XII

Mientras Godfrey Cass bebía a grandes sorbos el dulce brebaje del olvido

en presencia de Nancy y perdía voluntariamente todo recuerdo del vínculo

secreto que en otros momentos lo obsesionaba y atormentaba, llegando

hasta exasperarlo en medio de los rayos sonrientes del sol, su esposa se

adelantaba a pasos lentos e inciertos, a través de las callejuelas

cubiertas de nieve de Raveloe, llevando una criatura en los brazos.

Aquel viaje de la víspera del Año Nuevo era un acto de venganza

premeditada que su corazón siempre había alimentado desde el día en que

Godfrey, en un acceso de cólera, le había dicho que antes preferiría

morir a reconocerla por su mujer. Debía haber una gran fiesta en la Casa

Roja la víspera del Año Nuevo, ella lo sabía; su marido sonreiría y le

sonreirían. Escondería la existencia de ella en el rincón más obscuro de

su corazón. Pero ella iría a turbar, su felicidad; iría cubierta de

harapos sucios, con su rostro demacrado que antes no cedía en belleza a

ninguno; iría con su hijo, que tenía los ojos y los cabellos de su

padre, a declararle al squire que era la mujer de su hijo mayor.

Pocas veces los miserables pueden dejar de considerar su situación como

un mal que le es infligido por aquellos cuya miseria es menor. Molly

sabía que si vestía harapos sucios no era por culpa de la negligencia de

su marido, sino del demonio Opio, del que era esclava en cuerpo y alma,

y sólo un resto de amor materno hacía que no sacrificara por completo al

monstruo la vida de su hijo hambriento. Ella lo sabía muy bien, y, sin

embargo; en los momentos en que su miserable conciencia no estaba

amodorrada, el sentimiento de sus necesidades y de su degradación se

transformaba continuamente en acritud contra Godfrey. El vivía en la

holgura, él, y si sus derechos de esposa fueran reconocidos, ella

también viviría rodeada de comodidades. La convicción de que Godfrey

estaba arrepentido de su casamiento y que sufría pensando cómo poderlo

romper, apuraba el rencor de Molly.

Las reflexiones sanas que impulsan al culpable a censurarse

interiormente no acuden con bastante energía, aun en el aire más puro y

ante las mejores lecciones del cielo y de la tierra. ¿Cómo era posible

que esas delicadas mensajeras de alas blancas pudieran llegar hasta la

celda emocionada del corazón de aquella mujer, celda habitada sólo por

recuerdos tan poco nobles como los de una moza de posada que sueña en su

paraíso de antaño con sus cintas color de rosa y con las bromas de los

señores?

Había partido temprano, pero se había retrasado en el camino. Su

indolencia la disponía a creer que la nieve dejaría de caer si esperaba

bajo un abrigo caliente. Se había detenido más tiempo del que pensaba, y

ahora que la noche la había sorprendido en las largas callejuelas

rugosas y cubiertas de nieve, ni siquiera el ardor de la venganza podía

impedir que su coraje desmayara.

Eran las siete. En aquel momento no estaba muy lejos de Raveloe, pero

aquellos senderos monótonos no le eran bastante familiares para saber

qué próximo estaba el término de su viaje. Tenía necesidad de consuelo,

pero no conocía más que uno; el demonio familiar oculto en su seno. Sin

embargo, vaciló un momento antes de llevar a sus labios el resto que le

quedaba de aquella substancia negra.

En ese instante el amor materno alzó su voz; antes un doloroso estado de

conciencia que el olvido; antes la continuación del sufrimiento causado

por la laxitud, que el amodorramiento de los brazos que la imposibilidad

de seguir oprimiendo y sintiendo la preciosa carga. Algunos segundos más

tarde Molly arrojó algo; no era la materia negra, era un frasco vacío.

Prosiguió su camino bajo una nube negra que se desgarraba, por donde

surgía de tiempo en tiempo la luz de una estrella que se velaba

rápidamente porque se había levantado un viento glacial desde que dejara

de caer la nieve. Pero Molly seguía caminando adormeciéndose cada vez

más a cada paso que daba, oprimiendo al niño contra su seno con la

inconsciencia cada vez mayor.

