Mientras Godfrey Cass bebía a grandes sorbos el dulce brebaje del olvido
en presencia de Nancy y perdía voluntariamente todo recuerdo del vínculo
secreto que en otros momentos lo obsesionaba y atormentaba, llegando
hasta exasperarlo en medio de los rayos sonrientes del sol, su esposa se
adelantaba a pasos lentos e inciertos, a través de las callejuelas
cubiertas de nieve de Raveloe, llevando una criatura en los brazos.
Aquel viaje de la víspera del Año Nuevo era un acto de venganza
premeditada que su corazón siempre había alimentado desde el día en que
Godfrey, en un acceso de cólera, le había dicho que antes preferiría
morir a reconocerla por su mujer. Debía haber una gran fiesta en la Casa
Roja la víspera del Año Nuevo, ella lo sabía; su marido sonreiría y le
sonreirían. Escondería la existencia de ella en el rincón más obscuro de
su corazón. Pero ella iría a turbar, su felicidad; iría cubierta de
harapos sucios, con su rostro demacrado que antes no cedía en belleza a
ninguno; iría con su hijo, que tenía los ojos y los cabellos de su
padre, a declararle al squire que era la mujer de su hijo mayor.
Pocas veces los miserables pueden dejar de considerar su situación como
un mal que le es infligido por aquellos cuya miseria es menor. Molly
sabía que si vestía harapos sucios no era por culpa de la negligencia de
su marido, sino del demonio Opio, del que era esclava en cuerpo y alma,
y sólo un resto de amor materno hacía que no sacrificara por completo al
monstruo la vida de su hijo hambriento. Ella lo sabía muy bien, y, sin
embargo; en los momentos en que su miserable conciencia no estaba
amodorrada, el sentimiento de sus necesidades y de su degradación se
transformaba continuamente en acritud contra Godfrey. El vivía en la
holgura, él, y si sus derechos de esposa fueran reconocidos, ella
también viviría rodeada de comodidades. La convicción de que Godfrey
estaba arrepentido de su casamiento y que sufría pensando cómo poderlo
romper, apuraba el rencor de Molly.
Las reflexiones sanas que impulsan al culpable a censurarse
interiormente no acuden con bastante energía, aun en el aire más puro y
ante las mejores lecciones del cielo y de la tierra. ¿Cómo era posible
que esas delicadas mensajeras de alas blancas pudieran llegar hasta la
celda emocionada del corazón de aquella mujer, celda habitada sólo por
recuerdos tan poco nobles como los de una moza de posada que sueña en su
paraíso de antaño con sus cintas color de rosa y con las bromas de los
señores?
Había partido temprano, pero se había retrasado en el camino. Su
indolencia la disponía a creer que la nieve dejaría de caer si esperaba
bajo un abrigo caliente. Se había detenido más tiempo del que pensaba, y
ahora que la noche la había sorprendido en las largas callejuelas
rugosas y cubiertas de nieve, ni siquiera el ardor de la venganza podía
impedir que su coraje desmayara.
Eran las siete. En aquel momento no estaba muy lejos de Raveloe, pero
aquellos senderos monótonos no le eran bastante familiares para saber
qué próximo estaba el término de su viaje. Tenía necesidad de consuelo,
pero no conocía más que uno; el demonio familiar oculto en su seno. Sin
embargo, vaciló un momento antes de llevar a sus labios el resto que le
quedaba de aquella substancia negra.
En ese instante el amor materno alzó su voz; antes un doloroso estado de
conciencia que el olvido; antes la continuación del sufrimiento causado
por la laxitud, que el amodorramiento de los brazos que la imposibilidad
de seguir oprimiendo y sintiendo la preciosa carga. Algunos segundos más
tarde Molly arrojó algo; no era la materia negra, era un frasco vacío.
Prosiguió su camino bajo una nube negra que se desgarraba, por donde
surgía de tiempo en tiempo la luz de una estrella que se velaba
rápidamente porque se había levantado un viento glacial desde que dejara
de caer la nieve. Pero Molly seguía caminando adormeciéndose cada vez
más a cada paso que daba, oprimiendo al niño contra su seno con la
inconsciencia cada vez mayor.
