Algunas mujeres, lo confieso, no aparecerían ventajosamente si
cabalgaran a la grupa, vestidas con un abrigo de viaje color marrón y la
cabeza cubierta con un sombrero de castor también color marrón, cuya
copa se parece a una pequeña cacerola.
En efecto, un vestido que recuerda la hopalanda de un cochero, y que ha
sido cortado en un pequeño retazo de paño con el cual no se han podido
cortar capuchas en miniatura, no es muy aparente para ocultar los
defectos de las formas. Por otra parte, el marrón no es un color
apropiado para hacer resaltar vivamente las mejillas pálidas. Era un
triunfo tanto más grande la belleza de la señorita Nancy Lammeter
aparecer del todo seductora en semejante traje, cuando sentada a la
grupa sobre un cojín, tras de su padre alto y derecho, ella le tomaba la
cintura con uno de sus brazos y miraba hacia abajo, con ansiedad
vigilante, los charcos de agua, cubiertos por una nube traidora que
lanzaba salpicaduras formidables bajo los golpes de los cascos de
_Dobbin_. Un pintor la hubiera preferido quizá en uno de esos momentos
en que ella no tenía conciencia de sí misma; pero sin duda que esas
mejillas habían alcanzado su más alto grado de contraste con la tela
marrón de que iba revestida, cuando llegó a la puerta de la Casa Roja y
vio a Godfrey Cass dispuesto para ayudarla a bajar del caballo. Hubiera
deseado que su hermana Priscila hubiese ido a la grupa detrás del
sirviente al mismo tiempo que ellos, porque entonces se hubiera
arreglado para que el señor Godfrey bajara a Priscila primero. En ese
intervalo ella hubiera convencido a su padre de que la diera la vuelta
hasta el apeadero, en lugar de dirigirse al pie de la escalera. Es muy
penoso, cuando se le ha dado a entender claramente a un joven que se
tiene la resolución de no casarse con él, por más que él deseara esa
unión, verlo seguir, sin embargo, teniendo atenciones especiales. Y
además, ¿por qué no tenía siempre las mismas atenciones, si realmente
eran sinceras de su parte, en vez de mostrarse tan incoherente como lo
era el señor Godfrey Cass? Procedía a veces como si no quisiera
hablarla, y no se ocupaba de ella durante varias semanas; después, de
repente, casi le hacía de nuevo la corte. Además, era bien evidente que
no le profesaba verdadero afecto; de otro modo no dejaría que las gentes
dijeran lo que decían de él. ¿Suponía acaso que la señorita Nancy
Lammeter podía ser conquistada por cualquiera, squire o no, que llevara
mala vida? No era eso lo que estaba acostumbrada a ver en la persona de
su padre, el hombre más sobrio y bueno de los alrededores, cuyo único
defecto era ser algo brusco y arrebatado, de cuando en cuando, si las
cosas no eran hechas en el acto.
Todos estos pensamientos atravesaron rápidamente el espíritu de la
señorita Nancy en su orden habitual, entre el momento en que se advirtió
al señor Godfrey Cass de pie en la puerta, y aquel en que llegó junto a
él. Felizmente, el squire también salió a recibirles y dirigió ruidosos
saludos al padre de Nancy. Se vio entonces protegida en cierto modo por
aquel ruido, envolviéndose en él su confesión y su descuido de toda
regla conforme con la etiqueta, cuando los vigorosos brazos del joven la
ayudaban a bajar del caballo, pareciendo juzgarla ridículamente pequeña
y liviana. Había las mayores razones, además, para entrar en la casa
cuanto antes, pues la nieve comenzaba a caer, amenazando con un viaje
desagradable a los invitados que estaban aún en camino. Estos
constituían una pequeña minoría, porque ya la tarde comenzaba a declinar
y no tardarían en llegar las damas que venían de mayores distancias.
Tenían que ataviarse y estar prontas antes del té, que se tomaría
temprano, y que debía animarles para el baile.
Cuando la señorita Nancy entró, hubo por toda la casa un murmullo de
voces, que se confundió con el ruido de un violín que estaba preludiando
en la cocina. Pero la llegada de los Lammeter tenía evidentemente tan
preocupadas a las gentes, que se asomaron a la ventana para verles
llegar. En efecto, la señora Kimble, que hacía los honores de la Casa
Roja en estas grandes ocasiones, vino al vestíbulo a recibir a la
señorita Nancy y la llevó a los altos. La señora Kimble era la hermana
del squire y la mujer del doctor, doble dignidad con la cual su diámetro
estaba en razón directa. Así es que como un viaje al primer piso la
fatigaba bastante, accedió al pedido de la señorita Nancy de que le
permitiera dirigirse sola hacia el cuarto azul, donde habían sido
colocadas las cajas de las señoritas Lammeter cuando llegaron por la
mañana.
Hubiera sido difícil encontrar un dormitorio en la casa, en el que las
mujeres no estuvieran ocupadas en cumplimentarse y en prepararse. El
atavío de cada una estaba más o menos adelantado, y se proseguía en un
espacio reducido por las camas suplementarias tendidas en el suelo. La
señorita Nancy, al entrar en el cuarto azul, tuvo que hacer una pequeña
reverencia ceremoniosa a un grupo de seis damas. Hacia una parte había
dos que eran nada menos que las señoritas Gunn, las hijas del negociante
en vinos de Lytherley, vestidas a la última moda, con las faldas más
ceñidas y las batas más cortas de talle. Las estaba examinando la
señorita Ladbrook--de los Prados Viejos--con una vergüenza fingida no
exenta de una contrariedad secreta. La señorita Ladbrook comprendía que
las señoritas Gunn debían considerar su falda como de una amplitud
exagerada; pero, en cambio, no era sensible que las señoritas Gunn
estuvieran desprovistas de la sensatez que les hubiera indicado la
conveniencia de no ajustarse tanto a la moda. Por otra parte, estaba la
señora Ladbrook, que de cofia y con un turbante en la mano hacía una
reverencia y sonreía con dulzura, diciendo: «De ningún modo; yo
esperaré»; a otra dama que se hallaba en la misma posición que ella y
que atentamente le ofrecía la precedencia frente al espejo.