Lentamente y a su manera el demonio cumplía su obra. El frío, y la

fatiga le iban en ayuda. Muy luego Molly sólo sintió un deseo supremo e

irresistible que le veló por completo el porvenir: el deseo imperioso de

extenderse en el suelo y dormir. Había llegado en un sitio en que sus

pasos ya no eran guiados por las cercas de las callejuelas, y vagó al

azar, incapaz de distinguir ningún objeto a pesar de la inmensa capa

blanca que la rodeaba y la creciente luz de las estrellas. Se dejó caer

contra una mata aislada de retama. Era una almohada bastante blanda, y

el lecho de nieve era también bastante suave. No se dio cuenta de la

frialdad de aquella cama. No se preocupó de si la criatura despertaría y

llamaría a su madre llorando. Sin embargo, los brazos seguían ejerciendo

su presión instintiva y la pequeña criatura continuaba durmiendo tan

tranquilamente como si estuviera mecida en una cuna guarnecida de

encajes.

Por último llegó el anonadamiento completo; los dedos perdieron su

fuerza; los brazos se distendieron. Entonces la pequeña cabeza rodó del

seno en que estaba apoyada y los ojos azules se dilataron contemplando

la fría luz de las estrellas. Primero la criatura exhaló el pequeño

grito plañidero de «ma-ma», e hizo un esfuerzo para refugiarse en el

brazo y el seno en que descansaba. De pronto, en que el pequeño ser

rodaba de las rodillas de la madre, húmedas de nieve, una viva luz que

reflejaba la blancura del suelo, atrajo su mirada. Con esa rapidez de

transición característica en la infancia, su espíritu fue inmediatamente

absorbido por la vista de aquella cosa brillante y animada que corría

hacia ella sin alcanzarla nunca. Era preciso que atrapara aquella cosa

brillante y animada. En un instante la pequeña criatura se deslizó con

los pies y las manos y en seguida tendía una de aquéllas tratando de

asir los rayos de luz. Pero los sutiles rayos no quisieron dejarse

aferrar y la pequeña cabeza se alzó para ver de dónde venían. Salían de

un sitio muy brillante; entonces, el pequeño ser siguió sobre sus

piernecitas y avanzó titubeando por la nieve, arrastrando tras de sí el

chal en que había estado envuelto, mientras que su sombrero abollado

caía a su espalda; así avanzó titubeando hacia la puerta abierta de la

choza de Silas Marner, dirigiéndose derecho, al hogar caliente, en el

que había un fuego vivo de leñas y astillas. El fuego había recalentado

la vieja bolsa--el sobretodo de Silas--extendido sobre los ladrillos

para que se secase. La criatura, acostumbrada a quedar sola largas horas

sin que su madre reparase en ella, se sentó en el saco y extendió sus

manecitas frente a la llama, llena de gusto, balbuceando y diciéndole

largos discursos inarticulados al alegre fuego, como un patito

recientemente nacido que comienza a encontrarse bien al sol. Entretanto,

el calor no tardó en producir un efecto somnífero; la linda cabecita de

cabellos rubios cayó sobre la vieja bolsa y los ojos azules fueron

velados por sus párpados semitransparentes.

Pero, ¿dónde se encontraba Marner en el momento en que aquella extraña

visita acudía a su hogar? Estaba en la choza, pero no había visto a la

criatura. Durante las pocas semanas que habían transcurrido desde que

se cometiera el robo, había tomado la costumbre de abrir la puerta y de

mirar de tiempo en tiempo hacia afuera, como si pensara que su plata

había de volverle de un modo o de otro, o que algunos indicios, algunas

noticias de su tesoro se encontraran misteriosamente en marcha y fueran

susceptibles de ser apercibidos de los esfuerzos de su mirada o la

intención de su oído. Era principalmente al caer la noche cuando no

estaba ocupado con su telar, que se ponía a repetir aquel acto maquinal,

al que hubiera sido incapaz de asignar un fin determinado y que no podía

ser comprendido sino por aquellos que han sentido el dolor enloquecido

de verse separados del objeto supremamente amado. En el crepúsculo de la

tarde, y aun después, cuando la noche no era obscura, Silas miraba la

breve perspectiva que rodeaba las canteras. Velaba y escuchaba

atentamente, no con esperanza, pero sí con un deseo inquieto e

irresistible.

