el credo y lo demás así como los mandamientos, lo mismo que si
fuera un niño del coro. Eso es lo que tenéis que hacer, maese Marner, si
queréis cumplir con vuestro deber para con esta huerfanita.
El pálido rostro de Marner se sonrojó súbitamente bajo la influencia de
aquella nueva ansiedad. Su espíritu estaba harto preocupado, tratando de
darle una explicación definida a las palabras de Dolly, para que pensara
en contestarle.
--Creo--agregó la buena mujer--que esta pobre criatura no ha sido nunca
bautizada y es conveniente advertir al pastor. En caso de que no tengáis
nada que observar le hablaré de eso hoy mismo al señor Macey. Porque si
la criatura acabara mal por una razón o por la otra y vos no hubierais
cumplido con vuestro deber para con ella, maese Marner--si descuidarais
de hacerla vacunar u omitierais cualquier otra cosa para preservarla del
mal--, eso vendría a ser una espina en vuestro lecho mientras
estuvierais de este lado del sepulcro. Yo no creo que le sea fácil a
ningún hombre el poder descansar tranquilo en el otro mundo, si no ha
llenado su deber para con las criaturas infortunadas que le han tocado
en suerte sin haberlas pedido.
La propia Dolly estaba dispuesta a guardar silencio durante un tiempo,
porque aquellas palabras brotaban de las profundidades de su sencilla
creencia y estaba ansiosa por saber si producirían en Silas el efecto
deseado. Este estaba confuso e inquieto, porque aquellas palabras de
Dolly de que «la niña no había sido bautizada» no tenían sentido claro
para él. No conocía más que el bautismo de los adultos y nunca había
oído hablar del bautismo de los niños.
--¿Qué quieren decir vuestras palabras de que la niña no ha sido nunca
bautizada?--dijo al fin con timidez--. ¿Las personas no serán buenas con
ella si no hace eso?
--¡Dios mío! ¡Dios mío, maese Marner!--dijo Dolly con el tono dulce de
la compasión--, ¿no habéis tenido nunca padre ni madre que os hayan
enseñado a rezar y que hay palabras buenas y buenas cosas para
preservarnos del mal?
--Sí--dijo Silas en voz baja--; sé muchas cosas a ese respecto, a lo
menos sabía muchas. Pero nuestros hábitos son diferentes: mi país queda
muy lejos de aquí.
Se detuvo unos instantes; después agregó con tono más firme:
--Sin embargo, deseo hacer todo lo posible en favor de la criatura. Todo
lo que sea conveniente para ella y que juzguéis sea bueno, no dejaré de
conformarme a ello, si vos queréis decírmelo.
--Pues bien, entonces, maese Marner, voy a pedirle al señor Macey que le
hable al pastor; y tendréis que decidiros por un nombre, porque será
preciso dárselo a la niña cuando se la bautice.
--El nombre de mi madre era Hephtsiba--dijo Silas--, y mi hermanita
llevaba su nombre.
--Pero es un nombre difícil de pronunciar--dijo Dolly--, y no estoy
segura que sea un nombre de bautismo.
--Es un nombre que se encuentra en la Biblia--dijo Silas, volviéndole a
la memoria sus antiguas ideas.
--Entonces no tengo ninguna razón para oponerme--repuso Dolly algo
asustada por los conocimientos de Silas en este capítulo--; sin embargo,
qué queréis, yo soy poco instruida y me cuesta comprender las palabras.
Mi marido dice que yo ando siempre como si diera una en el clavo y tres
en la herradura--eso es lo que dice, porque es muy sutil--, que Dios lo
ayude. Pero no sería cómodo llamar a vuestra hermanita con un nombre tan
difícil de pronunciar cuando no teníais nada importante que decirle, me
parece a mí, ¿no es cierto, maese Marner?
--La llamábamos Eppie--respondió Silas.