Pero apenas la señorita Nancy hizo su reverencia, una dama de cierta
edad se adelantó. El fichú de muselina extremadamente blanco de aquella
dama y la papalina que cubría sus bucles de cabellos grises y lacios,
formaba un contraste chocante con los trajes de raso amarillo y los
tocados aparatosos de sus vecinas. Se acercó a la señorita Nancy con
mucha afectación y le dijo lentamente, con voz aguda y suave:
--Espero, sobrina, que estéis en buena salud.
La señorita Nancy besó respetuosamente la mejilla de su tía, y
respondió con igual afectación de amabilidad:
--En muy buena salud, mi tía, y espero que vos estéis lo mismo.
--Gracias, mi sobrina; mi salud se conserva por ahora. ¿Cómo está mi
cuñado?
Estas preguntas y estas respuestas respetuosas no cesaron hasta que se
hubo averiguado que todos los Lammeter estaban en tan buena salud como
de costumbre, lo mismo que los Osgood; además, la sobrina Priscila debía
seguramente de estar por llegar, y que no era muy agradable viajar a la
grupa con tiempo de nieve, bien que una capa de viaje abrigara mucho.
Entonces, Nancy fue presentada a los visitantes de su tía, la señora
Gunn. Estos fueron anunciados como las hijas de una dama conocida de la
señora Lammeter, bien que ellas mismas no se hubieran resuelto nunca a
hacer un viaje a aquellos parajes. Quedaron tan sorprendidas de
encontrar una fisonomía y maneras tan encantadoras en un sitio apartado
de la campaña, que empezaron a sentir cierta curiosidad por saber qué
traje se pondría Nancy después que se quitara el abrigo. La atención de
la señorita Nancy estaba siempre fija en la cortesía y moderación que se
observaba siempre en sus maneras. Se puso a observar que las señoritas
Gunn tenían más bien facciones groseras y que la idea de ponerse trajes
escotados como los suyos hubiera podido ser atribuida a la vanidad si
tuviesen lindos hombros. Sin embargo, teniendo semejantes hombros, había
que suponer sensatamente que aquellas señoritas no lo hacían por el
deseo de exhibirlos, sino más bien a causa de una obligación que no era
incompatible con el buen sentido y la modestia.
Tenía la convicción al abrir la caja que contenía su traje que ésa
sería la opinión de la señora Osgood, porque el espíritu de la señorita
Nancy se parecía de un modo extraordinario al de su tía. Todo el mundo
decía que era una cosa sorprendente, puesto que el parentesco procedía
por el lado del señor Osgood; y bien que la forma ceremoniosa de sus
saludos no lo hubiera hecho suponer, había un afecto, una admiración
recíproca entre la tía y la sobrina. Ni aun la negativa de la señorita
Nancy de aceptar la mano de su primo Gilberto Osgood--simplemente a
causa de que era su primo--no había enfriado absolutamente la
preferencia que había determinado a la señora Osgood, a pesar del gran
disgusto que aquella negativa le había causado, a dejarle a Nancy varias
alhajas de familia, cualquiera que fuese la esposa futura de su hijo.
Tres damas se retiraron muy luego; pero no las señoritas Gunn, que el
deseo de la señora Osgood de esperar a su sobrina, les diera motivo para
quedarse, a ver el traje de aquella belleza rústica. Hubo para ellas un
verdadero placer, desde el momento en que se abrió la caja en que todo
olía a alhucema y hojas de rosas, hasta que el pequeño collar de corales
quedó ceñido a su fino cuello blanco. Todas las cosas pertenecientes a
la señorita Nancy eran de una limpieza y de una pureza delicadas: ni un
solo pliegue dejaba de tener su razón de ser; ni la más pequeña pieza de
sus ropas carecía de la blancura que se supondría debía tener; hasta los
alfileres de su almohadilla estaban clavados según un modelo de que
tenía la prolijidad de no apartarse; y, en cuanto a su misma persona,
daba la idea de una elegancia tan invariable y exquisita como la de un
pequeño pájaro.
Es cierto que sus cabellos obscuros estaban cortados en la nuca como los
de un muchacho, y estaban dispuestos adelante en cierto número de bucles
chatos que se apartaban mucho de su rostro. Pero no había peinado que
no hiciera encantadores el cuello y las mejillas de Nancy. Cuando por
fin apareció completamente vestida, con su traje de seda cruzada color
plata, con su cuello de encajes, su collar y sus pendientes de coral,
las señoritas Gunn no encontraron nada que criticarle, a no ser sus
manos.
Estas tenían las huellas dejadas por la fabricación de la manteca, del
queso y aun de alguna otra tarea más grosera. La señorita Nancy no se
avergonzaba, por su parte, de esto. En efecto, a la vez que se vestía,
la joven contaba a su tía cómo habían hecho su hermana Priscila y ella
para poner sus ropas en las cajas la víspera, porque esa mañana tenían
que amasar, y limpiar la casa. Era, pues, conveniente que dejaran además
una buena provisión de fiambres para los sirvientes. Al terminar estas
observaciones, la señorita Nancy se volvió también hacia las señoritas
Gunn a fin de evitar la falta de cortesía de no dirigirse a ellas al
mismo tiempo.
Las señoritas Gunn sonrieron con tiesura y pensaron que era lástima que
aquellas personas ricas de la campaña que tenían medios de comprar tan
ricos trajes--en verdad, el encaje y la seda de Nancy eran de gran
precio--fueran criadas en la completa ignorancia y la vulgaridad. La
señorita Nancy, decía, en efecto, _descote_, por _escote_, _naguas_ por
_enaguas_ y _haiga_ por _haya_, faltas que chocaban necesariamente a los
oídos jóvenes que frecuentaban la buena sociedad de Lytherley. Estas
hablaban lo mismo en la intimidad de la familia, pero pocas veces decían
_haiga_ delante de los extraños. La señorita Nancy, en verdad, nunca
había visto más escuela que la de la maestra Tedman. Sus conocimientos
de la literatura profana no iban más allá de los versos que había
bordado en una gran tapicería, bajo el pastor y la pastora; y para
arreglar una cuenta tenía que hacer la resta quitando chelines y medios
chelines metálicos y visibles de un total metálico y visible. Apenas hay
en nuestros días una sirvienta que no sea más instruida de lo que estaba
la señorita Nancy. Sin embargo, ésta tenía las cualidades esenciales de
una joven bien educada: un gran amor por la verdad, un sentimiento
delicado del honor de sus actos, deferencias para con los demás y
costumbres personales refinadas. Pero por temor de que estas cualidades
no bastan para convencer a las bellas gramáticas, de que los
sentimientos de Nancy se parecían nada a los suyos, agregaré que era un
poco orgullosa y exigente, y tan constante en su aferramiento en una
opinión errónea como en su afecto por un supirante infiel.