Esa mañana, algunos de sus vecinos le habían dicho que era la víspera

del Año Nuevo y que era preciso que esa noche velara para oír tocar la

partida del año viejo y la llegada del nuevo, porque eso daba suerte y

podría hacer volver su dinero. Aquélla no era más que una broma amistosa

de los vecinos de Raveloe, para divertirse un poco de las singularidades

medio insensatas de un avaro. Eso habría contribuido quizás a poner a

Silas en un estado de agitación mayor que de costumbre. Desde el

comienzo del crepúsculo abrió las puertas varias veces, pero para

volverlas a cerrar inmediatamente cada vez al ver que toda perspectiva

era velada por la caída de la nieve. Sin embargo, la última vez que la

abrió ya no nevaba y las nubes se separaban de cuando en cuando.

Permaneció largo rato de pie observando y escuchando. Había entonces

realmente algo en el camino, que se adelantaba hacia él, pero no pudo

distinguir nada. La calma y la sábana inmensa de nieve y sin huellas

parecían estrechar su soledad y su deseo inquieto rozaba en la

desesperación. Entró de nuevo y tornó el pestillo de la puerta con la

mano derecha para cerrar. No cerró; lo detuvo, como ya le había sucedido

desde la desaparición de su tesoro, la varilla invisible de la

catalepsia. Permaneció como una estatua tallada, con los ojos dilatados

por la visión, manteniendo la puerta abierta, incapaz para resistir, sea

al bien, sea al mal, que pudiera entrar en su casa.

Cuando Marner volvió en sí, prosiguió la acción suspendida y cerró la

puerta, inconsciente de la ruptura de la ilación de sus ideas,

inconsciente de que hubiera ocurrido ningún cambio, a no ser que la luz

del día se había obscurecido y que se sentía helado y desfallecido. Se

imaginó que había permanecido largo tiempo mirando hacia fuera. Se

volvió hacia el hogar, en que los dos troncos de leña habían caído

separándose y no esparciendo más que un fulgor rojizo y dudoso, y luego

se sentó en su silla junto al fuego.

Tras de un rato, al agacharse a atizar las astillas, le pareció que sus

ojos turbios veían en el suelo, delante del hogar, algo que tenía la

apariencia de oro. ¡Del oro!--su oro--devuéltole tan misteriosamente

como le había sido robado. Entonces sintió que su corazón se ponía a

latir con violencia, y durante algunos instantes fue incapaz de avanzar

la mano para tomar el oro recuperado. El montón de oro parecía brillar y

crecer bajo su mirada agitada. Se inclinó por fin y tendió la mano hacia

adelante, pero en lugar de las monedas duras de contorno familiar y

resistente, sus dedos encontraron rizos sedosos y cálidos. En su extrema

sorpresa Silas se dejó caer de rodillas y agachó profundamente la

cabeza para examinar la maravilla: era una criatura dormida, una linda

criatura regordeta, con la cabeza toda cubierta de rizos rubios y

sedosos. ¿Era posible que fuera su hermanita que le volviera en su

sueño, su hermanita que él había llevado en brazos durante un año, antes

de que muriera, cuando él mismo sólo era un niño sin medias ni zapatos?

Tal fue la primera idea que se le ocurrió a Silas, estupefacto de

sorpresa. Sin embargo, ¿era aquello un sueño? Se puso de pie, aproximó

los tizones, y echando encima algunas virutas y hojas secas consiguió

levantar llama, pero la llama no hizo desaparecer la visión: no hizo más

que iluminar más distintamente la pequeña forma regordeta de la

criatura, así como sus miserables ropas. Se parecía mucho a su

hermanita. Silas se dejó caer desfallecido en la silla, bajo el doble

golpe de una sorpresa inexplicable y de un torrente rápido de recuerdos.