Lentamente y a su manera el demonio cumplía su obra. El frío, y la
fatiga le iban en ayuda. Muy luego Molly sólo sintió un deseo supremo e
irresistible que le veló por completo el porvenir: el deseo imperioso de
extenderse en el suelo y dormir. Había llegado en un sitio en que sus
pasos ya no eran guiados por las cercas de las callejuelas, y vagó al
azar, incapaz de distinguir ningún objeto a pesar de la inmensa capa
blanca que la rodeaba y la creciente luz de las estrellas. Se dejó caer
contra una mata aislada de retama. Era una almohada bastante blanda, y
el lecho de nieve era también bastante suave. No se dio cuenta de la
frialdad de aquella cama. No se preocupó de si la criatura despertaría y
llamaría a su madre llorando. Sin embargo, los brazos seguían ejerciendo
su presión instintiva y la pequeña criatura continuaba durmiendo tan
tranquilamente como si estuviera mecida en una cuna guarnecida de
encajes.
Por último llegó el anonadamiento completo; los dedos perdieron su
fuerza; los brazos se distendieron. Entonces la pequeña cabeza rodó del
seno en que estaba apoyada y los ojos azules se dilataron contemplando
la fría luz de las estrellas. Primero la criatura exhaló el pequeño
grito plañidero de «ma-ma», e hizo un esfuerzo para refugiarse en el
brazo y el seno en que descansaba. De pronto, en que el pequeño ser
rodaba de las rodillas de la madre, húmedas de nieve, una viva luz que
reflejaba la blancura del suelo, atrajo su mirada. Con esa rapidez de
transición característica en la infancia, su espíritu fue inmediatamente
absorbido por la vista de aquella cosa brillante y animada que corría
hacia ella sin alcanzarla nunca. Era preciso que atrapara aquella cosa
brillante y animada. En un instante la pequeña criatura se deslizó con
los pies y las manos y en seguida tendía una de aquéllas tratando de
asir los rayos de luz. Pero los sutiles rayos no quisieron dejarse
aferrar y la pequeña cabeza se alzó para ver de dónde venían. Salían de
un sitio muy brillante; entonces, el pequeño ser siguió sobre sus
piernecitas y avanzó titubeando por la nieve, arrastrando tras de sí el
chal en que había estado envuelto, mientras que su sombrero abollado
caía a su espalda; así avanzó titubeando hacia la puerta abierta de la
choza de Silas Marner, dirigiéndose derecho, al hogar caliente, en el
que había un fuego vivo de leñas y astillas. El fuego había recalentado
la vieja bolsa--el sobretodo de Silas--extendido sobre los ladrillos
para que se secase. La criatura, acostumbrada a quedar sola largas horas
sin que su madre reparase en ella, se sentó en el saco y extendió sus
manecitas frente a la llama, llena de gusto, balbuceando y diciéndole
largos discursos inarticulados al alegre fuego, como un patito
recientemente nacido que comienza a encontrarse bien al sol. Entretanto,
el calor no tardó en producir un efecto somnífero; la linda cabecita de
cabellos rubios cayó sobre la vieja bolsa y los ojos azules fueron
velados por sus párpados semitransparentes.
Pero, ¿dónde se encontraba Marner en el momento en que aquella extraña
visita acudía a su hogar? Estaba en la choza, pero no había visto a la
criatura. Durante las pocas semanas que habían transcurrido desde que
se cometiera el robo, había tomado la costumbre de abrir la puerta y de
mirar de tiempo en tiempo hacia afuera, como si pensara que su plata
había de volverle de un modo o de otro, o que algunos indicios, algunas
noticias de su tesoro se encontraran misteriosamente en marcha y fueran
susceptibles de ser apercibidos de los esfuerzos de su mirada o la
intención de su oído. Era principalmente al caer la noche cuando no
estaba ocupado con su telar, que se ponía a repetir aquel acto maquinal,
al que hubiera sido incapaz de asignar un fin determinado y que no podía
ser comprendido sino por aquellos que han sentido el dolor enloquecido
de verse separados del objeto supremamente amado. En el crepúsculo de la
tarde, y aun después, cuando la noche no era obscura, Silas miraba la
breve perspectiva que rodeaba las canteras. Velaba y escuchaba
atentamente, no con esperanza, pero sí con un deseo inquieto e
irresistible.