La inquietud de Nancy por su hermana Priscila, que había llegado a ser
bastante intensa en el momento en que se prendía el collar de corales,
cesó felizmente al ver entrar a aquélla de carácter alegre; entró con
una cara vivamente coloreada por el frío y la humedad. Después de las
primeras preguntas y los primeros saludos, Priscila se volvió hacia
Nancy y la contempló de pies a cabeza; después la hizo dar media vuelta
para convencerse de que, vista de espaldas, estaba igualmente
irreprochable.
--¿Qué pensáis de estos vestidos, tía Osgood?--dijo Priscila, mientras
Nancy la ayudaba a quitar la saya.
--Muy hermosos, en verdad, sobrina--respondió la señora Osgood,
acentuando ligeramente el tono ceremonioso que usaba de ordinario.
Siempre había considerado a su sobrina Priscila como demasiado
ordinaria.
--Me veo obligada a usar el mismo traje que Nancy, aunque tengo cinco
años más que ella, y eso me hace parecer amarilla. No quiere tener nunca
una cosa sin que yo tenga otra exactamente igual; desea que nos crean
gemelas. Yo le digo que las personas van a considerar esto como una
debilidad de mi parte imaginándome que me pondrá bonita el usar ropas
que a ella le sientan bien. Porque yo soy fea, no cabe duda, tengo las
facciones de la familia de mi padre. Pero a mí eso qué me importa, ¿y a
vosotras?
Priscila en ese momento, sin cesar de hablar, se volvió hacia las
señoritas Gunn. Estaba demasiado preocupada por el placer de hablar para
darse cuenta de que su candor no era apreciado.
--Hay bastantes flores para atraer a las mariposas; las mujeres bonitas
alejan a los hombres de nosotras. Tengo mala opinión de ellos, señorita
Gunn; no sé si vosotras la tendréis buena. Y en cuanto a atormentarse y
mortificarse a propósito de lo que piensan de una y amargarse la vida
pensando en lo que hacen cuando no están a vuestro lado, como siempre le
digo a Nancy, es una locura en que ninguna mujer debiera incurrir si
tiene un buen padre y un buen hogar. Que deje eso para las que no tienen
fortuna y no saben cómo salir de apuros. Así es que yo siempre digo, el
señor Haz-tu-gusto es el mejor marido y el solo a que deseo obedecer. Yo
sé que no es agradable cuando se ha estado acostumbrado a vivir
holgadamente y a cuidar los barriles de cerveza, así como otras cosas
parecidas, el ir a meter las narices en casa ajena o sentarse sola a la
mesa, delante de un cogote de carnero o de un jarrete de buey. Pero, a
Dios gracias, mi padre es sobrio. Es probable que vivirá mucho, y hay un
hombre sentado junto al fuego, poco importa que esté chocho; no tiene
por qué abandonar su puesto.
La forma cuidadosa con que Priscila se pasaba la falda por la cabeza,
sin despeinar sus bucles lisos, obligó a la señora a suspender su rápido
examen de la vida humana. La señora Osgood aprovechó la coyuntura para
ponerse de pie y decir:
--Bien, sobrina, vosotras nos seguiréis. Las señoritas Gunn han de estar
deseosas de bajar.
--Hermana mía--le dijo Nancy a Priscila cuando estuvieron solas--,
habéis ofendido sin duda alguna a las señoritas Gunn.
--¿Por qué, hija mía?--respondió Priscila bastante alarmada.
--Les habéis preguntado si no les importaba ser feas; decís las cosas
con demasiada crudeza.
--¡Dios mío, es cierto! Se me escapó sin pensarlo, y gracias al Cielo
que no dije algo más. Yo no puedo vivir entre personas que temen la
verdad. Pero en cuanto a ser fea, miradme un poco con este traje de seda
color plata. Ya os había dicho lo que iba a suceder. Parezco tan
amarilla como una caléndula. Cualquiera diría que habéis querido hacer
de mí un espantapájaros.
--No, Priscila; no habléis así. Yo os pedí y rogué que no eligierais esa
seda si hubiera otra que os conviniera más. Quería que fueseis vos la
que escogiera, bien lo sabéis--respondió Nancy con vivo deseo de
justificarse.
--¡Vamos, vamos! niña; vos sabéis que esta tela os agradaba y teníais
buenas razones para ello, puesto que vuestro rostro es del color de la
crema. Estaría bueno que llevarais lo que a mí me sentara bien. Lo que
no apruebo es vuestra idea de que me vista como vos. Pero hacéis de mí
lo que queréis. Así ha sido siempre, desde cuando comenzasteis a
caminar. Cuando queríais ir hasta el fin del campo, ibais, y no había
qué pensar en castigaros, porque siempre parecíais tan graciosita e
inocente como una malva.
--Priscila--dijo Nancy con suave voz, al ceñir el cuello de su hermana,
tan distinto al de ella, un collar de corales exactamente igual al
suyo--, os aseguro que estoy dispuesta a ceder en todo lo que es
razonable; pero, ¿quiénes deben de vestirse iguales a no ser dos
hermanas? ¿Querríais que cuando salimos no pareciéramos de la misma
familia, nosotras, nosotras que no tenemos madre ni otra persona en el
mundo? Yo no haré sino lo que sea conveniente, aunque tenga que ponerme
un vestido amarillo color canario, y preferiría que fuerais vos la que
eligierais y me dejarais llevar lo que os place.
--¡Ya estáis otra vez con el mismo tema! No cambiaríais de tono aunque
hablarais la semana entera. Va a ser muy divertido ver cómo manejaréis a
vuestro marido si no alza nunca más la voz que una caldera de agua
hirviendo. A mí me agrada ver llevar a los hombres de las narices.
--No habléis así--dijo Nancy sonrojándose--. Bien sabéis que no tengo la
intención de casarme.
--¡Oh! ¡No tenéis absolutamente la intención de hacer esa
tontería!--dijo Priscila doblando el vestido que acababa de quitarse y
colocándolo en la caja--. ¿Para quién habría trabajado yo entonces,
cuando muera nuestro padre, si se os pone en la cabeza quedaros
solterona, porque ciertas personas no son mejores de lo que debieron
ser? Ya se me está agotando la paciencia a vuestro respecto, viéndoos
siempre empollando un huevo huero, como si no hubiera otros en el mundo.