--Pues bien, siempre que no sea malo acortar el nombre sería mucho más
cómodo. Entonces, voy a marcharme, maese Marner, y hablaré del bautismo
antes de la noche. Os deseo mucha suerte y tengo confianza en que así
será, si cumplís con vuestro deber para con la pequeña huérfana...
Además, hay que pensar en hacerla vacunar. En cuanto al lavado de sus
ropitas, no tenéis que dirigiros sino a mí, porque puedo hacer eso sin
esfuerzo cuando preparo la lejía. ¡Ah! querido angelito. Me permitiréis
que traiga a mi pequeño Aarón uno de estos días; le mostrará el carrito
que su padre le ha fabricado y el perrito negro y blanco que está
criando.
La niña fue, pues, bautizada, habiendo decidido el pastor que un doble
bautismo era el riesgo menos grande que se podía correr. Con este
motivo, Silas, después de vestirse lo más limpio y elegante que pudo,
apareció por primera vez en la iglesia y tomó parte en las prácticas que
sus vecinos consideraban como sagradas.
Le era imposible, según todo lo que veía y oía, identificar su antigua
fe con la religión de Raveloe. Si hubiera sido capaz de ello en lo
pasado, hubiese sido bajo la influencia de un sentimiento intenso,
pronto a vibrar con simpatía antes que por medio de una comparación de
frases y de ideas; pero ahora, desde hacía ya muchos años, aquel
sentimiento se había adormecido.
No tenía una noción clara al respecto del bautismo de los niños y de la
frecuentación de la iglesia, a no ser lo que Dolly le había dicho que
eso sería bueno para la niña. De este modo, a medida que las semanas
formaban meses, la niña creaba sin cesar vínculos nuevos entre la
existencia de Marner y de las personas que siempre había evitado hasta
entonces para aislarse de un modo más completo. Contrariamente al oro,
que no tenía necesidad de nada y que tenía que ser adorado en una
soledad por completo secreta, oculto a toda luz, sordo al canto de los
pájaros, que no se estremecía al son de ninguna voz humana, Eppie era
una criatura cuyas necesidades eran infinitas, y sus deseos siempre eran
crecientes.
Era una criatura que amaba y buscaba la luz del sol, el ruido y los
movimientos de la vida, que todo lo ensayaba teniendo fe en las alegrías
nuevas, y que hacía nacer la bondad en los ojos de todos los que la
miraban. El oro había confinado los pensamientos de Silas en un círculo
siempre igual y que no conducía a ninguna parte más allá de sus propios
límites; Eppie, criatura formada de cambios y esperanzas, obligaba ahora
a sus pensamientos a ir hacia adelante. Ella los arrastraba muy lejos de
aquel objeto a que se dirigían siempre antes y los llevaba hacia nuevas
cosas que debían venir con los años futuros, cuando la joven hubiese
aprendido a comprender qué padre abnegado había sido Silas para ella.
La niña hacía buscar a Marner las imágenes de ese porvenir en los
vínculos y las obras caritativas que unían entre sí a las familias de
sus vecinos. El oro lo había obligado a prolongar cada vez más su
trabajo, los ojos y los oídos cerrados a todas las cosas que no fueran
la monotonía de su telar y la uniformidad de su tejido. Pero Eppie lo
distraía de su trabajo, haciéndole considerar todas las interrupciones
como momentos de felicidad. Su vida nueva despertaba los sentidos de
Silas a punto de reanimar la alegría de éste, aun a la vista de las
viejas moscas adormecidas por el invierno que salían con esfuerzo
arrastrándose al sentir los primeros rayos del sol de primavera. La niña
reavivaba la alegría del tejedor, porque ella misma era alegre.