Esa mañana, algunos de sus vecinos le habían dicho que era la víspera
del Año Nuevo y que era preciso que esa noche velara para oír tocar la
partida del año viejo y la llegada del nuevo, porque eso daba suerte y
podría hacer volver su dinero. Aquélla no era más que una broma amistosa
de los vecinos de Raveloe, para divertirse un poco de las singularidades
medio insensatas de un avaro. Eso habría contribuido quizás a poner a
Silas en un estado de agitación mayor que de costumbre. Desde el
comienzo del crepúsculo abrió las puertas varias veces, pero para
volverlas a cerrar inmediatamente cada vez al ver que toda perspectiva
era velada por la caída de la nieve. Sin embargo, la última vez que la
abrió ya no nevaba y las nubes se separaban de cuando en cuando.
Permaneció largo rato de pie observando y escuchando. Había entonces
realmente algo en el camino, que se adelantaba hacia él, pero no pudo
distinguir nada. La calma y la sábana inmensa de nieve y sin huellas
parecían estrechar su soledad y su deseo inquieto rozaba en la
desesperación. Entró de nuevo y tornó el pestillo de la puerta con la
mano derecha para cerrar. No cerró; lo detuvo, como ya le había sucedido
desde la desaparición de su tesoro, la varilla invisible de la
catalepsia. Permaneció como una estatua tallada, con los ojos dilatados
por la visión, manteniendo la puerta abierta, incapaz para resistir, sea
al bien, sea al mal, que pudiera entrar en su casa.
Cuando Marner volvió en sí, prosiguió la acción suspendida y cerró la
puerta, inconsciente de la ruptura de la ilación de sus ideas,
inconsciente de que hubiera ocurrido ningún cambio, a no ser que la luz
del día se había obscurecido y que se sentía helado y desfallecido. Se
imaginó que había permanecido largo tiempo mirando hacia fuera. Se
volvió hacia el hogar, en que los dos troncos de leña habían caído
separándose y no esparciendo más que un fulgor rojizo y dudoso, y luego
se sentó en su silla junto al fuego.
Tras de un rato, al agacharse a atizar las astillas, le pareció que sus
ojos turbios veían en el suelo, delante del hogar, algo que tenía la
apariencia de oro. ¡Del oro!--su oro--devuéltole tan misteriosamente
como le había sido robado. Entonces sintió que su corazón se ponía a
latir con violencia, y durante algunos instantes fue incapaz de avanzar
la mano para tomar el oro recuperado. El montón de oro parecía brillar y
crecer bajo su mirada agitada. Se inclinó por fin y tendió la mano hacia
adelante, pero en lugar de las monedas duras de contorno familiar y
resistente, sus dedos encontraron rizos sedosos y cálidos. En su extrema
sorpresa Silas se dejó caer de rodillas y agachó profundamente la
cabeza para examinar la maravilla: era una criatura dormida, una linda
criatura regordeta, con la cabeza toda cubierta de rizos rubios y
sedosos. ¿Era posible que fuera su hermanita que le volviera en su
sueño, su hermanita que él había llevado en brazos durante un año, antes
de que muriera, cuando él mismo sólo era un niño sin medias ni zapatos?
Tal fue la primera idea que se le ocurrió a Silas, estupefacto de
sorpresa. Sin embargo, ¿era aquello un sueño? Se puso de pie, aproximó
los tizones, y echando encima algunas virutas y hojas secas consiguió
levantar llama, pero la llama no hizo desaparecer la visión: no hizo más
que iluminar más distintamente la pequeña forma regordeta de la
criatura, así como sus miserables ropas. Se parecía mucho a su
hermanita. Silas se dejó caer desfallecido en la silla, bajo el doble
golpe de una sorpresa inexplicable y de un torrente rápido de recuerdos.