Conque no se case una de las dos hermanas basta, y yo haré honor al
celibato, porque Dios me puso en el mundo para eso. ¡Vamos! ahora
podemos bajar. Estoy realmente tan bien entrazada como puede estarlo un
espantajo. Ahora que me he puesto los aros no me falta nada para asustar
a los cuervos.
Cuando las dos señoritas Lammeter entraron al salón de recepción, el que
no hubiera conocido el carácter de cada una de ellas hubiera podido sin
duda suponer que la razón que había inducido a Priscila, de acciones
vulgares, retaca y mal hecha, a vestir un traje igual al de su linda
hermana, era su ciega vanidad o la maliciosa ocurrencia de Nancy para
realzar de ese modo su singular belleza física.
Pero la alegría inconsciente y la excelente naturaleza de Priscila, así
como su buen sentido, pronto hubieran hecho desaparecer la primera de
estas sospechas; mientras que la calma modesta de la conversación y de
las maneras de Nancy anunciaban claramente un espíritu exento de todo
artificio reprochable.
Para el té los sitios de honor fueron reservados a las señoritas
Lammeter, junto a la cabecera de la mesa principal, en el salón
artesonado. Aquella pieza parecía entonces tener una frescura agradable,
con sus decoraciones de follaje procedentes de la vegetación abundante
del antiguo jardín.
Nancy sintió entonces una agitación interior que no pudo dominar la
firmeza de su propósito al ver adelantarse al señor Godfrey Cass para
conducirla a su sitio colocado entre el suyo y el del señor
Crackenthorp; mientras que Priscila fue invitada del otro lado, entre su
padre y el squire. Nancy no podía pensar sin alguna emoción que el
pretendiente a que había renunciado era el joven que ocupaba más alto
rango entre las personas de la parroquia, encontrándose en su casa, en
un salón venerable y único que la experiencia de aquella joven
representaba el apogeo de la grandeza, salón en que ella, la señorita
Nancy, podría ser un día la dueña de casa, y pensaba que hablando de
ella la llamarían la señora Cass, la esposa del squire.
Estas particularidades realzaban ante sus ojos el drama de su corazón y
reforzaban la energía con que se decía que la posición más deslumbradora
no la decidiría a aceptar por marido un hombre cuya conducta demostraba
el poco caso que hacía de su propia reputación. Pero agregaba que «no
amar más que una vez y amar siempre» era la divisa de una mujer sincera
y pura, así es que ningún hombre tendría jamás el derecho de destruir
las flores secas que conservaba y conservaría siempre como un tesoro por
el amor de Godfrey Cass. Y Nancy era capaz de sostener en las
circunstancias más penosas la palabra que se daba a sí misma. Nada, a no
ser un sonrojo hesitante, traicionó la emoción causada por los
pensamientos que se agolpaban a su espíritu, cuando aceptó sentarse
junto al señor Crackenthorp, porque era instintivamente tan exacta y
hábil en todos sus actos y sus lindos labios se cerraban con una firmeza
tan tranquila, que le hubiera sido difícil parecer agitada.
El pastor no tenía la costumbre de dejar disipar un sonrojo encantador
sin hacer un cumplimiento oportuno. No era nada orgulloso ni
aristocrático. Era sencillamente un hombre de grandes ojos sonrientes,
de rasgos poco caracterizados y cabellos grises, cuyo mentón estaba
sostenido por las numerosas vueltas de una amplia corbata blanca.
Aquella corbata parecía eclipsar todas las otras partes de su persona,
y, por decirlo así, comunicar un relieve particular a las observaciones
que hacía; así es que considerar su amenidad independientemente de esa
parte de su traje hubiera importado un esfuerzo de abstracción penoso si
no peligroso.
--¡Ah! señorita Nancy--dijo, haciendo girar la cabeza dentro de aquella
corbata y sonriendo agradablemente al mirar a la joven--, si alguien
llegara a pretender que este invierno es riguroso, yo le diría que he
visto florecer las rosas la víspera de año nuevo; decidme, Godfrey, ¿no
sois de mi misma opinión?
Godfrey no respondió y evitó el mirar a Nancy con fijeza; porque bien
que aquellos personalismos elogiosos fueran considerados como de muy
buen gusto en la vieja sociedad de Raveloe, el amor reverente tiene una
urbanidad particular que enseña a los hombres cuya instrucción es
defectuosa bajo otros respectos.
Pero al squire lo apenó que su hijo se mostrara un festejante tan
infeliz. A aquella hora avanzada del día estaba siempre de mejor humor
del que le vimos en el almuerzo, y se sentía muy satisfecho al cumplir
con el deber, hereditario en su familia, de mostrarse protector ruidoso
y jovial. La gran tabaquera de plata estaba en servicio positivo, y, de
tiempo en tiempo, era ofrecida invariablemente a todos sus vecinos,
cualquiera que fuese el número de veces que ya hubiesen rechazado aquel
favor.
Hasta aquí el squire no había dado la bienvenida de un modo señalado más
que a los jefes de familia a su llegada; pero siempre, a medida que
avanzaba la tarde, su hospitalidad irradiaba con más amplitud, hasta que
golpeaba las espaldas de los invitados más jóvenes y manifestaba la
particular satisfacción que le proporcionaba su presencia. Creía
firmemente que éstos debían de sentirse dichosos de vivir en una
parroquia que contaba con un hombre tan cordial como el squire Cass que
los invitaba a su casa y los quería bien. Aun en aquella primera fase de
su humor jovial era natural que deseara suplir las imperfecciones de su
hijo mirando y hablando por él.
--Sí, sí--comenzó a decir, presentando su tabaquera al señor Lammeter,
que por segunda vez inclinó la cabeza e hizo seña con la mano para
rechazar obstinadamente el ofrecimiento del squire--, sí, nosotros los
viejos bien podemos desear ser jóvenes esta noche al ver el ramo de
muérdago suspendido, en el salón blanco. Es cierto que la mayor parte de
las cosas han retrogradado en estos últimos treinta años. El país
periclita desde que nuestro rey Jorge III cayó enfermo. Pero cuando miro
a la señorita Nancy, aquí presente, comienzo a creer que las jóvenes
conservan sus encantos. Que me ahorquen si recuerdo haber visto belleza
que le sea comparable, aun en la época en que yo era un guapo mozo,
dicho sea esto sin ofenderos, señora--agregó, inclinándose hacia la
señora Crackenthorp, sentada a su lado--; a vos ni os conocía cuando
erais joven como la señorita Nancy aquí presente.