Cuando el sol se hizo más vivo prolongándose más el día y los botones de
oro esmaltaban la pradera, se podía ver a Silas--sea a mediodía, sea al
declinar la tarde, en el momento en que las sombras de los cercos se
alargaban--, se podía ver a Silas que salía de su casa con la cabeza
descubierta, llevando a pasear a Eppie más allá de las canteras, a los
sitios en que crecían aquellas flores. Se detenía cerca de alguna loma
favorita que le permitía sentarse, mientras que Eppie iba titubeando a
recoger los botones de oro, interpelando a las criaturas aladas que
murmuraban felices encima de sus pétalos brillantes y atrayendo
continuamente la atención de «papá» cuando le traía su cosecha. Después
prestaba oído al canto brusco de algún pájaro, y Silas aprendía a
divertirla, haciéndole seña de callarse, a fin de que pudieran escuchar,
a la espera de los acentos que iban a recomenzar. Y cuando volvían, ella
alzaba los hombros y reía gorjeando su triunfo. Sentados de este modo
entre el follaje, Silas se puso de nuevo a recoger las plantas que le
eran antes familiares. Al ver las hojas con sus contornos y nervaduras
inmutables en el hueco de su mano, sintió renacer una multitud de
recuerdos que rechazaba con timidez. Sus pensamientos buscaban entonces
refugio en el pequeño mundo de Eppie, el cual sólo pesaba ligeramente en
su cerebro debilitado.
A medida que el espíritu de la niña crecía en saber, el espíritu de
Silas crecía en recuerdos; a medida que la vida se desarrollaba, el alma
del tejedor, largo tiempo aletargada en una fría y estrecha prisión, se
desarrollaba también, y, toda trémula, volvía a una plena conciencia de
sí mismo.
Era una influencia que iría adquiriendo fuerza con cada nuevo año
transcurrido.
Los sonidos infantiles que agitaban el corazón de Silas se articularon y
reclamaron respuestas más precisas; las formas y los ruidos se tornaron
más claros para los ojos y los oídos de Eppie; y hubo cosas nuevas que
le pidió a «papá» con tono imperativo que observase y le explicase.
Además, cuando Eppie cumplió tres años desplegó el lindo talento de
hacer travesuras o de encontrar medios ingeniosos para causar molestias,
talento que proporcionaba mucho ejercicio, no sólo a la paciencia de
Silas, sino también a su ciencia y sagacidad.
En estas ocasiones, el pobre Marner se veía puesto en conflictos por las
exigencias incompatibles del deber y del cariño. Dolly Winthrop le decía
entonces que los castigos le harían bien a Eppie, y que no era posible
educar una criatura si ciertas partes blandas y que no corren ningún
riesgo por esto, no le escocían de cuando en cuando.
--Además, podríais hacer otra cosa, maese Marner--agregó Dolly con aire
pensativo--, y sería encerrarla alguna vez en la carbonera. Fue así como
he procedido con Aarón, porque era tan débil para con mi niño menor, que
no podía soportar la idea de castigarlo. No tenía alma para dejarlo más
de un minuto en la carbonera, pues era lo bastante para tiznar por
completo al niño, de modo que había que lavarlo y vestirlo de nuevo. Eso
le hacía tanto bien como el látigo, podéis creerme. Pero dejo a vuestra
conciencia la tarea de decidir, maese Marner, porque tenéis que elegir
una cosa o la otra--el látigo o la carbonera--; de otro modo se va a
volver tan voluntariosa que no habrá medio de dominarla.
Silas quedó convencido de la triste verdad de esta última observación;
pero su energía de carácter, lo abandonó ante las dos únicas especies de
castigos que le proponían. No sólo le era penoso castigar a Eppie, sino
que temblaba de estar en desacuerdo con ella un solo momento, temiendo
que fuera a disminuir el afecto que ella le tenía. Si un Goliat
afectuoso se encariña por una criatura delicada y teme tirar del vínculo
que a ella lo une, y teme, sobre todo, que se rompa ese vínculo,
decidme, os ruego, ¿cuál será el amo de los dos? Era evidente que Eppie,
con sus pequeños pasos vacilantes, hacía vacilar a su gusto a su papá
Silas cualquier día en que las circunstancias favorecieran su travesura.