¿Cómo y cuándo había podido entrar aquella criatura? El no había salido
más allá de la puerta. Pero junto con aquella pregunta, y apartándola
casi por completo, nacía en su alma la visión de su antigua casa y la de
las viejas calles que conducían al Patio de la Linterna. Y aquella
visión contenía otra; la de los pensamientos que había tenido cuando
ocurrieron aquellas escenas lejanas. Aquellos pensamientos le parecían
extraños hoy, tal sucede con las antiguas amistades que es imposible
hacer revivir. Sin embargo, tenía una vaga idea de que aquella criatura
era en cierto modo un mensajero que le llegaba de aquella vida del
tiempo antiguo. Aquel pequeño ser reanimaba fibras que habían
permanecido insensibles en Raveloe; antiguos estremecimientos de
ternura, antiguas impresiones del temor respetuoso causado por el
presentimiento de que algún poder presidía su destino; porque su
imaginación no se había desprendido todavía del sentimiento misterioso
producido en él por la presencia brusca de la criatura, no habiendo
supuesto ninguna causa ordinaria y natural que hubiera podido producir
el suceso.
Pero un grito se hizo oír frente al hogar. Marner se inclinó para tomar
la criatura sobre sus rodillas. Esta se agarró a su cuello y lanzó con
una fuerza cada vez mayor esos gritos inarticulados, mezclados con la
palabra «ma-ma» por medio de los cuales los niños expresan su
perplejidad al despertar. Silas la oprimió contra su corazón, y profirió
casi inconscientemente voces cariñosas para calmarla. Al mismo tiempo le
ocurrió que una parte de su sopa, que se había enfriado junto al fuego
moribundo, podría servir de alimento a la criatura, con tal que hiciera
calentarla un poco.
Tuvo mucho que hacer durante la hora siguiente. La sopa, endulzada con
un poco de azúcar procedente de una antigua provisión que se había
abstenido de usar para él, detuvo los gritos de la pequeña, hizo alzar
los ojos azules hacia Silas y contemplarlo con una larga mirada
tranquila cuando le puso la cuchara en la boca. En seguida se deslizó de
las rodillas de Marner al suelo y se puso a andar de aquí para allá, a
pasitos cortos, pero titubeando tan graciosamente que Silas se levantó
de golpe para seguirla, de miedo que fuera a golpearse contra algo que
le hiriera. Pero sólo cayó sentada, y allí, con la cara llorosa y
mirando a Marner; se puso a tirar de los zapatitos como si le hicieran
daño. El tejedor volvió a tomarla en las rodillas. Sin embargo, sólo fue
un rato después que al espíritu lento del solterón Silas se le ocurrió
que eran los zapatos mojados los que causaban el dolor de la criatura,
apretándole los tobillos recalentados. Le quitó los zapatos con
dificultad y Bebé se ocupó inmediatamente con delicia del misterio de
sus zapatitos, todavía nuevos para ella, invitando a Marner, con muchas
carcajadas alegres y sofocadas, a que considerara él también el
misterio. Los zapatos mojados le sugirieron, por fin, a Silas, la idea
de que Bebé había caminado en la nieve. Esta circunstancia le recordó
que no había pensado en ningún medio natural para hacer entrar o traer
la criatura en la casa. Bajo la impresión de este nuevo pensamiento, y
sin detenerse a formar conjeturas la tomó en los brazos y se dirigió
hacia la puerta. En seguida que la abrió, la pequeña repitió de nuevo el
grito de «ma-ma», que Silas no le había oído hasta el momento en que el
hambre la despertó. Agachándose pudo distinguir las huellas de los
pequeños pies en la nieve inmaculada, y siguió su rastro hasta las matas
de retama. «¡Ma-ma!», repitió la criatura varias veces, echándose hacia
adelante, como para escapar de los brazos del tejedor antes de que éste,
que tenía un arbusto por delante, viera que había allí un cuerpo humano,
cuya cabeza estaba profundamente hundida entre las ramas y a medias
recubierta por la nieve levantada por el viento.