La señora Crackenthorp, pequeña mujer que pestañeaba un ojo y agitaba
continuamente sus encajes, sus cintas y su cadena de oro, volviendo la
cabeza a derecha e izquierda, haciendo así ruidos reprimidos que se
parecían mucho al gruñido de un cerdo de la India cuando contrae el
hocico y monologa ante cualquier reunión, la señora Crackenthorp, digo,
pestañeó entonces y continuó agitándose al volverse hacia el squire;
después, por fin, respondió:
--¡Oh, no; no me ofendéis!...
Aquel cumplimiento expresivo dirigido por el squire a Nancy, fue
considerado por todos, menos por Godfrey, como un acto de diplomacia; y
el padre de aquella joven se irguió un poco más, mirándola a través de
la mesa con seria satisfacción. Aquel anciano, grave y regular en sus
actos, no iba a comprometer en un ápice su dignidad, mostrándose
henchido de orgullo ante la idea de una unión entre su familia y la del
squire. Le halagaba todo honor tributado a su familia; sin embargo, era
preciso que viera un cambio bajo todos respectos antes de acordar su
consentimiento. Su cuerpo flaco, pero robusto, y su rostro de rasgos
acentuados que parecía no haber sido nunca encendido por los excesos,
formaban un contraste chocante, no sólo con la persona del squire, sino
con los propietarios de Raveloe en general, lo que estaba de acuerdo con
su dicho favorito: «que la raza primaba la dehesa».
--La señorita Nancy se parece de un modo sorprendente a su finada madre;
¿no es cierto, doctor Kimble?--dijo la gorda señora de este apellido
buscando con los ojos por todas partes a su marido.
El doctor Kimble--los boticarios de campaña gozaban antiguamente de
aquel título sin la sanción de un diploma--, hombre esbelto y ágil
corría de un extremo a otro de la pieza con las manos en los bolsillos.
Se hacía agradable a sus clientes del bello sexo con la imparcialidad de
un hombre de su posición, y en todas partes era el bien venido en su
calidad de doctor por derecho hereditario. No era uno de esos boticarios
desgraciados que van en busca de una clientela a las localidades nuevas
y que gastan todo su haber en hacer morir de hambre a su único caballo;
por el contrario, era un hombre de posición acomodada, tan capaz de
sostener una mesa superabundante como el más rico de sus clientes.
Desde tiempo inmemorial, el doctor de Raveloe era un Kimble. Kimble era
esencialmente un apellido de doctor, así es que era difícil imaginar en
esta triste realidad que el Kimble actual no tenía hijo, y que, por lo
tanto, su clientela podría ser transmitida un día a un sucesor que
llevara el incongruente apellido de Taylor o de Johnson. Pero, en tal
caso, los vecinos más razonables de Raveloe llamarían al doctor Blick de
Flitton, lo que sería más natural.
--¿Me habéis hablado, querida?--dijo el digno doctor dirigiéndose
rápidamente al lado de su mujer.
Sin embargo, como si previera que ella estaría demasiado jadeante para
repetir la observación que acababa de hacer, prosiguió inmediatamente:
--¡Ah! señorita Priscila, vuestra presencia reaviva el gusto de este
superfino pastel de cerdo. Hago votos porque la hornada esté lejos de
agotarse.
--En verdad, lo está, doctor--respondió Priscila--; sin embargo,
garantizo que la próxima será tan buena como ésta. Mis pasteles de cerdo
no salen buenos por casualidad.
--No sucede así con vuestras curas, ¿verdad, Kimble? Sólo salen bien,
¿es cierto?, cuando los enfermos se olvidan de tomar vuestros
remedios--dijo el squire que consideraba a la medicina y a los médicos
como muchos hombres lealmente religiosos consideran a la iglesia y al
clero.
Saboreaba una burla dirigida contra los doctores y su ciencia cuando
estaba en buena salud, pero reclamaba su auxilio con impaciencia así que
sentía algo. Golpeó la tabaquera y echó una mirada a su rededor con aire
de triunfo.
--¡Ah! en verdad que tiene espíritu sutil, mi amiga Priscila--prosiguió
el doctor, prefiriendo atribuir el chiste a una dama antes que reconocer
la ventaja que al hacerlo había tomado el squire sobre su cuñado--.
¡Deja a un lado un poco de pimienta para sazonar la conversación; por
eso es que no la hay en exceso en sus platos! Aquí tenéis a mi mujer
que, por el contrario, nunca tiene la respuesta en la punta de la
lengua; desgraciadamente, si llego a ofenderla no deja de quemarme la
garganta con pimienta al otro día, o si no me da cólicos con legumbres
refrescantes. Es una venganza atroz.
Y al decir esto, el ágil doctor hizo una mueca expresiva.
--¿Habéis oído nunca cosa semejante?--dijo la señora Kimble riendo de
muy buen humor por encima de su doble sotabarba, a la señora
Crackenthorp, que parpadeaba de un ojo, meneaba la cabeza y tenía la
amable intención de sonreír.
Pero esta intención se perdió en ligeros rezongos y ruidos.
--Supongo, Kimble, que ésa es la especie de venganza adoptada en vuestra
profesión si os irritáis contra un enfermo--dijo el pastor.
--Nunca nos enojamos con nuestros enfermos, sino cuando nos
dejan--respondió el doctor Kimble--. Y entonces ya no tenemos ocasión de
hacerles prescripciones. ¡Ah! señorita Nancy--prosiguió poniéndose de
golpe al lado de ella, dando saltitos--, no vayáis a olvidar vuestra
promesa. ¡Tenéis que reservarme una pieza, ya lo sabéis!
--¡Vamos, vamos, Kimble; no os apresuréis tanto!--dijo el squire--.
Dejad a los jóvenes las oportunidades de triunfar. Aquí está mi hijo
Godfrey que os arrojará el guante si os apoderáis de la señorita Nancy.
La ha invitado para la primera pieza, estoy seguro. ¿No es cierto,
señor? ¿Qué me decís?--continuó, echándose hacia atrás para mirar a
Godfrey--. ¿No le habéis pedido a la señorita Nancy que os acompañe para
abrir el baile?