Por ejemplo; él había elegido una ancha faja de lienzo a fin de atar a
Eppie a su telar cuando estaba muy ocupado. Aquella faja formaba un
cinturón alrededor del talle de la criatura y era bastante larga para
que ésta pudiera llegar hasta su pequeño lecho y sentarse en él, pero
era lo bastante corta como para que Eppie no ensayara alguna ascensión
peligrosa. Ahora bien, una mañana Silas estaba más atareado que de
costumbre porque estaba armando una pieza en el telar, y tuvo que
recurrir para esto a las tijeras. Este instrumento, gracias a una
advertencia especial de Dolly, había estado siempre cuidadosamente fuera
del alcance de Eppie. Sin embargo, su ruido peculiar tuvo una atracción
particular para su oído, y, después de haber espiado los resultados de
aquel ruido, sacó la consecuencia filosófica de que la misma causa debía
producir el mismo efecto.
Silas se había sentado en su telar y el ruido del aparato había
recomenzado; pero dejó las tijeras en un punto que el tránsito de Eppie
podía alcanzar. Entonces, como un ratón que acecha el momento oportuno,
salió furtivamente de su rincón, se apoderó de aquel objeto y volvió
dando traspiés hasta su cama, alzando los hombros como para ocultar su
hurto. Tenía una intención decidida en lo que concernía al uso de las
tijeras. Después de haber cortado la faja de tela de un modo irregular,
pero eficaz, se dirigió en dos segundos hacia la puerta abierta adonde
la llamaba el brillo del sol, mientras, que el pobre Silas la creía más
preciosa que de costumbre. Fue sólo cuando volvió a necesitar las
tijeras que lo sorprendió la terrible realidad. Eppie se había escapado
sola, quizás se había caído en la cantera. Silas, agitado por el temor
más grande que podía asaltarlo, se precipitó hacia afuera gritando:
«¡Eppie!», y corrió rápidamente hacia el espacio sin cerco, explorando
las cavidades secas en que hubiera podido caer e interrogando en seguida
con los ojos asustados la superficie lisa y rojiza del agua. Gotas frías
de sudor le mojaron la frente. ¿Cuánto tiempo haría que había salido? Le
quedaba una esperanza: que se hubiera deslizado a través de la cerca
para ir a las praderas, donde tenía la costumbre de llevarla a dar una
vuelta. Pero la hierba estaba alta y no había medio de descubrir si
Eppie estaba allí, sino buscándola atentamente, lo que hubiera sido un
delito en el plantío del señor Osgood. Sin embargo, había que
resignarse; así es que el pobre Silas, después de haber sondeado bien
con la mirada los alrededores de las cercas, atravesó la hierba,
creyendo, con su vista corta, distinguir a Eppie tras de cada mata de
acedera roja, viéndola continuamente alejarse a medida que se
aproximaba. Buscó en vano en la pradera; entonces, salvó el cerco y se
encontró en la propiedad vecina. Fijó la vista con una última esperanza
en un pequeño estanque que el verano había secado en parte, dejando un
ancho borde de lava viscosa. Era allí, sin embargo, que Eppie estaba
sentada, conversando animadamente con su zapatito que le servía de balde
para acarrear agua a la huella profunda de una pata de caballo, mientras
que su pequeño pie desnudo estaba cómodamente apoyado en un cojín de
lodo verdoso. Un ternero de cabeza roja la observaba, indeciso y
alarmado, a través del cerco opuesto.
Había en aquello, tratándose de una criatura bautizada, un caso
indiscutible de aberración que exigía un tratamiento severo, pero Silas,
dominado por la alegría convulsiva de haber hallado su tesoro, no supo
hacer otra cosa más que cargar a Eppie vivamente y cubrirla de besos
entrecortados por sollozos. Fue sólo después de llevarla a la casa y de
haber procedido al lavatorio necesario que se acordó de la necesidad de
castigar «para que la niña se acordara». La idea de que podía escapar de
nuevo y hacerse daño lo impulsó a realizar un acto extraordinario y por
primera vez se determinó a recurrir a la carbonera, pequeña alacena
situada junto al hogar.