¿Cómo y cuándo había podido entrar aquella criatura? El no había salido

más allá de la puerta. Pero junto con aquella pregunta, y apartándola

casi por completo, nacía en su alma la visión de su antigua casa y la de

las viejas calles que conducían al Patio de la Linterna. Y aquella

visión contenía otra; la de los pensamientos que había tenido cuando

ocurrieron aquellas escenas lejanas. Aquellos pensamientos le parecían

extraños hoy, tal sucede con las antiguas amistades que es imposible

hacer revivir. Sin embargo, tenía una vaga idea de que aquella criatura

era en cierto modo un mensajero que le llegaba de aquella vida del

tiempo antiguo. Aquel pequeño ser reanimaba fibras que habían

permanecido insensibles en Raveloe; antiguos estremecimientos de

ternura, antiguas impresiones del temor respetuoso causado por el

presentimiento de que algún poder presidía su destino; porque su

imaginación no se había desprendido todavía del sentimiento misterioso

producido en él por la presencia brusca de la criatura, no habiendo

supuesto ninguna causa ordinaria y natural que hubiera podido producir

el suceso.

Pero un grito se hizo oír frente al hogar. Marner se inclinó para tomar

la criatura sobre sus rodillas. Esta se agarró a su cuello y lanzó con

una fuerza cada vez mayor esos gritos inarticulados, mezclados con la

palabra «ma-ma» por medio de los cuales los niños expresan su

perplejidad al despertar. Silas la oprimió contra su corazón, y profirió

casi inconscientemente voces cariñosas para calmarla. Al mismo tiempo le

ocurrió que una parte de su sopa, que se había enfriado junto al fuego

moribundo, podría servir de alimento a la criatura, con tal que hiciera

calentarla un poco.

Tuvo mucho que hacer durante la hora siguiente. La sopa, endulzada con

un poco de azúcar procedente de una antigua provisión que se había

abstenido de usar para él, detuvo los gritos de la pequeña, hizo alzar

los ojos azules hacia Silas y contemplarlo con una larga mirada

tranquila cuando le puso la cuchara en la boca. En seguida se deslizó de

las rodillas de Marner al suelo y se puso a andar de aquí para allá, a

pasitos cortos, pero titubeando tan graciosamente que Silas se levantó

de golpe para seguirla, de miedo que fuera a golpearse contra algo que

le hiriera. Pero sólo cayó sentada, y allí, con la cara llorosa y

mirando a Marner; se puso a tirar de los zapatitos como si le hicieran

daño. El tejedor volvió a tomarla en las rodillas. Sin embargo, sólo fue

un rato después que al espíritu lento del solterón Silas se le ocurrió

que eran los zapatos mojados los que causaban el dolor de la criatura,

apretándole los tobillos recalentados. Le quitó los zapatos con

dificultad y Bebé se ocupó inmediatamente con delicia del misterio de

sus zapatitos, todavía nuevos para ella, invitando a Marner, con muchas

carcajadas alegres y sofocadas, a que considerara él también el

misterio. Los zapatos mojados le sugirieron, por fin, a Silas, la idea

de que Bebé había caminado en la nieve. Esta circunstancia le recordó

que no había pensado en ningún medio natural para hacer entrar o traer

la criatura en la casa. Bajo la impresión de este nuevo pensamiento, y

sin detenerse a formar conjeturas la tomó en los brazos y se dirigió

hacia la puerta. En seguida que la abrió, la pequeña repitió de nuevo el

grito de «ma-ma», que Silas no le había oído hasta el momento en que el

hambre la despertó. Agachándose pudo distinguir las huellas de los

pequeños pies en la nieve inmaculada, y siguió su rastro hasta las matas

de retama. «¡Ma-ma!», repitió la criatura varias veces, echándose hacia

adelante, como para escapar de los brazos del tejedor antes de que éste,

que tenía un arbusto por delante, viera que había allí un cuerpo humano,

cuya cabeza estaba profundamente hundida entre las ramas y a medias

recubierta por la nieve levantada por el viento.

Silas Marner(#24823) · 第 15 / 26 题