Godfrey estaba lo más molesto a causa de aquella insistencia
significativa respecto de la señorita Nancy. Asustado al pensar qué fin
tendría todo aquello cuando su padre, según su costumbre, hubiera dado
el ejemplo hospitalario de beber antes y después de la cena, no se le
ocurrió cosa mejor que volverse hacia Nancy y decirle lo mejor que pudo:
--No, todavía no se lo he pedido; pero confío que aceptará, si otra
persona no se ha presentado ya.
--No, todavía no me he comprometido--contestó Nancy con tranquilidad,
aunque sonrojándose. (Si el señor Godfrey fundaba algunas esperanzas en
que Nancy consintiera en bailar con él, pronto se iba a desengañar; pero
no había razón alguna para que no se mostrara atenta.)
--Entonces, espero que no tendréis ningún motivo para no bailar
conmigo--prosiguió Godfrey, comenzando a no darse ya cuenta de que había
algo de molesto en aquel arreglo.
--No, ningún motivo--respondió Nancy con frialdad.
--¡Ah! En verdad que tenéis suerte, Godfrey--dijo el tío Kimble--. Pero
sois mi ahijado, y por eso no quiero soplaros la dama. Por lo demás, no
estoy tan viejo, querida, ¿no es cierto?--prosiguió, volviéndose a
saltitos al lado de su mujer--. ¿No os importaría nada que os diera una
sucesora, en caso de que desaparecierais, con tal de que antes llorara
mucho?
--¡Vamos, vamos, tomad una taza de té y retened vuestra lengua, os
ruego!--dijo la alegre señora Kimble, sintiendo cierto orgullo de tener
un marido que la reunión debía considerar como de los más hábiles y
divertidos.
¡Lástima que fuera tan irritable cuando jugaba a la baraja!
Mientras que aquellas personalidades inofensivas, bien puestas a prueba
ya, animaban el té de aquel modo, las notas de un violín se acercaron
bastante como para que se las oyera claramente. Entonces los jóvenes se
miraron con expresión simpática en que se leía la impaciencia de que
terminara la colación.
--Ya está Salomón en el vestíbulo--dijo el squire--, y me parece que
toca mi aire favorito: «El pequeño labrador de cabellos rubios». Nos
quiere insinuar que no nos damos bastante prisa para oírlo tocar.
Bob--agregó dirigiéndose a su tercer hijo, mozo de largas piernas que
estaba en el otro extremo de la mesa--, abrid la puerta y decidle a
Salomón que entre. Que nos toque aquí una pieza.
Bob obedeció y Salomón entró tocando, porque por nada del mundo quería
detenerse a mitad de un aire.
--Aquí, Salomón--dijo el squire con un tono alto y protector--. Aquí, mi
viejo. ¡Ah! ya sabía yo que tocabais «El pequeño labrador de cabellos
rubios». No hay aire más hermoso.
Salomón Macey, viejecito todavía fuerte, con copiosos cabellos blancos
que le descendían casi hasta los hombros, se adelantó hacia el sitio
designado. Hizo una profunda reverencia sin dejar de tocar como para
hacer comprender que tenía respeto a la reunión pero que respetaba aún
más la música. Así que hubo terminado la pieza y bajado el violín, se
inclinó de nuevo ante el squire y ante el pastor, diciendo:
--Espero que veo a vuestro honor y vuestra reverencia en buena salud; os
deseo larga vida y un buen y feliz año nuevo. Y a vos igualmente, señor
Lammeter, y a los demás señores y a las damas y a los jóvenes.
Al pronunciar estas últimas palabras Salomón se inclinaba hacia todos
lados con solicitud, temeroso de faltar al respeto que debía. Después se
puso inmediatamente a preludiar, y pasó luego a tocar el aire que sabía
que el señor Lammeter consideraría como un cumplimiento personal.
--Gracias, Salomón, gracias--dijo el señor Lammeter, cuando el violín se
detuvo de nuevo--; tocáis en «las colinas, de lejos, muy lejos». Mi
padre me decía siempre que oíamos esa música: «¡Ah, hijo mío, yo también
vengo de allende las colinas, de lejos, muy lejos!» Hay muchos aires que
no tienen para mí pies ni cabeza; pero ése me habla como el silbido del
mirlo. Supongo que eso depende del nombre: el nombre de una pieza dice
muchas cosas.
Pero Salomón ardía ya por preludiar de nuevo, y sin tardanza atacó con
brío «Sir Roger de Coverley». En seguida se oyó el ruido de las sillas y
un murmullo de risas.
--Sí, sí, Salomón, ya sabemos lo que eso significa--dijo el squire
poniéndose de pie--. Ya es tiempo de que comience el baile, ¿verdad? Id
delante, todos vamos a seguiros.
Entonces Salomón, inclinando sobre el hombro su cabeza blanca y tocando
con vigor, se adelantó, seguido del alegre cortejo, hacia el salón en
que estaba suspendido un ramo de muérdago.
Una multitud de velas de sebo brillaba en medio de las ramas de brezo
cubiertas de bayas. Se reflejaban en los espejos ovalados a la moda
antigua, fijado en los tableros blancos, en los que producían un efecto
bastante lucido. ¡Extraño cortejo! El viejo Salomón con sus ropas raídas
y sus cabellos blancos parecía arrastrar a aquella honesta compañía con
los mágicos acentos de su violín; arrastraba a las matronas prudentes,
que llevaban tocados en forma de turbantes; a la propia señora
Crackenthorp, que tenía la cabeza adornada con una pluma perpendicular
cuya punta llegaba al hombro del squire; arrastraba a las bellas
jóvenes que pensaban con satisfacción en sus talles cortos y en sus
ropas sin pliegues adelante; arrastraba a sus padres corpulentos que
vestían chalecos abigarrados y a los hijos rubicundos, en su mayor parte
avergonzados y cohibidos, con pantalón corto y frac de largos faldones.
El señor Macey y algunos otros aldeanos privilegiados a quienes se
permitía ser espectadores de esas grandes ocasiones, estaban ya sentados
en bancos colocados con ese objeto cerca de la puerta. Grandes fueron la
admiración y la satisfacción de éstos cuando las parejas se fueron
formando para la danza, y el squire y la señora de Crackenthorp abrieron
el baile, haciendo vis a vis y dando las manos al pastor y a la señora
Osgood.