--Mala, mala Eppie--comenzó a decir Silas de pronto, teniéndola sobre
las rodillas y mostrándole que tenía los pies y las ropas cubiertos de
barro--; mala, que cortó la faja y se fue. Ahora Eppie tiene que entrar
en la carbonera porque es mala. Papá va a encerrarla en la carbonera.
Medio creía que aquellas palabras producirían una impresión bastante
fuerte para que Eppie se pusiera a llorar. En vez de esto se puso a
brincotear en las rodillas de Marner como si éste le propusiera una
novedad agradable. Viendo que era necesario recurrir a los extremos, la
metió en la carbonera y cerró la puerta temblando de que empleara una
medida excesiva. Durante el primer momento no oyó nada; pero en seguida
oyó un pequeño grito:
--¡Abe, abe!
Y Silas la hizo salir, diciendo:
--Ahora, Eppie va a ser buena; de otro modo va a ir a la carbonera, al
rincón negro.
El telar permaneció silencioso largo rato esa mañana porque hubo que
lavar a Eppie y ponerle ropas limpias; sin embargo, era de esperar que
este castigo tendría un efecto duradero y ahorraría tiempo en el
porvenir. Quizá, sin embargo, hubiera sido preferible que Eppie llorara
algo más.
En una media hora estuvo limpia, habiendo Silas vuelto la espalda para
ver qué haría con la faja de lienzo; la tiró al suelo, pensando que
Eppie se quedaría quieta el resto de la mañana sin que fuera preciso
atarla. Se volvió en seguida para sentar a la niña en su sillita cerca
del telar, cuando ésta se le apareció con la cara y las manos tiznadas
otra vez, y diciendo:
--¡Eppie e la carbonera!
Este completo fracaso de la pena disciplinaria de la carbonera destruyó
la confianza que tenía Silas en la eficacia de los castigos.
--Lo tomaría siempre a broma--le dijo a Dolly--si no la castigo, y soy
incapaz de hacerlo, señora Winthrop. Las mortificaciones que me causa
las puedo soportar y no tiene malas costumbres, de las que no puede
librarse algún día.
--Sí, es cierto en parte, maese Marner--dijo Dolly con simpatía--, y si
no tenéis las fuerzas de resolveros a impedir que toque los objetos
asustándola, es preciso que os arregléis de modo que no queden a su
alcance. Así es como tengo que hacer con los perritos que mis chicos
siempre están criando. Hagáis lo que hagáis, esos animales siempre
mordisquean y roen; y lo mordisquean y lo roen todo, hasta la cofia del
domingo, si está colgada a su alcance. Para ellos tanto da, que Dios los
ayude. Es la dentición lo que los pone así, eso es.
De modo que Eppie fue criada sin castigos, soportando en cambio el peso
de sus fechorías su padre Silas. La choza de piedra se convirtió para
ella en un dulce nido acolchado con el plumón de la paciencia; y en el
mundo que estaba más allá de aquella morada, tampoco conoció miradas
severas ni responsos.
A pesar de la dificultad de llevarla al mismo tiempo que el hilo y el
tejido, Silas la conducía casi siempre consigo cuando tenía que ir a las
granjas. No quería dejarla en casa de Dolly Winthrop, bien que ésta
estuviera siempre dispuesta a guardarla. La pequeña Eppie, de cabellos
crespos, la niña del tejedor, se volvió, pues, un tema de interés para
los habitantes de varias casas apartadas, lo mismo que para las de la
aldea. Hasta aquí se había tratado a Marner casi como si fuera un gnomo
o un brujo útil, como si fuera un ser extravagante e incomprensible que
no era posible mirar sin una mezcla de sorpresa o de aversión.
Siempre se deseaba cambiar con él los saludos y ajustar los tratos lo
más pronto posible; pero al mismo tiempo se procedía con él de un modo
propiciatorio, y a veces haciéndole un regalo de carne de cerdo o de
productos del jardín, porque sin su ayuda no había medio de hacer tejer
lino. Pero ahora Silas encontraba rostros francos y sonrientes y se le
hablaba con tanto placer como a una persona cuyas satisfacciones y
pesares podrían ser comprendidos. En todas partes tenía que sentarse y
hablar de la niña, y siempre se estaba dispuesto a dirigirle palabras de
interés.