Así es como debían hacerse las cosas; a este espectáculo es que todo el
mundo estaba acostumbrado y la corte de Raveloe parecía renovarse para
esta ceremonia. No se consideraba así como una ligereza indecorosa que
las personas viejas y las de cierta edad bailaran un poco antes de
sentarse a jugar a los naipes; esto era más bien considerado como una
parte de sus deberes oficiales. Porque, ¿en qué consistían esos deberes
si no era en divertirse en tiempo oportuno; en trocar visitas y saludos
tan a menudo como era preciso; en dirigirse recíprocamente viejos
cumplimientos con frases tradicionales; en dar bromas bien puestas a
prueba para no ofender a nadie; en obligar, hospitalariamente, a los
invitados a comer y a beber con exceso, en la casa del vecino, para
demostrar que se apreciaban sus manjares?
El pastor daba, naturalmente, el ejemplo de esos deberes sociales;
porque a los espíritus de Raveloe no les hubiera sido posible, sin una
revelación divina particular, el pensar que un eclesiástico debía ser
un pálido momento de las solemnidades del culto en lugar de ser un
hombre dotado de defectos razonables, cuya autoridad exclusiva de leer
las oraciones y de predicar, de bautizar, casar y enterrar, coexistía
necesariamente con el derecho de venderos el terreno para inhumaros, y
de percibir el diezmo en especias. Respecto a este último punto había,
como es consiguiente, algunas recriminaciones; pero, sin embargo, no
llegaban hasta la impiedad. No tenían un significado más profundo que
las protestas contra la lluvia; murmuraciones que no iban acompañadas
por un espíritu de desconfianza irreligiosa, sino por el deseo de que la
plegaria que debía traer el buen tiempo fuera dicha inmediatamente.
Puesto que el pastor bailaba, no había, pues, razón alguna para que ese
acto no fuera aceptado como una parte del orden de las cosas, lo mismo
que si se tratara del squire. Tampoco la había por otra parte, para que
el respeto oficial que el señor Macey debía al pastor, le impidiera
someter el modo de bailar de su superior a esa crítica que los espíritus
de la penetración extraordinaria son llamados necesariamente a ejercer
sobre la conducta de sus semejantes.
--El squire es bastante ágil, dado su peso--dijo el señor Macey--, y su
manera de golpear con el pie absolutamente notable. Pero el señor
Lammeter vence a todo el mundo por su parte. Fijaos bien, yergue la
cabeza como un soldado y no es gordo como la mayor parte de los
burgueses que entran en años y tienen la pierna bien formada. El pastor
no carece de gracia; pero su pierna no tiene nada de notable. Es algo
gruesa por demás hacia abajo y sus rodillas podrían juntarse algo más;
sin embargo, podría ser peor formado bien que no tenga esa soberbia
manera del squire para manejar la mano.
--Habláis de agilidad, mirad entonces a la señora Osgood--dijo Ben
Winthrop, que sostenía a su hijo Aarón entre las rodillas--; agita tan
ligeramente sus pies que no se puede ver cómo camina; parece que tuviera
ruedecitas bajo los pies. No parece haber envejecido un día desde el año
pasado. No hay una mujer mejor formada que ella, esté donde esté la que
la siga.
--No me preocupa de saber si las mujeres son bien formadas--dijo el
señor Macey con cierto desprecio--. No llevan casaca ni pantalón, de
modo que no es posible juzgar sus formas.
--Papá--dijo Aarón, cuyos pies estaban ocupados en tamborilear el compás
de la música--, ¿cómo se sostiene esa pluma tan larga en la cabeza de la
señora Crackenthorp? ¿Tendrá un agujerito para meterla como en mi
volante?
--Cállate, niño, cállate. Así es como se visten las damas, sí en
verdad--respondió el padre, que agregó, sin embargo, a media voz,
dirigiéndose al señor Macey--. La verdad es que eso le da un aspecto
singular. Casi se parece a una botella de cuello corto con una gran
pluma adentro. Ahí tenéis, a la fe mía, al joven squire que comienza a
bailar con la señorita Nancy. Esa sí que está a vuestro gusto. Parece un
ramo de rosa y blanco. Nadie imaginaría que pudiera haber otras tan
bonitas. No me sorprendería que un día llegara a ser la señora de Cass,
al fin y al cabo. Ninguna joven sería más digna de eso, porque sería una
linda pareja. No podéis tener nada que observar a la figura del señor
Godfrey, os apuesto dos peniques, en verdad.
El señor Macey contrajo los labios, inclinó más todavía la cabeza hacia
un costado y sus pulgares se pusieron a girar con un movimiento rápido,
mientras que sus ojos seguían a Godfrey a través del baile. Por último
resumió su opinión:
--Es bastante bien hacia abajo; pero sus espaldas son demasiado
redondas. Y en cuanto a esas ropas que encarga al sastre de Flitton, son
de un corte bastante pobre para ser pagadas el doble.
--¡Ah! señor Macey, vos y yo somos dos--dijo Ben, ligeramente indignado
por aquella crítica meticulosa--. Cuando tengo delante de mí un jarro de
cerveza, me gusta beberlo y hacerle bien a mi estómago, en lugar de oler
el líquido y de mirarlo con los ojos muy abiertos para ver si no tengo
algo que observarle a su fabricación. Quisiera que me mostraseis un
joven más apuesto que maese Godfrey; un joven más robusto o que tuviera
mejor cara que él cuando está despierto y de buen humor.
--¡Bah!--dijo el señor Macey, provocando a criticar con más severidad--.
Todavía no ha tomado su verdadero color; está más o menos como un pastel
cocido a medias. Tengo idea de que tiene el cerebro un poco débil, si
no, ¿por qué se dejaría engañar por ese pícaro de Dunsey, a quien nadie
ha visto últimamente, y por qué lo dejó matar a ese lindo caballo de
caza de que todos hacían elogios? Y durante un tiempo siempre andaba
buscando a la señorita Nancy y después todo se desvaneció, por decir
así, como el olor de la sopa cuando se enfría. Yo no procedía así, yo,
en los tiempos en que hacía la corte.
--¡Ah! quizá la señorita Nancy se haya retirado, y no os sucedió eso con
vuestra novia.
--Seguramente--respondió el señor Macey con aire significativo--. Antes
de decir «cric», yo tenía mucho cuidado de saber si ella diría «crac», y
sin andar con rodeos, además. Yo no iba a abrir la boca como un perro
para cazar moscas y luego cerrarla sin atrapar nada.
--Pues me parece que la señorita Nancy se está mostrando menos
insensible con él--prosiguió Ben--, porque el señor Godfrey no parece
tan desalentado en este momento. Veo que la va a llevar a sentarse,
ahora que la danza ha terminado. Me parece realmente que eso se llama
cortesía.
La razón por la cual Godfrey y Nancy habían salido del baile no era tan
tierna como Ben se lo imaginaba. A causa de la aglomeración de las
parejas, le había ocurrido un ligero accidente al vestido de Nancy. La
falda, que era bastante corta de adelante para dejar ver el tobillo, era
bastante larga por detrás como para caer bajo el peso majestuoso del pie
del squire. Este accidente había ocasionado la rotura de algunos puntos
en el talle de Nancy, así como una gran agitación en el espíritu de su
hermana Priscila, como una inquietud seria en el de Nancy. Nuestro
pensamiento puede absorberse en los conflictos del amor, pero rara vez
llega esto a punto de hacerlo casi insensible a un cambio general de las
cosas.
Nancy, apenas ejecutada la figura que bailaba con Godfrey, le dijo a
éste sonrojándose profundamente que se veía obligada a ir a sentarse
hasta que Priscila pudiera reunírsele; porque las dos hermanas ya habían
cambiado una frase en voz baja y una mirada significativa.
Ninguna razón menos urgente que aquella hubiera sido capaz de determinar
a Nancy a darle a Godfrey aquella ocasión de estar solo con ella. En
cuanto a Godfrey, se sentía tan feliz, estaba tan sumido en el olvido
bajo el encanto prolongado de la contradanza que acababa de bailar con
Nancy, que la confusión de la joven le dio bastante audacia como para
querer llevarla directamente, sin pedirle permiso, al pequeño salón de
al lado en que las mesas de juego estaban preparadas.
--¡Ah! no, gracias--dijo Nancy fríamente, así que se dio cuenta a donde
la llevaba--. Voy a esperar aquí hasta que Priscila pueda venir a
buscarme. Siento haceros salir del baile y causaros una molestia.
--Pero allí estaréis completamente sola--respondió el astuto Godfrey--.
Voy a dejaros allí hasta que llegue vuestra hermana.
Dijo aquellas palabras con acento indiferente.
Era una proposición agradable y exactamente lo que Nancy deseaba;
entonces, ¿por qué se sintió algo ofendida de que el señor Godfrey se la
dirigiera?
Entraron, y ella se sentó en una de las sillas contra las mesas de
juego, considerando aquella posición como la más decente y la más
inaccesible que pudiera escogerse.
--Gracias, señor--dijo la joven inmediatamente--. No quiero causaros más
molestias. Siento que os haya tocado una compañera de tan poca suerte.
--Es una maldad de vuestra parte--dijo Godfrey, permaneciendo de pie
junto a ella, sin manifestar la menor intención de partir--que deploréis
el haber bailado conmigo.
--¡Oh! no, señor, no tengo la intención de decir nada malo--replicó
Nancy coqueteando y linda hasta hacer perder la cabeza--. Cuando los
caballeros tienen tantas distracciones, una pieza de baile es bien poca
cosa para ellos.
--Vos sabéis bien que no es así. Vos sabéis que bailar una pieza con vos
me interesa más que todos los otros placeres del mundo...
Hacía tiempo, mucho tiempo, que Godfrey no había expresado algo tan
positivo. Nancy se estremeció. Pero su dignidad natural y su repugnancia
instintiva a dejar traslucir ninguna emoción, la permitieron permanecer
completamente tranquila en su silla. Solamente que fue en un tono algo
más indeciso que dijo:
--No, realmente, señor Godfrey, no lo sé, y tengo muy buenas razones
para pensar lo contrario; sin embargo, si es cierto, no deseo saberlo.
--¿No me perdonaréis entonces jamás, Nancy? ¿No tendréis nunca una buena
opinión de mí, suceda lo que suceda? ¿No pensáis que el presente pueda
llegar a rescatar el pasado aun cuando yo me corrigiese por completo y
renunciara a todo lo que os desagrade?
Godfrey apenas tenía conciencia de que aquella ocasión inesperada de
hablar con Nancy y a solas lo había puesto fuera de sí; y un sentimiento
ciego se había apoderado de su lengua.
Nancy experimentó realmente una agitación extrema ante la posibilidad
que sugerían las palabras de Godfrey. Sin embargo, la misma fuerza de
aquella emoción que estaba en peligro de encontrar demasiado violenta,
reanimó todo el imperio que la joven tenía sobre sí.
--Me sentiría muy feliz al ver en cualquier persona un cambio favorable,
señor Godfrey--respondió con un cambio de tono apenas sensible--; pero
más valdría, sin embargo, que ese cambio no fuera necesario.
--Sois muy cruel, Nancy--dijo Godfrey contrariado--. Podríais alentarme
a volverme mejor. Me siento muy desgraciado; pero vos no tenéis corazón.
--Creo que tienen menos los que comienzan por proceder mal--respondió
Nancy, dejando percibir de pronto y a pesar suyo un pequeño rasgo de
indignación.
Godfrey quedó encantado con aquel leve arranque. Hubiera querido
continuar para que Nancy se irritara contra él; era una tranquilidad y
una firmeza tan exasperantes. Pero al fin y al cabo todavía no le era
indiferente.
La entrada de Priscila, que se precipitó diciendo: «¡Dios mío! Dios,
veamos, hija, qué tiene ese vestido», le quitó a Godfrey la esperanza de
una querella.
--Supongo que ahora debo irme--le dijo a Priscila.
--A mí me es igual que os vayáis o que os quedéis--le respondió aquella
franca señorita, a la vez que buscaba algo con precipitación en el
bolsillo.
--Y vos, ¿deseáis que me vaya?--dijo Godfrey, mirando a Nancy, que
estaba de pie junto a Priscila.
--Como gustéis--dijo Nancy, tratando de recobrar toda su frialdad,
bajando atentamente la vista hacia el ruedo de su falda.
--Entonces, prefiero quedarme--prosiguió Godfrey, con la determinación
irreflexiva de conseguir aquella noche tanta felicidad como pudiera, sin
preocuparse del mañana.