--¡Ah, maese Marner! tendréis suerte si le da temprano un ligero
sarampión, o si no; en verdad que pocos hombres solteros hubieran
adoptado una criatura como ésta; pero supongo que el tejer os hace más
diestro que a los hombres que trabajan en el campo. Sois casi tan hábil
como una mujer, porque el tejer viene después del hilar.
Dueños y dueñas de casa, sentados en anchos sillones de cocina,
observaban desde allí los acontecimientos y meneaban la cabeza a
propósito de lo difícil que era criar los niños. Sin embargo, si
llegaban a tocar los brazos y las piernas rollizos de Eppie tenían que
reconocer su notable dureza y le decían a Silas que si salía buena--lo
que no era posible saber--, sería muy bueno que tuviera a su lado una
joven seria que se ocupara de él cuando estuviera demasiado viejo para
poder trabajar.
Las sirvientas se entretenían en llevarla a que viera las gallinas y los
pollos o a recoger algunas cerezas en el huerto. Y los niños y las
chiquillas se le acercaban lentamente, con movimientos prudentes, y las
miradas fijas--como perritos que avanzan hociquito contra hociquito
hacia otro compañero--hasta que la atracción alcanza el punto en que los
suaves labios se ofrecen para recibir un beso. Ninguna criatura tenía
miedo de acercarse al tejedor cuando Eppie estaba a su lado. La
presencia de Marner ya no tenía nada de repulsiva, ni para los jóvenes
ni para los viejos, porque la niña había conseguido atarle de nuevo al
mundo entero. Había entre él y Eppie un amor que los confundía en un
solo ser, y había amor entre la niña y el mundo, desde los hombres y las
mujeres que tenían para ella palabras y miradas de padre y de madre,
hasta las caccinelas rojas y los guijarros redondos.
Silas se puso a considerar la existencia de Raveloe, desde empunto de
vista exclusivo de Eppie. Quería proporcionarle a su hija todo lo que se
consideraba un bien en la aldea; y escuchaba con docilidad, a fin de
llegar a entender mejor lo que era esa vida, de la que había permanecido
alejado durante cinco años, como si hubiera sido una cosa extraña con la
que no pudiera tener nada de común. Así procede el hombre que tiene una
planta preciosa a la que quiere dar asilo y alimento, en un suelo nuevo
para ella: piensa en la lluvia, en el sol, en todas las influencias con
relación a su pupila. Trata de conocer asiduamente todo lo que pudiera
serle útil, sea para satisfacer las necesidades de las raíces
penetrantes, sea para proteger la hoja y el botón contra la agresión
peligrosa. El empeño de atesorar había sido por completo destruido por
Marner desde que perdiera el oro que acumulaba durante tanto tiempo. Las
monedas que había ganado en seguida le parecían tan inútiles como
piedras aportadas para terminar una casa bruscamente sepultada por un
temblor de tierra. El sentimiento de la pérdida que había sufrido era
para él un peso demasiado grave para que las antiguas fruiciones de la
satisfacción se despertaran otra vez al contacto de las monedas
nuevamente adquiridas. En adelante algo había venido a reemplazar su
tesoro, algo que, dando a sus ganancias un fin creciente, arrastraba
siempre hacia adelante, más allá del dinero, sus esperanzas y sus
alegrías.
En los antiguos días había ángeles que venían a tomar a los hombres por
las manos y los alejaban de la ciudad de la destrucción. Ahora ya no
vemos mensajeros alados, pero, sin embargo, los hombres son todavía
conducidos lejos de la destrucción inminente; una mano les toma la suya
y los conduce suavemente hacia una tierra apacible y resplandeciente, de
suerte que no miran más tras de sí, y esa mano puede ser la de un niño.